Reseña: White Zombie (1932)

Abordada en su momento como una producción independiente con un presupuesto mucho menor que la mayoría de sus contemporáneas, White Zombie (1932) no fue muy bien recibida en su momento por la crítica, aunque con el tiempo ha sido reivindicada hasta el punto de que se considera una película de culto y, probablemente, una de las más famosas cintas que protagonizara Bela Lugosi, superada en su fama sólo por Drácula (1931). También es citada muy a menudo como la primera película de zombis de la historia del cine, una afirmación un tanto osada porque los zombis que se ven aquí no tienen nada que ver con la definición que han terminado por tener estas criaturas en el cine de terror; aquí los zombis son de su variante vudú, lo que trae a colación el carácter exótico de la cinta hasta el punto de que yo dudaría incluso en clasificarla como una historia de terror y más bien como una oscura película de aventuras con damiselas en peligro, héroes intrépidos, un malsano triángulo amoroso y un villano caricaturesco.

Obviamente no todo el mundo lo vio así, y White Zombie de hecho se esfuerza por ofrecer componentes de terror a lo largo de su metraje intentando aprovechar al máximo sus recursos. Como comentaba arriba, esta fue una producción muy modesta que sospecho debe haber usado gran parte de su presupuesto en contar con Bela Lugosi en el reparto, ya que el resto del elenco se trataba sobre todo de antiguas estrellas del cine mudo venidas a menos como Joseph Cawthorn, un actor principalmente asociado a comedias y que aquí hace de una especie de Van Helsing tropical. La comparación con el doctor no es casual porque esta película incluso se rodó reciclando varios de los decorados de Drácula y otras películas de Universal, en un alarde de mercenarismo cinematográfico envidiable a la hora de recrear una Haití mágica en la que la pareja protagonista se enfrenta a un maligno doctor (sutilmente llamado Murder Legrende) que convierte a sus víctimas en zombis gracias a sus conocimientos de vudú.

Es precisamente este villano, interpretado por Lugosi, la imagen más reconocible de la cinta. Lugosi, quien estaba en un punto muy alto de su carrera tras su participación en Drácula, es sin duda alguna lo mejor de la cinta y su presencia aporta una gran dosis de dignidad a una trama algo básica y una estructura de aventuras muy sencilla destinada a estimular los referentes más manidos del público. Aparte de su nombre, el maquillaje que porta le hace parecer literalmente un diablo, y las numerosas escenas en las que usa sus poderes hipnóticos, sumadas a la recreación superficial del vudú y lo zombi a lo largo de todo el metraje, imprimen a la cinta una capa de exotismo que debe haber funcionado muy bien con un público que fácilmente asociaba todas las culturas foráneas con brujería. Pero también, paradójicamente, se trata de una cinta hasta cierto punto revolucionaria que con su tratamiento del horror se desmarcó del pseudo-gótico de Universal y presagiaría trabajos posteriores importantes, especialmente la obra del productor Val Lewton durante los años cuarenta. Su representación de la magia negra, la sexualidad malsana de sus villanos y la no escasa cantidad de violencia de su argumento sólo fueron posibles gracias a su condición de película independiente y al hecho de que se estrenó en 1932, antes de que el Código Hays entrara en pleno vigor.

Como decía más arriba, White Zombie no caló muy bien con una crítica que no estaba preparada para ella en su momento, pero ha tenido una gran influencia posterior tanto en su estética como en sus temas, y se ha convertido en una cinta de culto para muchos. Su director, Victor Halperin, realizó una secuela pocos años después que hoy en día ha sido olvidada, y durante mucho tiempo se habló de un posible remake que no se ha llegado a realizar a pesar de que la película es de dominio público. Al menos siempre nos quedará la original.

 

Reseña: Drácula (1931)

Por supuesto, es imposible hablar del horror clásico y no mencionar a los monstruos de la Universal. Lo cierto es que este estudio ya había dejado una huella en el panorama de terror durante la época del cine mudo, pero no fue sino hasta 1931 en los albores del cine sonoro cuando darían con la fórmula para cambiar la faz del cine de terror de masas americano dando inicio a su auténtica edad de oro. Una de las primeras películas de dicho ciclo fue, como no, el Drácula (1931) de Tod Browning, que como todos sabéis ya fue la primera versión “oficial”, aunque técnicamente el guión adaptaba no la novela de Bram Stoker sino su mucho más sencilla versión para teatro de Hamilton Deane y John Balderston, que había adquirido gran popularidad durante los años veinte. Hay también una clarísima inspiración en el Nosferatu (1922) de Murnau, con escenas y planos casi calcados.

