Reseña: Historias de terror (1962)

Firmes en nuestra intención de revisar todas y cada una de las Poe-movies de Roger Corman, llegamos a la cuarta de ellas, titulada Historias de terror (1962), la cual marca la reconciliación de Corman con la American International Pictures, permitiendo así el regreso de Richard Matheson como guionista y Vincent Price en el papel protagónico. A diferencia de las anteriores entradas, esta cuarta película de la saga cormaniana de Poe consta de tres historias diferentes e independientes entre sí, inspiradas en otros tantos cuentos del autor pero, en la misma línea de sus antecesoras, tomándose amplias libertades a la hora de llevar a cabo su adaptación.

Tales libertades son bastante evidentes desde el primer segmento, Morella, el más corto de los tres pero también el más impactante a nivel de atmósfera y el que más fielmente continúa el modelo gótico de las cintas anteriores. Con apenas un par de personajes y una magnífica ambientación representada en el irreal escenario de una mansión completamente cubierta de telarañas, el trío Corman/Matheson/Price revisita los viejos temas de Poe de la soledad y el deseo de la muerte, así como la figura del esposo atormentado por la pérdida de su mujer y la ya icónica figura de la amante exhumada. El argumento no solamente adapta el cuento al que se refiere sino que también mezcla elementos de otros relatos del autor para ofrecer una historia de fantasmas completamente minimalista que contrasta con los otros segmentos que le siguen.

El segundo bloque de esta antología es El gato negro, uno de los relatos más populares de Poe y también uno de los que ha sido adaptado en más ocasiones. Quizás teniendo esto en cuenta, el guión de Richard Matheson reconvierte el febril y delirante cuento original en una pieza de comedia mezclada con otros relatos, en la que la atención se centra no en elementos terroríficos sino en el mano a mano interpretativo entre Vincent Price (que cede aquí el protagonismo) y otra leyenda del cine de terror como Peter Lorre, que para entonces ya se acercaba al final de su carrera. Tanto Price como Lorre abordan sus personajes desde un tono farsesco y bufón que puede molestar un tanto a aquellos espectadores que busquen encontrarse con una historia de terror al uso, pero que en esta ocasión está muy bien logrado tanto en la actuación de los dos protagonistas (impagables los amaneramientos de Vincent Price como un erudito catador de vinos) como en la explotación cómica de los excesos del alcohol. Olvidaos de escenas como la del hombre arrancando el ojo al gato porque nada de eso encontraréis aquí; esto se trata ante todo de una comedia en la que ningún momento, por escabroso que sea, está alejado del objetivo de la sátira, ni siquiera dos fantasmas jugando a la pelota con una cabeza humana.

El tercer y último relato es El caso del señor Valdemar, el cual reúne también a Vincent Price con otra luminaria del cine de miedo en sus últimos años como Basil Rathbone. Como ya viene siendo constumbre, esta adaptación se toma una gran libertad con respecto al argumento original introduciendo un conflicto que estaba ausente en el relato de Poe pero que aquí es perfectamente coherente con la temática de maldad acostumbrada por Corman en este ciclo. El segmento es al mismo tiempo diferente en cuanto a su estética brillante y colorista, en marcado contraste con la oscuridad de los segmentos anteriores. La trama de los jóvenes enamorados es un tanto insulsa y de folletín, pero Rathbone lo compensa haciendo, como de costumbre, un gran villano cuya maligna presencia es capaz de hilar toda la trama y llevarla hasta un final que poco tiene que ver con Poe y más con los cómics de horror de la EC, pero que aún así no deja de ser efectivo. En general se puede decir que de no ser por este trío de intérpretes (Price, Lorre y Rathbone), Historias de terror no hubiera pasado de ser una película menor dentro de este ciclo de Roger Corman, pero su presencia hace que la cinta pase de ser meramente eficiente a convertirse en algo a destacar. Las Poe-movies de Corman puede que no hayan sido fieles adaptaciones de la obra del autor americano, pero no se me ocurre mejor homenaje.

