Reseña: The Grudge (2004)

Si simplemente escribiera que The Grudge, la versión americana de Ju-On (2003), es un intento evidente de calcar la original paso por paso, estaría simplificando demasiado las cosas. Es imposible describir con palabras hasta que punto se busca la imitación total en esta cinta. Por eso creo que lo mejor que pueden hacer antes de seguir leyendo es echar un vistazo a la imagen que acompaña este texto y luego compararla con la que adorna la reseña de su versión japonesa. Creo que una vez que se ponen estas dos imágenes frente a frente se capta el espíritu de este remake.

Y es que no podía ser menos. Dado el tremendo éxito de la original (no sólo en Estados Unidos, sino también en Japón, donde inspiró una secuela de la que ya hablaremos en otro momento), y buscando repetir el bombazo que se había pegado Gore Verbinski con The Ring (2002), parecía lógico buscar que Shimizu se encargara en persona de reeditar su mítica cinta para el público americano (¿o debería decir occidental?). Confieso que me sentí ligeramente optimista. Por lo general desconfío de los remakes, pero cuando vi que el productor de esta nueva versión era nada menos que Sam Raimi (director, entre otras, de la famosa trilogía de Evil Dead) pensé que el resultado no podía ser tan malo. Y ciertamente no lo es, al menos no en su totalidad.

Es evidente que no está a la altura de la original. Es más, ni siquiera está a la altura de The Ring, pero Shimizu ha hecho un trabajo bastante pasable, lo cual no estaba tan difícil dado el increíblemente bajo estándar que los últimos años han otorgado al género del terror en el cine. The Grudge, en su versión americana, sigue exactamente la misma historia: una casa en la que ha sucedido un espantoso crimen aloja los espíritus de Toshio y su «bastante cabreada» madre, que por supuesto acaban con cualquiera que cometa la osadía de entrar. Quien primero vemos romper esta regla es Karen (interpretada por Sarah Michelle «Buffy» Geller, quien casi me hizo correr despavorido de la sala), una chica americana que casualmente «vive en Japón» y se dedica a trabajar en labores sociales mientras su noviecito estudia en su programa de intercambio.

La única diferencia grande entre las dos versiones es que casi todos los actores principales han sido sustituidos por luminarias americanas (aunque en este sentido se agradece la presencia de ese ídolo de la serie-B llamado Ted Raimi), ya que salvo una pequeña sub-trama con el personaje de Bill Pullman (quien por cierto, tiene una escena muy buena al principio de la película) y que intenta explicar el «origen» de la maldición -muy pobremente, debo decir- la historia permanece más o menos igual.

Pero aún así, y a pesar de todos los esfuerzos y la evidente libertad que ha tenido Shimizu para resaltar los puntos más escalofriantes de su anterior versión, se nota que The Grudge ha perdido un poco de empuje en su traducción del japonés al inglés. En cierto modo, la presencia de ese montón de americanos en Japón podría verse desde una perspectiva incluso cómica. ¿O acaso no da risa el sólo pensar en un montón de gringos en Tokyo cuyas vidas son arruinadas por unos fantasmas japoneses que los consideran intrusos? En esta historia de absoluta incapacidad de adaptarse subyace material para una muy buena comedia, y si no me creen, esperen a ver esa hilarante escena en la que el personaje de Clea Du Vall intenta hacer la compra sin hablar ni papa de japonés.

Hablando en serio, estamos ante una versión cuando mucho pasable. Mejor que la mayor parte de lo que hay allá afuera, pero no le llega ni por los pies a la atmósfera visceral y sutil de la original. La gente que no haya visto la versión japonesa seguro amará esta, pero yo por mi parte no puedo dejar de recomendar que le den preferencia a su antecesora. Es por su bien.

