Reseña: Body Bags (1993)

Revisitada después de mucho tiempo (aunque guardaba un buen recuerdo de ella), Body Bags (1993) es una simpática película de antología de terror de principios de los noventa muy conocida pero que no suele nombrarse mucho a la hora de hablar de las más sobresalientes de dicha década. Como suele ocurrir en varios de estos trabajos, su fama y difusión vino sobre todo gracias a su presencia en formato doméstico, ya que originalmente fue concebida como el piloto de una serie para la cadena Showtime que nunca llegó a realizarse.

La estructura que tiene es algo ampliamente conocido a estas alturas: tres historias independientes hiladas por un marco narrativo con un presentador que le da el toque de comedia de horror y que por supuesto termina siendo más recordado que los propios cuentos. Esta película no es la excepción; a pesar de ser un trabajo muy sencillo que sufre en comparación con muchas otras cintas similares de la misma época, su mayor encanto está en su condición de reunión de auténticas luminarias del terror, todos bailando al compás de John Carpenter, quien no solo dirije dos de los tres segmentos (dejando el tercero a Tobe Hooper) sino que también interpreta al maestro de ceremonias en una morgue, una suerte de Guardián de la Cripta de saldo que sin embargo está muy bien y le da a la película gran parte de su personalidad, algo interesante porque no recuerdo muchas incursiones suyas como actor.

En cuanto a los cuentos como tal, estos no son nada del otro mundo y siguen más o menos el mismo esquema Twilight Zone/Cuentos de la cripta que para entonces era prácticamente el estándar. Aunque para mí el antecedente que vale la pena nombrar es Two Evil Eyes (1990), un trabajo muy similar hecho por George Romero y Dario Argento y que también se valía de la presencia de varios rostros conocidos del género de terror, algo que aquí está exacerbado. De hecho, si algo se puede destacar de las tres historias es el maravilloso elenco que se gastan: desde apariciones muy breves (Sam Raimi haciendo de un cadáver en un armario) hasta protagonismos inspirados como Mark Hamill en el segmento dirigido por Tobe Hooper, el más violento y perturbador de los tres pero también el más convencional.

Siendo justos, el tiempo no ha tratado tan bien a Body Bags como a muchas de sus contemporáneas pero con todo y eso tiene mucho qué salvar, sobre todo teniendo en cuenta que tanto Hooper como (en menor medida) Carpenter habían ya dejado atrás sus mejores películas como directores. Vale la pena.

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Reseña: Spiral (2021)

Otra de esas que me perdí a su paso por cines a pesar de que me daba mucha curiosidad, Spiral: From the Book of Saw (2021) fue una de esas películas que llegaron más o menos por sorpresa ya que casi nadie habría esperado un regreso de una saga que ya había tenido una secuela tardía que pasó sin pena ni gloria. El resultado esta vez tampoco ha destacado mucho, y debo decir que en lo personal habría sido más bondadoso con ella si no fuera porque en su momento intentaron venderla como algo más que otra secuela de Saw (2004), cuando en realidad eso es exactamente lo que es. Sus diferencias, de hecho, son superficiales y casi siempre relacionadas con lo que no tiene.

Con esto lo que quiero decir es que lo primero que salta a la vista es sus carencias en cuanto a ser parte de la saga original ya que la premisa es la misma, una serie de crímenes aparentemente realizados por un imitador de Jigsaw y que esta vez tienen una cosa en común: todas las víctimas son policías corruptos, en concreto los policías de un precinto específico, lo cual sugiere un misterio que deberá descubrir el protagonista, un Chris Rock en un papel serio e inusual dentro de su carrera.

Pero como decía, lo más llamativo es lo que esta película no tiene: la ausencia de Jigsaw y por extensión del actor Tobin Bell, quien había aparecido en todas las entregas anteriores aunque fuera por medio de flashbacks o recursos cada vez más rebuscados es algo que al final se siente y le quita a la película parte de su identidad. La idea de que el asesino es otro también se machaca mediante el empleo de otra voz (mucho menos tenebrosa y efectiva), otra marioneta y el símbolo de la espiral que se convierte en un nuevo tema recurrente, todas estas son cosas que parecen apuntar a un intento de distanciarse un poco de la saga original pero que al final son aspectos puramente superficiales porque todo lo demás es más de lo mismo, incluyendo el giro final que revela a un villano poco inspirado y definitivamente inferior. Si algo positivo se puede rescatar esta vez es que el regreso como director de Darren Lynn Bousman (probablemente el cineasta más emblemático de la saga) hace de este un trabajo ligeramente más atractivo que el de varias de las secuelas anteriores, pero poco más.