 

Reseña: El péndulo de la muerte (1961)

Con El péndulo de la muerte (1961), adaptación del cuento de Edgar Allan Poe El pozo y el péndulo, Roger Corman continuó su serie de Poe-movies repitiendo el mismo esquema que ya había tenido éxito en La caída de la casa Usher (1960). Es por eso que nuevamente tenemos a Vincent Price como protagonista en una historia de horrores góticos más que destacable, y que de hecho representa una de las mejores de la serie. El guión, nuevamente escrito por Richard Matheson, no guarda casi ninguna similitud con el relato de Poe (exceptuando la icónica escena final del péndulo cortante) y desarrolla su propio argumento, uno ambientado en la España del siglo XVI y que involucra a un joven británico que investiga la muerte de su hermana en el inmeso castillo en el que habitara con su marido, hijo de un perverso inquisidor cuya presencia en el recinto pudo haberse extendido más allá de la muerte.

Imprecisiones culturales aparte (difícilmente una autoridad eclesiástica católica podría haber tenido hijos legítimos), la ambientación de época es una de las mejores cosas de El péndulo de la muerte. Nuevamente el ambiente creado por Matheson y Corman con el castillo gigante, lleno de pasadizos secretos y cámaras de tortura, es opresivo y fascinante, quizás no tanto como en la película anterior, pero sí dotada de una estética mucho más marcada, que Corman debió a las labores del director de fotografía Floyd Crosby y al director de arte Daniel Haller, quien construyó los grandes escenarios de la película “reciclando” material de otras producciones. El resultado es, visualmente, uno de los más impresionantes de esta saga americana de Poe, y uno que tuvo una gran influencia en películas de terror italianas de su época y posteriores, como El cuerpo y el látigo (1963) de Mario Bava o Rojo oscuro (1975) de Dario Argento, así como la película de Tim Burton Sleepy Hollow (1999), que incluso la referencia de forma explícita.

Pero a pesar de que la trama investigativa (en la que el personaje de Vincent Price cree estar siendo acosado por el vengativo fantasma de su mujer) tiene poco que ver con el cuento original, el estilo de Poe sí que se encuentra presente, no sólo en su atmósfera opresiva sino también en determinados tópicos de su obra que se repetirían en varias de las adaptaciones de Corman: el esposo atormentado por la muerte de su consorte, los conflictos familiares sin resolver y, sobre todo, el enterramiento prematuro, son todos temas que aparecen en esta película, la mayoría de ellos girando en torno al personaje de Barbara Steele, habitual damisela de la serie B italiana y una de las fantasmas más guapas que he visto jamás. Como suele ocurrir en estas cintas, el punto álgido de la historia está en un “descubrimiento” por parte de los protagonistas que representa quizás el único instante en el que Corman se rinde a la fuerza del factor shock del cine de terror. El resto, a decir verdad, es un thriller de cocción bastante lenta que sugiere más de lo que muestra y cuyo principal atractivo reside en la ambigüedad de los hechos sobrenaturales.

En definitiva, esta es otra de las Poe-movies de Corman más destacables, y una a la que se hace necesario volver para comprobar que no todo el gótico de los sesenta llegó de la mano de la Hammer. De hecho, la respuesta americana del trío Corman-Matheson-Price seguiría dando sus frutos a lo largo de otras seis películas, que con el tiempo irán cayendo por aquí una a una.

 

Reseña: La caída de la casa Usher (1960)

La caída de la casa Usher (1960) representa en muchos sentidos una jugada maestra de Roger Corman y una de las películas más importantes de su carrera, esto último en cuanto a que le permitió el necesario cambio de registro después de haberse pasado la mayor parte de la década de los cincuenta realizando casposas (aunque en muchos casos notables) serie B de ciencia-ficción en blanco y negro, destinadas principalmente al mercado de las sesiones dobles. Esta adaptación del relato homónimo de Edgar Allan Poe demostró a todos que Corman podía hacer frente a un proyecto ambicioso que no sólo significaba un cambio de estilo radical, sino que encima permitía al estudio competir mano a mano con el resto de los horrores góticos colorizados de la época, especialmente los de la Hammer Films, rival natural de este tipo de producciones. La fórmula, de hecho, tuvo su considerable cuota de éxito: La caída de la casa Usher fue la primera de una serie de ocho Poe-movies, así como una de las mejores y más completas, con una efectividad que se mantiene incólume hoy en día, casi medio siglo después de su estreno.

