Reseña: Pesadilla en Elm Street (2010)

La nueva Pesadilla en Elm Street (2010) es probablemente uno de los remakes de terror en los que menos esperanzas tenía. Sus responsables se hallaban ante el “reto” que supone hacer una versión de una de las cintas de terror más icónicas y reconocibles de los ochenta (o de cualquier década, a decir verdad), y cuyo protagonista estaba asociado irremediablemente a la imagen de un actor específico. Además, aparte de ser este el quinto remake de un clásico realizado por la Platinum Dunes, en esta ocasión la ventana de tiempo con la que trabajaban era muy breve; apenas veintiséis años separan a esta película del original de Wes Craven, el cual todavía se mantiene vigente después de todo este tiempo. El resultado es una cinta que lucha entre su propósito de hacer algo nuevo con Freddy Krueger y la supuesta necesidad de complacer también a los seguidores de la saga al hacerla fácilmente reconocible a aquellos que ya han seguido todas las andanzas del personaje en esta su novena aparición. Es esta diatriba lo que al final termina perjudicándola un poco.

Una de las peores sensaciones que me había dejado el avance y material publicitario de esta nueva Pesadilla en Elm Street era la aparente imposibilidad por parte de sus responsables de alejarse del camino seguro ya trazado por Craven hace más de dos décadas. El argumento varía muy poco, y la premisa del asesino con dedos de cuchillos que acosa en sueños a los hijos de aquellos que le quemaron vivo años atrás se repite nuevamente. En ese sentido es exactamente igual y mantiene la premisa que caracterizó a Freddy durante tantos años. Hay una diferencia narrativa, sin embargo, que separa a este remake del resto de los slasher films y que reside en su carácter episódico: no hay realmente un protagonista en el sentido clásico de la palabra, ya que la película va siguiendo el punto de vista de cada una de las víctimas de forma consecutiva hasta que muere, cambiando entonces el enfoque de la trama a otro de los jóvenes de Springwood. No hay grandes sorpresas en cuanto al destino de estos chicos y sus equivalentes de la original, pero se agradece este pequeño cambio. Hay también al menos una voluntad por parte de sus responsables de volver a hacer de esta una película de miedo, lo cual es loable tras una saga que en sus últimas encarnaciones era más dada a la autoparodia.

Pero a más allá de semejanzas argumentales y la ya muy predecible estética cuidadamente sucia que caracteriza a estas nuevas versiones, el verdadero desafío está en la figura de Freddy Krueger, quien es por primera vez interpretado por otro actor. A decir verdad, Jackie Earl Hailey no hace un mal trabajo. Su Freddy, a pesar de que es visualmente muy parecido (tal vez demasiado) al original, sabe aprovechar muy bien el nuevo ángulo que este remake da al personaje, y es que en esta ocasión la película hace explícito aquello que en la saga original sólo se intuía: que Freddy es un pedófilo. Esta idea por desgracia no es suficiente para quitarnos la sensación de que este Krueger no es tan amenazante como el original, algo a lo que se suma el físico más pequeño y menos imponente de Hailey, cuyo personaje queda en clara evidencia en una secuencia onírica convenientemente convertida en flashback en la que Freddy es ajusticiado por los padres de Springwood y en la que el villano se muestra como un ser profundamente débil y patético que termina siendo incluso una figura algo trágica. Es entonces cuando viene el problema porque se hace muy difícil creer que ese Krueger se convirtió en el monstruo que mata a los chicos en sus sueños, e incluso detalles icónicos como la estética del personaje (guante de garras incluído) pasan a ser irrelevantes y su presencia una pobre concesión al fan.

Esto sería un mal menor si no fuera porque revela la que probablemente sea la mayor carencia de la nueva Pesadilla en Elm Street: haber dejado a un lado aquello que realmente hacía único a Freddy. Porque el personaje creado por Wes Craven es más que simplemente un fantasma que mata en los sueños. Aquellos que hayáis visto la original recordaréis sin duda que una de las cosas más inquietantes de Krueger era que comenzaba de forma anónima y sutil como una voz en las sombras e iba cobrando corporeidad a medida que los demás creían en él. Es ese carácter de leyenda que cobra vida y existencia real a partir del Miedo lo que hace interesante al personaje, y algo que ni siquiera sus secuelas más cutres olvidaron. Aquí ese concepto está prácticamente ausente puesto que los únicos que conocen la “leyenda” de Freddy están del otro lado de la pantalla, y es esta autocomplacencia la que al final termina pasando factura a una cinta que para colmo está salpicada aquí y allá de una ocasional pobreza técnica en el lado digital (la imagen de Freddy dentro de las paredes es un efecto que está mucho mejor hecho en The Frighteners (1996), una película de hace catorce años) y sustos baratos como una escena que es un evidente plagio de Kairo (2001). Todo esto junto deja muy claro que este es un remake hecho con plena conciencia de un público que va simplemente a visitar de nuevo a un viejo monstruo visto a través de un prisma glamuroso y elaborado que, aunque pasable, es francamente innecesario.

