Reseña: Our House (2018)

Si habéis visto alguna vez la cinta de antología Holidays (2016), entonces es probable que os suene el nombre de Anthony Scott Burns, director de uno de sus mejores segmentos. El estreno de su primer largo con Our House (2018) fue por lo tanto algo que recibí con grandes expectativas, a pesar de que no se trataba de un proyecto original. En realidad se trata de un remake de una cinta independiente titulada Ghost From the Machine (2010), que utiliza un argumento pseudo-científico con ángulo sobrenatural. No he visto todavía la original así que no puedo compararlas, pero sí debo decir que esta versión me terminó decepcionando un poco ya que pese a algunos detalles interesantes (la mayoría estéticos) no deja de ser una historia de fantasmas muy típica con casi ninguna sorpresa.

El ángulo paracientífico al que me refería antes tiene que ver con la creación por parte del protagonista de una máquina capaz de extraer electricidad del aire y que termina accidentalmente siendo un puente entre el mundo de los vivos y el de los muertos, atrayendo la atención de unos fantasmas que habitan la casa donde habita la familia. La idea es buena sólo en su concepción inicial ya que todo lo demás es algo que hemos visto muchas veces: fantasmas vengativos, un crimen del pasado sin resolver y unos protagonistas asolados por la pérdida de sus padres y que cometen el error de pensar que esa presencia sobrenatural con la que se han topado es en un principio benévola.

Donde la película sí que acierta, sin embargo, es en la manera de presentar a los fantasmas, una que resulta no tan habitual y que parece tomar su inspiración de la representación sobria del horror que vimos, al menos parcialmente, en la primera entrega de Insidious (2010). De nuevo, no sé si es original o no porque no he visto la cinta en la que se basa, pero las apariciones de los espectros me parecieron de lejos lo mejor de la cinta y causante de algunos momentos de auténtico miedo que por desgracia no se vieron apoyados por una trama interesante.

Espero sinceramente que Anthony Scott Burns se embarque en algún otro proyecto donde pueda lucirse más, ya que en esta ocasión lo que parecía un prometedor debut se ha quedado en poca cosa. No es terrible del todo y tiene momentos interesantes, pero si eres alguien que ya ha visto muchas entregas de horror sobrenatural de los últimos veinte años es muy probable que reconozcas cada uno de los quiebres narrativos y los recursos de una entrada un tanto regular. Se trata de una producción modesta, pero que al final termina siendo lo mismo que otros trabajos más comerciales a los que se parece demasiado.

Reseña: Deliver Us From Evil (2014)

Scott Derrickson, director que ya hemos celebrado anteriormente aquí gracias a cintas como El exorcismo de Emily Rose (2005) y Sinister (2012), cierra su trilogía demoníaca con Deliver Us From Evil (2014), probablemente la más floja de las tres y una en la que parece haber claudicado ante un estilo híbrido que no le ha sentado muy bien. Si digo esto es porque la película parece en muchos momentos una mezcla entre El exorcista (1973) y Seven (1995), en el sentido de que se trata de un thriller policial en el que una serie de horribles asesinatos tienen una explicación sobrenatural. Dicho así se parece mucho a otros trabajos que hemos reseñado antes, y aunque es cierto que la originalidad no es su mayor fuerte, tampoco es la principal pega que le he encontrado.

Mi mayor problema con ella quizá tenga que ver con una frustración personal que tengo y es que por lo visto el tema de las posesiones diabólicas es un callejón sin salida en cuanto a cine de terror, ya que no parece haber ninguna obra capaz o dispuesta de desprenderse de la influencia de la arriba citada película de William Friedkin. Esta de la que hablamos hoy es otro ejemplo de ello, y si bien Derrickson ya había tocado el tema de los exorcismos de una forma si se quiere un tanto novedosa, en esta ocasión se rinde ante un trabajo muy burdo que explota no sólo los clichés del cine de posesiones (incluso abriendo con una escena en Irak, tal como hiciera Friedkin en los setenta) sino también los del thriller nihilista protagonizado por un policía abrumado por los horrores que encuentra a diario y que ve puesta a prueba su postura ante la vida al encontrar un improbable aliado en el cura interpretado por Edgar Ramírez, quien le ayudará a encontrar al demonio responsable por las muertes y enfrentarse a él.

