Reseña: Ju-On: The Final Curse (2015)

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Llegados a este punto cada entrada en la que hablamos de The Grudge parece ser una autopsia en la que se intenta averiguar qué pasó no sólo con una de las sagas de terror favoritas de quien esto escribe sino también con el cine de terror nipón en general. Esta nueva entrega, tal como su título indica, viene a cerrar definitivamente (¿?) la historia de los fantasmas de Kayako y Toshio de una forma muy poco satisfactoria, y un rápido vistazo es suficiente para darse cuenta de qué fue lo que se perdió con esta re-interpretación, la cual deja mucho que desear y en cierto punto se encuentra en las antípodas de aquellos aciertos que funcionaron en las muchas versiones anteriores, incluyendo su remake americano, el cual por lo visto está a punto de estrenar una nueva encarnación.

Ju-on: The Final Curse (2015) es una continuación directa de Ju-on: The Beginning of the End (2014), hasta el punto de que podríamos hablar perfectamente de una única película partida en dos. No sólo la trama tiene una continuidad directa, con la hermana de la protagonista de la película anterior intentando averiguar el paradero de esta varios años después, sino que ambas guardan prácticamente el mismo estilo y unos recursos por lo demás idénticos. Esto quizás se deba a que ambas tienen el mismo director, Masayuki Ochiai, pero lo más probable es que hayan sido concebidas como dos mitades de una única trama, ya que hay un intento sincero de atar todos los hilos argumentales que la anterior había dejado.

El problema sigue siendo que todos esos hilos no eran lo que se dice muy interesantes, y esta segunda parte no trae realmente nada nuevo; tal como ocurría en su predecesora, The Final Curse utiliza su condición de remake encubierto para cambiar por completo la historia de The Grudge, introduciendo una trama de reencarnación que mantiene el carácter cíclico de su argumento, pero sin explorarla debidamente ni atreverse a soltar del todo sus influencias originales. Una cosa que destaca mucho es que en esta ocasión es Toshio y no Kayako quien ocupa el centro absoluto de la trama, pero la película aún así no se atreve a prescindir del fantasma vengativo de la madre a pesar de que no parece tener mucha relevancia más allá del reconocimiento del público y el efectismo puro y duro. Curiosamente, es Kayako quien protagoniza la que quizás sea la única escena que me pareció de verdad terrorífica, una secuencia en una estación de metro que destaca precisamente por una sutiliza que está por lo demás ausente durante todo el resto del metraje.

Por desgracia he perdido la fuente, pero hace un tiempo escuché a alguien decir que la decadencia del nuevo horror japonés vino con la pérdida de esa sutileza formal de sus primeros trabajos y la adopción, en cambio, de un formato hiperestilizado e hiperdramatizado proveniente del anime y que se convirtió en la norma tras el éxito de películas como Llamada perdida (2004) y similares. Es algo que tiene mucho sentido, y que aquí es incluso peor ya que el escaso presupuesto de la cinta y sus poco imaginativos recursos hacen que ni siquiera pueda estar a la altura de esas pretensiones. Estas dos nuevas entregas de The Grudge han sido sin duda alguna el punto más bajo de la saga, al menos de lo que he visto hasta ahora. Podéis pasar de ellas sin problemas.

 

Reseña: Ju-on: The Beginning of the End (2014)

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Ahora que el estreno de su segundo remake americano es inminente, el cuerpo me pedía dedicar tiempo a ver y reseñar aquellas partes de la saga original de Ju-on que no había tenido oportunidad de ver. La primera de estas reseñas está dedicada a Ju-on: The Beginning of the End (2014), séptima película japonesa de la saga que, pese a que se publicitó en su momento como una muy postergada tercera entrega del trabajo original de Shimizu, es en realidad un reinicio de la serie, un remake encubierto que cuenta la maldición de Toshio y Kayako desde el principio, homenajeando en gran medida a las entregas anteriores pero también haciendo grandes cambios a la historia que ya conocemos.