Y sin embargo, a pesar de que no puedo decir que sea una buena película, lo cierto es que tiene muchas cosas que me hicieron disfrutarla, sobre todo la intensidad del trabajo actoral de Chris Rock, quien por lo visto es un gran seguidor de la saga y se involucró de lleno en la producción. Esto último nota porque de todo el elenco es probablemente el que se lo toma más en serio. Si te gustaron las anteriores esta es una que sin duda te va a gustar también ya que pese a los sutiles cambios estéticos y temáticos, mantiene las constantes de la saga que ya conocemos como esa carnavalización de la violencia y los giros argumentales en el desenlace. Pierde un poco de fuelle al final y varias de sus sorpresas se ven venir desde muy lejos, pero me ha dado más de lo que esperaba de ella y eso es algo muy positivo.

Reseña: La matanza de Texas (2022)

Fede Álvarez y compañía se echan al hombro como productores a La matanza de Texas (2022), nuevo soft reboot de la saga y un nuevo intento de rentabilizar la película de Tobe Hooper mediante su conversión al género slasher, algo que la original nunca fue. A diferencia de la mayoría de los intentos anteriores, sin embargo, esta ha ganado una gran notoriedad en parte gracias a que Netflix se hizo cargo de su distribución, dándole así un estreno mucho más concurrido de lo que probablemente habría tenido en caso de pasar por cines. ¿El resultado? Depende de cómo se mire: si bien esta nueva Texas Chainsaw Massacre 2 (aunque tenga el mismo título, eso es lo que es) sigue sin entender lo que hacía la original algo especial, es también una de las secuelas más entretenidas que se han hecho, por mucho que el listón haya estado siempre bajo.

Por mi parte confieso que al principio me llamó mucho la atención ya que comienza con una premisa muy atractiva que utiliza como trasfondo la brecha entre la América urbanita y la rural (probablemente la mayor y más profunda división que existe hoy en día en los Estados Unidos), abordando temas como la gentrificación, el miedo al otro y sobre todo la superficialidad de un idealismo banal e ingenuo. Por desgracia, todos esos temas interesantes son completamente dejados de lado e ignorados una vez que Leatherface entra en escena, transformando la película en un festival de gore y violencia mayor que el de cualquier entrega y trayendo además al personaje de Sally, la superviviente de la película original que regresa casi cincuenta años después a acabar con el causante de su trauma de una vez por todas.

Precisamente ha sido la inclusión de este personaje uno de los aspectos más comentados de la película. Los motivos por los que está en ella son dos muy evidentes: por un lado, darle a la película cierto grado de legitimidad como secuela tardía, y por el otro terminar de copiar descaradamente el Halloween (2018) de David Gordon Green. Al final ninguno de estos dos motivos tiene sentido alguno no solo porque la inclusión de Sally resulta forzadísima e intrascendente sino también porque el personaje está interpretado por otra actriz, con lo que imagino que los responsables contaban con que el público se olvidara de que la actriz original, Marilyn Burns, murió hace ya varios años.

No todo es malo; a pesar de que no tiene nada que ver con la de Hooper ni parece saber qué era lo que hacía de esta algo especial, no se puede negar que los efectos prácticos y gore son realmente excelentes y la película tiene la ventaja de que es corta (dura menos de hora y media, incluyendo nueve minutazos de créditos finales). Además, no tuve que pagar para verla en un cine. Estas tres cosas por sí solas creo que explican que mucha gente la haya disfrutado, pero honestamente no siento que pueda concederle más que eso ya que precisamente una de las mejores cosas que tenía la original era la forma en que se negaba a banalizar su violencia, lo que a su vez hace que el espectador la recuerde como una película mucho más brutal de lo que realmente era. Esta, además, tampoco se puede decir que destaque mucho como slasher ya que incluso dentro de su propia liga hemos tenido ejemplos muy superiores que parten de una premisa y referentes similares pero mejor hechos. No ha estado mal, pero hasta ahí.

