Reseña: Deliver Us From Evil (2014)

Scott Derrickson, director que ya hemos celebrado anteriormente aquí gracias a cintas como El exorcismo de Emily Rose (2005) y Sinister (2012), cierra su trilogía demoníaca con Deliver Us From Evil (2014), probablemente la más floja de las tres y una en la que parece haber claudicado ante un estilo híbrido que no le ha sentado muy bien. Si digo esto es porque la película parece en muchos momentos una mezcla entre El exorcista (1973) y Seven (1995), en el sentido de que se trata de un thriller policial en el que una serie de horribles asesinatos tienen una explicación sobrenatural. Dicho así se parece mucho a otros trabajos que hemos reseñado antes, y aunque es cierto que la originalidad no es su mayor fuerte, tampoco es la principal pega que le he encontrado.

Mi mayor problema con ella quizá tenga que ver con una frustración personal que tengo y es que por lo visto el tema de las posesiones diabólicas es un callejón sin salida en cuanto a cine de terror, ya que no parece haber ninguna obra capaz o dispuesta de desprenderse de la influencia de la arriba citada película de William Friedkin. Esta de la que hablamos hoy es otro ejemplo de ello, y si bien Derrickson ya había tocado el tema de los exorcismos de una forma si se quiere un tanto novedosa, en esta ocasión se rinde ante un trabajo muy burdo que explota no sólo los clichés del cine de posesiones (incluso abriendo con una escena en Irak, tal como hiciera Friedkin en los setenta) sino también los del thriller nihilista protagonizado por un policía abrumado por los horrores que encuentra a diario y que ve puesta a prueba su postura ante la vida al encontrar un improbable aliado en el cura interpretado por Edgar Ramírez, quien le ayudará a encontrar al demonio responsable por las muertes y enfrentarse a él.

Es precisamente este personaje el que le termina de quitar a la película toda su seriedad; el aprovechamiento del actor a la hora de interpretar un cura moderno con un pasado de sexo y drogas termina pareciendo una parodia de sí mismo y provocando que el propio Ramírez recuerde a aquellos personajes que solía interpretar Antonio Banderas en el Hollywood de mediados de los noventa. En verdad no exagero si digo que todas las interacciones de los dos protagonistas con el aspecto sobrenatural de la historia dan mucha pena y dinamitaron, al menos para mí, todas las posibilidades de que me tomara la trama en serio. Esto último es particularmente frustrante porque la idea de un mal foráneo traído a tierras americanas como consecuencia de su intervención en conflictos extranjeros era si se quiere algo interesante que podría haber sido explorado de otra forma si se hubiese tenido la voluntad artística para ello.

En lugar de eso nos queda esta historia de horror con mensaje espiritual de redención y un policía atormentado que redescubre su fe al exponerse a la idea del Mal como algo absoluto y tangible de procedencia externa al hombre, es decir el mensaje opuesto a lo que Seven intentó transmitir en su día. Derrison no ha vuelto a dirigir nada de terror desde entonces, gracias entre otras cosas a su éxito en el universo Marvel con Doctor Strange (2016), pero espero que cuando vuelva lo haga con algo mejor que este último y muy mejorable esfuerzo.

Reseña: Hereditary (2018)

credit: Reid Chavis/A24

Ahora que hemos finalmente vuelto tras esta larga pausa, toca intentar ponerse al día con los estrenos importantes que ha habido este año, y entre todos ellos pocos tan sonados como Hereditary (2018), un trabajo que vino precedido por un tremendo hype y al que le han llovido críticas positivas que la pintan no sólo como lo más destacado del año sino como una de las películas de terror de la década. En cierto sentido, ha sido un fenómeno muy similar al que tuvo La bruja (2015) hace un par de años: ambas son producciones independientes realizadas por directores noveles que han sabido abordar una historia de terror con temas si se quiere bastante convencionales, pero dotada también de una forma única y un talento formal inusitado en una ópera prima que termina elevando un material que probablemente no hubiese funcionado tan bien en otras manos.

En mi caso particular debo reconocer que gran parte del motivo por el cual la película funcionó para mí es el hecho de que no sabía prácticamente nada de ella e incluso el trailer era muy parco en información y se preocupaba de no develar detalles del argumento, algo que por supuesto mantendremos aquí ya que el descubrimiento de lo que va pasando es algo que tenéis que experimentar por vosotros mismos. Tan sólo puedo adelantar aquello que ya sabemos por el material publicitario: la historia de una familia cuya vida empieza a tomar un matiz cada vez más siniestro tras la muerte de la abuela y el descubrimiento progresivo de varios de sus secretos. El dolor del duelo, el miedo a lo desconocido y la aparición de un mal que parece enfocado en afectar a la familia en cuestión (de ahí el título) son temas grandes que ocultan sin embargo una historia con referentes muy obvios en el cine de terror tanto clásico como reciente, unos que además no tardaréis en reconocer.

