Reseña: Silent Night (2012)

La segunda película de nuestra tríada de terror navideño de este año no trae tan buenos resultados. Fue también una a la que en su momento no le presté mucha atención ya que no escuché o leí casi nada sobre ella, ni bueno ni malo. Hablo por supuesto de Silent Night (2012), autoproclamado remake del famoso slasher Silent Night, Deadly Night (1984) que popularizó el arquetipo del Papá Noel asesino a principios de los ochenta. Tal como sospechaba después de haber visto el avance hace un par de años, esta nueva película es en realidad no tanto un remake sino un reinicio de la saga, ya que la trama es completamente distinta y sus intenciones a la hora de construir un relato de terror son otras, por desgracia mucho menos ambiciosas.

Lo único que se mantiene esta vez es la idea del Papá Noel matando de forma horrible a aquellos que considera indignos de las fiestas decembrinas, y todo lo demás es distinto. De hecho, estamos ante una película slasher de toda la vida con un asesino enmascarado, silente y misterioso con un regodeo extravagante y lúdico hacia la violencia. Esta vez además la historia está contada desde el punto de vista de las víctimas, especialmente de una mujer policía que hará lo imposible por detener al asesino antes de que se cargue a todo aquel presente en su muy extensa lista de bajas. Como decía, algo tremendamente convencional y para nada arriesgado, cuyo única carta es la figura de Papá Noel matando gente a diestra y siniestra con hachas, cuchillos y hasta un lanzallamas. Aparte de algunas pequeñas referencias a las primeras entregas de la saga original, esta es su única semejanza.

Otra gran diferencia, y algo que la separa de la mayoría de estas películas de Papá Noel asesino, es que Silent Night intenta abordar su material desde una perspectiva más seria, aunque las aspiraciones comerciales de la cinta hacen que todo se sienta muy ligero, repetitivo y poco dado al impacto: salvo una escena en particular en la que despacha a un personaje de forma sádica usando una trituradora de madera, la película me pareció francamente muy aburrida y privada casi por completo de interés, y la imagen de su asesino está muy exagerada en el trailer porque a la hora de la verdad su presencia está mucho menos aprovechada de lo que promete.

El resultado de todo esto es una película muy poco estimulante, sin nada que la haga realmente destacar dentro de su género, muy predecible y (esto sí que es una sorpresa) definitivamente inferior a todas las demás entregas de la saga original. Estas, aunque nunca fueron grandes películas, al menos eran divertidas e interesantes en su ineptitud o en su rareza. La de hoy, sin embargo, se siente como un subproducto sin nada especial. Para historias de Santa Claus haciendo el mal, mucho mejor es que tiréis de clásicos como la siempre recomendable Christmas Evil (1980), que quizás un día reseñemos por aquí.

Reseña: Silent Night, Deadly Night 5 (1991)

La última entrega de la saga original de Silent Night, Deadly Night se estrenó directamente a formato doméstico en 1991, y nuevamente contó con Brian Yuzna detrás de las cámaras, si bien no como director al menos como productor y co-guionista de una cinta que nuevamente tiene muy poco que ver con el resto de la saga en cuanto a tono y argumento, pero que sabe encontrar puntos interesantes dentro de su locura argumental, sus limitados recursos, y su muy evidente ambientación californiana noventera. Tal como ocurrió en la entrega anterior, la mayoría de las opiniones que he encontrado en Internet acerca de Silent Night, Deadly Night 5: The Toy Maker (1991) son negativas, pero honestamente pienso que es un error, ya que con todos sus defectos me sigue pareciendo mucho más interesante que el poco atractivo slasher de la primera entrega.

Esta al menos hace una cosa que su predecesora no hizo: recuperar el tema navideño que se había dejado de lado. Eso no quiere decir que Yuzna y el director Matin Kritosser abandonen por completo la conexión con su trabajo anterior, ya que algunos personajes de la cuarta parte reaparecen aquí en pequeñas aportaciones secundarias. Pero el argumento tampoco esta vez va sobre un Papá Noel asesino, sino sobre unos misteriosos juguetes responsables de la muerte de aquellos desafortunados que los reciben, con lo que esta entrega además aborda al menos parcialmente el ángulo infantil que esta saga nunca antes había explotado. Además, los responsables de esta película han sabido convertir su elenco en toda una provocación al poner como villano a Mickey Rooney, actor inevitablemente asociado al lado más amable de las fiestas decembrinas. En una deliciosa muestra de cómo el pez muere por la boca, Mickey Rooney presta su trabajo a esta secuela a pesar de haber sido él uno de los más fieros instigadores del boicot que hundió a la Silent Night, Deadly Night (1985) original.

