Reseña: Halloween 3 (1982)

Halloween 3: El día de la bruja (1982) es, a pesar de su condición de una de las secuelas menos populares de la saga iniciada por John Carpenter en 1978, también una de las más conocidas. Para identificarla basta con repetir que es aquella en la que no aparece Michael Myers. A decir verdad, ni siquiera es un slasher, sino una historia completamente distinta con la que Carpenter y su colaboradora Debra Hill planearon dar a la franquicia una nueva dirección tras el aparentemente definitivo final de la película anterior. La idea era elaborar cada año una película con trama y personajes diferentes, con la Noche de Brujas como única relación entre todas ellas.

Fue esta también una producción que pasó por varias manos y reinvenciones antes de ser llevada finalmente a la pantalla: originalmente, este iba a ser un proyecto para el director Joe Dante a partir de un guión firmado por Nigel Kneale, veterano guionista de la saga Quatermass. El guión de Kneale, sin embargo, no fue muy del agrado del productor y mecenas Dino de Laurentiis debido a su general ligereza, por lo que Carpenter y el nuevo director Tommy Lee Wallace lo reescribieron por completo con el objetivo de oscurecer el tono de la película. Cuentan que Kneale, horrorizado al ver los cambios en lo que había concebido originalmente como una cinta de terror familiar con cierto toque de comedia, decidió quitar su nombre de los créditos, pero a pesar de que el tono de la película terminó siendo distinto, su influencia sí permanece de forma bastante marcada.

El resultado final es una curiosa mezcla de miedos infantiles con influencias de la ciencia-ficción de los cincuenta, especialmente de la película La invasión de los ultracuerpos (1956), con la que esta cinta tiene paralelos bastante notables, desde el nombre del pueblo donde transcurre la acción (Santa Mira) hasta peripecias argumentales prácticamente idénticas. La trama gira alrededor de una misteriosa compañía fabricante de máscaras llamada Silver Shamrock, perpetradora de un plan diabólico para la Noche de Brujas basado en tres populares máscaras que representan otras tantas criaturas de Halloween: una bruja, un esqueleto y una calabaza (cuyos colores, verde, blanco y naranja, son también los de la bandera de Irlanda). La investigación sobre las oscuras artes de la compañía por parte del protagonista, un médico metido de repente a detective, se entremezcla con historias de magia negra y cultos paganos dedicados al ritual de Samhain, siendo esta, por cierto, una de las pocas películas en las que dicha palabra se pronuncia correctamente.

Dicho todo esto, la verdad es que se trata de una película bastante buena que, a diferencia de la mayoría de secuelas de la saga de Halloween, ha ganado con el tiempo y los visionados posteriores. Ciertas autoindulgencias de su desarrollo son fácilmente perdonables al ver como Tommy Lee Wallace logra una película con un subtexto bastante oscuro para su época en torno al sacrificio ritual de niños y los orígenes siniestros de la Noche de Brujas. Lo curioso es que, a pesar del cambio radical del argumento, esta entrega guarda coherencia con las dos primeras al seguir tratando el tema de la Máscara como disfraz y a la vez canal de expresión del Mal, retratado de forma pura y desprovisto de toda motivación más allá de sí mismo: los villanos de Halloween 3 nos devuelven la idea de la maldad como fuerza arquetípica teniendo como principal blanco los niños, perpetuadores de la banalización festiva de una noche cuyos orígenes paganos no son precisamente inocentes. Estas son sólo algunas de las muchas ideas interesantes que maneja la película a través de su mezcla entre magia y tecnología (indistinguibles en la mayoría de los casos), y que la colocan por encima del repetitivo esquema de asesinos enmascarados de las secuelas posteriores. Por desgracia, el público no respondió positivamente esta vez, hundiendo la película en la taquilla y ante la crítica. Todo esto obligaría a la saga a volver a darles más de lo mismo, arruinando para siempre el plan original de Carpenter. Sin embargo, siempre estamos a tiempo para devolverla al sitio que se merece. Por eso, cuando este año llegue de nuevo Halloween y empecéis a preparar un maratón de terror, en vez de ver la original por millonésima vez sería bueno dar una oportunidad a esta tercera entrega. No os arrepentiréis.

Reseña: Halloween 2 (1981)

Tres años después de la original, y coincidiendo con el inicio de la auténtica explosión comercial de los slasher films, Halloween 2 (1981) fue la primera de una larga serie de secuelas, recibiendo en España el nombre de Sanguinario, uno de los peores títulos posibles. Esta vez John Carpenter no dirige, pero permanece involucrado en gran medida al escribir el guión y producir la película junto a su colaboradora de muchos años Debra Hill, otorgando la dirección a un entonces desconocido Rick Rosenthal. Aparte de cuestiones obvias en cuanto a su ambientación (comienza inmediatamente donde termina la primera parte), la película es una continuación directa de la original, y resulta bastante digna aunque claramente inferior, destinada sólo a explotar el inesperado éxito de su predecesora y la ola de cintas similares que ya se avecinaba.