 

 

Reseña: Ju-On: The Grudge (2003)

No llegó la primera, pero hasta el momento, Ju-On: The Grudge (dejo el título en su versión original porque la palabra «grudge» es muy difícil de traducir correctamente, aunque una aproximación podría ser «ira» o «furia», especificando que se trata sólo de aquella que es producida por un fuerte rencor) me parece el representante más digno y contundente de esta nueva moda en el género de terror conocida como el J-Horror (un término menos excluyente sería A-Horror, porque no todas las películas de miedo orientales que nos llegan vienen de Japón). Muy similar al fenómeno italiano del giallo que cautivó a medio planeta durante los años setenta, este sub-género de películas tienen muchas similitudes entre sí: se trata de historias de miedo fuertes, pesadas, cargadas de atmósfera, y que frecuentemente tocan el tema de la espiritualidad «siniestra» de la que está cargada gran parte del esoterismo oriental. La cinta de Takashi Shimizu, la mejor según mi parecer, es fuerte evidencia de esto.

Ju-On no cuenta la historia de unos personajes. Más correcto sería decir que cuenta la historia de una fuerza: la maldición creada tras un crimen que se nos presenta de manera borrosa en la secuencia inicial. Un hombre (desconocido para nosotros) mata a su mujer y a su pequeño hijo. La casa que una vez habitaron estos personajes se convierte, desde entonces, en el receptáculo de la ira de estos fantasmas, quienes acaban con la vida de cualquiera que se atreva a cruzar el umbral de su morada. La historia comienza con una joven llamada Rika, quien durante una visita a la casa (donde trabaja atendiendo a una anciana) es testigo de la fuerza de aquella maldición que la ataca no solamente a ella, sino a todos los que están en contacto con la vivienda y sus habitantes.

Shimizu cuenta la historia en fragmentos desordenados cronológicamente. Cada uno de estos segmentos está titulado con el nombre del personaje en el que se centra. El resultado es casi siempre el mismo: el personaje entra en contacto con la casa y acto seguido es acosado por la fuerza de los dos fantasmas: Toshio (uno de los niños más espeluznantes que haya visto jamás, y eso es decir mucho) y su vengativa madre. Pero lo asombroso es como esta película es capaz de asustarnos incluso cuando nos familiarizamos con su estructura. Casi siempre sabemos lo que va a pasar, y aún así esperamos que de alguna manera no suceda. Pienso que alguien capaz de lograr esto realmente es un maestro en el arte de meter miedo.

Es sumamente difícil hablar de esta película, porque a diferencia de otros ejemplos del terror asiático, por ejemplo Ringu (1998) o The Eye (2002), no se centra necesariamente en la trama. La historia es lo de menos, lo importante es el clima que crea y la sensación de profundo temor que impregna cada fotograma. Shimizu, obviamente, coloca gran parte de su peso sobre las imágenes, sonidos y demás aspectos «sensoriales» de la cinta. En este sentido, creo que lo mejor es acercarse a ella sin saber nada de antemano. Yo lo único que puedo expresar es que, si una película es capaz de producir una sensación así, temo por mi salud. Y esto es la pura verdad.

 

Reseña: El internado (2004)

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En la película, una de las primeras frases importantes es «cuidado con los niños que dan miedo». Pues podrían ser un poco más específicos, porque soy de la opinión de que los niños («esos pequeños monstruos polimorfos», como exageraba Freud) dan miedo siempre, sobre todo en el cine de terror. Y si no me creen, pasen revista a la extensa filmografía de infantes «raros» que pululan en la historia del cine, desde The Bad Seed (1956) hasta Sexto sentido (1999), desde La profecía (1976) hasta Ju-On: The Grudge (2003). Los niños, señores, dan miedo, eso está claro.

El internado, nuevo ataque del cine de terror europeo, no es la excepción. Esta cinta, escrita y dirigida por un desconocido (al menos para mi) Pascal Laugier, está producida por Christophe Gans, el mismo que dirigiera aquella estrambótica cinta llamada Pacto de Lobos (2002). Claro, valga decir que en esta ocasión se trata de un producto muy diferente, una película de esas de atmósfera, en la que hay muy pocos diálogos pero la tensión se mantiene gracias a la combinación de elementos técnicos muy logrados y un misterio que poco a poco (de hecho, muy lentamente) se va desenrollando frente a nosotros. Los primeros quince minutos pensé que estaba viendo una reedición francesa de El espinazo del diablo (2000), aquella magnífica película de Guillermo del Toro, pero luego me di cuenta de que no era así. A medida que la historia continuaba, empecé a encontrar más puntos en común con Session 9 (2001), para luego, en los quince minutos finales, darme cuenta de que no sabía a qué se parecía. Se trata de una película como pocas. Pero eso lo comentaré después.

