Reseña: El cerebro (1988)

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Lo creáis o no, ha sido hace muy poco (unas semanas cuando mucho) que vi por primera vez El cerebro (1988), un clásico menor del terror serie B canadiense hecho muy probablemente a la sombra de Re-Animator (1985), no sólo porque ambas comparten al actor David Gale como villano, sino también porque ambas ostentan un sentido del humor similar y un énfasis en el imaginario grotesco que parece estar muy en sintonía con la película de Stuart Gordon. Aunque quizás no llegue a los niveles de maestría de esta, se trata de una cinta muy divertida y en muchos sentidos fascinante que lamento mucho no haber visto con anterioridad.

El argumento parte de un espíritu retro que ya era nostálgico en 1988 y que perfectamente podría haber sido rodado en los cincuenta: un chico rebelde y problemático que es enviado a la clínica de un gurú de autoayuda con planes de dominación mundial, y cuyo exitoso programa de televisión local esconde la influencia de un gigantesco cerebro alienígena con cara que controla las mentes de aquellos que le escuchan. El ambiente juvenil, el discurso anticolectivista y la imagen de aquel gran cerebro extraterrestre y los científicos que lo controlan son probablemente las cosas más interesantes que posee y el mayor atisbo de “seriedad” que la trama pueda tener, y son elementos que por sí solos habrían podido constituir una cinta de ciencia-ficción algo más solemne, pero eso es algo que no tarda en saltar por la borda.

Si digo esto es porque la cinta parece muy consciente de su propio potencial puesto que a pesar de ser muy violenta y contener pasajes muy oscuros, también es poseedora de un humor autodestructivo que rompe con la aparente seriedad de su propuesta, desde la increíble imagen del cerebro con cara malvada de puntiagudos dientes y eterna sonrisa hasta las numerosas secuencias autodenigrantes de su protagonista, quien es retratado como todos menos como un héroe al uso y cuya rebeldía y desprecio por el orden y la autoridad constituyen precisamente aquello que le hace inmune al control mental del monstruo.

En muchos sentidos, El cerebro (1988) no pasa de ser una serie B simpática con unos medios muy limitados y cierto regusto a cine de terror muy anterior a su época, pero sus imágenes, su muy divertido desarrollo y su nivel de descaro ante el sexo y la violencia son cosas que le han otorgado cierto nivel de reverencia con el tiempo a pesar de quedar algo opacada por muchas de sus contemporáneas como la ya citada Re-Animator o Están vivos (1988) de John Carpenter, que se estrenó el mismo año y que toca los mismos temas de una forma mucho más eficaz. Si la hubiese visto en el momento de su estreno seguramente habría estado entre mis favoritas de toda la vida, pero aún así es una gran película que aunque no tuvo continuaciones, está ahí para quien la quiera descubrir.

Reseña: You Might Be The Killer (2018)

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A pesar de que podría perfectamente ser uno de los conceptos más divertidos que han parodiado el género slasher desde hace mucho tiempo, You Might Be The Killer (2018) pasó prácticamente desapercibida incluso entre los fanáticos de este tipo de cine de asesinos enmascarados. En parte es entendible al ser una película muy modesta, y si bien es probable que no la recuerde mucho de aquí a unos años, sigue siendo una propuesta muy recomendable que conoce el subgénero que está parodiando, y tiene innegables recursos por mucho que superficialmente pareciera jugárselo todo a una única carta, en este caso su singular premisa.

Esta premisa a la que me refiero es la de un grupo de instructores de un campamento de verano que de repente comienzan a ser acosados por un asesino, historia que se nos cuenta desde el punto de vista de un hombre que, en medio de la persecución, llama a una amiga por teléfono pidiendo ayuda y explicando la situación en la que se encuentra. La amiga en cuestión, una dependienta de videoclub experta en películas de terror, va escuchando el relato de lo que ocurre y le revela a nuestro protagonista no sólo que está pasando por todos los lugares comunes del género slasher, sino que a juzgar por los giros de todo lo que ha pasado y las convenientes lagunas de memoria de su relato, es muy posible que él mismo sea quien se esté cargando a sus compañeros.

