Reseña: Candyman 3 (1999)

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Aprovechando que este año se estrena su remake producido por Jordan Peele (bueno, eso está por verse todavía), recordé de pronto que nunca había reseñado esta tercera entrega de Candyman (1992), lanzada directamente a vídeo en 1999 y casi olvidada ya. No faltan motivos; Candyman 3: El día de los muertos (1999) es un punto muy bajo en la saga protagonizada por Tony Todd, incluso para los estándares del formato doméstico noventero. De sobra está decir que en muchos aspectos hace ver a su secuela precedente como una obra maestra, y lo que más rabia da es que al menos en su concepción inicial parece haber ideas interesantes y planteamientos que habrían podido dar mucho juego y que sin embargo se dejan completamente de lado.

Uno de esos ángulos ocurre desde los primeros minutos de metraje, cuando nuestra protagonista, descendiente de Candyman en persona, monta una exposición de arte con los cuadros de su famoso antepasado con la esperanza de limpiar su nombre y acabar con la leyenda negra en torno a alguien que no era sino un artista que murió a causa de una gran injusticia. Esta idea de explorar el lado artístico del personaje era algo que ninguna de las dos entregas posteriores había hecho y podría haber sentado la base de una película mucho más cerebral. Sin embargo, una vez en la exposición la chica principal es retada a decir el nombre de Candyman cinco veces delante de un espejo, lo cual por supuesto desencadena una nueva ola de asesinatos y hace que todo el interesante tema de las pinturas nunca se vuelva a tocar.

Me gustaría poder decir que es a partir de aquí cuando la cinta cambia de tono y se vuelve algo mucho más barato, pero no es así; eso es algo que queda claro desde los primeros planos que explotan el atractivo físico de su protagonista Donna D’Errico, recién salida de su etapa en Baywatch y a quien el guión no tiene mejores cosas que hacerla gritar de horror cada dos por tres. Tampoco parece haber un conocimiento claro de lo que las películas anteriores han hecho ya que esta cinta cambia una vez más el origen de Candyman: la primera película estaba ambientada en Chicago (de hecho, su ambientación era parte esencial del argumento), la segunda estaba por algún motivo ambientada en Nueva Orleans, y esta tercera parte tiene lugar en Los Ángeles, lo que le permite aprovechar una muy superficial e intrascendente mirada al ocultismo hispanoamericano y la tradición del Día de Muertos (de ahí el título) pese a que dichos elementos no tengan nada que ver con la historia o los personajes.

Desconexa, muy barata y sobre todo tremendamente superficial, Candyman 3 tira por la borda todo lo que hacía a la original interesante y lo sustituye por una historia de explotación con escenas de sexo hortera, un elenco de tercera fila y la sustitución del profundo comentario racial de la primera parte por unos policías racistas que parecen salidos de otra película. A ratos pareciera que sus responsables ni siquiera hubiesen visto las dos entregas anteriores, y es una pena porque tanto el tema artístico como la idea de un monstruo que cobra realidad mientras la gente crea en él son cosas que están presentes en el trasfondo del guión aunque nunca se les de importancia alguna. A partir de aquí un remake que vuelva a los orígenes es, de hecho, la única opción posible.

 

Reseña: Hellraiser: Hellworld (2005)

Retomando nuestra ardua labor de cubrir todas las entregas de una franquicia que, contra todo buen juicio, se niega a morir, llegamos a Hellraiser: Hellworld (2005), octava entrega de la saga iniciada por Clive Barker y cuarta de ellas de la serie de estrenos que fueron directamente a formatos doméstico. Esta nueva secuela está nuevamente dirigida por Rick Bota, el mismo de Hellraiser: Deader (2005) y una vez más toma un camino completamente distinto al de sus antecesoras sin tener mucho que ver con los preceptos o la mitología cenobita establecida en películas anteriores, cosa que se nota mucho y que me predispuso en contra prácticamente desde el principio.

Una búsqueda rápida por la historia de su producción deja claro por qué: rodada paralelamente a la séptima entrega y estrenada el mismo año, esta producción viene de un guión originalmente titulado Dark Can’t Breathe y que contaba una historia completamente independiente a la que luego se maquilló para darle el toque cenobita que faltaba. Es una lástima que no hayamos podido ver dicho trabajo porque las francamente buenas posibilidades del argumento de esta película se vienen abajo precisamente debido a su inclusión forzada en una franquicia ya gastada y en franca decadencia desde hacía mucho tiempo y que tampoco esta vez consigue salvarse.

