Reseña: Day of the Dead: Bloodline (2018)

undk3rltmyKpgeZlUeeInEwaoIxDemostrando hasta donde se puede llegar para mantener una máquina rodando nos llega esta nueva versión de El día de los muertos (1985), hasta donde sé sin título en España, y llegando casi de tapadillo a varias plataformas de streaming sin demasiados comentarios ni para bien ni para mal. Day of the Dead: Bloodline (2018) no es más que un nuevo intento por rentabilizar el nombre de la saga romeriana más allá de toda lógica o sentido de la dignidad, algo que no es la primera vez que se hace. A decir verdad, lo extremadamente modesto de sus medios, sumado a la escasa repercusión que ha tenido su estreno y el que este se haya dado exactamente diez años después del último remake (el cual valga decirlo también pasó sin más) es para mí la prueba definitiva de que esta película se hizo única y exclusivamente para mantener atados los derechos sobre la original de 1985. No me lo puedo explicar de otra manera.

Lo cierto es que esta co-producción bulgara no tiene absolutamente nada que ver a nivel argumental con El día de los muertos en ninguna de sus versiones anteriores, aunque debo decir que al menos guarda ciertas similitudes que hacen creer que sus responsables al menos sí se vieron la película de Romero para más que simplemente estampar su nombre en los créditos; su ambientación postapocalíptica, el escenario de un bunker militar y la rivalidad entre soldados y científicos son evidentes paralelismos con la original, por no hablar del zombi inteligente que es el centro absoluto de la trama. Esta vez, sin embargo, dicho personaje tiene incluso una historia previa con la protagonista, ya que se trata de un hombre que solía acosarla mientras estuvo vivo y que ahora, gracias a una inusual concentración de anticuerpos en su sangre, ha pasado a ser una especie de híbrido zombi/humano que resultará clave para encontrar una vacuna contra el virus de los no-muertos.

Es este personaje a decir verdad lo único más o menos destacable del argumento, algo que además da un absoluto aunque muy triste protagonismo al actor Johnathon Schaech, quien básicamente repite el mismo rol de silente depredador sexual que ya le vimos hacer hace un década en el remake de Prom Night (2008). Es una lástima que tengamos que verlo reducido a una película como esta ya que Schaech es con diferencia el único que hace un trabajo más o menos inspirado que destaca en medio de un elenco atroz lleno de unas actuaciones a nivel de cine porno, con una estética plana de televisión noventera y un diseño de producción increíblemente falso y cutre que hace imposible tomarse esta película en serio a pesar de que algunas de sus ideas son interesantes, como por ejemplo el conflicto que representa tener que mantener vivo al villano y monstruo principal si se quiere encontrar la cura para el virus.

Pero claro, todas estas ideas son cosas que mucho me temo estaban destinadas a un guión que nada tenía que ver con la película de Romero y que terminó siendo reciclado para una producción mercenaria y barata hecha con el solo propósito de mantener el control intelectual sobre una película que merece permanecer en nuestro recuerdo y que ya no es necesario adaptar más puesto que su sombra prevalece en la mayor parte (por no decir todo) el cine zombi de hoy en día. Day of the Dead: Bloodline, por el contrario, es supérflua, aburrida y no se me ocurre motivo alguno para recomendarla.

Reseña: Survival of the Dead (2009)

Tras cinco años evitando hacerlo, finalmente ha caído en mis manos Survival of the Dead (2009), última película de George Romero y la más reciente entrega de su larga saga de zombis. Fueron las mayoritarias críticas negativas las que en su momento me impidieron acercarme a ella, por lo que mis expectativas ya de por sí iban bajas. Por desgracia, todas las advertencias que había tenido están más que justificadas; Survival of the Dead es sin duda la peor de todas las entregas de la saga romeriana de muertos vivientes, y no sólo eso sino que su fracaso taquillero (inédito, por cierto, en una saga que hasta la fecha había siempre dado dividendos) muy probablemente haya terminado por ser el beso de la muerte para la carrera de un director que, al igual que otras viejas leyendas del cine de horror como John Carpenter o Wes Craven, no parece tener cabida en el cine hoy en día.

El punto novedoso que tiene Survival of the Dead es que a diferencia de las demás películas de zombis de Romero, tiene una continuidad directa e inequívoca con la anterior entrega: en esta ocasión la historia se cuenta desde el punto de vista de un grupo de militares que aparecieron brevemente en El diario de los muertos (2007) y que aquí se topan sin quererlo con una comunidad de refugiados en una isla del norte de Estados Unidos, en la que dos familias rivales entablan una guerra sin cuartel debido a la disputa entre si se debe acabar con los muertos reanimados o si estos, por el contrario, pueden ser reeducados para que aprendan a convivir con los humanos. Debo reconocer que el argumento parte de una buena idea en la que Romero vuelve a aquello que le hizo famoso al hablar no tanto de los zombis como de los conflictos que surgen entre los humanos y cómo precisamente su incapacidad para colaborar es la que termina trayendo la desgracia. En este sentido la película está claramente en la línea de las anteriores hasta el punto en que se puede decir que ignora casi por completo el cambio radical de registro que significó su predecesora inmediata .

