Reseña: Leatherface (2017)

leatherface

Después de mucho tiempo esperando la oportunidad finalmente pude echarle un vistazo a Leatherface (2017), hasta la fecha octava película en la saga de La matanza de Texas, y el resultado no ha sido del todo como me esperaba. Pese a las malas críticas que tuvo en su momento, la verdad es que es una película inofensiva que en muy poco se diferencia de las decenas de survival horror que solemos ver por aquí, y paradójicamente la mayor parte de su metraje tiene muy poco que ver con la cinta original o cualquiera de sus entregas anteriores. De todas formas, para mí lo más interesante siempre será como a pesar de haber servido de inspiración a gran parte del terror moderno, la película de Tobe Hooper de 1974 se resiste a ser convertida en una franquicia de éxito por mucho que Hollywood lo siga intentando cada cierto tiempo.

En esta ocasión tenemos una precuela (sí, otra vez) que promete, al menos de entrada, contar el origen de la familia Sawyer. Digo de entrada porque la película realmente no va de eso sino que tras un episodio inicial de violencia que involucra lo que intuimos es un Leatherface niño la cinta hace un salto temporal de varios años pasando a la historia de unos psicópatas que se fugan de un manicomio, sin hacer mención alguna a los eventos transcurridos en el prólogo y dejando prácticamente abandonada la trama de la familia de caníbales que hasta la fecha había sido el punto en común de todas estas películas.

Este cambio argumental es interesante por varios motivos; el primero de ellos es que pronto nos damos cuenta de que la identidad de los jóvenes escapados del manicomio se nos oculta de forma deliberada invitando al público a intentar adivinar cual de ellos es Leatherface lanzando numerosas pistas falsas, aunque considero que dicha revelación es algo que queda bastante claro prácticamente desde el principio. El otro aspecto curioso es que la nueva trama de fuga del psiquiátrico y la persecución por parte de la policía (incluyendo un sheriff que desea vengar la muerte de su hija) emparenta a esta precuela ya no con la saga original, sino con varias de las cintas que esta ha inspirado, sobre todo a Los renegados del diablo (2005) de Rob Zombie, con la que existen claros paralelismos que terminan trazando un círculo perfecto de influencias que al menos para mí fue lo más memorable de todo.

Digo esto último porque la pirueta referencial es prácticamente lo único que tiene. Como película, Leatherface es un trabajo definitivamente menor, con algunas actuaciones decentes como la de Lili Taylor en un breve papel como la matriarca Sawyer, un nivel de violencia bastante alto (algo que siempre me parecerá curioso porque la original es una cinta que sólo es gráfica en el recuerdo de la gente que la ha visto) y una trama fácil ede seguir que se pasa rápido. Pero es también tremendamente superficial, inofensiva y sobre todo innecesaria ya que al ser una precuela tiene el problema de que todos sabemos cómo va a terminar, lo que al menos para mí mata cualquier interés que pueda tener en los protagonistas. No es la peor entrega que se ha hecho, y al menos está a años luz de su predecesora inmediata, pero al final no es más que otro intento fallido por explotar comercialmente una saga que nunca tuvo la intención de ser considerada como tal.

Reseña: La matanza de Texas 3D (2013)

La séptima entrega en la saga de La matanza de Texas es borrón y cuenta nueva, cosa que no debería sorprendernos ya que ese es el estado natural de prácticamente todas las encarnaciones que han salido después de la original de Tobe Hooper, salvo en un par de ocasiones en las que los responsables sí que se atrevieron a hacer una secuela. Esta vez, y exactamente una década tras el remake de la Platinum Dunes (al que visto lo visto me han entrado ganas de volver), llega La matanza de Texas 3D (2013), una continuación directa de la primera parte realizada casi cuatro décadas después, y que ignora por completo todas las demás entregas buscando ser la continuación definitiva de la original, ahora con el gimmick de las tres dimensiones incorporado.

