Reseña: La tumba de Ligeia (1964)

Por cuestiones argumentales y de atmósfera, nuestra última reseña trajo a colación la obra de Edgar Allan Poe, y con ello inevitablemente salieron a relucir las adaptaciones que hiciera Roger Corman allá por la primera mitad de los sesenta. Con esto no pude evitar recordar que si bien hace años reseñamos estas entradas, nunca terminamos de dedicarle unas líneas a la octava y última de aquellas adaptaciones, La tumba de Ligeia (1964), con la que Corman puso punto final a aquel ciclo de adaptaciones góticas con Vincent Price a la cabeza del elenco. Ese es un error que había que remediar, porque aunque no sea ni de lejos la mejor de ellas, si que es una de las más interesantes por varias razones.

Como es evidente, se trata en este caso de una adaptación del cuento Ligeia, la historia de un hombre que vive obsesionado por el recuerdo de su difunta esposa, una mujer de inquebrantable voluntad que juró regresar de la muerte. Es importante destacar que no se trata de una versión fiel al texto de Poe, no solamente por las exigencias de un largometraje, sino porque Corman en cierta medida ya había adaptado dicha historia como uno de los segmentos de Historias de terror (1962), anterior Poe-movie que a pesar de tener otro título recreaba de forma bastante fiel los pasajes más famosos de esta trama. Eso sí, no nos engañemos: Corman nunca fue alguien que tuviese miedo de repetirse a sí mismo, y aquí volvemos a presenciar varios de sus trucos y giros argumentales que funcionaron en el pasado, así como una actualización de los diferentes arquetipos narrativos del universo de Poe que ya había explorado, siendo el principal de ellos la fascinación por una hermosa joven muerta.

Pero esto es sólo en la superficie, puesto que La tumba de Ligeia también muestra de forma muy evidente la evolución de Corman en sus adaptaciones de Poe y cómo estas fueron cambiando de estilo a lo largo de los años, desde trabajos más puramente serie B (y quizás por ello, infinitamente más disfrutables) como La caída de la casa de Usher (1960) y El péndulo de la muerte (1961) hasta trabajos formalmente más extravagantes y arriesgados como La máscara de la muerte roja (1964) y esta de la que hablamos ahora. La presente reseña, a decir verdad, habla de una película tremendamente discursiva hasta el punto en que se hace casi teatral, con una impresionante cantidad de diálogos y una recreación de grandes espacios abiertos, no sólo en el plató que reproduce, por ejemplo, los amplios salones del protagonista y la bizarra habitación pagana donde se oculta su secreto al final de la cinta, sino también por los muy eficaces exteriores de ruinas rodados en el castillo del priorato de Acre (no sé si este es su nombre en español, pido disculpas por ello), lo que demuestra que Corman aprovechó su estadía en Europa para dotar a sus películas de una ambientación que no habría sido posible en los Estados Unidos.

No todo funciona, por supuesto, y la fórmula empieza a revelar cierto desgaste principalmente debido a la demasiado funcional dirección del propio Corman y su particular estilo de producción. Esto no quita que haya atrevimientos estéticos considerables que por desgracia se ven manchados por un desenlace un tanto apresurado que recurre a los mismos trucos de destrucción masiva y uso de metraje reciclado de películas anteriores. Pero los aciertos están allí, como la actuación de Vincent Price, secuencias de estética onírica y una fascinación real por los temas de Poe que incluye un misterio que se salda de una forma que resulta inusualmente realista para los estándares de su director. De todas las adaptaciones que realizara Corman, las primeras dos y las últimas dos me parecen las más interesantes, aunque sea por motivos distintos. Sólo por su interés histórico me parece que ya valen la pena.

 

Reseña: Slumber Party Massacre 3 (1990)

Pagando una vieja deuda, aquí tenemos la tercera parte de la trilogía de Slumber Party Massacre, también producida por Roger Corman con su habitual estilo mercenario y dispuesta a subirse al carro de los slashers, una línea que ya para 1990 estaba en plena decadencia. Sabiendo esto resulta curioso que precisamente Slumber Party Massacre 3 (1990) decida alejarse de la sátira puesta en evidencia por las dos entregas anteriores y busque, por el contrario, ser un slasher en apariencia más convencional y “serio” que ignora por completo las primeras dos entregas y vuelve a empezar con la muy básica historia de un grupo de jóvenes chicas en una fiesta de pijamas que se ven acosadas por un asesino armado con un taladro.

