Reseña: The Amityville Murders (2018)

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Por increíble que parezca, es probable que haya hablado demasiado pronto cuando nombre a Amityville Dollhouse (1996) la más floja entrega de la saga de Amityville. Parece que más bien ese puesto debe ser reservado para su entrada más reciente, The Amityville Murders (2018), precuela de explotación que descubrí hurgando en servicios de streaming y de la que no sabía nada a pesar de que debería haber escuchado hablar de ella gracias a su guionista y director, Daniel Farrands, quien en los últimos años se ha granjeado mala fama gracias a películas “polémicas” que explotan casos reales con ángulo de cine de terror como The Haunting of Sharon Tate (2019) o The Murder of Nicole Brown Simpson (2019), además de esta de la que hablamos hoy.

Lo cierto es que las tres películas terminan pareciéndose mucho, no sólo por el hecho de usar un evento real como base argumental sino también en unos valores de producción bastante mejorables. Esta cinta, sin embargo, tiene un componente de género mucho más marcado ya que pese a ser indepentiente de otras entregas de Amityville, sí que mantiene su mirada fija en la saga original al relatar no la historia de la familia Lutz y su mudanza a una casa embrujada sino el misterioso crimen original, el asesinato por parte de Ronald DeFeo a todos los miembros de su familia, todos ellos con sus nombres reales. En realidad estamos hablando de un remake encubierto de Amityville 2: The Possession (1982), algo que queda bastante claro con la presencia de Diane Franklin en el elenco, quien hacía de la hija DeFeo en la película del 82 y que aquí interpreta a la madre.

Una cosa curiosa de esta nueva entrega es que Farrands ha decidido por lo visto mantenerse lo más fiel posible no sólo a los hechos “reales” sino también a la percepción que estos han tenido en la cultura popular. Varios de los elementos más conocidos de la saga de Amityville están aquí: las ya icónicas ventanas de la casa, la “habitación roja” del sótano, las distintas apariciones que van atormentado al hijo mayor. Pero también hay un énfasis muy fuerte en el drama de una familia disfuncional traumatizada por un padre tiránico, así como un guiño hacia una quizá menos conocida teoría de la conspiración que involucraba a la mafia. Todo esto por desgracia está mezclado con un componente místico/fatídico increíblemente forzado, que busca dar a la historia un aire de fatalidad demasiado solemne y que termina pareciendo una broma, lo que sólo se ve empeorado por una estética muy cutre y unas actuaciones realmente pobres.

A todo esto hay que sumar el hecho de que esta es una película muy monótona que tarda mucho tiempo en mostrar algo interesante. Comparada con la segunda entrega de la saga está claro que se trata de un trabajo muy inferior a pesar de tocar el mismo tema, y por momentos pareciera que no sabe muy bien si quiere ser una cinta de terror al uso o un pseudo-documental dramatizado de los crímenes que dieron origen a la historia de la casa. En realidad se trata de un trabajo muy pobre que delata un afán de explotar vulgarmente una tragedia real vendiéndola como algo dotado de un mayor significado del que realmente tiene, con lo que entiendo el rechazo que han generado las películas de este director hasta ahora. Por mi parte, esta es la última cinta de Amityville que me faltaba por reseñar, y aunque sé que en cualquier momento habrá más, considero que con esta hemos realmente tocado fondo.

Reseña: Amityville: el despertar (2017)

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Después de pasar años en un infierno de distribución que todavía no se ha resuelto del todo (se trata de una película nada fácil de ver legalmente en muchos países), algunas expectativas se habían levantado en torno a Amityville: el despertar (2017), a las que mi afán de completismo por supuesto no se ha podido resistir. Contrariamente a lo que creía en un principio, esta nueva película acerca de la casa embrujada más famosa de los Estados Unidos no es una secuela tardía de la película de 2005, pero tampoco es un remake de la original de 1979. Se trata, por increíble que parezca, de una película completamente independiente producida por Blumhouse y puesta bajo la dirección del muy eficiente director francés Franck Khalfoun, habitual colaborador de Alexandre Aja y que ya tiene en su haber cintas muy buenas como P2 (2007) o el remake de Maniac (2012), aunque aquí no parece que le hayan dejado demasiadas libertades.

