Reseña: Scream 4 (2011)

Once años después de la tercera entrega, y a quince de la original, finalmente se ha hecho realidad Scream 4 (2011). Tras todas las especulaciones posibles, la tercera continuación de la última gran película de Wes Craven llega para retomar su tradicional muestra de terror referencial y posmodernidad. Lo hace además marcando el regreso del guionista Kevin Williamson, quien se había ausentado en la tercera parte pero que repite junto a Craven tras la mala experiencia sufrida por ambos hace seis años con Cursed (2005). Los motivos de su alejamiento se debieron en su momento a una continuación innecesaria de la fórmula evidenciada en dos secuelas que con todo y sus diferencias a nivel de calidad, quedaban delatadas como prolongaciones hechas únicamente para exprimir la novedad que significó el primer Scream (1996), y aunque esta cuarta entrega peca en gran parte de lo mismo, tiene un par de elemento nada desdeñables.

Una de las cosas más interesantes de esta cuarta entrega es que asume sin ningún tipo de vergüenza su condición de secuela innecesaria a la vez que hace burla precisamente de eso. Que esto responda a una voluntad artística de Craven o Williamson o únicamente a un afán por parte del estudio de rentabilizar una franquicia es una pregunta de la cual todos conocen la respuesta (la b), pero al menos los dos responsables han conseguido dotar a la película de innegables virtudes y atractivos conservando los detalles infaltables como el elenco original (incluso la sempiterna Neve Campbell que se enfrenta nuevamente al asesino con la cara de fantasma) al mismo tiempo que consigue entrar en su acostumbrado juego metaficcional con la introducción de nuevas “reglas” y un nuevo comentario acerca del estado actual del cine de terror.

Este nuevo comentario se basa en parte, como mencionábamos arriba, en la condición de secuela innecesaria de una saga condenada a rizar el rizo cada vez más, pero también en explotar los nuevos clichés del cine de terror: la obsesión por los remakes (evidenciada en el hecho de que la sobrina de Sidney Prescott parece una versión más joven de ella misma que empieza a sufrir una experiencia similar, así como la repetición del esquema de asesinatos de la primera parte), el horror documental, el cinismo en cuanto a los personajes y el mayor énfasis en la violencia, esto último algo que queda patente en la complacencia que tiene esta entrega en la sangre y las vísceras (literalmente). Todo esto sin dejar, claro está, de apostar por la comedia sin caer en los excesos cómicos de Scream 3 (2000). De hecho, el apartado cómico está asombrosamente comedido, siendo mayoritario únicamente en un prólogo hecho de escenas superpuestas que parodia no sólo los clichés del género de terror sino también los de la propia saga de Scream en una secuencia que constituye una de las mejores cosas de la película.

A pesar de que el guión de Williamson peca muchas veces de intentar parecer más inteligente de lo que es, el juego metarreferencial es lo suficientemente descabellado para resultar divertido incluso a los ojos del público natural de esta película: adolescentes ávidos de un asesino enmascarado y nostálgicos de los noventa, algo que da que pensar y nos recuerda como ninguna otra cosa la necesidad por parte de cada generación de tener su propia saga de películas de terror. Es esta marca generacional lo que al final termina siendo lo más interesante de Scream 4, ya que por lo demás esta secuela no hace más que constatar lo buena que era la primera parte; el nuevo elenco más allá de los veteranos no es tan interesante, se hace repetitiva en muchas ocasiones, y el misterio del asesino es bastante barato porque la película da bastantes pistas falsas como para que el culpable, al final, pueda ser realmente cualquiera, convirtiendo la resolución del misterio en algo completamente arbitrario. Aún así, los fanáticos incondicionales de la saga encontrarán una película divertida que resulta al menos una mejora en cuanto a la tercera entrega, aunque la primera siga siendo el auténtico referente y la única de todas que era una auténtica película de terror y no principalmente una mirada irónica de guiño-codazo destinada a un público que muchas veces comete el error de creerse más listo que las películas que ve.

 

Reseña: Scream 3 (2000)

Abrumados por su propio e inesperado éxito, los responsables de esta tercera entrega de la saga comenzada por Scream (1996) volvieron a dar las riendas de la dirección a Wes Craven, si bien esta vez dejando por fuera a la otra mitad del dúo, el guionista Kevin Williamson, quien únicamente ejerce de productor. En su lugar está el omipresente Ehren Krueger, quien lleva los preceptos autoconscientes de la franquicia hasta sus últimas consecuencias al hacer de Scream 3 (2000) una parodia no solamente del género de los slasher films sino también de la saga en sí misma. Esto queda evidenciado en el juego metaficcional que establece a través del argumento, en el que un nuevo matarife encapuchado con la máscara blanca y el hábito negro empieza a cargarse uno a uno a los miembros del elenco de Stab 3, equivalente paródico de la cinta. Dicha falsa película ofrece además de su estructura de espejos un agregado cómico al enfrentar a los personajes de las dos entregas anteriores con sus equivalentes en la “ficción”, en ocasiones con hilarantes resultados.

El juego formal no acaba allí; si Scream se burlaba de las “pelis de miedo” y Scream 2 (1997) de las “secuelas”, Scream 3 lanza sus puyas a lo que se conoce como “la parte final de la trilogía”, que como vemos tiene sus propios clichés y reglas a seguir y en la que los personajes saben que cualquier cosa, sin importar lo absurda que sea, puede pasar. Es curioso ver como las reglas hasta cierto punto han cambiado muy a pesar de que la cinta intenta mantenerse en terreno conocido. Aquí vuelve, por ejemplo, Sidney Prescott, la ultimate final girl nuevamente interpretada por Neve Campbell en el rol que la hizo famosa, y curiosamente, si bien es ella en cierta forma la excusa del argumento y al final es quien se enfrenta al asesino, no tiene lo que se dice mucho protagonismo. De hecho está practicamente ausente de la película durante los primeros 45 minutos, por lo que el peso de la trama recae principalmente en la reportera Gale Weathers (Courtney Cox) y el inepto pero adorable policía de pueblo Dewey (David Arquette). La falta de una protagonista específica se compensa asimismo con un desfile impresionante de cameos de celebridades en el elenco: Lance Henrikssen, Roger Corman, Jenny McCarthy y una inspiradísima Parker Posey (probablemente lo mejor de la película), sin olvidar un extraño y descolocante cameo de Jay y Silent Bob que, más allá de evidenciar como pocas cosas la época en la que se rodó la película, no tiene mucha gracia.

