Reseña: La mujer de negro (1989)

Pese a que ya en su momento hablamos de su remake con Daniel Radcliffe, lo cierto es que no habíamos revisitado este clásico del horror televisivo británico, y hacerlo me ha hecho reconocer que la versión original de La mujer de negro (1989) es una película que en muchos sentidos ha envejecido muy bien y cuyos más efectivos elementos de terror funcionan en parte gracias a las limitaciones propias de la televisión, y en parte también por la pericia de su director, Herbert Wise, un hombre increíblemente prolífico con una larga carrera que se extiende por casi cinco décadas, dedicándose casi de forma exclusiva a la televisión en su país de origen. Precisamente esta de la que hablamos hoy es una de sus películas más conocidas.

La película adapta la novela homónima de la también británica Susan Hill, y al igual que el libro aborda la figura del fantasma desde una perspectiva si se quiere clásica pero al mismo tiempo muy contenida: un joven abogado en la Inglaterra de los años veinte viaja hasta una apartada mansión en medio de un pantano para organizar los documentos de una anciana recientemente fallecida, y una vez allí se encuentra con una misteriosa figura de una mujer vestida de negro que ronda a la población y cuya presencia augura la muerte. Los momentos más importantes de la trama, así como las escenas de auténtico terror, son aquellas en las que el protagonista se encuentra solo en la mansión que ha venido a investigar.

Creo que lo más me ha sorprendido de esta revisión ha sido precisamente esto, el hecho de que las escenas que transcurren en la casa sean tan pavorosas y consigan esa atmósfera tan opresiva a pesar de que Wise renuncia a prácticamente todos los trucos y lugares comunes del género de caserones embrujados; a diferencia de lo que ocurría por ejemplo en el remake, en esta versión original la casa está casi permanentemente iluminada y en orden, varias de sus escenas transcurren a la luz del día y el mobiliario es mayormente convencional, es decir que no sienten la necesidad de hacer la mansión más tenebrosa de lo que ya es, y el ambiente se consigue principalmente a base de silencios y de la sensación de soledad que embarga constantemente al personaje de Adrian Rawlins, a quien los más jóvenes reconocerán irremediablemente como el padre de Harry Potter en el cine.

A pesar de que incluso para su época es una producción muy limitada y que su trama y propuestas parecen de otro tiempo, La mujer de negro es una película de terror muy eficiente que aprovecha sus recursos de forma envidiable. Además de la atmósfera a la que me refería arriba, la película contiene uno de los fantasmas más inquietantes que he visto nunca considerando lo expuesta que está desde el principio, y encima incluye uno de los mejores sustos que he visto nunca en pantalla. No voy a decir aquí cual es, pero si has visto la película sabes perfectamente de qué escena estoy hablando.

Reseña: V/H/S 94 (2021)

Probablemente parezca difícil de creer, pero V/H/S 94 (2021) es una película que esperaba con muchas ganas, ya que este regreso de la saga de antologías de metraje hallado (producida y estrenada esta vez en la plataforma de streaming Shudder) fue precedida por un gran hype que auguraba un retorno al estilo de terror que la hiciera popular en su momento. Por desgracia el resultado ha estado muy por debajo de lo que esperaba, no solo en cuanto a la calidad de sus historias sino incluso en cuanto a su adherencia a la premisa principal, que en esta ocasión parece más bien un agregado superficial cuando antes era lo más importante.

Nuevamente tenemos un marco narrativo en el que un grupo de fuerzas especiales de la policía irrumpe en el escondite de un misterioso culto en el que encuentran un lote de cintas de VHS con siniestras historias de terror supuestamente reales. El hecho de ambientar la película en el año 1994, a decir verdad, no parece tener demasiada importancia y apunta únicamente a cierta estética nostálgica que se aprecia solo en una de las cuatro historias que incluye la antología, en la que un equipo de reporteros de una cadena local se adentra en el alcantarillado en busca de un monstruo de leyenda y termina encontrando más de lo que puede manejar. El resto de las historias son perfectamente atemporales, con lo que la premisa tampoco es que se aproveche mucho.