Uno de los aspectos más curiosos de este argumento viene, sin embargo, de un intento por romper con todo el estilo anterior, dando a la historia un giro metaficcional situándose en un mundo fuera de la propia película en el que la saga de Hellraiser existe. Dicho giro está evidentemente inspirado en películas como La nueva pesadilla (1994) y sobre todo Scream (1996), no sólo por el contenido irónico y auto-referencial sino también por el hecho de que estamos ante una cinta de corte juvenil que gira alrededor de unos chavales adictos a una web llamada Hellworld. A decir verdad nunca queda claro exactamente si es una página web o un videojuego, aunque en lo personal creo que se trata de una especie de red social inspirada en el universo de Hellraiser y que al parecer está relacionada con el suicidio de uno de los chicos. La verdadera película comienza cuando el resto de los jóvenes asisten a una fiesta temática de su entretenimiento favorito y presencian como aquello que creían originalmente un universo de ficción termina teniendo una capa más siniestra.

Aquí también por desgracia es cuando la película se convierte en un slasher de toda la vida, con los chicos muriendo uno a uno en medio de una trama que termina siendo un misterio de baratillo con un final sorpresa mucho menos inteligente de lo que quiere hacernos creer. Por supuesto, nada de esto tiene que ver con Hellraiser más allá de la presencia de un cansado Doug Bradley que aparece de vez en cuando en cameos glorificados y se apersona en la última escena en una muy lamentable coda final que corona todo este despropósito. Lo más amargo de todo este trago es que la cosa no terminó aquí: varios años después sus responsables volverían a exprimir la saga con dos entregas más que terminarían distanciándose aún más de aquella cinta que les vio nacer, ya que el mismo Bradley abandonaría el barco entregando su papel de Pinhead a otros actores menos agraciados. Pocas sagas de terror han tenido una vida tan longeva, y pocas han caído tan bajo después de su prometedor inicio.

 

Reseña: Candyman 2 (1995)

Si tenéis tiempo ya visitando este blog sabréis sin duda que Candyman (1992) es una de mis películas de terror favoritas, y también una de las piezas de miedo más interesantes de la por lo general ignorada década de los noventa. Todavía hoy me sigue sorprendiendo que tan poca gente la haya visto, así que aprovecho esta oportunidad para enlazar la reseña que sacamos anteriormente de ella y recomendar que le echéis un vistazo si queréis encontraros con una cinta de terror mucho más inteligente de lo habitual y muy distinta a lo que normalmente se suele ofrecer. Me sorprende también el hecho de que a pesar de lo que me gusta la original nunca le haya dado una oportunidad a sus secuelas, cosa que he buscado remediar finalmente. El resultado estuvo más o menos dentro de mis expectativas: Candyman 2: Adiós a la carne (1995) es una continuación muy predecible, un trabajo mucho más comercial y convencional que si bien posee algunas buenas ideas, deja de lado gran parte de lo que hacía interesante la película original y abraza por el contrario los aspectos más superficiales de la película de Bernard Rose. Aquí buscaremos explicar por qué.

Tras un prometedor inicio que enlaza con la película original, esta segunda parte busca lo que por otro lado era de esperarse como el siguiente paso a seguir, que no es otro que construir una historia que ahonde en los orígenes del misterioso fantasma asesino de la mano de garfio y lo que le sucede a aquellos que lo invocan diciendo su nombre cinco veces delante de un espejo. El develar los orígenes del monstruo era el paso fácil a dar, e incluso antes de leer la sinopsis de la película ya me imaginaba que ese sería el argumento, pero por otro lado este es el primer gran error que la cinta comete, ya que parte de lo que hacía interesante al personaje (nuevamente interpretado por el siempre genial Tony Todd) es lo ambiguo de sus orígenes y la manera como el mito se confunde con la realidad. La película no solamente arruina eso sino que encima decide cambiar por completo de locación al trasladar la historia a Nueva Orleáns, lo que por otro lado es un intento muy obvio de explotar el componente exótico del villano y vincularlo con un trasfondo acerca del pasado esclavista de los Estados Unidos, un ángulo interesante que ya se intuía en la original pero que aquí está exacerbado.

Es una lástima que este ángulo histórico no se desarrolle mejor; en lugar de eso esta segunda parte se va por los derroteros de una trama de investigación en la que de nuevo una joven (y blanca) maestra de primaria investiga la historia de Candyman y desentierra con ello una maldición familiar que obsesionó a su padre y causó su terrible muerte. Con todo y sus carencias, esta subtrama de la protagonista hurgando en el pasado está mucho mejor planteada que toda la parte policial, inverosímil y superflua hasta niveles vergonzosos, además de que nunca tiene repercusiones para la protagonista, con lo que perfectamente se la podrían haber ahorrado. Todo lo demás, aquello referente al pasado del Candyman y el origen de su maldición, tiene momentos muy oscuros y algunas muy buenas ideas, pero no es tampoco nada sorprendente. De hecho, algunos de las mejores cosas que tiene esta secuela son, una vez que lo pienso, cosas que provienen de la película original, tales como el status de leyenda del monstruo entre las clases bajas, la presencia intangible de Candyman en medio de las ruinas urbanas, la imponente presencia de Tony Todd y hasta el tema musical de Phillip Glass.