Aunque lo de “conocemos” es algo que hay que tomar con pinzas. Después de todo, los once años que separan esta película de sus antecesoras inmediatas (no contamos aquí los spin-off del 2009) me hacen pensar que muy probablemente esta cinta no haya sido realizada para el mismo público de las anteriores. Algunas constantes se mantienen, por supuesto, y el argumento base sigue siendo el mismo: historias contadas en desorden cronológico que giran alrededor de la maldición de una casa y sus fantasmas asesinos, quienes dan cuenta de todos aquellos que se atreven a poner pie en ella y cuyo maleficio se extiende como una plaga. Hasta ahí la película resultará tremendamente familiar, e incluso recicla algunas de sus secuencias y sustos más famosos de entregas anteriores.

Donde radica la principal diferencia es que The Beginning of the End intenta, no siempre de forma efectiva, revitalizar la saga alterando la trama de Toshio y Kayako y dando a la maldición un origen y justificación distintos a los que siempre había tenido, sugiriendo un argumento de posesiones y un doble crimen que estaba ausente en la película original, así como un subtexto de reencarnación que estaba insinuado en la saga de Shimizu pero que aquí está más que evidenciado no sólo a través de la historia de los fantasmas sino también mediante la imagen recurrente de una espiral a la que no se le da mucho juego pese a que parece ser algo importante. Lamentablemente todos estos temas estan apenas sugeridos y la cinta prefiere centrarse en una recreación muy superficial de momentos que funcionaron en entregas anteriores pero realizados esta vez de una forma más efectista que termina destruyendo el minimalismo que marcaba sus antecesoras.

Esto último es algo que se hace muy evidente a medida que la película avanza y se rinde al uso de unos efectos especiales de saldo y una puesta en escena mucho más frenética e intensa que por desgracia no se ve acompañada por un nivel de producción que le haga justicia; la película se ve tremendamente barata incluso para los estándares de un cineasta como Masayuki Ochiai, quien sustituye a Shimizu como director y que por desgracia no logra repetir la eficacia no ya de las antecesoras, sino incluso de su propio trabajo como la mucho más disfrutable Infection (2004). En cambio, esta nueva Ju-on cae en la trampa de intentar revivir el interés por la saga original mediante la nostalgia fácil pero sin ninguno de los sutiles elementos estéticos y estilísticos que le daban toda su fuerza. Incluso las pocas imágenes y secuencias interesantes que tiene me lo  parecieron únicamente porque me recordaron a las del 2003, las cuales hubiese preferido estar viendo en vez de esto.

 

Reseña: May The Devil Take You (2018)

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Tras dejar su huella en cintas de antología como The ABC’s of Death (2012) y V/H/S 2 (2013), el cineasta indonesio Timo Tjahjanto me cae de sorpresa casi cerrando el 2018 y trayendo consigo la que probablemente sea una de las películas de terror del año. Bautizada internacionalmente con el poco sutil título de May The Devil Take You (2018), lo que tenemos aquí no es tanto otra mirada cultural como un retorno a un estilo de terror salvaje y grandilocuente, tejido alrededor de la historia de un hombre que hace un pacto con un demonio que años más tarde decide cobrarse la deuda en sus hijos, a los que acorrala en una apartada casa en ruinas en medio del bosque. Pero este planteamiento tan sencillo esconde dentro de sí una fiesta de sustos repentinos, apariciones demoníacas, brujería y sobre todo una violencia desatada a la que este director ya nos tiene acostumbrados pero que encuentra aquí su hábitat perfecto.

Pese a que en un principio pareciera que estuviésemos ante otro ejemplo de la estética fantasmal tan común en el terror asiático, Tjahjanto no tarda en dejarnos bien claras sus influencias, siendo la principal de ellas The Evil Dead (1981), con la que hay muchos parecidos y cuyas semejanzas ya han sido reseñadas por varios de los que han visto esta película. El argumento también guarda algunas semejanzas con la menos conocida Satan’s Slaves (2017), también indonesa y estrenada poco antes. Las referencias están allí, y seguro que hay muchas más que podréis encontrar de algunos de los mejores trabajos de los últimos años. Tjahjanto abraza el absurdo de su premisa e imprime a sus demonios una actitud demencial y frenética en contraposición a lo que ha sido su típica representación en el terror asiático, pero al mismo tiempo sabe dar a su película un toque de dignidad que le impide pasarse a la comedia.

