Reseña: Hellraiser: Hellworld (2005)

Retomando nuestra ardua labor de cubrir todas las entregas de una franquicia que, contra todo buen juicio, se niega a morir, llegamos a Hellraiser: Hellworld (2005), octava entrega de la saga iniciada por Clive Barker y cuarta de ellas de la serie de estrenos que fueron directamente a formatos doméstico. Esta nueva secuela está nuevamente dirigida por Rick Bota, el mismo de Hellraiser: Deader (2005) y una vez más toma un camino completamente distinto al de sus antecesoras sin tener mucho que ver con los preceptos o la mitología cenobita establecida en películas anteriores, cosa que se nota mucho y que me predispuso en contra prácticamente desde el principio.

Una búsqueda rápida por la historia de su producción deja claro por qué: rodada paralelamente a la séptima entrega y estrenada el mismo año, esta producción viene de un guión originalmente titulado Dark Can’t Breathe y que contaba una historia completamente independiente a la que luego se maquilló para darle el toque cenobita que faltaba. Es una lástima que no hayamos podido ver dicho trabajo porque las francamente buenas posibilidades del argumento de esta película se vienen abajo precisamente debido a su inclusión forzada en una franquicia ya gastada y en franca decadencia desde hacía mucho tiempo y que tampoco esta vez consigue salvarse.

Uno de los aspectos más curiosos de este argumento viene, sin embargo, de un intento por romper con todo el estilo anterior, dando a la historia un giro metaficcional situándose en un mundo fuera de la propia película en el que la saga de Hellraiser existe. Dicho giro está evidentemente inspirado en películas como La nueva pesadilla (1994) y sobre todo Scream (1996), no sólo por el contenido irónico y auto-referencial sino también por el hecho de que estamos ante una cinta de corte juvenil que gira alrededor de unos chavales adictos a una web llamada Hellworld. A decir verdad nunca queda claro exactamente si es una página web o un videojuego, aunque en lo personal creo que se trata de una especie de red social inspirada en el universo de Hellraiser y que al parecer está relacionada con el suicidio de uno de los chicos. La verdadera película comienza cuando el resto de los jóvenes asisten a una fiesta temática de su entretenimiento favorito y presencian como aquello que creían originalmente un universo de ficción termina teniendo una capa más siniestra.

Aquí también por desgracia es cuando la película se convierte en un slasher de toda la vida, con los chicos muriendo uno a uno en medio de una trama que termina siendo un misterio de baratillo con un final sorpresa mucho menos inteligente de lo que quiere hacernos creer. Por supuesto, nada de esto tiene que ver con Hellraiser más allá de la presencia de un cansado Doug Bradley que aparece de vez en cuando en cameos glorificados y se apersona en la última escena en una muy lamentable coda final que corona todo este despropósito. Lo más amargo de todo este trago es que la cosa no terminó aquí: varios años después sus responsables volverían a exprimir la saga con dos entregas más que terminarían distanciándose aún más de aquella cinta que les vio nacer, ya que el mismo Bradley abandonaría el barco entregando su papel de Pinhead a otros actores menos agraciados. Pocas sagas de terror han tenido una vida tan longeva, y pocas han caído tan bajo después de su prometedor inicio.

 

Reseña: Hellraiser: Deader (2005)

La séptima entrega de la saga iniciada por Hellraiser (1987), y la segunda de la tres dirigidas por Rick Bota, llevó como título Hellraiser: Deader (2005), y la verdad hay que decir que es coherente con sus antecesoras en documentar la vertiginosa caída libre que sufrió la saga con su paso al formato directo-a-DVD. Rodada paralelamente a la octava y última entrega, esta séptima película es un desastre prácticamente insalvable, cosa que no tiene nada que ver con sus muy modestos aspectos técnicos (fue realizada con un presupuesto ínfimo en Rumanía), sino más bien con la imposibilidad de encajarla en el imaginario de la saga iniciada por Clive Barker.