La trama es la misma que ya hemos visto en otras encarnaciones, con una nueva familia mudándose a la casa de la Ocean Avenue 112 y comenzando a ser acosadas por un mal que habita en sus paredes. Tres cosas, sin embargo, la distinguen de sus antecesoras: la primera de ellas es su enfoque juvenil con Bella Thorne encarnando el ya muy conocido arquetipo de hija rebelde a quien nadie cree a pesar de ser la primera en reconocer el carácter maligno de la vivienda. La segunda es la subtrama de un hijo enfermo que se convierte en el blanco de las fuerzas sobrenaturales, algo que emparenta a esta película con la ya reseñada aquí Exorcismo en Connecticut (2009). La tercera, y esto es sin duda alguna lo más curioso de todo, es que en esta ocasión sus creadores han dado un giro metanarrativo a toda la historia; uno de los motivos por los cuales sabemos que no se trata de un remake es que esta película transcurre en un universo en el que las películas de Amityville existen, e incluso tenemos una escena en la que los personajes están literalmente viendo en la tele la original de 1979, a la vez que se hacen velados comentarios acerca de cómo las nuevas versiones de los clásicos del terror suelen dejar mucho que desear.

Este guiño, que por un momento pensé iba a ser más explotado, termina sin embargo siendo algo meramente anecdótico, ya que todo el resto de la película resulta muy convencional y se convierte en una historia de posesiones muy de andar por casa a pesar de que toda la subtrama del hijo en coma siendo acosado por el Mal es algo genuinamente inquietante y que podría haber dado mucho juego, tal como demuestra el por otro lado muy eficiente trabajo del actor Cameron Monaghan. Si la película se hubiera centrado más en este misterio, en la por otro lado ambigua representación de la madre interpretada por Jennifer Jason Leigh (que parece tener motivaciones ocultas que nunca son exploradas del todo en la película) o en las propias manifestaciones sobrenaturales de la casa, estaríamos hablando de algo muy superior ya que algunas de sus ideas prometen. Por desgracia esta también es una cinta que fue mutilada por la censura en un intento de hacerla más comercial para un público juvenil que en teoría era el ideal debido a la presencia de su actriz principal.

Lo triste del asunto es que estamos hablando al final de una película mediocre que ha sido condenada a la ignominia por cosas que no tienen que ver con la cinta en sí sino con los numerosos problemas que ha tenido para ser realizada y distribuida. La saga de Amityville nunca ha producido lo que se dice buen cine de terror, pero esta al menos tiene ideas y detalles que la podrían poner entre las mejores que se han producido basadas en esta casa embrujada. Tal como está lo que nos ha quedado es una película de terror del montón con unas fuertes ansias de explotación pura y dura, como demuestran sus sustos descafeinados, su muy básica mitología y sus numerosos planos de Bella Thorne en braguitas. No es terrible, pero sí francamente olvidable.

Reseña: Amityville Dollhouse (1996)

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Retomando lo que parece ser todo un proyecto de vida, llegamos a la octava entrega de la saga de Amityville, titulada Amityville Dollhouse (1996), una producción lanzada directamente en formato doméstico y que viene a ser básicamente un exploit de la premisa de las películas anteriores, con un toque ligeramente distinto pero cuyos valores de producción terminan pasándole factura de la peor manera. Reuniendo todos los vicios del terror de usar y tirar, estamos hablando de la que probablemente sea la peor entrega de la saga; las peores actuaciones, la peor dirección y sin duda el peor guión. Esto último se agrava porque todas y cada una de las escenas están rodadas como si de una comedia se tratase, con mención especial para las escenas de sexo, de las más cutres que se hayan visto incluso para los estándares de mediados de los noventa.

Una vez más, y como viene siendo tradición desde la cuarta entrega, la historia tiene lugar en otro sitio distinto a la casa de Amityville y la maldición parece provenir de un objeto, en concreto una casa de muñecas modelada (por algún motivo que se me escapa) a partir de la famosa vivienda embrujada del 112 de la Ocean Avenue.  Dicha casa de muñecas es hallada por el padre de una familia en su nueva propiedad, y a partir del momento en que se la regala a su hija comienzan a ocurrir hechos paranormales que poco a poco van minando a una familia que parecía ya un tanto disfuncional de entrada.