A partir de aquí la película se convierte no sólo en una lucha por la supervivencia, sino también en una investigación por parte de nuestro protagonista de descubrir la verdad acerca de lo que está pasando y por qué no puede recordar los momentos clave de su situación, todo por supuesto aderezado por un casi constante ángulo metanarrativo en el que tanto el protagonista Sam como su amiga Chuck van interactuando al teléfono y agregando el omnipresente elemento cómico de un trabajo que nunca llega a tomarse a sí mismo en serio. Parte de este desparpajo y del ingenio de la premisa tiene por supuesto que ver con sus orígenes: uno de los aspectos más publicitados de esta película es el hecho de estar basada en una conversación de Twitter (¡!) entre los escritores Sam Sykes y Chuck Wendig, que simularon toda esta conversación y en quienes están obviamente inspirados los personajes principales.

Pero es que aparte de sus innegables virtudes cómicas, incluso como slasher la película tiene sus aciertos, siendo incluso capaz de construir una mitología propia a pesar de que su asesino está claramente inspirado en todos los clichés de este tipo de cine, máscara de madera incluida. Como decía arriba, no es algo que vayamos a atesorar en el futuro, pero es una cinta muy divertida cuyo ritmo no decae en ningún momento, tiene dos protagonistas con una gran química (Alyson Hannigan nunca falla en ese sentido) e incluso su componente meta termina siendo mucho más disfrutable de lo que podría haber esperado en un principio. Vale la pena así que echadle un vistazo.

Reseña: Child’s Play (2019)

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Decir que la nueva Child’s Play (2019) ha sido una sorpresa es quedarme corto porque la verdad no esperaba que me fuera a gustar tanto. Mis expectativas en el momento en que se anunció estaban bajísimas, principalmente por la forma tan distinta en que replanteaba su premisa y al mismo tiempo decidía mantener los aspectos más icónicos del diseño original. Finalmente esta aparente contradicción ha resultado ser una de sus mayores virtudes, y aunque falla en muchos aspectos, se trata de una película muy entretenida a la que se le puede sacar mucho jugo ya que toma su propio camino que en nada se asemeja a la saga de Don Mancini, la cual no olvidemos continúa teniendo su vida propia.

Como todos sin duda sabéis ya, en esta ocasión nuestro muñeco asesino Chucky no es un juguete habitado por el espíritu de un psicópata. Es más, ni siquiera es humano; se trata de un robot de compañía, un asistente virtual defectuoso que ha perdido todas sus inhibiciones de comportamiento y que sólo desea ser el fiel compañero de su dueño Andy y protegerlo, pese a que los métodos que usa para ello incluyan asesinatos. El prólogo de la película en el que cuentan el origen de Chucky en una distópica fábrica china es glorioso y algo sin duda muy coherente no sólo con lo que quiere contar la película en sí sino también con la cinta original de 1988, la cual también dejaba colar su sutil puya al mercantilismo. Reconozco que ya desde el principio quedé enganchado ya que el origen de Chucky tiene cierto componente de arbitrariedad que le sentó muy bien e hizo de la historia algo sencillo y fácilmente extrapolable al contexto de entretenimiento nostálgico al que la cinta hace referencia, como bien demuestran cosas como la paleta de colores o el jersey rojo de Andy que nos trae al recuerdo la estética claramente Amblyn de la que esta película hace gala.

El apartado estético es algo que también tiene su significado y que justifica decisiones que en un principio yo ninguneaba; una de las cosas que me hacían desconfiar de este remake era que sus creadores habían mantenido en gran medida el diseño original de Chucky a pesar de haber cambiado sus orígenes, pero incluso esto tiene un propósito mayor. El diseño del muñeco y su comportamiento hacen de él un ser anacrónico y desfasado (hay incluso un chiste recurrente a lo largo de la cinta en cuanto al inminente lanzamiento de otro modelo superior) que hasta cierto punto es poseedor de cierta inocencia que se ve corrompida por sus dueños humanos. La relación entre Chucky y Andy al principio de la película tiene cierto componente de ternura hasta el punto de que como público hasta llegamos a sentir pena por un robot que sólo busca complacer a su dueño en todo y que termina infectándose de la trivialidad con la que los humanos reciben la violencia; en este sentido una de las mejores secuencias de la película es cuando Chucky observa las hilarantes reacciones de sus dueños a las escenas más sangrientas de La matanza de Texas 2 (1986), un sutil pero brillante ejercicio metanarrativo que elevó la película un poco más ante mis ojos.