Más que en ninguna otra entrega, en Hellraiser: Deader se nota claramente que el guión era un trabajo original que nada tenía que ver con el universo de la saga. Esto nos queda claro incluso sin necesidad de la confirmación de IMDB, ya que los vínculos con los Cenobitas, Pinhead o la Configuración de los Lamentos están metidos con calzador en una trama que tiene muchos más parecidos con una hipotética versión fantaterrorífica de Asesinato en 8mm (1999), película con la que tiene similitudes argumentales notables que ya han sido señaladas muchas veces. El planteamiento base, a decir verdad, es casi idéntico, ya que trata de una osada periodista especializada en reportajes amarillistas que recibe un día una cinta de vídeo en la que se ve a una muchacha asesinada y luego resucitada ante la cámara por los miembros de una secta conocida como los “Deader” (literalmente “Más Muertos” o mejor aún, “Re-Muertos”). Tras esto la protagonista viaja a Bucarest para averiguar si lo visto en la cinta es real y cual es la verdadera naturaleza de esta secta de jóvenes siniestros.

Como ya viene siendo habitual de un tiempo acá, la ambientación de la película en Bucarest enlaza con la reciente fijación del cine de terror en retratar a los países de Europa del Este como una tierra oscura y tenebrosa donde las peores pesadillas se hacen realidad, algo que ya hemos reseñado en otras ocasiones. En realidad, dicha voluntad de ambientación es prácticamente lo único destacable, ya que el resto de la película es bastante pobre. Es cerca del principio, de hecho, cuando tiene lugar la única escena convincente, aquella en la que la protagonista encuentra la Configuración de los Lamentos. Dicha escena contiene el único momento de tensión real en la película antes de caer en situaciones y secuencias involuntariamente risibles como la aparatosa escena del cuchillo en la espalda o el infernal vagón de metro donde la periodista tiene sus contactos con el inframundo de Bucarest, escena tan exagerada que sólo se puede tomar a broma. No mejoran las cosas en lo que se refiere a los propios miembros de la secta de los Deader, quienes nunca se sienten como una auténtica amenaza. A decir verdad, dichos personajes realmente no hacen nada más que aparecer y verse siniestros, cosa que los asemeja más a una inofensiva tribu urbana que a unos seres con contactos sobrenaturales, por lo que es muy difícil tomarles en serio (cosa que tampoco hace la película). El guión intenta hacer una muy pobre vinculación entre el líder de estos jóvenes y la saga de Hellraiser, pero es sólo un intento a medias que no tiene ninguna consecuencia real.

Llegados al final, la conclusión que alcanza Hellraiser: Deader es cuanto mucho confusa; aparte de los efectos especiales sonrojantes (el cutrerío digital siempre será mil veces peor que el cutrerío tangible) no me quedó muy clara la naturaleza de la solución más allá de mostrar de forma bastante gratuita (y breve, sumamente breve) la figura de Pinhead, quien realmente no viene mucho a cuento. Quizás sea esta tangencialidad lo que hace que la película, con todo y sus aciertos de ambientación, sea una de las más pobres de una saga que por lo visto lo tiene muy difícil para continuar con un mínimo de calidad.

 

Reseña: Hellraiser: Hellseeker (2002)

La sexta entrega de la saga iniciada por Hellraiser (1987), y segunda de las secuelas directo-a-DVD, se conoce con el título Hellraiser: Hellseeker (2002), y es una película que sigue el camino trazado por Hellraiser: Inferno (2000) al ofrecernos una historia independiente sin continuidad alguna con entregas anteriores, en el que la Configuración de los Lamentos y los cenobitas que tras ella se ocultan no son más que el marco narrativo de una historia que va más por los derroteros del thriller psicológico con un ambiguo envoltorio sobrenatural. Ya habíamos hablado anteriormente de cómo la quinta entrega partía de una buena idea pero al final dejaba bastante que desear. Por desgracia esta sexta padece de los mismos problemas, y de hecho, los profundiza, continuando así la vertiginosa caída libre de una franquicia de terror que terminó teniendo un perfil bastante bajo.

El argumento, transplantado casi enteramente de la película de Adrian Lyne La escalera de Jacob (1990), no tiene realmente nada que ver con Hellraiser aparte de algunas superficiales referencias a la película original, siendo la mayor de ellas la presencia de la actriz Ashley Laurence, protagonista de la primera y segunda entrega de la saga. La señorita Laurence (a quien por cierto, le han sentado bastante bien los años) no es, sin embargo, la protagonista, sino un personaje referencial en la historia de su marido, que es el verdadero centro de la historia. El hombre en cuestión comienza poco a poco a descender por una espiral de locura tras un accidente en el que muere su mujer y del cual él, sin embargo, no recuerda nada. La cosa se complica cuando, tras el inevitable encuentro con el puzzle demoníaco de los cenobitas, varias personas a su alrededor comienzan a caer como moscas y él se convierte en el principal sospechoso de una investigación policial, que por supuesto se mezcla con las bizarras visiones del inferno de dolor que poco a poco se cierne sobre él. El énfasis en este aspecto psicológico sobre todo lo demás no es sino uno de los muchos elementos que me hacen pensar, al igual que en el caso de la entrega anterior, que estamos ante un guión “original” sin conexión alguna con Hellraiser en su concepción inicial, y que luego fue retocado para convertirlo en parte de la saga.

