Encuesta: ¿cuáles han sido tus favoritas del 2019?

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El momento más agitado del año está aquí, y como viene siendo una tradición prácticamente desde hace tiempo, he preparado una pequeña encuesta para que podáis decidir cuál ha sido vuestra película de terror favorita estrenada durante el 2019. He escogido las doce que se muestran aquí basadas en su popularidad y la posibilidad de que las hayáis visto, no necesariamente porque yo las considere las doce mejores (un par de ellas, incluso, no las he visto todavía). Podéis escoger tres opciones, y si falta una, por supuesto podéis agregarla, tanto en la encuesta como en los comentarios.

Tenéis plazo hasta el la medianoche del 26 de diciembre. El 27 publicaré los resultados. Entre tanto tenemos otras cosas: nuestro especial de Navidad y una lista con lo mejor de la década que os pasaré dentro de poco.

Pulsa aquí para ir a la encuesta

 

Reseña: Expediente 39 (2009)

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Expediente 39 (2009) es uno de esos casos, por lo demás comunes a mediados y finales de los dosmil, en los que tenemos una película de terror con ideas y conceptos muy interesantes y a la vez terriblemente desperdiciados por el intento de hacer una cinta comercial, desde su estructura dramática predecible, su plana fotografía y sobre todo por el uso de un actor muy conocido como protagonista absoluto. En este caso tenemos a Renée Zellweger como una trabajadora social que adopta a una niña que estuvo a punto de ser asesinada por sus padres, y que pronto descubre que estos podrían haber tenido buenas razones para hacerlo.

Lo que perfectamente podría haber sido una historia de invasores del entorno familiar cobra de repente un matiz mucho más interesante, ya que la trama guarda dentro de sí una explicación de índole sobrenatural que queda clara desde muy pronto tanto por el nombre de la niña como por el hecho de que la actriz que la interpreta, Jodelle Ferland, es la misma cría de Silent Hill (2006). Este origen sobrenatural, por cierto, nunca es explicado del todo, principalmente porque nunca llegamos a conocer a nadie que sepa más que la propia protagonista. Pero lo mejor sin duda es que es precisamente esta idea, y la manera en la que se retrata a la protagonista como una mujer desconectada de sus sentimientos y absorta en la heroicidad de su trabajo, la que esconde un subtexto de maternidad no deseada que podría haber dado mucho juego. Esa idea de una madre que se ve superada y que desarrolla dentro de sí un miedo/odio hacia su hija (adoptiva en este caso) se adelanta así a obras similares como The Babadook (2014) pero por desgracia con un nivel mucho menor.

Ese es quizás mi mayor decepción con la cinta, que las buenas ideas de la que partía se ven lastradas por todos los vicios que plagaron el terror sobrenatural durante buena parte de los dosmil, sobre todo ese terror que se hacía con niños de por medio, con sus sonrojantes actuaciones infantiles y unos efectos especiales de saldo. Todo esto me hace pensar que esta fue una película con un nivel de intromisión muy fuerte por parte del estudio, ya que incluso su estreno se retrasó casi tres años después de finalizar el rodaje hasta el punto de que su director, el cineasta alemán Christian Alvart, terminaría estrenando su siguiente película, Pandorum (2009), casi en paralelo. Al menos, y pese a ser terror mainstream al cien por cien, todavía queda espacio para algunas decisiones curiosas e inusuales, tanto en el tratamiento del personaje de la cría como en un final que yo en lo personal no habría considerado posible en aquel entonces, al menos no en una producción de Hollywood.

En realidad lo único que consigue sostener al menos un poco a Expediente 39 son esas ideas de las que hablábamos arriba y la actuación de Renée Zellweger, quien al menos resulta creíble tanto en su faceta de obsesiva funcionaria como en la de madre arrepentida. Pero estas son conclusiones a las que cualquiera puede llegar a pesar de la película en sí, ya que al verla no pude evitar pensar en todas las oportunidades que estaba desperdiciando. Muy mejorable, sin duda.

Reseña: El faro (2019)

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Tras la buena acogida de La bruja (2015), la nueva película del director Robert Eggers, El faro (2019) era probablemente una de las más esperadas de este año que está por terminar, y lo primero que puedo decir de ella es que no decepciona;  su segundo largometraje es todavía más arriesgado formalmente que su predecesor, aunque hay que advertir que también es menos accesible y mucho más ambiguo a nivel de argumento, pese a que los temas que trata y los arquetipos culturales de los que bebe sí que son bastante obvios. Creo que fue en parte por eso que terminó por convencerme, pero por otro lado entiendo que gran parte del público no lo verá así; de hecho, es muy probable que alguno de vosotros considere que no estamos necesariamente ante una película de horror.