Es precisamente este personaje el que le termina de quitar a la película toda su seriedad; el aprovechamiento del actor a la hora de interpretar un cura moderno con un pasado de sexo y drogas termina pareciendo una parodia de sí mismo y provocando que el propio Ramírez recuerde a aquellos personajes que solía interpretar Antonio Banderas en el Hollywood de mediados de los noventa. En verdad no exagero si digo que todas las interacciones de los dos protagonistas con el aspecto sobrenatural de la historia dan mucha pena y dinamitaron, al menos para mí, todas las posibilidades de que me tomara la trama en serio. Esto último es particularmente frustrante porque la idea de un mal foráneo traído a tierras americanas como consecuencia de su intervención en conflictos extranjeros era si se quiere algo interesante que podría haber sido explorado de otra forma si se hubiese tenido la voluntad artística para ello.

En lugar de eso nos queda esta historia de horror con mensaje espiritual de redención y un policía atormentado que redescubre su fe al exponerse a la idea del Mal como algo absoluto y tangible de procedencia externa al hombre, es decir el mensaje opuesto a lo que Seven intentó transmitir en su día. Derrison no ha vuelto a dirigir nada de terror desde entonces, gracias entre otras cosas a su éxito en el universo Marvel con Doctor Strange (2016), pero espero que cuando vuelva lo haga con algo mejor que este último y muy mejorable esfuerzo.

Reseña: Ready or Not (2019)

Me la perdí en su momento así que tuve que recuperarla recientemente, y pese a que tenía las expectativas muy altas tras los entusiastas comentarios que había escuchado, Ready or Not (2019) terminó siendo incluso mejor de lo que esperaba. Muy similar a la también recomendada por aquí You’re Next (2013), al menos a nivel de premisa y ambientación, pero también más inclinada hacia la comedia negra y llena de momentos entrañables gracias sobre a su fabulosa protagonista Samara Weaving, quien acapara toda la atención con su figura de novia ensangrentada huyendo de una turba de asesinos.

La película también participa de otro arquetipo narrativo muy popular en el cine de terror como es el de un personaje que debe luchar por su vida como parte de un juego, en este caso además una especie de ritual en el que la rica familia del novio de la protagonista monta una cacería en la que persiguen a sus nuevos potenciales miembros, cacería con consecuencias muy reales y que pone de manifiesto no sólo esa violencia lúdica que hemos visto en otros trabajos sino también una nada disimulada sátira social contra los ricos y la explotación de gente a la que consideran prescindible. Esto la emparenta, curiosamente, a la también reciente The Hunt (2019), que se estrenó más o menos por la misma época y que tenía una premisa similar aunque en esta de la que hablamos ahora está mucho más inclinada hacia la comedia, algo que he agradecido porque la verdad no me la esperaba tan divertida.

Pero si la película funciona es sobre todo gracias a dos detalles que me llamaron la atención desde el primer momento. El primero es el espectacular ambiente que consigue con ese caserón recargado de objetos y lleno de pasadizos secretos e iluminada casi por completo por candelabros. El segundo es por supuesto la protagonista Samara Weaving, quien lleva en sus hombros todo el peso de la película y que tiene aquí probablemente su mayor y mejor lucimiento hasta la fecha. Algunos de los mejores momentos de la película son gracias a ella y su actuación aporta en gran medida ese tono de comedia que tan bien le sienta y que, insisto, no esperaba que estuviera tan acentuado porque la cinta es considerablemente violenta y en ocasiones cruel con sus personajes a pesar de que abraza el absurdo de su premisa de forma muy simpática.

La dejé pasar en su momento porque en la ciudad donde vivo no se estrenó ninguna copia en versión original, pero estoy muy contento de haberla recuperado. Ready or Not es una película divertidísima y que sabe manejar la comedia negra de manera muy efectiva, pero también es mucho más inteligente de lo que parece y estoy seguro de que sus responsables harán grandes cosas. Recomendadísima.