Dejando aparte las evidentes limitaciones del directo-a-DVD, esta sexta entrega de la saga se nota incluso más barata que su antecesora, y con un look mucho más plano y convencional que se asemeja más al de un trabajo televisivo, lo cual me refuerza en mi idea de que la nueva dirección de la saga (historias independientes enmarcadas por la Configuración de los Lamentos) hubiese quedado bien para una serie de televisión con episodios más cortos. Por desgracia, esta cinta se siente también muy estirada y en general de una desgana bastante evidente. De hecho, si no fuera por la presencia de Doug Bradley como Pinhead (único punto en común de las ocho películas) ni siquiera estaríamos poniéndolas al mismo nivel de comparación del resto de la saga. Aquí, evidentemente, no vemos la temática de Clive Barker por ningún lado, y de “nueva carne”, nada de nada.

Al final de la película, por cierto, hay una muy predecible revelación sorpresa que termina dañando la historia aún más de lo que ya estaba, pero evidentemente no lo contaré aquí por si hay alguien que desea sufrirla en carne propia. El director de esta película, Rick Bota, sería contratado para las dos secuelas posteriores, pero sería injusto decir que el despropósito de Hellraiser: Hellseeker o sus continuaciones se deba principalmente a él. Con un guión tan desastroso (que para colmo es casi un plagio de una película anterior) este renovado esfuerzo de los cenobitas por regresar al mundo real estaba condenado prácticamente desde el principio.

 

Reseña: Hellraiser: Inferno (2000)

Decíamos en otra vida que con el sonado fracaso de Hellraiser: Bloodline (1996) se cerraba para siempre la etapa cinematográfica de la saga iniciada por Clive Barker en 1987. Pues bien, lejos de enterrar el hacha, New Line Cinema vendió los derechos de explotación de la franquicia a Miramax, que decidió sacar adelante su propia serie de secuelas sin contar con la colaboración del autor británico para nada. El resultado fueron cuatro películas lanzadas directamente al formato casero, con historias completamente independientes, y que en lugar de centrarse en el personaje de Pinhead tejían tramas completamente distintas alrededor de la Configuración de los Lamentos y los variopintos personajes que decidían abrirla. La primera de estas películas es Hellraiser: Inferno (2000), que es de la que hablamos hoy.

El argumento, como decíamos, rompe toda continuidad con las películas anteriores y se centra en un policía corrupto que investiga el secruesto de un niño por parte de un psicópata que va enviando por correo los dedos mutilados de su rehén. Tan escabroso caso se corona con una fila de cadáveres que el detective va encontrando a lo largo de su investigación, una que se complica cuando abre la Configuración de los Lamentos y comienza a tener visiones de los Cenobitas que van “guiándolo” en su odisea. Esta es la única conexión que existe entre la película y el universo de Hellraiser, y al mismo tiempo ofrece un tono distinto al despojarlos de su habitual rol de villanos y hacer de ellos una especie de jurado del Más Allá que se encargará de guiar el destino del protagonista y pesarle en la balanza del Bien y del Mal. En cuanto a Pinhead, este está nuevamente interpretado por Doug Bradley, aunque su aparición en pantalla es bastante fugaz (aún así su participación en esta película es mayor que en la primera parte de la saga, algo que muchos parecen olvidar) y su presencia sirve más bien como un vínculo de esta cinta con sus antecesores.