De hecho, ha sido precisamente ese énfasis en el carácter brutal y festivo del horror lo que ha terminado por convencerme y lo que sin duda constituyen las mejores armas de una película que decae un poco en su parte dramática, ya que su comentario acerca de la avaricia y los inherentes peligros de un pacto sobrenatural son algo superficiales. Por fortuna todo esto se ve ampliamente compensado una vez que comienza el ataque de los demonios en la cabaña, y aunque los elementos prestados de la obra de Sam Raimi son demasiado evidentes como para no mencionarlos, no es difícil dejarlo pasar.

May The Devil Take You tiene sus problemas, por supuesto: con casi dos horas de duración, me parece un poco larga, y tampoco me ha convencido la decisión por parte de Tjahjanto de añadir un personaje de una niña que no pinta realmente nada y únicamente ofrece algunas interacciones muy poco creíbles, pero esto es lo único que le puedo criticar. Muy divertida, intensa y con un evidente talento detrás, es sin duda una de las películas de terror que más he disfrutado este año, y lo que más me sorprende es que me llegó de la nada ya que la otra película que su director ha estrenado durante el 2018 ha tenido una proyección mucho mayor. Esta la recomiendo con total sinceridad.

Reseña: Ju-on: Black Ghost (2009)

Estrenada paralelamente a su gemela ya reseñada aquí, Ju-on: Black Ghost (2009) forma parte de la bilogía de cintas producidas para celebrar el décimo aniversario de la saga de The Grudge. Esta segunda parte del binomio, al igual que White Ghost (2009), está completamente desligada de la serie original y construye en cambio su propia historia siguiendo el estilo de la obra de Shimizu. En este caso, a pesar de que en cierta forma es una especie de precuela de su compañera (parte de la película tiene lugar en la misma casa), se trata de una historia completamente independiente que se puede ver por sí sola, con lo que realmente da igual el orden en que veáis las dos cintas.

Una cosa curiosa, y que muy probablemente sea su mayor marca de identidad, es que en esta ocasión el origen de la maldición viral que acosa a los personajes no tiene nada que ver con un crimen, lo que por otro lado representa una evidente ruptura con el argumento que habían presentado todas las encarnaciones anteriores de The Grudge. El estilo narrativo, sin embargo, se mantiene: pequeñas historias contadas en desorden cronológico alrededor de personas que mueren de forma terrible a manos de un fantasma vengativo. Sin embargo, en un alarde de originalidad poco habitual en esta saga, esta vez el componente estétido es distinto al mostrar el fantasma como una mujer completamente negra de la cabeza a los pies, una sombra viviente que parece estar vinculada a una niña que permanece en coma en un hospital y que va matando a todos aquellos que entran en contacto con ella, extendiendo así la maldición.

El aspecto estético, el argumento más elaborado y el carácter quizás más surrealista de las muertes me parecieeron aspectos bastante originales que, por lo menos ante mis ojos, terminaron encumbrando esta película por encima de White Ghost, a la que supera en prácticamente todo al mismo tiempo que se aleja de forma un tanto más arriesgada de aquellos preceptos que hacieron famosa la saga original. Por desgracia los mismos fallos siguen presentes, siendo el principal de ellos ese acabado tan barato que tiene su producción, acorde con los primeros trabajos de Shimizu pero que termina perjudicando muchas de las escenas de miedo, especialmente aquellas en las que se intenta hacer uso de efectos especiales para mostrar la apariencia oscura del fantasma, así como el desenlace de exorcismo en el que la cinta adopta un tono mucho más alejado de las sutilezas de entregas anteriores.

A pesar de todo esto, sigue siendo una película de terror muy efectiva con momentos muy buenos que sin duda caerán bien a aquellos seguidores de la saga y que la hacen algo más memorable que otras entregas menos inspiradas. Como nota final, quisiera destacar el hecho de que esta es, hasta la fecha, la única entrega de The Grudge escrita y dirigida por una mujer, la cineasta Mari Asato, que ha seguido trabajando en el género de terror desde entonces. Curiosamente, este es un hecho que nunca se mencionó en su momento a pesar de que la película tiene un énfasis en los personajes femeninos que no muestran otras entregas de la saga. En todo caso, este es otro detalle que la hace interesante y digna de echarle un vistazo.