Destacando primero lo bueno, la película tiene unos primeros quince minutos excelentes, que funcionan como un macabro epílogo de la original del 74 en el que los miembros sobrevivientes de la familia Sawyer se enfrentan a una turba furiosa. Esta secuencia sirve no sólo para cerrar el primer capítulo sino además para borrar de un plumazo todas las continuaciones que la película ha tenido, aunque se nota cierta reverencia hacia el camino andado previamente al incluir sendos cameos de Gunnar Hansen (el Leatherface original) y Bill Moseley, inolvidable por su participación en La matanza de Texas 2 (1986). Lástima que tras este espectacular inicio la película se desinfle sin remedio. No exagero; si bien no esperaba que este nuevo e innecesario reinicio fuese una buena película, nunca me imaginé que llegaría incluso a proyectar una luz positiva sobre el remake del 2003, que con sus carencias al menos tenía un estilo y estética propios.

La matanza de Texas 3D, por el contrario, se rinde a un formato de horror juvenil de toda la vida en el que no hay sorpresa alguna y al que fácilmente hubiésemos podido dar cualquier otro título. Una vez más se comete el error de intentar convertir la saga en un slasher convencional, esta vez poniendo a un Leatherface solitario que al prescindir de la familia de caníbales tira por la borda lo que probablemente es el elemento más reconocible de la saga. Se repite una vez más el mismo esquema de jóvenes citadinos en un ambiente rural hostil que deben enfrentarse a un terrible asesino enmascarado y van muriendo de uno en uno. Encima la película es parca en cuanto a violencia, y únicamente puedo destacar aquí a su guapísima protagonista, Alexandra Daddario, estrella juvenil en alza gracias a las películas de Percy Jackson que es una seria contendora a la más hermosa final girl en muchos años.

La edad de los protagonistas trae a colación algo que ya muchos han comentado y es la inconsistencia cronológica de la película, que insiste en ser una secuela ambientada en tiempos actuales (hay smartphones) pero que supuestamente ocurre unos veinte años después de la original. Este detalle, que parece una tontería pero llega incluso a distraer de la trama, no es más que otra muestra de desidia de una película que parece haber sido hecha a golpes y sin ningún interés por hacer algo interesante con una franquicia que merece un mejor tratamiento que el que ha tenido últimamente. Si bien esta vez al gigantón de la motosierra no le quitan la máscara, sí que lo despojan de todo su interés al hacer de él un asesino genérico que en poco se diferencia de tantas otras historias de matarifes anónimos que han pasado por aquí. Es una lástima que la película no haya conseguido estar a la altura de ese prólogo que consiguió, como mucho, hacerme querer ver de nuevo la original. No voy a recomendarla aquí por ser la respuesta obvia, así que para aquellos que quieran ver un mejor ejemplo de jóvenes perdidos en el hostil ambiente de la América profunda les invito a que echen un vistazo a La casa de cera (2005), una película que curiosamente toma muchos elementos de la saga de TCM y que sin duda está mucho mejor que esta insípida vuelta a los orígenes.

Reseña: La matanza de Texas: La nueva generación (1994)

Dependiendo del prisma a través del cual se observe, La matanza de Texas: La nueva generación (1994) puede ser una de las películas más brillantes de la historia o una de las peores cosas que os podéis echar encima. Ciertamente es una de las más singulares entregas de la saga, y una prueba irrefutable de cómo la cinta original de Tobe Hooper se resiste a ser mercadeada como una franquicia rentable, motivo por el cual cada pocos años alguien siente la necesidad de reinventarla desde cero. Pues bien, eso es exactamente lo que esta cuarta entrega (escrita y dirigida por Kim Hekel, guionista de la cinta original del 74) parece querer hacer al evitar toda posible referencia o vínculo con las cintas anteriores más allá de un muy escueto prólogo narrado. Esta vez tenemos ante nosotros a otros chicos protagonistas y a otra familia de psicópatas caníbales, aunque la base argumental se repite previsiblemente una vez más.

