Reseña: Cam (2018)

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La más reciente incursión de Netflix en el cine de terror, Cam (2018) es una película que quizás levante algunas discrepancias en cuanto a su inclusión en esta página, ya que algunos probablemente nieguen que pertenece a este género y la metan en cambio en el más genérico término de thriller. En muchos sentidos lo es, y de hecho yo diría que incluso guarda más similitudes con un episodio largo de la serie Black Mirror que con las usualmente más convencionales producciones de Blumhouse, quienes también (¡sorpresa!) se encuentran detrás de este proyecto. De todas formas nada de esto tiene la más mínima importancia; lo cierto es que estamos ante un trabajo muy bueno que me ha sorprendido muy gratamente.

No es mucho lo que se pueda decir del argumento en sí, pero ya la premisa de la que parte es atractiva: una chica llamada Alice, quien está teniendo una ascendiente carrera con su alterego camgirl de nombre Lola, ve de repente como su vida se trastorna cuando queda bloqueada fuera de su cuenta a la vez que una misteriosa mujer exactamente igual a ella ha robado su identidad virtual. El empleo de la tecnología como premisa y el énfasis en el carácter social y deshumanizante de Internet son lo que la emparentan con la serie de ciencia-ficción arriba mencionada, pero esta película va mucho más allá; a partir de ese misterioso fenómeno, Cam ha conseguido un ambiente bizarro y en ocasiones inquietante que confieso me ha atrapado desde el principio, en parte porque cuenta con la ventaja de que el misterio alrededor de lo que le ha pasado a Alice hace que como público quedes cautivado y desees ver la película hasta el final.

Otro punto muy positivo que tiene este ambiente es su interesante recreación de la industria virtual del sexo, la cual está retratada no de la forma sórdida y amarillista que se suele presentar, sino en su faceta de capitalismo hiperhormonado y compulsivo en el cual los roles de víctima y explotador se difuminan en un festival de colores, sonidos de tragaperras y una sexualidad mecánica, falsa e inhumana, lo que sumado a la idea del Doble otorga a la película varias capas de significado que honestamente nunca habría esperado en una producción apadrinada por Jason Blum. En ocasiones se le va un poco la mano a mi juicio, pero está todo muy bien hecho y la ambientación se siente genuina, cosa que ya intuía a pesar de no saber que su guionista, Issa Mazzei, había trabajado como camgirl a su vez.

Lo verdad es que tenemos mucha suerte de que una película como Cam haya llegado precisamente en esta época en la que tenemos acceso a trabajos menos convencionales que jamás habrían podido ser presentados en una sala de cine comercial. A pesar de que en ocasiones peca de exagerada, de que la actriz protagonista no me terminó de convencer y de que contiene algunos de los lugares comunes ya vistos en gran parte del cine indie, esta es una obra que tenéis que ver y que representa sobre too un muy contundente debut para su director Daniel Goldhaber, de quien espero ver algo nuevo muy pronto.

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Reseña: Underworld: Blood Wars (2016)

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Tras una pausa de cuatro años desde la última entrega, la guerra entre los vampiros y los licántropos continúa en Underworld: Blood Wars (2016), y tal como comentábamos en aquella ocasión, parece haber cierta intención de volver a la “sencillez” inicial de la primera entrega a la vez que se amplía la mitología de unos seres que poco tienen que ver con el imaginario terrorífico que nos hemos construido. Esta vez, Selene y su nuevo compañero David se enfrentan a un nuevo líder del clan de licántropos, así como a una conspiración dentro de las propias filas de los vampiros, que desean más que nada aprovechar la sangre híbrida de nuestra protagonista para adquirir nuevos poderes y vencer finalmente a sus rivales.