El empleo de esta arma de clara inspiración fálica es el único punto en común con el estilo de las dos películas anteriores; la directora Sally Mattison hace a un lado el discurso paródico feminista de la primera parte, así como las extravagancias formales de la primera secuela en favor de un tratamiento mucho más sobrio que incluso se permite jugar con cierta fantasía detectivesca. Esto último se refiere al hecho de que, a diferencia de las dos películas anteriores en las que la el asesino iba a cara descubierta desde el principio, en esta tercera entrega hay un misterio durante gran parte del metraje en cuanto a quién será el que está acosando a las chicas y por qué, algo que la película no resuelve muy bien y que intenta paliar con una muy rara explicación que tiene que ver con la frustración sexual del personaje que resulta culpable, así como su historial de abusos, un trasfondo bastante perturbador pero por el que se pasa de forma muy superficial.

La búsqueda de seriedad no le sienta nada bien, y no impide tampoco que la película caiga en momentos francamente risibles en los que se nota cómo incluso el elenco llega a verse visiblemente incómodo al tener que exigir tanto del espectador en cuanto a credulidad. Donde sí acierta sin duda es en la selección de chicas, todas ellas muy guapas tal como nos tienen acostumbrados las películas de Roger Corman, quien no oculta para nada su afán de explotación gratuita de fisonomía femenina subiendo el tono de esta entrega hasta el infinito e iniciando la película con una escena de playa rodada en pleno invierno californiano. De todas las entregas de la trilogía de Slumber Party Massacre, esta es sin duda la más sangrienta y la que más sexo y violencia tiene, quizás en un intento fallido de darle una mayor fuerza al producto final, pero que en el contexto en el que la película fue lanzada se siente muy redundante.

Esta muy buena retrospectiva de la saga publicada por la revista Yell da en el clavo cuando compara esta trilogía con las tres primeras películas de la saga de La matanza de Texas: al igual que con la obra de Tobe Hooper, estamos ante una saga cuya primera película introdujo elementos de humor negro y una chispa bastante original que terminó haciendo que el público la creyera más sangrienta de lo que es; la segunda película tiró todo eso por la ventana y se dedicó a la extravagancia visual alienando al público cautivo de la primera; y la tercera entrega decidió volver a los inicios y realizar un remake inconfeso de la original buscando un tono más serio y apegado a las normas de lo que debía ser un slasher de libro. Con todo, y a pesar de que Slumber Party Massacre 3 no es una mala película, sí resulta bastante intrascendente y la recomendaría sólo para aquellos que hayan visto las dos anteriores y necesiten terminar la trilogía.

Reseña: Slumber Party Massacre 2 (1987)

Hay que reconocer que con todo y sus limitaciones, Slumber Party Massacre 2 (1987), secuela de aquel slasher supuestamente menor, es una de las películas de chicas-vs-asesinos más extravagantes de los ochenta, y una candidata ineludible para aquellos amantes del mal llamado cine bizarro de esta década en particular. Y lo es porque en lugar de irse por el camino fácil de repetir el esquema de la anterior entrega o incluso sus nada disimuladas muestras de retórica feminista, esta producción del tantas veces mentado Roger Corman se convierte casi en un musical de rock & roll que acompaña una visión bastante ingenua del fenómeno high school y de las bandas musicales de chicas.

Tanto es así que incluso la figura del asesino y principal amenaza para nuestras protagonistas femeninas está caracterizado como un arquetipo del maleante de los cincuenta con chupa de cuero, pelo engominado y un enorme taladro incorporado a la guitarra eléctrica con la que comete sus crímenes. Incluso llega a marcarse un solo de baile en una de las secuencias más delirantes de la película, y eso que el argumento parece en un principio bastante básico y sencillo: la niña sobreviviente de la película original, ahora una adolescente, se retira con su banda de chicas a una casa de verano en medio de una urbanización en construcción donde intentarán pasar un fin de semana con sus chicos. La joven, que ha tenido recientemente pesadillas en la que es perseguida por un maníaco con un taladro gigante, no puede creerlo cuando dicho personaje aparece de repente sin justificación alguna y comienza a cargarse a todos los jóvenes uno a uno. La aparición repentina e inexplicable del psycho-killer que rompe la barrera del sueño, así como el hecho de que constantemente nos muestre su cara y hasta hable, lo aleja de la típica representación de estos asesinos cinematográficos, algo que ya se veía en la primera entrega pero que aquí está exacerbado.

