Reseña: Underworld: Blood Wars (2016)

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Tras una pausa de cuatro años desde la última entrega, la guerra entre los vampiros y los licántropos continúa en Underworld: Blood Wars (2016), y tal como comentábamos en aquella ocasión, parece haber cierta intención de volver a la “sencillez” inicial de la primera entrega a la vez que se amplía la mitología de unos seres que poco tienen que ver con el imaginario terrorífico que nos hemos construido. Esta vez, Selene y su nuevo compañero David se enfrentan a un nuevo líder del clan de licántropos, así como a una conspiración dentro de las propias filas de los vampiros, que desean más que nada aprovechar la sangre híbrida de nuestra protagonista para adquirir nuevos poderes y vencer finalmente a sus rivales.

Lo directo y básico de su premisa ha traído sus consecuencias, ya que no solamente parecemos haber abandonado (temporalmente al menos) la subtrama de la hija de Selene sino también gran parte del discurso de lucha de clases licántropo/vampiro que parecía ser hasta ahora la esencia del universo de Underworld. Esa misma sencillez argumental y estética ha sido en cambio puesta al servicio de la que probablemente sea una de las entregas más flojas de una saga que parece haber perdido por completo su rumbo, sin poder decidirse por el camino que realmente desea seguir. En este sentido, se trata de una película hecha a las patadas y durante la cual se lanzan a la pantalla ideas que podrían haber sido perfectamente tratadas por separado en dos o tres películas distintas. Incluso la presencia de Kate Beckinsale se hace algo extraña ya que su personaje de Selene no parece tener tanta importancia como en las entregas anteriores y en ocasiones pareciera anticipar una especie de transición hacia otros protagonistas y otra historia completamente distinta de la que nunca se nos dice mucho, como tampoco se nos dice de los nuevos elementos introducidos en la historia tales como el clan de vampiros nórdicos o los súbitos cambios en las reglas del juego presentadas en la trama, que se contradice a sí misma numerosas veces en cuanto a qué es lo que los vampiros desean de Selene (¿es su sangre o la de su hija?) o el nivel de amenaza que representan realmente los lycan.

Otra cosa curiosa del argumento es que si bien se mantienen los aspectos más superficiales de la saga como su acción hiperbólica y su lavada fotografía blanco/negro/azul, todo se siente muy distinto, más enfocado hacia la fantasía y menos hacia su imaginario de terror. Esto último se hace evidente no solo en el hecho de haber recibido una clasificación por edades de 16 en Reino Unido (más que los 12 de la entrega anterior, pero sin llegar a los 18 de las primeras tres cintas de la saga), sino también en que nunca vemos a estos vampiros comportarse realmente como vampiros. Esto muy probablemente se deba al hecho de que a excepción de la primera Underworld (2003), la saga nunca ha tenido personajes completamente humanos, pero es otra muestra de esa ligereza general que parece afectarla cada vez más.

Tal como decía en otra ocasión, estas últimas entregas de la saga de Underworld me han hecho considerar que quizás fui demasiado duro con la original del 2003, y de hecho tengo ganas de volver a verla aunque sea para ver que tal se sostiene porque al menos recuerdo que tenía aspectos atractivos a nivel de estética que estas continuaciones han ido relajando cada vez más. De momento, al parecer esto no se ha acabado ya que incluso el final augura una continuación que el propio Len Wiseman ha confirmado, contando una vez más con Kate Beckinsale como la incombustible vampira Selene. Habrá que verlo, pero la verdad no es algo que me interese demasiado.

Reseña: Vampyr (1932)

Hay varios motivos por los cuales hemos dejado para el final una reseña de Vampyr (1932), uno de ellos es que se trata de la única cinta de este especial que nunca había visto antes, y también porque es quizás la menos convencional de las doce de las que hemos hablado durante este mes de abril, a pesar de que por lo visto es una de las más accesibles de su director, Carl Theodore Dreyer. Lo digo con algo de inseguridad porque lo cierto es que es apenas la segunda película de Dreyer que he visto en mi vida, pero por lo que he podido leer se trata de uno de sus argumentos más sencillos y lineales. Esta cinta de terror sin embargo fue un fracaso en el momento de su estreno y es sólo con el tiempo que se ha convertido en una película de culto y ha sido alabada por la maravillosa atmósfera que Dreyer consigue a raíz de una trama muy básica que ya para 1932 estaba más que vista.

