Reseña: El cerebro (1988)

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Lo creáis o no, ha sido hace muy poco (unas semanas cuando mucho) que vi por primera vez El cerebro (1988), un clásico menor del terror serie B canadiense hecho muy probablemente a la sombra de Re-Animator (1985), no sólo porque ambas comparten al actor David Gale como villano, sino también porque ambas ostentan un sentido del humor similar y un énfasis en el imaginario grotesco que parece estar muy en sintonía con la película de Stuart Gordon. Aunque quizás no llegue a los niveles de maestría de esta, se trata de una cinta muy divertida y en muchos sentidos fascinante que lamento mucho no haber visto con anterioridad.

El argumento parte de un espíritu retro que ya era nostálgico en 1988 y que perfectamente podría haber sido rodado en los cincuenta: un chico rebelde y problemático que es enviado a la clínica de un gurú de autoayuda con planes de dominación mundial, y cuyo exitoso programa de televisión local esconde la influencia de un gigantesco cerebro alienígena con cara que controla las mentes de aquellos que le escuchan. El ambiente juvenil, el discurso anticolectivista y la imagen de aquel gran cerebro extraterrestre y los científicos que lo controlan son probablemente las cosas más interesantes que posee y el mayor atisbo de “seriedad” que la trama pueda tener, y son elementos que por sí solos habrían podido constituir una cinta de ciencia-ficción algo más solemne, pero eso es algo que no tarda en saltar por la borda.

Si digo esto es porque la cinta parece muy consciente de su propio potencial puesto que a pesar de ser muy violenta y contener pasajes muy oscuros, también es poseedora de un humor autodestructivo que rompe con la aparente seriedad de su propuesta, desde la increíble imagen del cerebro con cara malvada de puntiagudos dientes y eterna sonrisa hasta las numerosas secuencias autodenigrantes de su protagonista, quien es retratado como todos menos como un héroe al uso y cuya rebeldía y desprecio por el orden y la autoridad constituyen precisamente aquello que le hace inmune al control mental del monstruo.

En muchos sentidos, El cerebro (1988) no pasa de ser una serie B simpática con unos medios muy limitados y cierto regusto a cine de terror muy anterior a su época, pero sus imágenes, su muy divertido desarrollo y su nivel de descaro ante el sexo y la violencia son cosas que le han otorgado cierto nivel de reverencia con el tiempo a pesar de quedar algo opacada por muchas de sus contemporáneas como la ya citada Re-Animator o Están vivos (1988) de John Carpenter, que se estrenó el mismo año y que toca los mismos temas de una forma mucho más eficaz. Si la hubiese visto en el momento de su estreno seguramente habría estado entre mis favoritas de toda la vida, pero aún así es una gran película que aunque no tuvo continuaciones, está ahí para quien la quiera descubrir.

Reseña: Noche infernal (1981)

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Siguiendo con la poda de mi lista de pendientes cayó este menor pero simpático slasher de la edad de oro, y si digo menor es porque Noche infernal (1981) es principalmente recordado hoy en día por contar con Linda Blair como protagonista y final girl, con una historia un tanto atípica en la que un grupo de jóvenes universitarios deben pasar la noche en una gigantesca mansión abandonada si desean pasar a formar parte de una fraternidad. Dicha mansión, por supuesto, tiene una terrible leyenda detrás, una que en un principio todos se toman como un juego pero que termina teniendo un asidero real cuando un asesino comience a cargárselos uno por uno.

Esta curiosa premisa tiene un efecto estético muy interesante y tan ingenioso que dudo mucho haya sido intencional, y es el combinar la estética típica del relato gótico (los jóvenes van vestidos de época como parte del ritual) con los giros narrativos del slasher: un asesino silente del cual vemos muy poco, el elenco de jóvenes libidinosos y la ya clásica regla que dice que aquellos que tienen sexo, mueren. En este sentido el elenco es un acierto porque todos ellos resultan de lo más simpáticos y los numerosos toques de humor crean un contraste marcado con una película violenta incluso para los estándares de su época, aunque los efectos especiales ciertamente no estén a la altura de clásicos como Viernes 13 (1980) o My Bloody Valentine (1981), ambas muy superiores.

Donde sí que parece querer desquitarse es el ángulo sexual y en la explotación consciente de sus personajes femeninos, incluso de Linda Blair, la única cara conocida del elenco y que comparte protagonismo con el marcado escote que luce durante todo el metraje, si bien al ser la chica final es quien más recatada se muestra. Este énfasis en la carga erótica probablemente tenga mucho que ver con su director, Tom DeSimone, un hombre que venía de una larga y fructífera carrera como realizador de cine porno y para quien esta película resultó su mayor paso en busca de la legitimidad como autor. Pese a su contenido, esta fue la cinta más comercial de su carrera y lo más cerca que llegó a realizar entretenimiento familar.