Esa premisa que os han vendido en el trailer es cierta: ambientada a finales del siglo XIX, la película comienza cuando el joven Ephraim Winslow (un excelente Robert Pattison poniendo un muy bien trabajado acento de Maine) llega a una pequeña y remota isla para asistir durante cuatro semanas en la administración del faro bajo las órdenes del viejo marinero Thomas Wake (Willem Dafoe) y el resto del metraje se va en la recreación de su azarosa vida en medio del mal tiempo, la soledad, y sobre todo la guerra psicológica que se desata entre los dos hombres a causa del secretismo del viejo hombre de mar, que insiste en no permitir que Winslow suba a la cima del faro, por lo que el joven se obsesiona con la idea de descubrir lo que considera un oscuro secreto.

Este argumento, que podría perfectamente haberse adaptado en una cinta de horror convencional, es sin embargo contado con total ambigüedad por parte de Eggers, quien crea su atmósfera a partir de ese ambiente opresivo de la isla y su permanente estado de caos y suciedad, mostrando el lento pero seguro descenso a la locura de sus dos protagonistas no sólo por medio de los diálogos (recreados, por cierto, de la literatura romántica anglosajona hasta el punto que mi cerebro tuvo que adaptarse a ellos durante los primeros minutos) sino también de imágenes extrañas de las cuales nunca queda claro hasta qué punto son reales. Gran parte de esto se consigue a través de la estética: blanco y negro, una proporción de 1.19:1 que hace que la pantalla sea prácticamente cuadrada, y unos lentes de cámara antiguos que le dan a la película una sensación atemporal, pero lo más destacado sin duda son las actuaciones, tanto el desquiciado Willem Dafoe como el destacable trabajo actoral de Pattison en la que quizás sea la mejor actuación que le he visto hacer hasta ahora.

Aquellos que esperen un trabajo de horror tan visceral como La bruja quizás queden decepcionados, por lo que hay que advertir desde ya que El faro es una producción muy distinta, un relato más inclinado a la alegoría con referencias mitológicas muy evidentes y una trama en la que no siempre queda claro qué es lo que ocurre simplemente porque Eggers ha puesto la trama al servicio de estas ideas que quería transmitir acerca de diversos temas, desde la frustración sexual hasta el destino trágico que espera a aquellos que luchan por el éxito material. Lo que sí está claro es que se trata de una cinta fascinante que invita a verla más de una vez, y me hace desear que Eggers siga dándonos cine de terror en el futuro con la misma libertad creativa de la que parece haber disfrutado hasta ahora. Muy recomendable.

Reseña: Ju-On: The Final Curse (2015)

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Llegados a este punto cada entrada en la que hablamos de The Grudge parece ser una autopsia en la que se intenta averiguar qué pasó no sólo con una de las sagas de terror favoritas de quien esto escribe sino también con el cine de terror nipón en general. Esta nueva entrega, tal como su título indica, viene a cerrar definitivamente (¿?) la historia de los fantasmas de Kayako y Toshio de una forma muy poco satisfactoria, y un rápido vistazo es suficiente para darse cuenta de qué fue lo que se perdió con esta re-interpretación, la cual deja mucho que desear y en cierto punto se encuentra en las antípodas de aquellos aciertos que funcionaron en las muchas versiones anteriores, incluyendo su remake americano, el cual por lo visto está a punto de estrenar una nueva encarnación.

Ju-on: The Final Curse (2015) es una continuación directa de Ju-on: The Beginning of the End (2014), hasta el punto de que podríamos hablar perfectamente de una única película partida en dos. No sólo la trama tiene una continuidad directa, con la hermana de la protagonista de la película anterior intentando averiguar el paradero de esta varios años después, sino que ambas guardan prácticamente el mismo estilo y unos recursos por lo demás idénticos. Esto quizás se deba a que ambas tienen el mismo director, Masayuki Ochiai, pero lo más probable es que hayan sido concebidas como dos mitades de una única trama, ya que hay un intento sincero de atar todos los hilos argumentales que la anterior había dejado.