El internado (cuyo título original en francés es Saint Ange) cuenta la historia de un orfanato situado en los Alpes franceses, durante el año 1958. Tras la muerte de un niño pequeño, las autoridades deciden cerrar el lugar, que ya de por sí había entrado en franca decadencia. En este contexto llega Anna (interpretada por una joven y dolorosamente hermosa actriz llamada Virginie Ledoyen, a quien quizás recuerden de cierta película playera con Leonardo Di Caprio), una chica contratada para asistir a la antigua cocinera y mucama con la limpieza final del lugar. Solamente ellas dos (y una chica medio loca que ha vivido siempre en el orfanato) deben compartir la inmensa soledad de este edificio grande y decadente. Por supuesto, como no podía ser menos, Anna empieza a escuchar sonidos extraños, voces que provienen de los lugares más recónditos del inmueble, lo que la lleva a pensar que algo sucedió allí, durante la guerra, una historia que involucra en cierta forma a los niños «diferentes» que allí fueron arrastrados, los niños innombrables, los «niños que dan miedo». También tópica es su reacción: investigar qué diablos fue lo que pasó, aunque en ello se le vaya la vida. En su defensa puedo argumentar que yo, al menos, no me hubiera imaginado jamás el giro que da esta película en su secuencia final.

Decir que el final de El internado es raro significa quedarse corto. El final es rarísimo, impactante pero por lo demencial que es. En todo caso (y en esto también me recuerda a Session 9) no se cierra por completo, y hay muchas cosas que quedan sin explicar. Esto de por sí no es malo, aunque me hubiera gustado que me explicaran más cosas acerca del pasado del orfanato y de la verdadera identidad de esos «niños». Pero aunque queden cabos sueltos, el suspense que crea la película está tan bien logrado, que es difícil no sentirse intrigado con la historia. La película, gracias a su efectiva fotografía (que guarda ciertas reminiscencias a otras obras del género) te mantiene en vilo todo el tiempo, y para el momento en que llega el final, las imágenes que se te presentan son tan impactantes que no puedes menos que sentirte satisfecho así no te hayan revelado completamente de que va.

Mención especial merece la banda sonora, compuesta por Joseph Lo Duca, quien fuera el habitual colaborador de Sam Raimi hasta que este comenzó su affair con Danny Elfman. Todo ello contribuye a una película interesante que ha logrado vencer los prejuicios a los que me veo sometido últimamente. Sería una lástima no echarle un vistazo.

 

¿Dylan Dog al cine POR FIN?

Esta noticia me llena de expectativa. Al parecer, Platinum Studios acaba de comprar un guión para una película de Dylan Dog, el personaje creado por el italiano Tiziano Sclavi y el único cómic que colecciono y del que me confieso admirador incondicional. No hay detalles en cuanto a la historia, sólo se sabe que se llamará Dead of Night y que estará inspirada en dos números de este genial cómic italiano. Si me pusiera a hablar sobre él no terminaría hoy, así que los dejo con el enlace a su casa editora, eso sí, si saben italiano o inglés mucho mejor. Cruzaré mis dedos para esta producción, cosa que no hago muy a menudo. Ánimo, Dylan.

"Estos pájaros los he visto antes, ¿verdad?"