Pero a pesar de que el argumento base le da mil vueltas al de aquella película y su falso mensaje mediático, el problema de Survival of the Dead yace en la ejecución increíblemente barata, cutre y aburrida con la que dicha premisa se ha llevado a cabo. Por comparación, la entrega anterior parece una obra maestra. Esta se ve lastrada en cambio por unos efectos especiales bochornosos, una estética plana y predecible, y sobre todo por un desarrollo bastante aburrido en el que los zombis aparecen muy poco y hay en cambio una gran cantidad de diálogos que pasan por encima de los protagonistas militares, reducidos a simples comparsas de una trama que en el fondo no tiene nada que ver con ellos. Como decía más arriba, hay un punto de partida interesante y una historia que se ve mucho más atractiva, pero está muy desaprovechada por culpa de su producción de tercera fila y un tono ambiguo que por momentos parece más apropiado para una comedia, pero una en la que los personajes se empeñan en hablar de temas serios. A mí por lo menos se me hizo muy difícil de ver de una sola sentada.

Mi única conclusión tras este muy retrasado visionado es que Survival of the Dead os la podéis ahorrar. Es recomendable (imagino) sólo para aquellos incondicionales de Romero que necesiten ver el descenso en espiral de una saga que ya empezaba a flaquear con el estreno de La tierra de los muertos (2005), la cual visto lo visto habrá que ver revisitar un día de estos, porque la diferencia de calidad con esta última entrega es abismal incluso en su caso. Puede ser verdad que el género zombi hoy en día se ha convertido en un cliché, pero no es menos cierto que todavía se encuentran trabajos interesantes que, en la actualidad, está haciendo gente distinta al hombre que encendió la chispa inicial.

 

Reseña: The Crazies (1973)

Tal como ocurre con gran parte de la filmografía de George Romero, la fama de The Crazies (1973) es oscurecida por la popularidad de su trilogía original de zombis, responsables de su encumbramiento como director y figura recurrente del género de terror décadas después de su estreno. Esta, en cambio, fue una producción que en su momento pasó bastante desapercibida, al igual que el resto de trabajos que Romero realizara en ese período de transición entre La noche de los muertos vivientes (1968) y El amanecer de los muertos (1978). El tiempo se ha encargado de devolverle un poco de notoriedad, pero quedarnos allí sería un grave error. Lo cierto es que The Crazies es también una de sus películas más sólidas, y ahora que el estreno de su nueva versión es inminente, se hace más necesario que nunca sacarla a la luz una vez más.

La película narra el caos vivido por un pequeño pueblo sitiado en una repentina cuarentena por el gobierno, cuando un virus creado por ellos se desata accidentalmente en la población. El virus, propagado por el agua, hace que la gente se vuelva loca, y sus efectos casi siempre desembocan en una ira asesina. La locura no se manifiesta como una rabia, sino más bien reduciendo a la persona a un carácter completamente imprevisible que a menudo se vuelve violento. A pesar de que no es una película de zombis (algo que, a juzgar por los avances mostrados, su remake parece ignorar), sí es cierto que comparte una estructura muy similar y muchas de las constantes que Romero ha dado a su saga apocalíptica de cadáveres antropófagos, desde la gradual pérdida del control de la sociedad hasta el desmoronamiento de la familia, así como el matiz bastante negativo con el que Romero pinta a los militares, cuya incompetencia y arrogancia termina dificultando su misión. En este sentido la perspectiva empleada por la película de un dúo de duros hombres pueblerinos que no vacilan en armarse para luchar contra el ejército de su propio país es una idea bastante transgresora que calza muy bien no sólo con el imaginario romeriano del estado de sitio, sino con el clima general de desconfianza en las instituciones que acompañó la época de la guerra de Vietnam.

Estas ideas, llevadas a cabo en un muy buen guión de Romero, son las que traen a colación momentos e imágenes realmente inquietantes en lo que se refiere al desmoronamiento del pueblo (y del grupo de protagonistas) y que dudo mucho que la nueva versión tenga la valentía de reproducir. El ya icónico aspecto de los soldados con sus trajes de seguridad otorga a su presencia un aire de uniformidad casi alienígena que ayuda mucho a la estructura de thriller paranoico de la película (aparte de resultar muy conveniente para ocultar el hecho de que la mayoría de ellos eran adolescentes tomados de la escuela local). Todo esto compensa con creces las evidentes carencias de medios; la cinta fue realizada con un presupuesto ínfimo, rodada en locaciones reales, con un gran número de actores no profesionales y ningún especialista. Las escenas de acción son por eso un tanto toscas a nivel técnico (aquellas escenas de despliegue de poderío bélico son evidentemente material documental) pero están tan bien dirigidas y dosificadas que en ningún momento molestan.

A medida que se acerca el desenlace, The Crazies se va poniendo cada vez más tremendista y apocalíptica, y aquellos que ya estén familiarizados con el resto de la obra de Romero encontrarán varios paralelismos con su manera particular de relatar el caos que se genera cuando la sociedad se viene abajo y que ya presagiaba lo que sería El amanecer de los muertos cinco años después. Es por eso que recomiendo encarecidamente que antes de ver el remake que se estrena dentro de poco, echéis un vistazo a la versión original, ya que todo parece indicar que la nueva versión se irá por lados mucho más convencionales de ese cine de zombis/infectados que se ha convertido, más que en una prolongación de la obra de George Romero, en su inconsciente parodia.