El problema sigue siendo que todos esos hilos no eran lo que se dice muy interesantes, y esta segunda parte no trae realmente nada nuevo; tal como ocurría en su predecesora, The Final Curse utiliza su condición de remake encubierto para cambiar por completo la historia de The Grudge, introduciendo una trama de reencarnación que mantiene el carácter cíclico de su argumento, pero sin explorarla debidamente ni atreverse a soltar del todo sus influencias originales. Una cosa que destaca mucho es que en esta ocasión es Toshio y no Kayako quien ocupa el centro absoluto de la trama, pero la película aún así no se atreve a prescindir del fantasma vengativo de la madre a pesar de que no parece tener mucha relevancia más allá del reconocimiento del público y el efectismo puro y duro. Curiosamente, es Kayako quien protagoniza la que quizás sea la única escena que me pareció de verdad terrorífica, una secuencia en una estación de metro que destaca precisamente por una sutiliza que está por lo demás ausente durante todo el resto del metraje.

Por desgracia he perdido la fuente, pero hace un tiempo escuché a alguien decir que la decadencia del nuevo horror japonés vino con la pérdida de esa sutileza formal de sus primeros trabajos y la adopción, en cambio, de un formato hiperestilizado e hiperdramatizado proveniente del anime y que se convirtió en la norma tras el éxito de películas como Llamada perdida (2004) y similares. Es algo que tiene mucho sentido, y que aquí es incluso peor ya que el escaso presupuesto de la cinta y sus poco imaginativos recursos hacen que ni siquiera pueda estar a la altura de esas pretensiones. Estas dos nuevas entregas de The Grudge han sido sin duda alguna el punto más bajo de la saga, al menos de lo que he visto hasta ahora. Podéis pasar de ellas sin problemas.

 

Reseña: Doctor Sueño (2019)

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Con el pasar de los años y unos cuantos éxitos en su haber, Mike Flanagan se ha convertido no sólo en un gran director de horror, sino también en un nombre a tener en cuenta a la hora de hablar de adaptaciones del trabajo de Stephen King. En este sentido, Doctor Sueño (2019) era probablemente su mayor desafío como cineasta debido a las espectativas que había generado prácticamente desde que se anunció, puesto que sobre ella se proyectaba la enorme sombra de El resplandor (1980), que muchos consideran la mejor película basada en la obra de King y una que al propio escritor de Maine no le hace mucha gracia. Decir que sale airoso de esa prueba es poco; este nuevo trabajo de Flanagan (la cuarta adaptación de King que hemos visto este año) está planteada como una secuela de la película de 1980, pero es también una película que reconocilia hasta cierto punto la visión de Kubrick con la de King, sirviendo de homenaje a las dos y combinándolas de una forma que originalmente no creía posible.

Partiendo de una premisa que por momentos recuerda más al cine de superhéroes que a una historia de terror, Flanagan logra la nada fácil tarea de adaptar una novela que no sólo no está (para mí al menos) entre las mejores de King sino que parecía hecha deliberadamente para distanciarse de la adaptación cinematográfica de El resplandor y entroncar con su visión original de los personajes. Estaba claro que esta película no podía hacer lo mismo, y por eso Doctor Sueño se ve obligada a reinterpretar el material añadiendo algunas escenas, quitando otras, mezclando personajes y en general buscando nuevas salidas argumentales a escenas clave de la novela, lo cual en muchas ocasiones llegó a sorprenderme. Y por supuesto está lo más comentado, que es la manera en que Flanagan incorpora El resplandor a su película mediante escenas y flashbacks que no utilizan metraje reciclado de la cinta de Kubrick sino que la recrean con otros actores de una manera asombrosa e increíblemente detallista; ojo sobre todo a la magnífica caracterización que hace la actriz Alex Essoe, a quien vimos en Starry Eyes (2014), de Shelley Duvall.

Eso sí, las principales referencias aparecen sólo durante este tramo final, la cual por fortuna nunca destriparon en los trailers; el resto de la película es de Flanagan y muestra varias de sus constantes como director, incluyendo una estética y sustos que ya había explorado en su serie de La maldición de Hill House. También resulta interesante la forma en que reúne elementos de otras obras de King incorporándolas al universo particular del autor pero siempre manteniendo la historia en los muy definidos límites del enfrentamiento entre Danny Torrance y los villanos, especialmente Rose the Hat, interpretada aquí por Rebecca Ferguson quien tiene el que probablemente sea personaje más vistoso de la cinta.