Por supuesto está muy lejos de ser perfecta ya que sigue siendo en muchos sentidos una película un tanto chapucera que nunca llega a explotar del todo sus posibilidades y que peca en muchas ocasiones de invoresímil y ambigua en cuanto al alcance de los poderes de Chucky, especialmente en las escenas que incluyen un enfrentamiento físico con el muñeco. Pero esto es algo que la cinta sabe muy bien ya que nunca llega a tomarse a sí misma demasiado en serio. Por el contrario, es un divertimiento muy básico aunque bastante violento, y un remake que pese a todos sus problemas ha sabido sacar algo muy distinto de la original y abrirse su propio espacio. Espero sinceramente que esta nueva Child’s Play tenga algún tipo de continuidad ya que hay mucho potencial que explorar y considero que este ha sido un primer paso más que eficiente. Si eres fan de la saga original deberías sin duda alguna echarle un vistazo.

Reseña: Anna y el Apocalipsis (2017)

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Para la segunda entrada de nuestra tríada navideña recupero una que no pude ver en el momento de su estreno, Anna y el Apocalipsis (2017), una producción británica (concretamente escocesa) que en aquel entonces se publicitó como una mezcla entre Shaun of the Dead (2004) y La La Land (2016), una comedia musical de terror con zombis de por medio y con la Navidad como ambientación principal. Como ha dicho ya gente más lista que yo, semejantes comparaciones pueden haber subido demasiado las expectativas y terminado haciéndole daño, porque lo cierto es que es mucho más sencilla de lo que parece y sus pretensiones no dan para tanto pese a que la película de Edgar Wright sí que está entre sus más que evidentes influencias, con incluso algunas escenas muy parecidas.

En realidad, y esto sí que es algo que me esperaba, se trata de una película dedicada a un público juvenil acerca de una chica de espíritu rebelde que equilibra sus miserias típicas de instituto con el alzamiento de los muertos y la necesidad de convertirse en heroína para rescatar a su padre. Y claro está, hay canciones de por medio. Tengo que aclarar aquí algo que muy probablemente he mencionado antes y es mi resistencia instintiva hacia los musicales; de todos los géneros cinematográficos, el musical es probablemente el único que encuentro genuinamente anacrónico, y por lo general tiendo a sentir un rechazo hacia ellos. No todos (una de mis películas favoritas de todos los tiempos es precisamente un musical), pero digamos que la idea de que los personajes de repente se pongan a cantar me ha parecido desde siempre tan ridícula que siento que de alguna forma tienen que justificármelo. Esto es un prejuicio mío, evidentemente, y no tiene nada que ver con la calidad de la película en sí.

Una de las formas en que dicha justificación suele darse es, por ejemplo, haciendo de la trama y los personajes algo relacionado con el mundo del teatro o de la música, una idea que ha sido usada en musicales de terror en el pasado y que pensé sería el caso aquí ya que parte del argumento involucra el montaje de un espectáculo escolar de Navidad, pero dicho elemento no pasa de ser una muy breve mención. Otra forma en que se podría hacer es dando mayor relevancia y tiempo de metraje a las canciones que a los diálogos hablados o al menos haciendo que la película empiece con una canción, pero nada de esto ocurre. De hecho, pese a que las canciones en su mayoría me han gustado y están muy bien producidas, algunas de ellas no parecen tener nada que ver con lo que está ocurriendo en pantalla, por lo que se sienten un tanto desconectadas del resto de la película. Además, las coreografías, el ritmo y el estilo de narración en general se me hicieron en ocasiones poco vistosos y con unas diferencias de tono que me echaron un poco para atrás, ya que ese ambiente de High School Musical convive en ocasiones con momentos sumamente oscuros como un plano en el que se ve a un zombi comiéndose a un bebé de un carrito.

Todo esto deja una sensación de que Anna y el Apocalipsis podría haber sido mucho más, quizás en otras manos o con un enfoque distinto que explotara sus posibilidades musicales o su ambiente festivo, el cual dicho sea de paso tampoco parece estar muy relacionado con la Navidad. Es una idea muy buena que podría haber dado más juego, pero al final termina siendo un entretenimiento inofensivo que tampoco consigue destacar tanto ni como musical ni como comedia zombi. Con todo y eso la he disfrutado, el elenco es muy simpático y no me cuesta nada reconocer que tengo una playlist con la banda sonora. Así que queda recomendada, pero ciertamente es mejor bajar un poco las expectativas antes de acercarse a ella.



