Reseña: Underworld (2003)

Creo que a estas alturas del calendario no hace falta decir que Underworld (2003), opera prima de Len Wiseman (discípulo, por cierto, de Roland Emmerich) es una película muy mala, pésima e infame. Sin embargo, creo que nunca estará de más repetir la impresionante oportunidad que se perdió con ella. Después de todo, una historia que trata de una guerra milenaria entre los vampiros y los hombres-lobo era el sueño dorado de todo amante del cine de terror. Lamentablemente, ese sueño nunca llega a volverse realidad.

Una de las razones más evidentes de por qué Underworld no funciona es que, a pesar de que los protagonistas son vampiros y hombres-lobo, casi nunca se comportan como tal. Los personajes se pasan casi todo el tiempo de metraje repartiendo tiros y golpes de kung-fu a diestra y siniestra, siempre enfundados en ceñidos trajes negros de cuero de diseño (porque ya saben, hay que ser por encima de todo muy “oscuros”). Lo que nos cocina Wiseman desde el principio es una mescolanza de elementos de otras películas mucho mejores, como Blade (1998) o The Matrix (1999), en la esperanza de que su creación funcione igual de bien. El problema es que muy pronto nos damos cuenta de que no puede ir más allá, al menos no superamos nunca el placer meramente estético que nos produce contemplar a Kate Beckinsale (la novia del director) haciendo su mejor Lara Croft como una “death dealer”, vampira pirotécnica encargada de despachar a los licántropos de turno y enamorada del boy-toy humano Michael Corvin, al parecer de vital importancia para el futuro del conflicto entre ambas razas. Cuando finalmente empezamos a encontrar algún sentido a todo esto, la película intenta empujarnos todas las explicaciones por la garganta al mismo tiempo, no solamente las razones por la que Corvin es importante, sino también la razón de la guerra, la conspiración acerca de los orígenes del personaje de Beckinsale, y hasta la existencia de un complicado árbol genealógico que convierte la trama en un pastiche demencial que no se sostiene ni un segundo. A medida que avanzaba la historia y me daban más y más explicaciones (nunca renunciando, sin embargo, a las más estrambóticas y saturantes escenas de acción posibles), evidencié mi rendición dejando que la película se arrastrara miserablemente a su esperado final (esperado porque al fin se acababa).

Y sin embargo, si algo se le puede conceder a la película es lo increíblemente hermosa que es de mirar. Poco importa que la estética no sea original, porque la verdad es que es impresionante. Tanto así, que puedo decir con toda confianza que Underworld no necesitaba un trailer, sino solamente una sesión de fotografías. Es una lástima que este espectacular juego de luces, colores y fotografía nocturna no haya sido empleado en algo con mayor sustancia. Porque la verdad es que todo resulta tan vacuo, insoportable y cutre, que no queda otra opción que lamentarse de aquello que pudo ser, en vez de enfurecerse por lo que es. Ahora viene la secuela, que según dicen, es mejor.

Como si fuera muy difícil.

 

Reseña: El hombre-lobo de Londres (1935)

Teniendo cuidado de no confundirla con el título similar de John Landis, la película El hombre-lobo de Londres (1935) puede ser vista como un buen plato adicional de lo que fue la época de los monstruos clásicos de Universal Pictures durante los años 30 y 40. Se trata asimismo de la mejor cinta de licántropos hecha en ese entonces por el estudio, hecho curioso si se toma en cuenta que no contaba con ninguna gran estrella que lucir en el reparto. Quizás allí radica su éxito, ya que al no poder ondear la bandera de ningún “nombre”, la película podía centrarse más en crear una atmósfera y desarrollar unos personajes, que sin duda se habrían visto eclipsados por la presencia de rostros tan carismáticos como el de Lon Chaney Jr, auténtico acaparador de transformaciones licantrópicas varios años más tarde.