Leí por ahí (creo que fue en Fangoria) que están preparando un remake de Los pájaros, aquella gloriosa película de Alfred Hitchcock en la que las gaviotas se convertían en pilotos kamikazes. ¿Y quién está a cargo como productor de este asalto cuasi-sodomítico a nuestra memoria colectiva? Pues nada menos que Michael Bay, responsable (iba a escribir culpable) del refrito de La matanza de Texas que nos dejó a todos ciegos hace casi un par de años.
No me malinterpreten ni me odien por echar tierra a esta noticia (que ya es vieja, valga decir). Después de todo, sé que no es la primera vez que se hace una nueva versión de una película de Hitchcock: ¿recuerdan aquel desastre llamado Crimen perfecto con Michael Douglas, la Paltrow y un Viggo Mortensen antes de Tierra Media? Y por supuesto, ¿cómo olvidar la sacrílega versión de Psicosis que Gus Van Sant hizo con Anne Heche? Pues bien, ahora parece que viene otra, y yo en particular he aprendido a soportar este tipo de cosas estoicamente y hasta con una risita burlona.
Lo que me da miedo cada vez que escucho algo como esto es que sé que pronto llegará lo inevitable: el día fatídico en el que me levantaré de mi cama y leeré acerca de la pre-producción de un remake de Casablanca dirigido por Michael Bay y protagonizado por Paris Hilton y Ben Affleck. Ese día, lo más probable es que termine de tomar el café tranquilamente y luego me arroje por la ventana a una altura de 10 pisos mientras grito y me arranco los ojos con las uñas.
Aunque ahora que lo pienso, vivo en un piso 2… no importa, sencillamente me tiraré cinco veces.

Reseña: El resplandor (1980)

Stanley Kubrick sólo llegó a hacer en vida doce películas, poco para los estándares de esta época o de cualquier otra, ciertamente pocas considerando que sigue siendo una de las referencias inevitables en la Historia del cine. Sin embargo, supo compensar su corta filmografía entregándonos doce auténticas obras de arte, todas ellas (en mayor o menor medida) calificadas de obras maestras, en las que este obseso y excéntrico cineasta supo explorar sus delirios personales y sus preferencias estéticas, entra las cuales estaba una auténtica fijación por la imagen estática y el silencio. Esto no debe extrañarnos, ya que antes de ser director de cine había trabajado como fotógrafo.

Como ante todo era un hombre inteligente y sensato, Kubrick no le hacía asco a ningún género, y así lo demuestran sus películas, que van desde muestras de cine negro (The Killing), bélico (Senderos de gloria y La chaqueta metálica), épico (Espartaco) o ciencia ficción pura y dura (2001: Odisea del espacio y La naranja mecánica). Pero como aquí hablamos de cine de terror, voy a decir un par de cositas sobre la única cinta que dedicó a este género: El resplandor (1980).

Cosa curiosa es que las doce películas de Kubrick estén basadas en novelas, y esta no es la excepción. El resplandor está basada en la novela homónima de Stephen King. Dicho libro es, a mi juicio, uno de los mejores de dicho autor, y la película de Kubrick es (a mi juicio, insisto) la mejor que se ha hecho jamás a partir de su obra, y una de las mejores piezas del género que he podido ver jamás. Lo curioso es que sea precisamente Stephen King el principal detractor de esta película.

O quizás no sea tan curioso. Según King, Kubrick dio a la historia un significado completamente distinto al que él se había planteado en el libro. En defensa del autor, puedo decir que, ciertamente, novela y película no se parecen mucho. La historia de la que parten es la misma: Jack Torrance (interpretado magistralmente en la película por Jack Nicholson, quien durante años sería criminalmente encasillado en este tipo de roles), escritor frustrado y padre de familia, acepta un trabajo como cuidador del Hotel Overlook durante el invierno. El trabajo no es fácil, ya que requiere que él, su esposa y su hijo Danny permanezcan completamente aislados del mundo en ese gigantesco edificio totalmente vacío durante cinco meses, tiempo en el cual permanecerán bloqueados por la nieve. Pero Danny, un niño que posee un extraño don telepático conocido como «el resplandor», puede sentir que hay una presencia maligna en el hotel, que impregna sus paredes con espíritus malévolos y almas en pena, todas alrededor de un hecho terrible que ocurrió en la habitación 237. Y su padre puede sentir esas presencias también, ya que están tratando de apoderarse de él a como de lugar.