Las apariciones de los Cenobitas son en ocasiones interesantes, y escenas como la de la imagen que adorna esta reseña pueden hacernos creer que estamos ante una buena película, cosa que no es del todo cierta. La verdad es que, si bien es encomiable la voluntad por parte de los responsables de Inferno de hacer algo distinto, el desarrollo del argumento es excesivamente plano y con demasiados momentos muertos. La trama de investigación se siente bastante estirada para alcanzar la duración de una hora y media, y al igual que como ocurriría con las tres películas siguientes de la saga, uno no puede evitar la sensación de encontrarse ante una historia que originalmente parece haber sido escrita como un argumento independiente al que luego se vinculó con Hellraiser a través de varios elementos estéticos que en un principio no tenían nada que ver con la trama. El par de momentos rescatables no son suficientes para salvar esta resurrección cenobita que Miramax intentó ofrecernos.

Si alguna conclusión se puede sacar a partir de esta película (y de sus secuelas posteriores) es que la idea de renovar la saga con historias independientes entre sí podría perfectamente haber servido de idea para una serie de televisión ambientada en el universo Hellraiser, pero en una película de hora y media se siente como un concepto desaprovechado. A partir de aquí, los cenobitas empezarían una caída libre casi ininterrumpida hasta la octava (y última) parte de la saga, que por supuesto no dejará de pasar por este tribunal.


Actualización: No me había dado cuenta del error que había cometido al comparar esta película con La escalera de Jacob (1990). Dicho símil estaba destinado a ir en la reseña de Hellraiser: Hellseeker (2002), secuela inmediatamente posterior a esta y que también pasará por esta página en su debido momento. Corregido queda el gazapo.

 

Reseña: Hellraiser: Bloodline (1996)

Hellraiser: Bloodline (1996) es no solamente famosa por ser la cuarta película de la saga iniciada con Hellraiser (1987), sino también por muchos otros motivos: es la única que cambia de registro para pasar al sub-género de películas “de antología”, la última que se estrenó en cines, la última que explotó el personaje de Pinhead como centro absoluto de la historia, y es aquella en la que su director, Kevin Yagher, quedó tan decepcionado de los resultados que optó por el seudónimo de Alan Smithee. Con todo y eso, hay que reconocer que no es la peor de las películas de Hellraiser (eso lo cubrirían las secuelas posteriores).

Hellraiser: Bloodline fue, además, la primera de las sagas de terror que acometió la “valentía” de trasladar sus personajes al espacio, un camino que han seguido Leprechaun (1993) y Viernes 13 (1980). En este caso, dicha ambientación futurista es una de las tres historias que se entremezclan en la película, y que giran alrededor de tres miembros de la familia Merchant, sobre quienes pesa una maldición producto de haber creado la Configuración de los Lamentos. Es precisamente la historia de Phillipe Merchant, un fabricante de juguetes del siglo XVIII que accede a fabricar un artilugio para un aristócrata francés con preferencias por la magia negra, uno de los tres “cuentos” de los que se conforma la película, que salta luego a un joven arquitecto del siglo XX y finalmente a un científico del siglo XXII, que ha construido una gigantesca nave espacial que usará para atraer a los Cenobitas y acabar con ellos para siempre.

La idea, con todo y sus fallos, es ambiciosa, y se nota que al menos en su concepción inicial pretendió llegar más allá de sus fallidos resultados; la historia ambientada en la Francia pre-revolucionaria es lo suficientemente grotesca para haber salido realmente de los escritos de Clive Barker, y el edificio en el que se desarrolla la trama del “presente” enlaza a la perfección con el final de Hellraiser 3: Hell on Earth (1992). Asimismo hay detalles que dan a unidad a las tres historias, y no sólo en el hecho de que los tres Merchant son interpretados por el mismo actor, sino también en la presencia de la actriz chilena Valentina Vargas, que aporta el imprescindible atractivo erótico común en todas las entregas de la saga. Su personaje, una criatura infernal llamada Angelique, aparece en las tres historias y sirve de enlace entre ellas incluso más que el propio Pinhead, quien sólo aparece en el presente y en el futuro en su nuevo rol de pseudo-slasher (sobre todo en la historia ambienteada en el espacio).

Por desgracia los resultados no pueden ser más catastróficos: el argumento no se sostiene por ningún lado, y da la sensación de que el guión no hace sino saltar de una escena a otra sin ninguna coherencia interna. Esto es comprensible ya que gran parte del material rodado por Kevin Yagher nunca vió la luz (incluyendo secuencias enteras de los Cenobitas), y para colmo se le impuso la inclusión de un absurdo marco narrativo sin justificación alguna más que para mostrar a Pinhead antes de tiempo. El montaje del estudio ciertamente explota la figura de Doug Bradley al precio de hacer que la historia no tenga sentido y se queden muchas cosas sin explicar más o menos porque sí.