Digo esto porque lo cierto es que tras una escena específica sumamente cruel e impactante, el argumento de Hereditary toma un giro mucho más convencional y definitivamente menos arriesgado, y aún así la cinta se salva precisamente gracias a una magistral dirección, una muy cuidada y coherente estética y, sobre todo, unas actuaciones soberbias entre las que destaca una Toni Collette que debería llevarse todos los premios del mundo por su trabajo en esta cinta. Por supuesto, este cambio no perjudica a la película porque todo lo que ha ocurrido antes ha sido suficiente para acaparar por completo la atención del espectador y mantenerlo en vilo hasta el final a pesar de que todo el tercer acto se siente como algo muchas veces visto en cuanto a argumento, tanto que todo lo que ocurre (incluyendo el final) está cantandísimo desde mucho antes.

Todo esto no me impide sin embargo llegar a la conclusión de que Hereditary es, efectivamente, una de las películas de miedo más interesantes de este 2018, y aunque aún estará por ver si efectivamente la recordaremos de aquí unos años, al menos es de las pocas que han sabido conjugar correctamente la visión singular de un autor joven con unos arquetipos de terror más que conocidos dentro del cine comercial. Si todavía la tenéis en cines echadle un vistazo porque vale muchísimo la pena, sobre todo si podéis evitar la cantidad de spoilers y análisis que han salido (algunos, en mi opinión, un tanto exagerados ya que esta película no me parece tan intelectual como nos han querido hacer creer). De las mejores del año, sin duda alguna.

 

Reseña: XX (2017)

Lanzada de forma modesta el año pasado pero con cierta repercusión una vez llegó su estreno digital, XX (2017) es otra cinta de antología temática de las que tanto parecen abundar hoy en día y de las cuales ya hemos tocado numerosos ejemplos, casi siempre girando alrededor de un gimmick que sirve de punto de unión para los diferentes segmentos que la componen. En esta ocasión, el gancho está en que los cuatro relatos independientes están todos dirigidos por mujeres. Este detalle es quizás su punto más interesante y aquello que me hizo querer verla, aunque el resultado ha sido una ligera decepción por varios motivos.

El primero de ellos es que en general no ha sido lo que se dice muy memorable salvo por el primer segmento, titulado The Box y basado en un cuento corto de Jack Ketchum. Este relato es el mejor de los cuatro y uno que tiene un tono inmejorable que hubiese funcionado muy bien para toda la antología. Los otros tres son una comedia de terror acerca de una mujer intentando ocultar un cadáver durante la fiesta de cumpleaños de su hija, una historia de campistas que se encuentran con un monstruo invocado por unas misteriosas pinturas rupestres, y un relato sobre el Anticristo contado desde la perspectiva de su madre humana y el vínculo que esta llega a sentir con un hijo al que no puede evitar amar a pesar de ser literalmente la encarnación del Mal.

Este último segmento, por cierto, me pareció muy curioso porque aunque no sea tan memorable en sí mismo, es el único de los cuatro que cuenta con una premisa exclusivamente femenina, a diferencia de los tres restantes que tocan temas más genéricos. Es también una premisa muy buena y genuinamente interesante que podría perfectamente haber sido ampliada en forma de largometraje. El episodio está dirigido por Karyn Kusama, una directora que ya hemos reseñado aquí con películas interesantes como Jennifer’s Body (2009) o la excelente The Invitation (2015) y que es la única cineasta del conjunto que se puede considerar conocida en el horror mainstream, un detalle extraño por sí mismo ya que normalmente estas cintas de antología suenen reunir nombres con cierta trayectoria. Teniendo en cuenta que en los últimos años ha habido varias ejemplos de directoras de terror que han alcanzado renombre, no deja de resultar raro.

A pesar de todas sus carencias, XX tiene momentos muy interesantes, grandes aciertos a nivel estilístico y, en general, un acabado menos comercial que la hace al menos más arriesgada en comparación con muchas de sus contemporáneas a pesar de que el resultado final sea un tanto olvidable. Insisto en que el primer episodio es el único realmente redondo, pero sabe a poco en una película algo mediana que desaprovecha muchas de sus oportunidades.