Lo cierto es que esta película ya contaba con varios de los elementos que harían de este tipo de cine algo muy exitoso, si bien los clásicos elementos de la mitología del “hombre-lobo” (mitología que, por cierto, es enteramente cinematográfica, por lo que no es arriesgado decir que el licántropo es una bestia parida por el mundo del cine) aún no están presentes en su totalidad. Sin embargo, se agradece una historia compleja y ambiciosa para los estándares serie B del estudio: Wilfred Glendon, afamado botánico inglés, recorre el Himalaya buscando un ejemplar de una rara planta que sólo florece a la luz de la luna. En el trayecto, es atacado por un hombre-lobo, que le deja de recuerdo una mordida en el brazo. A su regreso a Londres, Wilfred es visitado por el misterioso doctor Yogami, científico como él, que afirma haber sido el responsable de su ataque en los montes del Tibet. Yogami le advierte que la luna llena le convertirá en licántropo y le obligará a matar, a menos que él le ayude a elaborar un antídoto a partir de la planta que guarda celosamente. Por supuesto, Wilfred no presta oídos a su sugerencia, creyendo que se trata de un rival más que ansía robarle su descubrimiento. A partir de allí comienza la transformación de Wilfred en una peligrosa bestia, y su situación empeora cuando Yogami roba la preciada planta, dejando al protagonista inmerso en un problema que no parece tener solución.

El hombre-lobo de Londres fue producida por Carl Laemmle, quien tuvo a su cargo varios de los diferentes productos de terror de la Universal por esa época. También contó con las artes del maquillador Jack Pierce, auténtico pilar de los efectos especiales y creador de prácticamente todos los maquillajes de monstruos del estudio. Pierce, sin embargo, no desarrolla aquí el concepto del hombre-lobo en todo su potencial, manteniendo el maquillaje del protagonista al mínimo, si bien su transformación resulta bastante ingeniosa. En términos actorales, Henry Hull es más que correcto como Wilfred Glendon (aunque su parecido físico con Billy Crystal me distrajo en más de una ocasión). Resulta curioso que la historia de este hombre-lobo londinense parezca una variación de El doctor Jekyll y Mr. Hyde, historia con la que guarda grandes paralelismos. Después de todo, la bestia en la que se convierte Wilfred es un asesino sediento de sangre, pero que no esta exento de racionalidad, ya que al menos es lo bastante inteligente para operar maquinarias complicadas y hasta calzarse capa y gorro antes de salir a matar. Sus crímenes también parecen (en cierta medida) guiados por un esfuerzo consciente: el doctor Yogami, entre sus numerosas revelaciones, le advierte a Wilfred que a menos que logre matar a por lo menos una persona cada vez que se transforme, su cambio se hará permanente.

Pero de la misma forma, esta película introduce conceptos muy interesantes que, curiosamente, no serían explotados hasta muchos años después, como por ejemplo el del hombre-lobo como símbolo de la desbocada sexualidad masculina. No es casualidad que el licántropo prefiera como víctimas a las mujeres, de preferencia (pero no exclusivamente) aquellas de cascos ligeros, a las que no seduce como haría un vampiro, sino a las que toma a la fuerza, generalmente destrozándolas después. Esta naturaleza brutal, que contrasta radicalmente con aquella del frío y racional científico, es la que desencadena la locura de Wilfred, quien progresivamente se siente alejado de aquellos a los que ama, especialmente de la esposa que cada vez más se aparta de sus manos. Como nota curiosa, Wilfred toma la decisión correcta en esta ocasión, y para cuando llega el clímax de la película, el resultado es el único posible. ¿Defectos? Quizás un poco de cursilería final (típica, por otra parte, de una gran muestra del cine de la época) y la ausencia de lo que en todo momento esperaba: una confrontación entre los dos licántropos protagonistas. Por otro lado, El hombre-lobo de Londres es una película fundamental para aquellos seguidores de este particular tipo de monstruo, y no sólo por su valor histórico, sino como muestra de lo que es cine con alma propia.

Reseña: Romasanta (2004)

A finales del siglo XIX, en los predios rurales de Galicia, un vendedor ambulante de jabones se convirtió en uno de los primeros asesinos en serie de España (si no el primero), al descubrirse que había sido el responsable de un gran número de cadáveres, a menudo utilizando la grasa de sus víctimas como materia prima para sus productos. Este hombre alegó en su defensa una supuesta condición de licántropo que, si bien nunca fue demostrada, al menos consiguió librarle de la muerte gracias a un indulto concedido por la propia reina. La historia de Manuel Romasanta, el hombre-lobo de Allariz, ha inspirado numerosos libros y artículos, por lo que resultaba obvio que vería la luz en forma de una película. Y es que, en su momento, Romasanta (2004) fue una de las apuestas más ambiciosas de la ya difunta Fantastic Factory, y de todas sus películas, quizás sea la que más se aleja de los preceptos típicos de serie B en busca de “algo más”, que lamentablemente no consigue.

