Reseña: Candyman 3 (1999)

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Aprovechando que este año se estrena su remake producido por Jordan Peele (bueno, eso está por verse todavía), recordé de pronto que nunca había reseñado esta tercera entrega de Candyman (1992), lanzada directamente a vídeo en 1999 y casi olvidada ya. No faltan motivos; Candyman 3: El día de los muertos (1999) es un punto muy bajo en la saga protagonizada por Tony Todd, incluso para los estándares del formato doméstico noventero. De sobra está decir que en muchos aspectos hace ver a su secuela precedente como una obra maestra, y lo que más rabia da es que al menos en su concepción inicial parece haber ideas interesantes y planteamientos que habrían podido dar mucho juego y que sin embargo se dejan completamente de lado.

Uno de esos ángulos ocurre desde los primeros minutos de metraje, cuando nuestra protagonista, descendiente de Candyman en persona, monta una exposición de arte con los cuadros de su famoso antepasado con la esperanza de limpiar su nombre y acabar con la leyenda negra en torno a alguien que no era sino un artista que murió a causa de una gran injusticia. Esta idea de explorar el lado artístico del personaje era algo que ninguna de las dos entregas posteriores había hecho y podría haber sentado la base de una película mucho más cerebral. Sin embargo, una vez en la exposición la chica principal es retada a decir el nombre de Candyman cinco veces delante de un espejo, lo cual por supuesto desencadena una nueva ola de asesinatos y hace que todo el interesante tema de las pinturas nunca se vuelva a tocar.

Me gustaría poder decir que es a partir de aquí cuando la cinta cambia de tono y se vuelve algo mucho más barato, pero no es así; eso es algo que queda claro desde los primeros planos que explotan el atractivo físico de su protagonista Donna D’Errico, recién salida de su etapa en Baywatch y a quien el guión no tiene mejores cosas que hacerla gritar de horror cada dos por tres. Tampoco parece haber un conocimiento claro de lo que las películas anteriores han hecho ya que esta cinta cambia una vez más el origen de Candyman: la primera película estaba ambientada en Chicago (de hecho, su ambientación era parte esencial del argumento), la segunda estaba por algún motivo ambientada en Nueva Orleans, y esta tercera parte tiene lugar en Los Ángeles, lo que le permite aprovechar una muy superficial e intrascendente mirada al ocultismo hispanoamericano y la tradición del Día de Muertos (de ahí el título) pese a que dichos elementos no tengan nada que ver con la historia o los personajes.

Desconexa, muy barata y sobre todo tremendamente superficial, Candyman 3 tira por la borda todo lo que hacía a la original interesante y lo sustituye por una historia de explotación con escenas de sexo hortera, un elenco de tercera fila y la sustitución del profundo comentario racial de la primera parte por unos policías racistas que parecen salidos de otra película. A ratos pareciera que sus responsables ni siquiera hubiesen visto las dos entregas anteriores, y es una pena porque tanto el tema artístico como la idea de un monstruo que cobra realidad mientras la gente crea en él son cosas que están presentes en el trasfondo del guión aunque nunca se les de importancia alguna. A partir de aquí un remake que vuelva a los orígenes es, de hecho, la única opción posible.

 

Reseña: Amityville Dollhouse (1996)

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Retomando lo que parece ser todo un proyecto de vida, llegamos a la octava entrega de la saga de Amityville, titulada Amityville Dollhouse (1996), una producción lanzada directamente en formato doméstico y que viene a ser básicamente un exploit de la premisa de las películas anteriores, con un toque ligeramente distinto pero cuyos valores de producción terminan pasándole factura de la peor manera. Reuniendo todos los vicios del terror de usar y tirar, estamos hablando de la que probablemente sea la peor entrega de la saga; las peores actuaciones, la peor dirección y sin duda el peor guión. Esto último se agrava porque todas y cada una de las escenas están rodadas como si de una comedia se tratase, con mención especial para las escenas de sexo, de las más cutres que se hayan visto incluso para los estándares de mediados de los noventa.