Reseña: Flatliners (2017)

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Esta vez dedicamos algunas líneas a una película que pasó casi por debajo de la mesa, concretamente la nueva versión de Flatliners (2017), remake de la cinta homónima de 1990 que ya reseñamos aquí y que en esta ocasión está protagonizada por Ellen Page, Diego Luna y otros actores de los que no he escuchado hablar nunca. Esto último me parece algo importante a destacar porque la original de Joel Schumacher es precisamente recordada, entre otras cosas, por su impresionante elenco de jóvenes estrellas en alza como Kevin Bacon, Julia Roberts, William Baldwin y sobre todo Kiefer Sutherland, quien también aparece brevemente en esta nueva versión.

Lo que sí parece haberse mantenido es la premisa: unos jóvenes, ambiciosos e irresponsables estudiantes de medicina que deciden experimentar en sus propias carnes aquello que ocurre en el cerebro en el momento de la muerte, experimento que en un principio parece tener consecuencias muy positivas ya que despierta el potencial de estos personajes (algunos se vuelven más inteligentes, otros más atléticos, etc), aunque luego por supuesto todo sale mal cuando empiezan a tener extrañas visiones del más allá y se convierten en blanco de lo que en un principio parecen ser presencias de ultratumba.

Aparte del tema de las habilidades (que tampoco es que tenga grandes consecuencias para la trama), esta película no introduce grandes cambios, por lo que la mayor parte de sus aportaciones son más bien superficiales, encima con una estética mucho más de andar por casa y un ritmo mucho más frenético acorde con su ambientación juvenil. La que sí ha cambiado, sin embargo, es la valoración moral, ya que esta versión establece más o menos desde el principio el carácter peligroso e irresponsable del experimento cebándose sobre todo con el personaje de Ellen Page, quien aquí es representada como alguien mucho menos carismático y genial que su equivalente interpretado por Sutherland en la original. Su contraparte masculina, el personaje de Diego Luna, es por el contrario el miembro más sensato del grupo y el único que se niega por completo a participar de la experiencia cercana a la muerte.

Aunque quizá el mayor problema que tenga es que no sólo es considerablemente menos terrorífica que su antecesora sino que por algún motivo intenta por todos los medios complicar un argumento que en la original era muy sencillo. Encima trata de encajar (incluso más que la original) un confuso mensaje moralista que nunca queda del todo claro, como tampoco queda claro el verdadero alcance de la amenaza sobrenatural que los protagonistas están sufriendo. La única sorpresa es una muerte que ocurre a la mitad de la película y pese a que inicialmente pareciera lo contrario, no tiene en realidad ningún peso para la trama. En realidad estamos hablando de una película un tanto vacía que no tiene los aciertos estéticos, ni de casting, ni la química que la versión anterior mostraba, así que no me sorprende que haya pasado desapercibida.

Reseña: Flatliners (1990)

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Flatliners (1990), o como se le conoce en España, Línea mortal, es una que quería desde hace tiempo recuperar para el blog porque recuerdo que fue una película de terror que me gustaba mucho en aquel entonces y que no había vuelto a ver en por lo menos dos décadas. Treinta años después de su estreno conseguí la motivación que necesitaba: el reciente remake con Ellen Page que salió hace un par de años y que muy pronto también reseñaremos por aquí. Pero ojo, ver de nuevo la original de Joel Schumacher ha sido toda una revelación porque si bien se me han hecho mucho más evidentes sus carencias, sigue teniendo un encanto especial y muchos puntos a favor que hacen aún más evidente su potencial (hasta cierto punto) desperdiciado.

Llamarla “de terror” también es estirar el término un poco pese a que el argumento parte de una premisa sobrenatural: cinco ambiciosos y geniales estudiantes de medicina que realizan un experimento clandestino para investigar de primera mano lo que ocurre después de la muerte, lo que básicamente constituye en irse matando y resucitando por turnos de forma cada vez más osada. El problema empieza cuando estas experiencias no salen gratis y cada uno de ellos trae de vuelta consigo extraños fenómenos que prueban no ser nada benévolos sino todo lo contrario. Por supuesto, lo más comentado de esta película incluso hoy en día es su elenco de lujo encabezado por figuras como Kevin Bacon, Julia Roberts (antes de alcanzar el mega-estrellato) y Kiefer Sutherland, quien ya había trabajdo con Schumacher en Jóvenes ocultos (1987), una película que tiene muchas similitudes estéticas con esta. En esta ocasión Sutherland no es exactamente el villano pero sí quien tiene el personaje más interesante, el principal motor tras el experimento y aquel que se verá más afectado por el ataque de un ente sobrenatural nacido de su experiencia con la muerte.