 

Reseña: Freddy vs Jason (2003)

Desde que fuera por primera vez anunciada en 1988, Freddy vs Jason (2003) fue uno de los crossover más esperados del cine de terror gracias a la promesa de reunir a dos de los más versátiles asesinos de la década de los ochenta, cuyo enfrentamiento ya estaba asegurado gracias a la imagen final de Jason Goes to Hell (1993). Finalmente, tras numerosos retrasos y reinvenciones, y después de literalmente decenas de escenarios y posibilidades distintas, fue el director hongkonés Ronny Yu, artífice de esa gran comedia de terror llamada La novia de Chucky (1998), quien se encargaría de llevar a cabo el festival de mamporros entre Freddy y Jason. El resultado, sin embargo, me parece un tanto desigual, algo entre otras cosas predecible desde el momento en que el propio Yu confesó no haber sido nunca un devoto de Viernes 13 (1980) o Pesadilla en Elm Street (1984), y de hecho, nunca había visto ninguna película de dichas sagas.

El argumento es bastante sencillo: en una larga introducción narrada, Freddy nos comenta que está atrapado en el infierno simplemente porque sus víctimas ya no le recuerdan y nadie cree en él, así que decide liberar a Jason Voorhees en Springwood para que desate una masacre entre los adolescentes y así reavivar su leyenda, sin sospechar que luego no será tan fácil deshacerse de su nuevo aliado. De entrada la historia es tremendamente simplona (recuerdo haber leído especulaciones de fans en cuanto al argumento mucho más interesantes) y pasa de aclarar muchas cosas (¿por qué Freddy puede sacar a alguien del infierno pero no puede salir él?), así que es mejor seguir con el asunto y no hacer demasiadas preguntas, ya que después de todo, dudo mucho que el planteamiento de la película pueda ser tomado muy en serio.

Mis recelos tienen otros motivos: uno de mis problemas con la cinta es que, a final de cuentas, el argumento va realmente sobre Freddy y los chicos de la calle Elm. A pesar de ser quien se carga a la mayoría de las víctimas, hay momentos en los que literalmente te olvidas de que Jason está en la película. Otra cosa con la que tengo algunos inconvenientes (y esto independientemente de la ausencia de Kane Hodder) es la visión que tiene Ronny Yu del gigante de la máscara de hockey: el Jason de esta película es bastante distinto al engendro despiadado de la saga de Viernes 13 y se asemeja más al monstruo de Frankenstein, en el sentido de que se nota que Yu espera y desea que el público sienta pena por él. Esto, sumido a momentos de humor bastante forzados (a estas alturas del calendario, los típicos chistes sobre el uso de la marihuana resultan zafios y predecibles), delata a la película como una de las entradas más tontas de ambas sagas (lo que no es poca cosa). Cualquier escena en la que aparecen los protagonistas “humanos” es terrible, no hay nada atractivo en ninguno de estos personajes. La protagonista Monica Keena se pasa toda la película hablando a voz de grito, y el personaje de Kelly Rowland (una de las antiguas integrantes del grupo Destiny’s Child) es tan molesto y cargante que no haces sino rezar por su pronta muerte. Y por mucho Jason y Freddy que haya, si ninguno de los chicos protagonistas pinta nada, al final es bien poco lo que se puede sacar de la película.

Por fortuna hay una cosa que casi redime todo el desastre, y es la batalla final entre Jason y Freddy, que ocupa gran parte de la última media hora de la cinta y es a todas luces el punto donde mejor se nota el buen oficio de Ronny Yu. El guión intenta justificar el antagonismo de los dos personajes a través de un curioso juego de contrarios (realidad/sueño, agua/fuego) que en ocasiones chirría un poco y delata cierto desconocimiento del material (cualquier fanático de Viernes 13 sabe que Jason realmente no murió ahogado), pero es algo que fácilmente se puede perdonar al ver como estos dos gigantes del cine de terror literalmente se arrancan la carne en una secuencia acrobática poco menos que genial. Es aquí también donde notamos otro de los elementos que diferencian a esta película de cualquier otra parte de la saga, y es que Ronny Yu asume la lucha entre Freddy y Jason como el enfrentamiento entre dos super-héroes de cómic, y aunque reconozco que no es el acercamiento que me hubiese gustado, en general está logrado de forma muy eficiente y conforma una secuencia que vale la pena.

Al final, sin embargo, dicha pelea no es suficiente para terminar de elevar a Freddy vs Jason. Quizás los quince años que separan el estreno de esta película de su concepción inicial hayan dañado sus auténticas posibilidades, pero ciertamente no es lo que esperaba. Pienso que con ella se perdió la oportunidad de hacer una película que nos remitiera al primer Jason y al primer Freddy, y no a sus banalizaciones cómicas. A pesar de que la pelea final cumple a la perfección con lo que se esperaba de ella, me parece que la historia acerca del por qué dicha lucha se lleva a cabo se la podrían haber currado un poco más. Esta película, en últimas instancias, pasará a la historia como la contenedora de una gran secuencia sumergida en una trama bastante insulsa y banal, incluso para los estándares de dos de las sagas más prolíficas del terror de los ochenta. Con todo y eso, en el momento de su estreno resultó todo un éxito taquillero, tanto que incluso se habló de la posibilidad de una segunda parte. Sin embargo, ahora que tanto Viernes 13 como Pesadilla en Elm Street han tenido sus respectivos remakes, dicha posibilidad se ha esfumado por completo.