Esto pone en evidencia las carencias de Scream 3 a un nivel que incluso hace extrañar la presencia de Williamson tras el guión. Con una duración de casi dos horas, es sin duda demasiado larga, y su entrega casi incondicional al humor es en ocasiones excesiva ya que las dos entregas anteriores, si bien nunca se tomaron demasiado en serio a sí mismas, al menos mostraban cierta reverencia hacia el género que parodiaban. La única reverencia de esta película es aquella que hay en cuanto a sus propios chistes privados, como el hecho de que Gale y Dewey ya no están juntos al principio de la trama. Del resto, la verdad es que es poco imaginativa y su autorreferencialidad se nota más bien como autocomplacencia; después de todo, esta es una película hecha con plena consciencia del “fenómeno Scream“, lo que hace que se sienta muy artificial y delata que sus responsables no creían realmente que pudiesen llegar al nivel alcanzado con la primera parte o incluso la segunda. Esto es algo que se nota en todas sus fases, desde un guión que sufrió varias modificaciones importantes incluso durante el rodaje, hasta la desganada dirección del propio Craven, quien es sabido sólo aceptó encargarse de esta película a cambio de que Miramax le permitiera dirigir Música del corazón (1999), hecho al que curiosamente hace referencia uno de los personajes.

Cualquier apreciación que se pueda hacer de Scream 3 pasa necesariamente por sus ocasionales grandes toques cómicos (como, repetimos, Parker Posey haciendo de la falsa Gale Weathers), a veces un tanto ingenuos pero otras muy efectivos. No hay muchas esperanzas en cuanto a sus elementos argumentales o de terror ya que la trama de la película es caótica hasta el absurdo, desde la manera tan curiosa que tienen de traer de vuelta al personaje de Randy hasta el descalabrado final que incluso se atreve a reescribir (tal como las “reglas” afirman) parte de la mitología de la saga. Insisto, sin embargo, en que este tono me parece un tanto despreciativo, dirigido más hacia un público demasiado joven para conocer aquel género que Scream parodiaba y que aquí parece convertirse en un chiste que habla sobre sí mismo, y que hacen de esta una película muy inferior a las dos anteriores. Habrá que ver si ahora, cuando se ha anunciado el regreso de Craven, Williamson, Campbell y demás en una inminente cuarta entrega, la saga volverá a su senda original o por el contrario seguirá depredándose a sí misma hasta la náusea.

 

Reseña: Scream 2 (1997)

El inesperado éxito de Scream (1996) hizo que Wes Craven y Kevin Williamson se vieran en la obligación de sacar una segunda parte que complaciera los renovados gustos del público mayoritario por estas historias de asesinos enmascarados. De hecho, dicen que el propio Williamson ya tenía preparada esta continuación en base a ideas que se había dejado en el tintero en la primera película. Eso quizás explique que Scream 2 (1997) haya sido rodada y estrenada menos de un año después del debut de su antecesora. La cinta es indudablemente una prolongación de los elementos más conocidos de esta, no sólo en lo que se refiere al argumento, sino también en cuanto al tono, ya que en esta segunda parte lo que se parodia no es ya el cine de terror juvenil sino precisamente su repetición, señalando lo que es una “secuela” y cuales son sus particulares reglas y clichés.

Es por eso que la trama echa mano nuevamente de su juego metaficcional al comenzar con el estreno ficticio de Stab, una película basada en los hechos ocurridos en la primera parte de Scream (con todo y conocidos actores haciendo de estos personajes) y que ha terminado por convertir al asesino de hábito negro y máscara blanca en un icono pop. El problema es que ahora hay un nuevo psicópata que se disfraza de este y que intenta, en su afán de copycat, traer una “secuela” a la vida real terminando el trabajo que su antecesor dejó incompleto. El juego de la película-dentro-de-la-película no es tan original ni ingenioso, pero funciona lo suficiente como para darnos momentos francamente buenos como la primera escena, en la que el asesino acecha en medio de una sala de cine completamente llena de enmascarados. Aparte de eso, lo cierto es que carece del encanto de la primera parte y es excesivamente dependiente de su propio juego temático.

Uno de los aspectos positivos que tiene, sin embargo, es que se mantiene el componente humorístico impidiendo que la película se vaya por derroteros demasiado serios. Williamson parece haber decidido esta vez dar un mayor protagonismo a la pareja conformada por Courtney Cox y David Arquette, innegables componentes cómicos de la primera parte y que aquí llegan a opacar a la misma Neve Campbell, cuya presencia está bastante desaprovechada e incluso innecesariamente dramatizada con una subtrama acerca de sus aspiraciones como actriz que francamente esta fuera de lugar. De hecho podría decir que el mejor momento del personaje de Sidney Prescott ocurre cuando vemos que es (pésimamente) interpretada por Tori Spelling en la película ficticia de Stab. Sirve también este momento para que comprobemos que en Scream 2 tienen cabida prácticamente todos los actores juveniles que tuvieron o tendrían cierta relevancia durante los años noventa.

La mayor proliferancia de jóvenes en el elenco está parcialmente justificada al transcurrir la mayor parte de esta película en un campus universitario, lo que la vincula con slashers similares como Black Christmas (1974) o The House on Sorority Row (1983), a las cuales hay referencias más que obvias y que incluso son mencionadas literalmente por uno de los personajes. Con todos estos elementos Scream 2 no pasa de ser una secuela medianamente eficiente diseñada para continuar explotando la saga. Por desgracia uno de sus puntos bajos está en la revelación del misterio, una secuencia excesivamente alargada y descabellada incluso para los estándares de este subgénero. Esto sin embargo tiene que ver con un problema del que hablamos antes (y que volveremos a mencionar) acerca de la necesidad de gran parte de los slashers de los noventa de justificar las acciones del asesino como si la idea de un psychokiller no fuera atractiva en sí misma. De esto todavía nos falta mucho por ver.