El director, Paco Plaza, quien ya se había hecho un hueco con su thriller El segundo nombre (2002), intenta repetir aquí, sin lograrlo, los elementos que hicieron de su debut un acierto ante la crítica: afincarse más en el aspecto psicológico y sutil de la historia en lugar de ceder a los preceptos formales del horror. El resultado, sin embargo, no es el producto “respetable” que buscaba, sino una película que ostenta una grave crisis de identidad, sin un criterio claro, una historia anodina y aburrida que se la pasa saltando desde el típico thriller hasta los vericuetos del period-piece o dramón decimonónico, intercalando los crímenes de Romasanta (interpretado por un Julian Sands que simplemente repite el personaje silente y misterioso que le hemos visto tantas veces) con la historia de una pasión adúltera que mantiene con su cuñada (interpretada por… ella), al mismo tiempo que se concentra en representar un costumbrismo localista que se cae por incoherente: el vestuario de los personajes es demasiado extravagante para tratarse de un ambiente rural gallego, especialmente en el caso de Romasanta, que es representado en el póster con una pinta muy al estilo de The Shadow. Entre este desquicio de temas, Plaza intenta meter con calzador una discusión nimia sobre el conflicto entre ciencia y superstición. Es como si el director hubiese querido hacer algo parecido a Drácula de Bram Stoker (1992) sin decidirse nunca por el camino a seguir.

Como suele suceder en estos casos, el gancho publicitario de “basado en un hecho real” tiene muy poco que ver con la realidad misma, ya que difícilmente lograremos encontrar en esta película un reflejo fiel de los hechos que rodearon la leyenda de Manuel Romasanta. La cinta no funciona como una película de terror (más que nada porque es aburrida), tampoco como una historia de licántropos (sólo hay una transformación en toda la película, y es testimonial), ni como drama de época, ni como historia de amor (la química entre el Sands y la Pataky es nula) ni como nada. Cuando mucho serán salvables algunas escenas que buscan reflejar el marco de leyenda rural que tiene esta película, planos de los bosques con los que Plaza intenta marearnos para que no nos demos cuenta de que no tiene nada de carne en el asador. Eso y la secuencia de la carreta, que realmente me gustó. En definitiva, una película que quiere parecer más inteligente de lo que es, y eso señores, es un verdadero crimen, y no los del lobo gallego.

 

Reseña: Ginger Snaps 2: Unleashed (2004)

La primera película de Ginger Snaps (2000), a pesar de no obtener una gran distribución en los cines, se convirtió rápidamente en una cinta de culto, y le dio al género exactamente lo que necesitaba: un respiro de alivio. Cuatro años después, una secuela y una precuela fueron estrenadas con apenas meses de distancia, aunque por desgracia ambas estuvieron destinadas al mercado de las películas “directo a vídeo”. Esto una lástima especialmente en el caso de la secuela, Ginger Snaps 2: Unleashed (2004), uno de esos raros casos en los que una película buena puede tener una segunda parte digna de mención.

Unleashed comienza poco después del final de la primera película: tras verse forzada a matar a su hermana, Brigitte Fitzgerald (Emily Perkins, repitiendo su papel de la película anterior y llevando esta vez TODO el peso de la película sobre sus hombros) huye del tranquilo suburbio de Bailey Downs y se dirige a la gran ciudad. Sobre su espalda pesan dos grandes problemas: en primer lugar, la supuesta “cura” hallada en la primera película ha probado ser insuficiente para eliminar en forma definitiva la maldición que ahora corre por sus venas, por lo que se ha visto obligada a inyectarse con cierta periodicidad para evitar convertirse en licántropo. Por si eso fuera poco, el chico contagiado por su hermana (y que ella creyó haber curado) ahora es un hombre–lobo con todas las de la ley, y no para de darle caza. La situación se complica cuando Brigitte cae enferma y se desmaya en plena calle, siendo llevada a una clínica de rehabilitación de chicos drogadictos (por culpa de la sustancia encontrada en su posesión y que los médicos confunden con un psicotrópico). Brigitte sabe que tiene que escapar antes de que su transformación se lleve a cabo, y para ello cuenta con la ayuda de la única persona que cree en su historia, una niña llamada “Ghost”, que también guarda un secreto propio.

