Reseña: Drácula (1931)

Una de las mayores deudas cinéfilas que guardé durante mucho tiempo fue esta versión en español de Drácula (1931) realizada por Universal y que se rodó de forma paralela a la versión con Bela Lugosi. La cinta estaba destinada al público hispanohablante y por lo visto formaba parte de una práctica común en una época en la que el doblaje no estaba generalizado y las regulaciones laborales de la industria del cine no eran lo que se dice muy sólidas. No es esta por supuesto la única versión alternativa (también se hicieron versiones en alemán, francés o italiano) pero sí es de las pocas que han conseguido sobrevivir hasta nuestros días y de hecho se consideró perdida durante mucho tiempo hasta que una copia apareció en Cuba durante los años setenta. Su condición de rareza ha hecho de ella una película con un culto propio hasta el punto de que es casi tan conocida como la de Lugosi, con la que se le compara muchas veces.

Por supuesto el argumento es exactamente el mismo así como la estructura dramática de la película, basada no tanto en la novela de Bram Stoker como en su versión para teatro de Hamilton Deane y John Balderstone, aunque sí hay que destacar el hecho de que esta versión parece haber tenido mayores libertades a la hora de construir su propio estilo y discurso; pese a que utilizó los mismos decorados de la versión en inglés, el director George Melford (quién no hablaba ni una palabra de español) pudo aprovechar el hecho de rodar de noche para inspirarse en el trabajo de Tod Browning y «corregir» algunos detalles que daban a su obra un dinamismo mayor que el de su contraparte angloparlante. Una cosa que se menciona mucho es que en esta versión, a diferencia de la de Bela Lugosi, la cámara se mueve y algunos planos son mucho más «cinematográficos» y menos como una obra de teatro de filmada, a pesar de que se mantienen detalles de la época como la ausencia de música y algunas actuaciones muy extravagantes. Esto último es evidente sobre todo en lo que concierne al conde Drácula, interpretado por el actor español Carlos Villarías, quien de todo el elenco sería el único que tuvo acceso al rodaje de la versión en inglés y a quien de hecho se le animó expresamente a que imitara el trabajo de Lugosi.

Lo que no se suele mencionar tanto son las diferencias que ambas versiones tienen a nivel de exposición; esta versión es casi treinta minutos más larga y dedica este metraje a incorporar escenas que redondean un poco el trasfondo de los personajes, aunque momentos clave como las muertes siguen ocurriendo fuera de cámara. Otro detalle interesante es que el subtexto erótico está mucho más marcado que en la versión original, y mientras las actrices de la versión de Browning iban por lo general tapadas hasta el cuello, la Eva Harker de Lupita Tovar luce un escote que difícilmente habríamos visto en otras producciones de Universal. Este detalle es otra muestra más de esa mayor libertad que parece haber tenido esta producción amparada en su objetivo de complacer a un público específico y no haber estado destinada a una distribución mayor.

Son precisamente detalles como estos los que han llevado a muchos críticos a defender la idea de que esta versión de Drácula es superior a la original, opinión que se ha mantenido durante mucho tiempo. A decir verdad, no sé si estoy de acuerdo con ese juicio, ya que si bien es cierto que a nivel técnico resulta mucho más ingeniosa, considero que comete otros errores como una duración un tanto excesiva o un sentido del humor que a veces choca con el tono general de la historia. Pero sobre todo lo que no se puede negar es que la original tiene a Bela Lugosi, quien por sí solo era el alma de esa película y que está muy por encima del trabajo que (muy dignamente) logra hacer Carlos Villarías. Con todo y eso es una obra fascinante de ver y pese a que muchos de sus elementos estéticos ya eran historia pasada en el momento de su rodaje, forma parte de una historia del género de terror de la que me hubiese encantado ver más ejemplos. Quizá estos aparezcan algún día.

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Reseña: Drácula (1931)

Por supuesto, es imposible hablar del horror clásico y no mencionar a los monstruos de la Universal. Lo cierto es que este estudio ya había dejado una huella en el panorama de terror durante la época del cine mudo, pero no fue sino hasta 1931 en los albores del cine sonoro cuando darían con la fórmula para cambiar la faz del cine de terror de masas americano dando inicio a su auténtica edad de oro. Una de las primeras películas de dicho ciclo fue, como no, el Drácula (1931) de Tod Browning, que como todos sabéis ya fue la primera versión «oficial», aunque técnicamente el guión adaptaba no la novela de Bram Stoker sino su mucho más sencilla versión para teatro de Hamilton Deane y John Balderston, que había adquirido gran popularidad durante los años veinte. Hay también una clarísima inspiración en el Nosferatu (1922) de Murnau, con escenas y planos casi calcados.