[Recuerda que tienes hasta la medianoche del 26 de diciembre para votar en nuestra encuesta de lo mejor del 2019]

Reseña: Zombieland: Double Tap (2019)

Woody Harrelson (Finalized);Jesse Eisenberg (Finalized);Emma Stone (Finalized);Luke Wilson (Finalized)

Tengo la certeza de que la opinión que se tenga de Zombieland: Double Tap (2019) dependerá en gran medida de qué te pareció la primera película. Aquella comedia de zombis estrenada ya hace una década ciertamente no necesitaba una secuela, y recuerdo que cuando esta finalmente se confirmó me llevé una sorpresa porque no creo que nadie la haya estado pidiendo. En esta segunda película hay sin duda alguna algo de esa convicción, ya que aunque en muchos sentidos no es más que una repetición de los mismos esquemas que funcionaron en aquel entonces (la película es, de hecho, una road movie al igual que su predecesora), también se atreve a hacer un comentario nada sutil sobre su propia condición de secuela tardía y lo tremendamente desconectados que están sus personajes con el mundo que los rodea.

Transcurridos diez años desde los eventos de la última película, los cuatro personajes protagonistas se encuentran viviendo en la Casa Blanca y asumiendo el Apocalipsis como una apacible cotidianidad. De hecho, una de las cosas más interesantes que tiene el argumento es ver cómo los vínculos entre los cuatro personajes se marcan desde el principio como los de una familia asentada en la rutina: Wichita y Columbus viven su relación de pareja con la familiar rutina de dos personas que llevan una década de convivencia, mientras que Little Rock ha crecido y se encuentra desesperada por obtener su independencia a la vez que Tallahassee la sigue viendo como una niña y a él mismo como una figura paterna. Es precisamente la huída de ambas mujeres del seno familiar lo que impulsa el argumento y convierte esta película en una nueva aventura a lo largo de la América devastada en la que se encuentran con otros personajes.

Fuera de esta mirada a los cambios que han sufrido sus protagonistas, no hay muchas novedades en esta segunda entrega, por no decir ninguna. El principal disfrute por lo tanto vendrá no por una premisa más que gastada sino por el trabajo de sus cuatro actores principales, el cual es ciertamente muy bueno y que demuestra cómo ha evolucionado la carrera de cada uno de los involucrados. A pesar de los diez años transcurridos desde entonces, cada uno de ellos parece dominar por completo su personaje hasta el punto en que gran parte de los diálogos parecen improvisados. En ocasiones me parece que se les va la mano (hay momentos en que me cuesta no ver a Emma Stone, por ejemplo, como una parodia de todos los personajes similares que ha hecho desde entonces), pero funciona, e incluso algunos de los nuevos personajes como la estereotípica rubia interpretada por Zoey Dutch guardan momentos entrañables y disponen de una energía propia que me mantuvo interesado todo el tiempo.

Por supuesto, no es un trabajo de lo que se pueda esperar mucho más; Zombieland: Double Tap es una película extremadamente sencilla en la que no sólo los zombis tienen menos protagonismo sino que encima el propio trailer era engañoso al sugerir giros en su argumento que finalmente terminan teniendo una mucho menor importancia, como por ejemplo esa nueva pareja de viajeros que parecen unos nuevos Columbus y Tallahassee, que parece que van a ser importantes pero que terminan siendo poco más que un cameo. También me pareció extraño que el personaje de Little Rock estuviese ausente durante casi toda la película a pesar de que aparecía como protagonista en todo el material publicitario. De todas formas, con todo y sus carencias y su medianía, me ha parecido una comedia de zombis muy entretenida cuyo principal pecado sea el no llevar a la saga a ningún territorio inexplorado sino conformarse con traernos a sus personajes una vez más. No puedo decir que me haya decepcionado ya que la primera nunca fue una gran película ni mucho menos, así que creo que más no se le puede pedir.