 

Reseña: La nueva pesadilla (1994)

En los quince años que la separan de su fecha de estreno, La nueva pesadilla (1994) ha conseguido superar su fracaso inicial y ganarse su merecido puesto incluso entre el público más crítico de la saga de Freddy Krueger. A pesar de no ser ninguna obra maestra, es una muy digna coda final a las cintas de Pesadilla en Elm Street (especialmente después de la abominable sexta entrega) y devuelve al personaje de Freddy al menos una pizca de su dignidad perdida. Esto sin duda alguna se lo debemos a Wes Craven, quien supo crear con esta película un merecido homenaje a su criatura y, al mismo tiempo, evitar la tentación de hacer una secuela más. Porque eso es algo que hay que dejar claro: La nueva pesadilla no es realmente una película de Freddy, sino una película acerca de las películas de Freddy.

En un ejercicio de horror auto-referencial muy bien hecho, y rompiendo argumentalmente con la saga en su totalidad, la cinta nos coloca esta vez en el mundo real, pero un mundo real en el que las películas de Pesadilla en Elm Street existen. Resulta que Freddy no es más que la última reencarnación de una entidad maligna milenaria, la cual ha sido “atrapada” en el mundo de la ficción gracias a la primera película. Este argumento gira en torno al personaje de la actriz Heather Langenkamp, la protagonista de Pesadilla en Elm Street (1984) y que aquí se interpreta a sí misma, al igual que varios de los responsables de la saga entera que hacen también aparición, como Robert Englund, John Saxon, Tuesday Knight o el propio Wes Craven, quien obtiene su particular venganza cuando comenta a la protagonista (y a nosotros) que la risible banalización de las secuelas de Freddy es la responsable de su liberación. A lo largo de la cinta encontramos también muchas referencias a la película original, así que los detectores de guiños intertextuales se lo pasarán sin duda muy bien al mismo tiempo que descubren lo que en realidad nos está diciendo Craven: la primera Pesadilla… es un peliculón y las demás una mierda.

Asimismo, otra razón por la cual no considero esta película una secuela es por los tremendos cambios que Wes Craven ha introducido, unos que habrían sido imperdonables en cualquier otro director: para empezar, esta vez la trama gira en torno a personajes adultos, lo que rompe con el tono adolescente de la saga para introducir una trama familiar que por desgracia cae otra vez en el ya cansino argumento del “niño en peligro”. Craven también ha cambiado radicalmente la apariencia de Freddy Krueger despojándolo de sus colores brillantes para darle una presencia más oscura y tétrica si cabe, con las cuchillas saliendo directamente de su mano descarnada. El cambio funciona porque realmente sientes que este Freddy es distinto al de las anteriores películas a pesar de ser nuevamente interpretado por Robert Englund, quien consigue unos momentos geniales (la escena en la que sale del armario como si fuera el Coco es muy buena y coherente con el discurso que Craven esgrime en la cinta).

Acercarse a esta historia con una mente abierta es indispensable ya que no es una película de terror sino más bien una mirada al género de terror, realizada dos años antes de Scream (1996) y que sin embargo no tuvo una repercusión similar. Si algo nos muestra Craven en esta película es que el género de horror no se basa únicamente en la respuesta emocional del miedo sino también en la correcta utilización de un imaginario cultural que es tan antiguo como el hombre, y que la insensata repetición de estos arquetipos corre el riesgo de banalizarlos y hacerlos patéticos, despojándolos de su significado inicial. Si algo consigue La nueva pesadilla es matar (esta vez definitivamente) la idea de Freddy Krueger y rescatar en cambio la del auténtico relato de miedo, y por eso es que esta es una película mucho más inteligente de lo que la mayoría le concede.

Pero todo esto es una lectura adicional a la película misma, a la cual no le faltan los problemas típicos de una producción ineficaz: la estética es plana y aburrida, y mucho me temo que esto no sea intencional (dada su ambientación “realista”) sino simple pereza, porque dicha cotidianidad no dice nada. Ya hemos mencionado arriba la trama del niño en peligro que resta varios enteros a la historia por la forma tan barata y convencional con la que está construida, pero es que además el crío que interpreta al niño es insoportable, sobre todo cuando intenta dar miedo. De hecho, a nivel de interpretaciones la más destacable es la de la propia Heather Langenkamp, que se convierte aquí en una estrella prematuramente olvidada y que hace un trabajo fenomenal, algo mucho más meritorio si tenemos en cuenta que lleva encima prácticamente todo el peso de la película. La diferencia de su actuación entre esta cinta y la de la tercera parte es nada menos que abismal, por lo que esos siete años parecen haberle sentado muy bien como actriz.