A pesar de sus orígenes literarios, esta adaptación de Poe juega con otro tipo de convencionalismo: el de la tradicional historia de casas embrujadas aderezada con maldiciones familiares. Pero si bien el argumento se toma amplias libertades con respecto al relato en el que se basa (en un esfuerzo por hacer la historia más “cinematográfica”), la atmósfera presente en el original de Poe está trasladada muy fielmente a la pantalla: el duelo que se da entre el joven y apuesto Phillip y el siniestro Roderick Usher por una mujer, quizás la última y frágil muestra de belleza que queda en aquella solitaria casa que se cae a pedazos, es lo suficientemente interesante para mantener al espectador en vilo a lo largo de poco más que una hora en la que apenas hay un puñado de personajes y muy poca “acción” propiamente dicha.

De hecho, y a pesar de que arriba contraponíamos estas producciones de Corman a las historias de la Hammer, la verdad es que tienen muy poco que ver: ambas son cintas de terror de ambiente gótico y rodadas en color, pero es allí donde terminan sus semejanzas. Mientras que los productos de la famosa casa británica apelaban al factor shock de sus historias y hacían un despliegue inusual de violencia y sensualidad, las Poe-movies de Corman son muy contenidas (nada de aquel Shocking! o aquel Creeping Bloodcurling Terror! de sus primeras producciones), centrándose más en elementos como atmósfera, diálogo y actuaciones, aunque ello no significa que abandonen por completo sus elementos más explotativos, especialmente durante un inmejorable clímax final bastante osado en cuanto al desarrollo de la historia.

Pero si funciona no es simplemente por el material de Poe; lo que hace de La caída de la casa Usher la gran película que finalmente es reside en su esfuerzo de grupo. Aparte de la dirección de Roger Corman (sorprendentemente sobria para sus estándares), tenemos un muy bien equilibrado guión del cual es responsable Richard Matheson, quien sabe aprovechar al máximo el auténtico encanto de las casas embrujadas: la mansión Usher es un preciosista laberinto lleno de túneles, pasadizos secretos, cuadros siniestros y criptas subterráneas de las que sólo vemos una parte muy pequeña, ya que la cinta únicamente dura 79 minutos, créditos incluídos. La otra piedra angular de la película está, por supuesto, en la presencia del actor Vincent Price en el papel de Roderick Usher. Price está simplemente inmenso, lo cual no es poca cosa teniendo en cuenta que es un actor que suele subir la categoría de cualquier película en la que sale. Su papel en esta ocasión es inusualmente comedido, casi desprovisto de histrinionismo pero al mismo tiempo de los más retorcidos que le he visto hacer (la escena del velatorio es sublime, y la reacción del público en el cine tuvo que haber sido digna de verse).

Imagino que todos los que pasen por esta página conocerán de sobra el trabajo de Roger Corman y sobre todo su fase con Edgar Allan Poe, pero aquellos que todavía no lo hayan hecho harían bien en comenzar por esta película. Pocas veces se ha trasladado a la pantalla el pathos de Poe de una forma tan eficaz, y eso, viniendo de un director que provenía de los círculos explotativos, es decir mucho.

 

Reseña: Soy Leyenda (2007)

Los créditos de Soy Leyenda (2007) incluyen, en los basamentos de su guión, no sólo a la novela de Richard Matheson, sino también a John William Corrington y Joyce Hooper Corrington, la pareja de guionistas artífices de El último hombre vivo (1971). Esto ya es una seña inequívoca de por donde irán los tiros en la película, ya que si bien el argumento se distancia bastante de la cinta protagonizada por Charlton Heston, sí comparte con ella su afán de película de acción, elevado claro está a la máxima potencia para convertirlo en el blockbuster que, finalmente, ha terminado por arrasar estas navidades. Recordemos que este proyecto en particular lleva gestándose más de una década, y finalmente nos hemos quedado sin aquella prometida versión de Ridley Scott protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Por fortuna, el director Francis Lawrence ha logrado ofrecer un espectáculo digno alrededor de la condición de estrella de Will Smith, y aunque Soy Leyenda dista mucho de ser la adaptación de Matheson que tanto hemos esperado, tiene suficientes aciertos para merecer un visionado.

La historia es ya conocida por todos a estas alturas: Robert Neville, un científico militar, es el último hombre que queda en la devastada y solitaria ciudad de Nueva York (un cambio geográfico de esta historia que hasta la fecha siempre se había desarrollado en Los Ángeles). Durante el día ronda por las calles en busca de provisiones y durante la noche se atrinchera en su casa para resistir los embites de las hordas de vampiros/mutantes que habitan las ruinas de la ciudad. Los vampiros son el resultado de una mutación causada por una cura viral contra el cáncer que ha terminado por volverse contra sus creadores y arruinado a la raza humana. Neville, sin embargo, sigue buscando una vacuna al mismo tiempo que lucha por sobrevivir en la ciudad que se negó a abandonar.