Lo directo y básico de su premisa ha traído sus consecuencias, ya que no solamente parecemos haber abandonado (temporalmente al menos) la subtrama de la hija de Selene sino también gran parte del discurso de lucha de clases licántropo/vampiro que parecía ser hasta ahora la esencia del universo de Underworld. Esa misma sencillez argumental y estética ha sido en cambio puesta al servicio de la que probablemente sea una de las entregas más flojas de una saga que parece haber perdido por completo su rumbo, sin poder decidirse por el camino que realmente desea seguir. En este sentido, se trata de una película hecha a las patadas y durante la cual se lanzan a la pantalla ideas que podrían haber sido perfectamente tratadas por separado en dos o tres películas distintas. Incluso la presencia de Kate Beckinsale se hace algo extraña ya que su personaje de Selene no parece tener tanta importancia como en las entregas anteriores y en ocasiones pareciera anticipar una especie de transición hacia otros protagonistas y otra historia completamente distinta de la que nunca se nos dice mucho, como tampoco se nos dice de los nuevos elementos introducidos en la historia tales como el clan de vampiros nórdicos o los súbitos cambios en las reglas del juego presentadas en la trama, que se contradice a sí misma numerosas veces en cuanto a qué es lo que los vampiros desean de Selene (¿es su sangre o la de su hija?) o el nivel de amenaza que representan realmente los lycan.

Otra cosa curiosa del argumento es que si bien se mantienen los aspectos más superficiales de la saga como su acción hiperbólica y su lavada fotografía blanco/negro/azul, todo se siente muy distinto, más enfocado hacia la fantasía y menos hacia su imaginario de terror. Esto último se hace evidente no solo en el hecho de haber recibido una clasificación por edades de 16 en Reino Unido (más que los 12 de la entrega anterior, pero sin llegar a los 18 de las primeras tres cintas de la saga), sino también en que nunca vemos a estos vampiros comportarse realmente como vampiros. Esto muy probablemente se deba al hecho de que a excepción de la primera Underworld (2003), la saga nunca ha tenido personajes completamente humanos, pero es otra muestra de esa ligereza general que parece afectarla cada vez más.

Tal como decía en otra ocasión, estas últimas entregas de la saga de Underworld me han hecho considerar que quizás fui demasiado duro con la original del 2003, y de hecho tengo ganas de volver a verla aunque sea para ver que tal se sostiene porque al menos recuerdo que tenía aspectos atractivos a nivel de estética que estas continuaciones han ido relajando cada vez más. De momento, al parecer esto no se ha acabado ya que incluso el final augura una continuación que el propio Len Wiseman ha confirmado, contando una vez más con Kate Beckinsale como la incombustible vampira Selene. Habrá que verlo, pero la verdad no es algo que me interese demasiado.

Terrores televisivos

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La primera de dos series que quería mencionar el día de hoy es una que no os pillará por sorpresa puesto que ha estado en boca de todos y se ha ganado un número increíble de elogios incluso entre gente que no suele acercarse al género de terror: La maldición de Hill House, una serie limitada de diez episodios de Mike Flanagan para Netflix que se ha convertido en el exitazo de la temporada. Lo único que os puedo decir es que el hype está más que justificado ya que no sólo es una gran obra sino que es fácilmente el mejor trabajo que se ha hecho jamás inspirado en la novela homónima de Shirley Jackson, que ya lleva en su haber dos adaptaciones cinematográficas que hemos mencionado aquí. Esto último tiene mérito ya que el argumento es completamente distinto, y Flanagan ha sabido crear a lo largo de los diez capítulos que la conforman no sólo un muy buen relato de terror sobrenatural sino también (y por encima de todo) un drama de personajes con unas actuaciones soberbias y un discurso sobre la muerte, el duelo y el dolor que se quedan contigo incluso después de que terminas de verla. En este sentido, los elogios que recibió la serie por parte del escritor Stephen King no son casualidad ya que este es un trabajo que está muy en sintonía con la visión del horror que tiene el autor de Maine, quien varias veces ha mencionado a Shirley Jackson como una de sus influencias. El mismo Flanagan ya ha adaptado anteriormente a King y prepara en estos momentos una película de Doctor Sleep que, visto lo visto, no puedo esperar a ver. En cuanto a la serie, esta toca un pico en sus episodios cinco y seis y luego va decayendo un poco hacia el final pero nunca deja de tener un nivel muy superior a lo que normalmente solemos ver en el terror televisivo. Si sois de los pocos que no habéis caído aún, hacedlo, porque vale la pena.