Al final, La nueva pesadilla es una película bastante aceptable. Como decíamos, está muy lejos de ser una obra maestra, pero es sin duda una de las entregas más interesantes de la saga de Freddy Krueger y también una de las mejores, sin duda superada por la tercera y (sobre todo) la primera, pero muy por encima de todas las demás. A pesar de que Wes Craven tiene trabajos mejores, este sigue siendo destacable al menos por intentar hacer algo nuevo, cosa que vale la pena tener en mente ahora que tenemos el remake de la original en ciernes.

Reseña: Pesadilla final: La muerte de Freddy (1991)

Debido a mi edad, Pesadilla final: La muerte de Freddy (1991) fue la primera película de la saga de Pesadilla en Elm Street que pude ver en una sala de cine, y recuerdo que en su día fue una posibilidad emocionante; no sólo era ya para entonces un fan irredento de la saga, sino que además el anuncio de que esta sería la última cinta de Freddy Krueger era más que suficiente para arrastrarme a verla, aparte de todo lo que se había publicitado el lanzamiento de la película en 3-D. De aquello sólo queda la mera anécdota, porque no nos engañemos: esta sexta entrega es con toda seguridad la peor de la saga, una que no sólo mató a Freddy a nivel de anécdota sino incluso ya como franquicia de terror. Prácticamente todos los problemas que venían arrastrando las secuelas anteriores se notan aquí exacerbados, apilándose todos en un desplome final que conforma una de las secuelas más tristes que se han hecho.

Gran parte del problema comienza cuando la película, en una jugada dramática inexplicable, rompe prácticamente toda continuidad con las secuelas anteriores y nos sitúa diez años después de la quinta parte, informándonos que Freddy Krueger de alguna forma triunfó sobre sus rivales y logró cargarse finalmente a los jóvenes de Springwood, convirtiendo la localidad en un pueblo fantasma. Mediante sus poderes logra exiliar al último joven superviviente de la masacre para que salga al mundo exterior y le traiga nuevas víctimas para comenzar un nuevo reinado de miedo en otro sitio. El chico en cuestión llega entonces a un centro para jóvenes problemáticos, con un muy conveniente caso de amnesia y dispuesto a arrastrar a otros a la búsqueda de sus orígenes. Semejante argumento no sólo desecha por completo toda la evolución argumental de la saga, sino que encima nos obliga a presenciar como otros personajes tienen que descubrir quién es Freddy Krueger, algo inconcebible si tenemos en cuenta que estamos ya en la sexta película.

A lo que definitivamente no renunciaron fue a la transmutación de Krueger en un payaso parlanchín, cuyo bajísimo body-count está plagado de chascarrillos que no sólo son muy predecibles dada la marcada naturaleza de cada una de las víctimas, sino que en muchas ocasiones resultan sonrojantes (la secuencia del videojuego es vergonzosa donde las haya), sin nada del marcado estilo surrealista de las películas anteriores, algo que puede tener su explicación en el tratamiento de bajo presupuesto que New Line dio a la cinta (si es que hasta el maquillaje de Freddy se ve mucho más pobre que en sus antecesoras).

Tras una trama insulsa que incluye una interesante pero demasiado breve visita al Springwood desierto (con inexplicables cameos de Tom Arnold y Roseanne Barr incluídos) y el descubrimiento de un descendiente de Freddy que resulta indispensable para el desenlace, entramos al clímax de la película, realizado, como ya mencionábamos arriba, en 3-D. El enfrentamiento entre la final girl y Freddy Krueger, al que se ha dotado de un componente demoníaco que intenta explicar de forma chapucera los poderes del asesino de la calle Elm, es sumamente pobre y muy poco digno de un personaje con esta trayectoria. Más que derrotarlo, al pobre Freddy parece que lo linchan sin que tenga la más mínima oportunidad. Encima el empleo de las tres dimensiones está poco aprovechado (tanto en tiempo de metraje como en recursos) y la cinta comete el error de intentar justificarlo metiendo las gafas de cartón en la película (!). Para el momento, sin embargo, poco interesa, tratándose sólo del colofón a una serie casi ininterrumpida de despropósitos.

Como curiosa nota final tengo que mencionar que para esta película se escribió en su momento un guión firmado nada menos que por Peter Jackson que sí enlazaba con todas las cintas anteriores, pero dicho argumento fue rechazado de un plumazo por la directora (y nueva guionista) Rachel Talalay, quien finalmente se encargó de matar a Freddy no sólo en el cine, sino también en el ánimo de todos aquellos que le habían seguido. Lamentable.