De la misma forma, la caracterización de este carnicero del taladro, así como el evidente símbolo fálico de su arma asesina, dejan entrever que en el fondo Slumber Party Massacre 2 no es más que una muy poco disimulada alegoría en clave paródica del “horror” de una chica ante la pérdida de su virginidad, una idea que está muy bien desarrollada por la directora y guionista Deborah Brock y que hace de esta película un slasher diferente que sólo por esto ya vale la pena, además de lo directamente descabellado de una premisa y ejecución que resulta de todo menos convencional. Una larga persecución final en medio de una construcción resulta un tanto trivial y vista, pero para todos aquellos que puedan superar la estética californiano-ochentera de esta cinta, hay mucho que disfrutar. Como slasher no resulta tan efectiva como la primera parte, pero sí podemos decir que es mucho más arriesgada, sobre todo por esa revelación final que evidencia las verdaderas intenciones de la película y de las que ya hemos hablado anteriormente.

Posteriormente la saga de Slumber Party Massacre tendría otras continuaciones más convencionales que no explotarían la vertiente onírica de esta segunda entrega. De todas formas, aquellos que deseen hacerse con ejemplos de comedias de terror festiva que evidencien los ochenta de forma inequívoca, pueden hacerse aquí con un ejemplo muy pertinente pero al menos no tan conocido como otros tantos.

 

Reseña: Piraña (1995)

No está de más recordar, ahora que la ocasión lo amerita, que la versión 3D de Alexandre Aja no es el primer remake de Piraña (1978) que nos ha llegado. Casi por debajo de la mesa pasó esta versión de 1995 hecha para la televisión, y que al igual que la original está producida por Roger Corman con su habitual estilo mercenario de realización. Poco interés, sin embargo, puede despertar más allá de ser una curiosidad, ya que Piraña (1995) es prácticamente un calco escena por escena de la original, aunque con un tono menos dado al humor. El argumento, eso sí, es casi igual, hasta el punto en que incluso recicla si ningún tapujo metraje de la cinta de Joe Dante, muy a pesar de los notables avances técnicos ocurridos entre los casi veinte años que separan una versión de la otra.

Tal como decíamos arriba, el argumento es casi idéntico: una investigadora privada y un solitario escritor liberan accidentalmente un cardumen de pirañas modificadas genéticamente, las cuales se dirigen sin piedad río abajo hasta llegar a un resort veraniego que está a punto de ser inaugurado, con el consecuente desastre. Las diferencias entre ambas versiones son escasas; un par de personajes clave son ahora femeninos (incluyendo el científico que cuidaba de las pirañas) y la subtrama de los agentes del gobierno ha sido eliminada en favor de un mayor protagonismo del bastardo corporativo dueño del resort. Asimismo, la película intenta actualizar su contexto al hacer del experimento de las pirañas un proyecto abandonado tras el fin de la Guerra Fría y el desalojo de los republicanos de la Casa Blanca, el único momento en que este remake deja entrever un comentario abiertamente político.

Muy dentro del alcance de esta versión, el elenco está conformado por actores principalmente televisivos como William Katt o Alexandra Paul (inconfundible actriz irremediablemente asociada a los años noventa). Incluso aparece una joven Mila Kunis de 12 años. El poco lucimiento del elenco muestra cómo en general esta nueva Piraña se siente muy desganada en comparación con la primera o incluso la segunda, aunque es cierto que presenta un número considerable de despelotes y gore para tratarse de un producto televisivo. No es esto algo que juege mucho a su favor, ya que los efectos especiales son, por decirlo de alguna manera, bastante cutres y en ocasiones involuntariamente cómicos como esa escena en la que William Katt examina una piraña de treinta centímetros o la imagen de un hombre al final sentado en el césped como si nada a pesar de que tiene las piernas literalmente reducidas a informes pingajos sanguinolentos. La trama se mueve rápidamente siguiendo casi al dedillo el camino trazado por la original, pero el humor de la película de Joe Dante parece haber sido puesto a un lado, lo cual es un grave error. Incluso el cabronazo dueño del resort es pintado con el matiz trágico de un hombre acorralado, dando al clímax final un tono algo deprimente.

A final de cuentas, esta Piraña noventera es un producto sin mucho interés más allá de pequeños momentos de explotación que por otro lado son comunes en gran parte del cine serie B de esta década en particular. Su existencia se explica (sospecho) únicamente como parte de una moda breve que surgió a mediados de los noventa de realizar versiones televisivas más o menos afortunadas de la obra de Roger Corman, moda que incluyó versiones contemporáneas de otras películas suyas como La mujer avispa (1995) y Un cubo de sangre (1995). Esta que tenemos hoy entre manos no deja de ser una repetición innecesaria y una actualización que en el fondo nadie pedía, ya que incluso en los mejores momentos de esta nueva versión uno desearía estar viendo la original.