La película está dividida en dos partes muy marcadas: en la primera, Brigitte maquina la forma de escapar de la clínica de rehabilitación, donde sospecha que poco a poco está perdiendo la cordura (su lenta transformación viene acompañada de constantes alucinaciones, algunas de ellas con su difunta hermana). Toda esta primera mitad puede ser resumida (como bien han dicho muchos) en “Girl Interrumpted con un toque de hombres–lobo”. En esta parte el elemento sobrenatural es mínimo (aunque ciertamente está presente), centrándose más en los afectos, odios y tensiones de un ambiente poblado de “chicas con problemas”: una auténtica jauría humana de la que Brigitte debe escapar a como de lugar. La segunda parte, una vez que ella y Ghost consiguen huir, transcurre en la cabaña de la extraña chica, un sitio apartado de la civilización donde Brigitte deberá enfrentarse a la bestia que le ha perseguido desde que abandonara los tranquilos suburbios que eran su hogar. Es aquí donde la película cobra toda su fuerza, llevándonos de regreso a la bestialidad con la que se nos presentaba la historia original. El gore y la violencia no se hacen esperar, y todo remata con un clímax final que no puede dejar a nadie indiferente. No voy a adelantarlo, pero diré que en mi opinión, este desenlace resulta perfecto, pues resume toda esa tierna malevolencia que hacía especial la primera película de esta saga.

Ginger Snaps 2: Unleashed no resulta tan grandiosa como la original, pero es sin duda una digna secuela que se atreve a explorar nuevos caminos a la historia de la que se ha generado. Es una lástima, sin embargo, que la tercera parte haya decidido no continuar por estos derroteros, porque realmente me quedé esperando más de este filón. En todo caso, desde ya les digo que me asombra la gran diferencia actoral que veo en Emily Perkins entre estas dos películas. Espero que podamos verla en otras piezas de género muy pronto.

Reseña: Ginger Snaps (2000)

Existe un auténtico teen-horror que nada tiene que ver con aquel sub-género que popularizara Kevin Williamson, uno que no se remite al slasher de turno destripando jovencitas indefensas. Aquel al cual hago referencia es a ese que explora los diferentes procesos y cambios típicos de la adolescencia utilizando las convenciones del género de terror. Suena sencillo, y sin embargo, pocas son las películas que han logrado dar un giro satisfactorio a esta tendencia. Durante años, el obligado punto de comparación fue Carrie (1976), la mítica cinta de Brian de Palma, injustamente olvidada por las nuevas generaciones que a menudo hacen mofa de sus efectos especiales sin saber que un gran número de sus fotogramas han sido reutilizados en producciones actuales. Más cerca de nuestro tiempo tenemos a chicas raras como May (2002) de Lucky McKee, otra pequeña y rara joya de la que espero poder hacer mención aquí dentro de poco.

Pero entre estas dos jovencitas está el par de protagonistas de Ginger Snaps (2000), una cinta de licántropos que surgió de la nada (es decir, de Canadá) y rápidamente alcanzó el status de culto. No solamente permitió refrescar un poco el género de terror después de que los clones de Scream (1996) lo dejaran medio muerto en la cuneta, sino que además dio cabida a sus dos protagonitas en el sub-mundo del cine serie B (si bien solamente una de ellas ha alcanzado ese éxito).

Ginger Snaps (sin traducción al español, o mejor dicho, sí la tiene pero no quiero decirla) cuenta la historia de Ginger y Brigitte, dos hermanitas neo-góticas en plena adolescencia que habitan un tranquilo suburbio canadiense de lo más aburrido y clase media que se puede imaginar. Las dos sienten un auténtico desprecio por el mundo que las rodea, desdén que se manifiesta en el placer que sienten al hacer gala ante los demás de sus gustos sanguinolentos (la película abre con una impresionante secuencia de diapositivas en las que las dos simulan sus diferentes muertes, cada una más horrenda que la otra), las bromas pesadas que gastan a los demás y su pacto de sangre de morir a los 16 años. Una noche de luna llena, mientras se encuentran gastando una broma a uno de sus muchos enemigos, Ginger es atacada por un hombre-lobo, acto de violencia que coincide con el de su primera menstruación. A partir de entonces comienza la gradual transformación de la chica en bestia, y su hermana Brigitte, la única que conoce su secreto, debe ocultar las pruebas (y las víctimas) de Ginger mientras busca desesperadamente una cura.