Jamie Lee Curtis (con peluca) repite en el elenco, pero su personaje ya no tiene la relevancia de la primera parte. A decir verdad, Laurie Strode se pasa la mayor parte de la película en una cama de hospital y casi no tiene interacción con los otros personajes, por lo que su presencia es en realidad un mero formalismo para tener continuidad con la original de Carpenter y al mismo tiempo aprovechar la popularidad de la joven actriz en lo que a este género se refiere. Donald Pleasance también repite como Sam Loomis, y su personaje es tan exagerado que reafirma mi creencia de que el heróico psiquiatra están tan loco como el asesino. Ambos ceden el auténtico protagonismo a Michael Myers, evidente centro de la película, incluso más que en la primera entrega, y un personaje cuya tipología clásica de “hombre del saco” está más que evidenciada al hacer de él una máquina de matar que tiene muy poco de humano. Myers es aquí, de hecho, un monstruo silente que no se detiene ante nada: las balas, el fuego o los cristales no logran parar su avance, con lo que la película ya deja intuir ciertos toques sobrenaturales en los que no ahonda, ya que la idea es hacer del asesino un arquetipo, un ente vacío de toda moral o motivación.

Este acercamiento extremo y violento es quizás la mayor diferencia que tiene Halloween 2 con su antecesora. El director Rick Rosenthal afirmó en su momento que su intención era dar continuidad a la obra de Carpenter imitando en gran parte su estilo, algo que evidencia en la primera secuencia de la película, narrada desde el punto de vista de Myers de forma muy similar a como comenzaba el Halloween original. Parte de esta intención se reflejaba también, según Rosenthal, en la escasa cantidad de sangre y violencia explícita que tenía su versión, detalle este último que no fue del agrado de Carpenter, quien rodó de nuevo varias escenas para hacer más sangrienta la película; algunas de las muertes son bastante brutales, y algunas de las apariciones de Michael Myers en el hospital donde transcurre la mayor parte del argumento son memorables. La película también cuenta con una revelación sorpresa que vincula a Myers con Laurie Strode, una que no mencionaré esta vez pero que a estas alturas ya muchos deben conocer.

En general, Halloween 2 es una secuela bastante eficiente. No resulta tan memorable como la original al carecer de la sencillez y precisión de la cinta de Carpenter, que lograba una película mucho más redonda con muy pocos elementos, pero eso es algo que difícilmente se hubiera podido superar. Esta, en cambio, se conforma con ser una coda final al argumento de su antecesora e incluso tuvo el objetivo (evidente en su desenlace) de cerrar la saga definitivamente. Como ya sabemos, esto último se quedó en puras intenciones y las ansias de volver a ver Michael Myers en acción rendirían su fruto muchas veces más.

 

Reseña: Pro-Life (2006)

John Carpenter realizó, con Cigarette Burns (2005), uno de los más celebrados episodios de Masters of Horror, de los pocos que hubiesen podido perfectamente adaptarse al formato de largometraje, y que fue considerado por muchos (no necesariamente por mí) el mejor de la primera temporada de la serie. Por lo tanto, era de esperarse que al confirmarse su participación para la segunda tanda de capítulos, el suyo sería uno de los más esperados por todo fan del cine de terror. Inexplicablemente, el mismo equipo que realizó aquella singular pieza televisiva repite en Pro-Life (2006) únicamente para darnos el que de momento ha sido el capítulo más flojo, lamentable y anodino ya no de la temporada, sino incluso me atrevo a decir de la serie entera.

Cambiando radicalmente el discurso de su anterior capítulo, Carpenter se va esta vez por los derroteros de un horror más convencional al narrar el acoso que sufre una joven dentro de una clínica de abortos asediada por su desquiciado padre y sus no más equilibrados hermanos, todos ellos armados hasta los dientes y con ganas de montar un barullo. Y es que el padre cree que Dios mismo es quien se ha encargado de impregnar a su pequeña, y está dispuesto a todo para que el retoño nazca sin problemas. La verdad es que la hija ha sido embarazada por fuerzas mucho más oscuras, hecho que se evidencia en la asombrosa velocidad con la que se desarrolla su gestación.

Prácticamente todos los elementos que hacían de Cigarette Burns una obra maestra se han ido al traste en Pro-Life. De entre todos sus despropósitos, sólo la presencia del siempre grande Ron Perlman logra levantarlo un poco del suelo, pero del resto prácticamente nada se salva. La historia es de una dispersión narrativa impresionante (al principio creemos que los jóvenes médicos de la clínica de abortos son los protagonistas, cuando en realidad apenas tienen importancia), una dirección nula y, sobre todo, una estética que le da una pinta barata en el peor sentido posible. El toque de Carpenter no se ve por ningún lado, y por el contrario, el episodio trata de impactar por el camino fácil de un gore tan desproporcionado que resulta inverosímil y ridículo. Para el momento en el que llega el clímax de la historia, la presencia del demonio responsable de la trama y su pequeño retoño infernal es cutre hasta más no poder, y salvo una ligera referencia a La cosa (1982), no hay absolutamente nada que destacar. El monstruo en cuestión, además, está muy por debajo de los estándares a los que nos tienen acostumbrados Berger y Nicotero, ya que su criatura es literalmente un hombre enfundado en un traje de látex que canta por todos lados, y para colmo, sus apariciones están ralentizadas, lo que lo convierte en algo casi ridículo e infantil.

Asimismo, aquellos que pensaran que verían acá una sátira sobre el tema del aborto (y sus correspondientes legiones de fanáticos a un lado y otro de la valla de la polémica) quedarán aún más defraudados. En Pro-Life sólo hay un exploit superficial, un Carpenter en modalidad de piloto automático, una decepción en toda regla. Y eso, viniendo de quien viene, es lo más grave. Vaya lástima comenzar el año así.