 

Reseña: El diario de los muertos (2007)

Quinta película de muertos vivientes rodada por George Romero, El diario de los muertos (2007) supuso un cambio considerable en la manera como tenía el director de contar este tipo de historias, e incluso un adelanto de esa breve moda de películas de terror con estética documental. En su momento no fue muy bien recibida, en parte porque muchos (incluyéndome) esperaban que Romero continuara con la evolución post-apocalíptica de La tierra de los muertos (2005). En vez de eso, el ya veterano director decide volver a sus inicios y contar de nuevo el despertar de la epidemia, esta vez en la época actual y desde la perspectiva de un grupo de jóvenes que preparan un improvisado documental acerca del fin del mundo. La película de hecho está construída como si fuese dicho documental, titulado La muerte de la muerte, y no se limita a presentar el material rodado sino encima editado, pulido, con música incidental (para meter miedo) y la voz en off de uno de los personajes. Es una cinta muy diferente a lo que Romero nos tiene acostumbrados, y recuerdo que cuando la vi por primera vez la odié, pero tras verla nuevamente considero que es mucho más interesante de lo que creía, y que sus fallos se deben principalmente a las concesiones hechas de cara a las expectativas del público que deseaba otra cinta de zombis como las anteriores.

Existen grandes momentos como el inicio y el final de la película en la que Romero nos remite a su tratamiento apocalíptico de historias anteriores, así como una ingeniosa (a pesar de evidente) sátira hacia el cine de terror presentada a través del rodaje de la auténtica «película» originalmente rodada por los protagonistas (incluyendo su desarrollo final durante el desenlace). Sin embargo, y a pesar de sus aciertos, el principal problema de El diario de los muertos es que el comentario sociológico de Romero está esta vez no sólo demasiado evidenciado, sino que encima es explicado literalmente en las intervenciones en off de la protagonista, incluso en momentos en los que nadie, por muy palurdo que fuese, podría no apreciarlo. La idea de que el mundo se acaba y la reacción típicamente humana es documentar el Apocalipsis con la sola intención de subirlo a Youtube es una idea lo suficientemente fuerte como para no necesitar explicaciones de ningún tipo, por lo que la constante mención de este hecho por parte de los personajes no hace sino subrayar lo obvio.

Ese es básicamente el mayor inconveniente, ya que el resto está bastante equilibrado, incluyendo el uso del humor. A menudo, a la hora de hablar de esta película, se resaltan momentos ridículos como la secuencia del granjero amish que el grupo encuentra en su viaje pero se ignoran por completo secuencias muy buenas como el encuentro de los jóvenes con un grupo de guerrilleros urbanos y su contraste más adelante con los miembros de la Guardia Nacional. Reconozco, eso sí, algunos instantes que exigen mucho por parte del espectador en cuanto a suspensión de la incredulidad, como la negativa por parte de aquel que lleva la cámara de dejar de grabar ni siquiera para ayudar a seres queridos en peligro.

En definitiva, El diario de los muertos es una película que aunque está por debajo de otras entradas romerianas en torno al tema de lo zombi, sí resulta al menos mucho más interesante que las decenas de títulos similares que nos han llovido en los últimos años aprovechando el resurgir del cine de muertos vivientes. Puede que me pierda un poco mi subjetividad, pero sinceramente pienso que incluso a lo peor de George Romero se le puede sacar más jugo que a gran parte de lo que sus imitadores estrenan día a día.

Reseña: La noche de los muertos vivientes (1990)

En el mundillo de los remakes, hay uno en particular que siempre ha sido larga e injustamente ignorado por la mayoría, y es La noche de los muertos vivientes (1990), primer largometraje como director de Tom Savini y uno de esos raros ejemplos en el que la revisión de un clásico en cierta forma complementa el visionado del original. Por un lado se entiende; después de todo, la película de Savini vino en un mal momento histórico, ya que el cine de zombis no solamente ya no estaba de moda, sino que había sido totalmente ridiculizado gracias a los esfuerzos paródicos de El regreso de los muertos vivientes (1985) y, por supuesto, el videoclip que dirigió John Landis para la canción Thriller, de Michael Jackson. Para ese entonces nadie podía siquiera pensar que la idea de los cadáveres ambulantes hambrientos de carne humana pudiera ser interesante, y es una lástima porque esta versión de la ópera prima de George Romero es, en efecto, una muy buena película que mereció un mejor destino.

El mismo Romero escribe el guión, y en su momento no estuvo demasiado entusiasmado con la idea, razón por la cual esta película no se limita a reproducir su propio trabajo. Por el contrario, si bien ambas parten de la misma situación inicial (un grupo de desconocidos que se atrinchera en una cabaña para combatir las hordas de no-muertos), los veintidós años que separan el remake de la original se notan en la evolución de los personajes protagonistas y en el juego que Romero ofrece al espectador que ya conoce su (para entonces) trilogía de zombis. No en balde la primera escena se reproduce de forma casi igual a la de la original hasta que tiene lugar el curioso guiño en el cual Romero «engaña» al público haciéndole creer que la aparición del primer cadáver reanimado sucederá igual que en la primera película. Esta pequeña pausa precede el sobresalto cuando el verdadero zombi se abalanza sobre los personajes (y nosotros) indicándonos que ahora sí vienen a por tí, Barbara.