 

Reseña: Scream (1996)

Sin entrar en discusiones referentes a su calidad o efectividad, una cosa que queda clara es que Scream (1996) es una de las películas más influyentes en el horror mainstream de los noventa. Es también la última gran película de su director, Wes Craven, quien tuvo una contundente resurrección gracias al inesperado éxito de esta cinta. Pero si bien su labor tras las cámaras no deja de ser destacable (sobre todo en una magnífica primera secuencia cronometrada por una bolsa de palomitas que actúa además como reflejo anímico de lo que ocurre en pantalla), gran parte de los aciertos de la película están en el guión de Kevin Williamson, quien junto a Craven muestra un manejo envidiable del suspense a la vez que parodia los lugares comunes más manidos del género slasher. Es por eso entre otras cosas que la película nunca llega a ponerse demasiado seria, lo cual en su caso es un grandísimo acierto.

La historia construye aquí la típica trama de jóvenes enfrentados al asesino de turno, en este caso un extraño personaje vestido con un hábito negro y ataviado con una máscara inspirada en El grito de Munch, que va asesinando jovencitas indefensas a la vez que acosa telefónicamente a la final girl, Sidney Prescott (una joven y lacónica Neve Campbell). El giro temático en esta ocasión es que el asesino parece ser un gran conocedor de películas de terror y está continuamente retando a los protagonistas a salvar sus vidas siguiendo las reglas fácilmente deducibles de este tipo de cine. Cierto que el subtexto discursivo e irónico de Scream está tan subrayado que deja de ser subtexto, pero está hecho con gracia y proporciona momentos de humor bastante simpáticos como la escena en la que un personaje ve Halloween (1978) de John Carpenter y le habla a la protagonista en la pantalla advirtiéndole que mire detrás suyo, sin darse cuenta de que él también debería seguir su propio consejo (!). En ese mismo espíritu la cinta recurre a una larga lista de lugares comunes, pero estos están tan evidenciados que terminan formando parte del discurso.

Nada de esto impide, sin embargo, que Scream tenga sus toques personales. Contrariamente a lo que podríamos creer al principio, el asesino es uno de los mejores personajes, y un rasgo característico que lo separa del resto de matarifes del cine de terror es su general torpeza y patosidad que constrasta con lo brutal y sádico que es. Esta caracterización es muy efectiva porque justo cuando estás empezando a reírte de sus accidentes es cuando este personaje demuestra ser genuinamente letal y despiadado. La película hace un especial énfasis en la identidad del asesino como el centro del misterio, en una estructura típica de whodunit que está bastante bien construída, ya que incluso da varias pistas ya desde el principio. Posteriores visionados te hacen preguntarte cómo no pudiste verlo si en todo momento se te estaba diciendo de quién se trataba, a veces de forma directa y a veces de forma sutil. Con todo y esto, el misterio es muy interesante, y el eje temático de las películas de terror no está compuesto de vulgares referencias ni reducido a una condición de gimmick, sino que está genuinamente integrado a la historia que desemboca en una confrontación final que hasta cierto punto rompe los arquetipos del género slasher al mostrar a una chica final consciente de su rol en la historia y de lo que debe hacer para sobrevivir.

Tras catorce años de su estreno, es cierto que el guión de Scream revela varias autocomplacencias por parte de Kevin Williamson, pero estas son fácilmente perdonables al ver cómo él y Wes Craven construyen una película tan divertida que no escatima en la comedia (voluntaria, para variar) y ayuda a la construcción de un estereotipo juvenil completamente ficticio que se propagaría por el cine de entonces y que llegaría a su punto más alto en su serie Dawson’s Creek. Al mismo tiempo, la película destripa el cine de asesinos enmascarados al tiempo que muestra un genuino respeto y amor hacia él, ridiculizando sus aspectos más superficiales en busca de su auténtica esencia como cine de miedo. Lo paradójico de todo el asunto es que se suponía que Scream acabaría así con los slasher films pero lo que ocurrió fue lo contrario: debido a su abrumador éxito de taquilla, el género abrazó con más fuerza sus lugares comunes y dio inicio a una larga serie de imitaciones y un renacer del horror de jóvenes en el que estos pasaban a tener el auténtico protagonismo y no eran simplemente las víctimas, algo que se vio potenciado con la inclusión de nacientes estrellas juveniles provenientes de la tele. El primero en seguir este camino a la perdición fue el propio Wes Craven, quien realizó dos secuelas, con una tercera en camino. Con el tiempo tocaremos más ejemplos de este tipo de cine, sin embargo podemos concluir diciendo que Scream es una cinta muy recomendable que no sólo vale la pena, sino que incluso se mantiene como quizás la única de sus congéneres noventeras que resiste el paso del tiempo.

 

Reseña: La última casa a la izquierda (2009)

Para abrir esta reseña de La última casa a la izquierda (2009) se hace necesario remitirnos una vez más a la cinta original de Wes Craven de 1972. En aquella ocasión intenté explicar por qué me parecía que esta era, en el fondo, una película bastante pobre que para colmo había envejecido muy mal. Dicha opinión la mantengo hoy en día, y creo que las razones por las cuales la película ha sido tan idealizada se deben menos a una cuestión de contenido y más de estética; la cinta de Craven es un desastre a todo nivel (guión terrible lleno de situaciones aletatorias, dirección confusa sin un menor sentido de ritmo o estética, toques de humor muy mal integrados, actuaciones al nivel del cine porno, etc) y es precisamente esa condición tan desmedidamente amateur lo que convierte su propuesta en una transgresión formal que apela al sentimiento de rebeldía generacional de su particular momento histórico, haciendo que la película sea idolatrada por muchos de una forma excesiva. Si bien con el tiempo ha conseguido trabajos mucho mejores, para 1972 Wes Craven no era todavía un cineasta, sino un renegado universitario que experimentaba con un arte del que no por lo visto no tenía mucha idea (a diferencia de, por ejemplo, un Sam Raimi, quien aún en su debut muestra su talento e ideas como director).