 

Reseña: En la boca de la locura (1994)

Para el que esto escribe, John Carpenter y Brian de Palma tienen una cosa en común: al igual que el director de Carrie (1976), el genio de JC parece irse siempre a los extremos. Cuando se va por el camino fácil en modalidad de piloto automático, el resultado es por lo general desastroso. En cambio, cuando aplica todo su genio e inspiración, John Carpenter es capaz de realizar auténticas obras maestras que nos recuerdan otra vez por qué es uno de los autores de terror más importantes del cine. Por fortuna para nosotros, En la boca de la locura (1995) pertenece a esta segunda categoría. Parte final de su “Trilogía del Apocalipsis”, se trata no sólo de un producto inquietante, inteligente y efectivo, sino que es considerado por muchos uno de sus mejores trabajos, junto con Halloween (1978) y La cosa (1982). Para mí es, además, el último gran largometraje de Carpenter, de quien todavía espero un regreso triunfal a la gran pantalla.

Conocida en España con el título de En la boca del miedo (una vez más, he decidido titular la reseña con el nombre puesto en Hispanoamérica), la película cuenta la historia de John Trent, un cínico y hábil investigador de seguros que es contratado para localizar el paradero del escritor Sutter Cane, el mayor best-seller de novelas de terror de todos los tiempos, y que ha desaparecido misteriosamente en la víspera de la entrega de su nuevo libro, que muchos califican desde ya como su obra maestra. Trent, que al principio cree que toda la misión no es más que un truco publicitario por parte de la editorial, se compromete a encontrar a Cane y al manuscrito a cualquier precio. Es así como, revisando la obra escrita del autor (que es capaz, al parecer, de provocar arrebatos de locura entre sus fans), Trent siga su pista hasta el remoto pueblo de Hobb’s End, donde se topa de bruces con un mundo de horrores que demuestran que la obra de Cane, ese universo poblado de maníacos asesinos, sectas demoníacas y monstruos de otras esferas, es más que letra muerta sobre papel.

La mayor virtud de En la boca de la locura es el juego mental que ofrece con el espectador. Desde el principio de la película (Trent cuenta la historia desde un manicomio) se nos ofrece el panorama de un escritor cuyo talento es capaz de cambiar la realidad. Este concepto, plasmado a través de un número de situaciones en las que Trent se ve envuelto, hace que dudemos en todo momento de aquello que estamos viendo. ¿Es real la experiencia que el protagonista está viviendo o se trata simplemente de los desvaríos de un loco? ¿Es casual lo que le ocurre a John Trent, o toda su vida forma parte del plan maestro de un autor con una conección especial con otras dimensiones? ¿Es real aquello que ve o sólo parte de la ficción hábilmente construída por un demiurgo demente?

Aparte de esto, resulta obvio que Carpenter ha bebido de numerosas fuentes a la hora de elaborar su relato. Lugares, situaciones y personajes son más que evidentes guiños de un gran número de piezas referenciales del terror (el mismo personaje de Sutter Cane está, según comenta el propio Carpenter, ligeramente basado en su amigo Stephen King), pero hay una que destaca por encima de todas: el oscuro mundo del escritor norteamericano H.P. Lovecraft. Con sus constantes referencias a los Antiguos, sus monstruos indescriptibles, y su atmósfera de decadente pueblo maldito, no es exagerado decir que En la boca de la locura es una de las cintas más “lovecraftianas” que existen, si bien no está realmente basada en ninguna de las obras del febril autor de Providence. Además, el recurso meta-ficcional del libro maldito que sirve como puerta a un mundo desconocido era una de las temáticas favoritas de Lovecraft, sólo que en esta película Carpenter lo extrapola hasta convertirlo en un juego formal magnífico que introduce al espectador directamente en la ficción y convierte a ambos, película y público, en un par de espejos confrontados, concepto que retomaría con su primera aportación para Masters of Horror, Cigarette Burns (2005).

En lo que se refiere a las actuaciones, Sam Neill se encuentra cómodo en el papel principal de John Trent, ya que el carisma del actor irlandés resulta idóneo para un personaje calculador y frío como este. Julie Carmen, su compañera de investigación, resulta bastante sosa (ya sabemos que a JC no se le dan muy bien los personajes femeninos), pero quien realmente se lleva el gato al agua es el actor alemán Jürgen Prochnow, que encarna a Sutter Cane a la perfección. Su tiempo en pantalla es mínimo comparado con el resto del elenco, pero en lo que Prochnow aparece acapara la atención de todos, Su escritor/demiurgo es a la vez fascinante y terrorífico, y su participación y revelación última da cabida a uno de los finales más soberbios de toda la filmografía de John Carpenter.

Lo único que, en mi opinión, la falta para ser perfecta es otra banda sonora, ya que las melodías de heavy-metal me parecen un tanto forzadas y anacrónicas. Mucho mejor hubiese sido que Carpenter se decantara por una música de su propia autoría, sin duda mucho más apropiada. Del resto, no queda más que recomendar hasta la saciedad una de las mejores piezas de uno de los grandes de nuestro tiempo.

