Reseña: Mara (2018)

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Aprovechando el bajón de actividades de estos días he querido echar mano de la larga y poco curada watchlist que tenía pendiente, y de entre todas sus entradas Mara (2018) era una que tenía ganas de ver, sobre todo porque era de las pocas de las que no tenía referencia alguna y que había llamado mi atención inicialmente porque estaba protagonizada por Olga Kurylenko, quien en los últimos años parece estar tomando el sitio otrora ocupado por Milla Jovovich en este tipo de productos de género de consumo rápido. El resultado ha sido un tanto desigual, puesto que si bien tiene unos aciertos innegables, esta cinta de terror sobrenatural no parece querer salir de una muy cómoda medianía que apenas consigue superar por momentos.

Uno de esos aciertos a los que me refiero arriba es el tema de la parálisis del sueño, un fenómeno realmente aterrador y que honestamente no recuerdo que haya sido tocado en muchas películas a pesar de su potencial. En este caso en particular, la película mezcla este tema con una maldición viral acerca de un “demonio del sueño” que acosa a determinados personajes hasta acabar con ellos, personajes entre los que se encuentra nuestra protagonista, una psicóloga que se ve metida de lleno en esto mientras investiga la misteriosa muerte de un hombre (supuestamente) a manos de su esposa.

Como decíamos, la película tiene potencial, por mucho que el tema de la maldición que se propaga y que termina infectando a una mujer que investiga sobre ella guarde reminiscencias a otras películas de las que hemos hablado en el pasado tales como The Ring (2002), con la que tiene muchas semejanzas tanto a nivel de anécdota como de estructura, puesto que aquí también asistimos a una carrera contra el tiempo una vez que la protagonista también comienza a ser afectada por las apariciones del ente sobrenatural, que se manifiesta a través de intensas sesiones de parálisis del sueño en las que tienen lugar las mejores y más terroríficas escenas de la película. Son estos momentos aquellos que presentan los que sin duda sean los mayores aciertos tanto estéticos como cinematográficos de la película, y es de hecho su constante repetición lo que nos muestra que estas son sus únicas armas, ya que el resto de la cinta es bastante pobre a nivel visual y se ve afectada por una estética plana que en otros tiempos habríamos llamado televisiva, cuando dicho término estaba de moda.

Lo cierto es que no es algo del todo insalvable; las apariciones de la criatura son sin duda muy buenas, y uno casi desearía que estuviesen contenidas en una película con una historia mejor que esta y que no fuese tan evidente deudora de otras cintas sobrenaturales de los últimos años, así como de varios éxitos del terror asiático. De todas formas, aunque no sea la mayor pérdida de tiempo que podáis tener en estos días, tampoco la recomendaría como una pieza interesante en el fenómeno de la parálisis del sueño, algo mucho mejor explorado y utilizado como fuente de terror en el excelente documental The Nightmare (2015), el cual aprovecho para recomendar como una auténtica fuente de pesadillas (nunca mejor dicho) para estos días.

 

Reseña: The Amityville Murders (2018)

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Por increíble que parezca, es probable que haya hablado demasiado pronto cuando nombre a Amityville Dollhouse (1996) la más floja entrega de la saga de Amityville. Parece que más bien ese puesto debe ser reservado para su entrada más reciente, The Amityville Murders (2018), precuela de explotación que descubrí hurgando en servicios de streaming y de la que no sabía nada a pesar de que debería haber escuchado hablar de ella gracias a su guionista y director, Daniel Farrands, quien en los últimos años se ha granjeado mala fama gracias a películas “polémicas” que explotan casos reales con ángulo de cine de terror como The Haunting of Sharon Tate (2019) o The Murder of Nicole Brown Simpson (2019), además de esta de la que hablamos hoy.