Aunque en su defensa podemos decir que esta quinta entrega es tan diferente que es muy probable que sólo haya sido después del rodaje que se terminara asociando a la saga. Las comparaciones que muchos han buscado con el clásico de Charles Band, The Puppet Master (1989), pero dichas comparaciones son a decir verdad superficiales y basadas únicamente en la cercanía entre Band y Yuzna a través de los años. La verdad es que esta quinta entrega de la saga es, quizás por su temática infantil, un cuento de navidad grotesco pero que sabe combinar muy bien su crueldad infantil con algunas cosas más típicas de un público adulto como por ejemplo la forma en que realza la sexualidad de muchos de los personajes y lo poco desarrollado que está el crío, quien no es el protagonista de la historia sino solamente la víctima.

Es ya para el desenlace donde esta película alcanza su momento más desquiciado con una revelación final que dividirá completamente al público pero que a mí en lo particular me pareció más que coherente con lo que venía tratando la historia hasta entonces, además de que se ve venir si uno presta atención a las muy obvias pistas que te da prácticamente desde el principio. Mi valoración final de la saga de estas películas navideñas puede que no sea del agrado de todos, pero estoy más que convencido de que son las entregas posteriores las más interesantes, fallidas sin duda y menospreciadas por su componente de comedia involuntaria o sus grandes carencias de medios, pero sin duda alguna más ambiciosas en cuanto a su desarrollo y sin miedo a probar cosas descabelladas, algo que la primera entrega (aquella más famosa) no puede decir. Como todos sabéis bien, existe un remake únicamente nominal estrenado en el 2012, pero es tan distinto de todas estas películas que creo que merecerá ser tratado aparte.

 

Reseña: Silent Night, Deadly Night 4 (1990)

Aquellos que vengan siguiendo la saga desde sus inicios muy probablemente se sientan defraudados con Silent Night, Deadly Night 4: Initiation (1990), puesto que esta cuarta entrega no sólo rompe con todo tipo de continuidad con las películas anteriores, sino que es a todas luces un producto divorciado por entero de la premisa que han mantenido. A un nivel aún mayor que la entrega anterior, esta cuarta parte no tiene absolutamente nada que ver con la Navidad y las escasas escenas que la vinculan de alguna forma a las típicas fiestas decembrinas se sienten como una imposición forzadísima destinada a hacer de este capítulo una parte de la serie. Pero no todo es malo: esta cuarta parte es también un regreso a cierto margen mínimo de calidad, y a pesar de su locura argumental, vuelve a sentirse como una película de verdad principalmente por el talento que hay tanto delante como detrás de las cámaras.

Para dar fe de ello sólo hay que mencionar el nombre de su director, el inconfundible Brian Yuzna, que nos trae aquí una de sus primeras películas, mostrando varias de sus marcas de estilo que ya había explotado en trabajos como la indispensable Society (1989) o Bride of Re-Animator (1989), que se estrenaron en cines mientras que esta de la que hablamos hoy fue a parar directamente a vídeo. Y si decíamos que tenía poco que ver con las anteriores lo decíamos en serio: basándose en un guión rechazado para la entrega anterior, Silent Night, Deadly Night 4 abandona el terreno slasher del Santa Claus asesino y construye un relato urbano de brujería y satanismo mezclado con un fuerte subtexto lésbico en lo que sin duda es una cinta singular dentro del panorama de principios de los noventa. Su argumento, en el que una joven reportera investiga la extraña muerte de una mujer anónima y termina enfrentándose a una secta de brujas modernas que buscan utilizarla para cumplir un terrible ritual, es también una nada velada explotación del miedo misógino que subyace al poder femenino y a la subyugación del macho alfa.