 

Reseña: Pesadilla en Elm Street 5 (1989)

Tras el ligero pero evidente bajón de calidad de la entrega anterior, Pesadilla en Elm Street 5 (1989) añade su contundente aporte a la destrucción del personaje de Freddy Krueger. Esta quinta parte, subtitulada The Dream Child, es a todas luces una de las peores y más flojas de la saga, enviando al garete gran parte del legado de Wes Craven y dándonos una película que, con todo y sus minoritarios aciertos, resulta considerablemente más pobre y menos entretenida que las anteriores.

Destaquemos primero lo bueno: esta quinta entrega da a la saga una estética gótica que, aunque diferente a lo que habíamos presenciado antes, funciona dentro de la mitología del personaje. Asimismo, tanto los guionistas como el director Stephen Hopkins (otro de esos archi-conocidos mercenarios de los ochenta y noventas) dosifican la exposición de Freddy y, hasta cierto punto, vuelven a hacer de él una figura oculta en el trasfondo de la historia, sin dar lugar a esas conversaciones que mantenía con la chica final de la cuarta película.

Precisamente esta joven, Alice, regresa en esta ocasión como protagonista, teñida de rubia y misteriosamente despojada de los poderes que había desarrollado en su anterior encuentro con Freddy. En cuanto al regreso de este, una vez más los guionistas han decidido no romperse mucho el coco, y esta vez nuestro hombre del saco favorito planea regresar al mundo de los vivos utilizando como vehículo el futuro niño que lleva dentro de sí la protagonista (aunque nunca queda claro si desea reencarnar en él o convertirlo en su primer “discípulo”). La premisa hasta cierto punto resulta interesante, y sobre todo con un enorme potencial para devolver la saga a sus facetas más oscuras, pero todo eso se queda en un producto final bastante desabrido que para colmo tiene el body count más bajo de toda la saga. Visualmente las muertes siguen siendo curiosas, pero su desarrollo tiende mucho más hacia la comedia que hacia el terror, a veces hasta puntos realmente sonrojantes (el inicio del ataque a un talentoso artista de cómics remite inevitablemente al vídeo de Take On Me) que empeoran con los cansinos one liners y disfraces de Robert Englund. Si era cierto que la saga ya cojeaba desde antes, esta película fue la que terminó de lisiarla por completo.

Pesadilla en Elm Street 5 también incluye una mirada un poco más prolongada en la historia previa de Freddy Krueger, con la inclusión de un personaje que ya era sugerido en la tercera entrega, pero que no aporta nada nuevo aparte de visualizar algo que ya se nos había narrado en dicha película. La sensación que transmite es que dicha línea argumental únicamente fue incluída para que los guionistas tuvieran una forma de matar a Freddy al final. Para colmo, la película cae en una de las trampas más letales del cine de terror: incluir la típica trama del “niño en peligro” (aunque en esta ocasión hablemos de un niño aún no nacido), con un joven actor que resulta más lamentable en cada escena en la que hace acto de presencia.

Esta quinta entrega fue escrita, producida y estrenada en menos de un año desde la anterior, tras pasar por varias reescrituras de guión y ser rodada en un tiempo record. La labor de Stephen Hopkins en ese sentido es encomiable, pero las muestras de pereza argumental que hay por doquier en la historia terminan minando incluso su trabajo, aparte de que las jóvenes víctimas de Freddy no son en esta ocasión tan simpáticas como en las cintas predecesoras. Esta entrega de Pesadilla… puede ser pasada por alto sin ningún temor a perderse nada.

Reseña: Pesadilla en Elm Street 4 (1988)

Insistiendo con sagas de famosos slashers ochenteros, llega el turno de Pesadilla en Elm Street 4 (1988). Esta cuarta entrega de las andanzas de Freddy Krueger, titulada The Dream Master, fue rodada a toda prisa casi inmediatamente después del éxito de la muy recomendable tercera parte, dando las riendas de la dirección a Renny Harlin, un cineasta tristemente famoso por sus múltiples y mayoritarios fracasos a la hora de ponerse tras la cámara. El caso de la película que nos ocupa es una decepción parcial: si bien es cierto que la cinta una vez más sufre un tremendo bajón de calidad y nos proporciona una secuela considerablemente más pobre que la anterior, no es menos cierto que tuvo una fenomenal recaudación que la convierte en la entrega más taquillera de toda la saga, sin contar Freddy vs Jason (2003).

Uno de los motivos por los cuales la película no es tan buena como la anterior es que no propone nada nuevo; el camino sugerido por la tercera entrega acerca de los orígenes de Freddy Krueger se queda sin explorar, limitándose más bien a continuar el gancho temático de su predecesora (las víctimas de Freddy descubren que, en sus sueños, tienen poderes con los cuales enfrentarse al asesino) como si se tratase de una extensión de la tercera película. Aquí vuelven a salir (si bien brevemente) los sobrevivientes de la tercera entrega, pero el personaje de Patricia Arquette es interpretado aquí por otra actriz, la cantante Tuesday Knight. El motivo de esto es que la Arquette estaba visiblemente embarazada para aquella época, pero aún así su ausencia descoloca al espectador, sobre todo teniendo en cuenta que los actores de esta saga siempre suelen volver aunque su personaje sea pequeño. El otro problema es que la película a menudo ignora sus propias reglas, y hechos claves como la resurrección de Freddy ocurren porque sí; a pesar de todo el ritual alrededor del cual giraba la tercera película para asegurar que el asesino de Sprinwood permaneciese muerto, en esta cinta Freddy vuelve simplemente porque le sale de los cojones, siendo al parecer suficiente el que sus víctimas le recuerden (algo que sería explotado más adelante en Freddy vs Jason pero que se contradice con las tendencias de Freddy de matar a todo el que se le ponga a tiro).