Una vez más, y como viene siendo tradición desde la cuarta entrega, la historia tiene lugar en otro sitio distinto a la casa de Amityville y la maldición parece provenir de un objeto, en concreto una casa de muñecas modelada (por algún motivo que se me escapa) a partir de la famosa vivienda embrujada del 112 de la Ocean Avenue.  Dicha casa de muñecas es hallada por el padre de una familia en su nueva propiedad, y a partir del momento en que se la regala a su hija comienzan a ocurrir hechos paranormales que poco a poco van minando a una familia que parecía ya un tanto disfuncional de entrada.

Pero a pesar de que todos estos son elementos que hemos visto con anterioridad, esta película no tiene realmente ninguna conexión con las anteriores; de dónde vino la casa de muñecas (la vivienda a la que se muda la familia fue construida por ellos sobre unas ruinas), el por qué esta es igual a la casa de Amityville o el origen de la maldición son cosas que nunca se explican, aunque francamente tampoco parece que importen nada. Por el contrario, todo el metraje se va en la formación de conflictos que afectan a cada uno de los miembros de la familia por separado, una idea que francamente me pareció buena, pero que muy pronto se abandona porque está claro que no todas estas historias tienen el mismo peso. Cosas como la pasión incestuosa de la madrastra por su joven hijastro o el gradual descubrimiento de lo sobrenatural por parte de la hija pequeña son subtramas que se abandonan y que no llegan a cerrarse nunca.

Todo esto se ve afectado, por supuesto, por unas actuaciones realmente pobres, una estética prácticamente de sitcom y una dirección poco imaginativa que lleva a momentos realmente vergonzosos ya que parece que la película no se está tomando a sí misma en serio a pesar de que toda su comedia es involuntaria. El final eleva los niveles de serie Z hasta lo indecible con una confrontación contra demonios de látex y mundos paralelos que podría haber dado juego si hubiesen al menos sido introducidas gradualmente para justificar la presencia de la casa de muñecas como puerta al horror, ya que si yo tuviera que señalar un objeto maldito de esa casa hubiese sido probablemente la chimenea, mucho más relevante para la trama. En fin, Amityville Dollhouse es hasta la fecha la peor entrega de la saga que he visto y la recomendaría únicamente para nostálgicos de esa estética tan reconocible de video club de los noventa. Esos mismos nostálgicos quizás reconozcan en un pequeño papel a la joven Lisa Robin Kelly, quien tuvo un papel secundario en las primeras temporadas de That 70’s Show y que salió de la serie debido a sus múltiples problemas con las drogas. Amityville es una saga que por lo visto se niega a morir, y estoy seguro de que volverá por más que el éxito siga escapándosele.

Reseña: Leatherface (2017)

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Después de mucho tiempo esperando la oportunidad finalmente pude echarle un vistazo a Leatherface (2017), hasta la fecha octava película en la saga de La matanza de Texas, y el resultado no ha sido del todo como me esperaba. Pese a las malas críticas que tuvo en su momento, la verdad es que es una película inofensiva que en muy poco se diferencia de las decenas de survival horror que solemos ver por aquí, y paradójicamente la mayor parte de su metraje tiene muy poco que ver con la cinta original o cualquiera de sus entregas anteriores. De todas formas, para mí lo más interesante siempre será como a pesar de haber servido de inspiración a gran parte del terror moderno, la película de Tobe Hooper de 1974 se resiste a ser convertida en una franquicia de éxito por mucho que Hollywood lo siga intentando cada cierto tiempo.

En esta ocasión tenemos una precuela (sí, otra vez) que promete, al menos de entrada, contar el origen de la familia Sawyer. Digo de entrada porque la película realmente no va de eso sino que tras un episodio inicial de violencia que involucra lo que intuimos es un Leatherface niño la cinta hace un salto temporal de varios años pasando a la historia de unos psicópatas que se fugan de un manicomio, sin hacer mención alguna a los eventos transcurridos en el prólogo y dejando prácticamente abandonada la trama de la familia de caníbales que hasta la fecha había sido el punto en común de todas estas películas.