De haberse hecho unos años antes, Noche infernal probablemente habría resultado más famosa, pero precisamente a principios de los ochenta el cine de terror tuvo una avanlancha de slashers memorables que se han quedado en nuestra memoria. A pesar de eso, resulta de lo más disfrutable y tiene una energía genuina que se mantiene incluso durante su apresurado e intenso final. Si eres alguien que disfruta con este tipo de cine y especialmente el de esta época en particular, yo diría que le des una oportunidad.

Reseña # 799: The Funhouse (1981)

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Como la primera entrada de este trío de reseñas centenarias, hoy toca hablar de The Funhouse (1981), conocida en España como Carnaval del terror y en Latinoamérica como La casa de los horrores. Sea cual sea su título, esta película estrenada en los albores de los slasher films es además una de las más conocidas obras del director Tobe Hooper, y un clarísimo intento por repetir el éxito que este consiguió con La matanza de Texas (1974). De hecho, las dos cintas tienen muchas similitudes en cuanto a argumento, personajes y situaciones, hasta el punto en que me atrevería a decir que las mayores diferencias entre las dos se encuentran en el tono y la estética empleada.

Esto último trae consigo una interesante paradoja, y es que si bien se trata de una película mucho menos brutal y violenta que su antecesora, se da el caso de que resulta al mismo tiempo una de las más logradas ambientaciones de Tobe Hooper, y uno de los más eficaces trabajos de fotografía y diseño de producción con los que el director tejano contó en toda su carrera. La sencilla trama (un grupo de jóvenes que quedan atrapados en la casa del terror de una feria y son acosados por un asesino deforme) se ve elevada gracias a una estética colorista que engalana la película de principio a fin y que termina siendo tan importante y terrorífica como el argumento o la violencia, bien poca y dosificada. En este sentido no deja de ser importante el hecho de que la primera muerte tiene lugar casi a la mitad del metraje y que la persecución de los chicos por parte del asesino tiene una justificación, ya que los jóvenes son testigos involuntarios de un crimen y se convierten por ello en blanco de los feriantes.

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La explosión de color de su estética y producción y los parecidos evidentes con la primera película de Hooper (el elenco de jovencitos, un asesino deforme y mentalmente limitado, así como la presentación de los villanos como un sádico clan familiar) sirven asimismo como un anticipo de lo que el director llegaría a hacer, ya que La matanza de Texas 2 (1986), realizada apenas cinco años más tarde, vendría siendo una especie de combinación de las dos cintas. Es también un buen ejemplo de un cine de terror que se hacía cuando los slasher films aún no estaban completamente definidos como género, ya que se producen un buen número de situaciones dramáticas y un énfasis en el argumento por encima de la acción, al menos al princpio ya que la historia termina en un clímax en el que la final girl se enfrenta al asesino principal a través de una larga e histérica secuencia en las entrañas mismas de la casa.

Con todo y eso, y a pesar de su fama, no es esta una de las mejores películas de Hooper ni mucho menos, no sólo por su relativa ligereza sino porque incluso su premisa sabe a poco, sobre todo teniendo en cuenta su tendencia a diluir el terror con elementos que no le aportan nada, como una subtrama con el hermano menor de la protagonista que no lleva a ningún lado. Si hoy en día es recordada es principalmente debido a su impresionante estética de feria y por haber puesto en escena un mundo de terror colorista que veríamos reproducido más adelante en muchos trabajos que resultarían superiores. Aún así es evidente la influencia que esto tuvo y que sigue teniendo incluso hoy en día, con directores como Rob Zombie construyendo prácticamente todo un universo de terror alrededor de la idea del circo como escenario de miedo y de cómo un Tren de la Bruja puede pasar a ser realmente tenebroso sólo cuando deja de funcionar y se convierte en un peligro real.

Ya para terminar un detalle curioso que no conocía y que sólo he aprendido recientemente: esta película fue incluida en aquella famosa lista de Video Nasties de Reino Unido, a pesar de que es considerablemente más light que el resto de sus integrantes e incluso dentro de la filmografía de Tobe Hooper. La explicación que muchos esgrimen a esto es que fue confudida con la cinta Last House on Dead Street (1977), la cual se estrenó originalmente como The Fun House, y que curiosamente no aparece en la lista a pesar de ser mucho más violenta. Esta de la que hablamos hoy sigue siendo una cinta importante y definitivamente una que vale la pena ver, pese a que aquellas obras que ha inspirado con los años me parezcan mucho mejores.