Lo cierto es que las tres películas terminan pareciéndose mucho, no sólo por el hecho de usar un evento real como base argumental sino también en unos valores de producción bastante mejorables. Esta cinta, sin embargo, tiene un componente de género mucho más marcado ya que pese a ser indepentiente de otras entregas de Amityville, sí que mantiene su mirada fija en la saga original al relatar no la historia de la familia Lutz y su mudanza a una casa embrujada sino el misterioso crimen original, el asesinato por parte de Ronald DeFeo a todos los miembros de su familia, todos ellos con sus nombres reales. En realidad estamos hablando de un remake encubierto de Amityville 2: The Possession (1982), algo que queda bastante claro con la presencia de Diane Franklin en el elenco, quien hacía de la hija DeFeo en la película del 82 y que aquí interpreta a la madre.

Una cosa curiosa de esta nueva entrega es que Farrands ha decidido por lo visto mantenerse lo más fiel posible no sólo a los hechos “reales” sino también a la percepción que estos han tenido en la cultura popular. Varios de los elementos más conocidos de la saga de Amityville están aquí: las ya icónicas ventanas de la casa, la “habitación roja” del sótano, las distintas apariciones que van atormentado al hijo mayor. Pero también hay un énfasis muy fuerte en el drama de una familia disfuncional traumatizada por un padre tiránico, así como un guiño hacia una quizá menos conocida teoría de la conspiración que involucraba a la mafia. Todo esto por desgracia está mezclado con un componente místico/fatídico increíblemente forzado, que busca dar a la historia un aire de fatalidad demasiado solemne y que termina pareciendo una broma, lo que sólo se ve empeorado por una estética muy cutre y unas actuaciones realmente pobres.

A todo esto hay que sumar el hecho de que esta es una película muy monótona que tarda mucho tiempo en mostrar algo interesante. Comparada con la segunda entrega de la saga está claro que se trata de un trabajo muy inferior a pesar de tocar el mismo tema, y por momentos pareciera que no sabe muy bien si quiere ser una cinta de terror al uso o un pseudo-documental dramatizado de los crímenes que dieron origen a la historia de la casa. En realidad se trata de un trabajo muy pobre que delata un afán de explotar vulgarmente una tragedia real vendiéndola como algo dotado de un mayor significado del que realmente tiene, con lo que entiendo el rechazo que han generado las películas de este director hasta ahora. Por mi parte, esta es la última cinta de Amityville que me faltaba por reseñar, y aunque sé que en cualquier momento habrá más, considero que con esta hemos realmente tocado fondo.

Reseña: Amityville: el despertar (2017)

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Después de pasar años en un infierno de distribución que todavía no se ha resuelto del todo (se trata de una película nada fácil de ver legalmente en muchos países), algunas expectativas se habían levantado en torno a Amityville: el despertar (2017), a las que mi afán de completismo por supuesto no se ha podido resistir. Contrariamente a lo que creía en un principio, esta nueva película acerca de la casa embrujada más famosa de los Estados Unidos no es una secuela tardía de la película de 2005, pero tampoco es un remake de la original de 1979. Se trata, por increíble que parezca, de una película completamente independiente producida por Blumhouse y puesta bajo la dirección del muy eficiente director francés Franck Khalfoun, habitual colaborador de Alexandre Aja y que ya tiene en su haber cintas muy buenas como P2 (2007) o el remake de Maniac (2012), aunque aquí no parece que le hayan dejado demasiadas libertades.

La trama es la misma que ya hemos visto en otras encarnaciones, con una nueva familia mudándose a la casa de la Ocean Avenue 112 y comenzando a ser acosadas por un mal que habita en sus paredes. Tres cosas, sin embargo, la distinguen de sus antecesoras: la primera de ellas es su enfoque juvenil con Bella Thorne encarnando el ya muy conocido arquetipo de hija rebelde a quien nadie cree a pesar de ser la primera en reconocer el carácter maligno de la vivienda. La segunda es la subtrama de un hijo enfermo que se convierte en el blanco de las fuerzas sobrenaturales, algo que emparenta a esta película con la ya reseñada aquí Exorcismo en Connecticut (2009). La tercera, y esto es sin duda alguna lo más curioso de todo, es que en esta ocasión sus creadores han dado un giro metanarrativo a toda la historia; uno de los motivos por los cuales sabemos que no se trata de un remake es que esta película transcurre en un universo en el que las películas de Amityville existen, e incluso tenemos una escena en la que los personajes están literalmente viendo en la tele la original de 1979, a la vez que se hacen velados comentarios acerca de cómo las nuevas versiones de los clásicos del terror suelen dejar mucho que desear.