Reseña: Happy Death Day (2017)

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No la pude ver en su momento ya que no se estrenó ninguna copia en versión original aquí donde vivo, pero ahora que finalmente ha caído ante mis ojos considero que el principal mérito de Happy Death Day (2017) ha sido quizás el haberle dado un interesante giro argumental al ya muy conocido arquetipo del slasher juvenil. Como ya sin duda sabréis, esta película cuenta la historia de una chica que descubre estar reviviendo una y otra vez el día de su cumpleaños, uno que inevitablemente termina siempre con su muerte a manos de un asesino enmascarado que la acecha en el campus universitario y que parece tener una desquiciada fijación con ella.

El recurso del bucle temporal al estilo de El día de la marmota (1993) es, lo sé, algo que se ha hecho muchas veces, pero al menos lo hace de una forma efectiva. Lo mejor de todo es que, al igual que ocurría en dicha película (a la que por cierto se menciona directamente en un par de ocasiones) el fenómeno del día que se repite nunca es explicado, y puesto que nunca sabemos exactamente por qué la protagonista está pasando por dicha situación la cinta se ahorra explicaciones que sin duda habrían sido insuficientes. Otra cosa en la que ambas obras coinciden es que la mayoría de los elementos con los que juega esta premisa están aprovechados en su vertiente cómica. De hecho, llamarla comedia de horror es quedarse corto; la balanza está tan inclinada hacia la comedia, que clasificar a esta película dentro del género de horror se siente un poco arbitrario.

Gran parte de este tono lo da no sólo la locación universitaria sino la actuación de su protagonista, Jessica Rothe, a quien no recuerdo haber visto en nada más pero que lleva la película prácticamente sola y basa la mayor parte de su performántica en un humor de auto-vejación metiéndose totalmente en su papel de chica problemática y vulgar que por supuesto termina redimida gracias a su experiencia, algo por otro lado muy característico de este tipo de historias. El fenómeno del bucle en el tiempo es algo que curiosamente termina teniendo poca importancia frente al propio conflicto moral de la protagonista y su muy predecible subtrama de comedia romántica con un chico que termina por supuesto convirtiéndose en su principal aliado.

Muy ligera, intrascendente y sumamente light, pero también muy divertida y honesta, Happy Death Day fue un gran éxito de taquilla durante su estreno, sobre todo entre el público juvenil, cosa que no me extraña para nada ya que cuenta con muchos elementos que han funcionado muy bien en películas anteriores, y no necesariamente dentro del género de terror. Una vez más, la gente de Blumhouse demuestra que sabe cómo producir estos trabajos de consumo rápido. Por supuesto este año se estrenó una segunda parte que, según he leído, está aún más inclinada hacia la comedia, algo que pienso comprobar lo antes posible.

Reseña # 800: Gremlins 2 (1990)

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Ocupando el sitio de honor en este especial octocentenario, Gremlins 2: The New Batch (1990) puede ser considerada una de las mejores secuelas de todos los tiempos y muy probablemente la obra maestra del director Joe Dante, al menos aquella que resume todos los temas con los que ha venido trabajando en su carrera como cineasta. Es a menudo también citada como un muy buen ejemplo de “antisecuela”, una película que cuestiona la idea misma de una continuación y dinamita de forma evidente e intencional todas las posibilidades que tenía Gremlins (1984) de convertirse en una franquicia de éxito. En este sentido, es una película adelantada a su tiempo que merece ser vista y atesorada.

En un principio pareciera que la premisa es algo totalmente convencional y típico de estas secuelas a lo grande y que aquí estamos ante la misma idea de Gremlins pero ahora en Nueva York, cuando Gizmo termina en un laboratorio situado en lo más alto de la Torre Clamp, un edificio-microcosmos que alberga todas las alas de una poderosa corporación que termina recreando a los mogwai y desatando su poder de forma accidental. Por una asombrosa coincidencia, el protragonista de la película anterior, Billy Seltzer, también trabaja para la corporación Clamp y debe salvar a Gizmo a la vez que encuentra la manera de evitar que los monstruos salgan del edificio al caer la noche y siembren el caos en la ciudad.