799. The Funhouse (1981)

Reseña: Cementerio de animales (1989)

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Esto es algo que ya he dicho en alguna otra ocasión, pero de todas las novelas de terror de Stephen King, Cementerio de animales es probablemente mi favorita, y todavía la que considero más terrorífica de todas, incluso por encima de otras más celebradas como El resplandor. Por supuesto, tampoco tardó en ser adaptada, y en 1989, seis años después de su publicación, ya teníamos esta película dirigida por la cineasta Mary Lambert y con un guión escrito por el propio Stephen King, quien por primera vez adaptaba su propio trabajo. El estreno de una nueva versión este mismo año es simplemente una excusa para hablar de ella, porque lo cierto es que la Cementerio de animales (1989) original es, pese a las opiniones encontradas en el momento de su estreno, una de las más sólidas adaptaciones del autor de Maine y una cinta que merece ser reivindicada por muchos motivos, ya que varios de los elementos que la hacen interesante no son muy comunes en el cine de miedo de su época o de cualquier otra.

Quizás por tratarse de un guión del propio King, la película sigue muy de cerca el argumento de la novela, con Louis Creed y su familia mudándose a una pequeña comunidad rural de Maine donde establecen amistad con su vecino y terminan descubriendo la historia de un misterioso cementerio indio donde todo aquello que es enterrado vuelve a la vida. Hay que decir que el argumento se mueve muy rápido y están constantemente sucediendo cosas a pesar de que los elementos de terror no llegan sino hasta prácticamente la mitad del metraje, cuando una serie de desgracias familiares hacen que Louis entre en contacto con el poder maléfico del cementerio. De todas formas, lo realmente atractivo de la historia se da en el apartado dramático: King ha comentado en muchas ocasiones que su principal inspiración para la trama fue el relato La pata de mono, de W. W. Jacobs, y se nota porque el principal tema de la película no es tanto el hecho sobrenatural como la incapacidad de sus protagonistas de lidiar con la pérdida que trae la muerte, un tema que se repite constantemente a lo largo de la historia y que al final de cuentas es lo que desencadena el horror.

De hecho, la principal carencia que tiene esta adaptación es que gran parte de la eficacia de la novela residía en la relación paterno-filial que se formaba entre Louis Creed y su vecino, Jud, algo a lo que el libro de King dedicaba tiempo y páginas hasta el punto de hacer mucho más creíble el momento en que el anciano decidía compartir con Louis el secreto del cementerio indio. Esto es algo que en la película se siente mucho más forzado, pero que en parte se compensa por el trabajo como actor de Fred Gwynne, a quien muchos conocemos principalmente como el padre de la familia Munster pero que aquí está genial hasta el punto de ser el alma de una película que muy probablemente no hubiese funcionado tan bien de no ser por su presencia. Todo este lado dramático también sirve para explicar por qué el tramo final de la cinta es tan efectivo a pesar de gran parte de sus escenas están rodadas a luz del día y sin grandes efectos de ambiente: todo lo que sucede en la trama es tan horrible que resulta en ocasiones difícil de aguantar, muy a pesar de sus obvias limitaciones técnicas y al reto que significa trabajar con niños.

Por supuesto no es una película perfecta y muchos de sus ingredientes no han aguantado tan bien el paso del tiempo. Personalmente, nunca me gustó mucho el actor protagonista y me parece que la subtrama del fantasma que le ayuda es algo que funcionaba en la novela pero que nunca terminó de cuajar en la pantalla. Pero en todo lo demás es una película destacable, con uno de los gatos más terroríficos que he visto jamás, una trama llena de momentos perturbadores que se quedan en tu memoria como la hermana minusválida de Rachel Creed, la escena de la muerte y funeral de un personaje central a la mitad de la película, y todo su tramo final que me parece realmente insuperable, además de que King no se olvida del lado festivo del horror al regalarnos en los créditos esa canción de The Ramones inspirada en la película. Si no la habéis visto, hacedlo antes de ver la nueva porque esta es una de las adaptaciones de King que realmente valen la pena, y una que además creo no ha recibido el trato que se merece, quizás porque se estrenó en una época en la que el mercado estaba saturado de películas basadas en la obra del autor de Maine, incluyendo trabajos ciertamente menos memorables pero que todavía persisten en nuestro imaginario personal.

 

Reseña: Psicosis 2 (1983)

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Todos tenemos muy claro que el mundo no necesitaba una secuela de Psicosis (1960), mucho menos una realizada más de dos décadas después de la original. Pero es una suerte que haya sido así, ya que esta continuación dirigida por Richard Franklin (quien no era ajeno al terreno de los psycho-killers al haber dirigido Juegos de carretera (1981) un par de años antes) es una película muy reivindicable que es con toda seguridad una de las secuelas más injustamente infravaloradas de las que tengo memoria. A pesar de todo esto, sigue siendo un misterio el por qué se llevó a cabo, ya que si bien es cierto que justo el año de su producción Robert Bloch sacó una continuación de su novela, esta película muestra una trama completamente distinta. Su llegada muy probablemente tenga más que ver con el auge de los slasher films en los años ochenta que con el renacer literario de su antecesora.