La verdad es que ninguna de las cuatro historias resulta muy memorable. La cinta tiene un gran acierto al incluir nuevamente al director indonesio Timo Tjahjanto, quien ya había trabajado en V/H/S 2 (2013), la mejor película de la saga, y su historia es lo suficientemente desquiciada y poco convencional para llamar la atención, pero es en el fondo una comedia gore que parece más bien una parodia del género de terror (este aspecto paródico, por cierto, está presente en los cuatro segmentos) y, sobre todo, no justifica su adherencia al formato de metraje hallado. A decir verdad, este fue mi principal problema con la antología en general: ninguna de las cuatro historias aprovecha realmente el punto de vista subjetivo más allá de la aplicación de un filtro a la imagen para darle su apariencia de videocámara noventera; todas ellas contienen planos elaborados, contraplanos y montaje preciso que sigue a los actores y a las escenas sin fallo alguno, con lo que en realidad cualquiera de ellas podría haber sido rodada con una perspectiva tradicional de tercera persona.

No me pareció tan terrible como la tercera entrega de la saga, pero esta nueva entrega de V/H/S ha terminado siendo una ligera decepción debido a lo poco memorable de sus historias y al triste desaprovechamiento de su premisa y formato. No he mencionado la historia que enmarca todo porque honestamente me pareció lo peor y con un nivel de calidad muy por debajo de todo lo demás gracias a sus actuaciones y valores de producción dignos de una parodia porno. Como antología contiene algunos pasajes e ideas interesantes, pero lo cierto es que mentiría si no dijera que esperaba mucho más de este regreso.

Reseña: Things Heard and Seen (2021)

En los últimos meses me he pegado lo que se dice un auténtica atracón de películas de terror en casa, y curiosamente esta es una de las que más recuerdo. Quizá porque Things Heard and Seen (2021) contó con un empuje promocional muy fuerte debido a la presencia como protagonista de Amanda Seyfried, una actriz que me gusta mucho y que por desgracia no suelen destacar a menudo en la prensa ni siquiera cuando es la auténtica protagonista. Este no es el caso; la película está hecha en esta ocasión para su completo lucimiento, recibiendo no solo el papel principal sino una trama que gira en torno a ella.

Esta trama por desgracia parte del ya conocido cliché de presentar a estas otrora populares actrices en roles de madre una vez pasada la treintena, y en esta en concreto tenemos a una mujer que se muda a un pueblo pequeño renunciando tanto a su vida citadina como a sus propias aspiraciones profesionales en beneficio de la carrera académica de su marido. Por supuesto la ilusión de un matrimonio perfecto y una vida perfecta se rompe gracias a la aparición de un fantasma que habita la casa, con el consecuente desmoronamiento psicológico de la protagonista y el misterio oculto en el pasado de la vivienda.

Pero a pesar de este resumen de la premisa, una de las cosas que me quedaron más claras al final es que esta no es una historia que llegue a ser completamente de terror. Se trata más bien de un drama con elementos sobrenaturales en el que los conflictos de la protagonista y su matrimonio tienen tanto peso o más que el propio ángulo sobrenatural, e incluso este queda relegado a un punto referencial de un drama similar al que está ocurriendo en el mundo de los vivos, mientras que el lado terrorífico nunca alcanza del todo su potencial. Uno de los principales motivos de que esto ocurra es que varios de sus ángulos fantásticos (el misticismo, el ocultismo, la historia detrás de la casa) nunca llegan a ser explorados del todo a lo largo de dos horas en las que la película intenta meter varios planos argumentales, con lo que estamos ante otro de esos casos en los que la estructura de la película hubiese quizá funcionado mejor como una serie.

La presencia de la Seyfried es probablemente una de sus mayores fortalezas, ya que los escasos elementos de terror de la historia se ven ampliamente superados por muchas otras películas anteriores que inevitablemente vinieron a mi cabeza, sobre todo una de hace ya más de veinte años, What Lies Beneath (2000) a la que se parece mucho no solo en cuanto al argumento y el tono sino también en cuanto a un curioso énfasis en los efectos especiales que en este caso al menos no han quedado lo que se dice demasiado bien. Aquella en cambio sí era más «de terror», mientras que esta se queda a medio camino en ese apartado.