Pero a pesar de que todos estos son elementos que hemos visto con anterioridad, esta película no tiene realmente ninguna conexión con las anteriores; de dónde vino la casa de muñecas (la vivienda a la que se muda la familia fue construida por ellos sobre unas ruinas), el por qué esta es igual a la casa de Amityville o el origen de la maldición son cosas que nunca se explican, aunque francamente tampoco parece que importen nada. Por el contrario, todo el metraje se va en la formación de conflictos que afectan a cada uno de los miembros de la familia por separado, una idea que francamente me pareció buena, pero que muy pronto se abandona porque está claro que no todas estas historias tienen el mismo peso. Cosas como la pasión incestuosa de la madrastra por su joven hijastro o el gradual descubrimiento de lo sobrenatural por parte de la hija pequeña son subtramas que se abandonan y que no llegan a cerrarse nunca.

Todo esto se ve afectado, por supuesto, por unas actuaciones realmente pobres, una estética prácticamente de sitcom y una dirección poco imaginativa que lleva a momentos realmente vergonzosos ya que parece que la película no se está tomando a sí misma en serio a pesar de que toda su comedia es involuntaria. El final eleva los niveles de serie Z hasta lo indecible con una confrontación contra demonios de látex y mundos paralelos que podría haber dado juego si hubiesen al menos sido introducidas gradualmente para justificar la presencia de la casa de muñecas como puerta al horror, ya que si yo tuviera que señalar un objeto maldito de esa casa hubiese sido probablemente la chimenea, mucho más relevante para la trama. En fin, Amityville Dollhouse es hasta la fecha la peor entrega de la saga que he visto y la recomendaría únicamente para nostálgicos de esa estética tan reconocible de video club de los noventa. Esos mismos nostálgicos quizás reconozcan en un pequeño papel a la joven Lisa Robin Kelly, quien tuvo un papel secundario en las primeras temporadas de That 70’s Show y que salió de la serie debido a sus múltiples problemas con las drogas. Amityville es una saga que por lo visto se niega a morir, y estoy seguro de que volverá por más que el éxito siga escapándosele.

Reseña: The Grudge (2020)

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Apenas veinte años tras su primera encarnación, la gente de Ghost House Pictures nos trae esta nueva versión de The Grudge (2020), su segundo remake americano y décimosegundo largometraje de una saga que se niega a morir (décimotercero en realidad sin contamos este). El anuncio de este remake fue algo que en su momento me tomó por sorpresa, porque no sé si en realidad alguien lo estaba pidiendo. Había sin embargo cierto entusiasmo por ella teniendo en cuenta que su director era Nicolas Pesce, el mismo de la muy celebrada Los ojos de mi madre (2016). Al final no sé qué tanta influencia haya tenido este cineasta ya que esta nueva versión no pasa de ser una película de terror muy convencional de nuestros tiempos, y a pesar de que tiene innegables aciertos, es poco lo que puede hacer para hacernos olvidar el recuerdo ya no de la original, sino incluso de su primera versión occidental del 2004.

A pesar de que en esta ocasión estamos hablando de un soft reboot (es decir, una cinta que pese a ser un remake busca tener también algo de continuidad con la saga original) la trama es básicamente la misma de todas las entregas anteriores: una maldición viral que gira alrededor de un horrible crimen y que se aferra a todos aquellos que ponen pie en la casa donde se perpetró el asesinato. La principal novedad es que en esta ocasión los personajes son todos americanos y la película transcurre por completo en los Estados Unidos. Todo lo demás resulta igual; de hecho, una de las mayores sorpresas positivas que me llevé es que la película mantiene el esquema narrativo de las originales al estructurar el argumento en varias tramas que se intercalan en desorden cronológico. Eso sí, no parece que se hayan fiado mucho de la inteligencia del público ya que la cinta te va guiando no sólo indicando mediante rótulos el año en el que transcurre cada historia (curiosamente entre 2004 y 2006 por algún motivo) sino también con ub marco narrativo que engloba todas las subtramas y lo deja todo bien atadito.