A pesar de su componente evidentemente terrorífico, la cinta es en realidad una historia sobre la fuerte relación entre las dos hermanas. Brigitte, la más tímida de las dos, es la que debe reaccionar ante los radicales cambios de su hermana, que pueden ser interpretados como el desarrollo típico de la adolescencia (ejemplo de esto es que Ginger cada vez busca mayor independencia de Brigitte, a la vez que poco a poco empieza a hacerse cada vez más atractiva a los ojos de los chicos). La película logra construir un alto grado de tensión cuando Ginger, con el pasar de los días, se vuelve cada vez más incontrolable, tanto en lo que refiere a la violencia como al sexo, cosas que al final terminará confundiendo.

El director de esta cinta es John Fawcett, debutante en el cine pero que ya se había forjado una reputación como director ocasional en series de televisión, principalmente para la Renaissance Pictures (la antigua compañía de Sam Raimi), pero quienes realmente brillan con luz propia son sus dos protagonistas, especialmente Katherine Isabelle en el papel de Ginger (su hermana se destacaría en las secuelas). No pasó mucho tiempo antes de que la viéramos en otras producciones de terror, y debo decir que desde entonces me ha caído muy bien aunque la película sea mediocre (Freddy vs. Jason), innecesaria (el remake televisivo de Carrie) o nefasta (Bones). Lástima que utilizara doble de cuerpo para aquella escena de ducha en el enfrentamiento entre Vorhees y Krueger.

El éxito de Ginger Snaps (contundente a pesar de que la película recibiera una distribución bastante limitada en los cines) fue suficiente para lanzar dos secuelas bastante aceptables, que ya se abordarán en otro momento. Basta decir, por ahora, que estamos ante una de las mejores películas de hombres-lobo que se han hecho, no sólo para los estándares actuales, bastante bajos como se sabe, sino de siempre, compitiendo duramente con clásicos del género como El aullido (1981) o Un hombre-lobo americano en Londres (1981). Imperdible. Puntuación máxima sin duda.

 

Reseña: Dog Soldiers (2002)

Una vez solía pensar que ese sub-género (“sub” no en sentido peyorativo, sino de división) de las películas de hombres-lobo estaba de capa caída. Después de los años 80 habían surgido demasiados bodrios, muchos de ellos enmascarados como terribles secuelas de aquella mítica cinta que fue (que es) The Howling (1981) de Joe Dante. En todo caso, durante la década siguiente no había nada medianamente rescatable, y el insulto final vino en el “doblete” de aquella película con Mariel Hemmingway y, además, las aventuras de aquel famoso licántropo americano en París. En el medio me salto la cinta Lobo, con Jack Nicholson, que a pesar de que considero un magnífico estudio de personaje, difícilmente es una película de terror.

En fin, que ya estaba rendido, pero entonces aparecieron dos auténticas joyas foráneas a Hollywood que reavivaron mis esperanzas. Una de Canadá: Ginger Snaps (2000) y la otra de Inglaterra: Dog Soldiers. Es de esa de la que quiero hablar ahora.

A diferencia de su hermanastra canadiense, esta película no pretende ser una metáfora de la pubertad ni explorar en la psicología de ningún personaje. Lo que Dog Soldiers es, básicamente, es una película de acción/terror pura y dura, nada más. Tratemos de imaginar el equivalente de Zulu, pero con hombres-lobo en vez de guerreros africanos. La trama es tan sencilla que es casi infantil: un equipo de soldados británicos se encuentra haciendo un ejercicio de combate en los bosques escoceses cuando, de repente, se ven atacados por una jauría de licántropos que quiere cebarse con sus huesos. Inmediatamente buscan refugio en una cabaña y deben aguantar toda la noche sin terminar siendo comida para perros, para lo cual deberán convertirse también ellos en una manada. Así de simple.