Muy previsiblemente, el clímax de la película se traduce en una confrontación final con el monstruo resuelta de manera arbitraria y poco creíble. Sumemos a eso una abundancia de “sustos falsos” y unos personajes olvidables, y llegamos a la conclusión de que esta segunda entrega de Candyman es un trabajo meramente alimenticio. Es una lástima porque, repito, hay algunas ideas buenas y la película en cierta forma insinúa una maldición ligada al ocultamiento de ese complejo de culpa del americano blanco y su no-confrontamiento con su pasado de victimario, pero todo eso está sepultado bajo algo definitivamente muy inferior a la primera parte, que sigue siendo recomendada desde aquí sin ningún pudor.

Reseña: Book of Blood (2009)

 

Me causa una gran alegría ver que de unos años para acá ha habido un interés creciente en llevar al cine la obra narrativa de Clive Barker, quien salvo contadas excepciones había sido el único que se había preocupado llevar estas historias a buen término. Una de las que personalmente más me llamaban la atención es Book of Blood (2009), adaptación del cuento homónimo con el que abrían los famosos Libros de sangre de este autor, una de esas piezas inmejorables a las que nunca me canso de mencionar.

Ha sido una gran sorpresa ver que los responsables de esta película se hayan mantenido tan apegados al relato original, no tanto en cuanto a la anécdota, que resulta mucho más elaborada de lo que el cuento era (no olvidemos que el relato original funciona sobre todo como prólogo a la antología misma) sino en la temática y la estética de Clive Barker y la forma en cómo ambas son llevadas a la pantalla. El argumento es muy sencillo, en apariencia poco más que una historia típica de casas embrujadas e investigadores paranormales que se topan con más de lo que pueden manejar, pero los seguidores de la obra de Barker encontrarán aquí muchas de sus constantes y marcas habituales; sexualidad retorcida, mundos paralelos y un marcado fetichismo por las mutilaciones y el sufrimiento físico. En serio me ha parecido que esta película podría perfectamente estar ambientada en el mismo universo de cintas como Hellraiser (1987), Lord of Illusions (1995) o The Midnight Meat Train (2008).

Estas ideas que baraja en todo momento son lo que me ha parecido el mayor atractivo que la película tiene. Su desarrollo, no obstante, es un poco genérico, en ocasiones dosificando demasiado el tema sobrenatural y con una estética que poco a poco he visto convertida en un cliché entre la mayoría de estas producciones de terror británicas. El clímax de la película es efectivo a nivel visual pero un tanto absurdo en cuanto a la resolución que se da a los personajes, quienes pasan a aceptar un nuevo orden de ideas más o menos porque sí, sin que haya ningún tipo de transición hacia ello. Me gusta, sin embargo, que la película deje abierto el tema de contar las historias de los muertos, lo que en cierto sentido parece augurar una saga en ciernes. No sé si esta fue la intención inicial, pero lo cierto es que su coherencia estética y temática con otras películas recientes basadas en la obra de este escritor me ayuda a imaginarme que en efecto es así.

No me hagáis mucho caso en cuanto a esto; me da la impresión de que la mayor parte de las virtudes de Book of Blood son las cosas a las que me recuerda y no tanto la película en sí, que puede resultar un tanto lenta y aburrida para muchos de los que visitan esta página, y ciertamente no es tan memorable como Candyman (1992), Hellraiser u otras de las películas basadas en la obra del vigoréxico británico, pero no ha estado nada mal y me parece que tiene suficientes atractivos para convertirse, como el relato original, en un buen abreboca para historias mucho mejores.

Reseña: Hellraiser: Deader (2005)

La séptima entrega de la saga iniciada por Hellraiser (1987), y la segunda de la tres dirigidas por Rick Bota, llevó como título Hellraiser: Deader (2005), y la verdad hay que decir que es coherente con sus antecesoras en documentar la vertiginosa caída libre que sufrió la saga con su paso al formato directo-a-DVD. Rodada paralelamente a la octava y última entrega, esta séptima película es un desastre prácticamente insalvable, cosa que no tiene nada que ver con sus muy modestos aspectos técnicos (fue realizada con un presupuesto ínfimo en Rumanía), sino más bien con la imposibilidad de encajarla en el imaginario de la saga iniciada por Clive Barker.