Pero estamos en el 2009, y trataremos de centrarnos en la nueva versión. Detrás de la producción se encuentra el propio Wes Craven, quien vio oportuno el momento de rehacer su obra envalentonado por la buena acogida de Las colinas tienen ojos (2006). El proceso de creación de esta película fue largo y azaroso, con casi cien nombres barajados para el director hasta decidirse por Dennis Iliadis. Algo que no sabía es que esta nueva versión de La última casa a la izquierda estaba originalmente planeada para el mercado de directo-a-DVD, y que fue únicamente tras ver el resultado final que se decidió darle una oportunidad en salas de cine. Esto no debería extrañarnos, ya que si bien es verdad que no estamos ante una película perfecta (ni siquiera llegaría a considerarla buena del todo) tiene algunos puntos destacables y representa a todas luces un remake bastante eficiente que logra enmendar un poco al original, aunque por desgracia pasa desapercibida en medio del aluvión de películas similares de los últimos años. Del resto, sigue prácticamente el mismo argumento de la versión original (un grupo de psicópatas viola y asesina a un par de chicas en un bosque para luego alojarse por casualidad en casa de los padres de una de ellas, quienes desatan su justa y cruel venganza) con pocos pero sustanciales cambios, la mayoría de ellos para bien.

Los detractores de esta nueva versión a menudo argumentan que la escena de violación y asesinato de las jóvenes (pieza central en la película original) ha perdido fuerza en este remake. Personalmente estoy en desacuerdo con esta afirmación por dos motivos: el primero es que hoy en día dudo mucho que alguien pueda sentirse impactado por lo que muestra la película de Craven (leemos las palabras “violación” y “asesinato” e inmediatamente nos afectan, pero hay que pararse a ver lo que realmente consigue Wes con su ejecución, que es más bien poco), y en segundo lugar, en esta ocasión el auténtico centro de la cinta no es dicha secuencia (que efectivamente se ve reducida en cuanto a metraje) sino la venganza de los padres, que es cien veces más brutal y terrible en esta nueva versión. El otro gran cambio, y aquí viene un spoiler de los gordos aunque muy probablemente cualquiera que lea este reseña ya habrá visto la película, es que, a diferencia de lo que ocurría en la cinta de Craven, en esta ocasión Mari sobrevive al brutal ataque de sus captores. Dicho giro argumental, que también ha sido bastante criticado por algunos, es sin embargo un gran acierto a nivel dramático ya que hace mucho más creíble la acción de venganza por parte de los padres (recordemos que uno de los momentos más sonrojantes de la original era cuando los padres de Mari descubrían por casualidad y porque sí su cadáver junto al lago).

A decir verdad, la credibilidad de lo que sucede es mucho mayor en esta versión que en el original de Wes Craven, principalmente porque el guión es a todas luces muy superior, con un desarrollo mucho más natural y con ciertos giros narrativos que hacen, por ejemplo, mucho más creíble el hecho de que los padres permitan a los agresores pasar la noche en su casa (a diferencia de la original donde esto ocurría casi porque le salía de los cojones al guionista). Las reacciones de los personajes también son mucho más razonables (a excepción de ese absurdo momento de silencio dramático tras la violación), y aunque los villanos todavía son retratados como unos psicópatas, al menos no son tan condenadamente tontos y caricaturescos como en la película original, lo que los hace en mi opinión mucho más amenazantes. También ayuda mucho que esta nueva película haya cortado de raíz la absurda subtrama de los ineptos policías paletos, un agregado cómico de la cinta original que literalmente te sacaba de la película y no producía más que pena ajena.

Tal solemnidad y crueldad es, sin embargo, la norma en el cine de terror actual, por lo que a pesar de todos sus aciertos, La última casa a la izquierda redux no pasa de ser un thriller medianamente eficaz que destaca principalmente comparándolo con el original de Craven. Aparte del hecho de no ofrecer nada nuevo al género, lo único que realmente puedo criticarle es la infame escena final de la película, un breve epílogo innecesario, absurdo y bobalicón que resulta imposible tomar en serio. Os juro que de no haber tenido esa última escena (que por desgracia es lo que el público recordará tras terminar de verla) esta película hubiese tenido un puntaje mayor y habría pasado los tribunales de esta bitácora como uno de esos remakes buenos. De momento se queda sólo en eficiente, pero al menos mucho más disfrutable que el original.

Reseña: La última casa a la izquierda (1972)

Recuerdo que hace unos meses, en el momento de sus primeros avances, me sorprendió el enorme entusiasmo que despertó el remake de La última casa a la izquierda (1972), el primer largometraje de Wes Craven. Me sorprendió porque, según lo que recordaba de aquel fugaz visionado, la película, si bien es todavía recordada como una pieza rompedora de su época, no me parece demasiado destacable. La he vuelto a ver y, so riesgo de que algunos me crucifiquen, he visto confirmada mi impresión inicial e incluso ampliada, ya que no sólo me sigue pareciendo una película bastante pobre, sino que encima no entiendo cómo es que todavía se le sigue atribuyendo una crudeza y brutalidad que ciertamente no tiene.

Esto último hay que repetirlo en cada párrafo: La última casa a la izquierda no es para nada la brutal y desgarradora película que muchos comentan. Por el contrario, es una cinta bastante contenida en cuanto a sus muestras de violencia. Lo que pasa es que, al igual como ocurrió con La matanza de Texas (1974), de Tobe Hooper, es falsamente recordada como una cinta gore debido a que los temas que trata (principalmente la irracional y arbitraria violación y asesinato de dos jóvenes chicas a manos de un grupo de psicópatas) no era todavía algo fácil de encontrar en los cines de principios de los setenta. La diferencia es que, si bien este argumento, que en el caso de esta película es un remake inconfeso de la cinta de Bergman El manantial de la doncella (1960), es teóricamente perturbador, la manera en la que está ejecutado dista mucho de serlo. Las actuaciones de los protagonistas son, en su mayor parte, muy pobres incluso para un estándar amateur (sobre todo las reacciones de las chicas ante los horrores que sufren son en ocasiones incomprensibles) y Wes Craven da a la historia un tratamiento irregular y en ocasiones abiertamente cómico: los psicópatas son retratados como auténticos imbéciles, y las secuencias más crudas de la película son interrumpidas en varias ocasiones por las peripecias cómicas de dos policías paletos gloriosos en su incompetencia.