Al final de Hellraiser: Bloodline, la historia de los Cenobitas y su demoníaco puzzle llega a una conclusión final, aunque ya todos sabemos que cuatro secuelas más llegarían, esta vez con un enfoque totalmente distinto. La última entrada “cinematográfica” de la saga tiene así un cierre bastante lamentable, pero al menos ha pasado a la historia como uno de los grandes proyectos fallidos del cine de terror. Eso y poco más. Podríamos decir incluso que con esta película muchos habrían pensado que ambientar historias de terror sobrenatural en el espacio era una mala idea que no podía dar resultados decentes, lo cual hubiera sido cierto de no ser por el estreno al año siguiente de Horizonte final (1997), una gran e injustamente menospreciada película que sacaba precisamente de Hellraiser gran parte de su inspiración.

Reseña: Hellraiser 3: Hell on Earth (1992)

La entrada en los noventa de la saga iniciada con Hellraiser (1987) da el pistoletazo de salida a una larga fila de secuelas en las que no solamente comenzamos a ver una progresiva decadencia, sino que también se arroja por la borda gran parte del significado de la obra de Clive Barker. Hellraiser 3: Hell on Earth (1992) es también un punto de inflexión en la saga al ahondar en un punto estético ya insinuado en Hellbound (1988): a partir de ahora es Pinhead el elemento más reconocible y “explotable” de toda esta serie de películas. El líder de los cenobitas pasa de ser una figura tangencial a convertirse en un auténtico villano no muy diferente de Jason y Freddy, que para entonces todavía daban sus últimos tumbos por la cartelera. El resultado es ampliamente mejorable, pero también es la última de las películas de Hellraiser que todavía se deja ver, y que al menos guarda cierta coherencia con la mitología propuesta por las dos entradas anteriores.

Para empezar, la cinta se encarga de mantener cierta continuidad (muy superficial) con lo que ya se nos había contado, y así vemos como un despreciable y hedonista dueño de un club de “siniestros” se hace con una rara pieza para su colección de arte: una grotesca columna de piedra que muestra escenas de dolor y tortura particularmente atrayentes. La columna es en realidad la prisión del líder de los cenobitas y el sitio de descanso de la Configuración de los Lamentos, que muy pronto cae en manos equivocadas con las consecuencias que ya conocemos. Esto se mezcla con la historia de una reportera de televisión en busca de la historia que de impulso a su carrera y que la encuentra en lo que las víctimas de Pinhead empiezan a caer como moscas.

Pero claro, esto es Hellraiser, por lo tanto es de esperar que cualquier excusa de argumento muy pronto se cae ante la complacencia de la película en cuanto a visiones estrafalarias y delirios gore. Más allá de una muy breve referencia a los eventos ocurridos en la segunda parte, las cuestiones estilísticas son la mayor forma de reconocer la obra original de Clive Barker. Lo más increíble de todo es que, aunque parezca mentira, la idea de convertir a Pinhead en una especie de pseudo-slasher no resulta tan catastrófica, ya que al menos permite el lucimiento absoluto de Doug Bradley, sin duda alguna el principal atractivo de la película. Ciertamente la historia se pierde un poco al buscar motivaciones innecesarias en el también innecesario pasado humano del líder de los cenobitas, pero el espíritu mefistofélico del personaje permanece intacto en la presentación de un duo aquetípico que ya se había manifestado en las dos cintas anteriores: el “liberador” corrupto de Pinhead y la víctima “pura” que se vinculan a través de la configuración del puzzle que abre las puertas al infierno. Donde probablemente la película falle sea en su debilucha trama y una casposa secuencia final en la que unos muy estrafalarios neo-cenobitas siembran el caos y el pánico en la ciudad ante la mirada de todo aquel que se pasee por allí. Este momento banaliza la amenaza de los personajes y desvirtúa gran parte del ocultismo que ha caracterizado a la saga, además de mostrar cierta carencia de ideas y en los responsables de esta entrega.

Hell on Earth puede que no pase de ser medianamente disfrutable debido a sus propios excesos, pero sigue siendo de las entregas de Hellraiser que se pueden apreciar. El plano final, además, deja abierta la posibilidad de una secuela que (todos sabemos ya) llegó y no fue la única. Pero eso es materia para otra ocasión.