Hasta aquí parece una producción muy típica que simplemente repite la premisa de la primera película pero esta vez a lo grande como suelen hacer todas estas secuelas, pero sería un error quedarse allí; el mayor nivel de la producción, el presupuesto más abultado y la aparentemente absoluta libertad creativa de Dante dan como resultado una continuación que no se decanta necesariamente por la épica sino por la transformación de la película en algo parecido a un dibujo animado viviente que sirve como homenaje/parodia no sólo de la primera película sino de todo el universo de ficción de la Warner Brothers y de las influencias de Joe Dante en general, con un elenco lleno de figuras recurrentes del género fantástico y un sinfín de referencias a otras películas, series y fenómenos culturales (son tantas dichas referencias que resulta imposible enumerarlas aquí). Se trata asimismo de una cinta repleta de guiños cómplices con el espectador que incluso llega a romper la cuarta pared y hasta salirse de la propia película mediante una escena en la que los gremlins literalmente detienen la proyección y deben ser puestos en cintura por un Hulk Hogan metido en el “público”. Sin exageración alguna, cada escena contiene algún gag o chiste hasta el punto de que es bien sabido que Dante se dejó gran parte del guión sin rodar debido a las necesidades de limitar la película a la duración de un largo.

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Pero no es sólo el guión y la dirección de Dante lo que sostiene este festival de excesos. Gran parte de la gracia de Gremlins 2 reside en el trabajo de Rick Baker en los efectos especiales. Baker, quien sustituye aquí al creador original de los Gremlins, Chris Walas (quien por aquel entonces estaba intentando hacer despegar su carrera como director), era inicialmente contrario a trabajar con un diseño ajeno y sólo aceptó el cargo cuando Dante le prometió que tendría total libertad para rediseñar a las criaturas como quisiera. Y funcionó; Baker no sólo se marcó un trabajo excelente sino que incluso dotó a cada monstruo de su propia individualidad, desde el diseño característico de los Mogwai hasta una visita a un laboratorio de ingeniería genética que sirve como excusa para la creación de variantes locas de los Gremlins mezclados con otros elementos: el Gremlin-murciélago, el Gremlin-araña o el Gremlin-cerebro, son algunos de los detalles que persisten en la memoria del público después de haberla visto y protagonizan algunas de las mejores escenas. En el apartado de los intérpretes humanos quien probablemente destaca más es John Glover en el papel de Daniel Clamp, evidentísima combinación de Ted Turner y Donald Trump cuando este era sólo un millonario famoso. Una cosa curiosa es que Clamp estaba originalmente escrito como un villano convencional y fue Glover mediante su actuación quien lo convirtió en un personaje entrañable que el público terminaría queriendo.

Pero lo más interesante para mí de esta película, y el verdadero motivo por el cual la he rescatado para esta reseña pese a que ya muchos otros han hablado de ella más y mejor, es el por qué fue hecha. Si hacemos caso a las anécdotas que han circulado desde hace años, Joe Dante en un principio se había negado a rodarla puesto que consideraba que tras la primera Gremlins ya no quedaba nada qué contar, y si lo hizo fue principalmente porque sabía que el estudio la terminaría rodando con o sin él. Dante, que ya había visto el nivel al que podía degenerar una continuación de su obra tras el ejemplo de Aullidos (1981), terminó claudicando y poniéndose al frente de esta secuela únicamente para dinamitarla desde adentro, convirtiendo Gremlins 2 en una película tan alocada y excesiva que terminaría en cierto modo matando su propia posibilidad de franquicia y haciendo que fuese imposible de explotar más allá.

Lo cierto es que funcionó sólo a medias; esta película fue un relativo fracaso de taquilla comparada con la primera parte, y la crítica la recibió con opiniones encontradas. A pesar de esto, durante años la gente ha pedido a Dante una tercera entrega de la saga, algo a lo que siempre se ha negado argumentando incluso que ya hasta cierto punto había cubierto dicha posibilidad con Pequeños guerreros (1998), película juvenil que reciclaba la idea de los “juguetes vivientes” que causaban el caos por doquier. De todas formas, esta segunda parte de Gremlins se ha ganado un culto mucho mayor con el paso del tiempo y hoy en día el considerarla la mejor película de su director es una opinión incluso convencional. La Warner ha amenazado durante mucho tiempo con la posibilidad de hacer una continuación, pero lo más probable es que sin duda estén trabajando en un reboot de la saga que por supuesto carecerá de todas las cosas que hacían de esta algo especial. Pero siempre nos quedará esta.