Curiosamente, no he leído casi comentarios acerca de otro de los aspectos que este remake consigue recuperar de la original y es el lado dramático; aparte de la historia de fantasmas, todos los personajes de esta película parecen estar afectados por una pérdida o una situación familiar muy jodida, lo cual puede parecer poca cosa pero tiene el efecto de hacer que como público nos identifiquemos con los personajes y terminemos sufriendo con ellos, algo que puede que no salve la película del todo pero que al menos le da ese tono deprimente y desesperanzador que la original japonesa tenía y que sus contrapartes americanas en mayor parte no supieron reproducir. En ese sentido está muy bien y pienso que consigue momentos y escenas rescatables, ciertamente mucho más que el muy superficial gore (excesivo e innecesario en muchos momentos), los sustos baratos y ciertos momentos de la trama poco creíbles.

Ese viene a ser el único problema que tengo en realidad con la película; no hay casi sorpresas, resulta muy predecible en todo momento y pese a que ciertos pasajes demuestran un oficio mayor de lo que podría esperarse, sigue siendo en el fondo una cinta de terror de las muchas que se estrenan en enero y que están destinadas por lo visto a cubrir una cuota. Me alegra que haya recuperado algunos elementos de la original que se habían perdido con sus numerosas encarnaciones (incluso en Japón) pero sigue teniendo muy poca personalidad. De hecho, la curiosa manera en la que transcurren los créditos finales es lo único que se sale de los convencionalismos del terror comercial y algo que la gente que acudió a mi pase comentó a la salida. No sé por qué, pero esperaba más, y pese a que no es la peor encarnación de The Grudge que hemos visto, dudo mucho que esto vaya a resucitar la saga.

Reseña: Malevolent (2018)

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Probablemente no lo sepáis, pero este año se estrenaron dos películas de terror tituladas Malevolent (2018), y creo que por desgracia me tocó la menos interesante de las dos. Esta sencilla producción de Netflix se vende originalmete a sí misma como una historia de fantasmas, y es precisamente en sus minutos iniciales donde consigue sus mejores resultados. Por desgracia, a medida que avanza va cambiando considerablemente tanto en estilo como en calidad, y lo que comienza como un muy sutil y atmosférico relato se convierte en una sucesión de golpes de efecto con muy poco sentido y un muy lamentable acabado final.

El principio al que me refiero es el momento en que establece a sus personajes, una pareja de hermanos que explota las supuestas facultades psíquicas de la chica para engañar a la gente ofreciéndose para limpiar casas de la presencia de fantasmas, algo que evidentemente no es más que un muy elaborado fraude, y que finalmente se ven metidos en algo más grande de lo que pueden lidiar al entrar en contacto con un caso real donde pondrán en peligro sus vidas. Es interesante destacar que, a diferencia de otras películas con premisas similares como Grave Encounters (2011), aquí se nos deja muy claro desde el principio que los poderes paranormales de la protagonista son auténticos aunque su trabajo sea una farsa, y que sólo accede a llevar a cabo el encargo (una mansión acosada por los fantasmas de unas niñas que fueron asesinadas) por las presiones económicas que afligen a su hermano.

Es precisamente esa escena en el principio, donde se nos demuestran los poderes de la chica, cuando tiene lugar la única escena realmente pavorosa de todo el metraje, y recuerdo pensar en ese momento que si toda la película iba a ser así, estábamos frente a algo que se perfilaba como una gran obra de terror. Por desgracia es aquí donde se acaba lo bueno; tras conseguir ese fantástico ambiente de silencios y planos sostenidos tanto al principio como durante gran parte de la estadía en la casa, la película va poco a poco cambiando de tono hasta convertirse ya no en un relato explícito de fantasmas y aparecidos sino directamente en algo distinto, una vez que el argumento de la maldición es explicado y nos adentramos en una historia de crímenes que desemboca en un tercer acto demencial lleno de torturas, violencia y una trama de psicópatas muy de andar por casa. Este ángulo diametralmente opuesto a aquello que se nos había mostrado hasta entonces no funciona entre otras cosas porque reduce el impacto del lado sobrenatural del argumento, que se ve rematado con la estética muy pobre y poco inspirada de los fantasmas, pero sobre todo por una violencia muy caricaturesca que choca de frente con la sutileza que la película había demostrado hasta entonces.

Lo más triste de todo esto es que todo el principio prometía y Malevolent las tenía todas consigo para ser un trabajo destacable en vez de rendirse a los preceptos de un cine de terror de torturas que quedó atrás hace ya una década. El por qué esta fue la decisión tomada es algo que se me escapa, pero el par de momentos buenos en cuanto a estética y recreación de lo sobrenatural no compensan esa sensación de familiaridad que desprende todo su tercer acto. Tampoco puedo decir que sea una decepción ya que esta fue una película a la que llegué sin ningún tipo de información previa y que por el contrario “descubrí” casi por casualidad. Aún así, una pena.