La película tiene muchos ejemplos de esto que estamos diciendo, tantos que sería muy largo enumerarlos aquí, y si algo sabe hace Yuzna es enredar esta trama con escenas y momentos realmente grotescos que casi siempre tienen como protagonista a la presencia del siempre grande Clint Howard como un vagabundo esclavo de las brujas, eso y un empleo de los preceptos de la Nueva Carne del que Cronenberg y Barker estarían muy orgullosos. Por supuesto que la película tiene sus fallos como un desarrollo muy rápido y un final abrupto en el que la resolución llega simplemente porque sí, pero nunca hay que olvidar que estamos hablando de un final al que hemos llegado por medio de una muestra desvergonzada de sexo orgíastico, lesbianismo satánico y el empleo literal/metafórico de insectos gigantes.

Brian Yuzna llegaría a depurar más su estilo con el tiempo, pero esta falsa secuela lleva el germen de sus primeros trabajos, que fueron aquellos realmente radicales en cuanto a su particular y retorcida forma de emplear el horror. En esta casa le defendemos a capa y espada como uno de los grandes aunque no siempre haya acertado, pero en esta ocasión lo hace. Silent Night, Deadly Night 4 es una película que probablemente termine alienando a muchos, pero para mí al menos resulta mucho más interesante que la repetición slasher de entregas anteriores y que parece ser el camino que se espera de este tipo de sagas.

 

Reseña: Silent Night, Deadly Night 3 (1989)

Continuación de la más longeva saga de terror navideño que haya visto, Silent Night Deadly Night 3: Better Watch Out! (1989) fue la primera entrega lanzada directamente en formato doméstico, y su poder de reivindicación del cine basura no nos impide decir que está incluso a la par de la segunda entrega en cuanto a incompetencia a nivel técnico, aunque también por desgracia es mucho menos divertida y carece del encanto especial que aquella entrañable secuela conseguía gracias a sus actores de segunda fila. Esta tercera parte, aún así, es una cinta realmente destacable por lo rara que es y las inexplicables salidas tanto argumentales como técnicas de las que hace gala su director, Monte Hellman, veterano discípulo de Roger Corman, quien fiel a las artes aprendidas de su maestro, se vanagloriaba de haber escrito el guión en una semana y haber rodado, montado y presentado el producto final en apenas un par de meses, cosa que se nota. Mucho.

Esta tercera entrega de la saga es también la última que seguiría el argumento de las dos anteriores al recuperar al asesino de la segunda entrega, Ricky, quien tras haber sido cosido a tiros al final de Silent Night, Deadly Night 2 (1987) ha sido salvado de la muerte gracias a una intervención que le ha puesto en coma y ha dejado su cerebro expuesto y nadando en una especie de domo transparente que le hace parecer un robot salido de alguna ciencia-ficción cutre de los cincuenta. La presentación del asesino en una rarísima secuencia onírica y la presencia del cacharro en la cabeza del antagonista (interpretado esta vez por nuestro querido y en esta ocasión desperdiciado Bill Moseley) son sin duda los primeros elementos extraños de esta secuela, pero sobre todo el aparato que lleva Ricky encima es lo más estrafalario que hemos visto en años y elimina de un plumazo cualquier posibilidad que tenía la película de poder ser tomada en serio, y eso que esta vez no estamos ante una comedia.

En lugar de las risas, esta película trata por el contrario de abordar un ángulo pseudo-científico en el cual el inescrupuloso doctor que ha salvado la vida a Ricky intenta explotar un vínculo telepático que este parece tener con una jovencita ciega con poderes mentales (!!!!) que por lo visto puede meterse en los recuerdos del asesino; esto no sólo permite la explotación del ángulo paranormal de la historia sino que además sirve de excusa para una vez más meter metraje reciclado de la película original, y aunque no lo hace ni de lejos en la proporción empleada en la segunda parte, la cinta sí que parece tener una confusión un tanto extraña en cuanto a la identidad del asesino, como si el guionista no hubiese recordado que Ricky no era el villano de la original. De todas maneras nada de esto importará una vez que la película nos someta a las rarísimas secuencias oníricas de la ciega protagonista, las inexplicables reacciones de los personajes que demuestran una nula dirección de actores, y los momentos inevitablemente risibles que se producen al ver al asesino haciendo autostop en la carretera vestido únicamente con una bata de hospital y (no lo olvidemos) una cabeza medio robótica que por lo visto nadie encuentra rara.