Este cambio argumental es interesante por varios motivos; el primero de ellos es que pronto nos damos cuenta de que la identidad de los jóvenes escapados del manicomio se nos oculta de forma deliberada invitando al público a intentar adivinar cual de ellos es Leatherface lanzando numerosas pistas falsas, aunque considero que dicha revelación es algo que queda bastante claro prácticamente desde el principio. El otro aspecto curioso es que la nueva trama de fuga del psiquiátrico y la persecución por parte de la policía (incluyendo un sheriff que desea vengar la muerte de su hija) emparenta a esta precuela ya no con la saga original, sino con varias de las cintas que esta ha inspirado, sobre todo a Los renegados del diablo (2005) de Rob Zombie, con la que existen claros paralelismos que terminan trazando un círculo perfecto de influencias que al menos para mí fue lo más memorable de todo.

Digo esto último porque la pirueta referencial es prácticamente lo único que tiene. Como película, Leatherface es un trabajo definitivamente menor, con algunas actuaciones decentes como la de Lili Taylor en un breve papel como la matriarca Sawyer, un nivel de violencia bastante alto (algo que siempre me parecerá curioso porque la original es una cinta que sólo es gráfica en el recuerdo de la gente que la ha visto) y una trama fácil ede seguir que se pasa rápido. Pero es también tremendamente superficial, inofensiva y sobre todo innecesaria ya que al ser una precuela tiene el problema de que todos sabemos cómo va a terminar, lo que al menos para mí mata cualquier interés que pueda tener en los protagonistas. No es la peor entrega que se ha hecho, y al menos está a años luz de su predecesora inmediata, pero al final no es más que otro intento fallido por explotar comercialmente una saga que nunca tuvo la intención de ser considerada como tal.

Reseña: Darlin’ (2019)

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Pollyanna McIntosh debuta como directora en esta tercera entrega de la trilogía iniciada por Offspring (2009) y The Woman (2011), haciendo en esta ocasión una película muy diferente y considerablemente más modesta que sus antecesoras. Dejando de lado un poco los horrores vistos en las dos anteriores entregas, Darlin’ (2019) se cuenta esta vez desde la perspectiva de la tribu de caníbales, en concreto una niña que queda separada de su madre adoptiva y que es puesta en un orfanato religioso donde intentarán re-educarla para devolverla a la sociedad civilizada, algo que por supuesto no sale como se esperan.

Me extraña sobremanera el hecho de que esta fue una película que se estrenó casi por sorpresa y que tuvo muy poca repercusión incluso en su país de origen, ya que precisamente The Woman fue una cinta muy celebrada en su momento por la crítica de horror. No sólo eso sino que la propia Pollyanna McIntosh (que no sólo dirige sino que retoma como actriz su papel de las entregas anteriores) se ha convertido con el tiempo en una cara recurrente en el género mediante sus numerosas apariciones en cine y en la serie The Walking Dead. Y a pesar de todo esto la cinta pasó bastante desapercibida, quizás por el hecho de ser tan distinta a las anteriores; alejada casi por completo del festival de violencia de sus predecesoras, esta parece más interesada en construir un alegato acerca de la opresiva fuerza no sólo de la religión sino específicamente de las estructuras masculinas de poder, personificadas todas en el personaje del obispo interpretado por Bryan Batt, quien reúne en sí todos los estereotipos de cura malvado que se han hecho nunca.

Por desgracia, pese a sus interesantes ideas, el camino tomado por esta secuela no parece haber sido el indicado con lo que su tremenda diferencia con las anteriores muy probablemente decepcione a aquellos que esperaban una cinta de terror. Esta parece en realidad una comedia negra con situaciones y momentos muy poco realistas incluso para este género. La manera como esto se va intercalando con los temas más serios que la trama plantea hizo que el final pareciera un tanto caótico y convirtió lo que parecía una película de horror en una pieza del teatro absurdo que se ve además dañada por una estética que deja en evidencia sus escasos recursos de producción. Tampoco ayuda el hecho de que todos sus elementos de discurso religioso y sociológico estén puestos de una forma tan superficial que parece por momentos una caricatura.

