Reseña: Alien: Covenant (2017)

A pesar de que se ha ganado un buen puñado de críticas positivas a su paso por la cartelera, en lo personal no puedo dejar de ver Alien: Covenant (2017) como un fracaso de nosotros como espectadores y una prueba palpable de que no siempre hay que darle al público lo que el público (cree que) quiere. En cierto sentido también es la muestra de un director como Ridley Scott capitulando ante las críticas de Prometheus (2012), una cinta que en retrospectiva he terminado apreciando más y que pese a su caótico desarrollo y sus innegables problemas, al menos tenía la virtud de querer hacer cosas nuevas y explorar ideas distintas, las cuales son dejadas casi completamente de lado en esta secuela con el único objetivo de dar al público otra película de Alien (1979) con los mismos elementos que la hicieron famosa. El resultado es atractivo, sin duda, y con el dinamismo y la calidad que podemos esperar de alguien como Scott, pero también es una película mucho más convencional y cuyas mayores virtudes se sienten muy vistas ya.

La película parece entender esto y ya desde el principio parece empeñada en corregir el rumbo de la saga hacia derroteros más acordes con lo que el público esperaba de ella: si eres de los que esperaba conocer lo que se anunciaba al final de Prometheus y ver respondidas aquellas preguntas acerca de los Ingenieros y el por qué deseaban acabar con la raza humana, pues lamento decirte que te vas a quedar con las ganas porque nada de eso se explora aquí. Por el contrario, Alien: Covenant se centra en otro grupo de exploradores humanos con su propio drama y su propio objetivo, y una vez que se retoma el argumento de la película anterior, el guión se encarga de despacharlo en un par de escenas y seguir su propio camino hasta desembocar en la aparición del xenomorfo clásico. Cuando esto ocurre la película se vuelve, en mi opinión, mucho menos interesante y se dedica simplemente a repetir el mismo esquema de las anteriores sin prácticamente ninguna variación.

A pesar de que la fotografía y la estética están al mismo nivel de entregas anteriores, hay una seria falta de consideración a la hora de montar un argumento interesante. No hablo aquí por supuesto de las decisiones tontas por parte de los personajes o de la muy poco creíble forma de actuar de lo que se supone son un grupo de científicos espaciales, sino de que el mayor número de persnajes (es decir, víctimas) de la película ha hecho que estos sean menos importantes y dibujados apenas con un par de brochazos que en ningún momento serán explorados. Esto es tremendamente evidente durante el tramo final, cuando la película se convierte en un slasher film del montón y en un enfrentamiento con la criatura en los pasillos de la nave muy predecible y sin nada de la tensión que lograron otras entregas. Tampoco ayuda la insoportable protagonista que se pasa media película llorando. De hecho, el único que salva esta historia de la mediocridad es, una vez más, Michael Fassbender en un doble papel que es por un amplio margen lo más destacable de la película y a quien parecen haber dado las mejores líneas de diálogo y los mejores momentos de una cinta mucho más trash de lo que había esperado.

Por supuesto, muy probablemente no estéis de acuerdo conmigo, visto que ya incluso Prometheus parecía dividir al público de forma irreconciliable. Así que si lo que estáis buscando es simplemente otra película de monstruos que repita los esquemas clásicos de Alien aunque sea de forma superficial, quizás veáis esta entrega de una forma más positiva. Si por el contrario estáis esperando algo distinto que explore las ideas que su antecesora contenía acerca de la creación y la mitología de ese universo que Scott nos había presentado, me temo que os llevaréis una gran decepción. Por mi parte, a pesar de sus innegables logros técnicos y del hecho de que se trata de una película aun así bien hecha, la idea de un director veterano como Ridley Scott forzado a tirar por la borda todas sus ideas y reconducir todo a algo más convencional simplemente para darle al público lo que quiere es algo que me deprime, así que me es imposible recomendarla.