Los problemas comienzan con una primera mitad terriblemente monótona y aburrida que repite casi por completo toda la historia de la original, incluso con escenas calcadas y guiños más que evidentes, pero banalizando el contenido de violencia al hacer las muertes intrascendentes y los personajes intercambiables. Al igual que en la película original, la mayoría de estos chicos son despachados desde bastante temprano, haciendo de la mayor parte de la cinta el sádico tormento por parte de los psicópatas de la familia a la chica protagonista. Toda la cinta está además plagada por una dirección caótica y unas actuaciones bastante desconcertantes, como si la mayor parte del elenco hubiese estado drogado durante el rodaje. En realidad todo desprende una atmósfera bastante desganada en la que incluso las reacciones de los personajes son inexplicables, como por ejemplo la de uno de ellos que hace una pausa para ir al baño en medio de una persecución (¡!).

De todas formas, lo más interesante de esta película, en el caso de que haya algo que destacar, está en la presentación de la familia de psicópatas de turno, cuyo canibalismo por cierto no está ni siquiera sugerido. La cinta no aclara si el Leatherface que vemos aquí es el mismo que el de la tercera entrega (o vamos, cualquiera de las anteriores) pero no lo creo porque es bastante distinto, menos dado a la corpulencia slasher y más al de una especie de mongoloide tan desquiciado que es prácticamente inhumano. El asesino de la máscara de piel es aquí un personaje secundario en todo momento, pero es curioso notar cómo esta película al menos recupera el carácter sexualmente ambiguo que mostraba en la primera parte, aunque aquí está exagerado hasta más no poder para subir el carácter grotesco de la familia, visible en otros aspectos como la pierna robótica de Matthew McConaughey, quien de todos los personajes es el uno que está representado con algo de intensidad. Es precisamente él el único actor del elenco que lo da todo y desborda con su exagerada interpretación de psicópata una película por lo demás bastante endeble.

Cerca del final de la cinta es cuando se notan realmente las intenciones del director y guionista de hacer borrón y cuenta nueva y descartar todas las secuelas de La matanza de Texas, al dar un giro meta-narrativo al argumento bastante curioso y que la enlaza con otros horrores auto-conscientes como La nueva pesadilla (1994) o la reciente The Cabin in the Woods (2011). La idea no está del todo mal, lástima que venga empaquetada en una película tan caótica y desastrosa que parece más preocupada en adquirir las formas de un slasher convencional que en rescatar el realismo de aquella en la que se basa. Como ya muchos sabéis, La matanza de Texas: La nueva generación se quedó estancada en post-producción y no consiguió distribución comercial hasta un par de años después, cuando sus dos estrellas principales, Matthew McConaughey y Renée Zellwehger, se hicieron famosos con Tiempo de matar (1996) y Jerry Maguire (1996), respectivamente. Incluso corre el rumor de que los responsables del thriller de John Grisham intentaron parar el estreno de este desastre para que no dañara la reputación de su naciente estrella, cosa que tras ver esta película no me extraña para nada.

 

Reseña: La matanza de Texas 3 (1990)

Por lo visto el fracaso de La matanza de Texas 2 (1986) no hizo decaer los ánimos de rentabilizar esta historia a su máxima expresión. Personalmente considero una lástima que la secuela de Tobe Hooper no haya conseguido tener éxito en el momento de su estreno porque el atrevimiento por parte del director de hacer una parodia tan bizarra y desprejuiciada de su propia opera prima es sin duda valiente y bastante poco común en el cine de género de cualquier época. Pero evidentemente esta no fue en su momento una opinión mayoritaria, porque La matanza de Texas 3 (1990) hace un giro radical de volante y retoma el camino de la primera entrega no sólo abordando la historia desde una perspectiva más seria y acorde con los estándares del horror de la época, sino que incluso deja por fuera al propio Hooper, dejando el guión en manos de un relativamente novato David J. Schow y la dirección a cargo del especialista en secuelas Jeff Burr.

