Reseña: Anticristo (2009)

Resulta casi imposible acercarse sin expectativas a una película de Lars Von Trier, ya que no sólo es el cineasta danés de mayor proyección a nivel mundial sino que encima es un nombre que casi siempre garantiza algún tipo de controversia. Tanto es así que yo de hecho no creía que Anticristo (2009) fuese, tal como lo había prometido su director, una película de terror. Resulta que sí lo es. Evidentemente, encasillarla en un género determinado puede pecar de simplista, pero lo cierto es que la película tiene resonancias muy fuertes a cintas de posesiones demoníacas más literales como The Evil Dead (1981), aunque en este caso a través de un tratamiento mucho más psicólogico. En realidad, Anticristo es en su mayor parte una historia alegórica en la que los personajes protagonistas son meramente símbolos (ninguno de los dos tiene nombre) empleados en la construcción de una historia que habla de la idea del Mal como fuerza destructora y amoral, equiparándola con la Naturaleza como algo consciente. Eso aparte de ser, como casi todo el cine de Lars Von Trier, una película cruel y despiadada con sus personajes.

El viejo esquema de cabaña-en-el-bosque tiene, sin embargo, una justificación: la pareja se recluye allí en un intento (bastante arrogante, por cierto) por parte del protagonista masculino de hacerle una terapia psicoanalítica a su esposa, que ha quedado hundida en una depresión tras la muerte accidental del pequeño hijo de ambos. Una vez allí la cinta cambia de registro para abordar una historia de tintes ambiguamente sobrenaturales que toca temas como la brujería, las posesiones demoníacas y la visión de la Naturaleza como la «Iglesia de Satán», es decir, un agente del Caos que se vale de aquellos elementos más cercanos a la tierra como, por ejemplo, la Mujer. Es demasiado complicado de resumir y en todo caso es mejor acercarse personalmente a la historia que Lars Von Trier intenta narrar. Lo curioso es cómo lo consigue sobradamente a pesar de emplear un espacio muy reducido y sólo dos actores, unos grandiosos Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg (especialmente esta última, quien lo da literalmente todo a la hora de reflejar la avalancha emocional de su personaje).

Es también una película muy difícil de aguantar, no sólo por determinadas escenas de las cuales seguramente ya habréis oído hablar, sino porque el tono general usado por Lars Von Trier es poco menos que asifixiante. Sumemos a eso su ya repetida costumbre de dividir la película en episodios (destacando aquí un prólogo y epílogo narrados en blanco y negro, sin diálogos y en cámara super-lenta) y un empleo casi demencial de símbolos y momentos surrealistas (chaos reigns!) y tenemos una película que por momentos se convierte en una auténtica pesadilla que agrede continuamente a sus personajes y, con ello, al espectador. El final es particularmente violento, con ciertos toques gráficos que adentran la película en los terrenos del relativamente reciente género de las torturas, incluyendo un plano en particular (sí, ese plano) que hace que mucha gente abandone la sala.

Sin embargo, la gran controversia de la película, aquella que le valió la pifia general en el festival de Cannes, está en su supuesto mensaje abiertamente misógino. No quiero entrar a valorar la veracidad o no de esta afirmación (aunque personalmente considero que el marido es retratado de forma igualmente negativa o incluso peor), y de todas formas creo que es irrelevante a la hora de hablar de las virtudes de Anticristo como película. En ese sentido, es una de las más intensas que nos han llegado este año, una que por desgracia ha sufrido en carne propia los prejuicios (justificados o no) que siempre surgen en torno a su director. Todo esto la hace, al menos para mí, ampliamente recomendable, aunque sea por toda la inmensa variedad de lecturas que ofrece y su capacidad inusitada de hacernos seguir hablando de ella mucho tiempo después de su visionado.