Por cierto, es en este personaje donde mejor se nota la evolución zombífila a la que ha llegado el guión de Romero. Si en su trilogía anterior habíamos visto el progresivo cambio de rol de los personajes femeninos, en esta película lo vemos en todo su apogeo. La Barbara de la versión del 90 nada tiene que ver con la catatónica e indefensa fémina de la película original, un hecho que la protagonista no hace sino resaltar al cambiar su falda por unos pantalones y asegurarle a Ben que «no está entrando en shock». Este último, por cierto, pierde protagonismo en esta versión pero al mismo tiempo resulta un personaje mucho más interesante, aunque sea por los matices de un actor como Tony Todd que sabe transmitir la escalada de violencia e insensatez que se desata en su confrontación con el señor Cooper, quien alcanza aquí unos niveles muy altos de cabronismo e individualismo residuales de la cultura del Yo de la era Reagan. Con todo esto, es en el final cuando la película resalta el discurso sociológico de la original al mismo tiempo que lo lleva a unos niveles si se quiere aún más pesimistas, y lo que es curioso: no por ser más explícito deja de tener su contundencia.

La dirección de Tom Savini (quien por cierto no se encarga esta vez de los efectos especiales) es lo suficientemente ágil como para hacer que la película no decaiga en ningún momento, muy a pesar de algunas secuencias específicas que pecan de inverosímiles, como si las películas de terror ocurrieran en un mundo en el que los personajes están destinados a tomar decisiones erradas (y sin embargo, es la primera cinta de zombis que recuerdo donde alguien sugiere que quizás lo mejor sea pasar corriendo entre ellos).

Más allá de la obviedad cronológica, La noche de los muertos vivientes es una bisagra perfecta entre el cine de terror de los ochenta y la década de los noventa. En una época en la que, por lo general, el género de zombis estaba decantándose por la parodia o por el camino fácil de la caspa explotativa, la llegada de una cinta que se tomaba los cadáveres vivientes como algo serio pasó por debajo de la mesa, error que siempre estamos a tiempo de remediar.

 

Reseña: El día de los muertos (1985)

A principios de la década de los ochenta, el de George Romero era un nombre en boca de todos. Nadie ponía en duda el valor de una cinta como La noche de los muertos vivientes (1968), y el impresionante éxito comercial y crítico de su secuela, El amanecer de los muertos (1978), lo situaba en la mira de los grandes estudios una vez más. Por eso no fue raro que los de Laurel Films le ofrecieran un suculento trato para hacer la nada desdeñable cantidad de tres películas. Además, la productora ofreció unas condiciones soñadas para este director (y cualquiera): las primeras dos películas podían ser las que Romero quisiera, y tendría total libertad para hacerlas a su antojo. La única condición que imponían era que la tercera cinta fuese una nueva entrega de su ya famosa saga de zombis. No se puede negar que Romero cumplió: tras la bizarrada que fue Los caballeros de la moto (1981) y posterior a su colaboración con Stephen King en Creepshow (1982), la factoría romeriana produjo su tercera película de cadáveres ambulantes, titulada muy apropiadamente El día de los muertos (1985).

El día de los muertos supone un gran salto adelante en lo que a cintas de zombis se refiere. A diferencia de las dos partes que la precedieron, esta tercera entrega estaba destinada a ser una película épica y de un tratamiento que sólo el gran poder financiero de un estudio puede dar. Las ambiciones de Romero, sin embargo, quedarían un tanto decepcionadas, pero de eso hablaremos más adelante. Lo que importa aquí es que Romero consigue, con menos recursos de lo esperado, no sólo una épica de zombis que en nada desmerece a las dos obras maestras que vinieron antes, sino que además, es la última cinta de este sub-género que pudo ser tomada «en serio» (1).

Si su primera película era una metáfora sobre la desconfianza inherente al ser humano y la segunda una cruel sátira a la cultura de consumo, esta tercera parte representa un fiel paralelo al militarismo y al condicionamiento del hombre por el hombre. Romero nos sitúa unos cuantos años en el futuro, en un planeta Tierra completamente devastado por los muertos vivientes, con unos cuantos refugiados sepultados en una gigantesca base subterránea de Florida. En este lugar, tres grupos humanos luchan por sobrevivir e imponerse uno al otro. Por un lado, los militares, liderados por el capitán Rhodes, quienes opinan que deberían salir y abrirse paso entre las hordas caníbales a tiro limpio, eliminando cuanto se atraviese en su camino. A ellos se enfrentan los científicos, al mando del doctor Logan (apodado «Dr. Frankenstein») quien cree que los zombis deben ser estudiados para encontrar la manera de volverlos inofensivos al hombre. En medio de estos dos grupos están los pilotos, entre ellos Sarah, nuestra protagonista. Los pilotos no son más que los mandaderos de científicos y militares, pero no tardan en darse cuenta de que sólo es cuestión de tiempo antes de que el Infierno se desate en su hasta entonces inexpugnable escondite, ya que los «vivos» no han más que luchar entre ellos mientras los muertos se acumulan fuera de las murallas a ritmo escalonado.