Este guiño, que por un momento pensé iba a ser más explotado, termina sin embargo siendo algo meramente anecdótico, ya que todo el resto de la película resulta muy convencional y se convierte en una historia de posesiones muy de andar por casa a pesar de que toda la subtrama del hijo en coma siendo acosado por el Mal es algo genuinamente inquietante y que podría haber dado mucho juego, tal como demuestra el por otro lado muy eficiente trabajo del actor Cameron Monaghan. Si la película se hubiera centrado más en este misterio, en la por otro lado ambigua representación de la madre interpretada por Jennifer Jason Leigh (que parece tener motivaciones ocultas que nunca son exploradas del todo en la película) o en las propias manifestaciones sobrenaturales de la casa, estaríamos hablando de algo muy superior ya que algunas de sus ideas prometen. Por desgracia esta también es una cinta que fue mutilada por la censura en un intento de hacerla más comercial para un público juvenil que en teoría era el ideal debido a la presencia de su actriz principal.

Lo triste del asunto es que estamos hablando al final de una película mediocre que ha sido condenada a la ignominia por cosas que no tienen que ver con la cinta en sí sino con los numerosos problemas que ha tenido para ser realizada y distribuida. La saga de Amityville nunca ha producido lo que se dice buen cine de terror, pero esta al menos tiene ideas y detalles que la podrían poner entre las mejores que se han producido basadas en esta casa embrujada. Tal como está lo que nos ha quedado es una película de terror del montón con unas fuertes ansias de explotación pura y dura, como demuestran sus sustos descafeinados, su muy básica mitología y sus numerosos planos de Bella Thorne en braguitas. No es terrible, pero sí francamente olvidable.

Reseña: Martyrs (2015)

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Confieso que esta era una que tenía mucha curiosidad por ver. La verdad es que en su momento no me enteré siquiera de que Blumhouse había realizado en el 2015 este remake de la francesa Martyrs (2008), y no debo haber sido el único porque esta nueva versión pasó sin pena ni gloria resultando prácticamente ignorada a pesar de que la original fue no sólo muy popular sino también muy admirada por la mayoría de la crítica mainstream como una de esas piezas emblemáticas del terror francés de mediados/finales de los dosmil. Esta versión americana, muy previsiblemente, es un refrito descafeinado que suaviza gran parte del impacto de su predecesora, pero también intenta en cierta medida algunos cambios destinados a darle otra sensación dramática a la misma historia. No puedo decir que funcione, pero me ha resultado al menos interesante de ver.

La premisa base es la misma, así como aproximadamente dos terceras partes del argumento. De todas formas, lo más interesante de estos remakes siempre ha sido ver exactamente en qué se diferencian; en esta ocasión, el Martyrs (2015) de Blumhouse parece buscar un mayor ángulo dramático al dedicar más tiempo de metraje a la amistad entre las dos chicas protagonistas, algo que no hacía el original de Laugier (más preocupado en los giros de trama y su crueldad nihilista) y que personalmente me pareció una gran idea que por desgracia no lleva a ninguna parte.

Si digo que no lleva a ninguna parte es porque precisamente toda esta construcción del amor entre estas dos huérfanas hermanadas por la desgracia parece sólo una excusa para un tercer acto que abandona casi por completo el camino trazado por la original y se convierte en un enfrentamiento justiciero que muy probablemente se haya hecho para dar a la película un final moralmente más satisfactorio para el público, algo que en cierto sentido me recordó a la también reciente Inside (2016), que reseñamos aquí hace relativamente poco. Este cambio, que se ve venir desde muy lejos valga decir, no me parece malo en sí mismo, pero esta hecho con mucha menos imaginación y resalta todos sus temas y explicaciones hasta el hartazgo mediante diálogos, como si alguien hubiese decidido hacer Martyrs pero volviéndola más accesible para un público mayoritario, algo que también se deja ver en el hecho de que es considerablemente menos violenta que la original, pese a que tengamos que soportar un primer plano de tortura bastante desagradable.