 

Reseña: Prometheus (2012)

Primera pregunta que surge en cuanto a Prometheus (2012) (pregunta en la que se basaba, por cierto, gran parte de su campaña publicitaria) es si estamos o no ante una precuela del Alien (1979) de Ridley Scott. La respuesta tras haber visto finalmente la película es que sí, estamos sin duda ante una película que resuelve gran parte de los misterios que se abrían con la cinta que dio inicio a la saga de nuestros xenomorfos favoritos, pero también es cierto que dichos alienígenas no son lo principal aquí, e incluso el argumento se dedica no tanto a anticipar sino a extender ese universo en el que la historia se desarrolla, un cambio entre otras cosas bienvenido ya que difícilmente se podía seguir explotando la saga de la misma manera. La historia de aquellos terribles seres de ácido en las venas queda en esta ocasión empequeñecida ante el gigantesco alcance de este acercamiento al Mito (así, con mayúsculas) que Ridley Scott ha creado. Para que os hagáis una idea, es como si Prometheus fuese la película principal y Alien un spin-off exitoso que parte de un detalle muy pequeño en la historia y que tiene sus propias continuaciones.

En cuanto a la que nos ocupa hoy, hay una cosa que hay que mencionar y que fue lo primero en que pensé tras salir del cine. Por todos es sabido las reacciones encontradas que ha tenido Prometheus a su paso por la cartelera, desde aquellos que la califican de genialidad hasta otros que se refieren a ella como la mayor tomadura de pelo de los últimos años. Dicho radicalismo de opiniones del espectador promedio de hoy en día es por desgracia uno de los mayores cánceres que el cine de género sufre en nuestros tiempos, pero hay una lógica detrás: personalmente encontré esta película muy entretenida, pero puedo entender por qué a tanta gente no le ha gustado. Como siempre, el punto de discrepancia tiene que ver con las expectativas que la propia publicidad de la película se ha encargado de levantar, no sólo en cuanto a precuela de Alien sino también por el hecho de que incluso el trailer parecía augurar una película de ciencia-ficción “seria” con preguntas “profundas” acerca de la condición humana, la relación con lo Divino y la búsqueda de lo Absoluto. Grandes palabras, grandes conceptos.

La realidad es sin embargo muy distinta, y hay que decirlo: Prometheus es en realidad una película muy sencilla en cuanto a su base argumental y con un tratamiento de la ciencia-ficción mucho más cercano a los trabajos de Roger Corman que a las paridas filosóficas que muchos se estaban esperando. Al final, la película de Ridley Scott es una historia bastante convencional en el que una serie de personajes viajan a un planeta desconocido y encuentras ruinas de una civilización extraterrestre habitadas por terribles peligros, y la mención a Corman no es casual porque hay muchos puntos en común con La galaxia del terror (1981) como para creer en la simple casualidad, incluyendo el barniz místico-religioso que la cinta ostenta. Un barniz que por supuesto no impide que la película avance un poco atolondradamente, con detalles francamente (e involuntariamente) cómicos y situaciones y personajes un tanto absurdas e inexplicables que nos muestran que no estamos realmente ante una película seria.

Este detalle puede hacer, sin embargo, que algunos hayan pasado por alto los aspecto realmente positivos de Prometheus, entre ellos el espectacular mundo estético que ha creado Ridley Scott, enorme no sólo como espacio físico sino también como punto de partida para un argumento que podría ser desarrollado en las (inevitables) secuelas. Lástima que en varias ocasiones me ha dado la impresión de que estamos viendo realmente una versión resumida de una película que debió haber sido más larga, porque el interés existe, y la cinta despierta realmente las ganas de saber más de la historia de aquellos personajes que investigan aquel mundo desconocido al menos antes de que surja por primera vez el peligro. Es en este momento donde para mí la película se desinfla un poco y pierde gran parte de su interés. Pero con todo y eso, es una cinta atractiva que merece ser vista ya no como antesala de Alien (en este sentido la coda final del metraje para enlazar con la cinta del 79 me sobra muchísimo) sino como ejemplo de ciencia-ficción de aventuras entretenido y eficaz. Id a verla con esa mentalidad y no saldréis decepcionados.

 

Reseña: Aliens vs Predator: Requiem (2007)

Decíamos en una anterior ocasión que una película que uniera a los monstruos protagonistas de las sagas Alien y Predator era imposible de realizar de manera eficiente. Y sin embargo, Aliens vs Predator: Requiem (2007) es en mi opinión lo más cercano que hemos estado a ello. De entrada corrige varias de las principales carencias de Alien vs Predator (2004), creando una secuela directa que hasta cierto punto arranca de donde tenía que haber empezado su predecesora. Tanto es así que realmente no hace falta haber visto la película de Paul W.S. Anderson para entender esta secuela ya que toda la información que necesitamos saber se nos presenta sin palabra alguna por medio de una secuencia inicial que da pie a un argumento tremendamente sencillo: un Alien logra infiltrarse en una nave de los Predator ocupando el cuerpo de uno de los cazadores, dando lugar a un nuevo monstruo híbrido que combina las características de ambas criaturas. La nave se estrella en la Tierra, en un pequeño pueblo de los Estados Unidos, con lo que los humanos residentes deberán enfrentarse a este monstruo invasor al tiempo que un Predator es enviado en una misión secreta para destruir a la criatura y borrar toda pista de su existencia. Esto es básicamente el argumento, conciso, sencillo y sobre todo mucho más interesante que la enrevesada historia de la película de Anderson.