La palabra “secuela” debería llevar aquí un gran asterisco, porque La matanza de Texas 3 parte prácticamente de cero a la hora de contar la historia de los caníbales tejanos. La película no solo ignora por completo lo ocurrido en la segunda entrega sino que además pasa bastante de enlazar con la original de 1974, por lo que en realidad parece que estuviésemos ante un remake encubierto que incluso recicla la misma estructura dramática de la original y coloca a una joven pareja que toma el camino equivocado y termina siendo presa de los depravados paletos antropófagos que ya conocemos, que incluyen a un gigantón con motosierra y máscara hecha de piel humana. Es de hecho Leatherface el punto a destacar y el auténtico “gancho” de la película a la hora de venderse a sí misma como una historia de horror, muy a pesar de no ser el auténtico protagonista; a decir verdad, el bruto de la sierra es empleado más bien como un elemento de comicidad al resaltar su carácter infantiloide, haciéndole ceder el protagonismo terrorífico a otros personajes como el cowboy psicópata interpretado por un Vigo Mortensen pre-Tierra Media.

Todos estos elementos dejan muy clara una cosa, y es que el estudio intentó con esta secuela convertir La matanza de Texas en una franquicia de terror rentable que compitiera con otras como Halloween o Viernes 13 y que al igual que estas se pudiese explotar con una larga serie de películas. Este para mí es el principal problema porque esta estrategia nunca ha funcionado, aunque los responsables por lo visto no lo vieron así ya que esta es una saga que parece reinventarse cada cierto tiempo con remakes o falsas secuelas como esta o incluso la que se ha estrenado este mismo año. En el caso de la que nos ocupa hoy, la verdad es que no es demasiado destacable al carecer no sólo del descabellado humor de la segunda entrega sino también de la brutalidad de la original. Es en definitiva una película mucho más convencional a pesar de la presencia de míticos de la serie B como Ken Foree o Joe Unger. Incluso el nombre de la película en su versión original (Leatherface: Texas Chainsaw Massacre 3) evidencia las intenciones de llevarla por los caminos de un slasher comercial, algo que queda mucho más obvio con un final que deja la puerta abierta a una posible secuela.

Vi La matanza de Texas 3, lo admito, por puro completismo, y sospecho que la mayoría tenderá a irse por ese mismo camino. Algo hay de entrañable en el retrato de esa familia de degenerados rurales que gustan de torturar a los incautos antes de comérselos, pero no sé si el encanto que pueda tener la saga justifica el hecho de que haya intentado hacer la misma película una y otra vez. Lo curioso es que estas repeticiones de su primera encarnación me han hecho ver con mejores ojos el remake de Marcus Nispel que sacó la Platinum Dunes, el cual (parece mentira) se estrenó ya hace casi diez años, con lo que no es raro que Leatherface y los suyos estén de vuelta.

 

Reseña: La matanza de Texas: el origen (2006)

Hay todo un abanico de opciones a la hora de escoger los argumentos de por qué La matanza de Texas: el origen (2006) es uno de los peores estrenos de terror que hemos tenido este año, desde su memez de guión (que no aporta absolutamente nada al universo creado por la original de Tobe Hooper) hasta las evidentes carencias de talento de un director que desconoce por completo las razones por la que esta saga ha funcionado por más de treinta años, por no hablar de la vergonzosa codicia de un productor (Michael Bay, ¿quién más?) que parece dispuesto a ordeñar esta vaca hasta la última gota. Sin embargo, la más apabullante razón para desechar esta película es su desmedida arrogancia al tratar de explicar el origen de algo que no necesitaba ser explicado en primer lugar. La cinta de Jonathan Liebesman (precuela del remake del 2003) resuelve esto con un par de vacías frases que aluden al matrato infantil en la esperanza de parir un “icono del terror” autoconsciente y descarado.

Y lo peor de todo es que, al igual que como ocurría con su anterior película, Darkness Falls (2003), los primeros minutos de Liebesman no están del todo mal: una secuencia sucia e incómoda en la que vemos a una mujer parir en medio de un matadero a un niño deforme. El niño es, obviamente, nuestro amigo Thomas Hewitt, quien más adelante crecerá para convertirse en el gigantón Leatherface. Treinta años después, cuando el cierre del matadero decrete la muerte económica del pueblo y nuestro amigo y su familia se queden sin su principal fuente de ingresos, comienza la matanza propiamente dicha.