 

Reseña: Ju-on: White Ghost (2009)

Quienes hayan seguido este blog desde sus inicias conocen de sobra mi confesa debilidad por la saga de The Grudge en todas sus (numerosas) encarnaciones, ya sea con los telefilmes originales, los largometrajes japoneses, su remake americano y un largo etcétera que sería demasiado para este espacio. Recientemente nos enteramos de que Hollywood prepara un nuevo remake (sí, otro) que comenzará la historia desde el principio, y que su director y guionista será Nicolas Pesce, cuya obra The Eyes of My Mother (2016) pasó recientemente por aquí. ¿Qué mejor excusa para volver a la saga original y terminar de echar un vistazo a las cinco películas que nos quedaban para completar la saga?

Lo cierto es que esta que tenemos hoy no se trata de una secuela, sino de la primera mitad de un curioso experimento que surgió en 2009 para celebrar los diez años de la saga: el propio Shimizu dejó esta vez las riendas de la dirección en otras manos y se limitó a producir dos cintas estrenadas en paralelo, al estilo y con los temas de Ju-on: The Grudge (2003) pero con argumentos completamente independientes, películas que homenajeaban la trayectoria de la saga pero que al mismo tiempo volvían a sus más modestos inicios. El primero de estos trabajos que tocaremos aquí es Ju-on: White Ghost (2009).

Si bien, como decíamos arriba, la historia es completamente distinta, todos los puntos importantes de la saga se mantienen: White Ghost trata también sobre una maldición viral ligada a una casa y que se va extendiendo sin piedad a todos aquellos que entran en contacto con ella. Al igual que sus predecesoras, está narrada en fragmentos autoconclusivos que se centran en distintos personajes, presentados en un orden no-lineal que obliga al espectador a ir armando la trama dentro de su cabeza. Esta, sin embargo, es muy sencilla y la escasa cantidad de diálogos hace que sea muy fácil de seguir. De todas formas, como siempre, el énfasis de la película se encuentra en las muertes surrealistas y en la magnífica atmósfera que consigue en unas escenas rodadas en plena luz del día y en espacios cotidianos. En este sentido está muy bien hecha y su homenaje a los aspectos más conocidos de la saga es sincero.

Lo único que podemos criticarle probablemente sea el hecho de que no es tan buena como las anteriores, principalmente porque es una película demasiado sencilla y poco ambiciosa: a pesar de que consigue algunas imágenes realmente inquietantes y hasta cierto punto originales, palidece en comparación con las primeras entregas de Shimizu y tanto la pobreza de sus medios como su escueta duración de una hora le dan una apariencia muy barata en ocasiones que se nota y que rebaja sus por otro lado innegables aciertos, pero incluso los más flamantes logros de este largo estaban presentes ya no en la original, sino en aquellos micrometrajes que el propio Shimizu rodó diez años atrás. La volvi a ver ahora, casi una década desde su estreno, para ver qué tal había envejecido, y aunque sigue siendo interesante y en ocasiones pavorosa, lo cierto es que se ha quedado un poco corta. A pesar de esto, aquellos que como yo sean seguidores de la saga tienen que verla, porque conserva al menos parte de aquello que hizo grande a sus antecesoras.

Reseña: The Wailing (2016)

Un policía de una pequeña comunidad rural surcoreana investiga una serie de asesinatos inusuales por su carácter aparentemente arbitrario y por su tremenda violencia. Al principio se sospecha que estos crímenes pueden estar ligados a una rara enfermedad que se va apoderando del pueblo, pero pronto empieza a asomar la posibilidad de que tengan un origen sobrenatural, y nuestro policía protagonista debe darse prisa una vez que el terrible mal comienza a atacar a su pequeña hija. Hasta aquí la trama de The Wailing (2016), nuevo gran éxito del horror surcoreano, parece algo convencional, y de hecho varios de sus elementos recuerdan a otros éxitos del pasado en el cine de género de su país (tales como su estructura de thriller policial con un protagonista moralmente ambiguo). Nada más lejos de la realidad: su director Na Hong Jin ya era un nombre establecido para el momento de este rodaje, y su película de poco tiene que ver con el lado más comercial del cine de terror asiático que estamos acostumbrados a ver.