 

Reseña: El pueblo de los malditos (1995)

El remake que realizara John Carpenter de El pueblo de los malditos (1995) es, de entrada, un caso muy interesante de como este director puede sacar potencial incluso de algo que en su época fue, evidentemente, una cinta de encargo. Su versión es una más que cuidada actualización de la historia de los famosos “cucos de Midwich” y sus tendencias asesinas, y al mismo tiempo sirve de vehículo a las ya conocidas inquietudes temáticas de JC, quien sabe salirse muy bien del contexto político de la Guerra Fría y encaminar su cinta directamente al mundo de las teorías conspiratorias y los rastreros personeros del gobierno y sus proyectos secretos. Sin embargo, ciertos detalles de su puesta en escena la colocan por debajo de su predecesora, convirtiendo esta cinta en una obra que a duras penas puede luchar con su fama más triste: ser la última película en la que actuó Christopher Reeve antes del accidente que le dejara cuadripléjico.

En un principio, Carpenter repite la misma trama de la cinta original de Wolf Rilla cambiando sólo algunos detalles: en vez de la Inglaterra de finales de los cincuenta, el Midwich que nos ocupa ahora es un pequeño pueblo de la California de mediados de los noventa, en el que un día un extraño fenómeno causa que todos los habitantes caigan inconscientes a la vez. Pocos meses más tarde, todas las mujeres dan a luz al mismo tiempo niños de cabello blanco y ojos penetrantes, seres fríos y racionales que huyen del contacto de los adultos y permanecen en una cerrada cohesión grupal. Únicamente el doctor Alan Chaffee (Christopher Reeve), sospecha que algo anda mal con los críos, ya que el resto de los adultos ha decidido permanecer ignorante de la amenaza al encontrarse bajo la protección del gobierno de los Estados Unidos, quien parece mostrar un sincero interés en su bienestar ante tan extraño evento.

Es a partir de aquí cuando Carpenter introduce un giro argumental decisivo, y lo hace gracias al personaje de Susan Verner (Kristie Alley), una científica del gobierno que llega a Midwich ofreciendo ayuda financiera y médica a todas las mujeres del pueblo. Por supuesto, como ya todos sabemos, no hay nada que estos personajes hagan que sea gratis, de manera que cuando el alumbramiento colectivo se lleva a cabo, Susan roba a uno de los niños para hacer experimentos que determinen el origen de las criaturas (1). Lo curioso es que ahora la estructura grupal de los niños se ve alterada; al parecer, todos venían agrupados “por parejas” y al quedar uno de ellos solo, se convierte en un apestado aún para los suyos. David (el niño de pelo blanco que se ha visto rechazado) comienza a cuestionar la razón misma de su existencia y, lo que es más importante, a desarrollar sentimientos, razón por la cual se hace inútil para la fría vida comunitaria de sus congéneres.

Este giro argumental es sólo uno de los escenarios en los que la cinta de Carpenter “va más allá” de lo que se atrevió su predecesora. El caos que desatan los niños en el pueblo no tarda en explotar y cebarse con las indefensas víctimas, entre las que destaca el cura local (Mark Hamill) que llega a niveles de auténtico fanatismo en su temor a los niños, especialmente a la pequeña Mara, “hija” del doctor Chaffee, que se manifiesta como la líder de los rapaces engendros alienígenas. Pero a pesar de sus evidentes distanciamientos, la película no deja de lado referencias a la original a través de dos propuestas visuales: el “brillo” en los ojos de los niños cuando utilizan sus poderes (detalle en la que la superioridad efectista de esta versión queda en evidencia) y la famosa pared mental de ladrillos que el héroe antepone a los críos en el ya archiconocido clímax de la cinta, en el que el único personaje que ha mostrado algo de sensatez decide enfrentarse a los niños antes de que estos lleven a cabo su plan maestro.

Lo que nos lleva al punto flaco de esta versión de El pueblo de los malditos, y es que, a pesar de que la trama tiene momentos sumamente oscuros y siniestros (básicamente las muertes de los personajes humanos) los niños no dan tanto miedo como en la original. En un apartado puramente estético, sus pelucas blancas son demasiado evidentes, y sus vestimentas grises parecen más apropiadas para el ambiente inglés de su antecesora y no cuadran muy bien en un contexto americano. Además, en esta ocasión, los críos están interpretados como auténticos villanos, cuando uno de los aspectos más interesantes de la cinta de Wolf Rilla era que sus alienígenas sólo parecían estar interesados en sobrevivir. Además, la Mara de la película de Carpenter no es ni remotamente tan inquietante como el David de la original. Si el líder de los niños en la cinta de Rilla era un ser frío y distante que estremecía por su distanciamiento emocional de los adultos, la chica de la versión de Carpenter está constantemente mostrando un ceño fruncido de “niña mala” que la hace casi caricaturesca, como si en vez de la líder de una camada de intelectuales alienígenas fuera simplemente una niña malcriada con superpoderes. Encima, el look de la película tiene ese aspecto típico de las TV-movies americanas, a lo que ciertamente no ayuda la escogencia de actores que normalmente han sido relegados a sub-productos televisivos, como los ya mencionados Kristie Alley y Mark Hammill, además del propio Christopher Reeve. Todo esto resta bastante enteros a un producto que no está entre los mejores trabajos de Carpenter, aunque al menos constituye un correcto homenaje a un clásico de culto.



 

(1) Nótese aquí como la postura científica con la que (supuestamente) simpatizábamos en la cinta original de Rilla es ahora la encarnación del cientificismo amoral que termina dictando la ruina de los personajes. La diferencia está clara: tras el fin de la Guerra Fría, la visión del gobierno protector se ha desmoronado. Esta es una de las muchas ideas interesantes de las que esta película (y Carpenter, por desgracia) pasa olímpicamente.