El mayor interés de la película (y sin duda alguna sus escenas más recordadas) está al principio cuando asistimos al encuentro entre Renfield y Drácula, momento en que el carácter monstruoso de la historia y su villano nos queda claro. La recreación del famoso castillo del conde y el ambiente de terror que lo acompaña fue sin duda una de las claves de su éxito y emparentó a la película de la Universal con las historias de horror de esa Europa que para muchos era la imagen de un mundo antiguo y de un pasado misterioso, una fascinación a la que el propio conde alude llegado el momento y que utiliza como su auténtica puerta de entrada en la sociedad occidental. De hecho el principal atractivo de la película, y el verdadero motivo por el cual es recordada hoy en día, es por Bela Lugosi en el papel principal. No estamos aquí ante el conde Orlock de Murnau con su apariencia de roedor monstruoso; el Drácula de Lugosi es un aristócrata exótico, un depredador sexual que utiliza sus artes de seducción pero también su más sutil poder de hipnosis. Lugosi, que ya había interpretado a Drácula en el teatro, borda el papel a la perfección y durante años fue la imagen por excelencia de este monstruo en el cine y quien le imprimió muchos de los elementos que hoy en día se consideran básicos de su personaje. Quizás eso ha terminado alterando el recuerdo de gran parte del público que cree (erróneamente) que Lugosi interpretó a Drácula varias veces en su carrera cuando en realidad sólo lo hizo en esta película y en la comedia Abbott y Costello contra los fantasmas (1948). Sin embargo sí es cierto que hizo varios papeles de villano claramente inspirados en el famoso conde.

Lo que sí está claro es que esta no es, con todo, una de las mejores obras de terror de la Universal, ni mucho menos una de las películas más logradas de su director. Browning fue principalmente, como ya hemos mencionado en otras ocasiones, un director de películas mudas que nunca logró adaptarse del todo al cine sonoro. Esto, sumado a los orígenes teatrales de su adaptación, tuvo como resultado una cinta todavía anclada en elementos y estructuras propias del arte de la escena que hacen que por momentos parezca que estamos viendo una obra de teatro filmada: planos fijos, silencios, monólogos declamatorios, actuaciones o bien rígidas o exageradas y unos efectos especiales basados principalmente en técnicas de teatro tales como niebla, cambios de iluminación y murciélagos mecánicos. Hay que resaltar en este sentido que las transformaciones del conde (e incluso todas las muertes) ocurrían siempre fuera de escena, y que la película no tiene música, algo común en aquellos tiempos de transición al cine sonoro pero también en producciones más modestas.

Se dice que a pesar de ser su obra más conocida, Browning nunca estuvo particularmente interesado en trabajar en esta película y que varias de sus escenas fueron en realidad dirigidas por su director de fotografía, Karl Freund, quien al año siguiente dirigiría La momia (1932), otra cinta de monstruos de la Universal que es, en muchos aspectos, un remake inconfeso de Drácula. Esta de la que hablamos hoy definitivamente fue superada por muchas de sus contemporáneas, pero abrió la puerta a una nueva manera de concebir el cine de terror y fue un gran éxito de público que tendría una larga y fructífera continuidad, produciendo unas ganancias que por desgracia Lugosi nunca llegó a disfrutar en vida ni monetariamente ni en lo que concierne a su prestigio como actor. A pesar de todo es una película fundacional, y la historia acerca de su rodaje y las circunstancias de su producción es tan interesante como la obra en sí.

 

Reseña: Dracula 2: Ascension (2003)

Muchos de los que lean estas líneas probablemente no habrán visto nunca Dracula 2: Ascension (2003). Es más, si les pasó como a mí muy posiblemente ni siquiera sepan a cuál de las numerosas versiones de Drácula se refiere el número 2 de esta secuela. La respuesta la da el nombre de su director, Patrick Lussier; el alumno aventajado de Wes Craven da vida a esta continuación de su película anterior Dracula 2000 (2000), la cual ya hemos reseñado aquí hace mucho tiempo y de la que terminé descubriendo tarde que no sólo hay una secuela sino dos, conformando así una rarísima trilogía que me desconcierta por más de un motivo.

Ambientada en tiempos modernos, esta segunda parte de Dracula 2000 recoge el testigo exactamente donde la anterior terminó, cuando un grupo de científicos se hace con el cadáver carbonizado de Drácula y toman la sorprendente decisión de revivirlo para poder estudiar de cerca su misterioso poder de regeneración. A partir de aquí comienza uno de los elementos más angustiosos de la película puesto que a pesar de ser la figura principal del argumento, Drácula se pasa casi todos los noventa minutos que dura esta cinta atado a una camilla de laboratorio donde es torturado sin piedad por el grupo de hombres de ciencia que intentan desentrañar su secreto. El vampiro es además reducido a una condición de bestia irracional muy lejos de su encanto inicial, ya que casi no habla en toda la película y se limita a resaltar su carácter monstruoso para los presentes, sobre todo en lo que se refiere a una joven médico forense con la que comparte un vínculo telepático y que poco a poco comienza a caer en su trampa de seducción.