No es esta la única diferencia entre las dos. A la mayor sencillez argumental hay que sumar el hecho de que esta vez, y al parecer haciendo caso a las numerosas críticas que recibió la calificación PG-13 de Alien vs Predator, esta segunda parte intenta presentarse más como una película de terror al ser mucho más violenta y contar incluso con víctimas cuyas vejaciones han sido tradicionalmente consideradas un tabú cinematográfico, tales como niños o mujeres embarazadas. Los nuevos directores, los hermanos Colin y Greg Strause, parecen también interesados en dar a su película una oscuridad más literal ya que la fotografía es tremendamente oscura (en ocasiones demasiado) lo que incluso la emparenta con las primeras entregas de la saga Alien. Donde sí parecen haber acertado los hermanos es en la concepción de Aliens vs Predator: Requiem como una monster-movie en la que la criatura principal es realmente tratada como la amenaza que representa; una cosa que siempre definió las cintas de ambas sagas era que los auténticos protagonistas eran los humanos y los monstruos un peligro que acechaba pero que no dominaba por entero el metraje, detalle que se pierde con la concepción del enfrentamiento entre estas dos especies alienígenas como el centro de un espectáculo que cae en la irremediable sobreexposición. En este sentido, la inclusión de un ser híbrido es no sólo acertada, sino que está bien hecha gracias a la decisión de mantenerlo en segundo plano como “monstruo final”.

Por desgracia este es sólo un acierto a medias, ya que los protagonistas humanos, en los que la película en teoría debería depositar su mayor fuerza argumental, fallan estrepitosamente. Demasiados personajes, demasiadas historias sin mayor relación entre sí que el contexto, y un desarrollo escueto, vacío y en general poco interesante lastran considerablemente la película de los hermanos Strause. A pesar de que los Alien son mostrados como auténticos monstruos temibles y la caracterización del Predator como una especie de pistolero espacial se deriva de esa extraña concepción de antihéroe que se le ha querido dar en estas dos películas, el fallo de los personajes humanos hace que que la historia no se sostenga y quede por debajo de las entregas anteriores de ambas criaturas.

A pesar de eso nunca entenderé del todo el rechazo casi general que existe hacia esta secuela por parte de un público al que le están dando lo que en el fondo pedía: el enfrentamiento sin cuartel entre estos dos monstruos aupado por un nivel de violencia mucho mayor que el de la primera parte. Pienso en todo caso que esta es la película que se debió haber hecho originalmente, un episodio que marcase una ruptura total con ambas sagas y no dependiera principalmente del guiño cómplice con el espectador (a pesar de que hay una muy clara mención de la corporación Yutani). El agridulce final augura incluso una tercera parte que dudo mucho se lleve a cabo debido a la pobre recepción crítica que ha tenido, pero a mí en particular me ha parecido mucho más digna de lo que esperaba, y especialmente recomendable si se es de los que piensan que Alien vs Predator tenía aspectos mejorables.

 

Reseña: Alien vs Predator (2004)

Con el tiempo he terminado por arrepentirme de todo lo malo que una vez dije de Paul W.S. Anderson, un director con una carrera difícil de desdeñar en la que se cuentan grandes películas como Horizonte final (1997), Soldier (1998), o incluso la primera Resident Evil (2002). Pero no todo el mundo lo ve así, y es probable que el nombre de este cineasta haya tenido su peso en el desprecio generalizado que existe hacia Alien vs Predator (2004), uno de los crossover más anticipados del cine de terror/ciencia-ficción y que finalmente cayó sobre las manos de Anderson catorce años después de que fuera anunciado de forma extraoficial. El caso de esta cinta es paradójico; no conozco a nadie que me hable positivamente de ella, y sin embargo en su momento fue la película más taquillera de ambas sagas. Vista finalmente, resulta claro que no es la mejor película de Anderson, pero esto no me sorprende ya que el concepto del que parte la película es casi imposible de llevar a cabo de forma exitosa.