El mayor interés de la película (y sin duda alguna sus escenas más recordadas) está al principio cuando asistimos al encuentro entre Renfield y Drácula, momento en que el carácter monstruoso de la historia y su villano nos queda claro. La recreación del famoso castillo del conde y el ambiente de terror que lo acompaña fue sin duda una de las claves de su éxito y emparentó a la película de la Universal con las historias de horror de esa Europa que para muchos era la imagen de un mundo antiguo y de un pasado misterioso, una fascinación a la que el propio conde alude llegado el momento y que utiliza como su auténtica puerta de entrada en la sociedad occidental. De hecho el principal atractivo de la película, y el verdadero motivo por el cual es recordada hoy en día, es por Bela Lugosi en el papel principal. No estamos aquí ante el conde Orlock de Murnau con su apariencia de roedor monstruoso; el Drácula de Lugosi es un aristócrata exótico, un depredador sexual que utiliza sus artes de seducción pero también su más sutil poder de hipnosis. Lugosi, que ya había interpretado a Drácula en el teatro, borda el papel a la perfección y durante años fue la imagen por excelencia de este monstruo en el cine y quien le imprimió muchos de los elementos que hoy en día se consideran básicos de su personaje. Quizás eso ha terminado alterando el recuerdo de gran parte del público que cree (erróneamente) que Lugosi interpretó a Drácula varias veces en su carrera cuando en realidad sólo lo hizo en esta película y en la comedia Abbott y Costello contra los fantasmas (1948). Sin embargo sí es cierto que hizo varios papeles de villano claramente inspirados en el famoso conde.

Lo que sí está claro es que esta no es, con todo, una de las mejores obras de terror de la Universal, ni mucho menos una de las películas más logradas de su director. Browning fue principalmente, como ya hemos mencionado en otras ocasiones, un director de películas mudas que nunca logró adaptarse del todo al cine sonoro. Esto, sumado a los orígenes teatrales de su adaptación, tuvo como resultado una cinta todavía anclada en elementos y estructuras propias del arte de la escena que hacen que por momentos parezca que estamos viendo una obra de teatro filmada: planos fijos, silencios, monólogos declamatorios, actuaciones o bien rígidas o exageradas y unos efectos especiales basados principalmente en técnicas de teatro tales como niebla, cambios de iluminación y murciélagos mecánicos. Hay que resaltar en este sentido que las transformaciones del conde (e incluso todas las muertes) ocurrían siempre fuera de escena, y que la película no tiene música, algo común en aquellos tiempos de transición al cine sonoro pero también en producciones más modestas.

Se dice que a pesar de ser su obra más conocida, Browning nunca estuvo particularmente interesado en trabajar en esta película y que varias de sus escenas fueron en realidad dirigidas por su director de fotografía, Karl Freund, quien al año siguiente dirigiría La momia (1932), otra cinta de monstruos de la Universal que es, en muchos aspectos, un remake inconfeso de Drácula. Esta de la que hablamos hoy definitivamente fue superada por muchas de sus contemporáneas, pero abrió la puerta a una nueva manera de concebir el cine de terror y fue un gran éxito de público que tendría una larga y fructífera continuidad, produciendo unas ganancias que por desgracia Lugosi nunca llegó a disfrutar en vida ni monetariamente ni en lo que concierne a su prestigio como actor. A pesar de todo es una película fundacional, y la historia acerca de su rodaje y las circunstancias de su producción es tan interesante como la obra en sí.

 

Reseña: Frankenstein y el hombre-lobo (1943)

Lon Chaney Jr. vistió la peluda carne del licántropo Larry Talbot por segunda vez en Frankenstein y el hombre-lobo (1943), secuela por partida doble, ya que continuaba tanto el argumento de El hombre-lobo (1941) como el de El fantasma de Frankenstein (1942), película en la que, casualmente, Chaney interpretó al monstruo de la novela de Mary Shelley. De hecho, los planes originales de Universal incluían el ambicioso proyecto de hacer que el actor interpretara a ambos monstruos, pero las sobrehumanas necesidades del departamento de maquillaje (nuevamente a cargo de Jack Pierce) decretaron que la criatura de Frankenstein debía ser interpretada por Bela Lugosi, quien tuvo que resignarse a representar el papel que rechazara años atrás. Fue, además, la primera película en la que los estudios Universal intentaron la fórmula de unir a los monstruos de dos sagas diferentes, y no sería la última.