Paralelamente a esta trama de científicos inescrupulosos tenemos la historia de un monje cazador de vampiros que despacha a los chupasangres a golpe de artes marciales y armas arrojadizas y que se pasa toda la película intentando dar con el paradero de Drácula para ponerle fin de una vez por todas. Estas escenas de acción parecen ser el verdadero gancho temático de la historia ya que todo lo demás es tremendamente aburrido incluso para los estándares de estas continuaciones cutres a formato doméstico, siendo esta en particular una en la que se aprecia una falta de atención a los detalles pasmosa. De hecho, una de las cosas que más me descoloca de la película es el cambio del actor que hace el papel de Drácula. Entiendo por un lado que Gerald Butler no haya querido repetir en el papel, pero digo yo que por lo menos habrían podido escoger a un actor que se le pareciera un poco o que como mínimo fuera moreno. Por el contrario el Drácula de esta secuela es un rubio platinado que en nada se parece al de la película anterior, algo que la cinta intenta justificar de manera chapucera y pobre, olvidando por completo la identidad de Drácula (que, no olvidemos, se trataba nada menos que de Judas Iscariote) y por lo tanto pasando de puntillas por uno de los aspectos más polémicos de Dracula 2000.

Nada de esto justifica, sin embargo, que la cinta final sea tan aburrida y carente de interés. Cuando finalmente las tramas del Drácula prisionero y el cazador de vampiros interpretado por Jason Scott Lee se juntan, la película ya casi ha acabado. De hecho, es aquí donde la historia se interrumpe anunciando que veremos la conclusión en una tercera entrega que no he visto aún pero por la que sin duda habré de pasar. Es una lástima porque hay varios aspectos de este Dracula 2 que beben de interpretaciones más clásicas del vampiro como pueden ser los trabajos de la Hammer con Christopher Lee, pero todos esos aspectos más truculentos se pierden en una historia de científicos locos y monjes saltarines mucho menos atractiva que la revisión moderna que la película anterior, con todos sus defectos, hacía del mito del vampiro. Veamos qué tal está la tercera.

 

Reseña: Las novias de Drácula (1960)

Ansiosa por repetir el éxito de Drácula (1958), la Hammer Films estrenó esta segunda parte en 1960, la cual, aprovechando el nuevo filón erótico-terrorífico de su creación, explotó el morbo del público titulándose Las novias de Drácula (1960). Lo primero que hay que saber es que el título es en gran medida engañoso, ya que las vampiras a las que hace referencia no son las protagonistas, y el conde Drácula no tiene en la práctica nada que ver con la historia. De hecho, según dicen, el famoso estudio británico, con el objetivo de recortar gastos, decidió no contar con Christopher Lee y tejer una historia de vampiros completamente distinta en la que el doctor Van Helsing (nuevamente interpretado por Peter Cushing) se enfrentaba a un vampiro aristócrata con preferencia por las jóvenes damiselas, que finalmente volvían de la tumba para succionar la sangre de los vivos.

El comienzo de la historia sigue siendo muy atractivo, y en él se nos da toda la información que necesitamos saber acerca de la naturaleza del vampiro protagonista y de la joven en peligro que Cushing deberá salvar. La ejecución, sin embargo, no es esta vez tan efectiva como en la película anterior; si bien es cierto que Las novias de Drácula tiene momentos realmente siniestros (como por ejemplo la secuencia en la que las vampiras salen de la tierra con su puntiaguda sonrisa y el hambre en sus ojos), esta producción está plagada de momentos terriblemente sonrojantes incluso para los estándares de bajo presupuesto de la casa británica, casi todos referentes a la apariencia física de los chupasangres, y sobre todo del vampiro principal convirtiéndose en ocasiones en un murciélago increíblemente falso y cutre (además de que su metamorfosis nos hace cuestionar la efectividad de su prisión al principio de la película). En otras palabras, hay una distancia increíble a nivel de imaginería visual entre la anterior película y esta, y teniendo en cuenta que el director vuelve a ser el gran Terence Fisher, la única explicación posible es la prisa que se dio este proyecto por hacerse una realidad.

Lo que sigue funcionando, y a todos los niveles, es Peter Cushing como el cazador de vampiros. Más aún que en la primera parte, el Van Helsing de Cushing es un héroe de acción que lucha contra los chupasangres sin piedad, y que incluso recurre a métodos de auto-curación dignos de las películas de Rambo. Es Cushing sin duda la mayor pieza de cohesión de una película que pasó por varias reescrituras de guión y que, por lo tanto, deja muchos cabos sueltos y muestra por todos lados las huellas de la intervención de varios guionistas, incluyendo una resolución final cuanto menos curiosa a nivel de estética pero, francamente, bastante risible e inverosímil, al menos en pantalla.