 

Reseña: Piraña (1978)

Una revisión es más que suficiente para darnos cuenta de que Piraña (1978) es no sólo una de las más divertidas películas de monstruos de finales de los setenta, sino también una de las más sobresalientes y recomendables producciones de la carrera de Roger Corman, quien puso al mando de esta cinta nada menos que a su alumno más aventajado, Joe Dante, quien debuta aquí como director. La película es también, junto con Orca (1977) uno de los más famosos exploits de Tiburón (1975), algo hecho sin complejos y de forma plenamente consciente, como demuestra la máquina recreativa de dicha película que sale al principio. De hecho los estudios Universal se plantearon demandar a los responsables de Piraña por plagio, y si no lo hicieron fue porque el propio Steven Spielberg se declaró públicamente fan de la película.

La huella de la cinta de Spielberg es evidente al repetirse aquí el mismo esquema en una escala más modesta, partiendo de la base de un cardumen de pirañas modificadas genéticamente como parte de un proyecto abandonado del ejército de Estados Unidos y que consiguen escapar de su cautiverio para dirigirse a un resort veraniego al borde de un lago. A la amenaza de las pirañas se suma la incredulidad de las autoridades y, sobre todo, de los dueños del resort que no desean poner en peligro sus ganancias económicas. Es, como podemos ver, un argumento muy similar al de la famosa cinta del escualo asesino, a excepción de la subtrama de los personeros del gobierno que da a la película una capa ecologista y antibelicista muy a tono con el discurso transgresor de la época. La otra gran diferencia reside en el tratamiento abiertamente cómico que tiene la película; Piraña se mueve muy inteligentemente entre el terror, el gore (sutil en comparación con otras producciones de la época pero presente) y un sentido del humor muy bien llevado. Esta tendencia a la comedia no impide que la película tenga momentos de una crueldad inusitada (algunos de ellos hasta involucran niños) pero incluso así nunca llega a ponerse demasiado seria, lo cual es algo típico de Joe Dante, quien muchas veces ha manifestado no sentirse cómodo con el horror puro.

A las pirañas como tal las vemos muy poco. Es más el caos que producen y la sensación de que algo se mueve bajo el agua lo que nosotros como espectadores percibimos, lo que crea una tensión muy interesante en esos personajes que evitan a toda costa posar sus carnes bajo la superficie del río. La reticencia a mostrar a las pirañas es algo que sin duda parte de las limitaciones de la película en cuanto a presupuesto, pero está resuelto de forma muy inteligente y es otra de esas situaciones en las que la carencia de medios funciona como estimulo perfecto a la creatividad del director (otra semejanza con Tiburón, podríamos decir). Por fortuna el énfasis que Dante da a los personajes está respaldado con un trabajo actoral bastante bueno que no se limita a los dos simpáticos protagonistas sino también a los secundarios, donde vemos a varios actores recurrentes de anteriores trabajos de Roger Corman como el siempre presente Dick Miller o Barbara Steele, quien sobreactúa gloriosamente en cada uno de los minutos que está en pantalla.

El clímax final de caos en el resort es uno de los pocos momentos en los que la cinta se deja llevar por el camino del impacto, pero incluso esta secuencia está realizada con mucha clase. Ahora que estamos a punto de tener en nuestras manos el remake de Alexandre Aja, revisitar esta opera prima de Joe Dante es una muy buena idea, sobre todo teniendo en cuenta que se realizó con un alcance mucho menor que el blockbuster de verano que está a punto de estrenarse. Más allá de su condición de semi-plagio de Tiburón, no está de más recordar que Piraña es ante todo una gran película de ese género de “la naturaleza contra el hombre” que sabe tomarse su premisa con ligereza y sentido del humor y aún así sacar de ello una cinta redonda y efectiva, que es más de lo que se puede decir de la mayoría de subproductos autoconscientes que suelen escudarse tras la excusa fácil de la parodia.

 

Reseña: La máscara de la muerte roja (1964)

Seguimos aquí reseñando todas y cada una de las entradas del ciclo de Roger Corman dedicado a la obra de Edgar Allan Poe. Ya acercándose al final de este punto en su carrera, La máscara de la muerte roja (1964) es sin duda una de las más ambiciosas ya no de este ciclo, sino de toda la obra de Corman como director. También es una de mis favoritas, aunque sea por el hecho de que es muy diferente en cuanto a estilo de aquellas de las que ya hemos hablado. Detractores de la obra de este director muchas veces acusan a esta adaptación de Poe (y a la siguiente) de ser una película pretenciosa con la que Corman se aleja del habitual estilo gótico de sus antecesoras en la búsqueda de un alegoría de caracter moralista que sin embargo está bastante cercana al espíritu del relato original. Es sabido por ejemplo que esta iba a ser una de las primeras cintas del ciclo, pero su director decidió retrasar el rodaje debido a las semejanzas de la película con el argumento de El séptimo sello (1957), de Bergman.

