Reseña: El culto de Chucky (2017)

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Mientras otras sagas han ido decayendo al repetir el mismo esquema una y otra vez, Chucky sigue dando batalla, y con esta séptima entrega, El culto de Chucky (2017), su creador Don Mancini intenta explorar nuevas vertientes de terror con una película muy distinta a todas las que se hayan realizado antes del muñeco diabólico. El experimento no termina de funcionar del todo, pero sus grandes ideas nos demuestran al menos que esta es una saga que todavía tiene cosas que dar, y una que demuestra cómo es que ha conseguido resucitar en más de una ocasión.

Esta vez Chucky regresa para acosar nuevamente a Nica, protagonista y superviviente de la película anterior, quien ha sido culpada por la masacre de La maldición de Chucky (2013) e internada en un psiquiátrico. Esta ambientación es doblemente conveniente no sólo por proveer al muñeco de un mayor número de víctimas sino también porque regresa en cierto modo al esquema original de Child’s Play (1988) en la que se jugaba con la idea de la incredulidad en cuanto a la naturaleza del personaje; Nica, quien con los años ha llegado a convencerse a sí misma de su culpabilidad, debe no sólo enfrentarse otra vez al muñeco sino también al personal del psquiátrico que no le cree.

Pero el mayor cambio no es ese, sino la forma en que Mancini utiliza esta ambientación como excusa para desatar todo el material que ha aprendido durante su etapa como guionista en la serie Hannibal, de la que toma tanto la representación de los psicólogos como villanos como esa estética elaborada y limpia, completamente distinta al resto de la saga, así como la incorporación de escenas y secuencias surrealistas que rompen con el tono más o menos realista que habían tenido estas películas hasta entonces. También echa mano de la nostalgia al traer de regreso a personajes de cintas anteriores interpretados por sus actores originales, sobre todo Alex Vincent en el papel de Andy, quien ya había tenido un cameo al final de la cinta anterior pero que aquí tiene una participación mayor. Y sin duda, del detalle más interesante es un giro argumental en cuanto a los poderes de Chucky que muy probablemente sus fans hayan imaginado desde hace mucho tiempo pero que hasta la fecha no se había utilizado.

Este último detalle es lo mejor porque abre la saga a un sinfín de posibilidades que se encuentra muy por encima de un argumento caótico y una estructura un tanto apresurada que muestra las debilidades de la película, como si Mancini hubiese balanceado todas las interesantes ideas de su premisa sin preocuparse por brindarnos una trama unificada. Y aquí es donde está lo malo; a pesar de sus aciertos, El culto de Chucky es una película dañada por su ambigüedad, que hace que por momentos no sepamos realmente a donde va y que llegado a un punto simplemente termina de forma abrupta. Mancini ha dicho en reiteradas ocasiones que este no es el fin de la saga sino que esta continuará muy a pesar de que este año vimos un remake que la empezaba de cero. Lo cierto es que para el 2020 ya ha sido confirmado el regreso del muñeco en forma de una serie de televisión que continuará la trama de esta película y, quizás, le de un final satisfactorio y una continuidad de sus posibilidades. Es rara e inusual para los estándares de Chucky, pero creo que precisamente por eso vale la pena.

 

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