Esta trama a la que me refiero sigue la historia de un joven estudiante que llega a un pequeño pueblo donde una familia está siendo víctima del ataque de un vampiro. Contar más que esto sería destripar toda la película, y de todas formas lo interesante aquí no está en el argumento como tal sino en la forma que ha escogido Dreyer para contarla. Hecha a partir de ideas de un libro de cuentos del autor J. Sheridan Le Fanu, Dreyer monta el ambiente gótico de su película con un grado de autenticidad poco habitual trabajando enteramente en locaciones reales y en su mayor parte con actores no profesionales (de hecho el protagonista, Nicolas de Gunzburg, era un miembro de la nobleza rusa que accedió a financiar la película a cambio de interpretar el papel principal). Estéticamente, además, hay una intención de dar a la película la apariencia de un sueño al utilizar una camara ligeramente fuera de foco para algunas de las escenas de exteriores, lo que causa una extraña sensación de irrealidad en contraposición con el carácter más racional de lo que está ocurriendo en escena.

Parte de esta sensación de irrealidad se consigue también gracias a elementos que no estoy seguro sean del todo intencionales, tales como la forma rígida y acartonada de sus actuaciones. Asimismo, hay que mencionar que esta fue la primera película sonora de Dreyer y arrastra todavía muchos recursos del cine mudo. La trama va avanzado principalmente gracias a las imágenes y hay muy pocos diálogos, de hecho la mayor parte de la exposición se da no a través de personajes sino de largos textos insertados en pantalla a través de intertítulos o de planos en los que la cámara nos muestra las páginas de un libro, momentos que entregan el argumento de forma bien clara para que el público pueda concentrarse en las imágenes. La idea funciona porque el ambiente que la película crea con todo esto es en verdad hipnótico hasta el punto en que realmente se siente como un sueño que público y protagonista están teniendo juntos. Es probablemente una de las mejores ambientaciones góticas que he visto jamás en una película, y una digna de ser imitada.

A pesar de todo, Vampyr fue un fracaso comercial y de crítica durante su época, y durante mucho tiempo fue considerada un punto bajo en la carrera de Dreyer, quien realizó varias modificaciones al montaje final en un esfuerzo por hacerla más accesible, sobre todo teniendo en cuenta que coincidió con horrores góticos más comerciales como las películas de monstruos de Universal. Con el tiempo, sin embargo, la rareza de su ambiente y su singular estilo narrativo la han elevado de cara al público. La versión que nos llega hoy no tiene la mejor calidad posible ya que los negativos originales se han perdido y la película ha sido reconstruida a partir de retazos de varias versiones internacionales. Pero a pesar de todo es una cinta muy curiosa cuya atmósfera la hace realmente inolvidable.

Reseña: Drácula (1931)

Por supuesto, es imposible hablar del horror clásico y no mencionar a los monstruos de la Universal. Lo cierto es que este estudio ya había dejado una huella en el panorama de terror durante la época del cine mudo, pero no fue sino hasta 1931 en los albores del cine sonoro cuando darían con la fórmula para cambiar la faz del cine de terror de masas americano dando inicio a su auténtica edad de oro. Una de las primeras películas de dicho ciclo fue, como no, el Drácula (1931) de Tod Browning, que como todos sabéis ya fue la primera versión “oficial”, aunque técnicamente el guión adaptaba no la novela de Bram Stoker sino su mucho más sencilla versión para teatro de Hamilton Deane y John Balderston, que había adquirido gran popularidad durante los años veinte. Hay también una clarísima inspiración en el Nosferatu (1922) de Murnau, con escenas y planos casi calcados.

El mayor interés de la película (y sin duda alguna sus escenas más recordadas) está al principio cuando asistimos al encuentro entre Renfield y Drácula, momento en que el carácter monstruoso de la historia y su villano nos queda claro. La recreación del famoso castillo del conde y el ambiente de terror que lo acompaña fue sin duda una de las claves de su éxito y emparentó a la película de la Universal con las historias de horror de esa Europa que para muchos era la imagen de un mundo antiguo y de un pasado misterioso, una fascinación a la que el propio conde alude llegado el momento y que utiliza como su auténtica puerta de entrada en la sociedad occidental. De hecho el principal atractivo de la película, y el verdadero motivo por el cual es recordada hoy en día, es por Bela Lugosi en el papel principal. No estamos aquí ante el conde Orlock de Murnau con su apariencia de roedor monstruoso; el Drácula de Lugosi es un aristócrata exótico, un depredador sexual que utiliza sus artes de seducción pero también su más sutil poder de hipnosis. Lugosi, que ya había interpretado a Drácula en el teatro, borda el papel a la perfección y durante años fue la imagen por excelencia de este monstruo en el cine y quien le imprimió muchos de los elementos que hoy en día se consideran básicos de su personaje. Quizás eso ha terminado alterando el recuerdo de gran parte del público que cree (erróneamente) que Lugosi interpretó a Drácula varias veces en su carrera cuando en realidad sólo lo hizo en esta película y en la comedia Abbott y Costello contra los fantasmas (1948). Sin embargo sí es cierto que hizo varios papeles de villano claramente inspirados en el famoso conde.