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Una un tanto menos ambiciosa a nivel artístico pero definitivamente muy entretenida ha sido la serie de The Purge, creada por el mismo director de las películas, James de Monaco, para la cadena USA Network. Creo que en esta ocasión mi opinión sobre la serie se puede resumir en que si habéis disfrutado de las películas de la saga, entonces tenéis que ver esto ya que gracias a su formato y a las libertades que le permite su duración, la serie consigue aprovechar su premisa a un nivel que ninguna de las entregas cinematográficas consiguió jamás. Al principio pensé que sería simplemente una reconstrucción de la primera entrega en formato largo pero estaba muy equivocado: a lo largo de diez episodios asistimos a tres historias independientes ambientadas en la Purga que se van contando de forma intercalada y que exploran nuevas vertientes de esta terrible noche, desde la forma en cómo afecta a diferentes estratos sociales hasta las numerosas tradiciones y leyendas que se han formado en una América entregada al culto por la violencia. Hay que destacar en este caso una curiosa estructura en la cual estas tres historias que os he mencionado se cierran en los primeros ocho episodios, mientras que los últimos dos sirven para la introducción de un cuarto argumento que aglutina a los tres anteriores y recalca aún más si cabe todos y cada uno de los elementos que han hecho famosa a la saga, especialmente su muy marcado contenido político, el cual está como siempre totalmente evidenciado. En definitiva me ha gustado mucho y pienso que comete el acierto de rescatar las cosas buenas de la saga cinematográfica y limar sus aspectos menos entretenidos. Muy recomendable.

Reseña: The First Purge (2018)

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Otra que me perdí a principios de este año fue esta nueva entrega de la saga de The Purge, la cuarta y hasta la fecha última encarnación, y una que a pesar de continuar la misma historia de siempre tiene la curiosidad de cambiar en gran medida lo que venía haciendo la saga hasta el momento. James de Monaco, director de las tres entregas anteriores, se dedica esta vez sólo a escribir el guión y entrega las riendas del proyecto a Gerard McMurray, un cineasta afroamericano. Esta sustitución tiene una razón de ser muy clara, y es que The First Purge (2018) es distinta no solo por ser una precuela que cuenta los orígenes de la Purga, sino también porque todos sus componentes tradicionales, desde la violencia hasta su mensaje político, están puestos esta vez al servicio de una película de acción contada desde una perspectiva racial clara y explícita que está presente en todo su metraje.

Este detalle no es sino la culminación de algo que ya habíamos comentado en la entrega anterior, y es que cada película de The Purge ha subido el tono de su mensaje político aumentando sus referencias a la realidad actual estadounidense. Esta vez, y sin duda aprovechando el frenesí activista típico de la Era Trump, esta nueva película cuenta la historia de la primera Purga resaltando desde el principio (a veces de forma demasiado obvia) que dicho “experimento” no es sino un método de control poblacional con un fuerte contenido clasista y racista. Su argumento urbano y su elenco compuesto casi en su totalidad por actores afroamericanos trazan un paralelismo más que evidente con el movimiento #BlackLivesMatter y el clima de resentimiento y frustración que existe hacia un sistema opresivo del que no se encuentra salida. Incluso la violencia de los justicieros negros sobre sus atacantes blancos y rubios (ataviados por supuesto como nazis y miembros del Ku Klux Klan) está tratada como una épica catárquica y liberadora irónicamente relacionada con la premisa principal.