Es precisamente la ineptitud de esta fuerza policial lo que, a nivel de espectador, nos predispone a favor de lo que ocurre en la segunda mitad de la película, que es la (justa) venganza de los padres de una de las víctimas contra los asesinos que por una gran casualidad han caído a su alcance. Una vez más, el recuerdo de estas secuencias en cuanto a su supuesta brutalidad es superior a lo que realmente vemos en pantalla, e incluso me atrevería a decir que para los estándares de la época tampoco resulta algo demasiado fuerte. Los temas de violación, asesinato, justicia, violencia indiscriminada e irracional y desbocamiento de los jóvenes hacia el camino de la insensata destrucción (todos ellos temas que presenta la película de Craven) ya habían sido tratados de forma mucho más contundente en ejemplos anteriores, e incluso el año anterior a esta cinta se estrenó La naranja mecánica (1971) de Stanley Kubrick, con lo que la reverencia hacia esta película a nivel de controversia se me hace aún más inexplicable.

De hecho, yo incluso diría que la verdadera importancia de La última casa a la izquierda reside en el desarrollo de la carrera de Wes Craven como guionista y director, ya que aquí se encuentran los gérmenes de varios temas y recursos que seguiría usando a lo largo de su filmografía: el conflicto de una familia que debe entregarse al salvajismo para conseguir la revancha sobre sus agresores es el tema principal de Las colinas tienen ojos (1977), una película mucho más sólida que esta en todos los sentidos, y ecos de este también se verían en el argumento principal de Pesadilla en Elm Street (1984). En todo lo demás, la primera película de este director pasará a la historia como una pieza quizás notable en lo que se refiere al contexto de los setenta y a la desintegración de la utopía hippie que acompañaría a todo este tipo de cine (es muy significativo que la película comience con la exposición de ruptura generacional y que aquello que identifica a los asesinos sea un símbolo de paz robado), pero sus ideas esbozadas serían tratadas de mucho mejor forma en otros ejemplos posteriores. Su correspondiente remake (a estrenarse en España dentro de poco) parece, a juzgar por los avances, haber tomado la senda de esa oscuridad, solemnidad y regodeo en el sufrimiento del 99 por ciento de las películas de terror que se estrenan en los últimos años, por lo que no me extrañaría que pasara sin pena ni gloria. Entretanto, yo diría que todos aquellos que se acerquen a la película original para complementar el visionado de la nueva versión lo hagan con el convencimiento de que, incluso para unos estándares bajos, no estamos ante esa muestra de brutalidad que se nos ha querido vender desde los tiempos mismos de su estreno hace ya casi cuatro décadas.

 

Reseña: La nueva pesadilla (1994)

En los quince años que la separan de su fecha de estreno, La nueva pesadilla (1994) ha conseguido superar su fracaso inicial y ganarse su merecido puesto incluso entre el público más crítico de la saga de Freddy Krueger. A pesar de no ser ninguna obra maestra, es una muy digna coda final a las cintas de Pesadilla en Elm Street (especialmente después de la abominable sexta entrega) y devuelve al personaje de Freddy al menos una pizca de su dignidad perdida. Esto sin duda alguna se lo debemos a Wes Craven, quien supo crear con esta película un merecido homenaje a su criatura y, al mismo tiempo, evitar la tentación de hacer una secuela más. Porque eso es algo que hay que dejar claro: La nueva pesadilla no es realmente una película de Freddy, sino una película acerca de las películas de Freddy.

En un ejercicio de horror auto-referencial muy bien hecho, y rompiendo argumentalmente con la saga en su totalidad, la cinta nos coloca esta vez en el mundo real, pero un mundo real en el que las películas de Pesadilla en Elm Street existen. Resulta que Freddy no es más que la última reencarnación de una entidad maligna milenaria, la cual ha sido “atrapada” en el mundo de la ficción gracias a la primera película. Este argumento gira en torno al personaje de la actriz Heather Langenkamp, la protagonista de Pesadilla en Elm Street (1984) y que aquí se interpreta a sí misma, al igual que varios de los responsables de la saga entera que hacen también aparición, como Robert Englund, John Saxon, Tuesday Knight o el propio Wes Craven, quien obtiene su particular venganza cuando comenta a la protagonista (y a nosotros) que la risible banalización de las secuelas de Freddy es la responsable de su liberación. A lo largo de la cinta encontramos también muchas referencias a la película original, así que los detectores de guiños intertextuales se lo pasarán sin duda muy bien al mismo tiempo que descubren lo que en realidad nos está diciendo Craven: la primera Pesadilla… es un peliculón y las demás una mierda.

Asimismo, otra razón por la cual no considero esta película una secuela es por los tremendos cambios que Wes Craven ha introducido, unos que habrían sido imperdonables en cualquier otro director: para empezar, esta vez la trama gira en torno a personajes adultos, lo que rompe con el tono adolescente de la saga para introducir una trama familiar que por desgracia cae otra vez en el ya cansino argumento del “niño en peligro”. Craven también ha cambiado radicalmente la apariencia de Freddy Krueger despojándolo de sus colores brillantes para darle una presencia más oscura y tétrica si cabe, con las cuchillas saliendo directamente de su mano descarnada. El cambio funciona porque realmente sientes que este Freddy es distinto al de las anteriores películas a pesar de ser nuevamente interpretado por Robert Englund, quien consigue unos momentos geniales (la escena en la que sale del armario como si fuera el Coco es muy buena y coherente con el discurso que Craven esgrime en la cinta).