 

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Reseña: Drag Me to Hell (2009)

Así que como parte de mi proceso de adaptación a un nuevo ambiente, he podido ver Drag Me to Hell (2009), la nueva película de Sam Raimi y una de las apuestas fuertes de este año para su productora Ghost House Pictures. Una cosa sí que está clara: las intenciones de sus responsables apuntan hacia un público nostálgico muy específico, algo que queda patente desde el primer fotograma, que abre con el logo que Universal utilizaba en los años ochenta y que aquí parece hacernos retroceder en el tiempo. Esta curiosidad meramente anecdótica se queda en puras intenciones, ya que al final, la película termina siendo la última víctima de las irreales expectativas albergadas por el cinéfilo promedio, crimen del cual por supuesto yo también soy culpable.

Para aquellos que se hayan perdido todos los avances y noticias que han rodeado este proyecto desde sus inicios, Drag Me to Hell cuenta la historia de una jovencita pueblerina que trabaja en un banco y se topa con las malas pulgas de una anciana gitana que le echa una maldición encima por haberle negado un aplazamiento de su hipoteca (el absurdo de una situación en la cual una mujer que controla fuerzas demoníacas sea capaz de sucumbir ante mundanos problemas financieros es parte de la gracia que tiene la trama). A lo largo de tres días, la chica debe encontrar la manera de liberarse de la maldición antes de que el demonio invocado por la vieja llegue y la arrastre literalmente al infierno. Esta es la premisa y este es básicamente el desarrollo de una trama por lo demás bastante básica y líneal, reflejada en un guión bastante sencillo con el que, definitivamente, nadie se rompió la cabeza.

Sé que muchas personas (incluyéndome) esperaban que esta película marcase el regreso triunfal de Sam Raimi al género de horror y se convirtiese en la prueba definitiva de que todavía quedaba en él la fuerza de películas como The Evil Dead (1981), Evil Dead 2 (1987) o El ejército de las tinieblas (1993). Tras verla, sólo puedo deciros que si esperáis que sea tan buena como dichas películas, lo lleváis claro, y será mejor que os bajéis de esa nube cuanto antes porque si no os llevaréis una gran decepción; Drag Me to Hell no está del todo mal, es una película divertida y entretenida con algún que otro momento bueno pero en conjunto resulta bastante olvidable, y mucho me temo que si no hubiese estado el nombre de Sam Raimi detrás de ella, el destino de esta cinta hubiese sido el pase directo a formato casero, pero eso es algo que nunca sabremos.

Aparte de su excesiva linealidad y su esquema progresivamente repetitivo, otro problema de la película es que pierde completamente el delicado equilibrio que hay entre el horror y la comedia. Había escuchado de muchas personas decir que este balance estaba presente, pero con toda sinceridad no lo he visto así. De hecho, el tono de la cinta se me hizo algo confuso, como si la película no supiese realmente si quiere ser de miedo o de risa, y fuera tanteando ciegamente ambos géneros sin, dicho sea de paso, tener mucho éxito en ninguno de los dos. Los sustos son casi todos trucos de feria, es decir, repentinas subidas de volumen o imágenes que aparecen de golpe, y el humor es, a decir verdad, bastante facilón (casi todos los chistes se reducen a introducir forzosamente distintos objetos en la boca de la protagonista), incluso para los estándares de este director que en el pasado ha hecho cosas abismalmente mejores.

Una cosa curiosa y que no comento mucho por aquí es que la banda sonora de la película es bastante buena, e incluye además una partitura originalmente escrita para El exorcista (1973) y que nunca se llegó a utilizar. Por lo demás, Drag Me to Hell califica con un ligero aprobado como un entretenimiento pasajero pero sin mucho más que destacar o reseñar. Evidentemente no estará entre las mejores películas de este año y muy probablemente la olvidaréis poco después de haberla visto, pero está claro que en estos tiempos de sobrexposición mediática, ninguna película, por muy buena que sea, puede cumplir con sus expectativas. No quisiera que os quedárais con la impresión de que no me ha gustado porque no es así, e incluso recomendaría verla en un cine si se aparca de antemano toda expectativa y se acepta el hecho de que no os va a impresionar ni dejará de ser un estreno menor. Es, digámoslo de otra forma, una película a la que a lo sumo se puede calificar de intrascendente, agravada únicamente por el hecho de que Sam Raimi es alguien de quien se esperaba mucho más.