Reseña: The Haunting (1999)

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Para cuando se publique esta entrada se habrá ya estrenado la adaptación en formato serie de The Haunting of Hill House dirigida por Mike Flanagan para Netflix, y cuando inevitablemete comencéis a quejaros de lo mucho que os ha decepcionado, haréis bien en recordar esta fallida película de 1999 basada en la misma novela y que reinventó no sólo el libro de Shirley Jackson sino también su ya icónica primera adaptación de los sesenta convirtiéndola en algo diametralmente opuesto a lo que se suponía tenía que ser: The Haunting (1999) es una película de terror pero también es, y me temo que sobre todo, un espectáculo de efectos especiales digitales que dista mucho de la atmosférica y minimalista historia de casa embrujada que todos conocemos.

Parte de esto se explica por la escogencia de su director, el holandés Jan de Bont, un cineasta que alcanzó cierta popularidad en los noventa gracias a películas de acción como Speed (1994) y Twister (1997). De Bont, quien ya tenía una larga carrera como director de fotografía, para 1999 ya estaba viendo su estrella en plena retirada y tomó este proyecto originalmente concebido como una colaboración entre Steven Spielberg y Stephen King (King por lo visto terminaría reutilizando el material escrito para la miniserie Rose Red (2002), estrenada algunos años más tarde) para convertirlo en un relato heróico en el que un grupo de desconocidos participa en un experimento en una casa embrujada y terminan enfrentándose a una maldición tejida alrededor de un maléfico personaje que secuestraba y asesinaba niños.

Aparte de este tono de aventura oscura con héroes y villanos, lo que realmente caracteriza esta nueva versión de The Haunting es su marcado énfasis en los efectos especiales, algo por otro lado bastante común a finales de los noventa y que incluso veríamos replicado en otros remakes contemporáneos de casas embrujadas como House on Haunted Hill (1999) y 13 fantasmas (2001), las cuales también convertirían historias sutiles y minimalitas en orgías CGI. En este caso, la casa en la que quedan encerrados Eleonor y compañía se presenta como un lugar que parece estar vivo, con paredes, puertas y muebles que no sólo esconden pasadizos secretos y cámaras ocultas sino que además, llegando el momento, incluso se mueven por voluntad propia. El efecto, lo admito, es interesante aunque tenga muy poco de terrorífico y nada que ver con la original, pero llega a cansar un poco y sobre todo hoy en día se encuentra un tanto desfasado ya que precisamente los excesos informáticos de aquel entonces no han envejecido lo que se dice muy bien. Por fortuna la película lo compensa un poco ya que su extravagante estética se materializa también en unos escenarios “reales” que consiguen distraer por momentos de lo absurdo que resulta todo.

En general el principal problema sigue siendo precisamente ese derroche estético que por desgracia no se ve equilibrado por una trama interesante. A pesar de contar con un elenco lleno de actores que por aquel entonces estaban en su mejor momento, la única que hace una actuación más o menos memorable es Lili Taylor como Eleonor y el resto son bastante olvidables, incluso una Catherine Zeta-Jones que está allí como indiscutible reclamo erótico. La cinta intenta compensar hasta cierto punto su muy débil argumento aumentando las dosis de aquello que no mostró la original: violencia y sobre todo fantasmas, muchos fantasmas que aparecen por doquier y de manera explícita prácticamente desde el principio. Entre eso y la confrontación final con el monstruo que habita la casa, la película termina convirtiéndose en algo más parecido a una versión caricaturesca de un relato gótico que nada tiene que ver con Shirley Jackson. Dicha manera de abordar el cine de casas embrujadas no cuajaría, al menos no fuera de la comedia. Por este motivo, esta versión de The Haunting ha pasado a la historia como una rareza un tanto exótica de una época dada a los excesos, tanto que si hoy la resucito es sólo para evidenciar que a veces no queda más remedio que volver con gusto a los orígenes, que aunque no parezca que tenga mucho que ver con la novela en cuanto a argumento, sí parece recuperar algo del espíritu original que la cinta de Jan de Bont dejó perder.