Reseña: Príncipe de las tinieblas (1987)

Príncipe de las tinieblas (1987) es la segunda parte de la “trilogía del Apocalipsis” de John Carpenter, y si bien es verdad que de las tres resulta la más lenta y enrevesada, no menos cierto es que en ella tenemos probablemente el film más ambicioso de su director a nivel de historia, y una pieza imprescindible si se quiere apreciar hasta donde es capaz de llegar JC cuando desea sumergirnos en su particular y febril mundo.

Al igual que en la primera parte de su trilogía, La cosa (1982), Príncipe de las tinieblas tiene una doble fuente de inspiración: por un lado, el prolífico universo de H.P. Lovecraft, y por el otro, las entrañables películas de género que realizara Nigel Kneale, específicamente con la saga de El experimento Quatermass, famosa serie de películas de la Hammer que inspiró gran parte del estilo de Carpenter. No en balde el director firma el guión de esta cinta con el pseudónimo “Martin Quatermass”, en un evidente guiño cinéfilo que no pasa desapercibido en uno de los créditos iniciales más largos de la historia del cine (!).

La historia, como decía, es inusualmente ambiciosa para los estándares de JC: la repentina muerte de un sacerdote deja al descubierto la existencia de un secreto sepultado en los sótanos de una vieja iglesia de Los Angeles, donde un altar muestra al Demonio en persona, convertido en un líquido verde y atrapado en una urna cilíndrica de cristal donde ha permanecido prisionero durante millones de años, esperando el momento en que despertará para traer a su padre de un mundo paralelo. El descubridor de este hallazgo es un sacerdote católico (Donald Pleasance) que contrata a un profesor de física cuántica para que, junto a un grupo de dotados estudiantes, investigue la naturaleza de este fenómeno y la manera de neutralizarlo definitivamente. Por supuesto, como esto es una película de terror, la fuerza demoníaca dentro del cristal logra liberarse y sembrar la muerte entre los valerosos investigadores, quienes se ven acorralados dentro de la iglesia por una banda de indigentes a los que el Maligno ha convertido en zombis descerebrados.

De entrada, el estado de sitio de los personajes repite una estructura usada por Carpenter en varias de sus películas, como Asalto al precinto 13 (1976) y La cosa, sin que tampoco puedan evitarse las comparaciones con La noche de los muertos vivientes (1968). Sin embargo, la diferencia radica en que dicho estado de acorralamiento no es el detalle más importante de la historia. Lo realmente interesante está en todas las diferentes ramificaciones que la trama ofrece en la construcción de una mitología propia que da a la cinta un tamaño casi épico. Al igual que gran parte del cine de terror de los años ochenta, Príncipe de las tinieblas invita a creer en la existencia del Mal como un ente con vida propia, una maldad pura y tangible, en eterna pugna por entrar a formar parte de nuestro mundo. En esta película el Mal existe, y su innegable verdad es presentada de manera muy inteligente a través del acercamiento ideológico de los personajes de Pleasance y Wong: el hombre de Fe y el hombre de Ciencia hallan la misma explicación al mismo fenómeno, uno a través de la religión y el otro a través de la física pura. De hecho, la cinta está literalmente plagada de explicaciones pseudo-científicas. Ambos, cura y profesor, se dan de narices con la existencia del Mal a través de figuras retóricas: en el caso del sacerdote, el término Demonio, mientras que para el académico, el nombre dado a esta fuerza es la de una entidad destructiva denominada “Anti-Dios”.

Pero la película no sería lo que es si se tratara simplemente de una carga intelectual. Esto es, ante todo, una película de Carpenter, lo que indica que el conteo de bajas es alto, aparte de que la tensión está muy bien lograda. La película empieza de manera muy sutil a prepararnos para la llegada de algo inquietante, especialmente gracias a su efectiva banda sonora, capaz de hacer que algo tan sencillo como apuntar la cámara hacia un nublado atardecer parezca la cosa más siniestra jamás concebida. Para el momento del clímax, el horror ha alcanzado niveles francamente estrambóticos, como un hombre deshaciéndose en un montón de escarabajos o un personaje convirtiéndose en una horrenda criatura descarnada. Y lo mejor de todo es el final, que es (algo inusual en JC) bastante críptico y abierto a la interpretación.

Quizás los únicos problemas de la película sean en ocasiones su lento ritmo y su tendencia a una excesiva explicación por parte de los personajes. El plasmar esa gran mitología ultraterrena se habría beneficiado de un presupuesto más abultado, problema que Carpenter lograría solventar con la cinta que cierra la trilogía, En la boca de la locura (1995). Con todo, si alguna vez necesitamos reconciliarnos con este director, Príncipe de las Tinieblas es una de esas cintas que sencillamente hay que revisar una y otra vez.

 

Reseña: La cosa (1982)

Algo puede quedar claro en cuanto a John Carpenter, y es que su admiración por Howard Hawks es casi patológica. El fantasma del ya legendario director, productor y guionista planea sobre toda la obra carpenteriana como una presencia de la que es imposible escapar. No en balde su primer largo de éxito, Asalto al precinto 13 (1976) es, en la práctica, un remake del famoso western de Hawks Rio Bravo (1959) y una auténtica carta de amor a su ídolo. Sin embargo, aquello no quedaría allí, ya que Carpenter lanzaría otra versión de Hawks al dirigir La cosa (1982), actualización del famoso serie B de 1951 y que constituye no solamente un tributo a un cineasta genial, sino también la obra maestra de su ferviente discípulo.