La cinta de Pascal Laugier del 2008 es hoy por hoy recordada como una de las más emblemáticas de su momento, mientras que esta nueva versión es la marca blanca de esta. Siendo sincero, algunas de sus ideas me agradaron y en general no la encontré tan ofensiva como la ya citada Inside, pero entre el hecho de parecer mucho más barata, mucho menos violenta y haber sustituido su brutalidad por un final de acción apresurado y hasta algo risible hace que no termine de convencerme. Creo que la mayor decepción ha sido descubrir que el guionista de esta nueva versión es Mark L. Smith, quien no sólo tiene experiencia en el género de terror con trabajos como Vacancy (2007) u Overlord (2018), sino que encima también ha escrito guiones de éxito en el mainstream como The Revenant (2015). Mi consejo: si tenéis estómago, mejor la original.

 

Reseña: Amityville Dollhouse (1996)

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Retomando lo que parece ser todo un proyecto de vida, llegamos a la octava entrega de la saga de Amityville, titulada Amityville Dollhouse (1996), una producción lanzada directamente en formato doméstico y que viene a ser básicamente un exploit de la premisa de las películas anteriores, con un toque ligeramente distinto pero cuyos valores de producción terminan pasándole factura de la peor manera. Reuniendo todos los vicios del terror de usar y tirar, estamos hablando de la que probablemente sea la peor entrega de la saga; las peores actuaciones, la peor dirección y sin duda el peor guión. Esto último se agrava porque todas y cada una de las escenas están rodadas como si de una comedia se tratase, con mención especial para las escenas de sexo, de las más cutres que se hayan visto incluso para los estándares de mediados de los noventa.

Una vez más, y como viene siendo tradición desde la cuarta entrega, la historia tiene lugar en otro sitio distinto a la casa de Amityville y la maldición parece provenir de un objeto, en concreto una casa de muñecas modelada (por algún motivo que se me escapa) a partir de la famosa vivienda embrujada del 112 de la Ocean Avenue.  Dicha casa de muñecas es hallada por el padre de una familia en su nueva propiedad, y a partir del momento en que se la regala a su hija comienzan a ocurrir hechos paranormales que poco a poco van minando a una familia que parecía ya un tanto disfuncional de entrada.

Pero a pesar de que todos estos son elementos que hemos visto con anterioridad, esta película no tiene realmente ninguna conexión con las anteriores; de dónde vino la casa de muñecas (la vivienda a la que se muda la familia fue construida por ellos sobre unas ruinas), el por qué esta es igual a la casa de Amityville o el origen de la maldición son cosas que nunca se explican, aunque francamente tampoco parece que importen nada. Por el contrario, todo el metraje se va en la formación de conflictos que afectan a cada uno de los miembros de la familia por separado, una idea que francamente me pareció buena, pero que muy pronto se abandona porque está claro que no todas estas historias tienen el mismo peso. Cosas como la pasión incestuosa de la madrastra por su joven hijastro o el gradual descubrimiento de lo sobrenatural por parte de la hija pequeña son subtramas que se abandonan y que no llegan a cerrarse nunca.

Todo esto se ve afectado, por supuesto, por unas actuaciones realmente pobres, una estética prácticamente de sitcom y una dirección poco imaginativa que lleva a momentos realmente vergonzosos ya que parece que la película no se está tomando a sí misma en serio a pesar de que toda su comedia es involuntaria. El final eleva los niveles de serie Z hasta lo indecible con una confrontación contra demonios de látex y mundos paralelos que podría haber dado juego si hubiesen sido al menos sido introducidas gradualmente para justificar la presencia de la casa de muñecas como puerta al horror, ya que si yo tuviera que señalar un objeto maldito de esa casa hubiese sido probablemente la chimenea, mucho más relevante para la trama. En fin, Amityville Dollhouse es hasta la fecha la peor entrega de la saga que he visto y la recomendaría únicamente para nostálgicos de esa estética tan reconocible de video club de los noventa. Esos mismos nostálgicos quizás reconozcan en un pequeño papel a la joven Lisa Robin Kelly, quien tuvo un papel secundario en las primeras temporadas de That 70’s Show y que salió de la serie debido a sus múltiples problemas con las drogas. Amityville es una saga que por lo visto se niega a morir, y estoy seguro de que volverá por más que el éxito siga escapándosele.