Aparte de esto, tenemos el conocido problema de que para esta película ya Freddy se ha convertido en una especie de antihéroe que suelta chistes ante el destino de sus víctimas, haciendo gala de una larga serie de payasadas cansinas que hieren de muerte el estilo genuinamente terrorífico de la primera entrega. Ver a Freddy llevando gafas de sol o usar su guante de cuchillas como si fuese la aleta de un tiburón es simplemente lamentable. Asimismo, las constantes putadas que Freddy juega a Alice, la nueva final girl a la que se enfrenta y que al parecer hereda la facultad de Kristen de traer a otras personas a sus sueños así como una inexplicable capacidad de “absorber” los poderes de los otros jóvenes, son a veces infantiles y sin gracia.

Hay, sin embargo, cosas destacables de esta cuarta entrega: a nivel de imaginería visual, es una de las más atractivas: escenas como la del cine, aunque del todo ilógicas como todo lo que sucede en la película, son muy buenas, así como algunos de los ataques de Freddy (la gente recuerda siempre el de la cucaracha gigante, pero a mí me sigue gustando más el de la cama de agua). Asimismo, la escena final de la muerte del villano, a pesar de que no tiene el más mínimo sentido y que también ocurre porque le sale de los huevos al director y co-guionista Harlin, es también una imagen muy poderosa que casi ninguna otra parte de la saga ha podido superar. Estas cosas hacen que Pesadilla en Elm Street 4 sea tragable, aunque siga siendo una de las entregas menores de la saga.

Reseña: Pesadilla en Elm Street 3 (1987)

En la última reseña publicada aquí aprovechamos para hablar de Pesadilla en Elm Street 2 (1985), la más ninguneada de las secuelas de Freddy Krueger, y asimismo la que más se alejaba de las marcas de la casa en cuanto a la saga se refiere. Pues bien, su secuela inmediata, Pesadilla en Elm Street 3 (1987), parece decidida a retomar el camino perdido. La película, en esta ocasión, es una auténtica secuela que continúa los planteamientos de la primera parte, y si bien no le llega ni de lejos en cuanto a calidad, sí que hace un buen intento y es una muy digna prolongación de la mitología del personaje, e incluso se sostiene en el tiempo mejor de lo que recordaba.

El primer acierto del guión (firmado entre otros por Frank Darabont) es que su argumento ignora por completo la segunda película y vuelve a centrarse en los chicos de la calle Elm, descendientes de aquellos que ajusticiaron al asesino de Springwood y que ahora están todos internados en un hospital psiquiátrico, donde sufren el acoso de Freddy en sus sueños. El “gancho” de la película, sin embargo, está en la revelación de que cada uno de estos chicos tiene una especie de super-poder cuando está en el mundo de los sueños, y es precisamente el dominio de esta habilidad lo que les permite enfrentarse a Freddy (de allí el título de la película, The Dream Warriors). Este elemento, que parece sacado directamente de un cómic de superhéroes, está muy bien planteado, y se centra tanto en el personaje de Nancy Thompson (la “final girl” de la primera entrega) y una chica que posee la extraña facultad de meter a otras personas en sus sueños, esta última interpretada por una jovencísima Patricia Arquette en lo que fue su debut cinematográfico.

Pesadilla en Elm Street 3 fue también la película que comenzó la tendencia de Freddy a convertirse en un payaso siniestro, y así lo demuestran las increíbles metamorfosis de las que hace gala en cada una de sus apariciones, a menudo acompañadas de uno que otro one-liner. A pesar de que el abuso de este recurso sería el que terminara por hundir la saga, en esta película a veces funciona (la primera muerte es muy buena a nivel visual y todavía resulta una imagen difícil para mí). Con todo y eso, no se salva de ciertos problemas: el recurso de los poderes de los jóvenes al final resulta menos espectacular de lo que promete (ninguno de ellos es realmente rival para Freddy) y la subtrama en el mundo real, aquella en la que un personaje busca los restos insepultos de Krueger, tiene momentos un poco estrafalarios que parecen sacados de una película completamente distinta.

Por cierto, hay un detalle ya comentado (de momento no encuentro el enlace, pero sé que lo leí en algún sitio) que no puedo dejar de repetir, y es el tremendo parecido que hay entre esta película y la segunda parte de Hellraiser, estrenada justo al año siguiente; ambas cintas están ambientadas en un hospital psiquiátrico, en ambas regresa la protagonista de la primera entrega, y en ambas hay una rubia desquiciada con “poderes” que resultan centrales para la trama. Ignoro, sin embargo, si fue casualidad, plagio o un poco de las dos cosas.