Esta ciudad es, con toda seguridad, el mayor acierto de Soy Leyenda; aparte de la ya comprobada realidad de que una urbe vacía es algo que impacta en todo contexto, el Nueva York desolado de esta versión es quizá el más impresionante que se ha visto jamás en el cine, y una prueba del verdadero alcance de esta versión. Las tomas de la ciudad solitaria (que, en un inusual acierto para nuestra época, están desprovistas de toda música) son tan apabullantes que no puedo ni imaginar cómo debe haber sido ver esta película en su versión de IMAX, la cual por desgracia no tendremos de este lado del charco. Toda la primera mitad de la película se va en la recreación de esta atmósfera de soledad en la que sólo vemos a Neville y a Sam, su perra pastor alemán y único acompañante. Lo curioso es no sólo que Will Smith logra hacer un Neville convincente (muy a pesar de aquellos que se quejaban de que el protagonista fuera, a diferencia de lo que ocurre en la novela, de raza negra, una opinión sobre la cual no sé que pensar), sino que también el perro es un gran personaje cuya interacción con el prota proporciona el drama más efectivo de la película. La relación entre los dos es perfectamente creíble, y durante toda esta primera hora el público logra una conexión real con Neville, muy a pesar de los flashbacks que explican el origen de la plaga y los cuales, para mí al menos, no eran necesarios, a excepción, quizás, de la secuencia del escape de Manhattan, una escena que parece calcada de la reciente versión de Spielberg de La guerra de los mundos (2005).

Pero a pesar de toda su espectacularidad, Soy Leyenda fracasa en el apartado más importante: los vampiros a los que se enfrenta Neville. Si bien la primera vez que los vemos logran crear una de las secuencias más logradas y tensas de todo el metraje, una vez muerta la sorpresa resultan técnicamente decepcionantes, criaturas realizadas digitalmente y que parecen salidas de cierta película de momias dirigida por Stephen Sommers. Pero lo peor de todo es que, inexplicablemente, han decidido mostrarlos como simples monstruos completamente desprovistos de humanidad, con lo que directamente se han cargado el centro temático de la novela de Matheson a un nivel que ninguna de las otras dos versiones había alcanzado. Para colmo, el final de la película desprende un giro pseudo-religioso completamente fuera de lugar y que en cierta manera termina alterando incluso el sentido del título de la novela (algo que no puedo explicar sin spoilers).

Traiciones literarias aparte, lo que nos queda es una muy buena película de acción con una primera mitad bastante recomendable. Imprescindible verla en un cine para apreciar su espectacularidad y mantener las esperanzas de que una futura adaptación de la novela que colme nuestras espectativas.

 

Reseña: El último hombre vivo (1971)

El último hombre vivo (1971), o The Omega Man, como se le conoce en su idioma original, fue el segundo intento de llevar a la pantalla la novela Soy Leyenda, y una vez más se optó por tomar grandes libertades con respecto a la obra original. Lo curioso es que, a pesar de sus evidentes fallos y de su condición de caspa setentera, esta es la versión que ha terminado por calar más profundo en el imaginario colectivo (lo evidencia el hecho de que es esta película, y no aquella con Vincent Price, la que han parodiado en Los Simpson), algo que quizás se deba a sus aspiraciones de película de acción o a la presencia de Charlton Heston en el papel principal.

Las primeras diferencias vienen en cuanto al personaje protagonista; lejos ha quedado aquel Robert Morgan vulnerable que interpretara Vincent Price. En esta película ha sido sustituido por un Charlton Heston en el novamás de ese héroe cínico y aguerrido que tan buenos dividendos le dió. De hecho, esta película, junto con El planeta de los simios (1968) y Cuando el destino nos alcance (1973) forman una trilogía apocalíptica en la que el antiguo presidente de la Asociación Nacional del Rifle (y, no olvidemos, del Hair Club for Men) hace gala de la chulería heróica que tanto asociamos a su persona. De hecho, la primera escena de la película ya nos lo muestra con gafas de sol y conduciendo un deportivo de lujo a través de una ciudad desierta, disparando con su rifle de asalto a todo lo que se mueve. El otrora falible y frágil hombre de ciencia da paso a una historia cargada de testosterona y protagonizada por un recluso reaccionario.