De entrada el argumento de esta secuela ofrecía una pequeña dificultad: la última vez que habíamos visto a Larry Talbot, había muerto a manos de su padre. Sin embargo, ya sabemos que el estar muerto es sólo un pequeño obstáculo que superar en la carrera de cualquier monstruo de serie B, de manera que nuevamente se contó con la astucia del guionista Curt Siodmak, quien rescató a su criatura del inframundo de la manera más honrosa posible: sin dar ninguna explicación. En una de las mejores aperturas concebidas para estas películas, la historia abre cuatro años después de los eventos de la película anterior, cuando dos ladrones de tumbas se cuelan en el mausoleo de los Talbot para despojar al cadáver de Larry de sus atavíos mortuorios. Sorprendentemente, encuentran el cuerpo incorrupto, cubierto de las flores asociadas al mito del hombre-lobo. Su sorpresa no hace sino aumentar cuando los rayos de la luna llena reviven al protagonista y le transforman en la bestia que todos conocemos. Convencido ahora de que no puede morir, Larry escapa a las montañas de Rumanía en busca del único hombre que puede ayudarle a acabar con su despreciable vida: el doctor Frankenstein.

El resto de la trama sería demasiado largo de explicar, principalmente porque son demasiadas las cosas que suceden como para resumirlas sin estar contando toda la película. De todas maneras, la trama de por sí es lo bastante disparatada como para hacer cualquier explicación innecesaria. Valga decir solamente que la historia del monstruo de Frankenstein y la historia de Larry Talbot se superponen en todo momento hasta la llegada de un clímax en el que los dos monstruos entablan una lucha encarnizada. En medio de esta batalla están la hija del doctor Frankenstein y un misterioso médico llamado Frank Mannering (interpretado por Patric Knowels, quien también tenía uno de los papeles principales en El hombre-lobo, por lo que su presencia en esta secuela resulta un tanto confusa) que hurgan en los secretos dejados por el oscuro científico acerca de sus investigaciones de la vida y la muerte.

Lon Chaney Jr. está, una vez más, correcto como Larry Talbot. Su gigantesca presencia de ojos tristes resulta ya un paradigma para el personaje. Lugosi, en cambio, es lamentable como el monstruo, hecho que no se debe únicamente a su decadencia como actor para la época, sino a las circunstancias del personaje: el monstruo está ciego (producto de la película anterior) y no tiene líneas de diálogo, limitándose a gruñir y a caminar de forma erguida y tiesa. La película además recupera al personaje de la gitana Maleva, uno de los mejores de El hombre-lobo, pero no le da ningún protagonismo. Los personajes no presentan ningún tipo de evolución creíble (especialmente el doctor Mannering, quien pasa de investigador serio a científico loco en menos de cinco segundos) y la trama presenta un sinfín de situaciones disparatadas, incluyendo un número musical que parece sacado de una película completamente distinta. Pero el mayor defecto de todos quizás sea el hecho de que la historia tarda demasiado en arrancar y, para colmo, termina de manera abrupta justo cuando se pone interesante, dejándonos con un extraño sabor inconcluso.

Muy por debajo del clásico que le diera vida, Frankenstein y el hombre-lobo es más memorable por su valor nostálgico y por propiciar el enfrentamiento entre dos iconos de la cultura popular. Tomar en serio estas películas es imposible, ya que ni siquiera en su época eran vista como algo más que entretenimiento masivo de consumo rápido. Pero a pesar de sus numerosos defectos, tiene momentos lo suficientemente buenos como para dejarle alzar su cabeza por encima de varios de los productos de su particular momento histórico.