No puedo decir que Darlin’ me haya decepcionado ya que honestamente ni siquiera me enteré de que se estaba rodando hasta muy poco antes de que se estrenara. Lo que sí puedo decir en todo caso es que es un trabajo muy distinto a las dos películas anteriores y que su forma de comedia surrealista terminó dominando todo a costa de los planteamientos serios que parecía tener en un principio, de manera que no la recomendaría a no ser por puro completismo. En este sentido me parece mucho más recomendable la francesa Crudo (2016), oque toca también el tema del canibalismo de una manera mucho más interesante y la cual no he reseñado aún a pesar de que me gustó mucho.

Reseña: Ju-On: The Final Curse (2015)

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Llegados a este punto cada entrada en la que hablamos de The Grudge parece ser una autopsia en la que se intenta averiguar qué pasó no sólo con una de las sagas de terror favoritas de quien esto escribe sino también con el cine de terror nipón en general. Esta nueva entrega, tal como su título indica, viene a cerrar definitivamente (¿?) la historia de los fantasmas de Kayako y Toshio de una forma muy poco satisfactoria, y un rápido vistazo es suficiente para darse cuenta de qué fue lo que se perdió con esta re-interpretación, la cual deja mucho que desear y en cierto punto se encuentra en las antípodas de aquellos aciertos que funcionaron en las muchas versiones anteriores, incluyendo su remake americano, el cual por lo visto está a punto de estrenar una nueva encarnación.

Ju-on: The Final Curse (2015) es una continuación directa de Ju-on: The Beginning of the End (2014), hasta el punto de que podríamos hablar perfectamente de una única película partida en dos. No sólo la trama tiene una continuidad directa, con la hermana de la protagonista de la película anterior intentando averiguar el paradero de esta varios años después, sino que ambas guardan prácticamente el mismo estilo y unos recursos por lo demás idénticos. Esto quizás se deba a que ambas tienen el mismo director, Masayuki Ochiai, pero lo más probable es que hayan sido concebidas como dos mitades de una única trama, ya que hay un intento sincero de atar todos los hilos argumentales que la anterior había dejado.

El problema sigue siendo que todos esos hilos no eran lo que se dice muy interesantes, y esta segunda parte no trae realmente nada nuevo; tal como ocurría en su predecesora, The Final Curse utiliza su condición de remake encubierto para cambiar por completo la historia de The Grudge, introduciendo una trama de reencarnación que mantiene el carácter cíclico de su argumento, pero sin explorarla debidamente ni atreverse a soltar del todo sus influencias originales. Una cosa que destaca mucho es que en esta ocasión es Toshio y no Kayako quien ocupa el centro absoluto de la trama, pero la película aún así no se atreve a prescindir del fantasma vengativo de la madre a pesar de que no parece tener mucha relevancia más allá del reconocimiento del público y el efectismo puro y duro. Curiosamente, es Kayako quien protagoniza la que quizás sea la única escena que me pareció de verdad terrorífica, una secuencia en una estación de metro que destaca precisamente por una sutiliza que está por lo demás ausente durante todo el resto del metraje.

Por desgracia he perdido la fuente, pero hace un tiempo escuché a alguien decir que la decadencia del nuevo horror japonés vino con la pérdida de esa sutileza formal de sus primeros trabajos y la adopción, en cambio, de un formato hiperestilizado e hiperdramatizado proveniente del anime y que se convirtió en la norma tras el éxito de películas como Llamada perdida (2004) y similares. Es algo que tiene mucho sentido, y que aquí es incluso peor ya que el escaso presupuesto de la cinta y sus poco imaginativos recursos hacen que ni siquiera pueda estar a la altura de esas pretensiones. Estas dos nuevas entregas de The Grudge han sido sin duda alguna el punto más bajo de la saga, al menos de lo que he visto hasta ahora. Podéis pasar de ellas sin problemas.

 

Reseña: Doctor Sueño (2019)

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Con el pasar de los años y unos cuantos éxitos en su haber, Mike Flanagan se ha convertido no sólo en un gran director de horror, sino también en un nombre a tener en cuenta a la hora de hablar de adaptaciones del trabajo de Stephen King. En este sentido, Doctor Sueño (2019) era probablemente su mayor desafío como cineasta debido a las espectativas que había generado prácticamente desde que se anunció, puesto que sobre ella se proyectaba la enorme sombra de El resplandor (1980), que muchos consideran la mejor película basada en la obra de King y una que al propio escritor de Maine no le hace mucha gracia. Decir que sale airoso de esa prueba es poco; este nuevo trabajo de Flanagan (la cuarta adaptación de King que hemos visto este año) está planteada como una secuela de la película de 1980, pero es también una película que reconocilia hasta cierto punto la visión de Kubrick con la de King, sirviendo de homenaje a las dos y combinándolas de una forma que originalmente no creía posible.