Lo diré sin tapujos de ninguna clase: La cosa es para mí la mejor película de John Carpenter, un monumento que, por más que lo ha intentado, no ha sido capaz de repetir. En ella solamente se utiliza la situación inicial de la película de Howard Hanks y Christian Nyby: un grupo de hombres de una estación polar descubre en el hielo el cadáver congelado de una criatura alienígena capaz de propagarse como un virus y mutar los diferentes cuerpos que habita. Hasta aquí las semejanzas, porque la película de Carpenter crea a partir de esta premisa todo un universo de paranoias que deriva hacia el enfrentamiento de todos los hombres de la estación contra la criatura y contra ellos mismos, al no poder saber a ciencia cierta cuál de ellos está infestado con la presencia de la criatura.

Cinematográficamente hablando, la película es de las más elaboradas de Carpenter, y explota los preceptos de la “Nueva Carne” tan magistralmente como un David Cronenberg o un Clive Barker. La escena en la que la criatura “transforma” el cuerpo de un perro que ha habitado es, en este sentido, magistral y lamentablemente no puede ser apreciada en su totalidad en un primer visionado. La metamorfosis del monstruo en una especie de flor de carne hecha de varias lenguas de perro pobladas de dientes caninos es tan descabellada como reveladora: estamos en presencia de una criatura que sobrevive a como de lugar.

Algo típico del cine de Carpenter, los “héroes” de La cosa (entre los que se encuentra Kurt Russell, el actor que más ha trabajado con este director) son en realidad muy poco heróicos, personajes que se ven forzados al heroísmo en una situación poco envidiable en la que se ven inmersos por el simple hecho de hacer su trabajo. Precisamente es esta situación lo que da vida propia a la película de Carpenter y la pone en la dirección contraria al film de Howard Hanks. En el original, aquellos hombres del Polo Norte se unían bajo la adversidad y luchaban contra la criatura. En la versión de JC, ese mismo grupo (ahora en el Polo Sur) es destrozado por sus propias desconfianzas y temores, dando como resultado el colapso de ese delicado sistema de compañerismo. Todo esto lamentablementa pasa desapercibido por muchos críticos debido a los litros de sangre y fluídos que componen la película. Ciertamente, se trata de la cina más violenta y grotesca de Carpenter, pero es una violencia que no desentona porque es vital para la temática de rebelión orgánica que compone el verdadero lei motiv de una historia como esta. Si no deja nada a la imaginación es simplemente porque las transformaciones del alienígena no son algo que pertenezca al mundo de la sutileza, sino más bien al del gore extremo y, en ocasiones, surrealista. Como ejemplo mis dos momentos favoritos: aquel en el que la criatura convierte la cabeza cercenada de un hombre en una especie de araña y (sobre todo) la escena en la que uno de los personajes practica un poco ortodoxo test que permite en teoría descubrir cual de sus compañeros ya no es humano.

La cosa fue en su momento vilipendiada por la crítica y el público, que para 1982 estaba demasiado enternecida con el extraterrestre bondadoso de Steven Spielberg como para que un malandrín como Carpenter les hablara de una horripilante criatura del espacio exterior. Roger Ebert la calificó como una cinta que retabas a tus amigos a ver, y prácticamente todos la censuraron, mostrando que en el fondo deseaban ver otra cosa. Pero lo cierto es que el creciente culto que desde entonces ha despertado (incluyendo un videjouego más o menos reciente) sabe la verdad: que estamos ante uno de los mayores logros de John Carpenter, el mejor (insisto) para mí.

 

Reseña: Christine (1983)

Cinematográficamente hablando, Christine (1983) no es una de las mejores películas de John Carpenter, de la misma forma en que la novela de Stephen King en la que está basada tampoco es el más contundente ejemplo de la obra de este prolífico escritor. Sin embargo, algo que para mí siempre ha sido innegable es el poder que yace en el subtexto tanto del libro como de la película, y en eso no tiene rival. Este detalle es por desgracia poco tomado en cuenta incluso por los fans de la cinta, muchos de los cuales resumen su argumento en la historia de un coche diabólico que va por ahí matando gente, cuando en realidad se trata de más, mucho más.

De la misma manera en que Carrie exploró los cambios de la adolescencia femenina a través de las convenciones del horror sobrenatural, Stephen King logra con Christine una mirada directa a ese gigantesco mundo de inseguridades que es la adolescencia masculina y la búsqueda de la virilidad, ligada de manera indisoluble a la relación entre un joven y su coche. Este concepto no pudo pasar desapercibido para John Carpenter, un director a quien ciertamente no se le dan muy bien los personajes femeninos, pero que conoce la psicología masculina a la perfección. Para 1983 ya King era una megaestrella (de hecho, la película entró en producción antes incluso de que el libro fuera puesto a la venta), por lo que Carpenter recibió todo el apoyo posible para llevar a cabo su obra con una gama de libertades como pocas veces ha tenido. Gracias a eso, ha logrado aportar su toque personal a la historia ya desde el primer fotograma, en el que el símbolo “V” del Plymouth Fury se nos antoja como unos ojos diabólicos en medio de la oscuridad, un ambiente interrumpido por la visión de la cadena de ensamblaje donde Christine es armada al tiempo que en el fondo suena Bad to the Bone, mostrándonos que el coche al que se hace referencia ha sido creado desde el principio como una fuerza del Mal. Afortunadamente, esta facultad viviente de la máquina nunca es explicada, por lo que no hay que preocuparse de justificar su existencia.