 

Reseña: El hombre-lobo (1941)

La época dorada de los monstruos de Universal Pictures comenzó en la década de los 30, cuando Drácula y el monstruo de Frankenstein rondaban por los estudios y por el imaginario colectivo de manera rampante y desvergonzada. Pero esta fiebre alcanzaría su punto más alto durante la década de los 40, cuando sus principales cabecillas decidieron liberar a su primera criatura “original” (es decir, que no estaba basada en ninguna fuente literaria). Esa criatura fue la protagonista de El hombre-lobo (1941), ícono sin par de la cultura popular y el único de los monstruos de Universal que fue interpretado siempre por el mismo actor: Lon Chaney Jr, quien se encasquetó el peludo maquillaje de la bestia en cinco ocasiones.

Si bien el cine de licántropos ya había dado un paso importante con el estreno de El hombre-lobo de Londres (1935), fue esta cinta de George Waggner la que dio comienzo a la extensa mitología de la bestias de la noche. Es necesario acotar acá que gran parte de los elementos que rodean a este personaje no son producto (como se cree) de la tradición popular de ninguna cultura, sino fruto exclusivo de la imaginación de un hombre: el guionista Curt Siodmak, alemán de origen judío responsable de todo aquello que hoy identificamos con los licántropos, desde la transformación por medio de la luna llena hasta el contagio a través de la mordida y la muerte gracias a una bala de plata. Siodmak, que había llegado a Estados Unidos huyendo del régimen nazi, concibió la historia de El hombre-lobo como un cuento mucho más ambiguo en el que la transformación licantrópica nunca era vista de manera explícita, dejando abierto cierto margen de interpretación acerca de si el origen de los crímenes del protagonista era realmente una metamorfosis o un estado de locura. Además, el escritor nunca dejó de resaltar el hecho de que, para él, el hombre-lobo no era más que una metáfora del hombre bueno entregado a la bestialidad de su lado más perverso, lo que en su mente equivalía a una interpretación de los crímenes del nacional-socialismo (en este sentido es interesante el detalle estético que nos ofrece la película: el hombre-lobo “selecciona” a sus víctimas cuando ve aparecer en ellos la imagen de una estrella, referencia velada al origen judío de las principales víctimas de los nazis).

Pero la profundidad de tal drama psicológico no interesaba a los estudios, de manera que Siodmak convirtió su guión en lo que hoy conocemos: una deliciosa muestra de serie B con un valor nostálgico inigualable: Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) llega a un pequeño pueblo inglés para reunirse con su padre después de años separados por una disputa familiar. Allí parece haber encontrado todo lo que quiere, incluyendo los encantos de una jovencita pueblerina. Pero todo se complica una noche en que es atacado por un licántropo durante un paseo por el bosque (el licántropo es Bela Lugosi, quien ya para esas fechas comenzaba a ver decaer su popularidad). Poco a poco, y siguiendo las advertencias de una vieja gitana que conoce su secreto, Larry se convierte él mismo en el hombre-lobo, y su desesperación aumenta cuando se descubre incapaz de controlar la maldición y proteger a aquellos que ama.

El hombre-lobo es una de las películas más sencillas que hiciera Universal en su época. La trama no alcanza la complejidad de El hombre-lobo de Londres, pero cuenta sin duda con una mejor factura técnica y mejores actores. El carisma de Lon Chaney Jr. es sin duda lo más destacable (al parecer el estudio intentó convertirle en una nueva estrella del cine de terror como había hecho antes con Lugosi y Karloff), pero tampoco hay que desdeñar el cuidado que se aprecia en la creación de un ambiente, incluyendo ese escenario del bosque oscuro rebosante de niebla que se usaría en otras producciones durante varios años. Este servidor, sin embargo, nunca ha sido un gran fanático del ya clásico maquillaje de Jack Pierce, que desafiaba la lógica al mostrarnos al hombre-lobo sólo a través de su rostro, manos y pies visibles a partir de su camisa y pantalones oscuros, aun cuando antes de su transformación estuviese vestido de otra manera. Pero a pesar de que no me guste este maquillaje, tengo que creerle a un experto como Rick Baker cuando me dice (en el material adicional de esta edición) que tal muestra de ingenio resultaba revolucionaria en una época en la que todavía no se utilizaba el látex.

Resulta paradójico que haya sido precisamente el éxito de una película nefasta como Van Helsing (2004) lo que haya rescatado el interés por parte de Universal de ofrecernos aquellas joyas de su pasado en formato digital. No voy a ser yo el que se queje, porque lo que sí es seguro es que las tribulaciones de Larry Talbot son algo digno de verse.