Reseña: The Dark and the Wicked (2020)

A pesar de que nunca se estrenó donde vivo, The Dark and the Wicked (2020) era una a la que le ten´ía muchas ganas ya desde el momento en que vi avances como el trailer o el cartel, ya que se veía como un trabajo vistoso y mucho más inclinado hacia el terror puro y duro a pesar de que también parecía intentar venderse como algo serio. Al final ha resultado ser una ligera decepción: a pesar de que es una película visualmente muy atractiva y eficiente, es también tremendamente vacía y superficial y no se aleja tanto de los arquetipos que maneja desde el primer momento.

En lo que es claramente un ejemplo de «cine de pandemia» (la cinta está rodada con un presupuesto muy bajo, un elenco mínimo y una locación principalmente abierta en lo que luego me he enterado es la finca de los padres del director), la historia va acerca de dos hermanos que se reunen en la viviendo rural de sus ancianos padres para lidiar con la enfermedad y muerte de estos, descubriendo que además hay un trasfondo de posesiones diabólicas que no les dejan salir y del que también ellos serán presa.

Esta historia muy típica de maldiciones y posesiones (que incluye por supuesto horripilantes visiones de la vejez y curas siniestros) es algo que hemos visto repetido mil veces ya y si funciona parcialmente es sobre todo por las artes de su director Bryan Bertino, el mismo de Los extraños (2008) y alguien que al menos sabe darle un empaquetado visual interesante a algo que parece más bien el episodio de una serie. Algunas secuencias y sustos muy bien hechos logran distraer un tanto de lo trillada que es la historia, pero en general se me hizo algo larga y difícil de ver de un tirón, detalle que con el tiempo (lo confieso) se ha convertido en uno de mis principales criterios a la hora de valorar un trabajo de estas características.

La verdad es que la recepción de esta pel´ícula ha sido un tanto desigual y quizá haya pasado desapercibida entre los estrenos de terror que se estrenaron directamente en streaming gracias a la pandemia. De todas formas, si eres alguien a quien le gustan estos trabahos principalmente atmosféricos y lentos puede que le saques alg´ún provecho, pero el problema es que tampoco me pareció que tuviera realmente nada más allá de unos cuantos momentos de sustos repentinos y un imaginario de posesiones bastante básico y trillado, además de que (personalmente) este tipo de historias cínicas en los que los protagonistas nunca saben a qué se enfrentan hasta que es demasiado tarde es algo que me echa mucho para atrás.

Reseña: Malasaña 32 (2020)

Una de las últimas apuestas del mainstream español en cuanto a cine de terror, Malasaña 32 (2020) fue una película de la que escuché mucha mala prensa cuando se estrenó, y en parte por eso me la perdí en aquel entonces. Finalmente pude verla y me parece que gran parte de esa mala reputación fue un tanto exagerada, ya que si bien es efectivamente una producción menor que depende en gran medida de las obras en las que se inspira y se referencia, sí que tiene innegables aciertos propios y una identidad acorde con situaciones que se han vuelto ideas recurrentes en el terror hispánico de las últimas dos décadas: el peso del pasado, la idea del fantasma como la materialización de una culpa colectiva y, en este caso en particular, la ambientación en los viejos edificios de apartamentos de las grandes ciudades, que por lo visto se han vuelto un escenario casi obligatorio desde el éxito de REC (2007) y similares.

Tal edificio es en este caso el que da título a la película (en sí mismo un juego metaficcional ya que la verdadera calle madrileña de Malasaña solo llega hasta el número 30), ambientada en los años del franquismo tardío y que gira alrededor de una familia que se muda a un apartamento demasiado barato para ser bueno. A partir todo resultará muy conocido, desde la aparición progresiva de un fantasma hasta la investigación de un terrible hecho del pasado que guarda relación con lo que está pasando y la desaparición del miembro más joven de la familia, por supuesto desembocando en un clímax de enfrentamiento con lo sobrenatural una vez agotadas las vías racionales.

Otra cosa que tiene en común con trabajos similares es que toda la historia sobrenatural se va intercalando con un drama familiar que toca a cada uno de los personajes y que por desgracia se explora poco, aunque siempre remitiendo a lo que parece ser el tema central de una dinámica social y familiar basada en la vergüenza y el señalamiento moralista al que se ven sometidos todos los personajes. Este detalle en sí es algo que se reitera mucho y que parece tener tanto peso como los elementos de terror, los cuales sí es verdad que se sienten muy artificiosos y centrados principalmente en la construcción del susto, con influencias muy claras no solo de clásicos del horror sino también de trabajos exitosos más recientes con las que ha sido comparada quizá de forma un tanto exagerada.