Reseña: The Lodgers (2017)

El terror sobrenatural mainstream es, con toda seguridad, el más prolífico de todo el panorama de miedo que nos podemos encontrar hoy en día, y The Lodgers (2017) está destinada a engrosar sus filas prácticamente desde su concepción, ya que se trata de una obra en la que todo está medido para tocar las teclas justas en un público muy habituado a este tipo de trabajos. Aunque muy probablemente no terminemos viéndola estrenada en un cine, esta producción irlandesa del muy interesante director Brian O’Malley es explotación gótica de principio a fin, aunque lamento decir que con ella se ha perdido una oportunidad muy evidente para tocar ciertos temas y dar a la película algo de sustancia. Al final, esta historia de fantasmas y maldiciones familiares termina siendo poco más que una historia de terror gótico muy similar a las que llevamos viendo desde siempre, y sus referentes más claros tanto en el cine como en la literatura no la salvan de ser un trabajo muy superficial que podría haber dado para mucho más.

Cuando hablo de referentes me refiero principalmente al batiburrillo que la historia se marca con varias historias de caseríos siniestros que conocemos muy bien, sobre todo La caída de la casa de Usher, con la que comparte muchos elementos tales como la historia de una familia maldita y la representación de la nobleza como un aspecto decadente que se manifiesta en una trama de incesto para nada sutil ya que constituye uno de los principales puntos de la obra. En concreto es la historia de dos jóvenes hermanos que comparten una enorme mansión prácticamente en ruinas en las afueras de un pueblo durante la Primera Guerra Mundial y que son constantemente acosados por los fantasmas de sus padres, que incluso desde el más allá les impiden poner pie fuera de su casa una vez que se pone el sol.

La película revela la existencia real de los fantasmas desde el principio, con lo que cualquier idea de ambigüedad es abandonada desde el primer momento. De hecho, es mucho más interesante la relación entre los dos hermanos, un enfrentamiento entre el el oscuro y atormentado hermano varón que sólo desea obedecer a sus padres y perpetuar la maldición familiar y la joven chica que por el contrario desea escapar y liberarse de las ataduras de su familia. Es esta confrontación, esta relación de amor-odio entre los dos aquello realmente atractivo del argumento y ante lo cual todo lo demás se siente como un agregado superficial y banal, no sólo los componentes de terror y la aparición explícita de los fantasmas sino también la subtrama amorosa que surge entre la chica y uno de los jóvenes del pueblo, un romance salido un poco de la nada y que no aporta realmente mucho.

Pero el principal punto en contra de The Lodgers y aquello a lo que me refería en un principio como oportunidad perdida es que el argumento deja asomar un interesantísimo subtexto acerca de la entrada  en el siglo XX y la inevitable desaparición de la decadente nobleza europea de antaño ante su propia degradación e inutilidad en el mundo moderno, representado en ese caserío que se cae a pedazos y esos hermanos encerrados que desean (cada uno a su manera) escapar de su situación. Eso resultó para mí lo más destacable, y un tema por el cual por desgracia se pasa de puntillas en beneficio de unas imágenes fantasmales de espectros acuáticos que he terminado viendo por todas partes desde principios de la década pasada. En este sentido la película resulta eficiente, pero también una ligera decepción ya que podía haber sido mucho más.

Reseña: Ju-on: White Ghost (2009)

Quienes hayan seguido este blog desde sus inicias conocen de sobra mi confesa debilidad por la saga de The Grudge en todas sus (numerosas) encarnaciones, ya sea con los telefilmes originales, los largometrajes japoneses, su remake americano y un largo etcétera que sería demasiado para este espacio. Recientemente nos enteramos de que Hollywood prepara un nuevo remake (sí, otro) que comenzará la historia desde el principio, y que su director y guionista será Nicolas Pesce, cuya obra The Eyes of My Mother (2016) pasó recientemente por aquí. ¿Qué mejor excusa para volver a la saga original y terminar de echar un vistazo a las cinco películas que nos quedaban para completar la saga?