Pero claro, todos los que han visto la imagen que adorna esta reseña (y que conocen la cinta de Romero) saben de sobra cual es el principal atractivo argumental y metafórico de esta película: el zombi más carismático de cuantos existen, y que no es otro que «Bub», la mayor esperanza del doctor Logan, quien está convencido de que un muerto viviente puede ser «reeducado» para enseñarle a convivir con los humanos vivos. El adiestramiento de Bub, así como su desenlace al final de la película, constituye la última y más grande bofetada al desmedido ego del ser humano, incapaz de aprehender la realidad incluso ante el rostro mismo del horror. Un horror que, una vez más, se manifiesta a través de aquello que hace grande al cine de Romero: no se trata, como siempre, del conflicto entre humanos y zombis, sino del conflicto entre los propios humanos que se muestran incapaces de superar aquello que los separa. Cuando se desata el inevitable final, este es exclusivamente culpa de los vivos, y son precisamente sus carnes las que pagan las consecuencias. Esto, por cierto, destaca gracias a los efectos especiales de Tom Savini, quien consigue con El día de los muertos el que probablemente sea su mejor trabajo en el mundo del gore, uno que todavía proyecta una larga sombra más de veinte años después de su estreno.

Por desgracia, el presupuesto de Romero no llegó a cubrir las expectativas de la gran épica zombi que tenía planeada, y varias de las subtramas se quedarían engavetadas hasta el estreno, años después, de La tierra de los muertos (2005). Esta, asimismo, no consiguió despegar comercialmente hablando, aunque como sucede con casi todo el cine de su director, ha desatado un fértil culto con el paso del tiempo, de esos que no mueren.


(1) No olvidemos 1985 es también el año en el que se estrena la película El regreso de los muertos vivientes (1985), genial parodia dirigida por Dan O’Bannon. También es en ese año cuando se estrena el vídeoclip Thriller, de Michael Jackson, dirigido por John Landis y con efectos especiales de Rick Baker. Ambas piezas enterrarían (nunca mejor dicho) el cine de zombis durante casi tres décadas.

 

Reseña # 102: El amanecer de los muertos (1978)

Con el advenimiento de la tercera y última reseña especial de esta tríada centenaria, y dada la inmensa popularidad actual de los remakes, creo que ha llegado la hora de hablar finalmente de El amanecer de los muertos (1978) y dejar claro, de una vez por todas, por qué la original ha sido, es y será siempre la mejor, la joya de la corona de la filmografía de George Romero y una de las mayores obras maestras del género de terror. El revival que está viviendo hoy en día el cine de zombis (con directores como Tobe Hooper, Eli Roth y otros dedicándole sus próximos trabajos) la oportunidad no puede ser más propicia.

Como todos sin duda saben, El amanecer de los muertos fue la primera secuela de La noche de los muertos vivientes (1968), y en ella George Romero continúa su metáfora de los zombis que enmascaran los conflictos del hombre moderno. Para el director, sin embargo, esta película no fue el paso natural a dar en su carrera, sino más bien una necesidad: el fracaso de proyectos anteriores, como The Crazies (1973) o la excelente Martin (1976) hizo que los estudios le dieran la espalda al que había sido uno de los jóvenes cineastas más prometedores del panorama de entonces. La salvación vino de Europa, cuando el director italiano Dario Argento ofreció a Romero la posibilidad de financiar una película, siempre y cuando dicha cinta fuera una continuación de su primer éxito.

Lejos de continuar la historia de aquella solitaria cabaña, George Romero traslada la acción a un nivel mucho más global y épico, en un mundo tomado por los muertos vivientes que ya es presa del caos y la desesperación. En este sentido, el primer cuadro de la película ya es toda una declaración de intenciones por parte de su creador: la protagonista, Francine, nos es mostrada teniendo una pesadilla mientras duerme con la cabeza apoyada en una pared de rojo intenso que domina por completo el encuadre. Cuando despierta, se da cuenta de que la auténtica pesadilla no ha hecho sino comenzar: la joven se encuentra en un estudio de televisión presa del pánico, donde periodistas, tertulianos e investigadores luchan por encontrar una explicación al hecho indiscutible de que los muertos están volviendo a la vida para alimentarse de los vivos. Al mismo tiempo se nos presenta la faena de un grupo de policías que debe tomar por asalto una barriada marginal donde los algunos vivos han decidido encerrarse con sus familiares «reanimados», a quienes no han tenido el valor de despachar. Luego de la masacre que han de perpetrar en el sitio (la imagen de los zombis devorando a aquellos desgraciados que han cometido el error de atrincherarse con ellos es una de las más poderosas de todo el metraje), dos de los agentes, Peter y Roger deciden que eso de quedarse batallando a los muertos no es una buena idea después de todo, así que deciden escapar con un piloto de helicóptero llamado Steve, quien resulta ser el novio de Francie. Aquí las dos historias se unen, y los cuatro personajes deben enfrentar un destino común.

El estado de sitio típico de las películas de Romero viene después, cuando Steve, Francie, Roger y Peter llegan a un centro comercial abandonado y deciden detenerse para buscar provisiones. Sin embargo, una vez allí se dan cuenta de que el lugar les ofrece todo lo que ellos pueden necesitar, por lo que deciden quedarse. Entre los cuatro clausuran los niveles superiores del lugar, convirtiéndolos en la mayor fantasía de la felicidad burguesa, mientras las hordas de no-muertos se aglomeran en los niveles inferiores. A través de esta situación, Romero construye una grandiosa metáfora del consumismo, la represión de las masas y la desigualdad de las clases. El resto es bastante predecible: adormecidos por la comodidad de su nueva e inexpugnable fortaleza, los cuatro protagonistas comienzan poco a poco a perder la cohesión del grupo y a descuidar su estado de eterna vigilancia.