 

Reseña: Hellbound: Hellraiser 2 (1988)

Las secuelas son una prueba difícil de superar, pero de alguna forma Hellbound: Hellraiser 2 (1988) logra mantener cierta dignidad y convertirse en la mejor de las (hasta la fecha) siete continuaciones de la saga iniciada con Hellraiser (1987). No quiere decir esto que estemos ante una gran película (se echa de menos, por ejemplo, la presencia de Clive Barker como director o al menos como guionista), y la trama es caótica y en ocasiones sin sentido alguno. Sin embargo, la película explora lo suficiente el universo de dolor y placer de la primera entrega como para considerarla una más que correcta ampliación del concepto de los cenobitas y la Configuración de los Lamentos.

El caótico argumento al que nos referíamos podría ser planteado así: inmediatamente después de los eventos narrados en la primera película (es necesario haberla visto para entender de qué va la cosa), Kirsty despierta en un hospital donde cuenta a la policía toda la historia acerca de cómo su tío Frank regresó del infierno aliado con su madrastra Julia y asesinó a su padre para luego usurpar su piel. La poli, ante semejante historia, acomete la sabia decisión de enviar a la chica a un hospital psiquiátrico. Allí Kirsty conoce a la única persona que sí cree en su historia: el eminente psicólogo y neurocirujano Phillip Channard. Resulta que Channard ha realizado durante años terribles experimentos para desentrañar los misterios de la mente humana, y al igual que Frank Cotton en la primera película, también ha entrado en contacto con la misteriosa caja que abre las puertas de la dimensión de los cenobitas. Tras escuchar el relato de Kirsty, el inescrupuloso doctor decide sacrificar a uno de sus pacientes sobre la cama en la que murió Julia, trayéndola de nuevo al mundo de los vivos y convirtiéndola en su guía por las esferas ultraterrenales. Al mismo tiempo, Kirsty ha estado recibiendo mensajes en sueños de su padre, quien, atrapado en el infierno, le pide desesperadamente que le ayude.

Por si todo este batiburrillo anecdótico no fuese suficiente, la cinta mezcla la historia de una paciente del hospital con gran habilidad para los puzzles, una venganza de ultratumba, una inmensa criatura que rige la dimensión de placer y dolor, y hasta los orígenes humanos de Pinhead en una trama que se cae a pedazos a medida que avanza el tiempo de metraje. Parte de este caos tiene sin duda que ver con el hecho de que el actor Andrew Robinson se negara a reinterpretar el papel de Larry Cotton para la secuela, por lo que toda la trama del rescate del padre de Kirsty tuviera que ser desechada de forma bastante improvisada. A partir de aquí, el principal encanto de la película es visual, no sólo en cuanto a ese mundo infernal salido de las creaciones de Barker (y que incluye un nuevo cenobita presentado durante el climax de la historia) sino también en cuanto a las ahora más cuantiosas muestras de sangre y torturas que constituyen la marca de la casa en cuanto a esta saga se refiere. Esto se intercala con escenas cada vez más estrambóticas, giros argumentales imposibles, personajes con actitudes incomprensibles y recursos dramáticos bastante autocomplaciente. Sin embargo, está claro que el director Tony Randel, al no contar con una historia coherente, al menos no escatima en ofrecernos visiones de gigantescos laberintos, horrendas criaturas y secuencias de pesadilla que no desmerecen el material de Clive Barker para nada, ahondando aún más en ese universo fantástico por el que es tan conocido.

La saga degeneraría en productos mucho menos disfrutables con el paso del tiempo, de las que sólo la presencia de Doug Bradley como Pinhead sería el elemento cohesionador. Esta segunda parte, por lo menos, conserva parte de la magia de la original y llega a ser incluso recomendable para los fans incondicionales de la primera entrega. Al igual que como ocurriera antes con Phantasma (1979), de Don Coscarelli, Hellraiser 2 es una película difícil, pero como nos sucede en ocasiones, llega a convertirse en un deleite. Irracional, pero deleite al fin y al cabo.

 

Reseña: Hellraiser (1987)

Todo aquel que haya leído la obra del escritor británico Clive Barker sabe que hay una serie de temas que se repiten constantemente: realidades paralelas, estética sadomasoquista, y la inevitable e indisoluble unión del sexo con la violencia física y la perversión moral. Todos esos temas están presentes en su primer (y hasta la fecha, mejor) esfuerzo como director, Hellraiser (1987), innegable clásico ochentero y una de las películas de terror más paradigmáticas de todos los tiempos.