No sería esta (evidentemente) la última de las películas de la Hammer que versaran sobre el famoso conde de Transilvania. Lee y Cushing alternarían en varias hasta volver a encontrarse años más tarde. En todo caso, su siguiente secuela, Drácula, príncipe de las tinieblas (1966) resulta muy superior sin lugar a duda a esta entrega, un tanto apresurada y pobre a nivel visual, pero que todavía resulta muy divertida.

 

Reseña: Drácula (1958)

Universal Pictures fue la primera que sacó partido públicamente de la novela Drácula, de Bram Stoker, pero fue la versión de la Hammer Films, estrenada por Terence Fisher en 1958, la que convirtió al conde en icono pop. Fue también un inmejorable paso adelante para la productora británica, quien superaba así el éxito de La maldición de Frankenstein (1957), la película que dio inicio a su reinado. Incluso hoy, a medio siglo de su estreno, es fácil darse cuenta de por qué la Hammer consiguió el éxito que tuvo tomando un personaje clásico y reinventándolo para exitar el morbo del público. Porque en eso estamos claros: las semejanzas de Drácula (1958) con la novela en la que se basa son mínimas, algo que nos deja ver de forma bastante evidente en los primeros minutos de la cinta, cuando descubrimos que Jonathan Harker, el joven leguleyo que se ha alojado en el castillo del conde de Transilvania, es en realidad un cazador de vampiros enviado en una misión secreta para acabar con el Príncipe de las Tinieblas.

A partir de este primer encuentro con el monstruo, Fisher construye su versión de Drácula como un cuento de la lucha entre el Bien y el Mal en el que ambos personajes son pasados por el tamiz épico/gótico de la Hammer Films; el conde es visto por el público en su doble faceta de encantador aristócrata y demoníaco monstruo de ojos inyectados en sangre y colmillos desproporcionadamente grandes (es ese cariz monstruoso el que tan bien encarna Christopher Lee: fuera de la secuencia inicial, su personaje casi no tiene diálogos). Su némesis el Dr. Van Helsing es aquí el hombre de Ciencia enfrentado a fuerzas malignas y transformado en impagable héroe de acción con un Peter Cushing dando cabriolas, crucifijo y estaca en mano.

Pero donde realmente está el mayor aporte de la cinta de Terence Fisher es en haber conseguido aprovechar el mito erótico de Drácula (y de los vampiros en general) a un nivel ni siquiera soñado por la versión de Tod Browning. Mientras el Drácula de Lugosi «hipnotizaba» a las mujeres para dedicarse a sorber la sangre de una doncella desmayada en contra de su voluntad, el conde interpretado por Lee ejerce una atracción diabólica sobre sus víctimas, que se entregan voluntariamente a sus apetitos. Dicho detalle no solamente añade una capa mayor de trasgresión a la película (sin duda osada para la censura de la época), sino que además calza a la perfección con el mensaje de la novela según el cual la figura de Drácula representa los mayores temores ocultos de la sociedad victoriana que invade con su presencia.

La película fue titulada en los Estados Unidos como Horror of Dracula para diferenciarla de la versión de 1931 (con Bela Lugosi como el conde), que todavía, más de un cuarto de siglo después, se seguía presentado esporádicamente en los cines y estaba grabada al fuego en el inconsciente colectivo. El éxito de la versión de la Hammer generaría asimismo una larga ristra de secuelas en la que Christopher Lee y Peter Cushing retomarían sus respectivos papeles (aunque no siempre coincidiendo en la misma película). La Hammer Films acababa de hacer su entrada triunfal.

 

Reseña: Nosferatu (1922)

El género de terror es (como saben todos) tan antiguo como el cine, y ya las primeras películas que se proyectaron en aquel artilugio de finales del siglo XIX buscaban despertar el miedo en el espectador. El expresionismo alemán trajo sin duda grandes obras como El gabinete del Dr. Caligari (1919) o El golem (1921), pero la primera gran cinta de terror no llegaría hasta el año 1922, cuando F.W. Murnau, director que ya entonces era considerado un genio en su Alemania natal, estrenara Nosferatu (1922), una de las mayores obras del cine mudo y la primera gran película de vampiros en toda regla.

Tan famosa como la película es la historia que la rodea: es de conocimiento general que Nosferatu es una adaptación velada de Drácula, la famosa novela de Bram Stoker, pero Murnau no pudo conseguir que la viuda del escritor irlandés le cediera los derechos de adaptación (en aquella época, el cine era considerado por muchos un arte menor, y una adaptación al teatro era la máxima aspiración de cualquier libro «respetable»), por lo que se escribió el guión cambiando ligeramente la trama y sustituyendo los nombres de los personajes principales. Así tenemos la historia de un joven empleado de bienes raíces llamado Hutter, que viaja desde Bremen hasta Checoslovaquia hasta el castillo del misterioso conde Orlock, quien compra unas propiedades en la ciudad natal de Hutter con intenciones bastante siniestras. En realidad, el conde es un vampiro que trae consigo la muerte y la peste a la ciudad, devorando a sus indefensas víctimas y poniendo su ojo en la joven y bella esposa de Hutter, Helen.