La máscara de la muerte roja también marca un punto de inflexión en la manera que tenía Corman de abordar las producciones de sus Poe-movies. Los suntuosos decorados de los que se vale la trama fueron posibles gracias a que Corman realizó esta película en Europa como una co-producción británica, reciclando los escenarios de otra cinta. De esta forma logra llevar a buen término el argumento de un montón de nobles pervertidos y decadentes que se refugian de una plaga en el palacio del príncipe Próspero (un enorme Vicent Price en la que es quizás una de sus mejores actuaciones del ciclo Corman/Poe), un hombre cruel y brillante que secuestra a una bella joven pueblerina con el objetivo de corromper su alma. Con semejante argumento la película se aleja un tanto del estilo acostumbrado de su director al depender menos de la fuerza del impacto, mostrando un gusto particular por los discursos y con una nada disimulada reflexión filosófica sobre el Mal ligado a la decadencia. En esto Corman mantiene el carácter alegórico del relato original de Poe, lo cual no quiere decir que renuncie por completo a sus acostumbrados elementos de género, presentes en la introducción de una subtrama de satanismo muy sutilmente tratada sin caer jamás en la explotación.

Uno de los mayores placeres de la película es, cosa rara, la actuación de Vincent Price. A pesar de que su personaje no sale de esa aura macabra que se convirtió en la característica esencial de sus personajes, en esta ocasión su Próspero le da un mayor rango de variedad dramática del que carecen otros de sus trabajos con Corman. Lo retorcido, cruel e imprevisible de su personaje hace de él el centro absoluto de la película (compensando con creces una muy mejorable protagonista femenina), sin desmerecer a otros grandes personajes como el sirviente enano, que protagoniza una subtrama que bien daba para una historia propia.

Así que si por casualidad habíais perdido la fe en las adaptaciones cormanianas de Poe, no podéis dejar de echar un vistazo a La máscara de la muerte roja, no sólo por su ambiciosa presentación de relato alegórico medieval con tintes de terror sino también porque contiene la que probablemente sea una de las mejores secuencias finales que nos podamos echar a la cara. A pesar de ser parca en aquellos elementos que se consideran los lugares comunes de la obra de Poe, estamos probablemente ante una de las mejores obras de este ciclo, así como uno de los trabajos más sólidos de su director.

 

Reseña: El palacio de los espíritus (1963)

Más que en cualquier otro caso, la sexta entrega de las Poe-movies de Roger Corman lo es sólo nominalmente: en realidad, El palacio de los espíritus (1963) es una adaptación bastante libre del relato de H.P. Lovecraft El caso de Charles Dexter Ward, y de hecho es considerada oficialmente como la primera adaptación al cine de la obra del autor de Providence. La American International Pictures, sin embargo, deseaba seguir explotando el filón de la saga de Corman, así que ordenó cambiar el título por el de un poema de Poe (The Haunted Palace) que es recitado al principio y al final pero con el que la película realmente no tiene nada que ver.

Aquellos que conozcan la fuente literaria y consideren la fidelidad como una virtud en sí misma (no es ya mi caso, he de reconocer) pueden llevarse una decepción bastante grande, puesto que el argumento del relato original está bastante simplificado para la película, aunque se mantiene el énfasis en el nigromante Joseph Curwen y su regreso de la tumba a través de uno de sus descendientes, Charles Dexter Ward, ambos interpretados por Vincent Price. La trama de investigación típicamente lovecraftiana con su triple marco narrativo y tres protagonistas es así eliminada por completo para ser sustituida por un tipo de producción más modesta y acorde con el gótico technicolor que Corman sacaba por aquel entonces. No debería sorprendernos ya que, después de todo, Lovecraft es un autor muy difícil de adaptar porque sus mejores elementos son muy a menudo dependientes del medio, en este caso de la literatura. Eso explica en parte que para esta película Corman se haya ido por lo seguro y haya dotado a El palacio de los espíritus de un ambiente que de lovecraftiano tiene muy poco: la ambientación se va más por los lados del gótico ya acostumbrado en estas producciones y heredado de los clásicos de la Universal: telarañas, candelabros, siniestros retratos embrujados, puertas chirriantes y un cementerio envuelto en niebla. Hay por supuesto elementos típicos de Lovecraft (el Necronomicón, los Antiguos, inefables monstruos en una fosa, aldeanos deformes y hasta un zigurat) pero estos se encuentran mezclados con aderezos típicos de Poe como la subtrama (ausente en el relato original) de la pasión necrofílica por la bella amante muerta, motivo recurrente de esta serie de películas.