Los cambios del personaje se justifican de cierta forma al revelar esta versión el pasado militar del protagonista. Asimismo, el subtexto de la Guerra Fría se deja intuir en las causad del Apocalipsis del mundo de Robert, destruido tras una guerra bacteriológica que causó la aparición de un virus mortal con desastres a nivel planetario. Ahora el protagonista, tras abandonar toda esperanza de hallar una cura, se pasa los días buscando a los supervivientes infectados, que han armado una colonia de condenados que le hacen la vida imposible todas las noches, montando un estado de sitio en su casa/fortaleza con la esperanza de hacerle pagar sus tropelías.

Son precisamente estos infectados el principal punto de diferencia con la novela original. Más humanos que los de cualquier otra versión, la imagen de los villanos de piel blanca, gafas de sol y hábitos monacales puede llegar a hacerse un tanto risible, ya que en ningún momento parecen algo más que albinos de actitud agresiva. Además, ciertos pasajes de la película pueden resultar bastante casposos hoy en día (algo bastante común en aquellas cintas muy representativas de una época específica), sobre todo la banda sonora de las escenas de acción, que parece más apropiada para una blaxploitation que para una historia apocalíptica seria.

Pero la verdad, si se logra pasar por alto su algo caduca estética, se trata de una película bastante disfrutable, entre otras cosas porque Charlton Heston hace el que probablemente sea el mejor Neville que he visto hasta la fecha (al menos el que mejor calza con la idea que yo tenía de él tras ver el libro). El factor discursivo de la historia se pierde un poco en medio de la trama de acción, y el tono oscuro que impregnaba la versión del 64 brilla por su ausencia. Al igual que en aquella, volvemos a tener un clímax con marcadas connotaciones cristianas (aún más evidentes en esta película), pero sin ese marcado pesimismo con el que cerraba la versión de Vincent Price.

Lejos de ser una película perfecta, El último hombre vivo funciona como divertimento de acción y como vehículo de lucimiento de Charlton Heston. Asimismo, para bien o para mal, es una película icónica dentro del fantástico de las últimas décadas, y sólo por eso vale la pena. La nueva versión, estrenada este mismo año, sigue el camino trazado por esta cinta en más de un detalle, pero eso es algo sobre lo que tendremos que hablar otro día.

 

Reseña: El último hombre sobre la Tierra (1964)

Ahora que una nueva adaptación acaba de llegar a las carteleras, es bueno hacer un repaso a lo que fue la primera versión cinematográfica de la novela de Richard Matheson, Soy Leyenda, una película que ostentaba el explotativo título de El último hombre sobre la Tierra (1964). Independientemente de sus virtudes cinematográficas, esta producción italo-americana es importante no sólo como primera adaptación de una de las novelas de horror más importantes del siglo veinte, sino como precursora de gran parte del fantástico posterior. El tiempo se ha encargado de maltratar su memoria en gran medida, pero el reciente éxito de taquilla de su nueva versión puede repercutir positivamente en el ánimo cinéfilo de rescatarla y reinvindicarla.

A pesar del cambio de título, esta versión de Soy leyenda es quizás la más fiel al material original. De hecho, los primeros planos ya nos muestran el día a día de Robert Morgan, el último sobreviviente de una misteriosa plaga que ha acabado con la raza humana. Solitario habitante de una ciudad desolada, Morgan recorre durante el día las calles vacías buscando provisiones y arrojando cadáveres a la fosa común como si se tratase de sacar la basura. De noche, sin embargo, debe atrincherarse en su morada para resistir el ataque de una raza de vampiros, producto de la mutación del virus sobre los humanos. Esta es la premisa para una gran novela y para una película que ya se ha hecho tres veces.

La cinta tiene sus defectos, principalmente a nivel técnico. Aparte de errores de iluminación y gazapos ocasionales (que evidencian, entre otras cosas, que esa ciudad no está realmente desierta), ciertas escogencias no convencen, como por ejemplo la de Vincent Price en el papel principal. A pesar de ser un magnífico actor, Price no se ve cómodo en el personaje (bastante diferente, por cierto, de los que solía interpretar) y se nota que está allí principalmente como reclamo taquillero. El que durante gran parte del metraje sea el único personaje que vemos no hace sino resaltar este hecho.