 

Reseña: Ava’s Possessions (2015)

Al igual que como me ocurrió con Tucker and Dale vs Evil (2010), con Ava’s Possessions (2015) el principal punto de interés que le hallé fue precisamente su premisa, tan evidentemente atractiva desde el punto de vista de una comedia de horror que para mí resulta todavía sorprendente el que nadie lo haya intentado antes. El tema de las posesiones diabólicas ha sido tocado hasta el hartazgo en los últimos años, pero con la posible excepción de aquella parodia con Leslie Nielsen y Linda Blair titulada Reposeída (1990), la verdad es que no había visto un acercamiento cómico que abordara de forma exclusiva este tema. Esta que tenemos aquí hoy, además, lo hace con inteligencia y con un conocimiento del subgénero muy amplio que esconde algo que siempre se ha comentado de las películas de exorcismos: que en el fondo son elaboradas metáforas de problemas como la adicción o los trastornos psicológicos, temas que se tocan también aquí.

La premisa a la que me refiero es la siguiente: la protagonista es una joven llamada Ava que, previsiblemente, ha sido poseída por un demonio y exorcizada. La diferencia es que en esta ocasión la trama comienza donde estas historias normalmente terminan: después del exorcismo, cuando Ava, ahora liberada por fin de la entidad que la mantenía sometida, debe afrontar las consecuencias legales de todo lo que hizo mientras el demonio habitaba en su cuerpo. Como única alternativa para evitar ir a la cárcel, la joven acepta ingresar en un programa de ayuda destinado a víctimas de posesiones diabólicas, donde descubrirá a otros como ella y se dará cuenta de que quizás su inesperado huésped no ha terminado todavía de martirizarla.

A partir de aquí se construye una muy interesante película que va no tanto sobre posesiones diabólicas y mucho en cambio sobre la situación de vulnerabilidad en la que queda alguien dañado por situaciones como los trastornos mentales o la toxicodependencia. Digo estas cosas no porque en la película se mencionen sino porque todos los aspectos del grupo de ayuda y las situaciones de abuso y peligro por las que pasa Ava son calcadas de este tipo de argumento. Claro, la película en el fondo sigue siendo una comedia, pero el trasfondo es mucho más siniestro de lo que originalmente parece aún con su estética indie y su constante sátira de la nada envidiable situación de su protagonista. Lo consigue, como decíamos arriba, mediante el aprovechamiento de una premisa con mucho potencial, algo que se nota en cómo da respuesta a numerosas interrogantes que surgen de este tipo de cine: en un mundo donde las posesiones diabólicas son reales, ¿quién se encarga de los daños ocasionados por los poseídos? También es muy divertida la forma en que cada personaje lidia con su situación, destacándose especialmente una jovencita del grupo de ayuda que añora la conexión especial que tenía con su demonio y que hará lo que sea para ser poseída de nuevo.

En fin, una comedia de terror muy divertida que no sólo conoce bien el subgénero que está parodiando sino que encima logra colarnos un trasfondo mucho más oscuro de lo que parece. El hecho de que incline la balanza tan fuertemente hacia la comedia probablemente impedirá que se convierta en un clásico, pero aquellos que sepan pasar esto por alto la disfrutarán mucho. Yo ciertamente lo hice.

 

Reseña: Starry Eyes (2014)

Durante una escena crucial de Starry Eyes (2014) hay un personaje que suelta un discurso acerca de la decadencia de Hollywood, de la apatía de sus habitantes y de la miseria de una ciudad envuelta en niebla e indigna de la gloria de su pasado. En estos diálogos se esconde el punto central de una de las películas de terror que mayor impacto han causado en mí recientemente, y una que sorprende más aún por el hecho de que sus muy interesantes ideas se esconden tras la fachada de una historia muy sencilla que incluso puede ser resumida en unas pocas líneas: Sarah Walker, una de las miles de aspirantes a actriz que pueblan la ciudad paseando entre un trabajo miserable y decenas de castings infructuosos, recibe de repente la oportunidad de su vida cuando un ataque de histeria llama la atención de los misteriosos jefes de una muy antigua productora que le ofrecerá convertirla en una estrella a cambio de un muy alto precio.

Siguiendo las constantes del género que tocamos aquí, es muy probable que quien lea estas líneas ya pueda intuir a qué se refiere ese precio que Sarah habrá de pagar, así como los puntos clave de una historia que toca un gran número de puntos comunes con otros relatos de terror: satanismo urbano, sectas, y sobre todo el pacto sobrenatural producto del choque entre una ambición idealista y las frustraciones del mundo real. En el caso de Starry Eyes esto está aderezado con una fijación casi enfermiza en el sufrimiento del personaje de Sarah, quien a lo largo de la cinta no sólo sufre las vejaciones propias de su frustrante situación sino que también pasa por una martirizante transformación física que constituye probablemente la mayor concesión que la película hace al cine de miedo, con una mirada muy evidente a la obra de otros directores que han tratado el tema tales como el Polanski de antaño.