Es esta idea, repetida además en el resto de miembros del elenco, lo que convierte la película en un relato hasta cierto punto moralista en el que cada personaje debe saldar cuentas con su pasado de una forma si se quiere brutal. Aquí es donde comienzan mis problemas con ella, y esto es algo que no había notado hasta ahora, pasados muchos años: llegado un momento la cinta se vuelve demasiado larga y reiterativa, y parte de eso tiene que ver con el hecho de que las historias del grupo hacen bulto. La cinta dura casi dos horas (demasiado para una producción de este tipo en 1990) y el motivo es que insiste en mostrarnos las experiencias sobrenaturales del resto del grupo cuando está claro que la única realmente importante es la de Kiefer Sutherland, y la única además que es realmente de terror. Por este motivo resulta increíble que no sea él el protagonista absoluto y los demás sólo personajes secundarios. Por el contrario, la cinta insiste en presentar a Kevin Bacon y Julia Roberts como los protagonistas (romance incluido), cosa que a mi juicio es un error porque nos despoja del auténtico ángulo de cine de miedo que la película merecía.

Pero a pesar de esto estamos hablando de una cinta que todavía se sostiene, con una estética atractiva y un elenco ideal en el que cada uno de los cinco miembros del grupo tiene su oportunidad para lucirse. Además se toma su premisa en serio, cosa que no puedo decir del remake reciente. De ese hablaremos otro día, pero sólo quiero dejar claro que aunque mi recuerdo la haya mostrado como mejor de lo que realmente es, esta versión original de Flatliners es algo que sigue valiendo la pena. Curiosamente, Kevin Bacon protagonizaría casi una década más tarde la cinta Stir of Echoes (1999), una película muy superior y muy parecida a lo que esto debería haber sido y que sin embargo no fue.

Reseña: El cerebro (1988)

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Lo creáis o no, ha sido hace muy poco (unas semanas cuando mucho) que vi por primera vez El cerebro (1988), un clásico menor del terror serie B canadiense hecho muy probablemente a la sombra de Re-Animator (1985), no sólo porque ambas comparten al actor David Gale como villano, sino también porque ambas ostentan un sentido del humor similar y un énfasis en el imaginario grotesco que parece estar muy en sintonía con la película de Stuart Gordon. Aunque quizás no llegue a los niveles de maestría de esta, se trata de una cinta muy divertida y en muchos sentidos fascinante que lamento mucho no haber visto con anterioridad.

El argumento parte de un espíritu retro que ya era nostálgico en 1988 y que perfectamente podría haber sido rodado en los cincuenta: un chico rebelde y problemático que es enviado a la clínica de un gurú de autoayuda con planes de dominación mundial, y cuyo exitoso programa de televisión local esconde la influencia de un gigantesco cerebro alienígena con cara que controla las mentes de aquellos que le escuchan. El ambiente juvenil, el discurso anticolectivista y la imagen de aquel gran cerebro extraterrestre y los científicos que lo controlan son probablemente las cosas más interesantes que posee y el mayor atisbo de “seriedad” que la trama pueda tener, y son elementos que por sí solos habrían podido constituir una cinta de ciencia-ficción algo más solemne, pero eso es algo que no tarda en saltar por la borda.

Si digo esto es porque la cinta parece muy consciente de su propio potencial puesto que a pesar de ser muy violenta y contener pasajes muy oscuros, también es poseedora de un humor autodestructivo que rompe con la aparente seriedad de su propuesta, desde la increíble imagen del cerebro con cara malvada de puntiagudos dientes y eterna sonrisa hasta las numerosas secuencias autodenigrantes de su protagonista, quien es retratado como todos menos como un héroe al uso y cuya rebeldía y desprecio por el orden y la autoridad constituyen precisamente aquello que le hace inmune al control mental del monstruo.