De entrada una de las cosas que quizás no haya terminado de convencer a mucha gente es que la primera media hora parece una película completamente distinta, una cinta de aventuras en la que el millonario Charles Weyland (que en un alarde de continuidad con la saga de Alien es interpretado por Lance Henrikssen) contrata un equipo de especialistas al más puro estilo de Armaggeddon (1998) para explorar unas misteriosas ruinas descubiertas en la Antártida y que podrían estar relacionadas con una cultura extraterrestre. Todo este trozo del principio, sin embargo, se nota especialmente mutilado porque los personajes que componen el equipo carecen de cualquier relevancia: el supuestamente azaroso viaje a través de las estepas heladas y que justifica la contratación de la exploradora protagonista es cortado por una gran elipsis narrativa, los perforadores nunca llegan a hacer su trabajo, los soldados no tienen la más mínima oportunidad, el químico no hace nada, y el arqueólogo está allí únicamente como un recurso narrativo que lee jeroglíficos y explica cosas para dar a la trama algo de trasfondo. Parece en el fondo como si Anderson estuviese dándose prisa por llegar al punto del argumento en el que las dos criaturas del título hacen su aparición, aunque dichas prisas le cuesten todos los elementos interesantes que la película había sugerido.

Es esta segunda parte, en la que los humanos se ven atrapados en la laberíntica estructura que alberga el campo de iniciación de los Depredadores, lo que realmente hemos venido a ver, y tanto en tono como en argumento difiere por completo de lo que hemos visto hasta entonces. La cinta de aventuras de la primera parte es sustituida por un juego de gato y ratón que se aleja mucho del estilo de ambas sagas y adopta una estética hiperbólica más acorde con el estilo de obras anteriores de Anderson. El componente de acción está, eso sí, bastante suavizado; no solamente la película fue clasificada como PG-13 (rompiendo así la tradición de las entregas anteriores de ambos monstruos) sino que también la violencia tiene más en común, estéticamente, con el devenir de un videojuego en el que los personajes se van moviendo en un ambiente que va cambiando constantemente y que hasta incluye un monstruo final. Todo esto, sin embargo, está realizado de forma un tanto desganada y sin la eficacia que el director había demostrado en las ya citadas Soldier y Resident Evil. Los paralelismos video-lúdicos no acaban allí, ya que la estética guarda una gran similitud (demasiado evidente como para ser casual) con Starcraft, algo muy interesante ya que dicho videojuego bebía tanto de la saga de Alien como de Predator y resumía a la perfección el esquema de una hipotética historia que involucrase a ambas criaturas.

Quizás también por la general ligereza de la historia parece haber una marcada insistencia en lado casposo de la película, destacable en los rugidos de leones para los Depredadores y el tono abiertamente comiquero de la acción. Esto no sería un problema de no ser por lo tremendamente caótico que resulta todo y lo enrevesado de su argumento; la cinta se encarga de tejer vínculos entre las dos especies alienígenas y la historia de la civilización humana que rompen la continuidad con las dos sagas (aunque en su defensa hay que decir que Anderson ya explicaba que esta película tiene su propio cánon) y se hace en definitiva larga a pesar de que sólo dura hora y media (incluyendo unos créditos finales de 12 minutazos). Asimismo hay muchas cuestiones que quedan sin resolver y agujeros argumentales importantes. Un ejemplo: llegado un momento se intuye que Weyland sabe o al menos tiene una idea clara de aquello a lo que enfrenta, pero esta idea pronto se abandona. Con todo esto, y a pesar de que Alien vs Predator no es el desastre que tanto había escuchado mencionar, sí es una entrada un tanto pobre que se encuentra muy por debajo de las seis películas de las que parte. Sinceramente creo que la idea de unir a estas dos criaturas en una película no funciona debido al necesario protagonismo que deben tener los humanos en cuanto a argumento, aunque sí es cierto que su posterior secuela realizada al amparo del éxito de este primer mashup corregiría muchos de sus defectos iniciales y conseguiría una película en mi opinión más sólida. Pero eso tendremos que dejarlo para otra ocasión.