Lo que sí está claro es que esta no es, con todo, una de las mejores obras de terror de la Universal, ni mucho menos una de las películas más logradas de su director. Browning fue principalmente, como ya hemos mencionado en otras ocasiones, un director de películas mudas que nunca logró adaptarse del todo al cine sonoro. Esto, sumado a los orígenes teatrales de su adaptación, tuvo como resultado una cinta todavía anclada en elementos y estructuras propias del arte de la escena que hacen que por momentos parezca que estamos viendo una obra de teatro filmada: planos fijos, silencios, monólogos declamatorios, actuaciones o bien rígidas o exageradas y unos efectos especiales basados principalmente en técnicas de teatro tales como niebla, cambios de iluminación y murciélagos mecánicos. Hay que resaltar en este sentido que las transformaciones del conde (e incluso todas las muertes) ocurrían siempre fuera de escena, y que la película no tiene música, algo común en aquellos tiempos de transición al cine sonoro pero también en producciones más modestas.

Se dice que a pesar de ser su obra más conocida, Browning nunca estuvo particularmente interesado en trabajar en esta película y que varias de sus escenas fueron en realidad dirigidas por su director de fotografía, Karl Freund, quien al año siguiente dirigiría La momia (1932), otra cinta de monstruos de la Universal que es, en muchos aspectos, un remake inconfeso de Drácula. Esta de la que hablamos hoy definitivamente fue superada por muchas de sus contemporáneas, pero abrió la puerta a una nueva manera de concebir el cine de terror y fue un gran éxito de público que tendría una larga y fructífera continuidad, produciendo unas ganancias que por desgracia Lugosi nunca llegó a disfrutar en vida ni monetariamente ni en lo que concierne a su prestigio como actor. A pesar de todo es una película fundacional, y la historia acerca de su rodaje y las circunstancias de su producción es tan interesante como la obra en sí.

 

Reseña: Abierto hasta el amanecer 3 (1999)

Aparentemente ignorada en el momento de su estreno (no conozco a nadie que la haya visto o me haya hablado de ella, para bien o para mal), Abierto hasta el amanecer 3 (1999) fue estrenada en formato doméstico paralelamente a la segunda parte, en un intento por expandir el universo de aquella película de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino cuyo éxito y entusiasmo generado creo que nadie esperaba. Me parece curioso que no se mencione más porque lo cierto es que, contra todo pronóstico, esta precuela ambientada en la época de la Revolución Mexicana es una película decente que resulta muy superior a la nefasta segunda entrega, a pesar de contar con un elenco menos conocido y haber cambiado de forma radical la ambientación de su trama. Creo que nunca podría decir que es realmente buena, pero es sin lugar a dudas más ambiciosa y contiene dentro de sí el germen de una película interesante que lamentablemente se fue quedando por el camino, pero con todo y eso algunas de sus ideas salen a la luz y la convierten en algo al menos interesante de ver, ciertamente mucho más de lo que en un principio me esperaba.

Al situarla en plena Revolución Mexicana la película consigue abrazar su condición de western exótico abandonando completamente su ambientación moderna. También se deja de lado gran parte del contenido humorístico de la segunda parte y se busca por el contrario una estructura más similar a la película original de Tarantino/Rodríguez. Como en esta, toda la primera mitad muestra una trama relativamente realista que en principio nada tiene que ver con la premisa principal: una banda de forajidos que huye de las autoridades que les persiguen, historia que se entremezcla con la hija del verdugo local que se ha escapado con uno de los delincuentes y está siendo ahora perseguida por su padre y sus hombres. Por otro lado tenemos la figura histórica del escritor americano Ambrose Bierce (que en un evidente guiño a la película original está interpretado por Michael Parks) que viaja junto a una pareja de predicadores y se queda varado en medio del paraje. Todos estos grupos terminan, como en la original, encontrándose en un burdel ubicado en medio del desierto que (sorpresa) está infestado de vampiros.

También los arquetipos se repiten: Marco Leonardi interpreta aquí al protagonista que es un remedo obvio del personaje de George Clooney en la original, un antihéroe cínico y en ocasiones cruel con una idea muy limitada de la lealtad, y la veterana Sonia Braga es el reclamo erótico y la evidentísima sustituta de Salma Hayek en su papel de la madame del burdel. El personaje de Braga, por cierto, también da pie a comentar que, a diferencia de la película original, esta precuela intenta unir ambas mitades a través de una trama de misterio acerca del personaje de la hija del verdugo, en quien se va sugiriendo desde el principio cierta conexión con el mundo de los vampiros que no se revela hasta más adelante y que, aunque un tanto descabellada a nivel de argumento, intenta establecer el universo de la saga contando sus orígenes. Es un detalle muy superficial y que no se explora demasiado, pero que sin duda alguna resulta un abreboca de intentos más consistentes por parte de Robert Rodríguez de construir una mitología de vampiros mexicanos en la que más adelante ahondaría con su francamente mejorable serie de televisión de Abierto hasta el amanecer. También es más evidente aquí la representación de los vampiros como serpientes y no como murciélagos.