Estos primeros minutos, en los que el personaje de R. Lee Ermey (sin duda alguna lo mejor de la película) se “convierte” en el sheriff Hoyt y hace su declaración de intenciones a la familia de nunca más pasar hambre, es el punto más alto de todo el metraje, justo antes de que la cinta se lance en picada al territorio slasher y pase desvergonzadamente por cada uno de los clichés que normalmente se le atribuyen. Sin embargo, en este caso dicha autoconsciencia es aún más patética, ya que al ser esto una precuela (acontecida tres años antes de la versión de Marcus Nispel) se sabe desde el primer fotograma cómo va a terminar. Por ende, cualquier inversión emocional que uno pueda hacer en los personajes víctimas está, de entrada, desperdiciada. La película entonces se transforma en un festival de excesos de diseño, gratuito pero con pasta, concebido y ejecutado como un vulgar geek-show prefabricado para el suscriptor promedio de Fangoria y para todo aquel que básicamente desee casquería completamente banalizada.

Al principio podría pensarse que la original de Tobe Hooper era poco más que eso, pero nada está más lejos de la realidad. Aparte del hecho de que sus excesos eran genuinamente originales allá por 1974, la película original basaba su horror no tanto en la sangre (que tampoco era tanta) sino en el retrato de esa América que la gente se negaba a ver: una de un patio trasero lleno de ignorancia, pobreza y violencia desmedida. Y aún así, nada de lo que había en esa película era gratuito. Esta precuela del remake echa todo eso por la borda. Un ejemplo lo deja más claro que ninguno: la escena en la que la protagonista es atada a una silla y obligada a presenciar la cena de la familia Hewitt, escena que sin duda sabrán todos es una referencia directa a la película original. Pues bien, en la original dicha escena tenía sentido y razón de ser, mientras que aquí no tiene ninguno, sólo se trata en primer lugar de una referencia pop, y en segundo lugar de una muestra de sadismo gratuito por parte de los personajes.

Podría dar muchas razones más de lo repetitiva, predecible e inverosímil que resulta cada una de las secuencias de esta película. ¿Violenta? Ciertamente, pero eso ya no es ningún mérito en un género donde Rob Zombie, Alexandre Aja y Eli Roth se han convertido en nombres conocidos por todos. La matanza de Texas: el origen es totalmente bobalicona, supérflua e inútil. Pasad de ella sin ningún remordimiento.

 

Reseña: La matanza de Texas 2 (1986)

Ubiquémonos a mediados de los años ochenta, cuando el fenómeno slasher está en plena ebullición, Jason y Freddy hacen de las suyas y los asesinos carismáticos son, en gran medida, los reyes en lo que al género de terror se refiere. La ocasión estaba madura para que Tobe Hooper revisitara un clásico lanzando la secuela de su ópera prima, La matanza de Texas (1974), innegable antecesora del sub-género de los psicópatas con personalidad. Sin embargo, nadie esperaba que aconteciera lo que finalmente ocurrió: Hooper tomó los principales elementos terroríficos de su película y les dio un giro radical, haciendo de La matanza de Texas 2 (1986) no solamente una secuela en toda regla, sino una de las mejores y más desternillantes parodias slasher que se han hecho jamás. Oscurecida por la inmensa sombra de su predecesora, esta película constituye todo un clásico de culto que, por desgracia, no es demasiado conocido más allá de los fanáticos del género.

La historia se sitúa casi doce años después de la original, y por medio de otra introducción narrada nos enteramos de que los crímenes de Leatherface y su familia caníbal nunca fueron resueltos, ya que el clan de asesinos jamás fue encontrado. La leyenda de este grupo de salvajes, sin embargo, persiste, hasta que una joven presentadora de una radio de pueblo (Caroline Williams) logra escuchar en vivo una de las brutales matanzas perpetradas por Leatherface y su hermano Chop-Top (un inmenso Bill Moseley). Las cosas se complican para ella cuando recibe la visita del teniente Lefty Enright (Dennis Hopper), un policía obsesionado con los criminales que asesinaron a su sobrino inválido en la primera película, quien le pide que ponga la cinta del asesinato en el aire para así obligar a la familia a revelarse. Lo que sigue, por supuesto, es la carnicería que el clan de Leatherface desata sobre la presentadora y el teniente (que resulta estar tan loco como ellos o más).