 

Reseña: Alien: Resurrection (1997)

Habíamos dicho ya en varias ocasiones que una de las cosas más interesantes de la saga de Alien es que cada entrega tiene un espíritu y estilo diferente dependiendo siempre de las mentes que se encuentren detrás. Es también cierto que a medida que iban apareciendo secuelas estas se hacían cada vez más explícitas y menos dadas a sutilezas: con un cronómetro podréis comprobar que en cada entrega de estos xenomorfos espaciales las criaturas aparecen cada vez más temprano. Pues bien, en Alien: Resurrection (1997), cuarta parte de la franquicia, los monstruos aparecen desde el principio. En cuanto a la identidad autoral, esta película está dirigida en esta ocasión por el francés Jean-Pierre Jeunet, aunque no son pocos los que afirman que tan importante como este es el nombre del guionista Joss Whedon, quien tuvo la difícil tarea de dar vida a esta sacrílega secuela en la cual podemos ver claramente varias muestras de su estilo como narrador, incluyendo esa pandilla de mercenarios espaciales que es un evidentísimo antecedente de la serie Firefly.

Usábamos más arriba la palabra “sacrílega” porque Alien: Resurrection aborda la osada tarea de dar continuidad a una saga cuyo argumento se consideraba más que cerrado; después de todo, al final de la tercera parte Ripley había muerto y con ella la reina alienígena que llevaba en su interior. Fueron muchas las posibilidades que se barajaron para traerla de vuelta a la vida, incluyendo una que despachaba todo lo ocurrido en Alien 3 (1992) como nada más que un sueño. Al final se optó por situar la historia doscientos años en el futuro, con los militares clonando a Ripley para sacar de su cuerpo el monstruo que en ella habita, con lo que hasta cierto punto es apropiado el que Whedon haya hecho uso del título Resurrection, uno de los más manidos que han existido jamás. El tono empleado esta vez podríamos definirlo como la antítesis absoluta de la película de Fincher: una estética de cómic que adorna una película más dada a la acción hiperbólica en la que Ripley, ahora dotada de habilidades especiales gracias a sus compartidos genes alienígenas, es partícipe. Todo esto sumado a los toques de humor (todavía uso en mi vida cotidiana la frase “claro, porque tú nunca te has follado a un robot“) hace que esta entrega no sea tomada tan en serio como las tres anteriores, pero para mí al menos resulta muy superior a la forzadísima intelectualidad de Alien 3.

De hecho una de las mejores cosas que tiene es el regresar al esquema de Cameron de los humanos contra muchas criaturas a la vez, manteniendo al mismo tiempo el ambiente cerrado y claustrofóbico que ha caracterizado a la saga. Estéticamente, eso sí, la película tiene una continuidad bastante evidente con la cinta de Jeunet Delicatessen (1991), por mucho que en esta ocasión esté ausente su habitual co-director, Marc Caro. No faltan, sin embargo, algunos de los actores que han trabajado con el francés, como Dominique Pinon y Ron Perlman, quien tiene uno de los mejores personajes como uno de los rudos mercenarios con los que Ripley deberá aliarse. Le presencia de una andrógina Winona Ryder en el elenco da a Ripley la posibilidad de una extraña relación materno-filial que hasta cierto punto sirve para dar continuidad a la abortada subtrama de heroismo de la segunda entrega, aunque dudo que esto haya sido lo que tenían en mente tanto Jeunet como Whedon. El énfasis parece estar más bien, tras ya cuatro películas de la saga, a borrar los límites entre lo humano y lo alienígena en una cinta en la que varios personajes poseen una identidad más bien ambigua. En este sentido, la película cierra con la confrontación final de Ripley contra un monstruo cuya revelación se ve venir a leguas, pero que en lo particular me parece muy acertado y un intento al menos de sacar algo nuevo de la saga.

Los entusiastas de las primeras dos entregas pueden fácilmente desdeñar Alien: Resurrection como una “tonta película de acción” (sic), pero esto sería un grave error. No solamente es una entrega muy disfrutable y una muy buena manera de dar continuidad a una franquicia que (no nos engañemos) habría continuado con o sin Sigourney Weaver, sino que encima está mucho mejor construída que la tercera parte, sabe al menos a donde va y tiene una factura técnica muy superior a pesar de sus más modestas pretensiones. Por la manera como termina, todo parece indicar no sólo que no habrá otras continuaciones, sino que la historia finalmente se cierra en un círculo bastante preciso que honra el camino trazado con anterioridad por Ridley Scott, James Cameron y David Fincher. Algunos puede que desprecien el tono de space-opera sucia que Jeunet ha decidido adoptar, pero en lo personal no se me ocurre una mejor manera de despedir a estos monstruos espaciales y a la ruda mujer que ha sabido plantarles cara.