Esto es así incluso teniendo en cuenta que no estamos hablando realmente de un slasher sino de un thriller psicológico centrado en la figura de Norman Bates (nuevamente interpretado por el actor Anthony Perkins) que vuelve a casa tras pasar dos décadas en un psiquiátrico y con la esperanza de rehacer su vida desde cero, sólo para nuevamente sentir como su cordura se le escapa lentamente de las manos a medida que va conociendo a una chica que se muda a su casa (interpretada por una joven Meg Tilly en una de sus primeras películas). Es a partir de ese momento cuando la cinta depara algunas sorpresas y giros argumentales, centrándose sobre todo en estos dos personajes y su relación, pero también en la figura de otro personaje de la Psicosis original que regresa para cobrarse una antigua deuda.

Todo esto está desarrollado de forma muy eficaz por el sobrio y atractivo guión escrito por Tom Holland, casi desprovisto de efectismos baratos y con un argumento mucho más interesante de lo que hubiese creído en un principio. La película sabe además explotar de forma muy efectiva la referencia a su antecesora, no sólo por el regreso de actores como Anthony Perkins o Vera Miles sino también por haber tenido el acierto de reconstruir al cien por cien el set de la casa y el motel Bates, lo que le da a la pelicula una sensación de autenticidad y la legitima como algo más que una simple secuela alimenticia. Como decía arriba, la trama depara algunas genuinas sorpresas sobre sus personajes principales, y aunque la escena y revelación final se siente un tanto absurda y gratuita, también es cierto que representa la única posibilidad que la película tiene de “reiniciar” la saga de Norman Bates de una manera más o menos justificada.

Esto último debería servirnos para explicar lo obvio, ya que pese a la osadía de continuar un clásico, Psicosis 2 sería el abreboca de otras dos secuelas más en los años siguientes, ahondando en la historia de Norman Bates y su madre de forma cada vez más inclinada a la explotación pura y dura. Por increíble que os parezca, esto nunca me ha molestado en lo más mínimo porque la original fue en su momento un trabajo puramente comercial que resultó elevado gracias principalmente a la magistral dirección de Alfred Hitchcock. Esta puede que no llegue a ese nivel pero es en verdad una muy buena película que merece ser más conocida y que crearía escuela en más de un sentido: una cosa que no puedo evitar mencionar es que el niño que aparece (brevemente) como un joven Norman Bates no es otro que Osgood Perkins, el hijo de Anthony Perkins que se convertiría con el tiempo en un director con trabajos propios muy interesantes en el género de terror. Si no la habéis visto dadle una oportunidad porque la merece.

 

Reseña # 702: Killer Klowns From Outer Space (1988)

Confieso que nunca llegué a ver Killer Klowns From Outer Space (1988) en la época en que se estrenó y se hizo famosa, cosa que hasta cierto punto agradezco porque en aquel entonces mi gusto por el cine de terror era muy distinto y muy posiblemente no habría sabido apreciar la que sin duda es una de las películas más singulares de los ochenta, una comedia de horror única que comienza, al igual que sus contemporáneas La noche del cometa (1984) y Lifeforce (1985) como una vuelta a los preceptos de la ciencia-ficción de los cincuenta (y, no olvidemos, la explotación del fenómeno mediático del cometa Halley) para luego darles la vuelta mediante el aprovechamiento de una estética completamente desquiciada y un tono que yo por lo menos no he vuelto a ver en una cinta de este estilo.

Este argumento comienza de la forma en que tantas veces se ha hecho, con un pueblo pequeño y típicamente americano donde unos jóvenes ven aterrizar una nave espacial llena de alienígenas invasores, sólo que estos tienen el aspecto de payasos, en total coherencia con toda la parafernalia que los acompaña: una nave con forma de tienda de circo, animales de globo que cobran vida, pasteles de nata que derriten a sus víctimas y pistolas que disparan algodón de azúcar. Nada de esto se puede tomar a risa: a pesar de que la película evidentemente nunca llega a ser seria, la amenaza de los payasos es real, las muertes son reales y la comedia tiene lugar únicamente gracias al absurdo contraste entre la naturaleza festiva de los villanos y la terrible masacre que desatan en el pueblo.

Killer Klowns From Outer Space es también la única película (hasta la fecha) dirigida por los hermanos Stephen, Charles y Edward Chiodo, que también la produjeron y escribieron el guión. Los hermanos Chiodo venían del mundo de los efectos especiales y habían trabajado ya en Critters (1986), otra cinta de planteamiento muy similar aunque menos extravagante que esta. Su experiencia previa es muy probablemente el factor determinante en que la película tenga un énfasis tan grande en la estética por encima del argumento o las actuaciones, pero funciona; el look colorista de los payasos y la tremenda imaginación que desbordan sus armas y comportamiento es sin duda lo más memorable hasta el punto de que casi no puedo recordar las caras de los miembros del elenco. Esta estética tan bien trabajada es también algo que compensa todas las demás carencias técnicas que la cinta puede tener, con un nivel de producción que parece mucho más alto de lo que realmente es, y llevando ideas muy sencillas y en un principio estrafalarias como los trajes de látex a nuevos límites de efectividad. De hecho el efecto especial más complejo de todos era una escopeta que disparaba palomitas, la cual por algún motivo que se me escapa los hermanos Chiodo insistieron en que debía funcionar de verdad.