Lo cierto es que esta que tenemos hoy no se trata de una secuela, sino de la primera mitad de un curioso experimento que surgió en 2009 para celebrar los diez años de la saga: el propio Shimizu dejó esta vez las riendas de la dirección en otras manos y se limitó a producir dos cintas estrenadas en paralelo, al estilo y con los temas de Ju-on: The Grudge (2003) pero con argumentos completamente independientes, películas que homenajeaban la trayectoria de la saga pero que al mismo tiempo volvían a sus más modestos inicios. El primero de estos trabajos que tocaremos aquí es Ju-on: White Ghost (2009).

Si bien, como decíamos arriba, la historia es completamente distinta, todos los puntos importantes de la saga se mantienen: White Ghost trata también sobre una maldición viral ligada a una casa y que se va extendiendo sin piedad a todos aquellos que entran en contacto con ella. Al igual que sus predecesoras, está narrada en fragmentos autoconclusivos que se centran en distintos personajes, presentados en un orden no-lineal que obliga al espectador a ir armando la trama dentro de su cabeza. Esta, sin embargo, es muy sencilla y la escasa cantidad de diálogos hace que sea muy fácil de seguir. De todas formas, como siempre, el énfasis de la película se encuentra en las muertes surrealistas y en la magnífica atmósfera que consigue en unas escenas rodadas en plena luz del día y en espacios cotidianos. En este sentido está muy bien hecha y su homenaje a los aspectos más conocidos de la saga es sincero.

Lo único que podemos criticarle probablemente sea el hecho de que no es tan buena como las anteriores, principalmente porque es una película demasiado sencilla y poco ambiciosa: a pesar de que consigue algunas imágenes realmente inquietantes y hasta cierto punto originales, palidece en comparación con las primeras entregas de Shimizu y tanto la pobreza de sus medios como su escueta duración de una hora le dan una apariencia muy barata en ocasiones que se nota y que rebaja sus por otro lado innegables aciertos, pero incluso los más flamantes logros de este largo estaban presentes ya no en la original, sino en aquellos micrometrajes que el propio Shimizu rodó diez años atrás. La volvi a ver ahora, casi una década desde su estreno, para ver qué tal había envejecido, y aunque sigue siendo interesante y en ocasiones pavorosa, lo cierto es que se ha quedado un poco corta. A pesar de esto, aquellos que como yo sean seguidores de la saga tienen que verla, porque conserva al menos parte de aquello que hizo grande a sus antecesoras.

Reseña: The Innocents (1961)

Teníamos una deuda pendiente desde hace ya casi una década, y es que The Innocents (1961) debió haber sido reseñada hace mucho tiempo por una infinidad de razones. La primera de ellas es que su popularidad ha llegado a convertirla en una referencia incluso para aquellos que nunca se han acercado a la novela de Henry James en la que se basa, Otra vuelta de tuerca. Aquellos que sí lo hayan hecho coincidirán conmigo en que se trata de una adaptación relativamente fiel, aunque el argumento y los diálogos siguen mucho más de cerca a la adaptación para teatro escrita por el británico William Archibald, que es de donde proviene el título de la película en inglés. Aquel que le pusieron en castellano, Suspense, nunca me ha gustado mucho.

Al igual que en la novela de Henry James, una mujer viaja a una enorme mansión donde deberá trabajar de institutriz para dos niños marcados por un padre ausente y una siniestra historia acerca de los antiguos sirvientes de la casa. Ya desde el principio la película funciona gracias a su espectacular atmósfra con esa enorme casa (una locación real) aprovechada de forma muy eficiente por el director de fotografía Freddie Francis, con largos planos sosteidos carentes de todo efectismo Gran parte de este ambiente viene dado también por las actuaciones, no sólo de la protagonista Deborah Kerr sino también de los niños, en especial de joven Martin Stephens, a quien ya conocemos de la versión original de El pueblo de los malditos (1960). La presencia de Kerr (una de las actrices británicas más conocidas de los años cincuenta) le da cierto aire de legitimidad a la película, pero su argumento y ambiente son de auténtico cine de terror, muy en la línea del estilo que el cine británico mantiene incluso hoy en día.