Reseña: Alien 3 (1992)

Tras el éxito de Aliens (1986) era imposible no continuar la saga de estos xenomorfos espaciales, y sin embargo Alien 3 (1992) terminó siendo la oveja negra de la franquicia muy a pesar de que hasta cierto punto volvía al esquema que hizo grande a la primera parte. Encima, la película fue responsable del descubrimiento del director David Fincher, uno de los cineastas más prometedores de los años noventa y pionero en una camada de autores mainstream salidos del mundo del videoclip. El por qué esta secuela no funcionó como se esperaba es algo que merece ser discutido, ya que una de las cosas más interesantes de la película es la historia que hay detrás de esta producción y la gran cantidad de problemas que surgieron a la hora de hacerla realidad. Dicha historia es demasiado larga para contarla toda aquí así que recomiendo una búsqueda por Internet para leer acerca de todas las diferentes versiones que se llegaron a hacer de su argumento, incluyendo una que transcurría en un monasterio galáctico enclavado en un misterioso planeta hecho de madera.

El resultado final fue una mezcla de varios de los guiones rechazados, una historia oscura y deprimente que tira por la borda todo la acción y heroísmo de la cinta de Cameron y huye de lo que hubiese sido la continuación lógica: situar la historia años después. En vez de eso tenemos a Ripley estrellándose poco después de su victoria contra la reina alienígena en un planeta-prisión dominado por el fanatismo religioso de los reclusos, trayendo como polizonte a uno de los monstruos. La historia la sitúa como la única superviviente, lo que destruye los aciertos argumentales de la segunda parte y hunde la película en un tono pesimista que te hace querer cometer suicidio, un tratamiento por cierto muy acorde con el espíritu de los noventa, pero que por desgracia confunde la “seriedad” con una solemnidad excesiva y exagerada. Uno de los mayores ejemplos de esto es que aquí Ripley ya no parece la dura heroína de la segunda película sino un personaje desesperado y acorralado cuyas hazañas resultan tremendamente fútiles y cuya desquiciada lucha contra el nuevo y mejorado alienígena (híbrido de un perro o un bovino dependiendo de la edición que hayáis visto) parece más bien una huída hacia delante. El ya conocido desenlace final de la película deja este tono mucho más resaltado.

Este es básicamente el principal pero que se le pone a Alien 3 a la hora de valorarla con el resto de la saga. Si bien se trata de una película con ideas interesantes y una estética muy atractiva, los seguidores de las dos primeras películas no le perdonaron jamás a David Fincher que les robara la victoria emocional conseguida con la secuela anterior. Es una lástima porque a pesar de esto y de los numerosos fallos productos de las incontables dificultades que tuvo la producción, sigue siendo al menos valiente en su propuesta, y es que todas las entregas de la saga de Alien ha sabido tener una personalidad muy definida acorde con aquellos que se han puesto al mando. En este caso Fincher logra construir un relato que es a partes iguales película de horror, ciencia-ficción, drama carcelario y entramado estético sobre el tema de la Muerte. Si no hubiese sido por las numerosas alteraciones que siguieron a su trabajo original (causando que el propio director reniegue hoy en día de esta película) podríamos perdonar el hecho de que haya demolido la saga para plantear su particular visión de la historia de Ripley.

Es esta discrepancia lo que considero que perjudicó más a la película de Fincher y terminó convirtiéndola en la más floja entrega de la saga. La forma poco efectiva en que está armada la película (con esos momentos de supervivencia en el que los protagonistas se enfrentan al monstruo sin armas intercalándose con largos pasajes de conversaciones en los que no ocurre realmente nada) y el ocasionalmente pobre trabajo de efectos especiales informáticos destinado a dar vida a la criatura no consiguieron impresionar al público, mientras que el tono deprimente, el presuntuoso desprecio por aquel heroísmo de la segunda parte y su sustitución por monsergas filosóficas terminaron alienando al público objetivo de la saga que deseaba otra película de monstruos. Al menos el tiempo y un Director’s Cut en condiciones han terminado por dar algo de dignidad a la película de Fincher, quien finalmente tuvo su entrada triunfal tres años después con Seven (1995), lo que hace que Alien 3 sea una película interesante y digna de verse aunque no esté al nivel de las demás entregas de Ripley contra los monstruos espaciales.