Partiendo de una premisa que por momentos recuerda más al cine de superhéroes que a una historia de terror, Flanagan logra la nada fácil tarea de adaptar una novela que no sólo no está (para mí al menos) entre las mejores de King sino que parecía hecha deliberadamente para distanciarse de la adaptación cinematográfica de El resplandor y entroncar con su visión original de los personajes. Estaba claro que esta película no podía hacer lo mismo, y por eso Doctor Sueño se ve obligada a reinterpretar el material añadiendo algunas escenas, quitando otras, mezclando personajes y en general buscando nuevas salidas argumentales a escenas clave de la novela, lo cual en muchas ocasiones llegó a sorprenderme. Y por supuesto está lo más comentado, que es la manera en que Flanagan incorpora El resplandor a su película mediante escenas y flashbacks que no utilizan metraje reciclado de la cinta de Kubrick sino que la recrean con otros actores de una manera asombrosa e increíblemente detallista; ojo sobre todo a la magnífica caracterización que hace la actriz Alex Essoe, a quien vimos en Starry Eyes (2014), de Shelley Duvall.

Eso sí, las principales referencias aparecen sólo durante este tramo final, la cual por fortuna nunca destriparon en los trailers; el resto de la película es de Flanagan y muestra varias de sus constantes como director, incluyendo una estética y sustos que ya había explorado en su serie de La maldición de Hill House. También resulta interesante la forma en que reúne elementos de otras obras de King incorporándolas al universo particular del autor pero siempre manteniendo la historia en los muy definidos límites del enfrentamiento entre Danny Torrance y los villanos, especialmente Rose the Hat, interpretada aquí por Rebecca Ferguson quien tiene el que probablemente sea personaje más vistoso de la cinta.

Confieso que entré a ver Doctor Sueño con las expectativas un tanto bajas porque esta era sin duda alguna una tarea muy difícil pero he quedado gratamente sorprendido. Flanagan logra hacer los cambios necesarios a la novela de King y al hacerlo consigue cerrar un cisma de tres décadas entre las visiones de este y Kubrick, trayéndonos la que sin duda es no sólo la mejor adaptación de King que hemos tenido este año sino también una de las mejores en mucho tiempo, un sincero homenaje tanto a la cinta de 1980 como a su novela original. Pero además, y esto me parece que se dice poco, la calidad tanto de esta película como de El juego de Gerald (2017) y La maldición de Hill House demuestran que Flanagan es un director que sabe sacar joyas de material que no es precisamente fácil de adaptar. Sólo por eso habría que apreciarlo mucho más de lo que hacemos.

Reseña: El culto de Chucky (2017)

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Mientras otras sagas han ido decayendo al repetir el mismo esquema una y otra vez, Chucky sigue dando batalla, y con esta séptima entrega, El culto de Chucky (2017), su creador Don Mancini intenta explorar nuevas vertientes de terror con una película muy distinta a todas las que se hayan realizado antes del muñeco diabólico. El experimento no termina de funcionar del todo, pero sus grandes ideas nos demuestran al menos que esta es una saga que todavía tiene cosas que dar, y una que demuestra cómo es que ha conseguido resucitar en más de una ocasión.

Esta vez Chucky regresa para acosar nuevamente a Nica, protagonista y superviviente de la película anterior, quien ha sido culpada por la masacre de La maldición de Chucky (2013) e internada en un psiquiátrico. Esta ambientación es doblemente conveniente no sólo por proveer al muñeco de un mayor número de víctimas sino también porque regresa en cierto modo al esquema original de Child’s Play (1988) en la que se jugaba con la idea de la incredulidad en cuanto a la naturaleza del personaje; Nica, quien con los años ha llegado a convencerse a sí misma de su culpabilidad, debe no sólo enfrentarse otra vez al muñeco sino también al personal del psquiátrico que no le cree.