A diferencia de lo que ocurrió con muchos otros ejemplos del cine fantástico serie B de los ochenta, el público y la crítica supieron reconocer desde el principio la grandeza de una película como Killer Klowns From Outer Space, la cual alcanzó un nada desdeñable éxito y se convirtió en una cinta de culto que por desgracia no tuvo continuidad ni en forma de secuelas ni en lo que se refiere a la carrera como cineastas de los hermanos Chiodo, quienes hasta la fecha siguen trabajando en el campo de los efectos prácticos, marionetas y animación stop-motion. Pasó mucho tiempo antes de que la viera por primera vez aunque de vez en cuando la recupero y me sigue pareciendo muy disfrutable, ingeniosa y sobre todo tremendamente atractiva tanto en el apartado visual como en el tono. El término “clásico de medianoche” se inventó para esto.

Reseña: Amityville 4: The Evil Escapes (1989)

Años atrás, cuando prometí revisar en este blog toda la saga de Amityville, lo hice motivado no únicamente por un mero afán completista sino también por el hecho de que yo, personalmente, sólo había visto las dos primeras entregas de la trilogía original. Digo “trilogía original” porque si bien esta saga ya tiene la nada despreciable cantidad de trece películas en su haber (con la última, Amityville: The Awakening (2017), a estrenarse pronto), hasta la llegada del remake del 2005 sólo las primeras tres llegaron a estrenarse en cines, mientras que el resto fueron producidas para la tele o el mercado de estrenos directos a formato doméstico. Este es el caso de Amityville 4: The Evil Escapes (1989), que se estrenó para la televisión y que hoy en día es famosa por ser una de las peores entregas. Los calificativos se quedan cortos, a decir verdad, y sólo podría recomendarla para esos completistas/masoquistas curiosos por ver los puntos más bajos de una saga inexplicablemente longeva.

Una cosa debo aclarar, sin embargo: la idea de la que parte esta cuarta entrega es hasta cierto punto muy interesante y da pie a elucubraciones acerca de la trama que podrían haber sido muy exitosas en otras manos. El subtítulo de la entrega no es casual ya que en esta ocasión el argumento se desarrolla por primera vez fuera de la misteriosa casa del 112 de Ocean Avenue, la cual finalmente ha sido desvalijada y sus muebles puestos a la venta en la calle. Es aquí donde comienza la historia, cuando una lámpara de pie de la casa es comprada y llevada a California sin saber que dentro de ella se esconde parte de la maldición, con las muy previsibles consecuencias. De entrada la idea de la maldición de la casa extendiéndose por todo el país a través de los objetos que en ella estaban me parece muy buena, y ciertamento más aprovechable de lo que al final hicieron, sobre todo porque al intentar darle un diseño “tenebroso” a la lámpara lo único que consiguieron fue arrojar por la borda cualquier atisbo de seriedad que uno podría haberle dado a la película.

Precisamente el diseño de la lámpara es lo que arruina por completo una historia que ya de por sí no tenía mucho que ofrecer. Aparte de las evidentes limitaciones que tiene por fuerza un trabajo hecho para la televisión en abierto, Amityville 4 no tiene ningún reparo a la hora de calcar elementos que funcionaron en otros éxitos de los ochenta, principalmente Poltergeist (1982), de la que toma la idea de una niña pequeña que tiene una particular conexión con la entidad sobrenatural y que por supuesto se convierte en el blanco principal de la amenaza que se esconde dentro del artefacto.

Hoy en día, imagino que una película como esta puede funcionar únicamente como disfrute irónico, y como prueba de que siempre se puede caer del estrellato ya que la protagonista de esta cinta es nada menos que Patty Duke, quien tuvo una carrera brillante en su juventud en la que ganó hasta un Oscar y que sin embargo hace de la cara más reconocible en este despropósito que, curiosamente, no mató la saga sino que fue sólo el punto de partida de una debacle que todavía se extiende hasta nuestros días. Atención al hilarante final cuando la lámpara diabólica es derrotada de la forma más disparatada y ruidosa posible.

Reseña: Poltergeist 3 (1988)

Gary Sherman, director conocido por películas de terror como la británica Death Line (1972) o la muy recomendable Dead and Buried (1981), dirige y co-escribe esta tercera entrega de la saga Poltergeist realizada ya en los albores de los noventa, con intenciones mucho más claras en su tentativa de ser una película de terror al uso. Estas dos cosas, la presencia de Sherman como director y el ángulo terrorífico, deberían haber bastado para asegurar el éxito de Poltergeist 3 (1988) pero por desgracia no fue así. Aquellos que la conozcan saben que desde el momento de su estreno fue considerada como la peor de la saga y una de las más problemáticas secuelas que jamás se hayan realizado. En mi caso particular había olvidado gran parte de ella salvo algunas escenas puntuales, por lo que verla de nuevo ha sido todo un redescubrimiento, porque honestamente no la recordaba tan terrible.