Confieso que entré a ver Doctor Sueño con las expectativas un tanto bajas porque esta era sin duda alguna una tarea muy difícil pero he quedado gratamente sorprendido. Flanagan logra hacer los cambios necesarios a la novela de King y al hacerlo consigue cerrar un cisma de tres décadas entre las visiones de este y Kubrick, trayéndonos la que sin duda es no sólo la mejor adaptación de King que hemos tenido este año sino también una de las mejores en mucho tiempo, un sincero homenaje tanto a la cinta de 1980 como a su novela original. Pero además, y esto me parece que se dice poco, la calidad tanto de esta película como de El juego de Gerald (2017) y La maldición de Hill House demuestran que Flanagan es un director que sabe sacar joyas de material que no es precisamente fácil de adaptar. Sólo por eso habría que apreciarlo mucho más de lo que hacemos.

Reseña: El culto de Chucky (2017)

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Mientras otras sagas han ido decayendo al repetir el mismo esquema una y otra vez, Chucky sigue dando batalla, y con esta séptima entrega, El culto de Chucky (2017), su creador Don Mancini intenta explorar nuevas vertientes de terror con una película muy distinta a todas las que se hayan realizado antes del muñeco diabólico. El experimento no termina de funcionar del todo, pero sus grandes ideas nos demuestran al menos que esta es una saga que todavía tiene cosas que dar, y una que demuestra cómo es que ha conseguido resucitar en más de una ocasión.

Esta vez Chucky regresa para acosar nuevamente a Nica, protagonista y superviviente de la película anterior, quien ha sido culpada por la masacre de La maldición de Chucky (2013) e internada en un psiquiátrico. Esta ambientación es doblemente conveniente no sólo por proveer al muñeco de un mayor número de víctimas sino también porque regresa en cierto modo al esquema original de Child’s Play (1988) en la que se jugaba con la idea de la incredulidad en cuanto a la naturaleza del personaje; Nica, quien con los años ha llegado a convencerse a sí misma de su culpabilidad, debe no sólo enfrentarse otra vez al muñeco sino también al personal del psquiátrico que no le cree.

Pero el mayor cambio no es ese, sino la forma en que Mancini utiliza esta ambientación como excusa para desatar todo el material que ha aprendido durante su etapa como guionista en la serie Hannibal, de la que toma tanto la representación de los psicólogos como villanos como esa estética elaborada y limpia, completamente distinta al resto de la saga, así como la incorporación de escenas y secuencias surrealistas que rompen con el tono más o menos realista que habían tenido estas películas hasta entonces. También echa mano de la nostalgia al traer de regreso a personajes de cintas anteriores interpretados por sus actores originales, sobre todo Alex Vincent en el papel de Andy, quien ya había tenido un cameo al final de la cinta anterior pero que aquí tiene una participación mayor. Y sin duda, del detalle más interesante es un giro argumental en cuanto a los poderes de Chucky que muy probablemente sus fans hayan imaginado desde hace mucho tiempo pero que hasta la fecha no se había utilizado.

Este último detalle es lo mejor porque abre la saga a un sinfín de posibilidades que se encuentra muy por encima de un argumento caótico y una estructura un tanto apresurada que muestra las debilidades de la película, como si Mancini hubiese balanceado todas las interesantes ideas de su premisa sin preocuparse por brindarnos una trama unificada. Y aquí es donde está lo malo; a pesar de sus aciertos, El culto de Chucky es una película dañada por su ambigüedad, que hace que por momentos no sepamos realmente a donde va y que llegado a un punto simplemente termina de forma abrupta. Mancini ha dicho en reiteradas ocasiones que este no es el fin de la saga sino que esta continuará muy a pesar de que este año vimos un remake que la empezaba de cero. Lo cierto es que para el 2020 ya ha sido confirmado el regreso del muñeco en forma de una serie de televisión que continuará la trama de esta película y, quizás, le de un final satisfactorio y una continuidad de sus posibilidades. Es rara e inusual para los estándares de Chucky, pero creo que precisamente por eso vale la pena.