Reseña: Valentine (2001)

Reseña guardada especialmente para este día, Valentine (2001) fue en su momento uno de los ejemplos de esa fiebre por el slasher juvenil que inundó las carteleras a finales de los noventa y princios de los dosmil, sobre todo tras el éxito de Scream (1996) y sus sucedáneos. Entre estos trabajos, por cierto, se cuenta el del propio director de esta película, el australiano Jamie Blanks, quien ya había hecho su colaboración a esta tendencia con la por otro lado muy superior Leyenda urbana (1998). En esta ocasión el gancho, y aquello que la diferencia de sus congéneres, está en el empleo del día de San Valentín como clave temática, pero todo lo demás está allí: elenco joven, asesino enmascarado y una trama enrevesada en la que la identidad del asesino y la motivación tras los crímenes es de una importancia central.

Dicha trama es algo, además, que se nos revela prácticamente desde el principio a través de un innecesario flashback donde vemos al chico feo y rarito de la clase de instituto que años más tarde decide vengarse matando una a una a las chicas que lo rechazaron y cuya acusación falsa hizo que terminara en prisión. Un día, de la noche a la mañana, estas chicas comienzan a morir a manos de un misterioso asesino atavidado con una máscara de Cupido en los días previos a San Valentín, que es cuando tiene lugar la masacre principal y el clímax de la película.

Habiéndola revisitado ahora muchos años después de que lo hiciera por primera vez he terminado por descubrir muchos detalles interesantes en la película que no había visto antes y que en realidad dan para mucho juego aunque no se aprovechen del todo: tanto las motivaciones del asesino como la historia de la amistad entre las chicas muestra esbozos de una trama mucho más compleja de lo que se muestra a simple vista, con escenas y giros argumentales un tanto inexplicables que parecieran hablar de un trasfondo de personajes y subtramas que probablemente tuvieron que ser eliminadas para reducir tiempo de metraje y cuya ausencia se nota, sobre todo una vez llegado el momento de la revelaci´ón final, muy predecible para cualquiera que haya visto películas de terror pero que inevitablemente terminará generando más preguntas que respuestas. También hay muchas buenas ideas en cuanto a la cultura del ligue que incluyen referencias que quizá los más jóvenes no pillen (el speed dating, el ya difunto intercambio de cintas, etc) y que se podrían haber combinado con la temática de San Valentín, como también se habrían podido combinar sus muchas alusiones a la masculinidad depredadora o el subtexto misógino del asesino, que por lo visto va a por las chicas que lo rechazaron pero no a por los chicos que lo humillaron en el mismo incidente.

Todas estas son cosas que están ahí, sin duda, pero que inevitablemente terminan o bien dejándose de lado o bien no desarrollándose en beneficio de un tratamiento más superficial, desde el lucimiento de Denise Richards como innegable reclamo erótico del elenco hasta un balanceo un tanto ca´ótico del misterio en torno al asesino, puesto que cerca del final la película empieza de repente a traer de vuelta a varios personajes secundarios para intentar hacerte creer que el culpable podría ser cualquiera cuando en realidad resulta muy claro de quién se trata casi desde el principio. Después de tantos años le he encontrado muchos aspectos positivos que no tomé en cuenta en su momento y que me hubiese gustado se aprovecharan más, porque lo cierto es que aquí sí que hay el germen de una buena idea que por desgracia no llega mucho más allá de lo que sus contemporáneas consiguieron.

Reseña: Scream (2022)

La primera entrega de la saga de Scream hecha sin la participación de Wes Craven riza el rizo asumiéndose de entrada ya no como meta-slasher sino como una serpiente que se muerde la cola, con una cantidad abrumadora de auto-referencias tanto a la saga como a su versión meta-ficcional, Stab, algo que la acerca más a la tercera entrega de la saga, con la que tiene muchos puntos en común. Personalmente me ha parecido la menos recomendable de todas por muchos motivos, y el principal de ellos quizá tenga que ver con las inexistentes ganas de sacar algo interesante bajo la excusa de la autoparodia.