Una cosa que sí resalta a la vista es que el argumento de esta tercera entrega intenta de forma muy obvia repetir aquellos elementos exitosos tanto de Poltergeist (1982) como su secuela de apenas dos años antes, hasta el punto de que podemos fácilmente hablar de una trama que es una mezcla de las dos películas anteriores: nuevamente la historia gira en torno a la obsesión de los fantasmas por la pequeña Carol-Anne (único personaje de la familia original que regresa en esta ocasión) y el acoso por parte del espíritu del maligno reverendo Kane que habíamos conocido en Poltergeist 2 (1986). La acción tiene lugar esta vez en un inmenso y moderno edificio donde Carol-Anne ha venido a pasar unos meses con sus tíos, pero el cambio de escenario es lo de menos porque se repiten muchos de los giros narrativos de la primera película: el ataque de los fantasmas, el rapto de la niña hacia un universo paralelo, y el regreso de la mística Tangina (nuevamente interpretada por Zelda Rubinstein) que de nuevo debe ayudar a la familia a rescatar a la pequeña a través del siempre redentor poder del amor. En este sentido es prácticamente la misma película del 82 y habrá pocas sorpresas para aquel que la conozca.

La principal diferencia se encuentra esta vez en un mayor énfasis en los aspectos de terror que la historia propone, pero curiosamente se hace desde una propuesta estética diferente de las entregas anteriores: el escenario del edificio lleno de espejos y el constante juego que estos ofrecen son probablemente lo más interesante de la película y un ejemplo de terror de estética surrealista tremendamente similar a lo que se venía haciendo con la saga de Pesadilla en Elm Street, la cual todavía para 1988 estaba en plena forma en cuanto a popularidad. A pesar de que el argumento se mueve a trompicones y que sus giros son poco originales al estar prácticamente calcados a los de la primera parte, esta estética le da a la cinta una sensación de irrealidad que se convierte en su única seña de identidad propia y es algo al menos digno de ver. Por otro lado, es difícil ignorar lo atropellado del argumento y algunos momentos sonrojantes producto de un guión muy poco trabajado y unas decisiones francamente insólitas. Choca muchísimo, por ejemplo, que Heather O’Rourke se vea evidentemente mayor que su personaje de Carol-Anne, aunque intentan (sin éxito) hacerla parecer más pequeña de lo que es. Tampoco ayuda que la película trata de hacer ruido y acudir al recurso fácil de personajes histéricos e irracionales que gritan el nombre de Carol Anne en 121 ocasiones (alguien en IMDB las contó).

Aunque sería injusto pasar por alto el hecho innegable de que esta fue una producción con muchos problemas que se retrasó en varias ocasiones debido a diversos contratiempos que normalmente habrían dado al traste con toda la producción, como el hecho de que Zelda Rubinstein abandonara el rodaje debido a la muerte de su madre, a lo que debemos sumar, como todos sin duda sabéis ya, el fallecimiento de la propia Heather O’Rourke debido a una misteriosa enfermedad que se nota de forma trágica en el físico de la pequeña actriz. Insólitamente, ninguna de estas cosas fue considerada como un impedimento para los productores de Poltergeist 3, que editaron la película de tal forma que pudiesen terminar por los pelos una trama sin contar demasiado con sus dos actrices principales, dando como resultado una película muy pobre, plagada de problemas y francamente sin ninguno de los aciertos que las dos anteriores entregas consiguieron. Este desastre del que hablo es, de hecho, el principal motivo por el que esta película es conocida hoy en día, y tras verla de nuevo uno no puede sino entenderlo.

 

Reseña: Poltergeist 2 (1986)

Es curioso que a pesar de que tenía prácticamente el mismo tiempo sin ver ninguna de las tres, tenía en mi mente un recuerdo bastante marcado tanto de la primera como de la tercera parte de la saga Poltergeist, pero no recordaba prácticamente nada de la segunda. Así que en preparación para la reseña del remake (que ya he visto, por cierto), he decidido terminar de dar un repaso a la trilogía original. Para mi sorpresa, Poltergeist 2: The Other Side (1986) terminó siendo una película muy distinta a lo que me esperaba. Es sin duda una secuela muy inferior que hace saltar por los aires gran parte de los aciertos de la primera parte, pero aún dentro de su evidente medianía y su intento por hacer un producto más convencional tiene espacio para algunas buenas ideas y aciertos que intentaré abordar aquí.