Pero eso sí, a pesar de su sencillez, se trata de una película efectiva, sin medias tintas, que va a por la yugular y no suelta a la presa (quiero decir, al espectador) en ningún momento. La película está llena de referencias e influencias a otras obras de terror, desde La noche de los muertos vivientes hasta Evil Dead (uno de los soldados incluso se llama Bruce Campbell), pero están tan bien tejidas en la trama principal que no molestan, es decir, uno no siente en ningún momento que la película te hace un guiño y te arroja las referencias fílmicas in your face.

El director de esta película se llama Neil Marshall, quien supongo será un completo desconocido ya que ni siquiera tiene un comentario en la edición de DVD, debiendo ceder paso a sus productores. En todo caso, recomiendo arduamente esta película, siquiera para demostrar que las películas de los “hijos de la luna” no están muertas para nada. Escribo esto para quitarme el mal sabor de boca que me dejó Cursed y para abrir el apetito hacia la esperada secuela que se presenta en octubre de este año: Dog Soldiers 2: Fresh Meat. Grande, sin duda alguna.

 

Reseña: Cursed (2005)

Que bajo ha caído Wes Craven. Poco queda ya de ese gran director de género que nos brindara auténticos clásicos como La última casa a la izquierda (1972), Las colinas tienen ojos (1976) o la excelente primera parte de la saga de Freddy Krueger. De un tiempo para acá, le ha dado por alejarse del auténtico mando, a menudo prestando su nombre a películas mediocres cuando mucho, casi siempre en calidad de productor ejecutivo. El único momento decente que tuvo fue su alianza con el (para entonces) novato guionista Kevin Williamson, y esto también resultó terrible; juntos hicieron Scream (1996), una película que ciertamente no estuvo del todo mal, pero que fue directamente responsable por esa ola incontenible de bodrios que conformaron el teen-horror de finales de los 90, y cuyo único propósito, aparte de sacar pasta a base de conceder algunos brinquitos a la generación MTV, fue el de dar trabajo a la mayor parte de los actores jóvenes del canal WB. Varios de estos chorizos, como Sé lo que hicísteis el último verano (1997) y la aún más ofensiva Leyenda Urbana (1998), ambas calificadas como auténticas agresiones a mi hígado con premeditación y alevosía, estuvieron firmadas por el propio Williamson, quien así cogería confianza para terminar de desbancarnos a todos con su producto más terrorífico y espeluznante: la serie de televisión Dawson’s Creek.

Pues bien, los dos, Wes y Kevin, vuelven a unir fuerzas casi una década después de Scream. Lo hacen con otro producto que intenta revivir el éxito de sus anteriores esfuerzos, esta vez entrando de lleno en el plano de lo sobrenatural. Su bebé es un rollo de hombres-lobo titulado Cursed (me niego rotundamente a llamarla por su título español porque no parecen recordar que ya se usó para cierta película japonesa), con Christina Ricci de protagonista en lo que es, básicamente, una copia mala de Ginger Snaps (2000). Creo que en el fondo eso es lo que más me cabrea. Que una película sea mala, pase, pero que además de ser mala lo sea tratando de imitar a una buena es ya una inmoralidad, mucho más si encima se trata de pasar por cool, apelando al gusto adolescente-americano-promedio y metiendo un misterio barato de “¿quién es el asesino?”, o en este caso “¿Quién es el licántropo?”. Ridículo, francamente ridículo. En la historia, Elle y su hermano menor Jimmy son mordidos por un hombre-lobo en plena luna llena, y durante los siguientes días pasarán por todos los clichés posibles, desde comer carne cruda hasta desarrollar un inesperado atractivo sexual, todo aderezado con pobres intentos de humor que rayan en la caricatura. Es una lástima que el buen nombre de Rick Baker se vea mezclado en todo esto; su criatura parece un oso de peluche gigante.

En fin, hay tantas cosas malas que se podrían decir de esta película, que sería necesario un blog entero. Me parece lamentable que lo que pudo haber sido una interesante vía para explorar la psique adolescente y joven-adulto a través de las convenciones del terror (cosa que Ginger Snaps sí hace muy bien) se convierta en este enlatado de entretenimiento de palomitas y tarde de domingo con (esto es lo realmente malo) altas pretensiones. Olvidable, lamentable, para quemarla.