Más que en ninguna otra entrega, en Hellraiser: Deader se nota claramente que el guión era un trabajo original que nada tenía que ver con el universo de la saga. Esto nos queda claro incluso sin necesidad de la confirmación de IMDB, ya que los vínculos con los Cenobitas, Pinhead o la Configuración de los Lamentos están metidos con calzador en una trama que tiene muchos más parecidos con una hipotética versión fantaterrorífica de Asesinato en 8mm (1999), película con la que tiene similitudes argumentales notables que ya han sido señaladas muchas veces. El planteamiento base, a decir verdad, es casi idéntico, ya que trata de una osada periodista especializada en reportajes amarillistas que recibe un día una cinta de vídeo en la que se ve a una muchacha asesinada y luego resucitada ante la cámara por los miembros de una secta conocida como los “Deader” (literalmente “Más Muertos” o mejor aún, “Re-Muertos”). Tras esto la protagonista viaja a Bucarest para averiguar si lo visto en la cinta es real y cual es la verdadera naturaleza de esta secta de jóvenes siniestros.

Como ya viene siendo habitual de un tiempo acá, la ambientación de la película en Bucarest enlaza con la reciente fijación del cine de terror en retratar a los países de Europa del Este como una tierra oscura y tenebrosa donde las peores pesadillas se hacen realidad, algo que ya hemos reseñado en otras ocasiones. En realidad, dicha voluntad de ambientación es prácticamente lo único destacable, ya que el resto de la película es bastante pobre. Es cerca del principio, de hecho, cuando tiene lugar la única escena convincente, aquella en la que la protagonista encuentra la Configuración de los Lamentos. Dicha escena contiene el único momento de tensión real en la película antes de caer en situaciones y secuencias involuntariamente risibles como la aparatosa escena del cuchillo en la espalda o el infernal vagón de metro donde la periodista tiene sus contactos con el inframundo de Bucarest, escena tan exagerada que sólo se puede tomar a broma. No mejoran las cosas en lo que se refiere a los propios miembros de la secta de los Deader, quienes nunca se sienten como una auténtica amenaza. A decir verdad, dichos personajes realmente no hacen nada más que aparecer y verse siniestros, cosa que los asemeja más a una inofensiva tribu urbana que a unos seres con contactos sobrenaturales, por lo que es muy difícil tomarles en serio (cosa que tampoco hace la película). El guión intenta hacer una muy pobre vinculación entre el líder de estos jóvenes y la saga de Hellraiser, pero es sólo un intento a medias que no tiene ninguna consecuencia real.

Llegados al final, la conclusión que alcanza Hellraiser: Deader es cuanto mucho confusa; aparte de los efectos especiales sonrojantes (el cutrerío digital siempre será mil veces peor que el cutrerío tangible) no me quedó muy clara la naturaleza de la solución más allá de mostrar de forma bastante gratuita (y breve, sumamente breve) la figura de Pinhead, quien realmente no viene mucho a cuento. Quizás sea esta tangencialidad lo que hace que la película, con todo y sus aciertos de ambientación, sea una de las más pobres de una saga que por lo visto lo tiene muy difícil para continuar con un mínimo de calidad.

 

Reseña: The Midnight Meat Train (2008)

Aquel que no haya leído Los libros de sangre de Clive Barker, antología de relatos en la que se encuentra El tren de la carne de medianoche, haría bien en dejar de leer esta página ahora mismo y dedicarse a buscar dicho libro. Estaría con ello haciéndose un favor, ya que no exageramos al decir que representa uno de los picos más altos de la literatura de horror de las últimas décadas. Es también una cima que su autor nunca ha podido superar, y creo firmemente que si Barker ha de ser recordado por su aportación al género de terror, será principalmente por esa obra. Dicho esto, The Midnight Meat Train (2008) no es la primera versión que se hace de los relatos incluídos en la antología (allí están la curiosa Rawhead Rex (1986), guionizada por el propio escritor, y la más reciente Book of Blood (2008), que pasó sin pena ni gloria), pero sí ha sido una de las más publicitadas y esperadas por gran parte de los seguidores del autor de Hellraiser (1987). Fue también una película muy maltratada por su distribuidora, Lionsgate, que la condenó al oscurantismo relegándola a unas cuantas salas previas a su lanzamiento en vídeo, decisión por lo menos desconcertante.