Digo todo esto porque The Wailing es una película que me vino recomendada por todos lados. Apareció en varias de las listas con lo mejor del 2016, y prácticamente todo el que la ha visto se ha deshecho en alabanzas hacia un trabajo que, lo confieso, ha puesto a prueba mi paciencia en más de una forma. El resumen que he hecho arriba en el párrafo anterior definitivamente no le hace justicia porque a medida que la trama se va adentrado en lo sobrenatural cobra una nueva dimensión que introduce muchos elementos nuevos, la mayoría girando en torno a un misterioso hombre japonés que vive cerca del pueblo y a quien Na Hong Jin convierte en la excusa perfecta para meter varias referencias a la tradición sobrenatural de la cultura budista/oriental. Todo esto hace de la cinta un trabajo muy interesante a nivel cultural y atractiva para aquellos que busquen un trabajo distinto alejado del tratamiento que el cine más convencional por lo general le da a este tipo de temas.

Sin embargo, lo que me refería en cuanto a paciencia tiene que ver con la propia estructura de la película: en un esfuerzo por adentrarse en la evolución del protagonista (inepto, fallido y moralmente cuestionable como lo son la mayoría de los “héroes” de estos policiales surcoreanos) y en los elementos sobrenaturales de su trama, la cinta se hace excesivamente larga y reiterativa. Con 2 horas y 36 minutos, es una de las cintas de terror más largas que he visto en toda mi vida, y su duración se siente porque en ocasiones me pareció interminable y es sólo al final cuando sus elementos sobrenaturales realmente se desatan en un clímax que, eso sí, es muy bueno y será lo que al final todo el mundo recuerde. Es una lástima que para llegar allí haya tenido que pasar por todos aquellos silencios, planos del bosque y minutos de duración de algo que perfectamente habría podido durar menos.

De manera que no salí lo que se dice demasiado impresionado con The Wailing, aunque en este caso es probable que las muy altas expectativas que tenía hayan afectado mi experiencia. Lo digo porque casi todas las reseñas que había leído hasta la fecha la ponían prácticamente como la nueva Ring (1998) y al final ha resultado ser otra cosa. Sé que parece que estoy contradiciéndome porque hace poco dije que estaba más interesado en ese cine de terror lento, aburrido y atmosférico del que esta película parece formar parte, pero este caso en particular me pareció demasiado extremo y lejano para mí gusto, aunque ciertamente interesante de ver.

 

Reseña: Bajo la sombra (2016)

Si estás leyendo esto muy probablemente hayas visto Bajo la sombra (2016) incluida en numerosas listas de lo mejor del año pasado en materia de cine de terror. Si aquí no hicimos lo mismo fue en parte porque cuando la vimos allá por el verano pasado no nos dejó tan impresionados, al menos no inicialmente. De hecho, ha sido la insistencia de gran parte de la crítica mainstream la que nos ha animado a revisitarla y ver si efectivamente nos habíamos perdido una obra maestra. Aunque es cierto que este segundo visionado me ha revelado cosas que había pasado inicialmente por alto, sigo pensando que gran parte de la complacencia de la crítica ante esta película tiene que ver con su condición de producto foráneo alejado del círculo comercial tradicional, aunque la cinta en sí misma no sea muy innovadora.

Ambientada en el Teherán de finales de los ochenta, en pleno clímax de la guerra Irán/Irak (la película, sin embargo, no es iraní, sino una coproducción británica rodada en Jordania y con diálogos en farsi), en Bajo la sombra asistimos a la historia de una mujer que se refugia en un edificio junto a sus vecinos y su hija pequeña mientras su esposo es llamado al frente. A la amenaza constante de la guerra y el miedo a los misiles que aleatoriamente caen por la ciudad, se suma el peligro de una presencia demoníaca que parece haber llegado al edificio y fijado su objetivo en la niña, ante la mirada inicialmente incrédula de la madre quien poco a poco se va quedando sola a medida que el edificio se vacía y sus inquilinos huyen de la ciudad en ruinas.