A pesar de todo me pareció más efectiva de lo que se le ha concedido, con alguna escenas e imágenes aterradoras y que funcionarán sobre todo con gente que de alguna manera ya guarde una fascinación con fotos antiguas de gente an´ónima, y yo en lo particular celebro la existencia de estas películas que no tienen miedo de rendirse a su lado fant´ástico de forma claramente entusiasta.

Reseña: Candyman (2021)

Es muy difícil para mí ser objetivo en este caso porque la versión original de Candyman (1992) es una de mis películas de terror favoritas. Con todo y eso nunca he pensado que fuese imposible superarla, y aunque Candyman (2021) no lo logra sí que tiene algunas ideas interesantes y provocadoras que al menos dejan entrever que la directora Nia DaCosta entiende de qué va la original y ha decidido poner todo ello en esta secuela disfrazada (muy superficialmente) de remake. En este sentido es todo un acierto el abordar la historia de Candyman y Cabrini Green desde una perspectiva afroamericana esta vez (a diferencia del resto de la saga que ha sido siempre desde el punto de vista del ciudadano blanco de clase media) tocando temas como la gentrificación, la imposibilidad de dejar atrás la violencia y sobre todo el aprovechamiento por parte del protagonista que utiliza la leyenda para su propio beneficio, algo que enlaza perfectamente con la primera película.

En esta ocasión la historia tiene lugar treinta años después de la original, ignorando además las dos secuelas anteriores y devolviendo la acción a Chicago y al barrio de Cabrini Green, donde los megabloques populares han sido demolidos y la zona gentrificada en beneficio de la nueva clase de artistas que llegan a inyectarle nueva «vida» a un área depauperada en la que los vecinos originales han sido desplazados. Nuestro protagonista es esta vez un artista que encuentra inspiración en la leyenda que se ha tejido alrededor de los eventos de la primera entrega y que comienza su propio descenso a los infiernos cuando repite el nombre de Candyman cinco veces delante de un espejo.

Por desgracia la conexión con la película original no hace sino resaltar el hecho de que esta vez no tenemos un guión tan sólido, y por momentos sientes que la historia va de aquí para allá sin adentrarse en lo que está pasando y por qué (los mejores momentos son siempre de exposición), centrándose en cambio en el cliché del artista atormentado por su obra y en una violencia mucho más gráfica que la de su antecesora pero también más superficial y convencional. También es cierto que todos los temas que toca son cosas de las que se habla constantemente en la película y están reflejados de forma muy evidente dejando muy claro que esta no es simplemente una de película de terror sin más sino que además «tiene cosas qué decir», algo que resulta un tanto decepcionante ya que la original era mucho más sutil en ese sentido. Además el nuevo Candyman sale poco y no tiene ni de lejos la presencia de Tony Todd, con lo que ni siquiera parece tan importante. Los últimos quince minutos quizá sean lo peor, hasta el punto en que parece que al final estamos viendo una película muy distinta a aquella que era cuando comenzó.

No resultó tan buena como esperaba, y aunque tiene sus cosas positivas y algunas escenas y conceptos muy atractivos, debo reconocer que los detalles más interesantes que tiene provienen del diálogo que plantea esta película con la original, y para eso hace falta haberla visto. Lo que sí me encantó fueron los títulos de crédito finales, que rescatan el tema musical de Phillip Glass y consiguen un ambiente que me hubiese gustado ver en el resto del metraje.

Reseña: Kandisha (2020)

La nueva película de los franceses Julien Maury y Alexander Bustillo (autoría que honestamente ignoraba hasta que llegaron los créditos finales), Kandisha (2020) es una obra de terror sobrenatural que tiene muchas cosas a su favor, principalmente una ambientación magnífica que utiliza como escenario el extrarradio de París con sus megabloques de apartamentos de clase obrera/inmigrante, además de un subtexto de leyenda urbana de origen exótico. Sin embargo, es también por desgracia una historia que desaprovecha gran parte de sus virtudes y cuyo parecido más que evidente con otras celebradas obras de terror del pasado le termina pasando factura.