Lo interesante de las películas de George Romero, y aquello que las diferencia de todas las demás encarnaciones de muertos vivientes que se han llevado a la pantalla, es que sus historias nunca tratan de la lucha entre los humanos y los zombis. De hecho, a pesar de que hasta el momento ha repetido en toda su tetralogía el esquema de los personajes en estado de sitio, la verdad es que el conflicto siempre es entre los humanos «vivos». Los muertos son sólo el trasfondo, el elemento catalizador de la trama. De hecho, quizás lo más significativo de El amanecer de los muertos (y que su muy bueno aunque inferior remake no quiso o no supo hacer) es que el clímax del conflicto que causa el abandono de la fortaleza doméstica del centro comercial es una situación creada deliberadamente no por los zombis, sino por los humanos, representados aquí en la forma de una banda de forajidos saqueadores, entre los que se cuenta un Tom Savini que se divierte como nunca.

Otra cosa interesante acá es el tratamiento que se da al único personaje femenino de la cinta: Francine. A lo largo de la tetralogía, Romero muestra una evolución más que evidente del rol de las mujeres dentro de la trama. Si la Barbara de La noche de los muertos vivientes era una idenfensa catatónica que dependía para todo de los hombres que la rodeaban, Francine es una mujer de armas tomar que no deja que su avanzado embarazo sea la excusa para que la dejen atrás. Ante la voluntad dominante de los tres hombres que la acompañan, Francine exige ser tomada en cuenta para las decisiones importantes, así como ser instruida en el manejo de armas y del helicóptero (por si acaso). Y de hecho, su personaje es vital para el momento final de la película. Algunas afirman que esta evolución de las féminas en el cine romeriano puede deberse a un intento de reflejar la visión de la mujer a lo largo de estas épocas, y ciertamente no faltan razones para asegurarlo, porque la cinta hace un avance en su contenido alegórico con respecto a la original sólo comparable a su mejoras técnicas, fruto, como se sabe, de los esfuerzos de un hombre a quien todos conocemos.

Dice la leyenda cinéfila que cuando Romero supo que dirigiría esta secuela, lo primero que hizo fue llamar a su amigo Tom Savini y decirle: «empieza a idear maneras interesantes de matar gente». Savini, que se había quedado con las ganas de participar en la película anterior por haber sido empaquetado a Vietnam, parece desquitarse aquí a gusto, porque la cantidad de decapitaciones, mutilaciones, desgarramientos y demás es francamente liberal, a falta de un mejor término. Aún así, el presupuesto de El amanecer de los muertos seguía siendo bajo, y como resultado, el maquillaje de los zombis hoy en día resulta bastante risible y básico: una pequeña capa de pintura facial de color azul. Sin embargo, lo genial de este trabajo es que Savini y Romero han sabido compensar dicha falta dotando a sus muertos de una personalidad que ninguna otra película ha sabido reproducir. A través de detalles «personalizados» como la vestimenta o algunos instrumentos, Romero y Savini hacen que sus criaturas no sean simplemente monstruos, sino auténticos personajes. La zombi enfermera, el empleado de gasolinera, los niños zombis o el zombi Hare-Krishna (mi favorito y cuya imagen encabeza esta crítica) no son simplemente caprichos o guiños al espectador, sino una manera de recordarnos que estos cadáveres ambulantes fueron una vez humanos. Estos son muertos que se quedan en tu mente mucho después de que desaparecen. Ninguno de los zombis de la nueva versión tiene ese poder sobre el público, y ni que decir que ninguna otra cinta de cadáveres antropófagos nos muestra de manera tan contundente el reverso siniestro de nuestro mundo y nuestra sociedad.

Dario Argento retuvo los derechos de El amanecer de los muertos para todos los países europeos de habla no-inglesa, donde la película pasó a llamarse Zombi. Asimismo, el director italiano retocó el metraje cambiando el trabajo de edición y cambiando la banda sonora original por la del grupo de rock «Goblin», uno de sus fetiches. Al año siguiente, su protegido Lucio Fulci dirigiría una «secuela» mientras Romero se seguía ganando la vida con otras producciones. George retomaría la saga poco después con la verdadera secuela, El día de los muertos (1985). Hoy por hoy, esta segunda parte sigue siendo el referente a seguir de todo el cine de muertos vivientes, la mayor y más completa recreación del Apocalipsis por parte de un director que sigue empeñado en fustigar al mundo moderno a través del enfrentamiento con el horror. Cada vez que la veo, las mismas tres palabras vienen a mi mente: puta obra maestra.

