Reseña: El hombre-lobo (1941)

La época dorada de los monstruos de Universal Pictures comenzó en la década de los 30, cuando Drácula y el monstruo de Frankenstein rondaban por los estudios y por el imaginario colectivo de manera rampante y desvergonzada. Pero esta fiebre alcanzaría su punto más alto durante la década de los 40, cuando sus principales cabecillas decidieron liberar a su primera criatura «original» (es decir, que no estaba basada en ninguna fuente literaria). Esa criatura fue la protagonista de El hombre-lobo (1941), ícono sin par de la cultura popular y el único de los monstruos de Universal que fue interpretado siempre por el mismo actor: Lon Chaney Jr, quien se encasquetó el peludo maquillaje de la bestia en cinco ocasiones.

Si bien el cine de licántropos ya había dado un paso importante con el estreno de El hombre-lobo de Londres (1935), fue esta cinta de George Waggner la que dio comienzo a la extensa mitología de la bestias de la noche. Es necesario acotar acá que gran parte de los elementos que rodean a este personaje no son producto (como se cree) de la tradición popular de ninguna cultura, sino fruto exclusivo de la imaginación de un hombre: el guionista Curt Siodmak, alemán de origen judío responsable de todo aquello que hoy identificamos con los licántropos, desde la transformación por medio de la luna llena hasta el contagio a través de la mordida y la muerte gracias a una bala de plata. Siodmak, que había llegado a Estados Unidos huyendo del régimen nazi, concibió la historia de El hombre-lobo como un cuento mucho más ambiguo en el que la transformación licantrópica nunca era vista de manera explícita, dejando abierto cierto margen de interpretación acerca de si el origen de los crímenes del protagonista era realmente una metamorfosis o un estado de locura. Además, el escritor nunca dejó de resaltar el hecho de que, para él, el hombre-lobo no era más que una metáfora del hombre bueno entregado a la bestialidad de su lado más perverso, lo que en su mente equivalía a una interpretación de los crímenes del nacional-socialismo (en este sentido es interesante el detalle estético que nos ofrece la película: el hombre-lobo «selecciona» a sus víctimas cuando ve aparecer en ellos la imagen de una estrella, referencia velada al origen judío de las principales víctimas de los nazis).

Pero la profundidad de tal drama psicológico no interesaba a los estudios, de manera que Siodmak convirtió su guión en lo que hoy conocemos: una deliciosa muestra de serie B con un valor nostálgico inigualable: Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) llega a un pequeño pueblo inglés para reunirse con su padre después de años separados por una disputa familiar. Allí parece haber encontrado todo lo que quiere, incluyendo los encantos de una jovencita pueblerina. Pero todo se complica una noche en que es atacado por un licántropo durante un paseo por el bosque (el licántropo es Bela Lugosi, quien ya para esas fechas comenzaba a ver decaer su popularidad). Poco a poco, y siguiendo las advertencias de una vieja gitana que conoce su secreto, Larry se convierte él mismo en el hombre-lobo, y su desesperación aumenta cuando se descubre incapaz de controlar la maldición y proteger a aquellos que ama.

El hombre-lobo es una de las películas más sencillas que hiciera Universal en su época. La trama no alcanza la complejidad de El hombre-lobo de Londres, pero cuenta sin duda con una mejor factura técnica y mejores actores. El carisma de Lon Chaney Jr. es sin duda lo más destacable (al parecer el estudio intentó convertirle en una nueva estrella del cine de terror como había hecho antes con Lugosi y Karloff), pero tampoco hay que desdeñar el cuidado que se aprecia en la creación de un ambiente, incluyendo ese escenario del bosque oscuro rebosante de niebla que se usaría en otras producciones durante varios años. Este servidor, sin embargo, nunca ha sido un gran fanático del ya clásico maquillaje de Jack Pierce, que desafiaba la lógica al mostrarnos al hombre-lobo sólo a través de su rostro, manos y pies visibles a partir de su camisa y pantalones oscuros, aun cuando antes de su transformación estuviese vestido de otra manera. Pero a pesar de que no me guste este maquillaje, tengo que creerle a un experto como Rick Baker cuando me dice (en el material adicional de esta edición) que tal muestra de ingenio resultaba revolucionaria en una época en la que todavía no se utilizaba el látex.

Resulta paradójico que haya sido precisamente el éxito de una película nefasta como Van Helsing (2004) lo que haya rescatado el interés por parte de Universal de ofrecernos aquellas joyas de su pasado en formato digital. No voy a ser yo el que se queje, porque lo que sí es seguro es que las tribulaciones de Larry Talbot son algo digno de verse.