Está claro que Silent Night, Deadly Night 3 (1989) es una película atroz en todos los sentidos, cuyo mayor pecado quizás sea el hecho de que en realidad no tiene el ángulo navideño por ningún lado más allá de estar ambientada en Nochebuena (Ricky nunca se viste de Santa, por ejemplo) pero aún así es una obra tan bizarra que vale la pena ser revisada al menos una vez. Como nota curiosa quisiera destacar que el elenco tiene al menos dos actores de la serie Twin Peaks, y además cuenta con una jovencita Laura Harring en su primer papel no-televisivo, lo que sumado a la rareza general de la película (incluyendo una desconcertante imagen final) la vincula a David Lynch en más de un punto. Tal como decíamos antes, las siguientes partes de la saga serían historias completamente independientes, y esas también caerán en este trío de reseñas navideñas que hemos preparado.

 

Reseña: Silent Night, Deadly Night 2 (1987)

La saga de Silent Night, Deadly Night bien podría hacer de la Navidad la nueva festividad idónea para una maratón de películas de terror, más incluso que Halloween. Tras el simpático pero menor slasher que fue la primera, Silent Night, Deadly Night 2 (1987) tiene la facultad de hacer que su antecesora parezca una obra maestra en comparación. Es terrible de principio a fin, y ahí están las cientos de parodias en Youtube que hacen leña de los elementos menos agraciados de la cinta como la legendariamente atroz actuación de su protagonista. Y sin embargo, ha sido precisamente por esos motivos que esta secuela ha terminado por ganarse un culto propio como una de las más gloriosas  y entretenidas muestras de cine basura, en un fenómeno similar al de Troll 2 (1989), de Claudio Fragasso, y uno que definitivamente se merece un tratamiento similar.

En un alarde bastante cutre de reciclaje cinematográfico, la primera mitad de Silent Night, Deadly Night 2 es casi exclusivamente un resumen de la primera película, “narrada” por Ricky, el hermano menor de Billy, que cuenta su experiencia a un psicólogo de la policía. El empleo del recurso del flashback por medio de escenas recalentadas de la película anterior es vergonzoso no sólo por el hecho de rellenar la película para hacerla alcanzar porque sí la duración de un largo, sino también por la incoherencia de hacer que Ricky hable de eventos en los que ni siquiera estuvo presente. Toda esta parte es, a decir verdad, bastante aburrida y a cualquiera que haya visto la original se sentirá tentado a adelantar la película para llegar a aquello realmente bueno: el momento en el que Ricky pasa a relatar su propia ola de crímenes que termina previsiblemente en la obtención de un traje de Papá Noel y la ejecución de su venganza.

Esta segunda mitad de la película es cuando la cinta alcanza sus puntos más altos, especialmente en la espectacular secuencia de Ricky causando estragos en una apacible calle de suburbio, una obra maestra del absurdo que se convierte en el momento más fácilmente reconocible de una cinta que deja un poco de lado el tema de la navidad como escenario de terror pero que por otro lado gana muchos enteros con su interpretación desquiciada de las andanzas de un psicópata. Y es que todo acerca de esta cinta es un desastre, desde el ritmo desfasado que alterna flashbacks imposibles con un interrogatorio hasta el carácter absolutamente arbitrario e ilógico de la violencia perpetrada por Ricky sobre sus congéneres.

Pero una cosa ha de quedar clara: si bien formalmente inferior a su antecesora, esta segunda parte de la saga de asesinos navideños es infinitamente más disfrutable precisamente por lo disparatado de su desarrollo y la entrañable sobreactuación de Eric Freeman en el papel de Ricky, un actor que por sí solo alza a la película de su mediocridad y la convierte en una obra maestra de la comedia involuntaria que ha conseguido sobrevivir al palo genealizado que recibió en el momento de su estreno debido a su uso excesivo de metraje reciclado. Este culto, en mi opinión, está ampliamente merecido. Pero no tenéis que creer en mi palabra; lo mejor que podéis hacer es buscaros una copia de Silent Night, Deadly Night 2 y atesorarla como un clásico navideño que no podéis ver sino entre amigos. La saga tendría tres secuelas más que se distanciarían bastante del camino trazado por estas dos primeras cintas, y a ellas llegaremos en otro momento.