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Reseña: A Christmas Horror Story (2015)

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Para abrir nuestro especial de Navidad de este año no se me ocurre nada mejor que una película que, honestamente, debió haber sido mucho más exitosa de lo que fue en su momento. Esto lo digo porque la idea de la que parte A Christmas Horror Story (2015) es una que se veía venir desde hacía mucho tiempo y que misteriosamente no había sido explotada, al menos no desde el cine de terror mainstream. Dicha  idea a la que me refiero es la de una cinta de relatos basada exclusivamente en las fiestas decembrinas, algo que parece una consecuencia lógica ya que varias antologías anteriores como Cuentos de la cripta (1972) ya incluían entre sus segmentos historias ambientadas en la Navidad.

Una cosa que me gusta es que todos los relatos están más o menos parejos en cuanto a calidad, algo por lo general difícil de encontrar en este tipo de cintas. También todos están bastante unificados en cuanto a estilo a pesar de que en ella trabajan tres directores distintos: Grant Harvey, Steven Hoban y Brett Sullivan, nombres que también trabajaron en la trilogía de Ginger Snaps (2000), a la que hay varios guiños conscientes empezando por la mención del pueblo de Bailey Downs. La estructura también resulta de lo más curiosa ya que los cuatro episodios van contándose simultáneamente  entrelazados por un marco narrativo con William Shatner (evidenciando entre otras cosas el enfoque no-tan-serio de la película) y una historia de Papá Noel enfretándose en el polo norte a una epidemia zombi que constituye con toda seguridad el segmento más recordado y al que todo el mundo termina por hacer alguna referencia.

Todos estos detalles curiosos y las ocasionalmente efectivas ideas que muestra no son a pesar de todo suficientes para encumbrar A Christmas Horror  Story al nivel de otras antologías más destacadas. Es decir, por mucho empeño que le hayan puesto sus responsables no estamos hablando aquí de algo tan destacable como Trick ‘r Treat (2008), que resulta la comparación más obvia por la manera como los segmentos se van narrando de forma simultánea. Esta es, sin embargo, una película mucho menos ambiciosa que muchas veces sucumbe ante sus propios excesos y muestra quizás una confianza excesiva en su premisa al abandonarse a sus aspectos más superficiales y eludir algunos aspectos más inteligentes que asomaban en la manera como se cruzan algunas historias y que no están realmente explotadas salvo por la revelación final, que le da a todo el conjunto un tono mucho más oscuro de lo que parecía al principio.

Con todo, A Christmas Horror Story es una muy buena opción para dar inicio al maratón de películas de horror navideñas de este o de cualquier año. No es la mejor película de antología que podemos encontrar, pero la verdad es que no hay tantas que hayan utilizado esta premisa y sólo por eso (y por ver a Papá Noel luchando contra unos elfos zombi) vale la pena rebajar un poco nuestras expectativas. Sus responsables deben haberlo sabido ya que esta película tuvo una presencia muy tímida en cines y sólo vio alzarse su popularidad en formato doméstico. De hecho, y ya como curiosidad final, la película se vendió con una carátula alternativa titulada A Holiday Horror Story en algunos locales de Walmart en Estados Unidos, debido a la política de dicha empresa de no resaltar el carácter cristiano de la Navidad. Ahora que lo pienso, ese es un chiste que podría perfectamente haber sido incluido en la propia película.

 

Reseña: Don’t Kill It (2016)

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Don’t Kill It (2016), conocida en otros países también como Demon Hunter o alguna de sus traducciones, es la nueva película del director Mike Méndez, mercenario a quien ya hemos reseñado antes aquí y que, como siempre, trae un trabajo con una premisa si se quiere original y con un tratamiento muy divertido que no termina de ser del todo serio. Lo hace además resucitando para la ocasión a Dolph Lundgren en un papel de cazador de demonios que acapara prácticamente toda la atención y se convierte en el alma de la película mostrando unas dotes cómicas que el actor últimamente ha estado explotando en gran parte de sus más recientes trabajos.

Lo mejor que tiene, y el motivo por el cual se ha quedado en mi memoria, es la premisa: un demonio que comete terribles asesinatos utilizando el cuerpo de aquel que ha poseído. La diferencia está en que dicho demonio habitará siempre el cuerpo de aquel que haya matado a su último huésped, lo que complica la labor de acabar con él una vez que desata una matanza en un pequeño pueblo de Alaska, donde nuestro cazador de demonios deberá aliarse con el sheriff para poner fin a la amenaza y a su vez evitar las represalias de aquellos que no creen en su origen sobrenatural.