Acercarse a esta historia con una mente abierta es indispensable ya que no es una película de terror sino más bien una mirada al género de terror, realizada dos años antes de Scream (1996) y que sin embargo no tuvo una repercusión similar. Si algo nos muestra Craven en esta película es que el género de horror no se basa únicamente en la respuesta emocional del miedo sino también en la correcta utilización de un imaginario cultural que es tan antiguo como el hombre, y que la insensata repetición de estos arquetipos corre el riesgo de banalizarlos y hacerlos patéticos, despojándolos de su significado inicial. Si algo consigue La nueva pesadilla es matar (esta vez definitivamente) la idea de Freddy Krueger y rescatar en cambio la del auténtico relato de miedo, y por eso es que esta es una película mucho más inteligente de lo que la mayoría le concede.

Pero todo esto es una lectura adicional a la película misma, a la cual no le faltan los problemas típicos de una producción ineficaz: la estética es plana y aburrida, y mucho me temo que esto no sea intencional (dada su ambientación “realista”) sino simple pereza, porque dicha cotidianidad no dice nada. Ya hemos mencionado arriba la trama del niño en peligro que resta varios enteros a la historia por la forma tan barata y convencional con la que está construida, pero es que además el crío que interpreta al niño es insoportable, sobre todo cuando intenta dar miedo. De hecho, a nivel de interpretaciones la más destacable es la de la propia Heather Langenkamp, que se convierte aquí en una estrella prematuramente olvidada y que hace un trabajo fenomenal, algo mucho más meritorio si tenemos en cuenta que lleva encima prácticamente todo el peso de la película. La diferencia de su actuación entre esta cinta y la de la tercera parte es nada menos que abismal, por lo que esos siete años parecen haberle sentado muy bien como actriz.

Al final, La nueva pesadilla es una película bastante aceptable. Como decíamos, está muy lejos de ser una obra maestra, pero es sin duda una de las entregas más interesantes de la saga de Freddy Krueger y también una de las mejores, sin duda superada por la tercera y (sobre todo) la primera, pero muy por encima de todas las demás. A pesar de que Wes Craven tiene trabajos mejores, este sigue siendo destacable al menos por intentar hacer algo nuevo, cosa que vale la pena tener en mente ahora que tenemos el remake de la original en ciernes.

Reseña # 200: Pesadilla en Elm Street (1984)

En 1984, en plena efervescencia de los slashers, el director Wes Craven lanzó la que sería no sólo su mejor película, sino una de las cintas clave para entender el cine de horror de los ochenta. Al contrario de lo que ocurría con los dos mayores exponentes anteriores del género, Halloween (1978) y Viernes 13 (1980), la fortaleza de Pesadilla en Elm Street (1984) yacía en que con ella ocurría algo que nunca hay que dar por sentado: los aficionados a pasar miedo en el cine descubrían algo nuevo, territorios inexplorados que un cineasta iluminaba por primera vez. Porque si bien es cierto que esta cinta del tío Wes comienza repitiendo los esquemas temáticos del matarife clásico (incluso con un par de escenas que parecen calcadas de Halloween) no tarda en liberarse pronto de dichas influencias, ahondando en las obsesiones particulares de su director y abrazando su condición de fantástico para construir una fábula de terror en plena suburbia.

Contando principalmente con un elenco de jóvenes primerizos (entre ellos un debutante Johnny Depp), Pesadilla en Elm Street parte de una trama que hoy en día todos conocemos porque ha pasado a formar parte del imaginario colectivo del cine de terror: Freddy Krueger, un asesino ajusticiado por los padres de sus víctimas, regresa varios años después para ejecutar su venganza de ultratumba atacando a los adolescentes en sus sueños, único lugar donde sus progenitores no pueden protegerles. Aparte de su origen sobrenatural, lo que diferencia a esta enésima versión del Hombre del Saco es que representa una encarnación del Terror en sí mismo: desde el principio de la película, Wes Craven nos muestra a Freddy como un monstruo que se alimenta de miedo, y que se va haciendo progresivamente más fuerte a medida que sus víctimas potenciales comienzan a creer en su existencia. De apenas una voz susurrante en la oscuridad, una sombra en medio de las pesadillas, termina por adquirir el cuerpo y la presencia de un adefesio horriblemente quemado vestido de colores chillones: una especie de payaso macabro para siempre asociado a la imagen del sombrero y el guante con cuchillas.

Precisamente es el personaje uno de los motivos por los que Pesadilla en Elm Street funciona; el villano misterioso y cuasi-silente que surge con la figura de Freddy Krueger es más que una “forma” asesina, y su significancia se aprecia en varios niveles. En cierto sentido, resulta la consecuencia lógica una vez que se destripa el género slasher: si todas estas películas juegan con la idea del miedo subconsciente, entonces hagamos un villano que sea “literalmente” un sueño. Independientemente del recuerdo nostálgico de nuestra infancia ochentera, Freddy daba miedo de verdad, y su idea todavía persiste como un concepto genuinamente terrorífico por mucho que seis secuelas y un cross-over con Jason Voorhees hayan arruinado dicho concepto para siempre.

Pero aparte de sus sutilezas temáticas, el estilo de la película de Craven no deja lugar a ningún tipo de compasión para con sus personajes: como abreboca, la primera muerte es visualmente brutal, mucho más teniendo en cuenta que no vemos al asesino, cuyas posteriores matanzas se van haciendo cada vez más imposibles y estéticamente más impresionantes. Este es otro detalle que terminarían arruinando las secuelas, en las que las diferentes muertes causadas por Freddy adquirieron tintes caricaturescos que sólo servían como preámbulo de los cada vez más cansinos chascarrillos del personaje. Como curiosa contraparte, las sucesivas continuaciones expandieron la mitología del personaje y entronizaron al actor Robert Englund en el papel de Freddy Krueger, algo que sólo fue posible gracias a su descarada explotación: en la primera “pesadilla”, Krueger es una presencia muy sutil que pronuncia muy pocas palabras y cuyo rostro está casi permanentemente oculto al espectador, por lo que, objetivamente hablando, podría haber sido interpretado por cualquiera.