Digo que esto es la mayor concesión porque los principales logros de la cinta están en su muy marcado simbolismo; desde el nombre de la productora (Astraeus Pictures) hasta la constante visión de la colección de fotografías que Sarah tiene en su habitación y que muestran a grandes estrellas del pasado, revelando así el carácter cíclico del argumento, eso por no hablar de la manera cómo se representa un Hollywood oscuro, gris y casi permanentemente nublado (sólo he visto la película dos veces pero creo recordar que no hay ningún plano en donde se vea el sol). Pero lo que probablemente sea el tema que más me ha interesado ha sido la manera cómo la cinta describe un conflicto generacional visto a través de los amigos de Sarah, un grupo de jóvenes a los que la película muestra como seres completamente indolentes que se reúnen para pasarlo bien y que se autodefinen como artistas pero a quienes nunca vemos hacer realmente nada. Es este carácter vacuo lo que empuja a Sarah a aceptar el pacto y dejar que sus responsables cambien su vida infundiéndole unos nuevos ojos, una nueva perspectiva que la transforma por completo.

Es precisamente esta transformación final y su muy sangriento desenlace lo que el público suele recordar más de una película como Starry Eyes, y también el motivo por el cual se puede enmarcar dentro del género de terror. El resto de la película es muy asfixiante morality tale acerca de la ambición pero también acerca de la búsqueda de sentido vital en medio de una existencia gris de la que vale la pena escapar así sea a través de lo monstruoso. Una gran obra llena de detalles a la que ha valido la pena revisitar.

 

Reseña: La profecía 2 (1978)

Cerrando esta trilogía de reseñas sobre secuelas abandonadas, confieso que en esta ocasión he decidido hacer trampa, ya que a diferencia de las dos anteriores esta vez hablo de una cinta que ya había visto. No sólo eso; La profecía 2 (1978) es una de las primeras películas de terror que recuerdo haber visto en mi vida, si no la primera. En aquel momento varias de sus imágenes se me quedaron muy grabadas, en mayor medida incluso que la película original, la cual no llegué a ver sino muchos años después. Desde entonces, sin embargo, no la había vuelto a ver, así que he decidido aprovechar esta oportunidad para revisitarla y comprobar cómo ha envejecido. El resultado ha sido ligeramente decepcionante ya que es evidentemente muy inferior tanto a La profecía (1976) como a mi propio recuerdo de ella, pero tiene muchos detalles curiosos para mencionar y que intentaré explicar en la medida de lo posible.

La película tiene lugar siete años después del desenlace de la primera parte, con un Damien adolescente que vive con su familia adoptiva sin saber nada de su destino hasta que se enfrenta a la revelación de ser el Anticristo. Ya de entrada el detalle de hacer de Damien el protagonista de la historia es algo innovador, aunque sólo está hecho a medias; gran parte del metraje sigue al tío de Damien, interpretado por el veterano William Holden y que aquí repite en cierta forma el personaje que ya hacía Gregory Peck en la original. Con todo y eso hay un énfasis claro en la formación de Damien y en la forma como descubre ser el hijo de Lucifer. Dicha subtrama está por desgracia sólo insinuada y de hecho la película es muy inconstante en cuanto a la supuesta maldad de Damien, sus habilidades o el grado de voluntad que hay detrás de las muertes de aquellos que le rodean.

Esta inconstancia de la que hablo es el principal problema que le veo a la película, más allá del innegable hecho de que trata su tema con mayor superficialidad que la cinta de Richard Donner. Como decíamos arriba, parte de lo que hace interesante el argumento es que Damien parece ignorar al principio de la película cuál es su destino y es sólo más adelante cuando lo descubre. La revelación parece en un principio causar un conflicto en él, pero esta idea se deja inmediata e inexplicablemente de lado: una vez que descubre quién es, Damien abraza su destino de forma automática e incuestionable hasta el punto que da la impresión de que siempre supo quién era, lo que roba a la película de unas grandes oportunidades dramáticas que se desperdician, como la confrontación entre el joven y su primo al que siempre había tratado como a un hermano. La escena no funciona porque todo el mundo parece aceptar muy fácilmente la idea del Anticristo como si fuese algo muy natural, cuando en realidad lo único sospechoso de Damien es la impresionante cantidad de gente que muere a su alrededor. Este body count (mucho más alto que el de la primera película) contiene algunas muertes memorables, pero son tantas que terminan siendo predecibles y pierden todo su impacto a pesar de que la película bombardea al espectador con la música de Jerry Goldsmith.