La cinta reúne, como ya es habitual en la saga, a varios de los colaboradores de Corman como el compositor Ronald Stein (responsible de un tema musical bastante dramático e imponente aunque sobreutilizado) y el prolífico guionista Charles Beaumont. El guión también fue trabajado parcialmente por Francis Ford Coppola, aunque no aparece en los créditos. En cuanto a la película, esta guarda el mismo ambiente lúgubre de resto de las Poe-movies, aunque con ciertos toques distintos como el hecho de tener una secuencia inicial mucho más intensa de lo habitual que termina en el ajusticiamiento de Curwen a manos de una muchedumbre furiosa con antorchas y tridentes, algo ciertamente opuesto a los pausados inicios de Corman. Interesante es también la manera como la trama se desenvuelve poco a poco aunque por desgracia sin dejar de caer en los clichés propios de este tipo de producciones (la famosa regla de Corman de un-susto-cada-ocho-minutos). Vincent Price está genial como siempre, y muy buena es la sutil transformación que hace entre sus dos personajes, una metamorfosis resaltada innecesariamente por el maquillaje.

Las evidentes carencias estéticas de varias secuencias, la dejadez de algunas actuaciones como la de Lon Chaney Jr. y un muy atropellado final (que incluye la inexplicable y conveniente desaparición de los aliados del villano) hacen que El palacio de los espíritus no pueda contarse entre las mejores del ciclo Poe-Corman, mucho menos entre las mejores adaptaciones de Lovecraft, pero como primer intento de acercamiento al autor de Providence no está nada mal. Por cierto, el director de arte de esta película, Daniel Haller, seguiría la senda de adaptaciones al ofrecer, pocos años después, su propia versión de Lovecraft con El horror de Dunwich (1970), evidente deudora del estilo Corman de la que hablaremos otro día.

 

Reseña: La galaxia del terror (1981)

Entre los muchos ejemplos que conforman el legado de cine de terror espacial de nuestro xenomorfo favorito tenemos esta curiosa película conocida como La galaxia del terror (1981), la cual sólo es en apariencia una historia de criaturas que parte de una idea muy básica y ya vista antes: una misión de rescate enviada a un planeta desértico donde una nave se ha estrellado misteriosamente en las cercanías de una estructura piramidal perteneciente, por lo visto, a una antigua cultura alienígena. La película, a pesar de su espíritu serie B, es argumentalmente bastante ambiciosa al mezclar el tema de los viajes espaciales con contenidos pseudo-místicos representados en el personaje del Amo del Planeta, un monarca al parecer omnipotente que es quien encarga la misión con fines misteriosos que sólo él conoce.

Pero sus ambiciones temáticas se contraponen con sus mucho más humildes aunque bien aprovechados recursos; La galaxia del terror es, como muchos ya sabéis, una modesta producción de Roger Corman, aunque también es una de las mejores películas que ha apadrinado. Por todo lo que comentábamos anteriormente, en su momento fue acusada de ser un vulgar plagio de Alien (1979), y aunque es cierto que estéticamente guarda muchas similitudes y que obviamente su estreno fue calculado para aprovechar de forma bastante oportunista el éxito de la cinta de Ridley Scott, tiene un argumento muy distinto con bastantes méritos propios. En realidad, y esto es algo que se ha comentado muchas veces, la película tiene muchos más paralelismos con El planeta prohibido (1956), sólo que con un tratamiento más cercano al terror. Es también una cinta muy en la línea de la larga serie de explotaciones del concepto Star Wars llevado a la serie B, algo a lo que Corman y sus pupilos dedicaron muchos de sus esfuerzos.

Siguiendo con la costumbre de Corman de preparar el camino a futuras promesas del cine, La galaxia del terror fue también uno de los primeros trabajos de James Cameron, quien se encargó del diseño de producción y de dirigir la segunda unidad de rodaje. Incluso sin leer los créditos, la mano de Cameron se nota mucho en detalles estéticos que posteriormente veríamos en películas suyas como Terminator (1984) y Aliens (1986). Dicha estética, por cierto, es sorprendentemente buena considerando el escaso presupuesto de la película; el mundo alienígena en el que se encuentran los personajes transmite una sensación de enormidad insólita en una producción tan modesta. Esto cobra una relevancia mucho mayor a medida que la película avanza y nos damos cuenta de que no es una historia de monstruos convencional, sino un relato mucho más psicológico que hoy en día se ha hecho famoso, sin embargo, gracias a la escena en la que una de las mujeres de la tripulación es explícitamente violada por un monstruo gusanoide con tentáculos. Debido a esto, la película es hoy en día asociada a ejemplos similares de explotación, algo que se nota en un cartel que ofrece desvergonzadamente una publicidad engañosa.