No voy a negar que la premisa es algo que comienza con buen pie: una joven chica es agredida por su ex-novio y decide en un ataque de ira invocar contra él al espíritu de Kandisha, un fantasma perteneciente a una antigua leyenda marroquí y que se dedica a vengar a las mujeres ultrajadas. Sin embargo, y como suele suceder en este tipo de historias, la venganza se escapa de control y Kandisha no solo acaba con el agresor sino que empieza a matar al resto de los hombres del círculo de amistades de la protagonista uno a uno, sean o no culpables, por lo que ella y sus amigas deben encontrar la forma de detenerla antes de que sea demasiado tarde.

Como decíamos arriba, lo mejor que la película tiene es su ambientación en los barrios de la periferia parisina, sobre todo porque al estar mezclados con el componente foráneo de la trama le da a toda la película un ambiente de sincretismo cultural muy acorde con la identidad de la Francia urbana, detalle que no es habitual en el género de terror de casi ningún país. Asimismo, hurgando un poco me he enterado de que la leyenda marroquí a la que hace referencia el título existe y de hecho esta no es la primera película que se hace sobre ella, ya que hay al menos una cinta anterior hecha en Marruecos que incluso lleva el mismo título. Por desgracia, ni siquiera esta magnífica ambientación consigue salvarla del todo principalmente debido a que la trama y la manera como se explora el impacto de la leyenda en la cultura popular urbana (con grafitti y todo) tiene demasiadas semejanzas con Candyman (1992) como para creer en la casualidad. Incluso tiene escenas prácticamente idénticas y referencias inequívocas que dejan claro que la cinta de Bernard Rose estaba muy presente a la hora de abordar este trabajo.

Dichas semejanzas tampoco serían un problema en sí mismas si no fuera porque estamos ante una película muy básica y efectista a la cual lo explícito de su monstruo y sus escenas gore le dan un acabado si se quiere un tanto vulgar, y encima el argumento pareciera por momentos hacer una especie de juicio moral hacia una mujer cuya venganza se escapa a su control y termina afectando a hombres inocentes, lo cual en el contexto del #MeToo pareciera ser una respuesta a lo que se percibe como los excesos de la denuncia colectiva. No sé si esto es intencional o no, lo que sí tengo claro es que Maury y Bustillo llevan ya una racha de trabajos menores muy por debajo de lo que prometía su debut con À l’intérieur (2007), y este por desgracia es otro de ellos.

Reseña: The Conjuring 3 (2021)

Tercera y última entrega de la saga cinematográfica del matrimonio Warren, The Conjuring 3 (2021), también conocida como The Conjuring: The Devil Made Me Do It, es también la única de la trilogía que no está dirigida por James Wan, quien cede la dirección a Michael Chaves, el cineasta detrás de La llorona (2021). Es también sin duda alguna la más floja de las tres, aunque no sé hasta qué punto esto se deba al cambio de director ya que hay muchos detalles de esta película que me hacen pensar que los problemas venían de muy atrás. Aunque tiene momentos muy buenos y lleva la saga por caminos lúdicos que no habían sido explorados con anterioridad, también es cierto que ha perdido gran parte de su impacto original en favor de un espectáculo que no le sienta tan bien.

La cinta está por supuesto inspirada en otro «caso real» (enorme asterisco aquí) del abultado archivo de los Warren, quienes esta vez se embarcan en la misión de probar (otro enorme asterisco) que un joven acusado de un brutal asesinato cometió su crimen bajo la influencia de una posesión demoníaca. La investigación llevará al matrimonio de adeptos paranormales a una conspiración tejida alrededor de un culto satánico cuya amenaza por supuesto continúa latente, lo que da a la historia un elemento de carrera contra el tiempo ausente en las dos películas anteriores.

El tratamiento de la historia resulta si se quiere original para la saga, y es curioso como a pesar de ser la entrega más floja Chaves y su equipo intentan elevar al máximo la tensión haciéndola más violenta (es la única de las tres películas de The Conjuring en la que muere gente). Hay que decir también, sin embargo, que el énfasis en la trama de investigación, la estructura contra reloj y la presencia esta vez de un villano concreto al que hay que derrotar hacen de esto por momentos un trabajo mucho menos visceral y más parecido a otros ejemplos de terror lúdico como la serie Supernatural, a la que me recordó mucho y de la que esto podría perfectamente haber sido un episodio. Con todo y eso hubo algunas secuencias que me parecieron ingeniosas, como la transición entre realidad y trance de los poderes de Elaine o el clímax final en unos túneles subterráneos, sin duda el mejor momento de la película y el más trepidante.