Más de veinte años después de su creación, Christine pasa a las manos de Arnie Cunningham, el típico adolescente empollón víctima del matonismo estudiantil y del nulo éxito con las mujeres. La relación entre Arnie y su coche (al que repara prácticamente a partir de la chatarra) es un auténtico acto de amor que poco a poco comienza a afectarle, como si el resurgimiento de ese coche fuese también el advenimiento de su propio hombría. En cuestión de semanas, Arnie pasa de ser un auténtico canijo a convertirse en lo que siempre ha deseado: un hombre capaz de enfrentar a sus represivos padres y a los gamberros que le han hecho la vida imposible, sin mencionar el conquistar a la chica más guapa del instituto. Sin embargo, poco a poco ese afecto hacia Christine comienza a cobrar su peaje, hasta que la violencia de Arnie y de su vehículo se funden en una sola, mostrando al conductor como un desquiciado y al coche como un monstruo capaz de destruir todo aquello que amenaza la simbiosis entre “ella” y su dueño. El momento en el que un delirante Arnie envuelto en sombras describe el Amor como una fuerza inmisericorde que lo devora todo es, por ello, harto reveladora.

Como siempre, Carpenter logra momentos geniales con la cámara. Como casi todas sus películas, Christine fue filmada en Cinemascope, por lo que la pantalla literalmente se llena con las visiones contrastadas del tranquilo suburbio de Arnie (el mismo, por cierto, que asolara Michael Myers) y la polvorienta guarida de fierros viejos y oxidados donde el coche poco a poco va cobrando vida. Una vez que la película entra de lleno en lo sobrenatural loa historia no pierde interés, especialmente en esa espectacular imagen de Christine envuelta en llamas rodando por una solitaria carretera de noche.

Por supuesto que la película tiene sus problemas, empezando por el hecho de ser (en mi opinión) demasiado larga, así como tener un final un poco acelerado. Sin embargo, Carpenter no nos abandona en ningún momento, y jamás deja de mostrar el inmenso interés que siente por el material, así como el increíble personaje que ha creado con este coche perverso. Para el momento final, nos queda muy claro de qué lado están las simpatías de este director cuando la insulsa noviecita de Arnie dice con su voz de ratoncito: “odio el rock n’ roll”.

John Carpenter es Dios.

 

 

Nota: nos acercamos poco a poco a la reseña número 100, y para celebrarlo propongo que me envíen sus sugerencias en forma de comentario o también al

lobohombreriera@gmail.com. Dénme los nombres de tres películas que les gustaría ver reseñadas aquí y su voz será escuchada. Hasta entonces, muchos saludos a todos.

 

Reseña: Cigarette Burns (2005)

Cigarette Burns (2005), octavo capítulo de la serie Masters of Horror, marca el regreso por la puerta grande (si bien en la pequeña pantalla) de John Carpenter, quien de unos años para acá gozaba de una mala racha de películas no necesariamente memorables. Por fortuna, su contribución a la serie creada por Mick Garris para la cadena Showtime condensa en una hora todo el inmenso talento de este director en una historia ambiciosa que no tiene miedo de coquetear con los límites de censura del medio. Curiosamente, en una entrevista reciente a su director, este afirmaba que su estilo no necesariamente tenía que irse por los lados del gore, cuando lo cierto es que este episodio es sin duda uno de los más sangrientos de toda la temporada.

La historia es, asimismo, una parábola sobre el cine, especialmente el de género. La protagoniza un joven llamado Kirby Sweetman, especialista en hallar películas raras y dueño de una sala de cine al borde de la bancarrota, y que acepta encontrar la única copia existente de una película llamada Le fin absolue du monde, legendaria cinta que, según cuenta la leyenda, causó una gran ola de muertes cuando se proyectara por primera y última vez en cierto festival de cine (el de Sitges, nomás). Pero a medida que Kirby se va acercando al misterio de la película y a la misteriosa muerte de todos los que han tenido que ver con ella, va descendiendo en una espiral de fenómenos que prologan la muerte de su cordura y la pérdida de su humanidad, así como el contacto con fuerzas sobrenaturales que podrían haber metido la mano en la realización del filme.

Un aspecto bastante curioso de Cigarette Burns es que en ella pareciera que John Carpenter está haciendo un homenaje a otros directores de género, con cuya obra esta película muestra marcadas influencias. Tanto el guión (firmado por los desconocidos Drew McGweeny y Scott Swan) como las diferentes imágenes contienen fuertes referencias a la filmografía de directores mucho más “surrealistas”, como Clive Barker y especialmente Dario Argento, cuya marca indeleble en este filme queda evidenciada cuando desde el principio vemos una sala de proyección donde se exhibe Rojo profundo (1975). Sin embargo, y para ser justos, muchos seguramente recordarán también con esta película una de las cintas más logradas de Carpenter: En la boca de la locura (1994).

Como ya se pone arriba, se trata de uno de los episodios más sangrientos de toda la serie, pero también es uno de los que trasciende en mayor medida los límites de la sencilla carnicería y despliegue de horrores para ofrecernos una reflexión estética coherente y fascinante. El tema de la película parte del título y se extiende a través de toda la historia. De hecho, esto se nos manifiesta desde las primeras escenas, cuando conocemos al proyeccionista amigo de Kirby, cuya extraña afición de coleccionar las “quemaduras de cigarrillo” (las marcas que aparecen durante una fracción de segundo en una cinta y que indican el momento del cambio de carril) es un reflejo de la extraña relación entre la historia y los espectadores, y que asimismo se repite cuando nosotros mismos vemos lo que sucede al protagonista. Asimismo, el acercamiento de Kirby al desenlace vendrá acompañado de bruscos recursos estéticos que no hacen sino evidenciar la fatalidad que, inexorablemente, acompaña a la historia de la cinta perdida.