 

Reseña: Déjame entrar (2008)

Tras numerosos retrasos, llega por fin a las carteleras de España la película sueca Déjame entrar (2008), la historia de un niño solitario y atormentado que descubre que su nueva vecina (una rara niña de pelo grasiento y que parece nunca sentir frío) es un vampiro. El improbable estreno de esta película en las salas de cine comercial muy probablemente se deba a la resonancia que ha tenido en los últimos meses desde su estreno en Sitges por parte de muchos que, incluso antes de verla, ya estaban dispuestos a aceptarla como la mejor película de terror de todos los tiempos. Es mejor que esas expectativas se bajen un poco: dista mucho de ser esa magnánima obra maestra que se ha publicitado, pero sí es verdad que es una película interesante y sobre todo muy diferente a lo que nos tienen acostumbrados, despojándose bastante de los elementos básicos de una película de terror para convertirse en otro tipo de relato con objetivos muy distintos, eso sí, siempre con vampiros de por medio. El resultado final, al menos para mí, ha sido satisfactorio pero desconcertante.

Para el momento en que escribo estas líneas es muy probable que cualquiera que se asome por la página ya la haya visto, pero si no es así al menos puedo decir la única cosa de la que estoy cien por cien seguro: es indispensable que el espectador abandone cualquier idea preconcebida que tenga sobre lo que «debe ser» una película de vampiros, algo similar a lo que ocurrió en su momento con cintas como Martin (1978), de George Romero, o Viajeros de la noche (1987), de Kathryn Bigelow, que a pesar de contar con chupasangres de protagonistas se alejaban de las convenciones del género. De hecho, más que un cuento de miedo, Déjame entrar es la historia de un primer amor, de la relación de confianza mutua que surge entre dos seres que literalmente «dejan entrar» al otro en sus solitarias vidas. La dirección de Tomas Alfredson, además, reitera varias de las tradicionales constantes (si es que puede decirse que haya) del cine sueco en cuanto a ritmo y construcción dramática, por lo que hay muy pocos picos de «acción». El argumento está asimismo bastante simplificado en cuanto a la novela en que se basa, eliminando de un plumazo varias subtramas, personajes, y la mayor parte de los elementos de terror de los que disponía la historia original. El mayor cambio en este sentido está en la historia de esa pequeña y andrógina niña vampira de la que, en realidad, no sabemos nunca casi nada.

Pero la película sabe sobreponerse muy bien a su reducción argumental. Si bien la mayor parte de las dos horas que dura tiene un desarrollo pausado en el que literalmente «no pasa nada», la historia tiene varios picos destacables. La cinta tiene algunas escenas y momentos increíbles, casi todos referentes al personaje de la niña, que con sus ojos enormes es sin duda lo mejor de la película. De hecho, las apariciones del «monstruo» resultan muy efectivas a pesar de ser tremendamente sutiles (ojo con la metamórfosis física del personaje cuando se altera o se alimenta: acojonante), y las escenas de violencia se quedan contigo a pesar de carecer de todo tipo de explotación. Todo esto hace que, si bien esté protagonizada por niños, no sea para nada una película infantil: el personaje de Oskar es un crío tremendamente perturbado de quien esperaba en todo momento un brote psicópata, aunque es verdad que la película se encarga en cierta manera de redimirlo. Al final nos quedamos con ganas de saber más (para eso está la novela) pero la película se siente bastante redonda en cuanto a argumento, salvo un par de escenas en las que queda claro que había algo más que se quedó en la sala de montaje.

Con todo esto no sé si será una de las mejores películas de los últimos tiempos (lo dudo mucho) pero sí es verdad que resulta una de las más curiosas y una a la que sin duda hay que echarle un vistazo, para lo que se hace indispensable perdonar un poco sus desproporcionadas expectactivas (que tienen que ver más con el fenómeno de masas que con la calidad de la cinta en sí) y unos muy lamentables gatos realizados por ordenador. El resto es sin duda sobresaliente, destacable, y sobre todo, recomendable.