Y sin embargo hay también un punto a destacar que es el cómo la película pone el énfasis también en la historia de amor entre los dos miembros del matrimonio Warren, consiguiendo (gracias sobre todo al excelente trabajo y química de Patrick Wilson y Vera Farmiga) hacerlos mucho más simpáticos que sus contrapartes en la vida real. Llegados a este punto no puedo ser realmente objetivo porque siempre me encuentro en la necesidad de recordar que los Warren reales eran, más que investigadores paranormales, propagandistas religiosos muy eficaces que contribuyeron precisamente con historias como esta a aquella histeria colectiva de los ochenta conocida como el «Satanic Panic», cuyos elementos más risibles están presentes a lo largo de todo el metraje.

Con todo y eso no voy a decir que The Conjuring 3 no me gustó porque lo cierto es que es muy entretenida y resulta un gran paso adelante para la carrera del propio Michael Chaves. Es solo una lástima que siendo la primera una gran película de terror, la saga se haya desinflado hasta terminar siendo otra entrada más en un universo compartido, y aunque dejado ya claro que esta sería la última, su general ligereza y su muy marcado carácter moralista me han terminado decepcionando un poco.

Reseña: 13 fantasmas (1960)

Incluso para los estándares de sus contemporáneas, la versión original de 13 fantasmas (1960) es uno de los trabajos más ligeros que hiciera William Castle, quien como es bien sabido pasó a la historia más por los trucos con los que amenizaba las proyecciones que por sus propias habilidades como cineasta. Esta de la que hablamos hoy no es la excepción, y aunque resulta menos artificiosa que otros de sus trabajos como House on Haunted Hill (1959) o The Tingler (1959), por nombrar sus dos obras más conocidas, es también una de las más afincadas en la comedia y que menos puede considerarse «de terror».

La ligereza de la película se nota ya en un argumento que hemos visto muchas veces sobre todo en parodias de lo sobrenatural: una familia en serios apuros económicos ve cambiar su suerte cuando le toca en herencia una mansión de un familiar lejano que tenía en ella su particular colección de fantasmas, doce de ellos para ser exactos (incluyendo el fantasma del mismo familiar fallecido) que comenzarán a hacer la vida imposible a los recién llegados intentando cobrarse una vida para añadir un miembro más a su grupo. La gracia está, sin embargo, no en la trama en sí sino en el truco que Castle inserta en la película: el protagonista solo puede ver a los fantasmas poniéndose un par de gafas especiales, acto que en la proyección original era imitado por el público quien podía también ver a los espectros poniéndose unas gafas de cartón y celofán que se entregaban en la puerta del cine.

Por supuesto ninguna de las ediciones domésticas de la película hoy en día reproduce este particular efecto, aunque mucho me temo que tampoco nos estemos perdiendo de mucho porque el diseño de los fantasmas deja mucho que desear y parece estar más inclinado hacia la comedia que cualquier otra cosa. No solo eso sino que encima aparecen muy poco, siendo la mayor parte del metraje dedicado a las interacciones de la familia protagonista hablando entre ellos y sacando la mayor parte de las situaciones cómicas, algunas de ellas bastante penosas. Esto último es una lástima porque precisamente la premisa de la película y sus anbiciones de atracción de feria hacían que esta pidiese un tratamiento más espectacular que Castle no pudo o no quiso darle, optando en cambio por un entretenimiento mucho más ligero que desperdicia su propio potencial.

Nunca había visto esta película antes y debo reconocer que hacerlo me ha provocado curiosidad por revisitar su remake del 2001, el cual en su momento no me gustó nada pero que al menos sí parece haber entendido los requirimientos de la premisa a nivel de espectáculo. Esta de hoy tiene algunas ideas interesantes pero se siente como muy poca cosa si se le compara con el resto de la obra del propio William Castle, quien solía poner mucho más de su parte a la hora de hacer de sus películas una experiencia única para el público.