Lo cierto es que la importancia de The Innocents no radica sólo en su muy buen manejo del miedo y lo genuinamente inquietante de su ambiente ya que después de todo, para 1961 ya el género de casas embrujadas y terror gótico estaba más que asentado. Pero fue esta película, junto con la americana The Haunting (1963) una de aquellas obras que ayudó a dar prestigio a las historias de caseríos oscuros habitados por fantasmas, alejando a este tipo de cine de aquellos trabajos más dados a la explotación y al horror explícito. De hecho, uno de los principales objetivos del director Jack Clayton fue hacer todo lo posible para alejar a su película del estilo y la estética de los trabajos de terror gótico de la Hammer Films, que en aquel momento eran muy populares. Como ya mencionaba arriba, los personajes de los niños son probablemente lo mejor, y es sorprendente descubrir que la película no huye de mostrar aquellos temas sensibles que precisamente por el hecho de incluir niños son considerados un tabú cinematográfico: al igual que en la novela en la que se basa, esta adaptación ostenta un subtexto de perversión y de sexualidad malsana que está presente en todo momento tanto en la reprimida institutriz protagonista como en los muy dañados niños que tiene que cuidar.

Así que entre la lista de clásicos del terror que siempre se mencionan a la hora de hablar de cine de miedo fundacional, esta es una cuya fama está más que justificada. Su origen literario y su negativa a rendirse a golpes de efecto que hoy en día son un lugar común puede hacer dudar a algunos, pero vale la pena ya que resulta todavía superior a la mayor parte de historias de casas embrujadas que vinieron después. La novela de Henry James ha sido adaptada en muchas ocasiones, y su influencia se deja ver también en otras historias muy similares como Los otros (2001) de Alejandro Amenábar, pero esta sigue siendo la mejor que se ha hecho y una de esas infaltables que de vez en cuando rescatamos aquí.

 

Reseña: Amityville: El rostro del diablo (1993)

Para el estreno de la séptima entrega, titulada en España Amityville: El rostro del Diablo (1993), la larga saga de Amityville hacía tiempo que había dejado de poner los numerales romanos junto al título, quizás por vergüenza ajena de haber reciclado la misma idea una y otra vez. El título en inglés, sin embargo, es mucho más interesante: Amityville: A New Generation, ya que en cierta forma es muy coherente con el espíritu que el guión intentó dar a su película. Es decir, no estamos aquí ante un caso como el de la cuarta parte de La matanza de Texas, en las que la apelación a una “nueva generación” no tenía nada que ver con la historia; aquí por el contrario sí que se abre la posibilidad de repetir el legado maldito de la casa a través de un nuevo crimen, idea que suena mucho más interesante en papel de lo que se ve en el resultado final.

A igual que en la cuarta y sexta entrega, Amityville 7 basa su premisa argumental en objetos malditos que alguna vez pertenecieron a aquella casa embrujada y que ahora han ido a parar a otros sitios para esparcir su maligna influencia. En este caso se trata de un espejo (un evidentísimo espejo malvado a juzgar por la pinta) que un vagabundo entrega a un joven fotógrafo y que termina en una comunidad de artistas. Dicho espejo tiene por lo visto la facultad de materializar las peores pesadillas de aquellos que miran dentro de él y les empuja a cometer terribles actos de violencia, la mayoría de las veces contra sí mismos. Hasta aquí sería una trama convencional si no fuera porque hay además un intento de enlazar al protagonista con los eventos que dieron origen a la maldición de la casa y que ahora amenazan con repetirse.

Tal como está ejecutada esta conexión argumental resulta muy pobre y un tanto descabellada, pero no se puede negar que al menos, y a diferencia de entregas anteriores, esta película intenta dar cierta continuidad al conjunto con todo lo forzado que esto puede llegar a ser. Nunca llega a tener ideas tan inteligentes como su predecesora inmediata, pero su ambientación en una comunidad de artistas ofrece ciertas oportunidades estéticas que superan su por lo demás plana pinta de producción serie B noventera (incluyendo escenas de sexo con escasa luz y música de fondo). En este sentido, la mejor y más interesante muerte de todas involucra una multitud de lienzos con demonios pintados que resulta lo más memorable incluso a pesar de sus escasos recursos.

Esos serían los puntos positivos; del resto, la verdad es que resulta un tanto aburrida y mucho más lenta de lo que su tiempo de duración parece sugerir. Parece haber tenido un mejor presupuesto que la sexta entrega (no lo sé y no tengo manera de comprobarlo) con su mayor número de locaciones y personajes, pero al mismo tiempo sus ideas son menos atractivas y a pesar de que es más violenta me pareció también más pobre como película de terror al uso. Ciertamente muy mejorable.