Lo cierto es que más allá de esta escena (que dura menos de un minuto y sin embargo es la imagen más recordada de la película), La galaxia del terror ha dejado una estela considerable en cuanto a su estética y temática, más incluso de lo que se le concede, y su sombra se extiende no sólo en las ya mencionadas Terminator y Aliens sino también en muestras de terror más recientes como Horizonte final (1997) y Pandorum (2009), con las que comparte su tentativa de mezclar la ambientación espacial con el terror psicológico. Si a eso sumamos la presencia de favoritos del género como Sid Haig o Robert Englund, el resultado es que nos encontramos ante una película muy notable que vale la pena rescatar del relativo olvido al que ha sido relegada fuera del círculo de fanáticos del tentacle rape. Desde aqui aconsejamos echarle un vistazo.

Reseña: El cuervo (1963)

Seguimos aquí repasando el ciclo de ocho películas de Roger Corman sobre la obra de Edgar Allan Poe. En esta ocasión, para la quinta entrega, Corman se sacó de la manga una adaptación de El cuervo, uno de los más famosos textos del autor americano, y que si bien tiene elementos que podrían clasificarse como pertenecientes al relato de terror, ofrece el inconveniente de ser un poema, en el que la anécdota como tal es demasiado sencilla para cualquier género narrativo. Milagrosamente, Corman logra compensar esto bastante bien al hacer de El cuervo (1963) una comedia de corte familiar que rompe por completo no sólo con la obra de Poe sino también con el tono de sus adaptaciones anteriores.

Efectivamentre, la cinta que nos ocupa hoy no es más que una parodia en la que el director y productor, nuevamente contando con Vincent Price como protagonista, juega con el espectador haciéndole creer, al principio de la película, que está a punto de presenciar otra de sus macabras adaptaciones góticas. Todas las constantes del ciclo están aquí: caserón desolado, ambientación siniestra y un viudo emocionalmente devastado por la muerte de la mujer amada. El texto de Poe se mantiene incluso citado de forma literal hasta la aparición del cuervo, que rompe el efecto (y con ello todo el ambiente de la película) al empezar a mantener una conversación con el protagonista haciendo alarde de socarronería y exigiendo un trago de vino. Es a partir de aquí cuando se nos revela el argumento: Erasmus Craven (Vincent Price), un poderoso hechicero del siglo XV, debe ayudar a volver a su forma original al también mago Adolphus Bedlo (Peter Lorre), quien ha sido convertido en cuervo por las oscuras artes de un maligno hechicero conocido como el doctor Scarabus (Boris Karloff, cerca ya del final de su carrera). Los dos entonces deciden viajar al castillo de su enemigo y poner fin a su reino de terror.

Os preguntaréis ahora qué tiene que ver todo esto con Edgar Allan Poe. La respuesta es nada en absoluto. Salvo la mención del poema del autor al principio de la película, en nada se parece esta cinta a la obra del escritor al que pertenece el ciclo. En cambio, es una comedia completamente autoconsciente que gira en torno a una visión bastante inocente de la magia y de los hechiceros, y en la que los estereotipos narrativos están bastante marcados: Price es el héroe racional y cauteloso, Lorre es el bufón y Karloff es un villano caricaturesco que borda su papel gracias a su ya famosa media sonrisa llena de desdén y soberbia. Otros de los momentos cómicos se dan en personajes secundarios como la dominante femme fatale y segundona del villano, interpretada aquí por Hazel Court, o incluso la imprescindible pareja de jóvenes enamorados; y sí, aquí vemos a un jovencísimo Jack Nicholson que repite bajo la dirección de Corman tras protagonizar La pequeña tienda de los horrores (1960).