Todo esto en muchas ocasiones funciona, a pesar de unos efectos especiales algo risibles cuando se opta por el CGI, algunas actuaciones nefastas y el desaprovechamiento de ciertos elementos que sonaban atractivos en un principio como el personaje de Ambrose Bierce, que parecía que iba a ser importante pero al final termina quedándose en nada y pasando de explicar ciertos misterios en cuanto a su arco argumental que nunca se resuelven. No es para nada una película memorable, pero sus responsables al menos han dado algunas imágenes y momentos buenos, y el espíritu de su estilo y argumento es mucho más cercano al de la original que al de su contemporánea secuela. Es sólo en los valores de producción y en el acabado final donde se queda por debajo, principalmente porque la primera película estaba hecha por dos cineastas muy talentosos que estaban en su mejor momento. Aun así, es interesante, y mucho mejor de lo que esperaba.

 

Reseña # 600: La máscara del demonio (1960)

La reseña número seiscientos la hemos dejado para pagar una de las mayores deudas que teníamos en este blog en sus casi diez años de existencia, y es que nunca hasta la fecha nos habíamos puesto a comentar una película del italiano Mario Bava, muy a pesar de que han sido varias las ocasiones en que nos lo han solicitado. Para compensar un poco esta tardanza, hemos escogido su primer trabajo como director en solitario (al menos hasta donde sepamos, porque es cierto que no conocemos toda la obra del italiano) y una de sus obras más conocidas, La máscara del demonio (1960), o Black Sunday o The Mask of Satan, dependiendo de la edición que os hayáis encontrado. Esta película es importante no sólo como un gran exponente de ese terror gótico de factura europea que se popularizó en todo el mundo gracias a productoras como la Hammer, sino también por haber dado fama a gente como Bava o la bellísima Barbara Steele, quien se consagraría en aquel entonces como una de las más famosas actrices de terror de los años sesenta.

Tras una secuencia de introducción espectacular en la que asistimos a la quema de una pareja de brujos y la maldición que uno de ellos lanza sobre su propia familia, la película nos traslada al siglo XIX, cuando los personajes protagonistas exploran una tumba abandonada y terminan liberando por accidente el espíritu de la terrible hechicera que buscará renacer en el mundo de los vivos. Bava toma la estructura de un relato de Nikolai Gogol y lo transforma en una historia de terror gótico que al menos en la superficie aparenta una composición clásica: antiguas ruinas, terribles maldiciones familiares, brujería, satanismo y una locación exótica como es el caso de las estepas de Moldavia. Digo que aparenta cierto clasicismo porque muy pronto la historia comienza a mezclar varios elementos dispares como una insinuada historia de vampiros y un énfasis en la sexualidad perversa que por desgracia se quedó censurada para gran parte del público; de hecho el doblaje italiano de La máscara del demonio dejaba claro que los dos hechiceros villanos, Asa y Javuto, eran hermanos, referencia que se eliminó del doblaje en otros idiomas para evitar la alusión al incesto, pero que al mismo tiempo dejaba ciertas interrogantes acerca de por qué el retrato de Javuto aparece colgado en los muros del castillo de la familia.

Estos detalles de erotismo malsano fueron solamente un elemento más de lo osada que fue esta película para los estándares de principios de los sesenta, yendo más allá de lo que en su momento habían logrado trabajos similares, y en cierta forma cambió las reglas del juego puesto que también la Hammer se dedicó a partir de entonces a tensar los límites de aquello que podía hacer en pantalla. Sin embargo, el trasfondo cultural italiano de La máscara del demonio la diferencia de todos estos trabajos. Uno de los detalles que siempre he encontrado más interesantes no sólo de Bava sino del terror italiano en general es su relación de amor/odio con la religión católica, ya que Bava no deja de hacer mención en todo momento a un imaginario cultural cristiano presente no sólo en la ya antológica escena de la quema de la bruja sino en la fijación con el cadáver de Asa que se mantiene incorrupto y atrapado en su ataúd únicamente por la presencia de la cruz. La visión de ese cadáver con las cuencas vacías llenas de gusanos también evidencia otro aspecto muy recordado de esta película, que es su fijación con los ojos como puerta del mal, algo a lo que ciertamente ayuda la fisionomía de Barbara Steele, cuyos grandes ojos negros parecen ser los protagonistas de la película.