Reseña: Bliss (2019)

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Probablemente el primer estreno de terror realmente destacable que he visto este año, Bliss (2019) debería bastar para que nos pusiéramos las pilas y comenzáramos a seguir la obra de su director, Joe Begos, quien consigue aquí un magnífico thriller fantástico-erótico acerca de una pintora en medio de una crisis creativa quien tras una noche de juerga y experimentación con drogas duras comienza poco a poco a transformarse en una criatura con una imparable sed de sangre, condición que se va colando en su obra de manera inesperada.

Esta idea de la que parte, valga decir, es un arquetipo de terror que me gusta mucho y que ya hemos mencionado en alguna otra ocasión: el del artista atormentado cuyo encuentro con lo sobrenatural le va destruyendo pero a la vez le insufla una nueva creatividad que le empuja a hacer su mejor obra. Pero aunque la idea en sí no sea muy original, la película le inyecta una vitalidad y energía realmente envidiables, y la hermosa estética de su director de fotografía Mike Testin (quien repetiría con Begos en VFW (2019), estrenada el mismo año) eleva un material que en otras manos quizás no habría pasado de ser una cinta de terror del montón.

Es precisamente esa estética, oscura y a la vez colorista y perfectamente a juego con el viaje desenfrenado de sexo, sangre y drogas que impregnan los noventa minutos de metraje lo más interesante de todo, por encima incluso del argumento que, como decíamos arriba, es muy básico. Tan básico que la cinta nunca llega a explicar del todo el origen de la aflicción de la protagonista ni su naturaleza (aunque sabemos perfectamente en qué se está convirtiendo, dicha palabra nunca se menciona). Poco importa porque el descenso del personaje y su obsesión está muy bien retratado y sobre todo soberbiamente actuado por su actriz principal, una magnífica Dora Madison que se entrega por completo y a la que espero ver más en el futuro.

Violenta, sucia, visceral y también llena de una gran carga sensual, Bliss es sin duda una que volveré a ver y que queda recomendada desde ya. La cinta se encuentra en un limbo un tanto extraño ya que es demasiado particular para encajar dentro del mainstream pero al mismo tiempo muy poco cerebral como para ser incluida dentro de aquello que se suele conocer (por desgracia) como “terror serio”. Creo que eso incluso la hizo más especial ante mis ojos. Dadle una oportunidad porque vale la pena.

Reseña: Child’s Play (2019)

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Decir que la nueva Child’s Play (2019) ha sido una sorpresa es quedarme corto porque la verdad no esperaba que me fuera a gustar tanto. Mis expectativas en el momento en que se anunció estaban bajísimas, principalmente por la forma tan distinta en que replanteaba su premisa y al mismo tiempo decidía mantener los aspectos más icónicos del diseño original. Finalmente esta aparente contradicción ha resultado ser una de sus mayores virtudes, y aunque falla en muchos aspectos, se trata de una película muy entretenida a la que se le puede sacar mucho jugo ya que toma su propio camino que en nada se asemeja a la saga de Don Mancini, la cual no olvidemos continúa teniendo su vida propia.

Como todos sin duda sabéis ya, en esta ocasión nuestro muñeco asesino Chucky no es un juguete habitado por el espíritu de un psicópata. Es más, ni siquiera es humano; se trata de un robot de compañía, un asistente virtual defectuoso que ha perdido todas sus inhibiciones de comportamiento y que sólo desea ser el fiel compañero de su dueño Andy y protegerlo, pese a que los métodos que usa para ello incluyan asesinatos. El prólogo de la película en el que cuentan el origen de Chucky en una distópica fábrica china es glorioso y algo sin duda muy coherente no sólo con lo que quiere contar la película en sí sino también con la cinta original de 1988, la cual también dejaba colar su sutil puya al mercantilismo. Reconozco que ya desde el principio quedé enganchado ya que el origen de Chucky tiene cierto componente de arbitrariedad que le sentó muy bien e hizo de la historia algo sencillo y fácilmente extrapolable al contexto de entretenimiento nostálgico al que la cinta hace referencia, como bien demuestran cosas como la paleta de colores o el jersey rojo de Andy que nos trae al recuerdo la estética claramente Amblyn de la que esta película hace gala.