Pero esto no es más que anecdótico: Pesadilla en Elm Street 3 es en realidad una secuela bastante respetable, mejor de lo que recordaba y bastante respetuosa con el concepto original de Pesadilla…, y aunque como película de terror no sea demasiado destacable, sí que es un punto de luz en cuanto a ese cine juvenil de monstruos que tanto proliferó durante esta década en particular. La imagen final, a pesar de lo que muchos puedan creer, es positiva y encierra una conclusión de la trama que hubiese sido muy buena como final si no hubiesen decidido extenderla durante más secuelas, que por supuesto serán comentadas aquí en otro momento.

 

Reseña: Pesadilla en Elm Street 2 (1985)

Tras el éxito de la primera Pesadilla en Elm Street (1984) estaba más que cantado que lo que se abría ante nosotros era otra muy rentable franquicia de cine de terror. New Line Cinema, a la que Freddy levantó prácticamente sin ayuda por aquellos tiempos, se lanzó al reto y al año siguiente ya teníamos la primera secuela. Dicho esto, Pesadilla en Elm Street 2 (1985) es una película bastante pobre que dilapida gran parte de los aciertos de la original, hasta el punto de que es bastante ninguneada incluso por la mayoría de los fanáticos de la saga. Fue una secuela lamentable hecha a toda prisa y eso se nota en muchos momentos.

Para empezar, esta nueva película rompe con las reglas ya establecidas por la primera parte: Freddy Krueger, quien sólo aparece en 13 de los 88 minutos que dura la cinta (casi todos al final) , ya no mata a los adolescentes en sus sueños, sino que se vale del cuerpo de un joven llamado Jesse Walsh, que ha cometido el error de mudarse a la casa donde ocurrieron los eventos de la primera película. El famoso asesino de Springwood empieza poco a poco a poseer al joven y a manifestarse a través de su forma física, en la esperanza de que la creciente demencia de su víctima le permita regresar al mundo de los vivos. De esta manera la película se aleja de los esquemas trazados por Wes Craven (quien dicho sea de paso siempre se opuso a que su cinta se convirtiera en una franquicia) para ahondar en una trama de posesiones diabólicas mezclada con el arquetipo del Dr. Jekyll/Mr. Hyde, una que inventa sus propias reglas para luego contradecirlas.

Lo que sí es cierto es que la primera escena de la película, en la que Jesse tiene un sueño premonitorio que anuncia el regreso de Freddy Krueger, es grandiosa y perfectamente heredera del estilo de Pesadilla… Es una desgracia que ninguna escena posterior alcance ese grado de calidad. De hecho, la película abandona gran parte del característico surrealismo de la saga y hace las matanzas de Freddy más “realistas” (casi todas las víctimas mueren apuñaladas por su ya icónico guante de cuchillas) y la pereza narrativa del argumento se deja ver en escenas francamente risibles como la esperpéntica secuencia de los periquitos o el momento en que la novia de Jesse lo “anima” para que luche contra la maligna influencia que lo posee (esto resulta harto inverosímil, además, puesto que esta chica no ha visto ninguna manifestación de Krueger y por lo tanto no tiene razón para creer al chaval). Abundan también efectos de sonido tremendamente patéticos como la voz reverberante de Freddy o los cantos de ballena (no, de verdad) que acompañan cada una de sus apariciones. Por cierto, otra cosa que aleja a esta secuela del resto de la saga es que es la única entrega que no hace uso del tema musical compuesto por Charles Berstein.

Ahora, claro que no todo es falto de interés. Con todo y lo insípido de sus elementos terroríficos y lo mucho que se aleja del estilo del resto de las películas, hay algo que destaca de Pesadilla en Elm Street 2 y que siempre sale a relucir, y es el fuerte subtexto homoerótico de varias de sus secuencias. Normalmente no soy muy partidario de este tipo de lecturas, pero al verla recientemente se me ha hecho difícil no reconocerlo. No sería la primera vez ese mismo año que vemos dicho tema en el cine de terror, y eso en un década tan marcadamente conservadora como los ochenta no es poca cosa. Además reconozco otro detalle: esta es la última vez que Freddy estaría destinado a dar miedo, ya que las siguientes secuelas tenderían a convertirlo en el payaso con el que ahora (tristemente) muchos le identifican. Pero claro, ese es un tema que volveremos a tocar en otro momento.