En lo que respecta a la adaptación se mantiene la esencia del argumento de Barker: un hombre descubre en el subterráneo de madrugada el destino de aquellas personas desaparecidas sin dejar rastro, masacradas sin piedad por un asesino de traje gris con pinta de carnicero que les cuelga cual reses del techo de los vagones. El cuento original era extremadamente sencillo, por lo que evidentemente la película se ve obligada a engordar el argumento agregando subtramas y desarrollando personajes con el objetivo de alcanzar el tiempo mínimo de un largometraje. Por desgracia lo hace recurriendo a un montón de lugares comunes; es así como el personaje protagonista (un simple transeúnte en el cuento de Barker) es reconvertido aquí en el enésimo exponente de “artista atormentado” que se obsesiona con la figura del asesino, mientras que el resto de personajes repite asimismo otros estereotipos complementarios: la jefa cruel y cínica, la novia que intenta frenar la caída del prota y el amigo que la palma, todos ellos topicazos. De hecho el único que se salva es Vinnie Jones como el silente asesino del metro, y a pesar de que su personaje difiere por completo del que se describe en el cuento original, tiene la suficiente presencia como para convertirse en un importante foco de atención gracias a su impagable pinta de tipo duro.

Como ya sin duda todos saben, esta película está dirigida por el cineasta japonés Ryuhei Kitamura, cuyas dos películas más conocidas, Versus (2000) y Azumi (2003), se caracterizan por un retrato fantástico de la violencia tan exagerado y estilizado que llega a parecer surrealista. De la misma forma, las secuencias charcuteras de The Midnight Meat Train dejan ver muy claramente quién está tras la cámara; la sangre y las mutilaciones abundan, pero es imposible tomárselas en serio ya que las matanzas perpetradas por el personaje de Vinnie Jones son tan hiperbólicas y están tan adornadas de malabarismos estéticos, que de haberse esperado un año más seguramente la película hubiese sido lanzada en 3-D. Y esta estilización no se limita únicamente al gore, también está presente en ese tren literalmente cromado, así como en un uso francamente abusivo de la imaginería digital y ciertos pasajes más propios del montaje de videoclip, cosas que por sí solas no me molestan, pero que en esta historia me parecen completamente fuera de lugar.

Con esto sólo digo que el estilo de Kitamura, si bien francamente inconfundible, no parece amoldarse bien al tipo de historia que está contando, dejando de lado toda la sobriedad del relato de Barker para centrarse más bien en una fantasía de viñeta que, francamente, no le sienta tan bien. Lo que no quita, claro, que Kitamura alcance momentos y secuencias muy divertidas, sobre todo en lo que se refiere a las acciones de su asesino, que no están desprovistas tampoco de cierto oscuro sentido del humor, pero son momentos y escenas que contrastan terriblemente con el aparente tono de seriedad que se quiere dar a la historia por medio de la ya tan manoseada premisa del artista-que-desciende-a-los-infiernos-de-su-obsesión, y que en el caso de este relato en particular, perjudica sobre a todo una revelación final que, por la manera como está ejecutada en esta película, resulta bastante risible y sin la contundencia que tenía en el cuento de Barker. En definitiva, The Midgnight Meat Train tiene sus aciertos, y es en general una cinta muy disfrutable, pero está muy lejos de ser una de las grandes adaptaciones de Clive Barker como sí son, por ejemplo, Candyman (1992) o la ya citada Hellraiser. Y sobre todo, dista mucho de ser la oscura e intensa película de terror que sus responsables quisieron hacernos creer.

Reseña: Hellraiser: Hellseeker (2002)

La sexta entrega de la saga iniciada por Hellraiser (1987), y segunda de las secuelas directo-a-DVD, se conoce con el título Hellraiser: Hellseeker (2002), y es una película que sigue el camino trazado por Hellraiser: Inferno (2000) al ofrecernos una historia independiente sin continuidad alguna con entregas anteriores, en el que la Configuración de los Lamentos y los cenobitas que tras ella se ocultan no son más que el marco narrativo de una historia que va más por los derroteros del thriller psicológico con un ambiguo envoltorio sobrenatural. Ya habíamos hablado anteriormente de cómo la quinta entrega partía de una buena idea pero al final dejaba bastante que desear. Por desgracia esta sexta padece de los mismos problemas, y de hecho, los profundiza, continuando así la vertiginosa caída libre de una franquicia de terror que terminó teniendo un perfil bastante bajo.