Pero más allá de sus limitaciones como película, El último hombre sobre la Tierra es importante como pieza ejemplar de la historia del género, desde la visión de ese mundo que no es más que el cadáver de la civilización humana (algo evidente y que muchos cineastas de hoy ya saben: la visión de una ciudad desierta acojona siempre) y, sobre todo, de esos vampiros, cuyo ataque a la casa de Morgan es sin duda alguna la mayor fuente de inspiración de la que bebería George Romero en La noche de los muertos vivientes (1968).

Arriba decíamos que esta es la versión de Soy Leyenda que más se parece a la novela original, y es así, no sólo anecdóticamente, sino también en el hecho de que es la única de las tres versiones que resalta el subtexto mediante el cual Morgan se convierte en una leyenda para los monstruos que está despachando. Dicha revelación es narrada, cierto, pero se agradece su presencia. Lástima, sin embargo, que la película tome al final un giro totalmente distinto.

Porque el final es, sin duda, el punto en el que la cinta se distancia de la novela de Matheson. No voy a revelarlo aquí, pero digamos solamente que aquello que en Matheson es una explicación sobre el miedo como fuerza motriz de la sociedad humana, en la película se convierte en un alegato de pesismismo político en la que los infectados (o al menos algunos de ellos) adquieren un aura fascista muy difícil de pasar por alto (atención a esas camisas negras y recordad la historia de Italia, donde se rodó la película). El personaje de Robert Morgan adquiere durante este climax cierto aire mesiánico que aún así no deja de lado el final existencialista que tanto marcaría el género fantástico-apocalíptico de la década (de nuevo, George Romero). Es un final diferente al de la novela de Matheson, sin duda, pero al menos coherente con lo que va mostrando la historia, que no es poco decir.

 

Míticos: Richard Matheson (1926 – )

En 1954, el escritor norteamericano Richard Matheson publicó su novela Soy leyenda, que en apariencia era otra novela pulp de terror poblada de vampiros, mutantes y situaciones escabrosas. La historia trataba del único superviviente de una guerra que había dejado la Tierra desolada y a merced de una raza de criaturas de la noche que eran los nuevos dueños del planeta. De día, nuestro protagonista recorre las ruinas de la civilización para dar muerte a las criaturas mientras estas duermen en sus escondrijos. De noche, es él quien debe atrincherarse en su refugio mientras las hordas de no-muertos buscan acabar con su vida. Creo que ni siquiera el propio Matheson sabía aquello a lo que se enfrentaba, porque da la casualidad que con su trama y sus arquetipos narrativos, Soy leyenda es quizás una de las novelas más influyentes en toda la historia del cine de terror, superada (en mi opinión) únicamente por Drácula, la inmortal obra de Bram Stoker.
Asimismo, Matheson es sin duda uno de los autores clave para el cine de miedo. Este escritor, nacido el 20 de febrero de 1926 en Nueva Jersey (Estados Unidos), es una de las primeras grandes lumbreras de la era de la televisión, ya que fue precisamente la “caja tonta” la que le dio a conocer, gracias a sus numerosas colaboraciones como guionista para series de culto. Eso sí, de tonta su obra no tiene nada, ya que el nombre de Richard Matheson empezó a verse en los créditos de seriales que todavía hoy son atesorados por sus fanáticos, como es el caso de Have Gun, Will Travel (1958-1961), The Lawman (1958-1962) o incluso Thriller (1960-1962), la efímeria serie de terror presentada por Boris Karloff. También firmaría algunos episodios de otras series como The Alfred Hitchcock Hour (1962-1965) o la primera encarnación de Star Trek (1966-1969). Sin embargo, todos sabemos que lo que realmente le transformó en un ídolo televisivo fueron los dieciséis episodios que escribió para la mítica serie The Twilight Zone (1959-1964), auténtico ejemplo de lo que es televisión de culto. Tanto es así, que si se pregunta a cualquier fanático de dicha serie cuáles son sus capítulos preferidos, lo más probable es que varios hayan salido de la mente de este escritor. Incluso, de los cuatro segmentos en que se divide la famosa película de 1983, tres son de Matheson, con lo que dicha preferencia estaría más que justificada.