Una propuesta más que interesante en donde John Carpenter demuestra una vez más por qué es uno de esos clásicos indispensables del horror fílmico. Con la correspondiente crisis creativa y comercial del cine, no es de extrañar que la televisión aparezca en la actualidad como una de las opciones más atractivas para proyectos tan arriesgados y a la vez tan ambiciosos como el que esta serie nos presenta. Indispensable.

 

Reseña: Halloween (1978)

Este fin de semana he vuelto a ver Halloween (1978), y una vez más me digo a mí mismo: que grande es John Carpenter… La verdad es que de todos esos chicos superdotados de los 70, es (junto a Romero) el que sin duda se ha empecinado más en un género y un estilo propios, aunque algunas veces no le salga tan bien. Yo me he visto todas sus películas, y creo que la única razón por la cual no es considerado uno de los grandes genios del cine es porque sus historias casi nunca cierran de una manera tan interesante como abren. Curiosamente, esta de la que hablo es una de las más sencillas, y la única exenta de toda polémica: casi todos piensan que es buenísima.

Hoy en día sus preceptos resultan un cliché, pero en su momento Halloween fue algo realmente innovador. El término slasher film no vendría sino después, pero no hay duda de que comenzó con esta primera aventura del asesino Michael Myers, que generaría decenas de imitadores y siete secuelas hasta la fecha (con una octava produciéndose justo ahora), todas las cuales no hacen sino evidenciar aún más lo excelente que es la primera, algo que prácticamente surgió de la nada: en aquel entonces John Carpenter no era famoso, pero ya gozaba de cierto prestigio en determinados círculos con su película Asalto al precinto 13 (1976), que gozó de un mayor éxito fuera de los Estados Unidos. El tipo hizo lo que mejor sabía hacer: reclutar a sus amigos y reunir presupuesto a como diera lugar, en ese estilo de cine guerrillero que engrosó las listas del género durante los 70 y 80. La idea era hacer una película sobre niñeras que eran asesinadas una por una, hasta que alguien decidió que estuviera ambientada en la Noche de Brujas. Así se hizo, y el resto ya es historia del cine.

Hasta el cinéfilo más ignorante (o sea, yo) se da cuenta de que Halloween debe sus principales influencias a la obra de Alfred Hitchcock. Son numerosas las referencias a Psicosis (1960), desde el nombre de uno de los protagonistas (Sam Loomis) hasta la elección de la debutante Jamie Lee Curtis para el papel principal: su madre, Janet Leigh, había sido aquella rubia apuñalada en la ducha del famoso Motel Bates. El resto del elenco era de completos desconocidos, lo cual al final resultó en una ventaja (dicen que Halloween es una de las primeras películas donde los adolescentes realmente parecían adolescentes). John Carpenter buscó crear entonces el suspenso de una historia tan básica (el asesino Michael Myers que escapa de un manicomio y regresa a la casa de su niñez matando a todo aquel que se le atraviese) a través de un ambiente cuidado hasta el último detalle y un trabajo de cámara formidable, que todavía se considera como uno de los mejores manejos de steady-cam que se pueden ver hoy en día. Curiosamente, la película logra su cometido con poco más, ya que el gore es mínimo y los muertos pueden contarse con los dedos de una mano. La música (cuyo tema principal es harto conocido), sin embargo, no ha soportado tan bien el avance del tiempo, porque al cabo de un rato resulta repetitiva y monótona.

Pero quien realmente se luce en esta película es el personaje de Michael Myers, el asesino silencioso de la máscara blanca (*) y la mirada vacía. Todavía faltaba mucho para que se convirtiera en uno de los rostros más reconocibles del cine de terror, pero ya se notaba que la profundidad de este personaje estaba, paradójicamente, en su simplicidad, ya que sus orígenes no son sobrenaturales, sino meramente psicológicos: Michael Myers busca ser la maldad en estado puro, borrar completamente su persona. Por eso es que, incluso siendo niño (en la escena inicial) no puede matar sin llevar la máscara puesta. En cuanto al resto de los personajes, su archienemigo el doctor Loomis es quien tiene las mejores líneas, diálogos proféticos más propios de un científico loco que de un racional hombre de ciencia. En lo que se refiere a Laurie Strode, la eterna perseguida de Myers, resulta la víctima por antonomasia de este tipo de cine, la “virgen en apuros”, un modelo de heroína que sería explotado hasta el cansancio.

Aún después de haber visto a todos sus imitadores, es bueno darse una pasada de vez en cuando por esta película, no solamente en cuanto a su valor histórico para el género de terror, sino porque representa un ejemplo más de un estilo de cine cada vez más raro. Absolutamente recomendable.


(*) Durante años me pregunté de quién eran los rasgos de esa máscara. Según los extras del DVD, resulta que son los de William Shatner: al parecer, Carpenter y su equipo querían comprar la máscara más barata que pudieran encontrar. Resultó ser una del capitán Kirk de Star Trek, a la cual agrandaron los agujeros de los ojos y pintaron completamente de blanco. Ya decía yo que me recordaba a alguien.