Lo que hace diferente a Nosferatu de todas las demás películas de su época es la magnífica atmósfera que Murnau logra recrear con un mínimo de recursos. Cada plano, cada imagen de esta película es un asalto directo al espectador, obligándole a regodearse en ese ambiente malsano en el que se va convirtiendo toda la comunidad, asediada por el ataque de este monstruo que es como un cáncer venido de tierras lejanas a irrumpir la paz de sus habitantes. Además, a diferencia de las posteriores adaptaciones de Drácula (con Bela Lugosi y Christopher Lee a la cabeza) el vampiro no es visto como una criatura seductora, sino como un adefesio espantoso, una criatura salida directamente de una pesadilla. Esta estética generaría toda una serie de seguidores, entre los que se cuenta por supuesto la versión de Werner Herzog, a la vez remake y tributo de la cinta de Murnau. El ambiente y los recursos terroríficos de la película han sido imitados y referenciados hasta el cansancio, convirtiéndola en todo un referente cultura, homenajeado a la perfección en la que para mí es una de las mayores obras maestras de lo que llevamos de siglo: la menospreciada cinta de E. Elisas Merhige La sombra del vampiro (2000).

Eso sí, no hay que engañarse: tras más de ochenta años de su estreno es lógico darse cuenta de cómo han cambiado los valores estéticos y narrativos del cine, y para aquellos que nos hemos acostumbrado a una narrativa y a un ritmo de cierto tipo es inevitable que Nosferatu nos parezca una película difícil para el paladar cinéfago medio. Hay que señalar entonces que su principal valor hoy en día es histórico, una curiosidad cinéfila que todo gran aficionado al género de terror debería sentirse obligado a experimentar.

Por desgracia, esta es una experiencia nada fácil de tener, ya que en el país donde vivimos se hace casi imposible encontrar un edición de Nosferatu que valga la pena. El hecho de que la cinta sea de dominio público ha hecho que cualquier geniecillo de medio pelo la modifique a su antojo poniendo cualquier banda sonora que le apetezca sin el más mínimo sentido de coherencia con lo que ocurre en pantalla. La misma edición especial en DVD que se puede conseguir en las tiendas trae una de las más nefastas: aquella que grabara el grupo francés Art Zoyd. El resultado es un desastre gótico-industrial que podría catalogarse como cualquier cosa menos música. Así que aquellos que quieran hacerse con una copia de la película de Murnau tendrán que recurrir a Amazon para encargar la versión en Zona 1 que lanzara Image hace unos años, con una banda sonora de órgano clásico infinitamente más apropiada que las que tantas lumbreras posmodernas han querido encasquetarnos bajo la dudosa etiqueta de una causa «experimental». En este caso el esfuerzo adicional vale la pena.

 

Reseña: Drácula 2000 (2000)

Actualización del mito del Conde de Transilvania, Drácula 2000 (2000), es una de las películas que ostenta el dudoso “sello de calidad” Wes Craven presents, y no es para menos considerando que está dirigida por Patrick Lussier, quien fuera un habitual editor a las órdenes del creador de Freddy Krueger. El resultado es una película paradójica (a falta de un mejor término), ya que guarda un debido respeto al material original y al mismo tiempo termina descalabrándolo por completo en busca de algo nuevo. Sin embargo, al final, se trata de una película banal y predecible aderezada con algún que otro detalle interesante.

Uno de esos puntos de interés es su premisa: tras incontables intentos de acabar con Drácula, el doctor Van Helsing decide encerrar al rey de los vampiros en un ataúd y mantenerlo prisionero, mientras trata de descubrir la manera de acabar con él definitivamente. Para asegurarse de que estará allí cuando su archienemigo sea despachado, el buen doctor ha tenido que mantenerse con vida inyectándose pequeñas dosis de la sangre del vampiro, obteniendo así un envejecimiento extremadamente lento. Una noche, unos ladrones asaltan su tienda de antigüedades y roban el ataúd, en la creencia de que un artefacto con un despliegue similar de seguridad tiene por fuerza que valer mucho dinero. No hace falta mencionar que el conde escapa y comienza a dejar un rastro de sangre (y criaturas de la noche) a su paso. Ahora el doctor Van Helsing debe reclutar la ayuda de su joven aprendiz y dar caza al monstruo mientras éste se dirige a Nueva Orleáns, donde vive la hija de su Némesis, con la que está estrechamente relacionado.

Drácula 2000 vino después de Blade (1998), por lo tanto es fácil justificar que al tema de los vampiros se haya unido el de la acción, comenzando por los ingeniosos artilugios diseño del famoso caza–vampiros, juguetes que serán aprovechados por Simon, su joven empleado de anticuario que sin quererlo termina convertido en su aprendiz (y evidentemente en su yerno). Todo esto se va compaginando con la búsqueda documental de los orígenes de Drácula, llegando a una conclusión realmente arriesgada que por supuesto no voy a mencionar aquí por no estropearles precisamente el detalle más interesante de la película.