El argumento, transplantado casi enteramente de la película de Adrian Lyne La escalera de Jacob (1990), no tiene realmente nada que ver con Hellraiser aparte de algunas superficiales referencias a la película original, siendo la mayor de ellas la presencia de la actriz Ashley Laurence, protagonista de la primera y segunda entrega de la saga. La señorita Laurence (a quien por cierto, le han sentado bastante bien los años) no es, sin embargo, la protagonista, sino un personaje referencial en la historia de su marido, que es el verdadero centro de la historia. El hombre en cuestión comienza poco a poco a descender por una espiral de locura tras un accidente en el que muere su mujer y del cual él, sin embargo, no recuerda nada. La cosa se complica cuando, tras el inevitable encuentro con el puzzle demoníaco de los cenobitas, varias personas a su alrededor comienzan a caer como moscas y él se convierte en el principal sospechoso de una investigación policial, que por supuesto se mezcla con las bizarras visiones del inferno de dolor que poco a poco se cierne sobre él. El énfasis en este aspecto psicológico sobre todo lo demás no es sino uno de los muchos elementos que me hacen pensar, al igual que en el caso de la entrega anterior, que estamos ante un guión “original” sin conexión alguna con Hellraiser en su concepción inicial, y que luego fue retocado para convertirlo en parte de la saga.

Dejando aparte las evidentes limitaciones del directo-a-DVD, esta sexta entrega de la saga se nota incluso más barata que su antecesora, y con un look mucho más plano y convencional que se asemeja más al de un trabajo televisivo, lo cual me refuerza en mi idea de que la nueva dirección de la saga (historias independientes enmarcadas por la Configuración de los Lamentos) hubiese quedado bien para una serie de televisión con episodios más cortos. Por desgracia, esta cinta se siente también muy estirada y en general de una desgana bastante evidente. De hecho, si no fuera por la presencia de Doug Bradley como Pinhead (único punto en común de las ocho películas) ni siquiera estaríamos poniéndolas al mismo nivel de comparación del resto de la saga. Aquí, evidentemente, no vemos la temática de Clive Barker por ningún lado, y de “nueva carne”, nada de nada.

Al final de la película, por cierto, hay una muy predecible revelación sorpresa que termina dañando la historia aún más de lo que ya estaba, pero evidentemente no lo contaré aquí por si hay alguien que desea sufrirla en carne propia. El director de esta película, Rick Bota, sería contratado para las dos secuelas posteriores, pero sería injusto decir que el despropósito de Hellraiser: Hellseeker o sus continuaciones se deba principalmente a él. Con un guión tan desastroso (que para colmo es casi un plagio de una película anterior) este renovado esfuerzo de los cenobitas por regresar al mundo real estaba condenado prácticamente desde el principio.

 

Reseña: Hellraiser: Inferno (2000)

Decíamos en otra vida que con el sonado fracaso de Hellraiser: Bloodline (1996) se cerraba para siempre la etapa cinematográfica de la saga iniciada por Clive Barker en 1987. Pues bien, lejos de enterrar el hacha, New Line Cinema vendió los derechos de explotación de la franquicia a Miramax, que decidió sacar adelante su propia serie de secuelas sin contar con la colaboración del autor británico para nada. El resultado fueron cuatro películas lanzadas directamente al formato casero, con historias completamente independientes, y que en lugar de centrarse en el personaje de Pinhead tejían tramas completamente distintas alrededor de la Configuración de los Lamentos y los variopintos personajes que decidían abrirla. La primera de estas películas es Hellraiser: Inferno (2000), que es de la que hablamos hoy.

El argumento, como decíamos, rompe toda continuidad con las películas anteriores y se centra en un policía corrupto que investiga el secruesto de un niño por parte de un psicópata que va enviando por correo los dedos mutilados de su rehén. Tan escabroso caso se corona con una fila de cadáveres que el detective va encontrando a lo largo de su investigación, una que se complica cuando abre la Configuración de los Lamentos y comienza a tener visiones de los Cenobitas que van “guiándolo” en su odisea. Esta es la única conexión que existe entre la película y el universo de Hellraiser, y al mismo tiempo ofrece un tono distinto al despojarlos de su habitual rol de villanos y hacer de ellos una especie de jurado del Más Allá que se encargará de guiar el destino del protagonista y pesarle en la balanza del Bien y del Mal. En cuanto a Pinhead, este está nuevamente interpretado por Doug Bradley, aunque su aparición en pantalla es bastante fugaz (aún así su participación en esta película es mayor que en la primera parte de la saga, algo que muchos parecen olvidar) y su presencia sirve más bien como un vínculo de esta cinta con sus antecesores.

Las apariciones de los Cenobitas son en ocasiones interesantes, y escenas como la de la imagen que adorna esta reseña pueden hacernos creer que estamos ante una buena película, cosa que no es del todo cierta. La verdad es que, si bien es encomiable la voluntad por parte de los responsables de Inferno de hacer algo distinto, el desarrollo del argumento es excesivamente plano y con demasiados momentos muertos. La trama de investigación se siente bastante estirada para alcanzar la duración de una hora y media, y al igual que como ocurriría con las tres películas siguientes de la saga, uno no puede evitar la sensación de encontrarse ante una historia que originalmente parece haber sido escrita como un argumento independiente al que luego se vinculó con Hellraiser a través de varios elementos estéticos que en un principio no tenían nada que ver con la trama. El par de momentos rescatables no son suficientes para salvar esta resurrección cenobita que Miramax intentó ofrecernos.

