Reseña: The Grudge (2004)

Si simplemente escribiera que The Grudge, la versión americana de Ju-On (2003), es un intento evidente de calcar la original paso por paso, estaría simplificando demasiado las cosas. Es imposible describir con palabras hasta que punto se busca la imitación total en esta cinta. Por eso creo que lo mejor que pueden hacer antes de seguir leyendo es echar un vistazo a la imagen que acompaña este texto y luego compararla con la que adorna la reseña de su versión japonesa. Creo que una vez que se ponen estas dos imágenes frente a frente se capta el espíritu de este remake.

Y es que no podía ser menos. Dado el tremendo éxito de la original (no sólo en Estados Unidos, sino también en Japón, donde inspiró una secuela de la que ya hablaremos en otro momento), y buscando repetir el bombazo que se había pegado Gore Verbinski con The Ring (2002), parecía lógico buscar que Shimizu se encargara en persona de reeditar su mítica cinta para el público americano (¿o debería decir occidental?). Confieso que me sentí ligeramente optimista. Por lo general desconfío de los remakes, pero cuando vi que el productor de esta nueva versión era nada menos que Sam Raimi (director, entre otras, de la famosa trilogía de Evil Dead) pensé que el resultado no podía ser tan malo. Y ciertamente no lo es, al menos no en su totalidad.

Es evidente que no está a la altura de la original. Es más, ni siquiera está a la altura de The Ring, pero Shimizu ha hecho un trabajo bastante pasable, lo cual no estaba tan difícil dado el increíblemente bajo estándar que los últimos años han otorgado al género del terror en el cine. The Grudge, en su versión americana, sigue exactamente la misma historia: una casa en la que ha sucedido un espantoso crimen aloja los espíritus de Toshio y su «bastante cabreada» madre, que por supuesto acaban con cualquiera que cometa la osadía de entrar. Quien primero vemos romper esta regla es Karen (interpretada por Sarah Michelle «Buffy» Geller, quien casi me hizo correr despavorido de la sala), una chica americana que casualmente «vive en Japón» y se dedica a trabajar en labores sociales mientras su noviecito estudia en su programa de intercambio.

La única diferencia grande entre las dos versiones es que casi todos los actores principales han sido sustituidos por luminarias americanas (aunque en este sentido se agradece la presencia de ese ídolo de la serie-B llamado Ted Raimi), ya que salvo una pequeña sub-trama con el personaje de Bill Pullman (quien por cierto, tiene una escena muy buena al principio de la película) y que intenta explicar el «origen» de la maldición -muy pobremente, debo decir- la historia permanece más o menos igual.

Pero aún así, y a pesar de todos los esfuerzos y la evidente libertad que ha tenido Shimizu para resaltar los puntos más escalofriantes de su anterior versión, se nota que The Grudge ha perdido un poco de empuje en su traducción del japonés al inglés. En cierto modo, la presencia de ese montón de americanos en Japón podría verse desde una perspectiva incluso cómica. ¿O acaso no da risa el sólo pensar en un montón de gringos en Tokyo cuyas vidas son arruinadas por unos fantasmas japoneses que los consideran intrusos? En esta historia de absoluta incapacidad de adaptarse subyace material para una muy buena comedia, y si no me creen, esperen a ver esa hilarante escena en la que el personaje de Clea Du Vall intenta hacer la compra sin hablar ni papa de japonés.

Hablando en serio, estamos ante una versión cuando mucho pasable. Mejor que la mayor parte de lo que hay allá afuera, pero no le llega ni por los pies a la atmósfera visceral y sutil de la original. La gente que no haya visto la versión japonesa seguro amará esta, pero yo por mi parte no puedo dejar de recomendar que le den preferencia a su antecesora. Es por su bien.

 

 

Reseña: Ju-On: The Grudge (2003)

No llegó la primera, pero hasta el momento, Ju-On: The Grudge (dejo el título en su versión original porque la palabra «grudge» es muy difícil de traducir correctamente, aunque una aproximación podría ser «ira» o «furia», especificando que se trata sólo de aquella que es producida por un fuerte rencor) me parece el representante más digno y contundente de esta nueva moda en el género de terror conocida como el J-Horror (un término menos excluyente sería A-Horror, porque no todas las películas de miedo orientales que nos llegan vienen de Japón). Muy similar al fenómeno italiano del giallo que cautivó a medio planeta durante los años setenta, este sub-género de películas tienen muchas similitudes entre sí: se trata de historias de miedo fuertes, pesadas, cargadas de atmósfera, y que frecuentemente tocan el tema de la espiritualidad «siniestra» de la que está cargada gran parte del esoterismo oriental. La cinta de Takashi Shimizu, la mejor según mi parecer, es fuerte evidencia de esto.

Ju-On no cuenta la historia de unos personajes. Más correcto sería decir que cuenta la historia de una fuerza: la maldición creada tras un crimen que se nos presenta de manera borrosa en la secuencia inicial. Un hombre (desconocido para nosotros) mata a su mujer y a su pequeño hijo. La casa que una vez habitaron estos personajes se convierte, desde entonces, en el receptáculo de la ira de estos fantasmas, quienes acaban con la vida de cualquiera que se atreva a cruzar el umbral de su morada. La historia comienza con una joven llamada Rika, quien durante una visita a la casa (donde trabaja atendiendo a una anciana) es testigo de la fuerza de aquella maldición que la ataca no solamente a ella, sino a todos los que están en contacto con la vivienda y sus habitantes.

Shimizu cuenta la historia en fragmentos desordenados cronológicamente. Cada uno de estos segmentos está titulado con el nombre del personaje en el que se centra. El resultado es casi siempre el mismo: el personaje entra en contacto con la casa y acto seguido es acosado por la fuerza de los dos fantasmas: Toshio (uno de los niños más espeluznantes que haya visto jamás, y eso es decir mucho) y su vengativa madre. Pero lo asombroso es como esta película es capaz de asustarnos incluso cuando nos familiarizamos con su estructura. Casi siempre sabemos lo que va a pasar, y aún así esperamos que de alguna manera no suceda. Pienso que alguien capaz de lograr esto realmente es un maestro en el arte de meter miedo.

Es sumamente difícil hablar de esta película, porque a diferencia de otros ejemplos del terror asiático, por ejemplo Ringu (1998) o The Eye (2002), no se centra necesariamente en la trama. La historia es lo de menos, lo importante es el clima que crea y la sensación de profundo temor que impregna cada fotograma. Shimizu, obviamente, coloca gran parte de su peso sobre las imágenes, sonidos y demás aspectos «sensoriales» de la cinta. En este sentido, creo que lo mejor es acercarse a ella sin saber nada de antemano. Yo lo único que puedo expresar es que, si una película es capaz de producir una sensación así, temo por mi salud. Y esto es la pura verdad.