 

Reseña: El hombre-lobo de Londres (1935)

Teniendo cuidado de no confundirla con el título similar de John Landis, la película El hombre-lobo de Londres (1935) puede ser vista como un buen plato adicional de lo que fue la época de los monstruos clásicos de Universal Pictures durante los años 30 y 40. Se trata asimismo de la mejor cinta de licántropos hecha en ese entonces por el estudio, hecho curioso si se toma en cuenta que no contaba con ninguna gran estrella que lucir en el reparto. Quizás allí radica su éxito, ya que al no poder ondear la bandera de ningún «nombre», la película podía centrarse más en crear una atmósfera y desarrollar unos personajes, que sin duda se habrían visto eclipsados por la presencia de rostros tan carismáticos como el de Lon Chaney Jr, auténtico acaparador de transformaciones licantrópicas varios años más tarde.

Lo cierto es que esta película ya contaba con varios de los elementos que harían de este tipo de cine algo muy exitoso, si bien los clásicos elementos de la mitología del «hombre-lobo» (mitología que, por cierto, es enteramente cinematográfica, por lo que no es arriesgado decir que el licántropo es una bestia parida por el mundo del cine) aún no están presentes en su totalidad. Sin embargo, se agradece una historia compleja y ambiciosa para los estándares serie B del estudio: Wilfred Glendon, afamado botánico inglés, recorre el Himalaya buscando un ejemplar de una rara planta que sólo florece a la luz de la luna. En el trayecto, es atacado por un hombre-lobo, que le deja de recuerdo una mordida en el brazo. A su regreso a Londres, Wilfred es visitado por el misterioso doctor Yogami, científico como él, que afirma haber sido el responsable de su ataque en los montes del Tibet. Yogami le advierte que la luna llena le convertirá en licántropo y le obligará a matar, a menos que él le ayude a elaborar un antídoto a partir de la planta que guarda celosamente. Por supuesto, Wilfred no presta oídos a su sugerencia, creyendo que se trata de un rival más que ansía robarle su descubrimiento. A partir de allí comienza la transformación de Wilfred en una peligrosa bestia, y su situación empeora cuando Yogami roba la preciada planta, dejando al protagonista inmerso en un problema que no parece tener solución.

El hombre-lobo de Londres fue producida por Carl Laemmle, quien tuvo a su cargo varios de los diferentes productos de terror de la Universal por esa época. También contó con las artes del maquillador Jack Pierce, auténtico pilar de los efectos especiales y creador de prácticamente todos los maquillajes de monstruos del estudio. Pierce, sin embargo, no desarrolla aquí el concepto del hombre-lobo en todo su potencial, manteniendo el maquillaje del protagonista al mínimo, si bien su transformación resulta bastante ingeniosa. En términos actorales, Henry Hull es más que correcto como Wilfred Glendon (aunque su parecido físico con Billy Crystal me distrajo en más de una ocasión). Resulta curioso que la historia de este hombre-lobo londinense parezca una variación de El doctor Jekyll y Mr. Hyde, historia con la que guarda grandes paralelismos. Después de todo, la bestia en la que se convierte Wilfred es un asesino sediento de sangre, pero que no esta exento de racionalidad, ya que al menos es lo bastante inteligente para operar maquinarias complicadas y hasta calzarse capa y gorro antes de salir a matar. Sus crímenes también parecen (en cierta medida) guiados por un esfuerzo consciente: el doctor Yogami, entre sus numerosas revelaciones, le advierte a Wilfred que a menos que logre matar a por lo menos una persona cada vez que se transforme, su cambio se hará permanente.

Pero de la misma forma, esta película introduce conceptos muy interesantes que, curiosamente, no serían explotados hasta muchos años después, como por ejemplo el del hombre-lobo como símbolo de la desbocada sexualidad masculina. No es casualidad que el licántropo prefiera como víctimas a las mujeres, de preferencia (pero no exclusivamente) aquellas de cascos ligeros, a las que no seduce como haría un vampiro, sino a las que toma a la fuerza, generalmente destrozándolas después. Esta naturaleza brutal, que contrasta radicalmente con aquella del frío y racional científico, es la que desencadena la locura de Wilfred, quien progresivamente se siente alejado de aquellos a los que ama, especialmente de la esposa que cada vez más se aparta de sus manos. Como nota curiosa, Wilfred toma la decisión correcta en esta ocasión, y para cuando llega el clímax de la película, el resultado es el único posible. ¿Defectos? Quizás un poco de cursilería final (típica, por otra parte, de una gran muestra del cine de la época) y la ausencia de lo que en todo momento esperaba: una confrontación entre los dos licántropos protagonistas. Por otro lado, El hombre-lobo de Londres es una película fundamental para aquellos seguidores de este particular tipo de monstruo, y no sólo por su valor histórico, sino como muestra de lo que es cine con alma propia.