Y sin embargo hay cosas muy rescatables, siendo la principal de ellas (para mí al menos) el joven actor Jonathan Scott-Taylor en el papel de Damien, todo un acierto de casting que le da un punto de legitimidad a una película menos seria de lo que parece en un principio. Es una lástima que la cinta no haya explotado el lado dramático de su personaje y que el propio Scott-Taylor no haya tenido una carrera más fructífera, porque definitivamente es él lo mejor de una película que ya tenía un muy buen elenco. Hablando de esto último, hay un punto más que me ha parecido curioso y que quisiera resaltar, y es que el argumento de la cinta muestra dos personajes que se revelan desde muy pronto como aliados del Anticristo y que ayudan a Damien a descubrir su verdadera naturaleza. Estos dos personajes, a la hora de la verdad, no hacen realmente nada en la película y siempre me pregunté por qué. Investigando un poco, sin embargo, me he enterado de que los responsables de La profecía 2 planeaban estrenar una tercera parte al año siguiente, así que muy probablemente estaban reservando esos dos personajes para la secuela. Dicha tercera entrega llegó a realizarse en el año 81, pero con un elenco completamente distinto y ambientada años más tarde con un Damien adulto. Entretanto, concluyo con que esta segunda entrega de una de mis películas de terror favoritas es todavía pasable, evidentemente más superficial y no tan efectiva, pero con algunas interesantes ideas.

 

Reseña: El exorcista 2 (1977)

Mientras nos acercamos poco a poco a la sexcentésima reseña, quiero aprovechar la oportunidad para traer a colación una película que desde hace tiempo quería mencionar, sobre todo en esta época que me ha dado por revisar secuelas poco agraciadas de grandes clásicos. Pero hay más en esta elección que un vulgar completismo: el verdadero motivo por el que deseo hablar de El exorcista 2: El hereje (1977) es romper una lanza a favor de su muy interesante director, John Boorman, un muy prometedor cineasta que rodó grandes obras durante los tempranos setenta y que estaba destinado a ser uno de los grandes de Hollywood, hasta que el destino quiso que su carrera se diluyese en películas muy extrañas como Zardoz (1974), Excalibur (1981) o la que hoy nos toca. Es justo que la mencionemos porque si bien las dos anteriores han sido reivindicadas con el tiempo como obras de culto (en mayor o menor grado), El exorcista 2 sigue teniendo la fama de una de las peores secuelas jamás hechas, y a pesar de que no faltan motivos para pensarlo, hay algunas cosas que deseo rescatar de ella y compartir aquí.

El argumento es, después de todo, el que se podría esperar: cuatro años después de los eventos ocurridos en El exorcista (1973), el Vaticano ordena a un sacerdote traumatizado una investigación acerca de la muerte del padre Merrin, lo cual inevitablemente lleva a nuestro protagonista a reencontrarse con la joven Reagan, quien parece haberse recuperado de su experiencia gracias a la ayuda de una psicóloga y su extraña máquina de sincronización hipnótica. Este ángulo pseudocientífico se mezcla con la historia del origen del demonio Pasuzu, quien descubrimos no ha abandonado del todo a su víctima. Esta es digamos la parte convencional de la trama, puesto que todo el resto es un delirio que mezcla sueños, jóvenes con poderes, varias almas conviviendo en un mismo cuerpo, la dualidad de la propia Reagan (desdoblada aquí en sus personalidades humana y demoníaca) y el encuentro del padre Merrin con Pasuzu en un perdido templo africano. Boorman va arrojando todos estos conceptos uno tras otro sin piedad y el resultado es, hay que admitirlo, una película caótica en la que se nota hubo un esfuerzo titánico por parte de sus responsables de vincularla con los elementos exitosos de la primera parte a como diera lugar, aún sacrificando la lógica narrativa.