 

Reseña: Aliens (1986)

La secuela de un clásico es algo muy difícil de hacer con impunidad, y sin embargo, Aliens (1986) es considerada siempre como uno de los ejemplos en donde dicha osadía rinde sus frutos. De hecho reconozco (no lo digáis muy alto) que soy uno de esos que la prefieren a la primera parte, o al menos no sabría por cual decidirme. Pero la verdad es que, siendo justos, ambas son películas muy diferentes y efectivas dentro de sus respectivas intenciones, y si hay algo que ha caracterizado la saga de Alien y que siempre me ha parecido muy loable es que cada entrega, con todo y sus altibajos, ha sabido de alguna forma ofrecer algo distinto dependiendo del director que se haya hecho cargo de ella. Para esta segunda parte su responsable, James Cameron, acomete la sabia decisión de no intentar reproducir el esquema de terror de Alien (1979) y dar a su película en cambio un tratamiento más cercano al cine de acción, con marines espaciales claramente inspirados en la novela Las brigadas del espacio, de Robert A. Heinlein y echando mano de varios de los trucos estéticos aprendidos durante su trabajo en la producción de La galaxia del terror (1981).

Las diferencias de argumento y tono ya se notan en el título: si en la primera película había sólo una criatura, en esta ocasión son muchas, y la trama gira alrededor de la teniente Ripley, única sobreviviente de la Nostromo, que debe regresar al planeta original de los alienígenas para investigar la desaparición de una colonia espacial junto a un grupo de soldados armados hasta los dientes e interpretados por varios de los actores fetiche de Cameron como Lance Henrikssen, Jeanette Goldstein, Michael Biehn y Bill Paxton. Este tipo de secuela en la que fuerzas especiales se enfrentan a ejércitos de criaturas de las que en sólo había pocas en la primera parte es, por cierto, un modelo que se repetiría muchas veces en el futuro. Como ya mencionábamos más arriba, el ambiente de película de terror espacial con el monstruo moviéndose sutilmente entre las sombras se ha perdido al ya haber sido revelado el aspecto de la criatura, pero en cambio la idea de personajes moviéndose en terreno hostil hace de Aliens un western espacial de “cowboys contra indios” bastante efectivo. La idea de los monstruos que poco a poco transforman las ruinas de la colonia humana en un laberinto de paredes orgánicas enlaza no sólo con los diseños de H.R. Giger para las criaturas sino también expanden la mitología alrededor de los xenomorfos.

En todo lo demás Cameron construye una historia muy sencilla en la que los personajes responden principalmente a arquetipos facilmente identificables pero para variar bien aprovechados: el duro lider del grupo (Biehn), el gracioso (Paxton), la tough chick (Goldstein) el lacónico androide Bishop (Lance Henrikssen, como siempre uno de los mejores del elenco) o el bastardo agente de la corporación Weyland-Yutani que, en una curiosa decisión de casting, está interpretado por el comediante Paul Reiser. Sin embargo, es la teniente Ripley de Sigourney Weaver quien realmente tiene el protagonismo en esta película, mucho más que en la primera entrega, alejándose esta vez de su rol de final girl y asumiendo el papel principal en un discurso de poderío femenino que ha convertido su personaje en un justo referente de grandes heroínas fílmicas. Es precisamente este subtexto el que desarrolla la relación de Ripley con una niña humana hallada entre las ruinas y que más allá de la típica trama de niño-en-peligro tiene una importancia vital para un personaje que resuelve en ella su incompleto rol de madre. La relación entre el héroe y el crío a quien debe proteger se siente genuina y está mucho mejor llevada que en su equivalente en otras películas, como por ejemplo Terminator 2 (1991), también de Cameron.

Todos estos componentes dramáticos, desde la huída del planeta infestado hasta el heroísmo desinteresado por la niña culminan en la ya icónica lucha final entre Ripley y la reina alienígena, una criatura cuya existencia en cierta forma contradice la mitología establecida por Ridley Scott en cuanto a cómo se reproducían los monstruos, pero que francamente es tan increíble que no nos puede importar menos. Así que independientemente de que seáis de los que prefieren el más sutil relato tenebroso de la original o la lluvia de balas de esta segunda parte, Aliens es una película que todavía hoy me parece está entre las mejores cosas de un director que por aquel entonces se hallaba en los mejores momentos de su carrera, y muy lejos de sus concesiones y complacencias actuales.