El empleo del mismo título de la original a pesar de tratarse de una quinta entrega ciertamente no es algo nuevo, pero tiene sentido si tenemos en cuenta que se trata básicamente de una vuelta a los orígenes, con un grupo de jóvenes amigos acosados por un asesino que lleva una máscara de Halloween y que guarda relación no solo con el pasado del pueblo de Woodsboro sino también con la obra de ficción Stab, la cual tiene una gran importancia para el argumento. Se hace necesario, por lo tanto, seguir no simplemente las reglas de las películas de horror (clave argumental ya hace tiempo superada) sino las reglas de las propias películas de Stab y por lo tanto de Scream: la clave del misterio está en el pasado, las víctimas están todas relacionadas entre sí y el asesino es uno (¿o dos?) del propio grupo, algo que se menciona incluso en varias ocasiones para que hasta el más tonto del público lo pille.

Esta es la idea base de la que parte, solo que los ingredientes están mal: el nuevo elenco me pareció en su mayoría terrible (sobre todo la chica protagonista) y, tal como está representado el personaje de Ghostface desde el principio, la resolución del misterio no tiene sentido alguno, cosa que los responsables saben pero a lo que no parecen dar ninguna importancia. Honestamente, casi todos los pocos momentos de brillantez están protagonizados por los personajes de la saga original, quienes resultan esenciales para la resolución de la trama a pesar de que, paradójicamente, tienen una participación tan limitada y con tan poco tiempo en pantalla que casi no tienen oportunidad de hacer nada. De hecho el único que parece hacer algo con su personaje es David Arquette, quien vuelve una vez más como Dewey y protagoniza los únicos momentos de la película en los que sentí alguna conexión emocional con lo que estaba pasando. Eso y el excelente trabajo de voz de Roger L. Jackson como Ghostface son los únicos momentos de calidad real.

Todo lo demás me pareció sinceramente muy pobre: a pesar de que la película es mucho más violenta que las anteriores, el discurso meta es ya un chiste facilón a estas alturas, incluyendo la poco sutil coña del «horror elevado» y la absurda idea de la «recuela», palabra que nunca había escuchado ni leído hasta ahora. Pero en realidad, las menciones metaficcionales, más que un chiste, me parecieron un intento bastante burdo por parte de la película de justificar su propia existencia. Lo peor quizá sea la resolución del misterio y especialmente la motivación de los crímenes, acompañada por supuesto de una reflexión acerca del fandom tóxico que me pareció vulgar, facilona y terriblemente ingenua, en un alarde de autocomplacencia discursiva similar al de la última versión de Black Christmas (2019). De verdad, si queréis ver algo mucho más interesante e innovador con la saga os recomiendo que le echéis un vistazo a la serie de televisión, que está mucho mejor. En cuanto a esta, no miento si les digo que en varias ocasiones, sobre todo cerca del final, sentí una gran pena ajena.

Reseña: Fear Street: 1978 (2021)

El verano pasado Netflix se embarcó en un ambicioso proyecto de rodar y estrenar una trilogía de películas de terror con poco tiempo de diferencia, basándose en una serie del famoso escritor de novelas juveniles R. L. Stine. Aquí ya reseñamos hace unos días la primera entrega de Fear Street y ahora toca la segunda, Fear Street: 1978 (2021). Para suerte mía, esta segunda parte ha resultado ser tan buena como la primera entrega o incluso mejor, con muchas de las mismas ideas y aciertos enfocados esta vez al slasher de la edad de oro, es decir aquel ambientado en campamentos de verano.

De entrada hay que decir que aunque la película es en s´í un gran flashback y por lo tanto cuenta una historia relativamente autoconclusiva, el argumento continúa aquello que inició en Fear Street: 1994 (2021) y explora en mayor profundidad la historia de la maldición que afecta al pueblo Shadyside, en el que cada tantos años alguno de sus habitantes es poseído por el espíritu de una bruja y desata una serie de brutales asesinatos. En esta ocasión, esto ocurre en un campamento durante el verano de 1978, en el que un grupo de jóvenes son masacrados uno a uno por un asesino armado de un hacha mientras una chica y su hermana intentan buscar la manera de detenerlo.

Poniéndonos quisquillosos podríamos mencionar que la edad de oro de los slashers ocurrió en la primera mitad de los ochenta y no al final de los setenta, pero da igual porque la película tampoco te ahoga con referencias a pesar de que su inspiración es muy evidente desde el principio: la est´ética empleada, así como varias de las escenas recuerdan a clásicos del género como The Burning (1981), Sleepaway Camp (1983) y sobre todo la Viernes 13 (1980) original, pero sus referencias son muy sutiles. De hecho, la película es más explícita en cuanto a su ambientación de la misma manera en que lo fue la primera parte, con el catálogo de temazos del rock de los setenta en la banda sonora y una poco creíble mención de Stephen King como autor de culto ya en 1978. Lo que sí es cierto es que sigue siendo disfrutable a más no poder, con un elenco joven muy simpático y una sorprendentemente generosa muestra de sexo y violencia considerando el target juvenil al que está dirigida.