Si alguna conclusión se puede sacar a partir de esta película (y de sus secuelas posteriores) es que la idea de renovar la saga con historias independientes entre sí podría perfectamente haber servido de idea para una serie de televisión ambientada en el universo Hellraiser, pero en una película de hora y media se siente como un concepto desaprovechado. A partir de aquí, los cenobitas empezarían una caída libre casi ininterrumpida hasta la octava (y última) parte de la saga, que por supuesto no dejará de pasar por este tribunal.


Actualización: No me había dado cuenta del error que había cometido al comparar esta película con La escalera de Jacob (1990). Dicho símil estaba destinado a ir en la reseña de Hellraiser: Hellseeker (2002), secuela inmediatamente posterior a esta y que también pasará por esta página en su debido momento. Corregido queda el gazapo.

 

Reseña: Hellraiser: Bloodline (1996)

Hellraiser: Bloodline (1996) es no solamente famosa por ser la cuarta película de la saga iniciada con Hellraiser (1987), sino también por muchos otros motivos: es la única que cambia de registro para pasar al sub-género de películas “de antología”, la última que se estrenó en cines, la última que explotó el personaje de Pinhead como centro absoluto de la historia, y es aquella en la que su director, Kevin Yagher, quedó tan decepcionado de los resultados que optó por el seudónimo de Alan Smithee. Con todo y eso, hay que reconocer que no es la peor de las películas de Hellraiser (eso lo cubrirían las secuelas posteriores).

Hellraiser: Bloodline fue, además, la primera de las sagas de terror que acometió la “valentía” de trasladar sus personajes al espacio, un camino que han seguido Leprechaun (1993) y Viernes 13 (1980). En este caso, dicha ambientación futurista es una de las tres historias que se entremezclan en la película, y que giran alrededor de tres miembros de la familia Merchant, sobre quienes pesa una maldición producto de haber creado la Configuración de los Lamentos. Es precisamente la historia de Phillipe Merchant, un fabricante de juguetes del siglo XVIII que accede a fabricar un artilugio para un aristócrata francés con preferencias por la magia negra, uno de los tres “cuentos” de los que se conforma la película, que salta luego a un joven arquitecto del siglo XX y finalmente a un científico del siglo XXII, que ha construido una gigantesca nave espacial que usará para atraer a los Cenobitas y acabar con ellos para siempre.

La idea, con todo y sus fallos, es ambiciosa, y se nota que al menos en su concepción inicial pretendió llegar más allá de sus fallidos resultados; la historia ambientada en la Francia pre-revolucionaria es lo suficientemente grotesca para haber salido realmente de los escritos de Clive Barker, y el edificio en el que se desarrolla la trama del “presente” enlaza a la perfección con el final de Hellraiser 3: Hell on Earth (1992). Asimismo hay detalles que dan a unidad a las tres historias, y no sólo en el hecho de que los tres Merchant son interpretados por el mismo actor, sino también en la presencia de la actriz chilena Valentina Vargas, que aporta el imprescindible atractivo erótico común en todas las entregas de la saga. Su personaje, una criatura infernal llamada Angelique, aparece en las tres historias y sirve de enlace entre ellas incluso más que el propio Pinhead, quien sólo aparece en el presente y en el futuro en su nuevo rol de pseudo-slasher (sobre todo en la historia ambienteada en el espacio).

Por desgracia los resultados no pueden ser más catastróficos: el argumento no se sostiene por ningún lado, y da la sensación de que el guión no hace sino saltar de una escena a otra sin ninguna coherencia interna. Esto es comprensible ya que gran parte del material rodado por Kevin Yagher nunca vió la luz (incluyendo secuencias enteras de los Cenobitas), y para colmo se le impuso la inclusión de un absurdo marco narrativo sin justificación alguna más que para mostrar a Pinhead antes de tiempo. El montaje del estudio ciertamente explota la figura de Doug Bradley al precio de hacer que la historia no tenga sentido y se queden muchas cosas sin explicar más o menos porque sí.

Al final de Hellraiser: Bloodline, la historia de los Cenobitas y su demoníaco puzzle llega a una conclusión final, aunque ya todos sabemos que cuatro secuelas más llegarían, esta vez con un enfoque totalmente distinto. La última entrada “cinematográfica” de la saga tiene así un cierre bastante lamentable, pero al menos ha pasado a la historia como uno de los grandes proyectos fallidos del cine de terror. Eso y poco más. Podríamos decir incluso que con esta película muchos habrían pensado que ambientar historias de terror sobrenatural en el espacio era una mala idea que no podía dar resultados decentes, lo cual hubiera sido cierto de no ser por el estreno al año siguiente de Horizonte final (1997), una gran e injustamente menospreciada película que sacaba precisamente de Hellraiser gran parte de su inspiración.