Y sin embargo hay cosas que me siguen fascinando aún hoy, teniendo en cuenta que no había visto esta película en al menos veinte años: John Boorman, como siempre, consigue crear una atmósfera muy buena por momentos, y particularmente nunca he podido sacarme de la cabeza esas imágenes de Reagan en el balcón de una Nueva York que se ve imponente y asfixiante con sus enormes torres de concreto, que encuentran su paralelo en los acantilados africanos donde se mueve el sacerdote interpretado por Richard Burton. Aparte de eso, la idea de los orígenes del demonio como un Mal antiguo y exótico es en realidad muy buena, y es una lástima que la película no la haya explorado más en lugar de saltar constantemente entre una locación y otra. De hecho si algo me quedó claro tras volver a ver esta cinta es lo sobredimensionado que está el personaje de Reagan, cuando en realidad su presencia debería haber sido algo secundario. En lugar de eso la película la explota hasta la saciedad en una clímax surrealista que parece más bien una excusa para, por un lado, reciclar parte del ambiente de la original, y por otro lado erotizar a una crecidita Linda Blair que a sus dieciocho años se ve muy diferente a la niña que era cuando se hizo famosa. Y a eso tenemos que sumar algunas imágenes un tanto insólitas como la del hechicero africano disfrazado (literalmente) con un traje de langosta.

Dicha imagen, sumada al un tanto estrafalario concepto de la máquina de hipnosis y su muy endeble subtrama psiquiátrica, resume bastante bien los problemas que público y crítica tuvieron con El exorcista 2, los cuales ya venían cargados con los prejuicios que dan el ser la continuación de una de las más celebradas películas de terror de todos los tiempos. Creo sinceramente que estamos ante algo que pudo haber sido mucho mejor al estar como estaba en las manos de un cineasta con mucho que ofrecer. Por desgracia, un argumento caótico y mal llevado, una ambivalencia acerca del tono que se quería dar y algunas decisiones un tanto insólitas de casting (esa amiga de Reagan que es una evidente sustitución de su madre sólo se explica por la negativa de Ellen Burstyn a repetir su papel) terminan lastrando una obra con alguna que otra pincelada de genialidad pero que no puede evitar venirse abajo. Atención, repito una vez más, a ese rarísimo desenlace y a esa imagen final del guerrero espiritual perdiéndose en el horizonte con la damisela salvada. No me parece para nada una de las peores secuelas jamás hechas, como dicen, pero sí es verdad que es una de las más extrañas.

 

Reseña: El último exorcismo 2 (2013)

Aquellos que sigan este blog desde hace un tiempo sabrán lo mucho que terminamos recomendando El último exorcismo (2010), una película que no sólo resistió las inevitables comparaciones con El exorcista (1973) sino que también resultó ser uno de los pocos ejemplos de cine de metraje-hallado/falso-documental de los últimos años que encuentro destacable. Era raro que hasta ahora nadie se hubiese decidido a sacar una secuela. Pero ahora, en estos tiempos de desesperación en los que hay que rentabilizar cualquier cosa que tenga el menor grado de reconocimiento por parte del público, nos llega El último exorcismo 2 (2013), una continuación que (previsiblemente) está realizada por otro director, escrita por otro guionista, y que no guarda casi ninguna similitud con la primera parte.

Aparte del hecho de que en mi opinión debería haber una ley en contra de poner un número de secuela a un título que tenga la palabra “último/a”, hay una cosa que quisiera destacar de esta segunda entrega y que muy probablemente ya todos sepan a estas alturas: El último exorcismo 2 abandona el formato de metraje hallado de la original y opta por la perspectiva tradicional en tercera persona, contando esta vez la historia de la misma chica poseída de la película anterior, que parece haber sobrevivido y escapado del culto satánico de la primera entrega para luego ir a parar a una casa de rehabilitación donde intenta superar su traumática experiencia antes de ser acosada de nuevo por aquella fuerza demoníaca que se había apoderado de ella.

Esto es básicamente todo lo que se puede contar del argumento, uno que está calcado no sólo de conocidas películas de jóvenes indefensas ante malignas presencias sino incluso de conocidos recientes ejemplos de terror sobrenatural ambientados en la familiaridad de un contexto urbano. En este sentido, la película no presenta ninguna sorpresa, rindiéndose a todos los clichés del denominado “cine de exorcismos”, con la única diferencia, quizás, de ofrecer en esta ocasión la poco habitual perspectiva de la propia víctima que se debate entre la desconfianza de aquellos que la rodean y el acoso de un demonio que paradójicamente la considera alguien especial.