Hasta aquí las similitudes. En el libro, Jack Torrance es un hombre esencialmente bueno que poco a poco va sucumbiendo ante la maligna influencia del hotel. En la película, el personaje de Jack Nicholson está chiflado desde el principio, y así nos lo hace saber el actorazo de Jack a través de las muecas y gestos que lo han hecho famoso. Para el momento del espectacular desenlace, en el que el demente Torrance persigue a su familia con un hacha, ya el infierno se ha desatado en la psique de este hombre, y Kubrick nos ha empujado junto a él en su viaje demencial por ese hotel vacío e inmenso, tan vacío como la propia alma del protagonismo.

Hay algo que la gente que ve El resplandor no puede nunca olvidar: el montón de imágenes que Kubrick busca marcar a fuego en tu mente. Las visiones del pequeño Danny Torrance (que van desde un ascensor que se abre dejando caer un torrente de sangre hasta la pavorosa imagen de las dos gemelas brutalmente despedazadas en uno de los pasillos) y las de Jack (una misteriosa mujer que aparece en una tina en estado de putrefacción y el «genial» camarero Lloyd) se quedaron para siempre en el impresionable cerebro de un lobezno de ocho años que vio la película en una vieja copia de VHS y nunca pudo olvidarla. Fue una de mis primeras experiencias con el terror en estado puro y la primera con una película de Kubrick. Para desgracia de Stephen King (alguien por quien siento una admiración tremenda) nadie como este cineasta ha sabido llevar a la pantalla el pavor que un libro suyo puede provocar. Por eso creo que esta película se merece un sitio de honor en cualquier colección de terror que se respete.

 

Reseña: El amanecer de los muertos (2004)

Después de todo, existe luz al final del túnel, incluso para tipos escépticos como yo. Cuando me enteré (hace ya un par de años) que estaba por estrenarse un remake de Dawn of the Dead, el clásico de George Romero de 1979, considerada uno de los pilares del cine de terror moderno, temblé de miedo (y no del bueno, como saben). Mi angustia se incrementó cuando supe que la película sería el debut como director de un hombre llamado Zach Snyder, quien se había granjeado mi desconfianza al ser el guionista de Scooby Doo, una de esos repetidos insultos a la materia gris que de vez en cuando uno se encuentra. Aún así, tembloroso, indeciso ante los comentarios que había escuchado y leído, entré a una sala de cine casi vacía esperando lo peor.

Resultó que estaba muy equivocado. El refrito de El amanecer de los muertos es no solamente un muy buen homenaje a la cinta original, sino que incluso logra aportar cosas nuevas y revitalizar un género que se creía en decadencia. La historia incial sigue siendo la misma: una horda de zombies se desata sin explicación alguna de sus orígenes y un puñado de sobrevivientes se refugia en un centro comercial, planeando su huída mientras los no-muertos se apilan afuera de a miles, esperando hincar los dientes en carne fresca.

La primera cosa que hay que resaltar de esta nueva versión es que Snyder ha decidido prescindir del «comentario sociológico» de la obra de Romero en provecho de la acción y el suspense propios del género. Esto hace que su película sea, sin duda, más superficial, pero no por eso mala. Al menos, ha sabido afianzar el gore y la violencia explícita hasta la saciedad, con uno que otro toque perverso (el primer zombie que vemos es una niña de mirada vacía a la que han arrancado los labios). Otra cosa es que, seguramente imitando a las criaturas de 28 días después, los cadáveres ambulantes de esta cinta corren a toda velocidad. ¿Zombies lentos o zombies rápidos? Esta pregunta podría convertirse en una nueva polémica del cine de género.

Tremendamente interesante resultan los contenidos especiales del DVD: un extenso documental acerca del trabajo de maquillaje (que por cierto, no tiene desperdicio, especialmente la manera en como han trabajado con tres diferentes «etapas» de descomposición), comentarios de audio y mi favorito: una «película corta» en la que se narra la misma historia pero desde el punto de vista de Andy, el excéntrico dueño de la tienda de armas frente al centro comercial y que juega un papel decisivo en la trama.