La idea es muy buena, y a su favor tengo que decir que lo mejor que tiene la película es su guión, redondo y prácticamente perfecto en cuanto a estructura, sin momentos de relleno y con una genuinamente interesante progresión del hecho terrorífico. La idea de la guerra que poco a poco va cercando la ciudad es maravillosa porque realmente existe la sensación de que hay un peligro inminente que se acerca y que hace más urgente la huida de los personajes. Pero al mismo tiempo, el progresivo deterioro del edificio y la manera como se va quedando despoblado dan la sensación de otro peligro que acecha dentro de la vivienda y al cual no es tan fácil eludir. Al igual que como ocurría en Paranormal Activity (2009), el paso del tiempo se manifiesta en la repetición cíclica de ciertos elementos, en este caso la alerta de bombardeos que obliga a los inquilinos a refugiarse en el sótano durante unas horas, escena en la que cada vez que se repite hay menos gente. Esta imagen por sí sola ya contiene toda la información que necesitamos saber acerca de la situación por la que pasan los protagonistas, y está muy bien llevada en una película que en general está casi desprovista de datos inútiles: no hay ningún misterio del pasado por resolver y las “reglas” que gobiernan a la presencia demoníaca son muy básicas y están muy bien delimitadas.

Con todo y eso no es una película que yo pondría entre las mejores del año, ya que a pesar de que me ha gustado tampoco es que ofrezca nada que no hayamos visto antes en materia de cine de terror. En muchos aspectos, me recordó mucho a la japonesa Dark Water (2002), con la que tiene en común muchas cosas a nivel de ambientación y de historia, tales como su premisa de madre coraje, la idea del padre ausente y el deterioro progresivo del edificio como símbolo de lo sobrenatural (en Dark Water era una mancha de humedad en el techo y aquí una grieta en el techo). Aparte de eso, hay algunos momentos CGI un tanto pobres y el final es bastante apresurado y dejará a mucha gente con una sensación anticlimática algo molesta. Pero es sin duda una película muy buena y merece la pena por más que su reciente elevación crítica se deba (probablemente) a la tendencia que tienen algunas personas a sobreanalizar ciertas obras con el propósito de darles una intelectualidad que no necesitan. Un ejemplo de esto último es que algunas reseñas han destacado un supuesto subtexto político sobre las condiciones de la mujer en la sociedad iraní, cosa que honestamente pienso se trata sólo de un agregado superficial, sobredimensionado únicamente por el hecho de que el demonio parece ser un ente femenino. Pero sí, recomendada sin duda alguna.

 

Reseña: Train to Busan (2016)

Yeon Sang-ho, director surcoreano más famoso por sus trabajos de animación, nos trae su primer largo con actores de carne y hueso, Train to Busan (2016), una historia de zombis que funciona como díptico con su largometraje animado Seoul Station (2016), y que por lo visto ha causado furor allá donde se ha presentado. No es para menos teniendo en cuenta lo difícil que resulta hoy por hoy sacar algo interesante u original del subgénero zombi, y aunque muchos de sus elementos están bastante vistos (incluyendo su nada sutil metáfora social) lo cierto es que es una de las películas de muertos vivientes más intensas que he visto desde los tiempos de 28 días después (2002).

Ya el planteamiento inicial deja muy claro el objetivo de la cinta al centrar toda la historia en un tren de alta velocidad entre Seúl y la ciudad costera de Busan, donde un padre indolente debe llevar a su pequeña hija sin saber que su viaje ha coincidido de forma fatal con el inicio de una epidemia zombi que se apodera del tren y obliga a los pasajeros a luchar por su vida. El espacio cerrado y lineal ayuda a crear un componente de angustia adicional a la ya de por sí peligrosa situación, y el hecho de que la epidemia comienza en la sección de segunda clase del tren, con los infectados atacando los vagones más caros, es sólo uno de los muchos momentos en que la cinta de Sang-ho hace gala de un discurso acerca de una sociedad devastada por el individualismo y la lucha de clases. Este aspecto de la película, así como su crítica al corporativismo y la dificultad de las clases acomodadas de trabajar en equipo ante una situación desesperada, fácilmente se nos hubiera podido atragantar de no ser por el implacable ritmo de la película y la forma en que el espectador es sometido al peligro constante y sin descanso.