 

Reseña: Zombieland: Double Tap (2019)

Woody Harrelson (Finalized);Jesse Eisenberg (Finalized);Emma Stone (Finalized);Luke Wilson (Finalized)

Tengo la certeza de que la opinión que se tenga de Zombieland: Double Tap (2019) dependerá en gran medida de qué te pareció la primera película. Aquella comedia de zombis estrenada ya hace una década ciertamente no necesitaba una secuela, y recuerdo que cuando esta finalmente se confirmó me llevé una sorpresa porque no creo que nadie la haya estado pidiendo. En esta segunda película hay sin duda alguna algo de esa convicción, ya que aunque en muchos sentidos no es más que una repetición de los mismos esquemas que funcionaron en aquel entonces (la película es, de hecho, una road movie al igual que su predecesora), también se atreve a hacer un comentario nada sutil sobre su propia condición de secuela tardía y lo tremendamente desconectados que están sus personajes con el mundo que los rodea.

Transcurridos diez años desde los eventos de la última película, los cuatro personajes protagonistas se encuentran viviendo en la Casa Blanca y asumiendo el Apocalipsis como una apacible cotidianidad. De hecho, una de las cosas más interesantes que tiene el argumento es ver cómo los vínculos entre los cuatro personajes se marcan desde el principio como los de una familia asentada en la rutina: Wichita y Columbus viven su relación de pareja con la familiar rutina de dos personas que llevan una década de convivencia, mientras que Little Rock ha crecido y se encuentra desesperada por obtener su independencia a la vez que Tallahassee la sigue viendo como una niña y a él mismo como una figura paterna. Es precisamente la huída de ambas mujeres del seno familiar lo que impulsa el argumento y convierte esta película en una nueva aventura a lo largo de la América devastada en la que se encuentran con otros personajes.

Fuera de esta mirada a los cambios que han sufrido sus protagonistas, no hay muchas novedades en esta segunda entrega, por no decir ninguna. El principal disfrute por lo tanto vendrá no por una premisa más que gastada sino por el trabajo de sus cuatro actores principales, el cual es ciertamente muy bueno y que demuestra cómo ha evolucionado la carrera de cada uno de los involucrados. A pesar de los diez años transcurridos desde entonces, cada uno de ellos parece dominar por completo su personaje hasta el punto en que gran parte de los diálogos parecen improvisados. En ocasiones me parece que se les va la mano (hay momentos en que me cuesta no ver a Emma Stone, por ejemplo, como una parodia de todos los personajes similares que ha hecho desde entonces), pero funciona, e incluso algunos de los nuevos personajes como la estereotípica rubia interpretada por Zoey Dutch guardan momentos entrañables y disponen de una energía propia que me mantuvo interesado todo el tiempo.

Por supuesto, no es un trabajo de lo que se pueda esperar mucho más; Zombieland: Double Tap es una película extremadamente sencilla en la que no sólo los zombis tienen menos protagonismo sino que encima el propio trailer era engañoso al sugerir giros en su argumento que finalmente terminan teniendo una mucho menor importancia, como por ejemplo esa nueva pareja de viajeros que parecen unos nuevos Columbus y Tallahassee, que parece que van a ser importantes pero que terminan siendo poco más que un cameo. También me pareció extraño que el personaje de Little Rock estuviese ausente durante casi toda la película a pesar de que aparecía como protagonista en todo el material publicitario. De todas formas, con todo y sus carencias y su medianía, me ha parecido una comedia de zombis muy entretenida cuyo principal pecado sea el no llevar a la saga a ningún territorio inexplorado sino conformarse con traernos a sus personajes una vez más. No puedo decir que me haya decepcionado ya que la primera nunca fue una gran película ni mucho menos, así que creo que más no se le puede pedir.

Reseña: Musa (2017)

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Entre las primeras reseñas que leí en su momento de Musa (2017) estaba aquella idea según la cual, con esta película, Balagueró se adentraba en terrenos distintos a los que solía tocar en su cine de terror. Después de haberla visto me sorprende esta afirmación ya que me ha parecido todo lo contrario: su más reciente cinta parece más bien un retorno a los orígenes no sólo para él sino también para Filmax, ya que esta historia participa precisamente de aquellos aspectos temáticos y estéticos que impulsaron tanto a Balagueró como a la productora que ayudó a levantar. Nuevamente tenemos aquí una historia de terror gótico ambientada en la época actual y que involucra muchas de las claves argumentales que ya vimos en Los Sin Nombre (1999), aunque en esta ocasión el guión está basado en una novela de José Carlos Somoza titulada La dama número trece.