En muchos sentidos, El cerebro (1988) no pasa de ser una serie B simpática con unos medios muy limitados y cierto regusto a cine de terror muy anterior a su época, pero sus imágenes, su muy divertido desarrollo y su nivel de descaro ante el sexo y la violencia son cosas que le han otorgado cierto nivel de reverencia con el tiempo a pesar de quedar algo opacada por muchas de sus contemporáneas como la ya citada Re-Animator o Están vivos (1988) de John Carpenter, que se estrenó el mismo año y que toca los mismos temas de una forma mucho más eficaz. Si la hubiese visto en el momento de su estreno seguramente habría estado entre mis favoritas de toda la vida, pero aún así es una gran película que aunque no tuvo continuaciones, está ahí para quien la quiera descubrir.

Reseña: Candyman 3 (1999)

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Aprovechando que este año se estrena su remake producido por Jordan Peele (bueno, eso está por verse todavía), recordé de pronto que nunca había reseñado esta tercera entrega de Candyman (1992), lanzada directamente a vídeo en 1999 y casi olvidada ya. No faltan motivos; Candyman 3: El día de los muertos (1999) es un punto muy bajo en la saga protagonizada por Tony Todd, incluso para los estándares del formato doméstico noventero. De sobra está decir que en muchos aspectos hace ver a su secuela precedente como una obra maestra, y lo que más rabia da es que al menos en su concepción inicial parece haber ideas interesantes y planteamientos que habrían podido dar mucho juego y que sin embargo se dejan completamente de lado.

Uno de esos ángulos ocurre desde los primeros minutos de metraje, cuando nuestra protagonista, descendiente de Candyman en persona, monta una exposición de arte con los cuadros de su famoso antepasado con la esperanza de limpiar su nombre y acabar con la leyenda negra en torno a alguien que no era sino un artista que murió a causa de una gran injusticia. Esta idea de explorar el lado artístico del personaje era algo que ninguna de las dos entregas posteriores había hecho y podría haber sentado la base de una película mucho más cerebral. Sin embargo, una vez en la exposición la chica principal es retada a decir el nombre de Candyman cinco veces delante de un espejo, lo cual por supuesto desencadena una nueva ola de asesinatos y hace que todo el interesante tema de las pinturas nunca se vuelva a tocar.

Me gustaría poder decir que es a partir de aquí cuando la cinta cambia de tono y se vuelve algo mucho más barato, pero no es así; eso es algo que queda claro desde los primeros planos que explotan el atractivo físico de su protagonista Donna D’Errico, recién salida de su etapa en Baywatch y a quien el guión no tiene mejores cosas que hacerla gritar de horror cada dos por tres. Tampoco parece haber un conocimiento claro de lo que las películas anteriores han hecho ya que esta cinta cambia una vez más el origen de Candyman: la primera película estaba ambientada en Chicago (de hecho, su ambientación era parte esencial del argumento), la segunda estaba por algún motivo ambientada en Nueva Orleans, y esta tercera parte tiene lugar en Los Ángeles, lo que le permite aprovechar una muy superficial e intrascendente mirada al ocultismo hispanoamericano y la tradición del Día de Muertos (de ahí el título) pese a que dichos elementos no tengan nada que ver con la historia o los personajes.

Desconexa, muy barata y sobre todo tremendamente superficial, Candyman 3 tira por la borda todo lo que hacía a la original interesante y lo sustituye por una historia de explotación con escenas de sexo hortera, un elenco de tercera fila y la sustitución del profundo comentario racial de la primera parte por unos policías racistas que parecen salidos de otra película. A ratos pareciera que sus responsables ni siquiera hubiesen visto las dos entregas anteriores, y es una pena porque tanto el tema artístico como la idea de un monstruo que cobra realidad mientras la gente crea en él son cosas que están presentes en el trasfondo del guión aunque nunca se les de importancia alguna. A partir de aquí un remake que vuelva a los orígenes es, de hecho, la única opción posible.