Tras un primer visionado de esta película, sorprende que Tobe Hooper haya decidido arriesgarse a hacer algo tan diferente de su debut. Pero también se aprecia cuanto ha crecido como director, demostrando que no pasan en vano esos doce años, durante los cuales se mantuvo activo hasta más no poder: ocho películas de terror separan la primera parte de esta secuela, y entre esas ocho cintas hay auténticas joyas como Salem’s Lot (1979), Poltergeist (1982) y Lifeforce (1985). Sólo Tobe Hooper podía construir una película que fuera no solamente una desmadrada de la saga de Leatherface, sino un comentario agudo de todo el género slasher ochentero. Si la primera parte de La matanza de Texas se caracterizaba por su crudo realismo, la segunda es completa y delirantemente irreal, casi operática, con épicas luchas de motosierra, inverosímiles personajes como Chop-Top (con todo y su inquietante costumbre de arrancarse trozos de su propio cuero cabelludo) y un regodeo constante en el sadismo de una familia caricaterusca que mata unida para permanecer unida. La guarida de estos monstruos (esta vez en un parque de atracciones abandonado) es un festival de horrores, un lugar poblado de fantasías gore cada vez más estrambóticas (1), donde vemos a Leatherface en su elemento. La motosierra se transforma no solamente en un artefacto de destrucción sino en el símbolo de la casquería sin sutilezas, al ser literalmente mostrada como un símbolo fálico por el mongoloide gigante apodado “Bubba”, quien manifiesta a través de la violencia su predilección por la chica protagonista (no en balde esta cinta es conocida también como Leatherface enamorado). Si el gigante girando enfurecido en la original es un icono del terror, no menos lo es cuando en esta segunda se folla el aire usando su motosierra encendida como un gigantesco, metálico y cortante miembro viril.

El final es, asimismo, la manera más contundente de terminar una odisea como esta. Exasperante, histérico y apoteósico hasta más no poder, termina de coronar una película que puede resultar alienante para aquellos que no comulguen con este determinado tipo de cine estrambótico (ese sería su mayor defecto) pero para todos los demás, su visionado es materia obligatoria para entender por qué, aún con todos sus traspiés actuales, Tobe Hooper es un director que merece una consideración especial.


(1) Rob Zombie es, obviamente, uno de los mayores fans de esta película, ya que tanto La casa de los 1000 cadáveres (2003) como Los renegados del Diablo (2005) toman de ella gran parte de su argumento y varias de sus secuencias más memorables. La presencia de Bill Moseley como protagonista en las dos es otra prueba fehaciente de ello.

Reseña: La matanza de Texas (2003)

Resulta curioso que Noel Gross, en su columna de Serie B Cineshlockorama, decidiera darle dos de sus cinco estrellas a este remake de La matanza de Texas (1974), uno de esos clásicos “intocables” del cine de terror de bajo presupuesto. Sin embargo, debo admitir que justifica muy bien su decisión cuando explica que esas dos estrellas equivalen a las tetas de Jessica Biel, quien, durante la hora y media que dura esta película producida por el inefable Michael Bay, no hace sino sugerir constantemente sus encantos físicos (aunque, como Noel, sospecho que se hizo uso de la tecnología digital para eliminar los pezones de la señorita Biel durante la escena en que está dentro de un congelador vistiendo únicamente una delgada camiseta de tiritas, para colmo mojada).

El comentario, más allá de cualquier otra implicación, resume bastante bien mi ya declarada (y reiterada) animadversión hacia esta película, no porque hayan hecho una versión de uno de mis filmes preferidos (Dios sabe que existen remakes buenos y hasta muy buenos) sino por el infinito descaro que hace falta para tomar todas las convenciones típicas del slasher film adolescente–moderno y empotrarlas en un marco vagamente referencial a lo que fue una gran película. Porque aparte de evidentes guiños a la original, no hay nada en esta aventura de rednecks psicópatas que nos remita a la ferocidad caníbal de su predecesora, una película realmente trasgresora que aquí es prácticamente parodiada. El gore incluso parece desganado, como si toda la película se esforzara por dar una sensación constante de asco sin ningún tipo de amenaza creíble, casi una burla. De hecho, yo estaría dispuesto a señalar esa búsqueda como la principal razón para el fotograma que todos los fanáticos de la original han denunciado como un sacrilegio, algo que ni siquiera las tres secuelas se atrevieron a hacer: el momento en que Leatherface se quita la máscara.