El argumento es precisamente el punto que considero más débil de la película; no he leído la novela en la que se basa, pero la sensación que despierta es la de un thriller muy genérico con un trasfondo de conspiración alrededor de elementos de la cultura clásica, algo que estuvo muy de moda entre los noventa y principios de los dos mil gracias a obras como El club Dumas y El código Da Vinci, y que aquí se sienten como algo reciclado y muchas veces visto. Encima la trama acerca de unas misteriosas mujeres guardianas de secretos milenarios se vuelve por momentos increíblemente enrevesada y confusa, como si quisiera hacerle creer al público que la película es más inteligente de lo que es cuando por el contrario muchos de sus elementos son topicazos muy manoseados incluso para los estándares actuales, además de que sus referencias de alta cultura son empleadas de forma muy superficial; digamos que ya sabía que algo iba mal desde el momento en que la película abre con una mujer leyendo en voz alta La divina comedia como si fuese un poema de amor.

Esta discrepancia de tono y la insistencia en ser un thriller cultural-conspiranoico debería ser prueba suficiente de la que considero la mayor carencia de la cinta, y es que todo en ella, desde la estética hasta el cartel, parecía indicar que estábamos ante una película de terror cuando en muchos sentidos no lo es. Tiene escenas de miedo, es gráfica en cuanto a violencia y toma varios de sus aciertos de una tradición de terror europeo que recuerda en ocasiones al Dario Argento de Inferno (1980), pero no hace nada interesante con eso. Aunque la explicación del argumento es sobrenatural, estamos ante todo ante una película de fantasía más oscura de lo habitual y que ya hacia el desenlace se descalabra por completo convirtiéndose en un relato de heroísmo banal y sonrojante que encima termina de forma abrupta y poco satisfactoria.

Musa fue bastante ignorada en el momento de su estreno pese a que el nombre de Balagueró es uno de los más reconocibles en el panorama de terror hispano. En esta ocasión, sin embargo, parece haber tirado la toalla en su intento de recuperar parte del espíritu narrativo que lo hizo famoso hace ya casi dos décadas. Este quizás no sea su peor trabajo, pero ciertamente es muy mejorable, aunque creo que sus principales problemas tienen que ver con un argumento poco atractivo que necesitaba quizás de las dosis de terror que este director sí ha sabido implementar correctamente en el pasado, en lugar de ese sonrojante cuento de fantasía sentimental en el que termina convirtiéndose.

Reseña: 3 From Hell (2019)

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Llegué a pensar que nunca se realizaría, pero 3 From Hell (2019), el esperado cierre de la trilogía iniciada por La casa de los 1000 cadáveres (2003) y Los renegados del Diablo (2005), finalmente llegó a la cartelera generando algunas reacciones encontradas pero sin el impacto de otras obras de Rob Zombie. Considero que es ante todo la película que Zombie sentía que tenía que hacer, la que su público aparentemente le estaba pidiendo, la continuación de su película más famosa y aquella por la que es más conocido como director. También es una que ha llegado tarde, cuando parecía que Zombie había evolucionado hacia otro tipo de cine que pese a que me parece más interesante, no estaba obteniendo lo que se dice buenos resultados ni ante la taquilla ni ante la crítica.

Recuerdo que una de las principales preguntas que me hacía era cómo se iba a justificar esta nueva entrega dado que la anterior tenía un final cerrado que en mi opinión no daba para más. Zombie decide, curiosamente, no justificarse de ninguna ya que el trío de asesinos de la familia Firefly sobrevive milagrosamente a la lluvia de balas con la que terminó la película anterior y van a dar con sus huesos a la cárcel, de donde dos de ellos, Otis y Baby, logran escapar una década después gracias a otro de sus familiares a quien conocemos por primera vez y con quien van dejando un rastro de cadáveres en su camino hacia la frontera.

La trama, muy básica y poco creativa a decir verdad, sí que introduce una evolución de los personajes afectados por el tiempo pasado en prisión; mientras que Baby parece haberse vuelto más loca y agresiva después de su cautiverio, Otis parece un personaje mucho más taciturno que sólo desea dejarlo todo atrás y escapar junto con su hermana. Esta evolución es quizás el lado más atractivo de un trabajo basado principalmente en la nostalgia y que se sostiene sobre todo gracias a las actuaciones, ya que aparte de un eficiente clímax que transcurre en un pueblo mexicano de cartón piedra, la verdad es que esta película no aporta realmente nada a la saga. De hecho, parece más bien como si la hubiesen realizado en base a material nunca rodado de la segunda película, a la que inevitablemente termina perjudicando al reducir el impacto de su glorioso final.