Por desgracia, el resultado no sólo es bastante conocido sino también tremendamente aburrido, con un empleo de lo sobrenatural muy parco y una sobriedad exagerada para una película que necesitaba precisamente un mayor grado de efectismo. Además, el intento de hacer de la protagonista Ashley Bell una jovencita vulnerable tipo Carrie falla debido a que no da el tipo físico necesario para ello. Aparte de eso, la obsesión de la película por demostrar (nuevamente) las contorsiones de las que es capaz la chica terminan siendo un tanto risibles y hacen caer la película en los terrenos de la parodia involuntaria. En verdad se me hizo difícil llegar hasta el final con El último exorcismo 2, lo que espero no termine haciendo sombra sobre la primera entrega, que junto con El exorcismo de Emily Rose (2005) se cuenta entre las poquísimas historias recomendables de posesiones diabólicas de este lado de William Friedkin. Esta de hoy, en cambio, se me hace imposible de recomendar.

 

Reseña # 500: El exorcista (1973)

Una de esas obras canónicas cuya fama se niega a morir, El exorcista (1973) es considerada todavía, a cuarenta años de su estreno, como una de las más grandes películas que el cine de terror nos ha dado, una de esas que no sólo consiguen conquistar al público de su época sino que también consiguen el beneplácito de la crítica mainstream de entonces. Su director, William Friedkin, ya había conseguido un merecido renombre con Contacto en Francia (1971), pero es esta la que se convierte en su película definitiva y la que termina por consagrarle como un miembro destacado en esa camada de interesantes directores que surgieron durante los setenta. De sobra está decir que Friedkin no volvería a tener un éxito similar y que su película no solamente llevaría el tema del encuentro de lo sobrenatural en lo urbano sino que incluso agotaría su propia temática: desde su estreno toda cinta que toca el tema de las posesiones diabólicas inevitablemente termina siendo comparada con El exorcista, casi siempre de forma poco favorable.

Lo más interesante para mí, y el motivo por el cual continúa siendo una de mis películas favoritas, es la forma como toca un tema que en lo particular siempre me ha interesado mucho, que es la entrada de lo sobrenatural en un contexto moderno y enteramente racional. La cinta lo consigue muy bien y sobre todo de forma bastante gradual; uno de los aspectos más curiosos es que nunca queda claro exactamente cuando la presencia del demonio se apodera de la vida y el cuerpo de la joven Reagan o por qué ha sido precisamente la elegida, siendo este último detalle algo que en una película de hoy en día hubiesen sentido como necesario explicar. El otro punto interesante para mí, y algo que creo que en gran medida se ha perdido en gran parte del cine de terror actual, es esa idea del Mal absoluto como algo tangible, real y sobre todo intransigente con las míseras voluntades humanas: los héroes de Friedkin son sacerdotes pero su película no es una apología de la religión católica (como terminan siendo varias de las cintas de exorcistas que nos hemos tenido que tragar recientemente). Los curas son vistos aquí como anacronismos a los que la película recurre únicamente cuando la via racional para explicar los padecimientos de la joven Reagan se han agotado, pero también ellos están mostrados con sus claroscuros y sus debilidades producto de luchar una guerra que en el fondo es siempre la misma, cosa que queda patente en ese genial prólogo en el que el padre Merrin (un enorme Max Von Sydow haciendo de viejo a pesar de que tenía poco más de cuarenta años cuando se rodó la película) encuentra en Irak al mismo demonio con el que más adelante se habrá de enfrentar.

Estos elementos que he mencionado (la irrupción de lo sobrenatural y la idea del Mal) son cosas que están presentes también y de forma mucho más detallada en la fantástica novela de William Peter Blatty, quien además se encarga de adaptar su propio material escribiendo el guión de la película. En este sentido es una lástima que la fama de la cinta de Friedkin haya terminado por eclipsar la novela en la que se basa porque es sin duda una muy buena obra de terror que recomiendo a todos, hayan visto la película o no.

El resto son cosas que ya seguramente son de conocimiento público: el buscado estilo realista de la película (arruinado con esa nefasta “nueva versión” que se usó para su re-estreno en el 2000 añadiendo efectos especiales), la actuación de su elenco y el meticuloso control de William Friedkin sobre cada uno de los aspectos del resultado final hacen de esta su película más completa y ambiciosa hasta la fecha, y por supuesto un éxito que nunca pudo volver a repetir. El exorcista ha tenido, como bien sabéis, dos secuelas y dos “precuelas” que han intentado de alguna forma extender la historia original hasta lo indecible, pero que nunca lo han conseguido. Es difícil saber por qué sigue causando tanta admiración, pero muy probablemente la pista se encuentre en la crítica que en su momento le hizo el recientemente fallecido Roger Ebert, cuando habló de cómo la cinta de Friedkin era una agresión en toda regla al espectador, una muestra de absoluta brutalidad que contrastaba con el carácter más bien ambiguo de la novela de Blatty, y que sin embargo consigue ser una de las mejores películas de terror de todos los tiempos hasta el punto de trascender el género que toca. Es interesante también ubicarla en un contexto enmarcado entre El bebé de Rosemary (1968) de Polanski y La profecía (1976), de Richard Donner, las cuales tocaron también el tema del satanismo en medio del ambiente urbano moderno, pero sin llegar a la fuerza que la película de Friedkin alcanza.