Otro detalle significativo es que la cinta busca recrear la historia de Bram Stoker de una forma bastante cercana, sólo que adaptándola a los tiempos actuales. No es casualidad que Drácula llegue a la ciudad en un avión en el que han muerto todos sus tripulantes (evidente actualización del barco “Demeter” que aparecía en la novela), ni que a lo largo de su odisea se procure la ayuda de tres despampanantes damiselas, una de las cuales se llama precisamente Lucy. Alguna que otra imagen también vale la pena, destacando la escena en que Drácula seduce y mata a la ya mentada muchacha, o el momento en el que el doctor Van Helsing se enfrenta a las tres novias del vampiro en una escena con fuertes toques oníricos.

No hay casi nada más, sin embargo, ya que la película se pierde en su propia trama de acción, incluyendo unos risibles momentos de artes marciales. Aún así, a pesar de que el resultado final sea bastante deficiente, merece por lo menos un alquiler para echar un vistazo a los interesantes detalles que de vez en cuando puede escupir esta fallida película.

 

Reseña: Drácula de Bram Stoker (1992)

Probablemente debería empezar con la aclaratoria de que Drácula, de Bram Stoker, fue la primera novela que leí en mi vida, y su influencia ha sido crucial en mí. No a un nivel literario, sino más bien estético. Ese libro, regalo de mi padre, se convirtió para mi en una referencia de todo lo que era oscuro, tétrico y por lo tanto atrayente. Es imposible decir a ciencia cierta lo que significó, pero digamos que el Conde siempre ha sido un personaje que ha revoloteado en mi mente, persiguiéndome durante años. Está claro que no soy el único, ya que por algo este personaje ha sido llevado a la pantalla en tantas ocasiones. Durante mucho tiempo, los nombres de Bela Lugosi y Christopher Lee habían estado irremediablemente ligados a la memoria del señor de todos los vampiros. Estos dos actores hicieron de Drácula su vida, y por lo menos en el caso de Lugosi, hombre y personaje formarían una unidad indivisible.

Por eso es que en 1992, cuando Francis Ford Coppola decidió llevar a la pantalla una nueva versión de Drácula diferente de todas las demás, más de una ceja se levantó ante lo que era uno de los mayores riesgos que podía correr este director. Su productora, American Zootrope, estaba casi en la ruina, por lo que un fracaso de esta película la tiraría por el desfiladero. Afortunadamente, el resultado fue magistral. Drácula de Bram Stoker (1992) fue no solamente un gran éxito de taquilla, sino también un nuevo techo actoral para sus protagonistas, y una de las películas más singulares y extravagantes de la década de los 90.

Alejándose de las concepciones tradicionales de Drácula, Coppola crea su película como un period-piece en el que la estética, tanto en vestuarios como en decorado, está por encima de todo. El toque extravagante, suntuoso y desbocado de la cinta está presente desde el prólogo, una impresionante secuencia de cinco minutos que nos relata los orígenes de Drácula desde que era un guerrero rumano luchando contra los turcos. En una batalla narrada a través de un juego de sombras chinescas (con fuertes referencias a Kurosawa) se nos da un primer vistazo al carácter brutal y sanguinario de Vlad el Empalador, un hombre dotado de un salvajismo efectivo que sólo se doblega ante la angelical presencia de su amada Elisabeta. Cuando esta muere víctima del engaño de los enemigos de Drácula, el guerrero renuncia a Dios y hace un pacto con el demonio que le permite vivir para siempre a través de la sangre de los mortales.

La historia de amor es lo que diferencia esta versión Drácula de todas las anteriores. El vampiro se nos muestra como un monstruo (geniales son sus transformaciones tanto en hombre-lobo como en gárgola) pero también como un alma atormentada profundamente humana, un ser redimido por el amor. Su archienemigo el doctor Van Helsing (interpretado por Anthony Hopkins), al contrario, se muestra como un cuasi-demente, un fanático religioso obsesionado con la destrucción del vampiro que ha perseguido toda su vida.

Otro aspecto a destacar de esta película es su fuerte contenido erótico, lo cual causó sus principales vapuleos por parte de la censura. Drácula es, como nunca, una criatura sexual, con el color rojo casi dedicado en exclusividad a su vestuario. Memorable es la escena en la que, convertido en hombre-lobo, atrae a la joven Lucy hacia él, poseyéndola en una escena erótica que parece la versión porno de un conocido cuento infantil. La transformación de los personajes femeninos en vampiros es, asimismo, su despertar sexual, algo que cala perfectamente con la novela de Stoker, si bien en el libro dicho concepto obedecía a los códigos morales victorianos y aquí en la película reciben casi un tratamiento de redención, una maldad apetecible.