En fin, una película digna desde todo punto de vista. Definitivamente esta cinta y Shaun of the Dead constituyen dos excelentes maneras de pasar el tiempo mientras se espera la cuarta parte de la saga de zombies de George Romero, a estrenarse este año. Una prueba, además, de que sí es posible hacer un remake de calidad sin llegar a los extremos tan bajos de La matanza de Texas o La casa de cera. No desbancará a la original, pero al menos brilla con algo de luz propia.

 

Reseña: The Eye (2002)

Bueno, que empiece el vapuleo, lo diré de una vez: The Eye, la película de los hermanos Pang, uno de los estandartes del llamado «terror oriental», no me gustó para nada. Sé que es casi un sacrilegio decirlo (lo he comprobado al ver que incluso Rottentomatoes le da un «fresh») pero trataré de argumentar mi desagrado lo más claramente posible.

The Eye narra la historia de Mun, una joven de Hong-Kong que recupera la vista (perdida desde su más tierna infancia) al recibir un transplante de córnea de un donante desconocido. Al principio todo va bien, pero poco tiempo después la muchacha comienza a tener visiones extrañas, desde la clásica «I see dead people» hasta una habitación misteriosa que parece fundirse con la suya, lo que evidentemente nos lleva a pensar que la chica está recibiendo las «visiones» de su anónima salvadora. La idea, es verdad, no tiene nada de original (véanse títulos como la hilarante The Hand y un bodrio made-for-TV llamado La mirada del asesino) pero esto no tiene necesariamente que ser malo. A lo largo de la película, Mun y su médico/noviecito Wah (quien se ve demasiado joven para ser un doctor) deben, como no, investigar de donde viene el transplante y contrarrestar la maldición.

La cinta tiene momentos que dan bastante miedo, no lo voy a negar. De todos los sustos, el que debo destacar es el de un anciano dentro de un ascensor (realmente no tiene desperdicio esta escena) pero en general, se trata de una película que se olvida rápidamente. Los hermanos Pang (que recientemente acaban de estrenar una secuela en espera del inminente remake americano) se han pasado, en mi opinión, al querer ofrecernos una historia complicada que, para colmo de males, han rematado de una manera espectacular digna del cine de acción de Hong-Kong, ese que popularizara Chow Yun Fat y otros del género. Si algo tenían de bueno películas como Ringu (1998) y Ju-On (2003), los otros estandartes por excelencia del cine de terror del lejano Oriente, era precisamente su carácter preciosista anclado en la mitología y el ser oriental, algo que resultaba muy efectivo para el espectador de Occidente. En The Eye encontramos poco de eso, salvo una brevísima referencia al culto funerario chino. En este sentido se ha desaprovechado una gran oportunidad, y casi me atrevería a decir que se trata tan sólo de una película más.

Por qué es una cinta de culto, eso sinceramente no lo sé. En mi opinión, The Eye está muy lejos de ser el clásico del que tanta gente habla. Normal, predecible, hasta un poco sosa, prefiero mil veces seguir con las excelentes películas de Takashi Shimizu y Hideo Nakata (sí, incluso una cinta mediocre como Dark Water tiene más atmósfera que esta), y sugiero que los demás lo hagan también.

 

Cinemorgue

Si alguna vez quisiste saber en qué películas muere Johnny Depp, o cuantas veces la ha palmado en el cine Jennifer Tilly o cualquier otro actor/actriz, lo mejor que puedes hacer es visitar esta página, que algún ocioso (es decir, uno de los nuestros) ha convertido en una extensa base de datos con las muertes de un montón de actores en un montón de películas, no solamente las de terror (aunque bien saben que esas son las que más aportan). Lamentablemente, ni siquiera esta página ha podido aclararme una duda que he tenido desde hace bastante tiempo: ¿What Lies Beneath (conocida en España como Lo que la verdad esconde) es la única película donde muere Harrison Ford? Que alguien me responda, si es posible.

¿Quiénes eran las novias de Drácula?