Pero el mayor cambio no es ese, sino la forma en que Mancini utiliza esta ambientación como excusa para desatar todo el material que ha aprendido durante su etapa como guionista en la serie Hannibal, de la que toma tanto la representación de los psicólogos como villanos como esa estética elaborada y limpia, completamente distinta al resto de la saga, así como la incorporación de escenas y secuencias surrealistas que rompen con el tono más o menos realista que habían tenido estas películas hasta entonces. También echa mano de la nostalgia al traer de regreso a personajes de cintas anteriores interpretados por sus actores originales, sobre todo Alex Vincent en el papel de Andy, quien ya había tenido un cameo al final de la cinta anterior pero que aquí tiene una participación mayor. Y sin duda, del detalle más interesante es un giro argumental en cuanto a los poderes de Chucky que muy probablemente sus fans hayan imaginado desde hace mucho tiempo pero que hasta la fecha no se había utilizado.

Este último detalle es lo mejor porque abre la saga a un sinfín de posibilidades que se encuentra muy por encima de un argumento caótico y una estructura un tanto apresurada que muestra las debilidades de la película, como si Mancini hubiese balanceado todas las interesantes ideas de su premisa sin preocuparse por brindarnos una trama unificada. Y aquí es donde está lo malo; a pesar de sus aciertos, El culto de Chucky es una película dañada por su ambigüedad, que hace que por momentos no sepamos realmente a donde va y que llegado a un punto simplemente termina de forma abrupta. Mancini ha dicho en reiteradas ocasiones que este no es el fin de la saga sino que esta continuará muy a pesar de que este año vimos un remake que la empezaba de cero. Lo cierto es que para el 2020 ya ha sido confirmado el regreso del muñeco en forma de una serie de televisión que continuará la trama de esta película y, quizás, le de un final satisfactorio y una continuidad de sus posibilidades. Es rara e inusual para los estándares de Chucky, pero creo que precisamente por eso vale la pena.

 

Reseña: Zombieland: Double Tap (2019)

Woody Harrelson (Finalized);Jesse Eisenberg (Finalized);Emma Stone (Finalized);Luke Wilson (Finalized)

Tengo la certeza de que la opinión que se tenga de Zombieland: Double Tap (2019) dependerá en gran medida de qué te pareció la primera película. Aquella comedia de zombis estrenada ya hace una década ciertamente no necesitaba una secuela, y recuerdo que cuando esta finalmente se confirmó me llevé una sorpresa porque no creo que nadie la haya estado pidiendo. En esta segunda película hay sin duda alguna algo de esa convicción, ya que aunque en muchos sentidos no es más que una repetición de los mismos esquemas que funcionaron en aquel entonces (la película es, de hecho, una road movie al igual que su predecesora), también se atreve a hacer un comentario nada sutil sobre su propia condición de secuela tardía y lo tremendamente desconectados que están sus personajes con el mundo que los rodea.

Transcurridos diez años desde los eventos de la última película, los cuatro personajes protagonistas se encuentran viviendo en la Casa Blanca y asumiendo el Apocalipsis como una apacible cotidianidad. De hecho, una de las cosas más interesantes que tiene el argumento es ver cómo los vínculos entre los cuatro personajes se marcan desde el principio como los de una familia asentada en la rutina: Wichita y Columbus viven su relación de pareja con la familiar rutina de dos personas que llevan una década de convivencia, mientras que Little Rock ha crecido y se encuentra desesperada por obtener su independencia a la vez que Tallahassee la sigue viendo como una niña y a él mismo como una figura paterna. Es precisamente la huída de ambas mujeres del seno familiar lo que impulsa el argumento y convierte esta película en una nueva aventura a lo largo de la América devastada en la que se encuentran con otros personajes.