Ya para finalizar, no quisiera cerrar esta innecesaria revisión de El exorcista sin mencionar ese extraño pero increíble trailer realizado en su momento pero que nunca se llegó a estrenar, un trailer que visto en la oscuridad da una experiencia bastante aterradora, y un abreboca perfecto para una de esas películas infaltables.

 

Reseña: The Lords of Salem (2012)

Probablemente una de las películas más anticipadas por quien escribe estas líneas, The Lords of Salem (2012), lo nuevo de Rob Zombie, es una cinta que como era de esperarse ha terminado por dividir al público de una manera aún más radical que de costumbre. No es de extrañarse ya que incluso desde que salió el trailer era fácil darse cuenta de que estábamos ante el que con toda seguridad es el proyecto más ambicioso de su director, pero aquí incluso vamos a más; esta historia de brujería y satanismo urbano es no sólo la mayor apuesta de Zombie hasta la fecha, sino también muy probablemente su mejor película hasta ahora, aunque también es muy posible que sea esta la pieza que le termina de desterrar para siempre del cine de terror comercial.

Se trata también de una película muy sencilla en cuanto a argumento, con una estructura dramática muy similar a la que ya hemos visto en otros ejemplos similares como El bebé de Rosemary (1968) y la más reciente The House of the Devil (2009), y aunque Rob Zombie parezca haber dejado de lado su ambientación white trash de cintas anteriores, el relajamiento argumental parece haber propiciado una vuelta a sus supuestos excesos estéticos, haciendo alarde de un imaginario visual delirante en el que echa mano de su experiencia como diseñador de horrores de feria a la vez que aporta un tono sucio y desagradable muy alejado del ludismo de La casa de los mil cadáveres (2003). Todo esto hace que quizás el público espere un mayor énfasis en una trama que depara pocas sorpresas y que es bastante fácil de seguir: una maldición tejida alrededor de la ejecución de un cónclave de brujas en la Salem colonial y el regreso de una de ellas para traer al mundo al hijo de Lucifer.

Como era de esperarse vuelven los actores habituales de Zombie como la infaltable Sheri Moon, el también imprescindible Ken Foree y hasta Sid Haig en un pequeño cameo. Asimismo, y en concordancia con sus películas anteriores, el director rescata algunas antiguas glorias del cine de género como Richard Lynch (en la que sería su última actuación en vida), Dee Wallace y una escalofriante Meg Foster en el papel de la bruja principal. Foster es probablemente una de las cosas que peor rollo da en la película ya desde el principio en la escena del aquelarre, y la suya es una presencia que se repite en varias ocasiones y da en cierta medida el tono a una película de terror atávica que aún con su sencillez argumental consigue ser altamente desconcertante.

Quizás sea precisamente por eso que The Lords of Salem nos pide a gritos un segundo visionado. Aquellos que sigan con interés su carrera cinematográfica no deberían dejarla pasar aunque sea por el festival de escenas delirantes que su director nos depara en este experimento en el que la complejidad narrativa cede el lugar a un discurso visual francamente psicótico en ocasiones. Sin embargo, hay que recordar al espectador desprevenido que estamos ante la que probablemente sea la película menos comercial de Rob Zombie, aún menos que Halloween 2 (2009), una cinta francamente incomprendida que aquí pronto nos encargaremos de reivindicar. Lo enrevesado de esta de la que hablamos hoy puede que eche a muchos para atrás, pero en un género como el de terror plagado sobre todo por la insensata repetición, el hecho de que alguien busque formas propias de discurso es muy encomiable. En esta ocasión yo sólo señalaría como carencia dramática el escaso nivel de “conflicto” y lo excesivamente fatídica que es su resolución final, algo que también pasa, por cierto, con Sinister (2012), otra cinta de terror reciente de la que hablaremos en otra ocasión. En cuanto a lo nuevo de Rob Zombie, concluyo diciendo que es una de las que más me ha sorprendido en mucho tiempo, con lo que se hace aún más triste aceptar la cruda realidad: aquellos que no la hayan pillado en un festival muy probablemente no la veréis nunca en una sala de cine.