Pero quien se luce realmente es Gary Oldman, en lo que es sin lugar a duda uno de sus mejores trabajos hasta la fecha. El actor se vio enfrentado a un reto titánico: Drácula es un personaje que ha calado en el imaginario colectivo de una manera muy sólida, y todos tenemos más o menos la misma idea predeterminada de cómo debe verse y comportarse este ser. El Drácula de Oldman es completamente distinto, un ser poderoso pero al mismo tiempo dotado de una gran sensibilidad. Es el primer Drácula que vemos llorar, el primero que vemos flaquear por su lado humano. Resulta muy interesante ver sus reacciones ante los diferentes personajes de la película, momentos en los que pasa del depredador sediento de sangre al ser atormentado de amor y condenado por Dios a amar sin guardar esperanza (*).

Una película tremendamente estética, operática (a lo que ayuda la excelente banda sonora del polaco Wojciech Kilar), cuidada hasta el extremo. Ha sido duramente criticada por los seguidores más furibundos de Bram Stoker, quienes le reprochan su falta de apego al libro agravada por la presencia del nombre del autor en el título (en realidad el nombre fue incluído porque los derechos del nombre «Drácula» pertenecen a los estudios Universal). Todas estas voces han de ser ignoradas. Drácula de Bram Stoker es, sin duda, una de las más grandes películas de vampiros que se han hecho, una auténtica lección de cine y de historia del cine (las referencias a otras películas de terror son incontables) que no puede dejar de ser vista.


(*) No estoy de acuerdo para nada con aquellos que dicen que el personaje de Mina es la reencarnación de Elisabeta. Para mi esto no tiene ningún sentido. Drácula no pide la inmortalidad para poder «esperar» el regreso de su amada, sino para dedicar la eternidad a luchar contra el Dios que le ha traicionado. Su encuentro con Mina es para él una oportunidad de recuperar el amor porque la joven le recuerda a la mujer que una vez tuvo. Ella, en cambio, se enamora de él no porque sea su amor verdadero, sino porque él representa la liberación de ese estricto estilo de vida victoriano en el que ella está atrapada.

 

Reseña: Nosferatu (1979)

1979 fue un buen año para los vampiros; tres producciones importantes de estos chupasangres fueron estrenadas casi simultáneamente con menor o mayor éxito y/o prestigio. Yo tenía apenas un año de edad, así que tuvo que pasar un tiempo para que pudiera ver la miniserie Salem’s Lot, dirigida por Tobe Hooper y basada en la novela homónima de Stephen King, o para que pudiera echarle un vistazo a ese increíble trabajo de George Romero llamado Martin. El tercer vampiro que ocupó la cartelera de terror ese año fue un producto de más «renombre», una obra de art-house, no de cine, sino de cinèma: se trata del remake de Nosferatu (1922), aquella mítica película muda de F.W. Murnau y que esta vez llegara de la mano de otro genio alemán, Werner Herzog, y su actor fetiche, Klaus Kinski.

Para su particular homenaje a la que fuera la primera gran película de terror de la historia del cine, Herzog buscó copiar el estilo de la original y, al mismo tiempo, salvar las diferencias que existían respecto a la novela (ya se sabe que Nosferatu no es más que una mal disimulada adaptación de Drácula, la novela de Bram Stoker). Es por eso que, esta vez, los nombres de los personajes principales vuelven a ser los mismos que en la obra del novelista irlandés: en vez del conde Orlock, nuestro villano pasa de nuevo a llamarse Drácula, su víctima se llama ahora Lucy, y el marido engañado vuelve a ser Jonathan Harker. La ciudad, ahora sí, se traslada de Bremen a Bismarck. En todo lo demás, sin embargo, la versión de Murnau prevalece casi en su totalidad.

Jonathan Harker, empleado de una compañía de inversiones y bienes raíces, es enviado a Transilvania, al castillo del conde Drácula, para cerrar un importante negocio; al parecer, este misterioso miembro de una decadente nobleza desea comprar unos terrenos en Bismarck y está dispuesto a pagar un buen precio. Pero Lucy, la mujer de Jonathan, tiene unas terribles pesadillas que vinculan el viaje de su marido a una horrible desgracia. De sobra está decir qué es lo que sucede: Drácula ataca a Harker y, seguro en sus nuevas posesiones germanas, comienza lenta pero efectivamente la destrucción de la ciudad, no solamente a través de su infecciosa mordida, sino a través de la peste que ha traído consigo, representada en una plaga de ratas. Jonathan se encuentra inutilizado debido a la agresión del vampiro, por lo que es Lucy la que deberá vencerle, aunque esto signifique hacer el mayor de los sacrificios.