 

Reseña: La tierra de los muertos (2005)

Creo que fueron las expectativas las que la mataron. Veinte años después de El día de los muertos (1985), estábamos todos tan emocionados con el regreso de George Romero al género de los zombis que la presión resultó demasiada para nuestros cerebros. Después de todo, tras esta creciente fiebre de cadáveres vivientes que se ha visto desde hace un par de años, el panorama era perfecto, una auténtica alfombra roja para el retorno del maestro. Y sin embargo, debo decir que ver La tierra de los muertos (2005) me ha dejado con una decepción difícil de asimilar. No es que sea una mala película, pero definitivamente está muy por debajo de los estándares a los que nos tenía acostumbrado este director. A pesar de que en esta ocasión contaba con un mayor presupuesto y una base de fanáticos más que segura, creo que no me equivoco al afirmar que esta cuarta parte de los muertos vivientes es la película más floja de la saga.

Al principio todo comienza bien, y Romero se encarga de mostrarnos un escenario que calza perfectamente como la consecuencia lógica de los eventos de sus películas anteriores: años tras la plaga, el mundo está dominado por los zombis (llamados aquí “stenches” debido a su mal olor) y tan sólo pequeños grupos de sobrevivientes se refugian a una ciudad enclaustrada por dos ríos y vallas electrificadas. Los habitantes de esta ciudad se dividen en dos clases: los ricos dominantes, que viven aislados del peligro en un lujoso rascacielos, y los pobres diablos que viven al nivel del suelo y que salen de vez en cuando a saquear las ruinas de pueblos vecinos en busca de las provisiones necesarias, contando para ello con la ayuda de un gigantesco camión convertido en una máquina de guerra y armado hasta los dientes. Dicho monstruo, llamado “Dead Reckoning” (en la versión española lo traducen incorrectamente como “El azote de los muertos”), es la máquina de violencia más contundente del mundo apocalíptico que habitan esos personajes. El conflicto se desata cuando Cholo, uno de los exploradores, resentido porque a pesar de sus esfuerzos no se le permite acceder a la clase social dominante, roba el camión y amenaza con destruir el rascacielos, y con él la ciudad.

Para colmo, la amenaza de los zombis ha cobrado una nueva faceta: los muertos han evolucionado y empiezan a mostrar signos de inteligencia que incluyen (entre otras cosas) conciencia de su poder y uso de diferentes armas (una continuación perfecta al “Bub” de El día de los muertos). Mientras los vivos se pelean por los privilegios de una vida cómoda, las hordas caníbales del exterior se acercan peligrosamente a cumplir su objetivo.

Entonces, dada una premisa tan interesante como esta, ¿cuál es el problema con La tierra de los muertos? Pues bien, quizá sea que por esta vez, y salvo ciertos detalles, no parece que nos encontramos con una película de Romero, sino con una versión de Romero adecuada a los gustos cinematográficos de hoy. La película, más que ninguna otra de su director, se convierte rápidamente en un filme “de acción”, y cuando lo hace, se queda allí. Todavía conserva algunos toques del refinado y macabro sentido del humor de Romero (una inquietante escena inicial muestra a un grupo de zombis intentando tocar instrumentos musicales en un kiosco de plaza), pero poco más. En ningún momento percibí ese sentimiento de reclusión desesperada que impregnaba las tres películas anteriores de principio a fin. En vez de eso la historia nos invita a perdernos en un festival de tiros y más tiros, frecuentemente aderezados con toques de humor que por lo menos son buenos, eso sin duda.

Aún así, no me abandonaba esa sensación de estar en presencia de la más “light” de las películas romerianas que he visto en mi vida. Creo que esto se nota especialmente si consideramos que en las tres películas anteriores no había “héroes”, precisamente porque el ataque de los zombis servía como metáfora para el reflejo de todas nuestras mezquindades e incoherencias como género humano. En cambio, en La tierra de los muertos, los “buenos” (incluyendo mi amada Asia Argento, con lo que imagino solamente el morbo que le debe haber causado a Romero dirigir a la hija de su antiguo jefe) y los “malos” están muy bien definidos, en ocasiones demasiado, lo que hace que su simbología social, característica inconfundible de las tres partes anteriores de la saga, se vea inevitablemente banalizada. De hecho, prácticamente ni se percibe ese comentario sociológico que hacía genial la saga de Romero, y que aquí queda reducido al momento en el que Kauffman, el líder de los “ricos” (interpretado por el siempre efectivo Dennis Hopper) le cae a tiros a los zombis mientras sostiene una maleta repleta de billetes y grita “¡No tenéis derecho! ¡No tenéis derecho!”. Es éste, además del momento en que Kauffman dice que “no negocia con terroristas” (una vaga referencia a nuestro clima político actual que rápidamente es desechada a favor de la trama de acción), uno de los pocos momentos en los que uno ve al viejo Romero asomar la cabeza en medio de una película que tiene más que ver con Resident Evil (2002) que con cualquier otra cosa.

El nivel de sangre y violencia es alto, y los efectos especiales de Greg Niccotero (quien aparece aquí como zombi, al igual que Tom Savini) son espectaculares. El “líder” de los muertos (que aparece en los créditos como “Big Daddy”) es un monstruo enorme cuya sola imagen transmite una sensación de brutalidad pasmosa, como la de un demonio, y es probablemente él quien tiene los mejores momentos de la película. De hecho, de todas las imágenes, me quedo con esa espectacular toma de los muertos vivientes emergiendo poco a poco del agua. Si tan sólo toda la película hubiese tenido esa fuerza.