Es la presencia de Steele lo que ayuda también a subirle varios enteros. Honestamente, no creo que la cinta hubiese alcanzado el éxito que tuvo de no haber contado con una actriz como ella, una presencia magnífica que cautiva desde el momento en que aparece en las ruinas de la capilla con dos grandes mastines negros, una imagen ya icónica y muy explotada en el género de terror a pesar de que técnicamente el personaje en cuestión es la heroína. El trabajo de Steele es desigual en su doble papel, ya que como la joven Katja (inevitablemente interés romántico del por otro lado muy olvidable héroe masculino) no convence mucho, como tampoco convence la forzada y cursi subtrama romántica, pero cuando hace de la bruja Asa su presencia se roba cada escena, y se nota a leguas que es en su poderosa villana donde recaen las simpatías de Bava y su película. Es por eso que incluso ahora, cuando la he vuelto a ver muchos años después de la primera ocasión, sigo creyendo que el final de la película no es tan feliz como muchos piensan, y que hay un giro narrativo de corte fatalista que se intuye aunque no se diga explícitamente. Si no habéis visto la película no os lo voy a arruinar aquí, pero una vez que llegue ese final sabréis exactamente a qué me refiero.

Como ya comentábamos arriba, La máscara del demonio fue un gran éxito y una de esas colaboraciones de las que sale magia a pesar de todas las dificultades. El director Mario Bava contaba en vida que escogió a Steele únicamente por su físico y que fue muy difícil trabajar con ella debido a la desconfianza que sentía de aquel equipo de cineastas italianos trabajando con un guión cuyas escenas no se conocían hasta el mismo día del rodaje. Eso en parte puede que explique la naturaleza fragmentada del argumento y los repentinos cambios de tono de la historia, pero el resultado es innegable. Como introducción a la obra de Bava y al terror italiano en general, no se puede pedir nada mejor.

 

Reseña: What We Do in the Shadows (2014)

Tras haber arrasado en festivales, What We Do in the Shadows (2014) fácilmente se perfila, al menos para el que escribe, como una de las principales candidatas para lo mejor de este año y además como una de las mejores comedias de horror de los últimos tiempos. No es fácil que diga esto teniendo en cuenta que esta producción neozelandesa de los mismos de Flight of the Conchords emplea para su propuesta el formato de falso documental tan de moda hoy en día y hacia el cual tiendo a guardar cierto escepticismo, pero este no es para nada el caso: estamos por el contrario ante una película que sabe aprovechar muy bien sus recursos y que además hace alarde de un conocimiento del género que parodia realmente envidiable, y todo siendo al mismo tiempo bastante respetuosa con el material.

Aquí en este blog ya hemos hablado de ella en ocasiones pasadas, pero aquellos despistados deben saber que la premisa de la película trata de un equipo de cineastas que elaboran un documental siguiendo el día a día de Viago, Vladislav, Deacon y Petyr, cuatro vampiros que comparten una casa en Wellington, Nueva Zelanda. Cuatro tipos de vampiros muy distintos entre sí, de personalidades (y edades) muy variadas que además responden a cuatro arquetipos cinematográficos que hemos visto en varias ocasiones. Decir más es redundante a estas alturas porque la película pronto se encarga de pasearnos por la cotidianidad de sus personajes y su vida en la ciudad, aparte de las típicas situaciones a las que un ser de la noche debe enfrentarse como la necesidad de ser invitado para entrar en los sitios, procurarse víctimas con regularidad, el enfrentamiento con otros monstruos y las dificultades que inevitablemente surgen cuando un hecho fortuito resulta en la creación de un nuevo compañero que les enseñará a vivir la vida moderna.

La muy certera parodia que la película hace de los lugares comunes y convenciones del género de vampiros (al que desmenuza por completo) puede causar el rechazo de aquellos que busquen una película de terror, pero en el apartado de comedia es una obra muy inteligente que destaca no sólo por su guión sino por el trabajo que hacen todos sus protagonistas, motivo por el cual es recomendable verla en versión original. Cuando llega el final te das cuenta de que esa hora y media se te ha pasado volando y en ella has desarrollado un cariño enorme hacia estos entrañables seres de colmillos largos que te han mantenido con la mirada fija en una cinta que domina su material cómico a la perfección y que consigue disfrazar su aspecto de documental de forma muy eficiente, hasta el punto de que no pocas veces olvidé por completo que estaba viendo un trabajo con este formato.

Y es que allí está precisamente la principal fortaleza de What We Do in the Shadows, en el dominio absoluto de los códigos reconocibles del cine de vampiros y en la forma en que estos se presentan en pantalla para ser puestos en evidencia, y no sólo en su vertiente clásica de seres elegantes de capa y mirada siniestra sino también en su vertiente monstruosa, en su faceta de rebelde modernidad, en su faceta medieval e incluso en su vertiente romántica actual. Una gran película, sin duda, y en cuanto a comedias de terror de los últimos años no puedo pensar de momento en nada más recomendable que esto.