Resulta obvio cuál es la ventaja técnica que tiene la película de Herzog sobre su antecesora; al incorporar el sonido, Nosferatu puede explorar a través del diálogo aquellos temas que anteriormente sólo pudimos apreciar a través de la imagen. El principal de ellos es el tema de la muerte, la cual está perfectamente personificada en la figura del conde Drácula. Es importante destacar acá como Herzog ha permanecido fiel a la figura que Murnau creara para su monstruo; el vampiro está muy lejos de ser el seductor succionacuellos al que estamos acostumbrados, y vuelve a ser ese adefesio pálido con cara de rata blanca. Kinski está genial en la piel de la criatura, cuyos dientes (incisivos, que no colmillos) recuerdan a los de los miles de roedores que ha traído consigo (no en balde se confunden los efectos de la peste con la amenaza del conde). Esta lectura nos es mostrada en todo su esplendor durante la escena en la que Lucy (una bellísima Isabelle Adjani, que me ha cautivado desde que, siendo un niño, la viera en esta película una madrugada por la tele) recorre las calles de la desolada ciudad sólo para encontrarla infectada de ratas y con la gente, resignada a morir, celebrando insalubres orgías en la calle, en medio de una macabra danza de la muerte.

Nos encontramos quizá ante una de las películas más accesibles de Herzog, cuyo respeto por el material original lo ha llevado a una puesta en escena austera y casi privada por completo de efectos especiales. De hecho, pocas películas de terror han dependido tanto de la caracterización a la hora de lograr su cometido. Si Kinski encarna el horror en estado puro, la Adjani despide una belleza tan pura y frágil que resulta prácticamente hipnótico verla. Su palidez de porcelana la convierte en la heroína gótica por excelencia, y su escena final con el conde consigue crear un ambiente erótico muy intenso a pesar de la asquerosa presencia del vampiro. Mención especial, por supuesto, para ese encuadre con el que cierra la película.

La edición americana de Nosferatu trae las dos versiones que fueron filmadas simultáneamente: una en inglés y la otra en alemán. Ambas son excelentes (si bien yo solamente conocía la primera, que fue la que se estrenó en mi lado del planeta) aunque conservan ciertas diferencias de tono. En cualquier caso, se trata de un filme curioso que ningún aficionado al cine vampírico puede dejar de revisar.

 

Reseña: Drácula, príncipe de las tinieblas (1966)

Hoy en día, si se les pregunta a muchas personas (quiero decir, personas amantes del género de terror) quien ha sido el mejor Drácula de todos los tiempos, la mayoría dirán, sin duda, el mismo nombre: Christopher Lee. Este gran hombre, a quien ruego a Dios las generaciones actuales no recuerden únicamente como el Saruman de El señor de los anillos (2001-2003) o el Count Dooku de El ataque de los clones (2002), hizo casi veinte películas (se dice rápido) para la mítica productora británica Hammer Films, y en muchas vistió la famosa capa del conde, siendo sin duda el que mejor supo explotar toda la inmensa carga erótica que inspira este personaje. La primera que vi, y la que tengo más fresca en la memoria (quizás porque volví a verla recientemente) es Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula: Prince of Darkness, también conocida como Revenge of Dracula). Esta, una de las muchas secuelas de Horror of Dracula (1958) fue dirigida también por Terence Fisher. Lee esta vez no estuvo respaldado por su eterno archienemigo Peter Cushing (quien hizo varias veces el papel del doctor Van Helsing) pero al menos pudo acosar sexualmente a la bellísima Barbara Shelley (que no, no es la de la foto).

Siempre me parecerá curioso, cada vez que vea esta película, lo realmente siniestra que es. Utilizando el viejísimo argumento de la pareja de incautos que se aventura en un castillo abandonado a pasar la noche (a pesar de que les han advertido que no lo hagan), la película arranca de una manera insuperable y osada para la época: uno de los fieles sirvientes de Drácula mata a uno de los transeúntes y, tras colgarlo de cabeza sobre la tumba de su señor y cortarle el cuello, procede a rociar con su sangre las cenizas del conde, que por supuesto vuelve de la tumba a proseguir con su actividad favorita: succionar cuellos, especialmente los que pertenecen a apetitosas hembras mortales. Si a esto añadimos el hecho de que el largirucho y tétrico conde jamás pronuncia una sola palabra en toda la película (dicen que Christopher Lee quitó todas las líneas de su papel porque el diálogo le parecía ridículo) llegamos a la conclusión de que estamos ante una de esas pequeñas joyas de autocine.

Quizás no llegue al nivel de otras producciones de Hammer, especialmente dentro de los parámetros de Drácula, pero sin duda alguna que esta secuela no hace sino demostrarnos lo vital que ha sido Christopher Lee para el género. El conde y su enemigo Van Helsing se volverían a encontrar años después, y pocas serán las veces en que no los veamos ir uno contra el otro en esa eterna batalla entre el horror y la ciencia, entre la lujuria y la razón. A veces gana uno y a veces otro. Al menos, en Drácula, príncipe de las tinieblas, gana el género.