Parte de este ritmo tiene que ver sobre todo con las “reglas” que la película establece prácticamente desde el principio y de forma muy efectiva: la infección zombi se contagia en apenas segundos, los afectados son de la variante “rápida”, y detectan a sus víctimas con la vista, lo que lleva a secuencias de tensión muy efectivas más adelante. La cinta asimismo va cambiando de perspectiva entre varios de los pasajeros del tren, manteniendo siempre el foco principal en el prota y su pequeña niña pero también dedicando cierto tiempo a personajes que pasan a reforzar ciertos arquetipos del mensaje que su director desea transmitir: el héroe de clase obrera, una pareja de adolescentes que intentan salvarse uno al otro, y sobre todo un villano hombre de negocios cuya maldad y egoísmo eran a veces tan exagerados que lo hacían parecer una caricatura. Por fortuna poco de esto importa porque el apartado de acción y violencia zombi es tan bueno que te agarra enseguida y no te suelta durante prácticamente todo el metraje, con imágenes espectaculares como la masa de cuerpos moviéndose al unísono y que me hizo pensar en ciertas secuencias de Guerra Mundial Z (2013) pero hechas bien. Únicamente un detalle resaltó de forma negativa ante mis ojos y tiene más que ver con la forma en que la película logra saldar algunas dificultades de los personajes haciéndoles luchar físicamente contra los zombis, secuencia que se me hizo poco creíble considerando lo que había visto antes.

Todo lo demás, sin embargo, está muy bien. Train to Busan es una de esas cintas de zombis que valen la pena, y no me extraña para nada el gran éxito que ha tenido en su país de origen. Sus contrapartes occidentales han por lo general fracasado cuando intentan mezclar este subgénero con el cine de acción pero esta es todo lo contrario: rápida, intensa y efectiva incluso en su faceta de drama familiar, de principio a fin. Queda muy recomendada, y acompañada de su contraparte de animación Seoul Station se hace más imprescindible todavía.

 

Reseña: The Eye 2 (2004)

Siguiendo con mi actual tendencia de recuperar secuelas desdeñadas en su momento, toca hoy hablar de The Eye 2 (2004), con más de una década de retraso pero confirmando lo que siempre he sostenido, y es que hablar de estrenos recientes es algo que cada vez me interesa menos. Lo que sí siento que debo recordar a todos es mi opinión personal (e intransferible) de la primera The Eye (2002); en caso de no querer acercarse a aquella antiquísima reseña, os recuerdo que la película original nunca ha sido una de mis favoritas. Es innegable que aquella cinta que lanzó a la fama a los hermanos Pang resultó ser un gran éxito y una de las obras más reconocibles de la ola de terror asiático que invadió Occidente durante los primeros años de la década pasada, pero a falta de un nuevo visionado insisto en que es una película a la que se le dio mucho más bombo del que merecía. Esta segunda parte, dirigida nuevamente por los hermanos, se estrenó en 2004, es decir, cuando la fiebre por el terror asiático estaba en pleno apogeo y también cuando nos empezó a llegar un gran número de trabajos inferiores destinados únicamente a suplir nuestra insaciable demanda. La película de hoy es buen ejemplo de ello.

Partamos de la idea de que tanto el título de la película como su conexión con la cinta anterior de los Pang es completamente arbitraria; en esta ocasión el ojo no tiene que ver con el fenómeno a tratar, sino que más bien se trata de una chica que sobrevive a un intento de suicidio y comienza de repente a ver fantasmas, uno de los cuales parece tener una gran obsesión con el bebé que lleva dentro de su cuerpo. Como vemos, la historia es completamente distinta, aunque sí se mantiene un poco el tema del contacto con lo sobrenatural y cierta explotación del carácter exótico de su argumento al introducir temáticas del budismo de una forma francamente un tanto superficial. Fieles a una constante en prácticamente toda su filmografía, los Pang realzan una dualidad cultural entre Hong Kong y Tailandia, aunque no de forma tan marcada como en otras películas suyas. Curiosamente, no hay casi trama de investigación sino más bien un énfasis en el sufrimiento de esta pobre chica al tener que lidiar con los fantasmas en su vida cotidiana. De hecho es sólo muy cerca del final cuando se da una explicación al fenómeno, y por desgracia lo hace a través de la resolución de un melodrama mundano y vulgar que me pareció no sólo muy pobre sino además dotado de una condescendencia misógina sonrojante.