Fiel a lo conseguido en trabajos anteriores como The Convent (2000) o la ya mencionada aquí The Gravedancers (2006), Mike Méndez ha sabido montar una película muy divertida que probablemente tenga la mejor premisa con la que jamás haya trabajado. Se aprecia, sin embargo, el giro que ha dado hacia la comedia en los últimos años, aunque sin llegar a cosas como Big Ass Spider! (2013) o Lavalantula (2015), que invitan a un disfrute principalmente irónico. Siendo esta vez un trabajo mucho más serio, Don’t Kill It nunca llega a ser realmente solemne. De hecho, mi único problema con la película es que parece oscilar entre el horror y la comedia sin llegar a comprometerse nunca con ninguna de las dos vertientes: es una película muy violenta que se ceba con sus personajes, pero al mismo tiempo diluye la mayor parte de sus escenas de horror con Dolph Lundgren haciendo de gañán con un muy poco creíble acento tejano.

Sería injusto criticar esto último ya que es precisamente el carisma de Lundgren lo que realmente salva la película a pesar de no ser este uno de sus mejores papeles. A pesar de lo divertida que es y lo interesante que llega a ser el hecho de que el héroe no puede tomar la vía más fácil para derrotar al demonio, el acabado es un tanto barato y en ese sentido muy en la línea de Mike Méndez, quien parece no ser capaz de sobreponerse a su instinto de hacer una película chorra que se burla incluso de su propia premisa. Recuerdo que cuando la vi me pareció poca cosa para un largometraje, pero que habría sido sin duda un muy episodio de la serie Supernatural, la cual parecía el hogar ideal para algo de este tipo. Me ha gustado, pero con matices.

Reseña: Life After Beth (2014)

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Recordando que me gustó mucho en el momento de su estreno hace ya algunos años, recientemente volví a ver Life After Beth (2014) y comprobé, por fortuna, que sigue siendo no sólo una muy divertida comedia zombi sino también una que tiene varias lecturas más allá de sus logros más evidentes. A pesar de que no se salva de varios de los clichés de la típica comedia juvenil indie (algo en cierta forma resaltado por las escogencias en cuanto al elenco) se trata de un trabajo muy sólido que se sostiene muy bien y una película que pese a su premisa muestra unas dosis de ternura nada desdeñables que la hacen muy emotiva.

Esta premisa de la que hablo es la de un chico intentando superar la trágica muerte de su novia y que descubre poco después que esta ha vuelto de la tumba aunque ya no parezca la misma persona. Y es precisamente eso lo que Zach va descubriendo a lo largo de los días cuando el nuevo comportamiento de Beth revela que se está poco a poco convirtiendo en un zombi con el que tarde o temprano tendrá que lidiar. Esta trama pasa por terrenos ya conocidos al principio, desde los intentos iniciales por parte de Zach de negar aquello que está ocurriendo frente a sus ojos hasta sus esfuerzos por ocultar a los demás la transformación que se va apoderando de su chica.

Todo esto está tratado desde una perspectiva cómica, como ya comentaba arriba, pero al mismo tiempo es una comedia sentimental en el que los chistes no se hacen a costa de las muertes de otros personajes (como ocurriría quizás en una comedia más convencional) sino en la negativa por parte de Zach de admitir que su novia se está convirtiendo en un monstruo. Esto pone de manifiesto el tema principal de la película, uno que ya se intuía en el título pero que se termina de revelar a lo largo del argumento: la dificultad de decir adiós y la necesidad imperiosa de poner fin a una relación dañina. En este sentido es muy importante el hecho de que la película comienza con Beth ya muerta y sabemos muy poco de su relación anterior con Zach y la dinámica que se había formado entre los dos. Todas estas ideas desembocan en un final un tanto grotesco pero también hermoso y coherente con las ideas que la película ha manejad hasta entonces.

Life After Beth despertó opiniones encontradas en el momento de su estreno debido, según muchas, al estiramiento de una premisa que quizás no daba para un largometraje. Personalmente me encantó y se ha convertido en mi recuerdo como una de las comedias zombi que más he disfrutado en un buen tiempo. Es además un trabajo distinto que demuestra una vez más que el subgénero de muertos vivientes siempre logra encontrar una arista sin explorar por mucho que nos empeñemos a veces en lo contrario.