 

Reseña: Abierto hasta el amanecer 2 (1999)

Ligera decepción, debo decir, ya que me esperaba que la presencia de Robert Patrick como actor elevara un poco el resultado. Lo hace en cierta forma, pero no lo suficiente para alzar Abierto hasta el amanecer 2 (1999) hasta un nivel medianamente destacable. Lo digo además con bastante sinceridad ya que por todos es bien sabido que la primera parte dirigida por Robert Rodríguez tampoco está precisamente entre mis favoritas, pero al menos tenía un encanto propio y una energía muy peculiar de la que esta secuela carece.

De entrada hay dos cosas que hay que destacar de esta segunda parte: una de ellas es que se aleja un poco del tratamiento de horror y aumenta en gran medida las dosis de comedia (algo que queda claro ya desde ese prólogo con Bruce Campbell y Tiffany Amber Thiesen) haciendo de esta una parodia más que una continuación de la película de Rodríguez. La segunda cosa que hay que señalar es que sus conexiones con la original son muy escasas, y no van más allá de una muy breve aparición del Titty Twister (engañosamente resaltada en el trailer) y un cameo del personaje del barman de Danny Trejo. Esto presenta una confusión en cuanto a la continuidad ya que nunca se explica cómo es que el bar sigue en pie y el personaje de Trejo continúa con vida, a pesar de que la película deja bastante claro que esta segunda parte tiene lugar después de la primera. Pero esto es algo secundario; de lo que trata realmente la película es de un grupo de asaltantes de bancos que toma refugio en un motel de carretera en México y que ven cómo se complica todo cuando uno de sus miembros es convertido en vampiro y comienza a transformar uno a uno al resto de su grupo.

Hay que decir, sin embargo, que el argumento no es algo de lo que la película se ocupe mucho, ya que incluso pasa de comentar cosas que por otro lado parecen insólitas, como los motivos que pueden tener los vampiros del bar para atacar a los delincuentes o el por qué estos siguen interesados en robar el banco aún después de ser convertidos en monstruos. Poco importa de todas formas porque lo importante aquí es cómo se parodian los elementos de la película original hasta hacer de esta película una comedia en la que el personaje de Robert Patrick queda reducido a un carácter bastante pusilánime y el chiste de cruzar dos palos para formar una cruz se repite constantemente una y otra vez. Hay algunos guiños a la primera película pero están bastante distanciados, lo que hace que esta sea una cinta completamente distinta en la que los elementos de western de la primera parte están suavizados y en la que no hay escenas tan memorables como aquel baile de Salma Hayek o el ataque inicial de las hordas vampíricas.

No puedo negar que Abierto hasta el amanecer 2 tiene sus momentos, y que la idea de situar la acción fuera de los confines de la primera película es una buena idea. Sus carencias son básicamente el no hacer nada interesante con sus personajes y el haber confirmado a Robert Patrick como un actor cuyos mejores trabajos han sido tradicionalmente como secundario. Reconozco que la vi únicamente por completismo antes de ver la serie y que sólo recientemente me enteré de que había una tercera entrega (la cual tengo entendido que es una precuela). Esa también la veré, sin duda. Esta de la que hablamos hoy no será tan memorable como la primera, pero como parodia ciertamente podría haber sido peor.

 

Reseña: Dracula 2: Ascension (2003)

Muchos de los que lean estas líneas probablemente no habrán visto nunca Dracula 2: Ascension (2003). Es más, si les pasó como a mí muy posiblemente ni siquiera sepan a cuál de las numerosas versiones de Drácula se refiere el número 2 de esta secuela. La respuesta la da el nombre de su director, Patrick Lussier; el alumno aventajado de Wes Craven da vida a esta continuación de su película anterior Dracula 2000 (2000), la cual ya hemos reseñado aquí hace mucho tiempo y de la que terminé descubriendo tarde que no sólo hay una secuela sino dos, conformando así una rarísima trilogía que me desconcierta por más de un motivo.

Ambientada en tiempos modernos, esta segunda parte de Dracula 2000 recoge el testigo exactamente donde la anterior terminó, cuando un grupo de científicos se hace con el cadáver carbonizado de Drácula y toman la sorprendente decisión de revivirlo para poder estudiar de cerca su misterioso poder de regeneración. A partir de aquí comienza uno de los elementos más angustiosos de la película puesto que a pesar de ser la figura principal del argumento, Drácula se pasa casi todos los noventa minutos que dura esta cinta atado a una camilla de laboratorio donde es torturado sin piedad por el grupo de hombres de ciencia que intentan desentrañar su secreto. El vampiro es además reducido a una condición de bestia irracional muy lejos de su encanto inicial, ya que casi no habla en toda la película y se limita a resaltar su carácter monstruoso para los presentes, sobre todo en lo que se refiere a una joven médico forense con la que comparte un vínculo telepático y que poco a poco comienza a caer en su trampa de seducción.