El desarrollo de la película es bastante ligero e inofensivo, y a pesar de que en ocasiones llega a hacerse tedioso (sobre todo cuando se aleja de la historia de rivalidad entre sus personajes principales), sólo el clímax final, en el que Craven y Scarabus se enfrentan en un duelo de magia digno de los mejores tiempos de la Disney, es lo suficientemente divertido para justificar todo el resto de la película. Tener esto en cuenta antes de acercaros a El cuervo y abandonad, eso sí, cualquier intención de ver una adaptación fiel de Poe o siquiera un relato de terror. Para eso tendremos que esperar a entradas posteriores de este particular ciclo. Sin embargo, aceptándola como lo que es y lo que pretende ser, estamos ante una muy divertida y curiosa obra menor de Corman. Al igual que en el ejemplo anterior de Historias de terror (1962), lo que hace realmente destacable a la película es el trabajo de los actores protagonistas, tres grandes personalidades del cine de miedo que elevan la categoría de cualquier obra en la que se apersonan.

 

Reseña: Historias de terror (1962)

Firmes en nuestra intención de revisar todas y cada una de las Poe-movies de Roger Corman, llegamos a la cuarta de ellas, titulada Historias de terror (1962), la cual marca la reconciliación de Corman con la American International Pictures, permitiendo así el regreso de Richard Matheson como guionista y Vincent Price en el papel protagónico. A diferencia de las anteriores entradas, esta cuarta película de la saga cormaniana de Poe consta de tres historias diferentes e independientes entre sí, inspiradas en otros tantos cuentos del autor pero, en la misma línea de sus antecesoras, tomándose amplias libertades a la hora de llevar a cabo su adaptación.

Tales libertades son bastante evidentes desde el primer segmento, Morella, el más corto de los tres pero también el más impactante a nivel de atmósfera y el que más fielmente continúa el modelo gótico de las cintas anteriores. Con apenas un par de personajes y una magnífica ambientación representada en el irreal escenario de una mansión completamente cubierta de telarañas, el trío Corman/Matheson/Price revisita los viejos temas de Poe de la soledad y el deseo de la muerte, así como la figura del esposo atormentado por la pérdida de su mujer y la ya icónica figura de la amante exhumada. El argumento no solamente adapta el cuento al que se refiere sino que también mezcla elementos de otros relatos del autor para ofrecer una historia de fantasmas completamente minimalista que contrasta con los otros segmentos que le siguen.

El segundo bloque de esta antología es El gato negro, uno de los relatos más populares de Poe y también uno de los que ha sido adaptado en más ocasiones. Quizás teniendo esto en cuenta, el guión de Richard Matheson reconvierte el febril y delirante cuento original en una pieza de comedia mezclada con otros relatos, en la que la atención se centra no en elementos terroríficos sino en el mano a mano interpretativo entre Vincent Price (que cede aquí el protagonismo) y otra leyenda del cine de terror como Peter Lorre, que para entonces ya se acercaba al final de su carrera. Tanto Price como Lorre abordan sus personajes desde un tono farsesco y bufón que puede molestar un tanto a aquellos espectadores que busquen encontrarse con una historia de terror al uso, pero que en esta ocasión está muy bien logrado tanto en la actuación de los dos protagonistas (impagables los amaneramientos de Vincent Price como un erudito catador de vinos) como en la explotación cómica de los excesos del alcohol. Olvidaos de escenas como la del hombre arrancando el ojo al gato porque nada de eso encontraréis aquí; esto se trata ante todo de una comedia en la que ningún momento, por escabroso que sea, está alejado del objetivo de la sátira, ni siquiera dos fantasmas jugando a la pelota con una cabeza humana.

El tercer y último relato es El caso del señor Valdemar, el cual reúne también a Vincent Price con otra luminaria del cine de miedo en sus últimos años como Basil Rathbone. Como ya viene siendo constumbre, esta adaptación se toma una gran libertad con respecto al argumento original introduciendo un conflicto que estaba ausente en el relato de Poe pero que aquí es perfectamente coherente con la temática de maldad acostumbrada por Corman en este ciclo. El segmento es al mismo tiempo diferente en cuanto a su estética brillante y colorista, en marcado contraste con la oscuridad de los segmentos anteriores. La trama de los jóvenes enamorados es un tanto insulsa y de folletín, pero Rathbone lo compensa haciendo, como de costumbre, un gran villano cuya maligna presencia es capaz de hilar toda la trama y llevarla hasta un final que poco tiene que ver con Poe y más con los cómics de horror de la EC, pero que aún así no deja de ser efectivo. En general se puede decir que de no ser por este trío de intérpretes (Price, Lorre y Rathbone), Historias de terror no hubiera pasado de ser una película menor dentro de este ciclo de Roger Corman, pero su presencia hace que la cinta pase de ser meramente eficiente a convertirse en algo a destacar. Las Poe-movies de Corman puede que no hayan sido fieles adaptaciones de la obra del autor americano, pero no se me ocurre mejor homenaje.