Este último detalle es una de las razones por las que se hace más interesante, casi un cuarto de siglo después, revisar esta primera Pesadilla en Elm Street y comprobar lo contenida que es, lo sugerente de cada una de sus secuencias y la manera tan consciente en la que huye de todo tipo de exageraciones propias de sus secuelas. Tan cierto es esto, que no es posible pasar por alto el hecho de que, si bien las muertes de los personajes protagonistas son bastante “imaginativas”, nunca llegan a ser ridículas; por el contrario, son de un surrealismo que en ningún momento deja por fuera el hecho de que estamos ante una película de terror, incluyendo un maravilloso final que se cuenta entre uno de los más desconcertantes del género, con la posible excepción de Phantasma (1979).

Los defectos de la cinta, en esta ocasión, están presentes en forma inversa a la recientemente comentada The Evil Dead (1981): a pesar de contar con un guión sólido, la dirección de Wes Craven se siente demasiado plana en algunas secuencias, sin la vitalidad e instinto de un John Carpenter o un Sam Raimi. Esta falta se nota especialmente en aquellos momentos en los que Freddy Krueger se enfrenta físicamente a la heroína de la historia, aparte de que en muchos momentos se echa en falta una mirada más exhaustiva en el trasfondo de ese crimen “oculto” de los mayores que ha terminado por desencadenar el conflicto. Quizás sean estas las únicas pegas que se puedan encontrar a la que hoy señalamos como una de las películas más importantes de nuestra niñez compartida, y que casi cinco lustros después está a punto de ser remakeada para futuras generaciones.

Míticos: Wes Craven (1939 – )

Antes de que su estilo como director se desviara hacia cómicos afroamericanos en decadencia haciendo de vampiros o (peor aún) la nefasta combinación de Meryl Streep + Gloria Estefan + violines, el nombre de Wes Craven era sinónimo de uno de los últimos autores de cine de terror de la vieja guardia. Los que le queremos aún seguimos esperando su regreso triunfal, cuyas esperanzas yacen principalmente en aquellas películas en las que Wes sí desplegó su particular universo de terror auto-referencial pero no por ello exento de otro tipo de constantes temáticas. En el presente, Craven se ha dejado llevar en demasía por su condición de mercader hollywoodense, a menudo apadrinando películas de dudosa calidad o participando en cualquier proyecto que le caiga entre manos desdeñando la construcción de ese corpus cinematográfico que, en mayor o menor medida, se había venido forjando durante los setenta y ochenta. Quizás sea eso lo que a la larga le haya impedido ganarse el aura de culto que sí se ha formado alrededor de niños maltratados por la industria como John Carpenter, o guerrilleros inmutables como George Romero. Aún asi, si Wes no merece estar en esta categoría de míticos, ¿quién lo merece?
Contrariamente a los dos nombrados arriba, Wes Craven llegó tarde al panorama cinéfilo, rebotado de sus estudios de filología y psicología, y por lo tanto del conservador ambiente académico. Sorprende entonces que su primera película de terror, La última casa a la izquierda (1972), no lo haya descolocado a él tanto como a la crítica. Más una cinta de venganzas que de terror al uso, su debut junto a uno de los padres del slasher, Sean S. Cunningham, supone también el inicio de un tema que se repite en varios de sus más importantes trabajos: la brecha muchas veces insalvable entre las distintas generaciones del clan familiar, el vacío que se produce entre progenitores e hijos y que encuentra su salida en la forma de secretos, mentiras y, por supuesto, muerte. La película, por cierto, fue calificada en su momento como una vulgar explotación a pesar de que, en la práctica, era poco menos que un remake encubierto de El manantial de la doncella (1960) de Ingmar Bergman, dando inicio a una serie de imitadores de historias de violación/venganza que encontraría su clímax a finales de los setenta con La violencia del sexo (1978), de Meir Zarchi.
Pero volvamos a Craven y a la que fue su segunda gran obra de culto: Las colinas tienen ojos (1977). Esta historia de paletos mutantes caníbales nace, como la anterior, a la sombra de otra gran obra, La matanza de Texas (1974), pero con mayor énfasis en esa temática familiar de su director y en el discurso violento de patio trasero de la civilización que ya se había visto en la película de Tobe Hooper. El éxito de esta nueva producción (mancillado por una terrible secuela realizada varios años después) permitió a Craven hacerse un nombre dentro del panorama de los cineastas de género, dando inicio a una serie de películas no necesariamente destacables que sin embargo fueron una preparación para la que sería su gran obra maestra, una película parida entre sus propias experiencias de juventud y la creatividad de alguien que planeaba llevar el subgénero slasher hasta el sitio en teoría más seguro que tiene el ser humano: sus propios sueños.

Con Pesadilla en Elm Street (1984), Wes Craven realiza no sólo la que fácilmente se puede considerar su mejor película, sino también una de las mejores cintas de terror de los ochenta o de cualquier época. Al igual que otros slashers de entonces, Freddy Krueger se convirtió en un icono moderno del terror tan reconocible hoy en día como Drácula o el monstruo de Frankenstein, y como estos, ligado también al rostro de un actor en específico, el omnipresente mercenario Robert Englund, quien ha dado vida al personaje a lo largo de ocho películas y una serie de televisión hasta el punto de ser, hasta la fecha, imposible de separar de la cinta de Wes (razón por la cual el futuro remake lo tiene muy difícil de entrada). Por desgracia Pesadilla… sufrió la suerte de todos estos grandes personajes: su inusitado éxito (responsable directo de que New Line Cinema se convirtiera en un estudio competitivo) le convirtió en pasto de los videoclubs, y durante una década el título se vio acompañado de números romanos que conformaron una larga lista de secuelas en las que el espíritu de la original terminó por perderse. Fue el propio Wes Craven quien puso fin a aquella demencia al dirigir La nueva pesadilla (1994), última secuela de la saga en la que se desmonta el mito de Freddy Krueger a través de una auto-referencia de la que no se salva ni el propio director, quien sale en un cameo haciendo de sí mismo.