Y después de todo, ¿quién dice que no se puede hablar de chorradas superfluas en un blog de cine de terror? Para ejercer ese derecho en todo su esplendor, he decidido hablar de una película que se convirtió en la referencia cinematográfica clave de mi adolescencia: la fabulosa versión de Drácula que hiciera Francis Ford Coppola en 1992. Ahora, no voy a escribir una reseña sobre ella (eso vendrá luego) sino que voy a responderme a mi mismo una pregunta que me hice aquella vez, cuando vi la película en el extinto teatro Guaparo de mi Valencia natal, a la edad de 14 años:
¿Quiénes son esas tres espectaculares mujeres que chupan la sangre (y la habilidad histriónica) de ese suertudo Keanu Reeves?
Pues bien, ahi les va. Son libres de leer o dejar de leer, en todo caso.

La primera (y más espectacular) de las tres «novias de Drácula» es harto conocida por todos: Mónica Bellucci. Fue creada artificialmente (me niego a creer que algo así sea producto de la naturaleza) en Cittá di Castello (Italia), el 30 de noviembre de 1964. Para 1992 todavía pasaba desapercibida (a nivel de profile, quiero decir, porque todos los que vimos la película ciertamente no pudimos olvidarla) en Hollywood, a pesar de que había cosechado un gran éxito como modelo en Italia y alguna que otra película. De hecho, su pequeño papel en la cinta de Coppola fue su primera película de importancia. En 1995 la volví a ver en una TV-movie sobre la vida del José bíblico (no el padre putativo de Jesús sino el que interpretaba los sueños del faraón). A mi querida Monica le tocó nuevamente intentar seducir al protagonista (hay tipos que definitivamente tienen toda la suerte del mundo). Luego vendría su época «francesa», Vicent Cassel y todo ese rollo, hasta que en el 2000 llegó la película que le daría realmente fama internacional: Malena, de Giusseppe Tornatore.

Por supuesto que Monica Bellucci ahora es una celebridad en Hollywood gracias a películas como Matrix Reloaded (que bien supo explotar su físico) y The Passion of the Christ (que no lo hizo), alcanzando un status que bien quisieran sus dos antiguas compañeras vampíricas.

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La segunda novia de Drácula (para más señas, la de los grandes labios) se llama Michaela Bercu, y nació en Tel Aviv (Israel) el 31 de marzo de 1967. Es modelo (aqui sale en una publicidad de Finesse) y hasta donde sé (es decir, por lo que indica la Internet Movie Data Base) no ha vuelto a hacer ninguna película. Poco después se retiró también del modelaje. Al parecer, los productores de Drácula no la utilizaron mucho para promocionar la película debido a que su dominio del inglés era muy pobre, y prefieron centrar ese trabajo en sus otras dos compañeras y en Sadie Frost (que hizo el papel de Lucy Westenra), quien era considerada el lado sexy de la película (y eso que estaba Mónica).

La tercera novia de Drácula se llama Florina Kendrick (si alguien me puede enviar una foto mejor de ella lo agradecería, porque aunque Google me dice lo contrario, dudo que sea esta que veo aquí. Además, había visto otras mejores y ahora solamente encuentro esta) y nació en Cluj-Napoca (Rumania), el 14 de noviembre de 1966. También es modelo (de hecho, la vi por ahi en una portada de Vogue que no encuentro por ningún lado) y hasta la fecha solamente la he visto en una película más: With Criminal Intent, una B-movie de 1995. Nada más. Lo curioso es que en los créditos de Drácula aparece no solamente como actriz, sino como «consultant» de American Zoetrope en Rumania. Imagino que eso significa que le enseñó a Gary Oldman y a Wynona Rider como pronunciar correctamente el rumano, porque ya que la película fue realizada en su totalidad dentro de un estudio, no le encuentro otra función.

En fin, como verán, tengo mucho tiempo libre esta semana para escribir sinsentidos. Espero que no me odien por haberme pirado por tanto tiempo para luego regresar con esta chorrada. Nos veremos luego. Quien sabe, a lo mejor me tiro otro análisis de las «novias de Drácula» en otras películas.

Hasta entonces.