La trama de la que parte tiene lugar un año después de la original (aunque la película se estrenó en 1986, cuatro años después de la primera, con lo que los niños se ven algo creciditos), con la familia protagonista asediada por las dificultades económicas después de haberse quedado sin casa, y arrimados todos en casa de la abuela. Una vez allí observan cómo nuevamente la pequeña Carol Anne vuelve a estar en la mira de espíritus malévolos, por lo que una vez más deberán recurrir a la ayuda de la psíquica interpretada por Zelda Rubinstein y a un místico nativo americano en lo que es probablemente uno de los mayores clichés que nos podamos echar a la cara. Una cosa que llama la atención esta vez es que todos los actores que interpretaban a la familia original regresan a sus respectivos papeles, a excepción de la hija mayor, quien no aparece. Esto se debe, como sin duda sabréis ya, a que la actriz que interpretaba dicho papel murió poco tiempo después del estreno de la primera película. Pero lo curioso es que en vez de dar su personaje a otra actriz, esta secuela decide simplemente hacer como si nunca hubiese existido, omitiendo toda referencia a ella para así no romper el discurso de fuerza-en-la-unión-familiar que ya se presentaba en la primera película pero que aquí está exacerbado hasta convertirse en el principal punto temático.

Pero si hay algo que define esta secuela y explica su cambio de naturaleza es el momento en el que llegó: en 1986, el cine de terror americano mostraba un panorama muy diferente al que se encontró la primera Poltergeist (1982); el auge del horror sobrenatural y el éxito de películas como Pesadilla en Elm Street (1984) hizo que los responsables de esta segunda entrega optaran por una cinta mucho más oscura y macabra que en demasiadas ocasiones chocaba con la temática mística y pseudo-New Age que todavía se dejaba ver, encima aderezada por el lugar común del exotismo místico presente en la figura de los indios americanos. La película acierta al intentar ampliar la mitología de la original, y su decisión de darnos esta vez un villano claramente identificado es interesante por las referencias al pasado pionero de Estados Unidos y la presencia de extrañas sectas religiosas, pero ninguno de estos temas calza muy bien con ese toque fantástico que se le intenta dar en ocasiones y la a veces sonrojante insistencia en el poder del Bien representado en la idea de la familia. Eso sí, una cosa que no recordaba para nada de esta película es que el famoso artista suizo H.R. Giger colaboró con varios diseños de ese oscuro mundo sobrenatural, incluyendo todo lo referente a una famosa escena con un gusano de tequila en el que sin duda es el mayor efecto especial de todo el metraje.

Con sus descripciones de horribles muertes, su visualmente inquietante villano y la aparición de monstruos y demonios de forma mucho más explícita que en la primera, se nota que Poltergeist 2 intentó ser una película mucho más dada al horror que su antecesora, aunque nunca llega a abandonar del todo su ligereza inicial. Lo que la daña son sus lugares comunes, la escasa química que hay esta vez entre los actores y el abandono de la sencillez que tenía la primera parte y que aquí pone en evidencia una continuación mucho más pobre. Pero todavía hay cosas interesantes, y aquellos que se sientan atraídos por continuar la saga tienen aquí puntos a destacar. Eso sí, lamentablemente nunca llega a dar miedo, y la saga no abrazaría realmente el terror hasta la muy problemática tercera entrega, que también habrá de caer por aquí.

 

Reseña # 598: Poltergeist (1982)

Nuestra prolongada ausencia (hecha por motivos personales e ineludibles, he de decir) no es el único de los motivos por los cuales hemos decidido incluir Poltergeist (1982) en la lista de las reseñas especiales de este año; si lo hemos hecho ha sido también porque estamos hablando de un clásico que nos han pedido en muchas ocasiones y uno que todavía da qué hablar más de tres décadas después de su estreno, especialmente ahora que esperamos la salida de su remake actualizado para este verano. Además, de todo el repertorio del director de Tobe Hooper es una de las más polémicas debido a las dudas que siempre salen a relucir acerca de su autoría. Como aquí no queremos ser menos que nadie nosotros también iniciaremos esta reseña especial con un comentario que busca la polémica gratuita pero que al mismo tiempo es algo que hemos podido confirmar con un reciente visionado de esta cinta: a pesar de que se haya publicitado como tal, la de hoy no es realmente una película de terror. Tal como podéis leer: si algo nos debería quedar claro ahora que tanta gente se queja de la posible ligereza del remake del 2015, es bueno recordar que la cinta original de Hooper era en realidad un relato fantástico en el que había fantasmas, sí, pero también un sentido de la maravilla y una admiración hacia lo desconocido más acorde con el espíritu de su productor Steven Spielberg que con las truculencias del director de La matanza de Texas (1974) o La casa de los horrores (1981).