Fuera de esta mirada a los cambios que han sufrido sus protagonistas, no hay muchas novedades en esta segunda entrega, por no decir ninguna. El principal disfrute por lo tanto vendrá no por una premisa más que gastada sino por el trabajo de sus cuatro actores principales, el cual es ciertamente muy bueno y que demuestra cómo ha evolucionado la carrera de cada uno de los involucrados. A pesar de los diez años transcurridos desde entonces, cada uno de ellos parece dominar por completo su personaje hasta el punto en que gran parte de los diálogos parecen improvisados. En ocasiones me parece que se les va la mano (hay momentos en que me cuesta no ver a Emma Stone, por ejemplo, como una parodia de todos los personajes similares que ha hecho desde entonces), pero funciona, e incluso algunos de los nuevos personajes como la estereotípica rubia interpretada por Zoey Dutch guardan momentos entrañables y disponen de una energía propia que me mantuvo interesado todo el tiempo.

Por supuesto, no es un trabajo de lo que se pueda esperar mucho más; Zombieland: Double Tap es una película extremadamente sencilla en la que no sólo los zombis tienen menos protagonismo sino que encima el propio trailer era engañoso al sugerir giros en su argumento que finalmente terminan teniendo una mucho menor importancia, como por ejemplo esa nueva pareja de viajeros que parecen unos nuevos Columbus y Tallahassee, que parece que van a ser importantes pero que terminan siendo poco más que un cameo. También me pareció extraño que el personaje de Little Rock estuviese ausente durante casi toda la película a pesar de que aparecía como protagonista en todo el material publicitario. De todas formas, con todo y sus carencias y su medianía, me ha parecido una comedia de zombis muy entretenida cuyo principal pecado sea el no llevar a la saga a ningún territorio inexplorado sino conformarse con traernos a sus personajes una vez más. No puedo decir que me haya decepcionado ya que la primera nunca fue una gran película ni mucho menos, así que creo que más no se le puede pedir.

Reseña: 3 From Hell (2019)

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Llegué a pensar que nunca se realizaría, pero 3 From Hell (2019), el esperado cierre de la trilogía iniciada por La casa de los 1000 cadáveres (2003) y Los renegados del Diablo (2005), finalmente llegó a la cartelera generando algunas reacciones encontradas pero sin el impacto de otras obras de Rob Zombie. Considero que es ante todo la película que Zombie sentía que tenía que hacer, la que su público aparentemente le estaba pidiendo, la continuación de su película más famosa y aquella por la que es más conocido como director. También es una que ha llegado tarde, cuando parecía que Zombie había evolucionado hacia otro tipo de cine que pese a que me parece más interesante, no estaba obteniendo lo que se dice buenos resultados ni ante la taquilla ni ante la crítica.

Recuerdo que una de las principales preguntas que me hacía era cómo se iba a justificar esta nueva entrega dado que la anterior tenía un final cerrado que en mi opinión no daba para más. Zombie decide, curiosamente, no justificarse de ninguna ya que el trío de asesinos de la familia Firefly sobrevive milagrosamente a la lluvia de balas con la que terminó la película anterior y van a dar con sus huesos a la cárcel, de donde dos de ellos, Otis y Baby, logran escapar una década después gracias a otro de sus familiares a quien conocemos por primera vez y con quien van dejando un rastro de cadáveres en su camino hacia la frontera.

La trama, muy básica y poco creativa a decir verdad, sí que introduce una evolución de los personajes afectados por el tiempo pasado en prisión; mientras que Baby parece haberse vuelto más loca y agresiva después de su cautiverio, Otis parece un personaje mucho más taciturno que sólo desea dejarlo todo atrás y escapar junto con su hermana. Esta evolución es quizás el lado más atractivo de un trabajo basado principalmente en la nostalgia y que se sostiene sobre todo gracias a las actuaciones, ya que aparte de un eficiente clímax que transcurre en un pueblo mexicano de cartón piedra, la verdad es que esta película no aporta realmente nada a la saga. De hecho, parece más bien como si la hubiesen realizado en base a material nunca rodado de la segunda película, a la que inevitablemente termina perjudicando al reducir el impacto de su glorioso final.