Porque sin duda, lo que más me molesta, y la principal razón por la que salí decepcionado de aquella sala, fue por el final. Hubiera sido capaz de aceptar cualquier cosa excepto ese final “feliz” (producto sin duda de las exigencias típicas de tener unos “héroes” en estos días timoratos “post 11–S”) en el que los salvadores desaparecen en el horizonte. En fin, una película completamente desaprovechada, superflua, que solamente es entretenida cuando todos esperábamos que fuera realmente buena. Yo solamente puedo decir que Shaun of the Dead (2004) y El amanecer de los muertos (2004) siguen siendo las mejores películas de zombis realizadas en los últimos años. En cuanto a esta, es recomendable para los fans acérrimos de Romero, que siempre deseamos ver al maestro en acción, pero la sombra de sus tres obras anteriores seguirá siendo demasiado grande, y me temo que todavía tendremos que esperar para que este sub–género vuelva a las andadas con todas las de la ley, en una película realmente cañera, y no en este producto de consumo de masas que nos ha sido impuesto a quienes esperábamos (con razón) una obra maestra.

 

Reseña: La noche de los muertos vivientes (1968)


Si hay una película que haya causado genuino asco en el momento de su estreno, esa es sin duda La noche de los muertos vivientes (1968), el debut cinematográfico de uno de esos «míticos» directores de género, el genial George Romero. La película, un auténtico sueño hecho cine, fue realizada con las uñas en la localidad de Pittsburg, filmada en blanco y negro, no por razones estéticas ni artísticas, sino simplemente por burdos motivos de presupuesto, con un guión que explotaba el morbo de los espectadores y una ferocidad inusitada que no buscaba justificarse en ningún momento. Es el terror en estado puro, el miedo que proporciona aquello que no entendemos, aquello que no podemos vencer porque ni siquiera es posible determinar sus orígenes, sus intenciones o su auténtica naturaleza.

Tienen razón aquellos que, como Stephen King, dicen que con La noche de los muertos vivientes el cine de terror cambió para siempre, para bien o para mal. De hecho, nos hayamos quizá ante la primera película moderna de terror (este comentario tiene un sentido valorativo, no cronológico) ya que, hasta la fecha, el cine de género todavía se basaba en la atmósfera gótica de los mitos clásicos (vampiros, hombres–lobo, criaturas provenientes de esferas infernales) que la Hammer había resucitado recientemente. Nada de eso encontramos en la obra de George Romero, en la que por primera vez encontramos, en todo su esplendor, el que será uno de los nuevos (y duraderos) fenómenos físicos del género cinéfilo de miedo: el zombi.

Decir que existían películas de zombis anteriores a esta es, al mismo tiempo, cierto y falso. Hasta la fecha, la inserción de cadáveres re–animados se había utlizado en el cine, destacando especialmente White Zombie (1932), la película de Victor Halperin con Bela Lugosi, la ya clásica I walked with a zombie (1943) de Jacques Tourneur, o la involvidable Plan 9 From Outer Space (1959) de Ed Wood. Pero todas estas películas, si bien contaban con los muertos vivientes entre sus filas, lo hacían incorporándolos a una tradición narrativa que provenía, en algunos casos, de un estilo ya anquilosado de hacer cine. En otras instancias, se intentaba hacer referencias cultas a cierto exotismo afro–caribeño, algo que muchos años después llevaría Wes Craven hasta el límite con su casi documental película La serpiente y el arcoiris (1988).

Nada de eso hay en La noche de los muertos vivientes. Los cadáveres ambulantes de George Romero simplemente aparecen desde el principio de la película y nunca son explicados. De todas maneras, pronto está muy claro que eso es lo de menos, porque si algo intenta la cinta no es mostrar la épica lucha entre dos razas (los vivos y los no–muertos) sino los intentos desesperados de sobrevivir que acomete un grupo de personas forzadas a colaborar en una situación desfavorable. ¿Conclusión? Ese grupo de humanos atrapado en la cabaña asediada por los muertos vivientes puede ser tan salvaje e inhumana como la horda de cadáveres caníbales que se agolpa (cada vez en mayor número) a su puerta. A medida que transcurre la película, los finos lazos que los unen (basados sobre todo en una concepción egoísta de la supervivencia del más apto) se debilitan cada vez más, y para cuando llega el impresionante clímax de la historia, nos enfrentamos al que es quizá el mayor horror de la civilización occidental: la caída del sistema, el Caos absoluto.

Porque lo que más horroriza del zombi es precisamente el hecho de que es uno de los nuestros, irreconocible tras la muerte, desposeído por completo de memoria, afectos o intenciones, guiado solamente por la más elemental de las necesidades: el hambre. George Romero lo explotaría cabalmente en sus dos secuelas posteriores: El amanecer de los muertos (1979) y El día de los muertos (1985), con una tercera secuela estrenada este mismo año. Imitada y parodiada hasta la saciedad, ésta su primera película continúa siendo una referencia ineludible del horror en su estado puro, pero que además (y gracias a esa increíble secuencia final) nos deja con un terrible sabor de boca: lo que nos espera al otro lado de la descomposición de nuestro supuestamente seguro e inalterable orden es el infierno sobre la tierra, la depredación del hombre contra el hombre, el Fin.

Por cierto, en 1999 el gobierno de los Estados Unidos declaró esta película como «culturalmente significativa», razón por la cual es hoy en día Patrimonio de la Nación y está preservada en el Registro Cinematográfico Nacional.