El apartado estético es algo que también tiene su significado y que justifica decisiones que en un principio yo ninguneaba; una de las cosas que me hacían desconfiar de este remake era que sus creadores habían mantenido en gran medida el diseño original de Chucky a pesar de haber cambiado sus orígenes, pero incluso esto tiene un propósito mayor. El diseño del muñeco y su comportamiento hacen de él un ser anacrónico y desfasado (hay incluso un chiste recurrente a lo largo de la cinta en cuanto al inminente lanzamiento de otro modelo superior) que hasta cierto punto es poseedor de cierta inocencia que se ve corrompida por sus dueños humanos. La relación entre Chucky y Andy al principio de la película tiene cierto componente de ternura hasta el punto de que como público hasta llegamos a sentir pena por un robot que sólo busca complacer a su dueño en todo y que termina infectándose de la trivialidad con la que los humanos reciben la violencia; en este sentido una de las mejores secuencias de la película es cuando Chucky observa las hilarantes reacciones de sus dueños a las escenas más sangrientas de La matanza de Texas 2 (1986), un sutil pero brillante ejercicio metanarrativo que elevó la película un poco más ante mis ojos.

Por supuesto está muy lejos de ser perfecta ya que sigue siendo en muchos sentidos una película un tanto chapucera que nunca llega a explotar del todo sus posibilidades y que peca en muchas ocasiones de invoresímil y ambigua en cuanto al alcance de los poderes de Chucky, especialmente en las escenas que incluyen un enfrentamiento físico con el muñeco. Pero esto es algo que la cinta sabe muy bien ya que nunca llega a tomarse a sí misma demasiado en serio. Por el contrario, es un divertimiento muy básico aunque bastante violento, y un remake que pese a todos sus problemas ha sabido sacar algo muy distinto de la original y abrirse su propio espacio. Espero sinceramente que esta nueva Child’s Play tenga algún tipo de continuidad ya que hay mucho potencial que explorar y considero que este ha sido un primer paso más que eficiente. Si eres fan de la saga original deberías sin duda alguna echarle un vistazo.

Reseña: The Lodge (2019)

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Veronika Franz y Severin Fiala, los mismos directores de Goodnight Mommy (2014) traen The Lodge (2019), un thriller psicológico con un ligero toque sobrenatural que pintaba en un principio muy bien pero que termina siendo mucho menos de lo que prometía en un principio. Con todo y eso la película pertenece a una tendencia actual dentro del cine de terror que yo personalmente agradezco, esas cintas atmosféricas lentas y pausadas con gran énfasis en la imagen y de las cuales ya hemos tenido ejemplos recientes como The Blackcoat’s Daughter (2015), Hagazussa (2017) o Hereditary (2018).

Menciono esta última porque por desgracia The Lodge se ha llevado algunas comparaciones (casi siempre desfavorables) con la película de Ari Aster, comparaciones que se deben principalmente a ciertas decisiones estéticas en común como la casa de muñecas, además de una apertura argumental que va acerca de una familia tocada por la tragedia. En esta ocasión se trata de dos niños que deben pasar unos días con su joven y futura madrastra en una cabaña aislada en medio de la nieve y, por supuesto, empiezan a ocurrir cosas que sugieren una presencia en la casa.