Como decía, se sostiene prinicipalmente por las actuaciones ya que todo el elenco está muy bien, incluso Richard Brake, a quien ya habíamos visto en 31 (2016) y cuyo personaje sustituye en cierta forma a Sid Haig debido a que el precario estado de salud de este último le impidió tener una mayor participación. La despedida del Capitán Spaulding y la muerte del propio Haig poco después de terminar el rodaje ha sido sin duda uno de los aspectos más comentados de esta producción, y uno que tristemente ha terminado por marcar su identidad ya que la mayoría de los aciertos de la cinta son cosas que ya se habían visto en Los renegados del diablo, de la que hace cuatro años hicimos una retrospectiva. Del resto, aunque esta es una película que me gustó y que contiene muchos de los elementos que hacen de Zombie un director muy especial, considero que es un trabajo que ha llegado a destiempo cuando el público al que se dirige está ya en gran medida insensibilizado ante este nivel de violencia. De hecho, me juego lo que queráis a que a la mayoría del público actual le jodió más que Baby se pusiera un tocado de plumas indígena que cualquiera de las depravaciones que la película muestra.

 

Reseña: Ju-on: The Beginning of the End (2014)

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Ahora que el estreno de su segundo remake americano es inminente, el cuerpo me pedía dedicar tiempo a ver y reseñar aquellas partes de la saga original de Ju-on que no había tenido oportunidad de ver. La primera de estas reseñas está dedicada a Ju-on: The Beginning of the End (2014), séptima película japonesa de la saga que, pese a que se publicitó en su momento como una muy postergada tercera entrega del trabajo original de Shimizu, es en realidad un reinicio de la serie, un remake encubierto que cuenta la maldición de Toshio y Kayako desde el principio, homenajeando en gran medida a las entregas anteriores pero también haciendo grandes cambios a la historia que ya conocemos.

Aunque lo de “conocemos” es algo que hay que tomar con pinzas. Después de todo, los once años que separan esta película de sus antecesoras inmediatas (no contamos aquí los spin-off del 2009) me hacen pensar que muy probablemente esta cinta no haya sido realizada para el mismo público de las anteriores. Algunas constantes se mantienen, por supuesto, y el argumento base sigue siendo el mismo: historias contadas en desorden cronológico que giran alrededor de la maldición de una casa y sus fantasmas asesinos, quienes dan cuenta de todos aquellos que se atreven a poner pie en ella y cuyo maleficio se extiende como una plaga. Hasta ahí la película resultará tremendamente familiar, e incluso recicla algunas de sus secuencias y sustos más famosos de entregas anteriores.

Donde radica la principal diferencia es que The Beginning of the End intenta, no siempre de forma efectiva, revitalizar la saga alterando la trama de Toshio y Kayako y dando a la maldición un origen y justificación distintos a los que siempre había tenido, sugiriendo un argumento de posesiones y un doble crimen que estaba ausente en la película original, así como un subtexto de reencarnación que estaba insinuado en la saga de Shimizu pero que aquí está más que evidenciado no sólo a través de la historia de los fantasmas sino también mediante la imagen recurrente de una espiral a la que no se le da mucho juego pese a que parece ser algo importante. Lamentablemente todos estos temas estan apenas sugeridos y la cinta prefiere centrarse en una recreación muy superficial de momentos que funcionaron en entregas anteriores pero realizados esta vez de una forma más efectista que termina destruyendo el minimalismo que marcaba sus antecesoras.

Esto último es algo que se hace muy evidente a medida que la película avanza y se rinde al uso de unos efectos especiales de saldo y una puesta en escena mucho más frenética e intensa que por desgracia no se ve acompañada por un nivel de producción que le haga justicia; la película se ve tremendamente barata incluso para los estándares de un cineasta como Masayuki Ochiai, quien sustituye a Shimizu como director y que por desgracia no logra repetir la eficacia no ya de las antecesoras, sino incluso de su propio trabajo como la mucho más disfrutable Infection (2004). En cambio, esta nueva Ju-on cae en la trampa de intentar revivir el interés por la saga original mediante la nostalgia fácil pero sin ninguno de los sutiles elementos estéticos y estilísticos que le daban toda su fuerza. Incluso las pocas imágenes y secuencias interesantes que tiene me lo  parecieron únicamente porque me recordaron a las del 2003, las cuales hubiese preferido estar viendo en vez de esto.