 

Reseña: Noche infernal (1981)

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Siguiendo con la poda de mi lista de pendientes cayó este menor pero simpático slasher de la edad de oro, y si digo menor es porque Noche infernal (1981) es principalmente recordado hoy en día por contar con Linda Blair como protagonista y final girl, con una historia un tanto atípica en la que un grupo de jóvenes universitarios deben pasar la noche en una gigantesca mansión abandonada si desean pasar a formar parte de una fraternidad. Dicha mansión, por supuesto, tiene una terrible leyenda detrás, una que en un principio todos se toman como un juego pero que termina teniendo un asidero real cuando un asesino comience a cargárselos uno por uno.

Esta curiosa premisa tiene un efecto estético muy interesante y tan ingenioso que dudo mucho haya sido intencional, y es el combinar la estética típica del relato gótico (los jóvenes van vestidos de época como parte del ritual) con los giros narrativos del slasher: un asesino silente del cual vemos muy poco, el elenco de jóvenes libidinosos y la ya clásica regla que dice que aquellos que tienen sexo, mueren. En este sentido el elenco es un acierto porque todos ellos resultan de lo más simpáticos y los numerosos toques de humor crean un contraste marcado con una película violenta incluso para los estándares de su época, aunque los efectos especiales ciertamente no estén a la altura de clásicos como Viernes 13 (1980) o My Bloody Valentine (1981), ambas muy superiores.

Donde sí que parece querer desquitarse es el ángulo sexual y en la explotación consciente de sus personajes femeninos, incluso de Linda Blair, la única cara conocida del elenco y que comparte protagonismo con el marcado escote que luce durante todo el metraje, si bien al ser la chica final es quien más recatada se muestra. Este énfasis en la carga erótica probablemente tenga mucho que ver con su director, Tom DeSimone, un hombre que venía de una larga y fructífera carrera como realizador de cine porno y para quien esta película resultó su mayor paso en busca de la legitimidad como autor. Pese a su contenido, esta fue la cinta más comercial de su carrera y lo más cerca que llegó a realizar entretenimiento familar.

De haberse hecho unos años antes, Noche infernal probablemente habría resultado más famosa, pero precisamente a principios de los ochenta el cine de terror tuvo una avanlancha de slashers memorables que se han quedado en nuestra memoria. A pesar de eso, resulta de lo más disfrutable y tiene una energía genuina que se mantiene incluso durante su apresurado e intenso final. Si eres alguien que disfruta con este tipo de cine y especialmente el de esta época en particular, yo diría que le des una oportunidad.

Reseña: You Might Be The Killer (2018)

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A pesar de que podría perfectamente ser uno de los conceptos más divertidos que han parodiado el género slasher desde hace mucho tiempo, You Might Be The Killer (2018) pasó prácticamente desapercibida incluso entre los fanáticos de este tipo de cine de asesinos enmascarados. En parte es entendible al ser una película muy modesta, y si bien es probable que no la recuerde mucho de aquí a unos años, sigue siendo una propuesta muy recomendable que conoce el subgénero que está parodiando, y tiene innegables recursos por mucho que superficialmente pareciera jugárselo todo a una única carta, en este caso su singular premisa.

Esta premisa a la que me refiero es la de un grupo de instructores de un campamento de verano que de repente comienzan a ser acosados por un asesino, historia que se nos cuenta desde el punto de vista de un hombre que, en medio de la persecución, llama a una amiga por teléfono pidiendo ayuda y explicando la situación en la que se encuentra. La amiga en cuestión, una dependienta de videoclub experta en películas de terror, va escuchando el relato de lo que ocurre y le revela a nuestro protagonista no sólo que está pasando por todos los lugares comunes del género slasher, sino que a juzgar por los giros de todo lo que ha pasado y las convenientes lagunas de memoria de su relato, es muy posible que él mismo sea quien se esté cargando a sus compañeros.