Pero aquí hablamos de cine, y en la gran pantalla el hombre no se queda atrás. Las adaptaciones de la obra de Matheson son innumerables, hasta el punto de que muchos sin duda habremos visto más de una aún sin conocer la obra original. Clásicos de la ciencia-ficción como El increíble hombre menguante (1957) son conocidos por todos, pero también están obras de terror como The Legend of Hell House (1973) o la eficiente Stir of Echoes (1999), incluso películas fantásticas de corte romántico como Somewhere in Time (1980) o What Dreams May Come (1998). En cuanto a la novela que le lanzó a la fama, Soy Leyenda, esta ya ha sido adaptada en dos ocasiones: la primera con el nombre El último hombre sobre la Tierra (1964), con Vicent Price en el papel principal, y la segunda bajo el título The Omega Man (1971), con un Charlton Heston haciendo de impagable héroe de acción. Durante mucho tiempo se habló de la posibilidad de hacer una tercera adaptación con Arnold Schwarznegger a la cabeza del reparto, pero dicho proyecto (por desgracia) nunca llegó a realizarse. Este año nos llegará una nueva versión con Will Smith, y por primera vez llevará el nombre original de la novela (1). De todas formas, la novela ha inspirado gran parte del cine de terror actual. George Romero no ha tenido problemas en confesar, por ejemplo, que dicho libro fue la principal fuente de inspiración de La noche de los muertos vivientes (1968), por lo que no es exagerado decir que con Matheson nace uno de los arquetipos narrativos básicos del cine de terror moderno: ese estado de sitio declarado entre el hombre y su reverso tenebroso.
También es necesario dar una repasada a los guiones que Matheson elaborara. Entre los primeros de importancia habría que mencionar las dos “Poe Movies” que dirigió el gran Roger Corman: La caída de la casa de Usher (1960) y El pozo y el péndulo (1961), así como The Devil Rides Out (1968), la cinta de Terence Fisher que muchos críticos consideran lo mejor de la Hammer Films. Y claro está: muchos reconocerán en la foto que encabeza estas líneas la figura del terrible camión protagonista de la primera película de Steven Spielberg, Duel (1971), que Matheson escribió basada en su propio cuento corto. Tras este éxito vendrían otros telefilmes de género como The Night Stalker (1972) y el clásico Trilogy of Terror (1975), del cual se realizaría una secuela en 1996.
Pero a pesar de su éxito cinematográfico, el prolífico Matheson no abandonó la tele, y para probarlo está su trabajo en series como Amazing Stories (1985-1987) o The Outer Limits (1995-2002). En la actualidad, a pesar de estar semi-retirado, su obra sigue siendo adaptada, ya que su hijo, el también guionista Richard Christian Matheson, versionó un relato suyo para Dance of the Dead (2005), de Tobe Hooper. Son varias las películas que se nos vienen encima que adaptan la obra de este escritor, quien es, para mí, uno de los tres nombres más influyentes de la literatura de terror del siglo XX (2). Este escueto texto en un escueto blog no puede hacerle justicia, pero por fortuna, la lectura de su obra sí, y eso es en definitiva lo que importa.

(1) Vale, esto no es del todo cierto. Por medio de la IMDB me entero de que existe una versión cinematográfica de Soy Leyenda estrenada en 1967, ¡y española! Sin embargo, como no tengo información sobre ella, he optado por la vía fácil de obviarla.
(2) ¿Los otros dos? Muy sencillo: H.P. Lovecraft y Stephen King. Pero repito: esto es algo muy personal.

Reseña: The Twilight Zone (1983)

Probablemente no hay nadie en el mundo que no conozco al menos de referencia una de las series de televisión más importantes de la historia: The Twilight Zone, la obra de Rod Serling que revolucionó el tubo catódico durante los años sesenta con su mezcla de terror y ciencia-ficción, y cuyo principal atractivo estaba en sus ambiciosas historias, fruto de la imaginación de grandes guionistas, entre ellos el clásico Richard Matheson. Cuando a principios de los años ochenta se pensó en resucitar la serie (conocida como La dimensión desconocida en Latinoamérica y Los límites de la realidad en España), la idea de hacer una película a manera de introducción para las nuevas generaciones era el paso lógico a dar. La cinta constaría de cuatro segmentos dirigidos cada uno por un joven y exitoso director. El resultado, Twilight Zone: the Movie (1983), es una de las cintas “de antología” más famosas hasta la fecha.