 

Reseña: Silent Night, Deadly Night (1984)

Silent Night, Deadly Night (1984), o como se le conoce en España, Noche de paz, noche de muerte, es uno de esos títulos que siempre salen a relucir cuando se habla de cintas de horror de temática navideña, incluso por gente que nunca la ha visto. El motivo es fácil de suponer; ya que este largometraje de Charles E. Seller no solamente fue estrenado en el pico de la popularidad de los slashers ochenteros, sino que también basa su premisa en la ciertamente transgresora imagen del Papá Noel asesino. Dicho esto hay que reconocer que no estamos lo que se dice ante la mejor película de terror navideña (honor que en mi opinión debería tener Gremlins (1984), estrenada ese mismo año), ni siquiera ante la mejor cinta del Santa Claus psycho-killer (esa sería sin duda la muy superior Christmas Evil (1980), de la que esta que hablamos hoy bebe sin ningún disimulo). El por qué de su fama entonces se explica entre otras cosas por los enormes problemas que tuvo en el momento de su estreno y a la polémica levantada en aquel entonces entre los sectores más conservadores del público.

Una cosa sin embargo hay que concederle, y es que Silent Night, Deadly Night al menos rompe con ciertos esquemas de los slasher films al narrar la historia desde el punto de vista del asesino, un joven llamado Billy al que el argumento sigue durante casi toda la primera mitad antes de que caiga su primera víctima. Billy es un muchacho traumatizado con la figura de Papá Noel desde que un hombre disfrazado de Santa Claus matara a sus padres, y su estancia en un orfanato con unas monjas seguidoras de métodos bastante cuestionables de enseñanza terminan por convertirlo en un desquiciado que da pie a una auténtica masacre en la que debería ser la noche más alegre del año. Contrariamente a la representación del asesino como una sombra anónima, la película hace realmente un esfuerzo por mostrar el desmoronamiento psicológico de Billy (propiciado en gran parte por la forma cómo la Navidad le es prácticamente impuesta por la sociedad, un interesante detalle que dudo mucho sea casual) y hacer de él el personaje al que el público termina siguiendo, hecho evidenciado además por el detalle de que en todo momento vemos su rostro.

El resto es bastante típico; tras realizar una masacre en su sitio de trabajo Billy vaga por las calles asesinado a todos los que “se portan mal” de maneras cada vez más gráficas y violentas, en un estilo al que ya estarán acostumbrados aquellos que conozcan el terror de los ochenta y sus particulares excesos, terminando en una confrontación final en el orfanato. Es en este desarrollo donde la película pierde un poco su brillo inicial y se convierte en un producto bastante regular con alguna que otra escena interesante pero bastante básico y mundano, encima con momentos de humor involuntario y un argumento atropellado en el que destaca negativamente la subtrama de una monja que conoce el mal dentro de Billy y trata de detenerlo al estilo de Sam Loomis en Halloween (1978). Para colmo el final es un anticlímax total y se siente abrupto y poco resuelto, por mucho que el último plano haga el típico guiño a una secuela.

Esta continuación llegaría, a pesar de todo; Silent Night, Deadly Night se estrelló en la taquilla en su momento debido a un ataque feroz por parte de varias asociaciones de padres que boicotearon la película hasta lograr su retirada de las carteleras, faena en la que incluso participaron críticos de renombre como Rogert Ebert y Gene Siskel, quienes se unieron al vapuleo general y denunciaron públicamente la película por lo que consideraban un nivel de violencia excesivo. Todo este absurdo parece hoy algo increíble, pero probablemente haya tenido gran parte de responsabilidad en que la cinta terminara por convertirse en un placer culpable de Nochebuena que generó la nada despreciable cantidad de cuatro secuelas, más un remake de este año que por lo visto apunta en una dirección más propia del slasher de toda la vida. Por mi parte, si tenéis ganas de ver una película de terror navideña realmente destacable, recomendaría revisar las dos mencionadas más arriba. Silent Night, Deadly Night es, honestamente, una película menor que ha terminado por ganar notoriedad por motivos ajenos a sus propios méritos, pero es verdad que es una de esas infaltables del género y una muestra interesante del siempre arbitrario poder de la censura.