Por supuesto hay cosas mejorables, principalmente que la trama es más predecible que en la primera. Incluso hay una revelación sorpresa en los últimos minutos que está tan clara desde el principio que honestamente no sabía que era una sorpresa hasta que la propia película lo dijo. Sin embargo, todo lo demás funciona, desde el ritmo que nunca decae, pasando por la violencia festiva y la manera inteligente en que expande la mitología de la película anterior. Me ha gustado mucho y ha conseguido que tenga muchas ganar de ver la tercera para ver en qué termina todo.

Reseña: Fear Street: 1994 (2021)

Ahora que ha vuelto a los cines la saga de Scream, me parece que es un buen momento para saldar una de las deudas del año pasado y ponerme con la que muchos mencionan como una de sus posibles herederas. Me refiero en concreto a la trilogía de Fear Street estrenada por Netflix el pasado verano, un ambicioso proyecto de tres películas «serializadas» y estrenadas con poco tiempo de diferencia y que al igual que la cinta de Craven utiliza las convenciones del slasher para crear una historia de terror juvenil muy sencilla y básica. Debo decir que no esperaba gran cosa de ella y al final me ha gustado mucho más de lo que creía, con lo que desde ya aseguro que las otras dos van a caer.

Como decía arriba, la trama (basada en una serie de libros del autor juvenil R. L. Stine) es muy sencilla pero mezcla con éxito no solo el slasher sino también el drama adolescente y un trasfondo sobrenatural concerniente a la maldición de una bruja que se apodera de una comunidad cada cierto tiempo. Es importante dejar claro que aunque muchos de sus elementos de estilo hagan pensar lo contrario la película no es una comedia; el peligro al que se enfrentan los chicos protagonistas es real y la cinta contiene escenas muy violentas, más incluso de lo que se suele esperar en una historia dirigida a este público específico, y eso creo que es algo que me predispuso en su favor prácticamente desde la primera escena.

Aparte de eso tiene un ritmo muy bueno en el que están constantemente pasando cosas e incluso los momenos de exposición me parecieron interesantes ya que apuntaban a una trama más elaborada que imagino se irá revelando en las dos entregas posteriores. Otra cosa que ayuda es que sus personajes son muy simpáticos y terminas cogiéndoles cariño, cosa que en este tipo de historias no es habitual. Es cierto que algunos giros argumentales son algo tontos y la película cae en algunas ligerezas propias de este estilo de cine en el que los hechos horribles parecieran no hacer mella en el ánimo de unos personajes que parecen dar preferencia a sus pequeños dramas personales, pero por otro lado creo que eso es algo inevitable. Lo que sí me sorprendió fue comprobar que su ambientación en los 90 no es algo que te echan constantemente a la cara más allá del repetido uso de varios temazos musicales de dicha década.

Imagino que ha sido precisamente esta ambientación noventera lo que ha causado que Fear Street: 1994 (2021) sea comparada con Scream (1996). Tal comparación me parece un tanto exagerada porque lo cierto es que no alcanza el mismo nivel y salvo la escena de apertura sus parecidos con la saga de Wes Craven son más bien superficiales. De todas formas resulta muy simpática y como proyecto es sin duda alguna algo ambiocioso e innovador que se presta muy bien al visionado en una plataforma de streaming. A pesar de esto leí en otras reseñas que la idea original era estrenarla en cines pero que la pandemia había dado al traste con ese plan. Habría estado interesante, sin duda, porque realmente se siente como la temporada de una serie condensada en menos de dos horas. En definitiva, me ha gustado un montón y pienso que tiene un gran portencial. La directora, por cierto, es la misma de la muy recomendable Honeymoon (2014), y si lo hubiese sabido probablemente la habría visto antes.