En este sentido, el hecho de que el experimento de la Purga contenga en su primer año una compensación económica como principal motivación para las clases bajas es un gran acierto en la búsqueda de ese discurso de crítica al “sueño americano”. Si la película al final no terminó de convencerme tanto ha sido quizás por sus excesos: en ocasiones me ha parecido que todos estos paralelismos con la realidad estadounidense estaban resaltados de forma tan agresiva y masticadita que parecía como si la película tuviese miedo de que el público no los fuera a pillar. Pero honestamente eso me importó muy poco, ya que mi verdadero punto de displicencia ha sido el que McMurray haya convertido a The First Purge en una película de acción, muy bien rodada y con algunas secuencias sobresalientes, pero definitivamente muy alejada del tono distópico de horror que las entregas anteriores tenían. Esta, por el contrario, está mucho más anclada en la realidad y parece más interesada en su lado de acción puro y duro, sobre todo en su protagonista, Y’lan Noel, que termina la cinta en plan John McCleane y de quien espero ver más en el futuro ya que es él una de las mejores bazas del elenco.

Lo cierto es que The First Purge me ha parecido una cinta de lo más entretenida, algo acorde con las entregas anteriores de una saga que inicialmente no vi con buenos ojos pero a la cual he terminado por cogerle cariño. Esta cuarta parte probablemente decepcione a algunos por el abandono ya definitivo de su lado de terror, pero al menos se rinde a su formato de acción de una forma eficiente, tiene un elenco de lo más simpático y contiene asimismo una reivindicación por la cultura negra urbana que explica perfectamente el hecho de que el creador de la saga haya decidido hacerse a un lado para permitir otra interpretación de su obra. No cambiará la vida de nadie y probablemente sea menos interesante en muchos sentidos que las anteriores, pero no ha sido nada desdeñable y pienso que la mayoría de las críticas que rechazan su contenido abiertamente político la han despreciado por los motivos equivocados.

 

Reseña: Creep 2 (2017)

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Hace ya algún tiempo pasó por los tribunales de esta página una curiosa película de perspectiva documental titulada Creep (2014), que a diferencia de la mayoría de los trabajos de este subgénero conseguía hacer un uso más interesante de su formato gracias a un guión principalmente basado en el trabajo de dos únicos actores y unos diálogos en su mayoría improvisados. Tres años después los mismos responsables sacaron esta secuela desafiando cualquier expectativa, ya que nunca pensé que una premisa como aquella pudiese tener cabida más allá de una única película. Y funciona, porque si bien sigue sin ser un trabajo para todo el mundo, el director Patrick Brice y el actor Mark Duplass (quienes también escriben el guión a cuatro manos) nos traen con Creep 2 (2017) una película muy superior que ha conseguido captar mi atención prácticamente desde el principio.

En un intento por dotar a su invento de algo interesante, Brice y Duplass le dan la vuelta a su premisa a pesar de partir de una idea muy similar: nuevamente el mismo asesino de la primera cinta invita a alguien (en esta ocasión una joven youtuber en decadencia) a rodar un documental sobre su vida con una oferta laboral demasiado buena para ser cierta. La novedad esta vez es que nuestro protagonista revela a la chica desde el principio que es un asesino, que ha perdido la alegría de matar y desea únicamente dejar constancia de sus crímenes para la posteridad. Sin embargo, el verdadero giro que la película presenta es que la chica podría estar (o no) tan perturbada como él, por lo que quizás este psicópata haya encontrado finalmente sin quererlo su alma gemela.