John Landis, quien hacía poco se había endilgado un éxito colosal en Un hombre-lobo americano en Londres (1981), dirige tanto el prólogo como el primer episodio. El prólogo (una breve jugarreta de carretera con Dan Aykroyd entre los protagonistas) resume de una forma absolutamente genial el viejo espíritu de The Twlight Zone. Por desgracia, su segmento no corre con la misma suerte: la historia de un hombre racista que por causas desconocidas es transportado a diferentes períodos históricos, donde se ve transmutado en diferentes minorías raciales, no resulta especialmente buena. Aparte de la evidente moralina (que esconde dentro de todo una lección desmesurada), algo curioso es que este segmento es el único de los cuatro que no está inspirado en ningún episodio específico de la serie. La pieza es también tristemente famosa por el accidente de helicóptero que le costó la vida a su protagonista, el actor Vic Morrow, y a dos niños actores. El resultado: John Landis casi vio acabada su carrera, y aunque el posterior juicio penal le declaró inocente de los cargos de homicidio por imprudencia, la opinión pública ya no le vio de la misma manera.

El segundo segmento corrió a cargo de Steven Spielberg, quien para ese momento se encontraba en el Olimpo hollywoodense gracias a sus mega-éxitos de taquilla, específicamente con E.T. (1982), que para ese momento se consideraba la película más taquillera de la historia. Lamentablemente, con su capítulo se perdió una gran oportunidad, ya que Steven quería dirigir una adaptación de The Monsters are Due on Maple Street, historia wellsiana de unos niños de suburbio que corren el rumor de que el súbito apagón de su barrio se debe a una invasión extraterrestre, causando así el pánico y la histeria general. Pero los productores de la película pensaron que los relatos no podían ser todos de una naturaleza tan cruel, de manera que encargaron a Spielberg un episodio más “positivo”. El resultado fue una adaptación de Kick the Can, antiguo capítulo de Richard Matheson acerca de una residencia de ancianos en la que un nuevo y misterioso inquilino consigue devolver la juventud (tanto física como espiritual) a los residentes gracias a un conocido juego de niños. El capítulo (con Richard Matheson repitiendo como guionista) se aparta completamente del tono sombrío de la serie para ofrecer una historia edulcorada de esas que Spielberg saca bajo la manga en ocasiones. Sin embargo, es justo decir que no resulta del todo despreciable.

El tercer segmento, It’s a Good Life, es sin duda mucho mejor. Dirigido por Joe Dante, es la historia de una maestra de escuela que descubre que la supuesta “familia” de un niño es en realidad un grupo de prisioneros acorralados por el crío en cuestión, cuyos poderes paranormales son capaces de alterar la realidad a su voluntad. El capítulo, toda una joya surrealista con fuertes alusiones al inocente pero cruel mundo infantil, calza perfectamente en la estética de Joe Dante, cuyo amor por los dibujos de la Warner es más que evidente. Pero al mismo tiempo, la tensión que impregna todo el encuentro con la familia es magnífica, y terrible resulta la descarga de ira del pequeño con los miembros de su cautiva parentela, especialmente su supuesta hermana.

El cuarto y último segmento, sin duda alguna el mejor de todos, se llama Nightmare at 20,000 feet, y es una adaptación de uno de los capítulos más conocidos de la serie. Este segmento, dirigido por George Miller (creador de la saga de Mad Max) vale por sí solo toda la película, no sólo por la increíble tensión creada, sino por su entorno minimalista y sin tregua concentrado en un único espacio: la cabina de pasajeros de un avión comercial en medio de una tormenta, donde un pasajero con un terrible miedo de volar (un John Littgow en estado de gracia) mira por la ventana y ve un horrible monstruo en el ala del artefacto, destrozando uno de los motores. La lucha de este hombre por lograr que la tripulación le crea y logre detener a tiempo a la criatura es ya todo un clásico del horror, tanto que esta adaptación se ha hecho incluso más famosa que aquella de la serie original, protagonizada en su momento por William Shatner (muchos años después los dos actores harían una gran parodia en forma de uno de los chistes más deliciosamente “geeks” de la serie 3rd rock from the Sun). No es de extrañar que este episodio sea el más conocido de la película, y el que peor rollo logra transmitir.

La nueva versión ochentera de The Twilight Zone terminó siendo una de las mejores series de su década. Soy de la opinión de que los años han pasado por ella bastante bien, y que hoy en día continúa siendo uno de los más claros referentes en cuanto a ese extraño sub-género de las “películas de antología”.