Esa misma referencialidad sería la marca de fábrica de Scream (1996), la última gran película de Wes Craven y tras la cual se da inicio a su decadencia como director, productor y guionista. Su alianza con el escritor Kevin Williamson nos trajo una película con más inteligencia de la que normalmente se le concede, una cinta de terror hecha para explicar la banalización del cine de terror sufrida precisamente a manos de aquella pandilla de directores de los que Wes sin duda forma parte. Las ironías no acaban, por desgracia, allí: Scream terminó causando un efecto diametralmente opuesto a su intención inicial, convirtiéndose precisamente en aquello que criticaba al generar una ola de imitadores entre los que se contaba su máximo responsable, director de dos secuelas (hasta la fecha). Contrariamente a lo que se pretendía, el género de terror se aferró con más fuerza a sus clichés y topicazos, suavizados esta vez para satisfacer las demandas del público preadolescente, ahora con mayor poder adquisitivo y por lo tanto con una creciente influencia sobre el éxito taquillero de una película.

Desde entonces la carrera de Wes Craven ha entrado en picada con ocasionales sub-productos poco dignos de mención: Un vampiro suelto en Brooklyn (1995), Cursed (2005) y Vuelo nocturno (2005) son películas que mientras menos sean nombradas mejor. Su labor como productor tampoco ha dado resultados memorables, tampoco aquellas producciones de su faceta no-terrorífica (¿o sí?) como Música del corazón (1999) o Paris, je t’aime (2006). Sin embargo, su anunciado regreso para este año siempre será una noticia que causará algún revuelo en el corazón de sus martirizados fans. Que sí.

Reseña: Las colinas tienen ojos 2 (2007)

Wes Craven, el hombre que tuvo la oportunidad de hacer la misma película dos veces, se encarga junto a su hijo de escribir el guión para la secuela de Las colinas tienen ojos (2006), el exitoso remake que dirigiera Alexandre Aja de uno de sus clásicos setenteros. En circunstancias normales, la mano del tío Wes sería una razón para confiar en la calidad de una película, y si digo “en circunstancias normales” es porque todos sabemos muy bien que el Wes Craven de hoy está a años luz del de hace treinta años. El hombre que tenemos hoy en día es alguien que está en franca decadencia y que ha dado al traste con nuestras esperanzas en más de una ocasión, ya sea como director, productor o guionista. Dicho esto hay que ir al grano: Las colinas tienen ojos 2 (2007) no solamente tira por la borda todas las virtudes de la cinta de Aja, sino que además es firme candidata a lo más anodino e infumable que hemos tenido que tragar en lo que va de año.

Y lo peor de todo es que Wes lo tenía fácil, ya que por mucho que lo intentara, esta versión de Las colinas tienen ojos 2 (que en una incomprensible jugada de marketing ha sido bautizada en España como El retorno de los malditos cuando lo más fácil hubiese sido colocar un “2” al título que ya tenían) no podía ser peor que la él mismo dirigiera en 1985, secuela famosa no sólo por ser uno de los bodrios más sólidos de los ochenta, sino también por ser la única cinta de la historia (hasta donde sé) en la que un perro tiene un flashback (!). Aquí no hay nada de eso, ya que el objetivo desde el principio es emular el estilo intenso y desaforado de Aja y llevarlo al próximo nivel. El encargado de la dirección es el alemán Martin Weisz (mejor director de Sitges por la película Grimm Love (2006), la cual no he visto), que remeda el estilo visual de la cinta antecesora buscando además una atmósfera claustrofóbica muy en la línea de The Descent (2005). Por desgracia, los resultados no pueden ser más desastrosos.

En vez de una familia de transeúntes desprevenidos, los protagonistas de esta película son un grupo de reclutas novatos de la Guardia Nacional encargados de proporcionar suministros a un grupo de científicos afincados en las colinas de Nuevo Méjico. Lo que encuentran, en cambio, es a los científicos masacrados y a ellos mismos presa de otra familia de mutantes caníbales, a la que deberán enfrentarse si desean sobrevivir. De entrada, este es ya el primer error: al hacer de los protagonistas un grupo de soldados con armas y entrenamiento para matar, la secuela despoja a la historia de su componente humano, alejando cualquier empatía que pueda sentir el espectador hacia los personajes. Si a eso sumamos que los mutantes son representados como auténticos gigantes a los que falta poco para tener superpoderes, encontramos que aquel interesante enfrentamiento primitivo de la primera parte queda aquí reducido a una típica monster movie, sólo que mal hecha. El cara a cara entre las bestias y los soldados va pasando por todos y cada uno de los clichés de este tipo de películas, a lo largo de una dirección desganada y una trama que se mueve casi por incercia. Para colmo, los soldados son tan francamente estúpidos que a los quince minutos no sólo no sentimos piedad por ellos, sino que les deseamos abiertamente la peor de las suertes. No exagero cuando digo que estos soldaditos de pacotilla representan un mayor peligro para sí mismos que para los salvajes caníbales que se ocultan en las cavernas.

Como buena representante de su tiempo, la película tampoco escatima en la casquería y en las situaciones escabrosas. Tan sólo la primera escena es bastante difícil de soportar (cosa que, no lo niego, pinta bien al principio), aunque tras ver la totalidad de la cinta uno no puede menos que admitir que se trata de una terapia de choque bastante evidente que intenta tapar las innumerables carencias de la película apelando al impacto fácil. También hay aquí una cruenta escena de violación, por supuesto mucho más explícita que la de la primera parte y con un mayor énfasis en el placer de la bestia atacante, a la que incluso le cuelga el muy calculado hilo de baba de la boca.

La duda que me queda es si realmente (tal como he leído en algunos sitios) la película intenta colarnos un mensaje antibelicista acerca de la invasión en terreno hostil a manos de las siempre listas tropas americanas, lectura que no sólo he escuchado acerca de esta cinta sino también acerca de otro próximo estreno, 28 semanas después (2007). De ser así, me parece un mensaje bastante pobre, y la explotación de las muertes de los soldados a través del pueril método de mostrarlos como una banda de palurdos que merecen cuanta fatalidad caiga sobre ellos me parece no sólo inefectivo, sino también un tanto miserable. Las colinas tienen ojos 2 es, en este sentido y en cualquier otro, una película absurdamente olvidable, mediocre y prescindible de la que se puede pasar sin ningún cargo de conciencia. Me parece a mí que Wes Craven tardará mucho tiempo en volver a levantar cabeza.