Al igual que en la primera parte, Creep 2 basa su principal fuerza en una serie constante de diálogos en la que los personajes se van descubriendo poco a poco ante el espectador y trayendo numerosas sorpresas, cosa nada desdeñable puesto que como público creemos saberlo todo ya acerca del personaje de Duplass. Sin embargo, al revelar su identidad como asesino desde el principio la película ahondar más aún en su pasado y descubrir cosas acerca de su origen, siempre a través de los diálogos y de momentos bastante tensos en los que sentimos que cualquier cosa puede ocurrir y que la vida de la chica está realmente en peligro. A esto hay que sumarle una muy interesante actuación por parte de Desiree Akhavan, que dota a su personaje de una presencia muy fuerte a pesar de que tiene la menor cantidad de diálogos y (obviamente) no aparece tanto en pantalla. La interacción entre los dos se siente genuina y orgánica, y a pesar de que los diálogos son en gran medida improvisados y la cinta tiene unos medios muy modestos, la tensión va creciendo poco a poco hasta desembocar en un muy eficiente final que personalmente no me esperaba ya que la trama estuvo jugando conmigo todo el tiempo.

A pesar de todo está claro que esta no es una película que le vaya a gustar a todo el mundo ya que requiere de entrada tragar no sólo con la perspectiva documental sino también con una estética desprovista de todo glamour que muy probablemente eche para atrás a gran parte del público como me echó para atrás a mi inicialmente hace unos años, cuando vi la primera parte. Pero si aquella os gustó aunque sea un poco, esta queda absolutamente recomendada ya que es sin duda alguna mucho mejor, tanto que se me pasó volando y quedé con ganas de más. La verdad es que ha estado muy bien.

 

Reseña: Inside (2016)

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Quiero creer que no soy el único al que esto le pilló de sorpresa; este largamente postergado remake de la francesa A l’intérieur (2007) terminó estrenándose sin que yo me enterase el año pasado, una década después de la original, y siendo casi completamente ignorado tanto por el público como por gran parte de la crítica. Los motivos no son de extrañar, ya que esta nueva versión titulada Inside (2016) llega a destiempo, mal y pasando por alto todos y cada uno de los elementos que hacían especial la película de Maury y Bustillo. Todavía no me explico cómo fue que pensaron que sería bien recibida, y exactamente cuál era el público al que estaba dirigido este invento.

El argumento es exactamente el mismo: una joven viuda en vísperas de parto es acosada dentro de su casa por una psicópata que desea arrebatarle a su bebé a toda costa, y lo que comienza como una situación tenebrosa de invasión domiciliaria se convierte rápidamente en un festival de sangre y violencia que ocupa casi todo el metraje. Hay que señalar que a pesar de estar rodada en inglés y con un elenco hollywoodense (Rachel Nichols y Laura Harring retomando los papeles que hicieran Alysson Paradis y Béatrice Dalle) se trata esta vez de una producción española apadrinada nada menos que por Jaume Balagueró, quien además co-escribe el guión entregando la dirección a Miguel Ángel Vivas, el mismo de la similar pero muy superior Secuestrados (2010), aunque poco hay aquí de su estilo y fuerza. Por el contrario, se trata de una cinta mucho más convencional y light que la original, la cual era bastante incómoda de ver y se ganó gracias a su brutalidad un puesto como una de las más sonadas obras de esa fiebre que surgió por el cine de terror francés de mediados y finales de los dosmil.

A decir verdad ha sido este mi principal motivo de asombro, el que alguien haya decidido hacer una versión más ligera y digerible de una cinta cuya mayor baza era precisamente su tendencia por lo extremo y su regodeo en la violencia por encima de prácticamente todo. Esta por el contrario, y a pesar de su brevedad, tiene una mucho mayor cantidad de diálogos, una mayor historia de trasfondo de sus personajes, y sobre todo un énfasis en la trama muy superficial ya que se nos explican al detalle no sólo las motivaciones del personaje de Laura Harring para hacer lo que hace sino el cómo lo ha hecho, algo que no interesa y que con toda seguridad nadie habría pedido. A esto hay que sumar intentos supérfluos de hacer la trama más dramática, como por ejemplo el hecho de que la protagonista ahora es sorda, algo que no tiene ninguna relevancia para el desarrollo de la historia a pesar de que lo ponen como algo importante.