A partir de aquí la película se convierte no sólo en una lucha por la supervivencia, sino también en una investigación por parte de nuestro protagonista de descubrir la verdad acerca de lo que está pasando y por qué no puede recordar los momentos clave de su situación, todo por supuesto aderezado por un casi constante ángulo metanarrativo en el que tanto el protagonista Sam como su amiga Chuck van interactuando al teléfono y agregando el omnipresente elemento cómico de un trabajo que nunca llega a tomarse a sí mismo en serio. Parte de este desparpajo y del ingenio de la premisa tiene por supuesto que ver con sus orígenes: uno de los aspectos más publicitados de esta película es el hecho de estar basada en una conversación de Twitter (¡!) entre los escritores Sam Sykes y Chuck Wendig, que simularon toda esta conversación y en quienes están obviamente inspirados los personajes principales.

Pero es que aparte de sus innegables virtudes cómicas, incluso como slasher la película tiene sus aciertos, siendo incluso capaz de construir una mitología propia a pesar de que su asesino está claramente inspirado en todos los clichés de este tipo de cine, máscara de madera incluida. Como decía arriba, no es algo que vayamos a atesorar en el futuro, pero es una cinta muy divertida cuyo ritmo no decae en ningún momento, tiene dos protagonistas con una gran química (Alyson Hannigan nunca falla en ese sentido) e incluso su componente meta termina siendo mucho más disfrutable de lo que podría haber esperado en un principio. Vale la pena así que echadle un vistazo.

Reseña: Mara (2018)

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Aprovechando el bajón de actividades de estos días he querido echar mano de la larga y poco curada watchlist que tenía pendiente, y de entre todas sus entradas Mara (2018) era una que tenía ganas de ver, sobre todo porque era de las pocas de las que no tenía referencia alguna y que había llamado mi atención inicialmente porque estaba protagonizada por Olga Kurylenko, quien en los últimos años parece estar tomando el sitio otrora ocupado por Milla Jovovich en este tipo de productos de género de consumo rápido. El resultado ha sido un tanto desigual, puesto que si bien tiene unos aciertos innegables, esta cinta de terror sobrenatural no parece querer salir de una muy cómoda medianía que apenas consigue superar por momentos.

Uno de esos aciertos a los que me refiero arriba es el tema de la parálisis del sueño, un fenómeno realmente aterrador y que honestamente no recuerdo que haya sido tocado en muchas películas a pesar de su potencial. En este caso en particular, la película mezcla este tema con una maldición viral acerca de un “demonio del sueño” que acosa a determinados personajes hasta acabar con ellos, personajes entre los que se encuentra nuestra protagonista, una psicóloga que se ve metida de lleno en esto mientras investiga la misteriosa muerte de un hombre (supuestamente) a manos de su esposa.

Como decíamos, la película tiene potencial, por mucho que el tema de la maldición que se propaga y que termina infectando a una mujer que investiga sobre ella guarde reminiscencias a otras películas de las que hemos hablado en el pasado tales como The Ring (2002), con la que tiene muchas semejanzas tanto a nivel de anécdota como de estructura, puesto que aquí también asistimos a una carrera contra el tiempo una vez que la protagonista también comienza a ser afectada por las apariciones del ente sobrenatural, que se manifiesta a través de intensas sesiones de parálisis del sueño en las que tienen lugar las mejores y más terroríficas escenas de la película. Son estos momentos aquellos que presentan los que sin duda sean los mayores aciertos tanto estéticos como cinematográficos de la película, y es de hecho su constante repetición lo que nos muestra que estas son sus únicas armas, ya que el resto de la cinta es bastante pobre a nivel visual y se ve afectada por una estética plana que en otros tiempos habríamos llamado televisiva, cuando dicho término estaba de moda.

Lo cierto es que no es algo del todo insalvable; las apariciones de la criatura son sin duda muy buenas, y uno casi desearía que estuviesen contenidas en una película con una historia mejor que esta y que no fuese tan evidente deudora de otras cintas sobrenaturales de los últimos años, así como de varios éxitos del terror asiático. De todas formas, aunque no sea la mayor pérdida de tiempo que podáis tener en estos días, tampoco la recomendaría como una pieza interesante en el fenómeno de la parálisis del sueño, algo mucho mejor explorado y utilizado como fuente de terror en el excelente documental The Nightmare (2015), el cual aprovecho para recomendar como una auténtica fuente de pesadillas (nunca mejor dicho) para estos días.