Hasta aquí podría parecer una película convencional, pero no lo es del todo; a través de un ejercicio de dirección muy bueno, la cinta de Franz y Fiala juega con el espectador ofreciendo un cambio de punto de vista que termina afectando toda la película. Todo el inicio está contado desde la visión de los niños, y la cámara deliberadamente evita mostrarnos el rostro de la madrastra hasta que ya el viaje a la cabaña es inevitable. Es en este momento, cuando comprobamos que la chica no es un monstruo sino una joven común y corriente con un pasado problemático, cuando la historia cambia de perspectiva y la muchacha pasa a ser la protagonista, y la odisea a la que se enfrenta cuando se queda sola con los dos críos y sus propios fantasmas (tanto internos como externos) se hace por momentos muy dura de ver y convierte todo en un macabro cuento de hadas que simplemente no puede acabar bien.

Todo este interesante tratamiento, así como el empleo del imaginario religioso unido al trauma y la aplastante sensación de soledad de la casa y sus alrededores bastarían para poner a The Lodge en un sitio alto en cuanto al cine de terror reciente. Por desgracia es una película que queda bastante tocada por una revelación que ocurre en su tercer acto la cual no sólo es muy predecible sino que además resulta poco verosimil y para colmo termina arrojando una nueva luz sobre los eventos transcurridos con anterioridad. Como resolución me pareció tan pobre y absurda que debo decir arruinó casi por completo mi experiencia. La salvan la estética y la sobresaliente dirección de Franz y Fiala, pero la historia me pareció poco aprovechada y definitivamente mucho más ligera que sus anteriores trabajos. Tiene cosas que valen la pena pero en general no puedo decir que me haya dejado satisfecho.

Reseña: The Grudge (2020)

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Apenas veinte años tras su primera encarnación, la gente de Ghost House Pictures nos trae esta nueva versión de The Grudge (2020), su segundo remake americano y décimosegundo largometraje de una saga que se niega a morir (décimotercero en realidad sin contamos este). El anuncio de este remake fue algo que en su momento me tomó por sorpresa, porque no sé si en realidad alguien lo estaba pidiendo. Había sin embargo cierto entusiasmo por ella teniendo en cuenta que su director era Nicolas Pesce, el mismo de la muy celebrada Los ojos de mi madre (2016). Al final no sé qué tanta influencia haya tenido este cineasta ya que esta nueva versión no pasa de ser una película de terror muy convencional de nuestros tiempos, y a pesar de que tiene innegables aciertos, es poco lo que puede hacer para hacernos olvidar el recuerdo ya no de la original, sino incluso de su primera versión occidental del 2004.

A pesar de que en esta ocasión estamos hablando de un soft reboot (es decir, una cinta que pese a ser un remake busca tener también algo de continuidad con la saga original) la trama es básicamente la misma de todas las entregas anteriores: una maldición viral que gira alrededor de un horrible crimen y que se aferra a todos aquellos que ponen pie en la casa donde se perpetró el asesinato. La principal novedad es que en esta ocasión los personajes son todos americanos y la película transcurre por completo en los Estados Unidos. Todo lo demás resulta igual; de hecho, una de las mayores sorpresas positivas que me llevé es que la película mantiene el esquema narrativo de las originales al estructurar el argumento en varias tramas que se intercalan en desorden cronológico. Eso sí, no parece que se hayan fiado mucho de la inteligencia del público ya que la cinta te va guiando no sólo indicando mediante rótulos el año en el que transcurre cada historia (curiosamente entre 2004 y 2006 por algún motivo) sino también con ub marco narrativo que engloba todas las subtramas y lo deja todo bien atadito.

Curiosamente, no he leído casi comentarios acerca de otro de los aspectos que este remake consigue recuperar de la original y es el lado dramático; aparte de la historia de fantasmas, todos los personajes de esta película parecen estar afectados por una pérdida o una situación familiar muy jodida, lo cual puede parecer poca cosa pero tiene el efecto de hacer que como público nos identifiquemos con los personajes y terminemos sufriendo con ellos, algo que puede que no salve la película del todo pero que al menos le da ese tono deprimente y desesperanzador que la original japonesa tenía y que sus contrapartes americanas en mayor parte no supieron reproducir. En ese sentido está muy bien y pienso que consigue momentos y escenas rescatables, ciertamente mucho más que el muy superficial gore (excesivo e innecesario en muchos momentos), los sustos baratos y ciertos momentos de la trama poco creíbles.