Reseña: Halloween Kills (2021)

Con Halloween Kills (2021) la saga iniciada por John Carpenter en 1978 se convierte en una de las franquicias de terror más prolíficas que jamás hayan existido, encima una en la que todas sus (hasta ahora) doce entregas se han estrenado en cines. La última encarnación del 2018 (que, no olvidemos, reiventaba la saga casi desde cero al construirse como una secuela directa de la original de Carpenter ignorando todas las demás entregas posteriores) fue como ya sabemos un gran éxito que despertó notables expectativas para esta continuación. Por desgracia debo decir que ha terminado decepcionándome, a pesar de que ya de por sí no esperaba gran cosa. Más que innecesaria, esta nueva Halloween 3 (es la tercera vez que se hace una «tercera parte», después de esta y esta) es una cinta torpe que desdeña gran parte de lo que distingue a la saga de sus congéneres slasher y abraza en cambio un acabado efectista pero incre´iblemente vacío que desaprovecha todas sus posibilidades.

Al igual que la Halloween 2 (1981) original, esta secuela tiene lugar en la misma noche que su antecesora inmediata y cuenta con los mismos protagonistas que han acabado en un hospital sin saber que Michael Myers ha sobrevivido y continúa matando a los habitantes de Haddonfield. Esta vez, sin embargo, el personaje de Laurie Strode (nuevamente interpretado por Jamie Lee Curtis) no ocupa un rol protagónico. Laurie por el contrario apenas está en la película y ni siquiera participa de la acción principal, que consiste más bien en la formación de una turba furiosa que sale a las calles a acabar con Myers y tomarse la justicia por su propia mano, guiados por varios de los personajes secundarios de la saga que regresan más de cuarenta años después de la original, algunos incluso interpretados por los mismos actores.

Esto debo reconocer fue lo que más me gustó: la idea de la histeria colectiva en torno al asesino y la manera en que esta obsesión destruye la inocencia y tranquilidad del pueblo (idea que Carpenter consideró originalmente como la premisa base de Halloween 4 (1988), allá en los ochenta) es sin duda lo más interesante que la película tiene, pero es también una idea tratada con una solemnidad ridícula que me temo no es sino una poco disfrazada (y quizá excesiva) reverencia por la película original. Además, es una idea que funciona en el contexto de una saga longeva con muchas secuelas, pero se supone que esto es apenas Halloween 3, así que pierde todo el impacto que pueda tener al mostrar a un pueblo traumatizado por un horror del que se habla con un halo mitológico cuando en el fondo no es sino un crimen común y corriente que además ocurrió cuarenta años atrás.

Lo que queda no es sino una muy superficial entrega de gore abundante (es una de las películas de Halloween más violentas que se han hecho), numerosos cameos insignificantes y guiños cómplices a varias de las entregas de la saga original, pero nada más. De hecho, si tuviera que rescatarla sería meramente por algunos detalles técnicos: la nueva versión del tema musical original, la secuencia de créditos iniciales con doce calabazas representando las doce películas de la saga, y las muy bien recreadas escenas de flashback transcurridas en los setenta, en las que aparece incluso Donald Pleasance, no mediante el empleo trucos digitales sino porque encontraron un actor clavado a él. Fuera de eso, la verdad es que me ha parecido muy poca cosa.

Reseña: The Mortuary Collection (2019)

Definitivamente los últimos años me tenían malacostumbrado, porque en un mundo plagado de antologías de terror cutres (salvo contadas excepciones), The Mortuary Collection (2019) es una auténtica gozada y una de las representantes más dignas de este subgénero, la prueba de que este se puede hacer bien incluso recurriendo a la superficial carnada de la nostalgia. Esto último lo digo porque un vistazo a la estética y estructura de esta cinta es suficiente para emparentarla con otras antologías de relatos autonconclusivos y anfitrión siniestro al estilo de Cuentos del lado oscuro o, por supuesto, Cuentos de la cripta, que siempre es la referencia más evidente. Sin embargo, este trabajo tiene virtudes propias más allá de sus muy evidentes influencias.

En este caso son tres las historias (cuatro sin contamos lo que se cuenta en el marco narrativo que las engloba), las tres de estilos y referentes muy distintos pero las tres realizadas por el mismo director, el debutante Ryan Spindell. Es precisamente la unidad creativa de tener todos los segmentos realizados por el mismo cineasta lo que da a la película gran parte de su efectividad, dándole además una coherencia interna que mezcla terrores lovecraftianos, comedia de body-horror y hasta una curiosa vuelta de tuerca al género slasher, siempre desde la estética y el espíritu retro que se ven coronados aquí por ese magn´ífico marco narrativo presidido por Clancy Brown en el papel de maestro de ceremonias.