Este último comentario nos da pie a abordar un tema que siempre sale a relucir cuando se habla acerca de esta película: la duda en cuanto a quién fue realmente su director, puesto que si bien oficialmente fue Tobe Hooper quien asumió el mando detrás de las cámaras, es bien conocido por todos que Steven Spielberg estuvo muy involucrado en el proceso creativo hasta el punto que, según muchos dicen, tuvo siempre la última palabra en cuanto a cuál debía ser el tono de una película que siempre vio como un regreso a ese cine fantástico de corte aventurero que había sacado adelante con cintas como Encuentros en la tercera fase (1977), y al que también había vuelto como director con E.T. (1982), estrenada el mismo año. Por si cupieran dudas acerca de esta autoría, hay que recordar que el nombre de Spielberg aparece en pantalla más grande y destacado que el de Hooper, quien finalmente entraría en conflictos legales por este motivo.

Pero todo eso es historia pasada y, dicha sea la verdad, no demasiado interesante. Es mucho mejor acercarnos a Poltergeist tratando de ver qué es lo que la hace diferente de otras entregas de terror contemporáneas que a pesar de ser mucho más “fuertes” a nivel de sustos no consiguieron dejar una huella tan profunda en el público de su época. De hecho el argumento es en extremo sencillo, y contrariamente a lo que viene siendo la norma en el cine americano de este género, deja muchas cosas sin explicar y otras con una justificación muy vaga en general. Para poner un ejemplo, una película de nuestra época no habría dudado en mostrarnos de forma más explícita el paradero de la niña Carol Anne, quien desaparece misteriosamente a través de una puerta dimensional ubicada en su armario (argumento por cierto que fue sacado casi textualmente de un relato de Richard Matheson, La niña desaparecida, el cual también fue adaptado como un episodio de The Twlight Zone). También es muy curioso (y habrá que ver si el remake lo mantiene) que la historia de la casa anterior a la mudanza de la familia nunca es completamente explorada, y a pesar de que en la película se menciona muy de pasada que existe una entidad maligna que desea a la niña para sí, la naturaleza de esta amenaza nunca es detallada al completo y deja muchas interrogantes abiertas.

Por todos estos motivos, Poltergeist es reivindicable hoy en día como una cinta muy diferente de lo que normalmente ha sido el género de casas embrujadas, el cual sigue casi siempre un mismo esquema de lo sobrenatural relacionado con un crimen del pasado sin resolver. Aquí hay muy poco de eso, y más de un secreto oculto bajo la comodidad burguesa de una clase dominante y acomodada que poco a poco va descubriendo que existe algo más allá de su vida terrena y que no pueden controlar. De hecho, una de las cosas que nos encantó redescubrir de la película es cómo en un principio el hecho sobrenatural no se cuestiona sino que es visto como una revelación fascinante ante la que los personajes reaccionan con genuino interés. Y es que las primeras manifestaciones de los espíritus de la casa son inocentes y es sólo después cuando se van volviendo cada vez más siniestras hasta provocar la desaparición de la niña en la primera mitad y luego mostrar la rabia de esa entidad maligna una vez que la cría le es arrebatada. Muchas películas han intentado imitar esto, así como su estructura episódica de científicos paranormales seguidos por la intervención de la mística interpretada por Zelda Rubinstein (con facilidad el personaje más interesante a pesar de que su intervención es muy limitada), pero muy pocas lo han logrado con efectividad.

El toque Spielberg también se nota a medida que la película avanza y el predominio de los efectos especiales se va haciendo cada vez mayor, notando además una progresión cada vez más compleja que se inicia con sillas y platos flotando pero que desemboca en secuencias ya icónicas como la madre siendo arrastrada por las paredes y el techo de la habitación o la casa que implota en medio de la frustración del espíritu que la domina. Decimos todo esto porque el anuncio de que el remake de este año será estrenado en 3D ha hecho a muchos perder la fe en el resultado final al considerar que el nuevo Poltergeist será quizás excesivo en efectos especiales, cuando lo cierto es que la original no era precisamente sutil y ya desde el principio nos dejaba “ver” a los fantasmas en la forma de entidades hechas de niebla que salían del televisor. En realidad hemos tenido que volver a verla después de más de una década para recordar lo explícita que es y el nulo margen de ambigüedad que maneja en cuanto a la presencia de lo sobrenatural.

Es precisamente ese carácter explícito y la fascinación con lo desconocido, así como cierto toque new age de pseudo-espiritualidad lo que nos mantiene firmes en nuestra sentencia de que Poltergeist no es completamente una película de terror, sino un relato de fantasía familiar con elementos un tanto más oscuros de lo que el cine comercial nos tiene acostumbrados. Es precisamente esto lo que la hace especial, porque como mencionábamos arriba, no existen en la actualidad muchos ejemplos de este tipo de equilibrio llevado a cabo de forma efectiva. Por supuesto, la cinta tendría secuelas y resultó un gran éxito de taquilla a pesar de que la mayoría de los críticos mainstream la recibieron de forma poco entusiasta. En nuestro caso, sigue siendo una de nuestras favoritas, y queremos ya comprobar si la nueva versión le hace justicia.