Ese viene a ser el único problema que tengo en realidad con la película; no hay casi sorpresas, resulta muy predecible en todo momento y pese a que ciertos pasajes demuestran un oficio mayor de lo que podría esperarse, sigue siendo en el fondo una cinta de terror de las muchas que se estrenan en enero y que están destinadas por lo visto a cubrir una cuota. Me alegra que haya recuperado algunos elementos de la original que se habían perdido con sus numerosas encarnaciones (incluso en Japón) pero sigue teniendo muy poca personalidad. De hecho, la curiosa manera en la que transcurren los créditos finales es lo único que se sale de los convencionalismos del terror comercial y algo que la gente que acudió a mi pase comentó a la salida. No sé por qué, pero esperaba más, y pese a que no es la peor encarnación de The Grudge que hemos visto, dudo mucho que esto vaya a resucitar la saga.

Reseña: Leatherface (2017)

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Después de mucho tiempo esperando la oportunidad finalmente pude echarle un vistazo a Leatherface (2017), hasta la fecha octava película en la saga de La matanza de Texas, y el resultado no ha sido del todo como me esperaba. Pese a las malas críticas que tuvo en su momento, la verdad es que es una película inofensiva que en muy poco se diferencia de las decenas de survival horror que solemos ver por aquí, y paradójicamente la mayor parte de su metraje tiene muy poco que ver con la cinta original o cualquiera de sus entregas anteriores. De todas formas, para mí lo más interesante siempre será como a pesar de haber servido de inspiración a gran parte del terror moderno, la película de Tobe Hooper de 1974 se resiste a ser convertida en una franquicia de éxito por mucho que Hollywood lo siga intentando cada cierto tiempo.

En esta ocasión tenemos una precuela (sí, otra vez) que promete, al menos de entrada, contar el origen de la familia Sawyer. Digo de entrada porque la película realmente no va de eso sino que tras un episodio inicial de violencia que involucra lo que intuimos es un Leatherface niño la cinta hace un salto temporal de varios años pasando a la historia de unos psicópatas que se fugan de un manicomio, sin hacer mención alguna a los eventos transcurridos en el prólogo y dejando prácticamente abandonada la trama de la familia de caníbales que hasta la fecha había sido el punto en común de todas estas películas.

Este cambio argumental es interesante por varios motivos; el primero de ellos es que pronto nos damos cuenta de que la identidad de los jóvenes escapados del manicomio se nos oculta de forma deliberada invitando al público a intentar adivinar cual de ellos es Leatherface lanzando numerosas pistas falsas, aunque considero que dicha revelación es algo que queda bastante claro prácticamente desde el principio. El otro aspecto curioso es que la nueva trama de fuga del psiquiátrico y la persecución por parte de la policía (incluyendo un sheriff que desea vengar la muerte de su hija) emparenta a esta precuela ya no con la saga original, sino con varias de las cintas que esta ha inspirado, sobre todo a Los renegados del diablo (2005) de Rob Zombie, con la que existen claros paralelismos que terminan trazando un círculo perfecto de influencias que al menos para mí fue lo más memorable de todo.

Digo esto último porque la pirueta referencial es prácticamente lo único que tiene. Como película, Leatherface es un trabajo definitivamente menor, con algunas actuaciones decentes como la de Lili Taylor en un breve papel como la matriarca Sawyer, un nivel de violencia bastante alto (algo que siempre me parecerá curioso porque la original es una cinta que sólo es gráfica en el recuerdo de la gente que la ha visto) y una trama fácil ede seguir que se pasa rápido. Pero es también tremendamente superficial, inofensiva y sobre todo innecesaria ya que al ser una precuela tiene el problema de que todos sabemos cómo va a terminar, lo que al menos para mí mata cualquier interés que pueda tener en los protagonistas. No es la peor entrega que se ha hecho, y al menos está a años luz de su predecesora inmediata, pero al final no es más que otro intento fallido por explotar comercialmente una saga que nunca tuvo la intención de ser considerada como tal.