 

Reseña: Alien (1979)

En realidad no me considero capaz de decir algo sobre Alien (1979) que no se haya dicho ya mil veces, pero dado que estamos en su trigésimo aniversario, es justo que aparezca en esta página. No intentaré hacer realmente una reseña ya que hay literalmente miles desperdigadas por la red, la mayoría sin duda mejores de lo que puedo escribir aquí. Así que simplemente me limitaré a compartir un par de impresiones personales sobre la película y también sobre algunas cuestiones referentes a su concepción, las cuales son casi tan interesantes como la cinta misma.

Para empezar, podemos decir que Alien es, antes que nada, una película clásica de monstruos en todo sentido, y un regreso a las raíces mismas de dicho género a lo largo de los años cincuenta. En ella, un grupo de currelas del espacio acuden a la llamada de una señal de auxilio que los lleva a un planeta desconocido del cual terminan trayéndose (contra su voluntad) a una criatura alienígena que va despachando a los miembros de la tripulación uno tras otro. En el fondo, dicha trama es prácticamente un remake encubierto de El terror del más allá (1958), hasta el punto que los responsables de esta incluso se plantearon demandar a la Fox por plagio, algo que por fortuna para todos nunca llegó a ocurrir. La película de Ridley Scott también toma una página del libro de estilo de Tiburón (1975) al no mostrar a la criatura más que en contadas ocasiones, aunque esto último (dicen) se debió a que el director no deseaba que el público notase demasiado las semejanzas del alienígena con la raza humana, cosa que en mi opinión es uno de sus factores más inquietantes. Este misterio tejido alrededor del monstruo es algo que, evidentemente, las secuelas perderían, y que hacen de esta una película mucho más afincada en la tensión propia de anticipar el peligro, y sobre todo, una genuina cinta de terror en la que la ambientación espacial es lo único que la vincula al género sci-fi. De hecho, el argumento de la película habría podido ser trasladado a un barco en medio del mar en la Tierra del siglo XIX y hubiese tenido la misma fuerza.

Se habla mucho de Ridley Scott y poco, por desgracia, de los demás artífices en lo que fue un trabajo de equipo. El guionista y padre de la idea, Dan O’Bannon, resucita para Alien el concepto de “camioneros espaciales”, que contrasta con la visión típica de los hombres del espacio como nobles e intrépidos exploradores, y que el autor ya había utilizado junto con John Carpenter en Dark Star (1974), allá por los albores de sus carreras. Al igual que en aquella película, los protagonistas de Alien distan mucho de ser héroes, y forman más bien una pandilla de vulgares funcionarios cuya única preocupación real es la comisión que recibirán por entregar su carga a tiempo, y que prácticamente tienen que ser obligados a llevar a cabo la misión que los pondrá en contacto con la criatura. Su guión original, sin embargo, fue retocado entre otros por Walter Hill para incluir muchos de los elementos que hoy identificamos con la saga y que no se encontraban originalmente, como la presencia del robot.

El otro nombre que siempre sale a relucir es el de H.R. Giger, el artista suizo responsable del ahora icónico diseño de la criatura. Giger había sido en gran medida un desconocido para la maquinaria hollywoodense, pero atrajo su atención gracias a sus diseños para la nunca realizada película que Alejandro Jodorowski preparaba basándose en la novela de Frank Herbert, Dune. El resultado está en la línea del artista, una criatura estéticamente basada en una especie de preciosismo oscuro que en él es habitual, y es bien sabido que el guión original contemplaba que fuera al principio transparente y que se fuese haciendo más negra a medida que envejecía gracias a su metabolismo superacelerado. Este fenómeno, sin embargo, nunca llegaría a hacerse una realidad debido a las limitaciones de la cinta en cuanto a efectos especiales.

Quizás hayan sido precisamente esas limitaciones las que lograron que la película fuera tan contenida a nivel de exposición y jugara más con el misterio acerca de la criatura, así como el suspense y anticipación generadas por su presencia en aquella claustrofóbica nave espacial en la que el monstruo acecha en cualquier rincón y puede aparecer en cualquier momento. Esto tiene su mérito, ya que difícilmente podemos encontrar un escenario más lejano a nosotros como espectadores que el espacio exterior. Por eso y muchos otros motivos Alien es una de las grandes que han pasado por aquí.

Y preparaos, porque la próxima tríada de reseñas estará dedicada a comentar tres películas menores pero reinvindicables que, de forma bastante evidente, se inspiran en esta famosa saga de criaturas xenomorfas del espacio exterior. Advertidos quedáis.