Como decía, se sostiene prinicipalmente por las actuaciones ya que todo el elenco está muy bien, incluso Richard Brake, a quien ya habíamos visto en 31 (2016) y cuyo personaje sustituye en cierta forma a Sid Haig debido a que el precario estado de salud de este último le impidió tener una mayor participación. La despedida del Capitán Spaulding y la muerte del propio Haig poco después de terminar el rodaje ha sido sin duda uno de los aspectos más comentados de esta producción, y uno que tristemente ha terminado por marcar su identidad ya que la mayoría de los aciertos de la cinta son cosas que ya se habían visto en Los renegados del diablo, de la que hace cuatro años hicimos una retrospectiva. Del resto, aunque esta es una película que me gustó y que contiene muchos de los elementos que hacen de Zombie un director muy especial, considero que es un trabajo que ha llegado a destiempo cuando el público al que se dirige está ya en gran medida insensibilizado ante este nivel de violencia. De hecho, me juego lo que queráis a que a la mayoría del público actual le jodió más que Baby se pusiera un tocado de plumas indígena que cualquiera de las depravaciones que la película muestra.

 

Reseña: Beyond the Gates (2016)

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Montada en la ola del éxito de series como Stranger Things, casualmente estrenada el mismo año, la película Beyond the Gates (2016) es un ejemplo bastante digno de nostalgia del terror de décadas pasadas usado como excusa para una sesión de horror festivo. Pasó sin pena ni gloria en el momento de su estreno y no recuerdo que se le haya mencionado más que como una curiosidad, aunque considero que merecía tener un éxito mayor ya que pese a que nunca llega a alcanzar todo su potencial, hace muchas cosas bien y es una idea que me encantaría ver revisitada en algún momento.

Ya desde el principio la película juega con la idea de la nostalgia como su principal fuente de inspiración, cuando una pareja de hermanos deben desmantelar lo que entonces fue su negocio familiar: un videoclub repleto de montones de cintas de vídeo. Entre estos tesoros se encuentra un misterioso juego de mesa con vídeo incorporado que parece servir de portal a otra dimensión y que podría estar relacionado con la misteriosa desaparición de su padre tiempo atrás.

Esta especie de Jumanji de terror está por supuesto realizado desde una perspectiva que nunca llega a ser completamente seria, pero tampoco es necesariamente una comedia de terror. El recurso de las cintas de vídeo y del juego de mesa que incluye una cinta de VHS (nunca llegué a jugar este tipo de juego pero sé que eran algo muy común) es sólo el principio de una decisión estética que abarca todo lo que ocurre en ese inframundo en el que los hermanos se adentran, desde la paleta de colores de la dimensión fantasmal hasta la manera en que se muestran los monstruos que en ella aparecen, que parecen por momentos sacados de todos los lugares comunes de ese terror de videoclub, con la obra de Lucio Fulci teniendo un lugar destacado. En ese sentido, una de las señas de identidad de la película es la presencia de la veterana Barbara Crampton, que de unos años para acá para estar teniendo un resurgimiento de su carrera como actriz. Crampton aparece en realidad muy poco y su presencia se limita a aparecer como la misteriosa maestra de ceremonias del propio juego, a pesar de que la campaña publicitaria de la película la mostraba de forma muy destacada.

Como decíamos arriba, estamos ante una película muy sencilla con una poco ambiciosa trama de aventura y descenso al Averno, pero Beyond the Gates es una película de lo más disfrutable y una idea que pide a gritos ser explotada en otras continuaciones que, curiosamente, podrían llevarse a cabo sin siquiera tener que continuar la trama de la primera más que utilizar el propio juego de mesa como ingrediente común. Sus giros narrativos son muy básicos y casi todo lo que ocurre en la cinta es muy predecible, pero el cariño que se ha puesto en su estética y su presentación hacen que al menos merezca la pena entre el mar de ejemplos similares que intentan rentabilizar la nostalgia por décadas pasadas, no siempre de la manera más digna posible.