La trama de Hellraiser (que ha llegado a inspirar hasta la fecha la friolera de siete secuelas) gira alrededor de un artilugio: la Configuración de los Lamentos, un puzzle cúbico que abre las puertas del Infierno y permite la entrada de los Cenobitas, habitantes y señores de un universo de dolor eterno. El último en resolver el puzzle (y caer víctima de sus guardianes) es una escoria humana llamada Frank Cotton, quien logra escapar de su prisión infernal y regresar a la tierra en la forma de un cadáver viviente. Una vez libre, se pone en contacto con su cuñada (y amante clandestina) Julia, quien debe proporcionarle víctimas frescas para que pueda regenerar su perdido cuerpo (1). Pero Frank no sabe que los Cenobitas siempre están al acecho, y que no piensan dejarle escapar con facilidad.

Dos cosas son las que hacen de esta película un clásico. La primera de ellas es sin duda su estética, un elemento muy cuidado en todas las películas de Clive Barker. Desde la enigmática forma de la Configuración (ya en sí misma todo un icono del género fantástico) hasta la apriencia sexualmente ambigua y fetichista de los Cenobitas, el mundo de Hellraiser se nos presenta como un lugar oscuro pero a la vez hermoso. La obsesión por los piercings, la profanación de la carne por el metal y la plasmación visual del dolor constante es algo que está presente en toda la película, y ciertamente ayuda mucho el hecho de que, incluso tras casi veinte años de su estreno, los efectos especiales sanguinolentos están muy bien hechos (la secuencia en la que vemos a Frank Cotton regenerarse a partir de una mancha de sangre en el suelo sigue siendo tan increíble como entonces), si bien algunos efectos digitales del final (rayos eléctricos más que nada) son sumamente cutres. Pero sin duda, el centro neurálgico de la cinta lo constituye el inmenso Doug Bradley, que interpreta al líder de los Cenobitas (Pinhead, para los fans), auténtico ídolo del cine de terror y la mayor presencia de toda la saga, a pesar de que en la cinta su presencia es mínima. Bradley (amigo de Barker de toda la vida) ha hecho de este personaje una auténtica gloria para siempre asociada a él, siendo el único personaje que se ha mantenido a lo largo de las ocho entregas.

El otro elemento que define el éxito de la película es su genuina perversidad. Desde el inicio de la historia, lo que nos muestra Clive Barker es una situación doméstica en la que dos personas inocentes (Larry Cotton y su hija Kristie) son auténticas presas del Mal, un mal que sólo puede ser combatido por medio de la intercesión de uno mayor. Los personajes de Frank y Julia son auténticas plagas humanas, seres pervertidos y malévolos sin ningún tipo de lealtad más que hacia su sadomasoquista relación (el carácter del sadomasoquismo es crucial para la película, ya que desde el principio hemos visto como el principal atractivo que Julia ve en Frank es el hecho de que él la trata como basura). Es obvio que todo el esfuerzo narrativo de Clive Barker está centrado en estos dos personajes, ya que los “héroes” (Kristie y su novio) son un par de tortolitos atolondrados cuya única posibilidad de éxito yace en su alianza con las fuerzas de las tinieblas. De sobra está decir dónde se hayan las simpatías de Clive Barker (y de aquellos que vean la película).

Tras casi veinte años, Hellraiser continúa siendo un clásico. Barker dirigiría dos películas más, Razas de noche (1990) y El señor de las ilusiones (1995), que no lograrían alcanzar el nivel de su debut. Está claro que sus mayores talentos son como escritor, pero con esta película coincidieron todos los elementos necesarios para obtener una obra maestra que todavía tiene que superar, o al menos, igualar.

(1) Hasta hace muy poco no me había dado cuenta de hasta qué punto la película El regreso de la momia (2001) de Stephen Sommers es un vulgar plagio de Hellraiser. No solamente asistimos a la repetición de esta trama en la que la amante regenera a su novio/monstruo ofreciéndole víctimas humanas, sino que incluso algunos cuadros y escenas están literalmente calcados de la cinta de Clive Barker. El hecho de que no lo haya recordado hasta hace poco me hace pensar en cuántas veces sucederá algo como esto sin que nos percatemos.