La inclusión de este melodrama amoroso es algo que confieso me descolocó mucho porque no me lo esperaba en ningún momento, pero por otro lado es cierto que, extrañamente, esta secuela es muy parca en auténtico horror. A pesar de que no me parece ninguna obra maestra, la primera The Eye al menos ponía más empeño en contar una historia interesante y tenía algunas secuencias de miedo auténticas como aquella escena del ascensor. En esta segunda parte no hay nada de eso, y los sustos fáciles muchas veces se ven acompañados de unos efectos especiales muy pobres y un CGI destinado a realzar situaciones antinaturales como por ejemplo reflejar de forma perfecta la cara de la actriz en un suelo mojado o sacar caras fantasmales en una ecografía abdominal. Asimismo el desenlace es quizás lo peor de todo, cuando la cinta cae incluso en comedia involuntaria al mostrar la curiosa lucha entre la protagonista y el fantasma que la acosa.

Es verdad que no me esperaba gran cosa, pero nunca pensé que me decepcionaría tanto al ver The Eye 2. Es en verdad una secuela muy débil y una cinta muy por debajo de los estándares de los hermanos Pang, quienes han tenido obras mucho más interesantes. Lo peor es que esta saga de fantasmas tiene dos secuelas más que también veré y comentaré aquí, porque ese es el tipo de persona que soy. A lo mejor va siendo hora de volver a ver la original y comprobar si mi opinión sobre ella no habrá cambiado en todos estos años.

 

Reseña: Go Goa Gone (2013)

Vi Go Goa Gone (2013) en un festival sin saber nada de ella, sin haber escuchado nada ni visto ningún trailer, y pensé al principio que sería una comedia de zombis más de las que tanto abundan hoy en día. Al final resultó ser más interesante de lo que creía y hasta puedo decir que tiene un par de detalles que la hacen destacar un poco por encima de sus congéneres, aunque no nos engañemos: gran parte de su atractivo tiene que ver con el disfrute del exotismo de una propuesta realizada en un ambiente que no nos es familiar, algo que la película sabe y con lo que juega intencionalmente. En ese sentido, esta primera producción de zombis del Bollywood mainstream tiene menos en común con piezas de culto como Shaun of the Dead (2004) y más en cambio con Juan de los muertos (2011), aunque no alcance el nivel de estas dos. Lo interesante, eso sí, es que esta producción también sabe hacer una sátira de varios de los lugares comunes que normalmente asociamos con el cine indio, llegando incluso a hacer mofa evidente del en ocasiones absurdo grado de censura que hay en dicha industria.

Lo hace ya desde su premisa inicial: un grupo de amigos acude a una fiesta secreta en una isla cerca de la costa de Goa, donde gran parte de los asistentes han consumido una droga experimental que los convierte en zombis antropófagos. Esta premisa, que por cierto ya se había explotado de forma casi idéntica en la mucho menos destacable Return of the Living Dead: Rave to the Grave (2005), se convierte en un discurso de sátira recurrente sobre las drogas que impregna prácticamente todo el metraje incluso antes de que comience la película en sí: no más comenzar la cinta, asistimos a un momento en que uno de los actores, Sajid Ali Khan, lanza un discurso contra el cigarrillo y habla de su experiencia como fumador, presagiando el momento en que aparecerá un cartel en pantalla advirtiendo sobre los peligros de la adicción cada vez que alguno de los personajes salga bebiendo o fumando. Esta práctica termina obviamente convirtiéndose en un chiste e ironizando sobre el supuesto tono pedagógico de una película llena de tiros, falsos acentos rusos, y por supuesto cadáveres ambulantes que devoran carne humana.

Al final la principal baza que tiene a su favor Go Goa Gone es que con todo y su ligereza es una película muy divertida que tiene algunos momentos muy buenos, como por ejemplo todo lo concerniente a la manera en cómo los zombis son derrotados. Aunque el estilo de comedia que maneja es muy convencional, tiene la ventaja de contar con un elenco muy carismático, no sólo los chicos protagonistas sino también el propio Sajid Ali Khan, quien tiene el que sin duda es el personaje más memorable de la cinta. Esta es una de esas que muy probablemente no va a cambiar la vida de nadie, pero que es sin duda superior a la mayoría de las repetitivas comedias zombífilas que nos hemos tenido que tragar en los últimos años.