Eso es todo lo que puedo decir acerca de Inside: un remake francamente innecesario que recicla las cosas buenas de la original pero suavizadas, robándole así todo lo que tenían de interesante. Pongamos además un argumento perezoso lleno de salidas fáciles (llegado el momento la película parece olvidar que esta mujer estaba de parto) y un final bien masticadito y lo que nos queda es algo que todavía no entiendo para quién fue realizado. Lo único que le puedo conceder, la única sorpresa positiva que me llevé, fue el hecho de que sus responsables decidiesen sabiamente no usar el mismo final de la original (demasiado oscuro y deprimente para lo que esta película en el fondo es) y en cambio hubiesen decidido darle una satisfacción al espectador, la única en medio de todo esto. Sé que lo digo mucho pero por favor: ved la original.

Reseña: Ruin Me (2017)

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En la tradición de otros modestos slashers del pasado como April Fool’s Day (1986), esta pequeña producción titulada Ruin Me (2017) juega con las convenciones del cine de asesinos y presenta un juego constante de cambios entre realidad y ficción, comedia y horror que se van intercalando de forma un tanto más inteligente de lo que en un principio estaba dispuesto a concederle. Es una película muy sencilla y carente de grandes golpes de efecto (incluso la anteriormente citada cinta del 86 era mucho más salvaje en cuanto a lo que mostraba en pantalla) pero está muy bien estructurada y la ambigüedad de su trama me mantuvo interesado hasta el final, cosa que no es poco.

Lo primero que me llamó la atención fue el hecho de que su argumento recicla viejos arquetipos del horror lúdico empleando algo que se siente muy actual, que es la idea de un grupo de desconocidos que se encuentran en un evento llamado Slasher Sleepout, una mezcla entre acampada y escape room en la que los participantes compran una experiencia de supervivencia simulada en la que son perseguidos por un grupo de supuestos asesinos a través del bosque. Pero a pesar de que todo es supuestamente un juego, nuestra protagonista (una ex-drogadicta en recuperación que acude junto con su novio con el objetivo de salvar su relación amorosa) comienza a sospechar que el evento se ha salido de control y que algo terrible ocurre que no estaba originalmente planeado por sus organizadores.

La idea de la que parte todo esto no sólo es atractiva sino que además está sorprendentemente bien hecha teniendo en cuenta que se trata de un trabajo por lo demás muy limitado tanto visualmente como en lo referente a actuaciones. De hecho tengo la sensación de que el guión terminó siendo más inteligente que la película en sí ya que como espectadores llegamos a dudar varias veces de la veracidad de aquello que estamos viendo, y aunque muchas otras películas han utilizado el tema del horror-simulado-que-se-vuelve-real-o-no (no sólo April Fool’s Day sino muchas otras que vinieron después) lo cierto es que esta logró engañarme varias veces a pesar de que creía saber por dónde irían los tiros. Parte de esta efectividad es sin duda alguna el punto de vista del personaje principal, una mujer que llegada la hora de la verdad se muestra decisiva y fuerte, pero también sumamente inestable y paranoica hasta el punto de que como público muchas veces me costó ponerme de su lado.

Este recurso del narrador poco fiable hace que la película tenga, ya cerca del final, varios giros sorpresa en su argumento que se superponen los unos a los otros con distintos niveles de calidad. Confieso que el giro final-final no me sentó tan bien, no tanto porque lo viera venir o algo por el estilo sino porque afecta drásticamente el tono general de la película haciéndola (en mi opinión) más oscura de lo que tenía que ser, lo que la coloca un poco por debajo en mi apreciación de lo que hasta entonces parecía una muy disfrutable pseudo-comedia de horror que no termina de decantarse al cien por cien por ninguna de las dos cosas. Aún así la disfruté mucho, más de lo que inicialmente esperaba.