Reseña # 201: Candyman (1992)

Candyman (1992) es uno de esos muchos casos en los que el fantástico demuestra sus posibilidades discursivas, y también es uno de esos casos en los que una película no logra alcanzar el status de reconocimiento que se merece. Con la posible excepción de Hellraiser (1987), es probablemente la mejor película que se ha hecho basada en la obra de Clive Barker, pero a diferencia de esta, su director y guionista Bernard Rose sabe dejar a un lado las obsesiones estéticas del autor para explorar su propia propuesta de un horror moderno que juega no sólo con el miedo a la presencia sobrenatural, sino también con las paranoias mundanas del hombre urbano a través de los secretos olvidados de las ciudades y los horrores traidos por la miseria y la alienación social.

Pero tranquilos, porque lo que arriba suena como una aburrida parrafada, en la película se explica por sí solo: cambiando la ambientación londinense del relato The Forbidden por la ciudad americana de Chicago, Bernard Rose construye la historia de treintañera universitaria Helen Lyle, que en plena escritura de su tesis sobre leyendas urbanas se topa con la historia del “Candyman”, el espectro de un hombre negro asesinado en esa misma ciudad durante los años posteriores a la Guerra Civil y que, según dicen, se aparece a todos ellos incautos que pronuncian su nombre cinco veces frente a un espejo. De manera bastante arrogante, Helen invoca al fantasma en cuestión únicamente para verse inmiscuida poco a poco en una trama de ultratumba que rodea a Cabrini Green, una peligrosa barriada marginal donde se esconde el hogar de la criatura.

La postura descreída de los protagonistas de una historia de terror no es nada nuevo, pero pocas veces se sustenta tanto en la cotidianidad como sucede en Candyman; como gran parte de la clase intelectual “acomodada”, Helen representa la materialización de un discurso sociológico carente de compromiso con la realidad. Más allá de connotaciones cinematográficas, el Cabrini Green que se nos presenta en la película es real (o al menos lo era: al parecer hace unos años fue completamente demolido), pero la protagonista únicamente se sumerge en él por afanes meramente utilitarios de conocimiento. La búsqueda de Helen no es más que la búsqueda de un horror sobrenatural oculto bajo varias capas de un horror “real” que se esconde en la pobreza. Cuando aparece el “monstruo”, este es, sorprendentemente, poco fantástico, muy lejos de los adefesios mostrados en películas similares. Esto es así de forma plenamente consciente, ya que Candyman no hace sino poner en evidencia la explotación de uno de los mayores temores del burgués promedio: el hombre negro urbano.

No es esta la única alegoría evidente del latente racismo oculto incluso en los espíritus que se consideran más nobles (no hay más que fijarse en el lujoso apartamento de Helen, adornado con curiosos objetos artesanales africanos en un burdo intento de ese falso etnicismo tan de moda hoy en día), pero hay más en la película que puyas de carácter sociológico: al igual que ocurría con Pesadilla en Elm Street (1984), en Candyman encontramos un monstruo que se nutre de la dualidad presente en toda criatura mitológica del género de horror. El asesino de ultratumba (interpretado, por cierto, de forma sobresaliente por el favorito de esta casa Tony Todd) es a la vez real e irreal, una entidad macabra que cobra presencia física únicamente gracias a la creencia popular, y cuya vida está ligada de forma indisoluble a una leyenda que termina por cobrar cuerpo y alma, el fantasma de un ser marginado que termina por encontrar la trascendencia, aunque esta venga por vías demoníacas.

El tramo final es, quizás, la mayor gloria de Candyman, ya que sabe llegar de manera inequívoca a las conclusiones temáticas y estéticas que Bernard Rose deja planteadas. La trama social llega a su conclusión ideal a través de la construcción de una nueva “leyenda”, y la imagen final (ver foto) de esa rubia de marcados pezones gritando como una posesa en medio de una habitación rosa muestra, con la contundencia de una bofetada, esa invasión del horror en nuestro privilegiado mundo de comodidades pequeño-burguesas. Al estar situada en una década por lo general maltratada por los eruditos del género, esta cinta de Bernard Rose inexplicablemente no goza de la fama que debería (a pesar de contar, hasta la fecha, con dos secuelas). Pero que no quepa duda: es una de esas que no podemos recomendar lo suficiente.