Y sin embargo, existen aspectos positivos que merecen ser mencionados. El presupuesto de la película les ha facilitado la creación de un ambiente ruinoso y sucio que ya hubiese deseado para sí Tobe Hooper, y debo admitir que incluso yo mantuve ciertas esperanzas durante dos escenas: aquella en la que una chica saca una pistola de su ropa interior y se vuela la cabeza (en un alarde de sangre y charcutería formidable) y la inquietante presencia de un par de mujeres típicas del trailer trash que ofrecen a la protagonista una tacita de té. Del resto, se puede decir muy poca cosa, porque ni siquiera la presencia de ese gigante de la interpretación conocido como Lee Ermey (cómodo en su papel de sheriff ultra–sádico) puede salvar a esta película de la mediocridad. Si una cosa se puede rescatar es el descubrimiento de una nueva scream-queen en la señorita Biel, cuyo despampanante físico podría augurarle una gran carrera en el mundo del horror serie B.

Oh, perdón, me olvidaba de que ya no estamos en esa época. Creo que de momento tendremos que seguir soportando estos refritos insulsos característicos de nuestra era de “simulación” en el que cada vez resulta más difícil ser realmente REAL. Tan sólo esperemos que el ejemplo no cunda demasiado.


[Nota: aquellos que sean fanáticos de la original tienen, sin embargo, una buena razón para desembolsar pasta en este remake: la edición especial de dos discos para Zona 1 trae, entre sus contenidos adicionales, uno de los mejores documentales que he visto acerca de la obra original de Tobe Hooper. Eso sí que vale la pena]

 

Reseña: La matanza de Texas (1974)

Mi relación con La matanza de Texas (o el más específico The Texas Chainsaw Massacre) es difícil de explicar, principalmente porque la vi tarde, hará cosa de unos tres años, después de tener muchísimo tiempo escuchando hablar de ella. Podemos decir únicamente que se trata de la primera película de Tobe Hooper (también conocido por Poltergeist), que fue financiada en parte con las ganancias de Garganta profunda (la porno más famosa de todos los tiempos) y que hasta la fecha ha generado tres secuelas y un desastroso remake. Nada de esto le quita su valor; sigue siendo una de las más grandes películas de horror de todos los tiempos, principalmente gracias a su ferocidad y la suciedad con que se nos presenta.

Dicen los mismos autores que está inspirada parcialmente en los crímenes de Ed Gein, un asesino en serie americano de los años 50. Yo no sé si esto es cierto (francamente lo dudo) pero puedo lanzar la conclusión a la que llegué después de verla (y a sus innumerables imitaciones): no sé como es que todavía hay gente que hace auto-stop. La posibilidad de que termines en las manos de una familia de “white trash” caníbales (en la que el más pintoresco de los miembros es un gigante mongoloide que lleva una máscara hecha de piel humana y se divierte picando a los incautos visitantes con una motosierra) es demasiado inquietante para ser desechada.

Es una lástima que no exista ninguna copia restaurada debidamente. Es verdad que la película es una producción de bajo presupuesto de los 70, pero la imagen y el audio dejan bastante que desear en una era en que la tecnología ha permitido reparar cosas más antiguas. En fin, quizás alguien se apiade de nosotros algún día. Mención especial merece Gunnar Hansen, el corpulento actor (era realmente un actor) que interpreta a Leatherface, y que pasó por la tortura que significó aquel rodaje demencial, caluroso, visceral y asbolutamente repulsivo. Entretanto, la película seguirá siendo el mejor ejemplo de por qué NUNCA hay que parar sin razón en la carretera.