Paralelamente a esta trama de científicos inescrupulosos tenemos la historia de un monje cazador de vampiros que despacha a los chupasangres a golpe de artes marciales y armas arrojadizas y que se pasa toda la película intentando dar con el paradero de Drácula para ponerle fin de una vez por todas. Estas escenas de acción parecen ser el verdadero gancho temático de la historia ya que todo lo demás es tremendamente aburrido incluso para los estándares de estas continuaciones cutres a formato doméstico, siendo esta en particular una en la que se aprecia una falta de atención a los detalles pasmosa. De hecho, una de las cosas que más me descoloca de la película es el cambio del actor que hace el papel de Drácula. Entiendo por un lado que Gerald Butler no haya querido repetir en el papel, pero digo yo que por lo menos habrían podido escoger a un actor que se le pareciera un poco o que como mínimo fuera moreno. Por el contrario el Drácula de esta secuela es un rubio platinado que en nada se parece al de la película anterior, algo que la cinta intenta justificar de manera chapucera y pobre, olvidando por completo la identidad de Drácula (que, no olvidemos, se trataba nada menos que de Judas Iscariote) y por lo tanto pasando de puntillas por uno de los aspectos más polémicos de Dracula 2000.

Nada de esto justifica, sin embargo, que la cinta final sea tan aburrida y carente de interés. Cuando finalmente las tramas del Drácula prisionero y el cazador de vampiros interpretado por Jason Scott Lee se juntan, la película ya casi ha acabado. De hecho, es aquí donde la historia se interrumpe anunciando que veremos la conclusión en una tercera entrega que no he visto aún pero por la que sin duda habré de pasar. Es una lástima porque hay varios aspectos de este Dracula 2 que beben de interpretaciones más clásicas del vampiro como pueden ser los trabajos de la Hammer con Christopher Lee, pero todos esos aspectos más truculentos se pierden en una historia de científicos locos y monjes saltarines mucho menos atractiva que la revisión moderna que la película anterior, con todos sus defectos, hacía del mito del vampiro. Veamos qué tal está la tercera.

 

Reseña: La reina de los condenados (2002)

Todo aquel que haya sido adolescente en los noventa sin duda conocerá Entrevista con el vampiro (1994), de Neil Jordan. Esta película no sólo fue un gran éxito sino que revivió el interés por el best-seller de Anne Rice y marcó el inicio de una visión idealizada de los vampiros que hizo pasar a estos de ser monstruos a figuras románticas (siempre defenderé, por ejemplo, que fue Anne Rice y no Stephanie Meyer quien más contribuyó quitar a los vampiros su carácter terrorífico). El caso es que su descomunal éxito ameritaba una secuela que se quedó varios años en el limbo debido en parte a la negativa de sus estrellas principales de regresar a sus papeles. Pero la Warner tenía que darse prisa si no quería perder los derechos de adaptación de la saga de Anne Rice, así que cocinó rápidamente una continuación sin involucrar a nadie del equipo original. El resultado fue La reina de los condenados (2002).

Las prisas a las que nos referimos arriba tuvieron la triste consecuencia de un guión atropellado que mezclaba de forma chapucera el segundo y tercer libro de las Crónicas vampíricas en una única película de poco más de hora y media, una película que inevitablemente se siente incompleta y hecha con los pies, tanto así que incluso se cuida de no hacer ninguna referencia directa a Entrevista con el vampiro pero al mismo tiempo no puede dejar de depender de esta a la hora de establecer un personaje como Lestat, quien ocupa aquí el protagonismo absoluto y de una forma muy poco aprovechada. De hecho, gran parte del motivo por el cual esta película no funciona tiene que ver con el trabajo de sus actores principales, especialmente Stuart Townsed, que interpreta un Lestat completamente distinto al que hiciera en su momento Tom Cruise (es directamente otro personaje) y ya desde el momento en que dice su primera línea sabes que esto va a acabar mal.

Poco queda de aquel vampiro legendario y seductor de la primera entrega; el nuevo Lestat muestra por el contrario una actitud de arrogante niñato “oscuro” que puede que vaya acorde con ciertos estereotipos de principios de los 2000 pero que tira por tierra la película nada más comenzar. Algo muy similar ocurre con la cantante Aaliyah, quien sólo se salva porque su personaje aparece poco durante la película. Sin embargo, cada vez que hablaba tiraba la escena abajo. Supongo que esta desastrosa elección de casting tendrá mucho que ver con los intentos por parte del estudio de hacer una película más comercial dándole un elenco de actores jóvenes (Aaliyah era para entonces una estrella musical en alza y tenía poco más de 21 años cuando la película se rodó).

En cuanto al argumento, poco hay qué decir. Las dos novelas en las que se basa tienen cosas interesantes que conforman un atractivo universo de ficción de la autora Anne Rice, pero todos estos detalles están tremendamente desaprovechados aquí: ese Gran Matriarcado que es el tema principal de la trama, el verdadero origen de Lestat, personajes otrora atractivos como Marius, Pandora o Armand (estos dos últimos sólo identificables gracias a los créditos finales), la agrupación de la Talamasca o incluso el verdadero origen de la propia reina de los vampiros, una historia a la que se le pasa por encima a pesar de que se supone que es de gran importancia.