Y lo mejor de todo quizá sea el hecho de que su estética y estilo festivos no impiden un tratamiento de lo más oscuro en algunos de los argumentos, sobre todo en el marco de la historia, una especiamente siniestra considerando el subtexto y una cuya resolución augura nuevas entregas de algo que podría dar mucho de sí. No sé qué tanto éxito pueda haber tenido ni he leído nada acerca de posibles nuevas entregas, pero es sin duda algo que vería como perfectamente posible.

No la vean esperando encontrar algo novedoso o que en cierta forma reinvente el concepto de las antologías de terror. Si la ven que sea para disfrutar de un trabajo muy efectivo que consigue el nada fácil equilibro de calidad en sus historias, uno que no esperaba me fuerga a gustar tanto y que ante mis ojos se ha convertido en otro de estos ejemplos a recordar de lo que llevamos de siglo, en un nivel similar al que ya vimos en obras como Trick ‘r Treat (2008), V/H/S 2 (2013) o Southbound (2015). Muy buena, sin duda, y recomendable hasta decir basta.

Reseña: Sorority House Massacre 2 (1990)

Admito que hacía tiempo que no veía algo como Sorority House Massacre 2 (1990), al menos no desde aquel especial de Roger Corman que hicimos en octubre del año pasado. Esta falsa secuela de Sorority House Massacre (1986) (falsa porque el título fue puesto a posteriori sobre un trabajo que originalmente nada tenía que ver) es explotación pura y dura con una premisa que no es sino una excusa para la constante exhibición de cuerpos femeninos en lencería y gore de saldo. Pero paradójicamente, ha sido precisamente su desfachatez y su general incompletencia la que le han terminado por granjear cierto culto entre los fanáticos del terror de baja estopa, y no se puede negar que al menos en ese contexto tiene su encanto.

Uno de los detalles más insólitos es su premisa en la que cinco chicas universitarias compran una casa en la que años atrás se llevó a cabo un crimen con el proyecto de convertirla en la nueva sede de su fraternidad, hasta que una sesión espiritista con una tabla de Ouija termina en una nueva serie de asesinatos a lo largo de su primera noche en la residencia. Lo curioso de esto viene cuando la historia establece el trasfondo mediante flashbacks hechos a partir de metraje reciclado, pero no de la primera Sorority House Massacre (eso habría tenido demasiado sentido) sino de la Slumber Party Massacre (1982) original, encima dotándola de una voz en off que recontextualiza las imágenes para construir una historia distinta que nada tenía que ver con aquella película.

En cuanto a la trama en sí, se trata de un claro ejemplo de serie B calenturienta que explota todos y cada uno de los clichés del subgénero de chicas atrapadas en una casa con un asesino, pero al mismo tiempo hecho con cierto sentido del humor y autoconsciencia que la hace al menos disfrutable a un nivel superficial. Esto no debería sorprender a nadie porque lo cierto es que su director, Jim Wynorski, tiene un abultado currículum de serie B (e incluso Z) con películas muy conocidas como Chopping Mall (1986), Deathstalker 2 (1987) o The Return of Swamp Thing (1989). Esta de la que hablamos hoy además se hizo posible solo porque Wynorski aprovechó los sets utilizados en Slumber Party Massacre 3 (1990) y rodó la película en apenas una semana sin el conocimiento del productor de esta, Roger Corman, quien finalmente terminó por apadrinar la producción tras observar el resultado, con la condición de hacerla parte de una saga con la que originalmente no estaba relacionada.

Este tipo de anécdotas de producción resultan casi más interesantes que la película en sí, pero con todo y sus despropósitos, su obsesiva cosificación (diametralmente opuesta al discurso irónico de la película que recila) y las atroces actuaciones de su elenco, la verdad es que estamos ante una cinta bastante divertida a la que es imposible tomarse demasiado en serio y que por lo tanto no soy capaz de rechazar. Wynorski, por cierto, terminaría rodando un pseudo remake de acción titulado Hard 2 Die (1990), estrenado en vídeo el mismo año y utilizando gran parte del mismo elenco.