 

Reseña # 200: Pesadilla en Elm Street (1984)

En 1984, en plena efervescencia de los slashers, el director Wes Craven lanzó la que sería no sólo su mejor película, sino una de las cintas clave para entender el cine de horror de los ochenta. Al contrario de lo que ocurría con los dos mayores exponentes anteriores del género, Halloween (1978) y Viernes 13 (1980), la fortaleza de Pesadilla en Elm Street (1984) yacía en que con ella ocurría algo que nunca hay que dar por sentado: los aficionados a pasar miedo en el cine descubrían algo nuevo, territorios inexplorados que un cineasta iluminaba por primera vez. Porque si bien es cierto que esta cinta del tío Wes comienza repitiendo los esquemas temáticos del matarife clásico (incluso con un par de escenas que parecen calcadas de Halloween) no tarda en liberarse pronto de dichas influencias, ahondando en las obsesiones particulares de su director y abrazando su condición de fantástico para construir una fábula de terror en plena suburbia.

Contando principalmente con un elenco de jóvenes primerizos (entre ellos un debutante Johnny Depp), Pesadilla en Elm Street parte de una trama que hoy en día todos conocemos porque ha pasado a formar parte del imaginario colectivo del cine de terror: Freddy Krueger, un asesino ajusticiado por los padres de sus víctimas, regresa varios años después para ejecutar su venganza de ultratumba atacando a los adolescentes en sus sueños, único lugar donde sus progenitores no pueden protegerles. Aparte de su origen sobrenatural, lo que diferencia a esta enésima versión del Hombre del Saco es que representa una encarnación del Terror en sí mismo: desde el principio de la película, Wes Craven nos muestra a Freddy como un monstruo que se alimenta de miedo, y que se va haciendo progresivamente más fuerte a medida que sus víctimas potenciales comienzan a creer en su existencia. De apenas una voz susurrante en la oscuridad, una sombra en medio de las pesadillas, termina por adquirir el cuerpo y la presencia de un adefesio horriblemente quemado vestido de colores chillones: una especie de payaso macabro para siempre asociado a la imagen del sombrero y el guante con cuchillas.

Precisamente es el personaje uno de los motivos por los que Pesadilla en Elm Street funciona; el villano misterioso y cuasi-silente que surge con la figura de Freddy Krueger es más que una “forma” asesina, y su significancia se aprecia en varios niveles. En cierto sentido, resulta la consecuencia lógica una vez que se destripa el género slasher: si todas estas películas juegan con la idea del miedo subconsciente, entonces hagamos un villano que sea “literalmente” un sueño. Independientemente del recuerdo nostálgico de nuestra infancia ochentera, Freddy daba miedo de verdad, y su idea todavía persiste como un concepto genuinamente terrorífico por mucho que seis secuelas y un cross-over con Jason Voorhees hayan arruinado dicho concepto para siempre.

Pero aparte de sus sutilezas temáticas, el estilo de la película de Craven no deja lugar a ningún tipo de compasión para con sus personajes: como abreboca, la primera muerte es visualmente brutal, mucho más teniendo en cuenta que no vemos al asesino, cuyas posteriores matanzas se van haciendo cada vez más imposibles y estéticamente más impresionantes. Este es otro detalle que terminarían arruinando las secuelas, en las que las diferentes muertes causadas por Freddy adquirieron tintes caricaturescos que sólo servían como preámbulo de los cada vez más cansinos chascarrillos del personaje. Como curiosa contraparte, las sucesivas continuaciones expandieron la mitología del personaje y entronizaron al actor Robert Englund en el papel de Freddy Krueger, algo que sólo fue posible gracias a su descarada explotación: en la primera “pesadilla”, Krueger es una presencia muy sutil que pronuncia muy pocas palabras y cuyo rostro está casi permanentemente oculto al espectador, por lo que, objetivamente hablando, podría haber sido interpretado por cualquiera.

Este último detalle es una de las razones por las que se hace más interesante, casi un cuarto de siglo después, revisar esta primera Pesadilla en Elm Street y comprobar lo contenida que es, lo sugerente de cada una de sus secuencias y la manera tan consciente en la que huye de todo tipo de exageraciones propias de sus secuelas. Tan cierto es esto, que no es posible pasar por alto el hecho de que, si bien las muertes de los personajes protagonistas son bastante “imaginativas”, nunca llegan a ser ridículas; por el contrario, son de un surrealismo que en ningún momento deja por fuera el hecho de que estamos ante una película de terror, incluyendo un maravilloso final que se cuenta entre uno de los más desconcertantes del género, con la posible excepción de Phantasma (1979).

Los defectos de la cinta, en esta ocasión, están presentes en forma inversa a la recientemente comentada The Evil Dead (1981): a pesar de contar con un guión sólido, la dirección de Wes Craven se siente demasiado plana en algunas secuencias, sin la vitalidad e instinto de un John Carpenter o un Sam Raimi. Esta falta se nota especialmente en aquellos momentos en los que Freddy Krueger se enfrenta físicamente a la heroína de la historia, aparte de que en muchos momentos se echa en falta una mirada más exhaustiva en el trasfondo de ese crimen “oculto” de los mayores que ha terminado por desencadenar el conflicto. Quizás sean estas las únicas pegas que se puedan encontrar a la que hoy señalamos como una de las películas más importantes de nuestra niñez compartida, y que casi cinco lustros después está a punto de ser remakeada para futuras generaciones.