Muy previsiblemente, La reina de los condenados fue un fracaso total tanto de taquilla como de crítica, y hoy es tristemente recordada sólo por ser la última aparición en cine de su estrella principal Aaliyah, que murió en un accidente de aviación poco después de finalizar el rodaje. Había pasado todo este tiempo sin verla y he podido comprobar que el tiempo no le ha hecho ningún favor a su estética esterotipada y sus muy pobres escenas de acción. Mi consejo es que si queréis ver algo de vampiros, es mucho más recomendable acercarse a Blade 2 (2002), de Guillermo del Toro, una película superior en todos los aspectos y que casualmente se estrenó más o menos por la misma época. Ahora que todo tiene por fuerza que ser rescatado para el cine comercial, he leído que volverán a rodar Entrevista con el vampiro en un intento de llevar al cine toda la saga de Anne Rice. Honestamente, me da mucha pereza.

 

Reseña: Rigor Mortis (2013)

Si bien no fue originalmente mostrada en 3D, Rigor Mortis (2013) podría ser perfectamente un reverso de The Shock Labyrinth (2009), ya que tienen más de un punto en común. Dirigida esta vez a un público más adulto, esta curiosa cinta china producida por el Takashi Shimizu muestra varios de sus temas recurrentes: su obsesión con los espacios físicos cerrados, esa línea difusa entre lo fantástico y lo real, y sus fetiches estéticos entre los que destaca, tal como podéis ver en la foto que acompaña esta reseña, su constante mirada a clásicos de casas embrujadas como El resplandor (1980). Shimizu parece canalizar todos estos temas a través de su director, el primerizo Yuno Mak, creando una cinta que mezcla varios géneros como el terror, la fantasía o el cine de artes marciales, ambientando toda la historia en un ruinoso y descomunal edificio de apartamentos en Hong Kong que funciona como microcosmos.

El edificio en cuestiones es el punto central del argumento, una gigantesca colmena urbana donde va a parar el personaje principal, una antigua estrella de cine en horas bajas que desciende a los infiernos de la pobreza y que pasa a ocupar un apartamento donde se ha cometido un crimen y que de repente se ve envuelto en un lío de ultratumba que incluye vampiros, hechiceros, fantasmas, magia negra y un largo etcétera de horrores entrelazados con dosis de comedia y artes marciales. Tal mezcla de géneros se me ha hecho menos rara tras indagar un poco en el rodaje de esta película y “descubrir” que toda la cinta es en realidad un homenaje grandilocuente al cine hongkonés de artes marciales de los años ochenta y sobre todo a la saga de películas de Mr. Vampire, de las que recicla a varios de los componentes de su elenco y de las que por lo visto toma gran parte de su estilo y énfasis en distintas figuras de la mitología china. En mi gran ignorancia de todo lo que tiene que ver con el cine asiático no conseguí pillar todas estas referencias y de hecho desconocía todo ese trasfondo del que la película goza, pero ahora que lo sé es algo que definitivamente me he puesto como tarea revisar.

La pregunta en todo caso es si la película guarda algún interés aparte de esto. Ciertamente no es para todo el mundo; su mezcla de géneros y su estética puede resultar demasiado alocada para aquellos que esperen una historia de terror, y no ayuda el hecho de que Yuno Mak no parece decidirse por ningún tono en particular saltando de la comedia de situaciones al horror puro y duro (con escenas y conceptos más fuertes de lo que inicialmente uno se puede esperar) sin previo aviso y de forma un tanto caótica. Además los efectos especiales cantan mucho en aquellas escenas que recurren a los trucos informáticos.

Pero aparte de todo esto hay sin duda grandes aciertos estéticos (que en ocasiones se pierden por distanciamiento cultural), escenas de acción muy buenas y un clímax en forma de batalla final contra el monstruo que parece un anime con actores de carne y hueso. La influencia de Shimizu se deja notar además en los momentos de terror surrealista en el que las leyes de la física parecen no tener mucha validez. Pero sobre todo una cosa que me ha gustado mucho es ese tema central del cine como hilo conductor del argumento, como forma de evasión y de reconstrucción de la realidad. Este homenaje al que me refiero cobra una especial importancia durante el desenlace y es independiente de las referencias a las películas originales a las que hacía mención más arriba, pero cuando finalmente llega cierra la película con un tono agridulce que para mí es la forma perfecta de cerrar un relato como este. Con todo y eso la cinta no ha tenido una muy buena recepción, en parte quizás porque el cine de terror asiático hace tiempo dejó de ser un tema de interés masivo en Occidente, pero sobre todo porque esta propuesta en general quizás sea demasiado alocada como para tener algo más allá de un cierto tipo de público muy específico.