Reseña #900: Host (2020)

Pensé que nunca iba a llegar pero aquí estamos: la noningentésima reseña de Horas de oscuridad está dedicada a la película de terror que quizá haya explorado mejor el tema de la pandemia, en el sentido de aprovechar su ambientación en ella sin necesidad de usarla como fuente de terror en sí misma. Hablo por supuesto de Host (2020), dirigida por Rob Savage a partir de un cortometraje suyo y producida por el canal de streaming Shudder, que resultó ser no solo una sorpresa sino una las cintas de «metraje hallado» (término usado aquí en un sentido muy amplio) más exitosas de los últimos años y, en mi opinión al menos, una de las grandes del 2020. Sé que muchos probablemente estaréis en desacuerdo con esto último, pero espero que al menos podáis concenderme cierto grado de objetividad debido a que este es un formato que no me suele gustar a menos que se justifique de alguna manera.

Y vaya que lo justifica: en este caso la película está ambientada en plena pandemia cuando un grupo chicas recluidas en sus respectivas casas deciden hacer una sesión espiritista a través de Zoom, la cual por supuesto sale mal y hace que comiencen a ser acosadas por una presencia sobrenatural que se ha colado en sus vidas de la peor manera. La película está narrada, como todos sabéis ya, desde la perspectiva de la pantalla de ordenador de una de ellas, recreando además el ambiente de una manera ingeniosa y muy cuidadosa con el detalle; uno de los aspectos más interesantes y comentados de la película es que solo dura 65 min, todo en «tiempo real» y con la sesión del grupo contenida en exactamente 40 minutos, que es lo que dura una llamada gratuita de Zoom.

Por supuesto la idea de ambientar la película desde el punto de vista de una pantalla no es nueva, e incluso aquí ya hemos mencionado tanto Unfriended (2014) como su secuela, con lo que no nos pilla por sorpresa. Sin embargo, me atrevería a decir que la dinámica que presenta Host es un tanto distinta en cuando a que es mucho más contenida y limitada únicamente a los trucos posibles con este servicio de mensajería en concreto. Incluso logra colarnos un par de sustos y recursos nuevos que yo personalmente no recuerdo haber visto en otro lado por mucho que el resto de la historia sea algo que ya hayamos visto otras veces.

Esta es también una trama que carece casi por completo de «mitología», en el sentido de que la amenaza a la que se enfrentan sus protagonistas es muy básica y no recurre en ningún momento a investigaciones sino que se desarrolla toda en una única secuencia de miedo muy visceral que no obstante transporta al espectador a través de un tren de la bruja personal limitado a una pequeña pantalla. Es por eso que, tal como comentábamos en Unfriended, la idea de ver esta película en un portátil y no en una sala de cine es algo que no la perjudica sino que por el contrario juega a su favor, ayudando a meternos dentro de la historia y a en cierta manera compartir la experiencia que están viviendo los personajes.

Esta sensación de realismo y la perspectiva personal parecen ser los principales objetivos de estas versiones modernas de metraje hallado que han salido desde el éxito de Paranormal Activity (2007). Sin embargo, la idea de la que parte una película como esta distinta desde el momento en que se supone que lo que estamos viendo es algo que transcurre en tiempo real, por lo que el «metraje» al que nos referimos es algo que se va creando a medida que vamos viendo la película, y el hecho de que se haya estrenado en una plataforma como Shudder y no en cines hace que su corta duración no sea un problema. Habrá que ver si el auge de este tipo de servicios hará que ideas similares tengan cada vez una mayor presencia.

Con sus muy básicas ideas y recursos, así como por su sencillez argumental, Host quizá no sea la mejor película de terror del 2020, pero sí me atrevería a decir que es una de las más singulares y una prueba más de que el formato de metraje hallado puede dar de sí incluso a aquellos que como yo lo reciben con cierto prejuicio. Personalmente, salvo por un susto final bastante más cutre que todo el resto de la película, yo estoy dispuesto a abrazar de forma entusiasta estos trabajos viscerales e ingeniosos, y solo lamento que el hecho de que su pertenencia a una plataforma específica haya causado que no esté disponible con la misma facilidad que otras de sus contemporáneas.