Reseña: The Dark (2018)

Otro de esos descubrimientos que de vez en cuando se dejan caer, The Dark (2018) es una producción austríaca rodada en inglés, la cual si bien tiene componentes claramente tomados del cine de terror, termina teniendo un desarrollo más similar al de un cuento de hadas oscuro o un drama juvenil acerca de dos marginados que se encuentran y terminan descubriendo un lado distinto de sí mismos gracias a su compañía. En cierta manera es muy similar a lo que ocurrió con la producción sueca Let the Right One In (2008) hace ya más de una década, en el sentido de que también trata acerca de la amistad entre dos jóvenes, uno de los cuales es un monstruo de origen sobrenatural pero que termina teniendo una mayor humanidad gracias a su fortuito encuentro.

En este caso en particular, dicho ser sobrenatural es una joven no-muerta, una especie de zombi inteligente que ha habitado durante décadas en una casa en ruinas ubicada en la parte del bosque donde fue asesinada y que se ha convertido con el paso del tiempo en una leyenda para los lugareños. La soledad de su exilio es rota cuando se topa con un chico ciego que ha sido secuestrado y aparentemente abusado por su captor, y juntos deben intentar volver a la civilización, algo que genera un inesperado cambio en la chica a medida que ambos comienzan a conocerse.

Es importante destacar que todo esto que acabo de poner es sólo la superficie de un argumento mucho más complejo del cual sin embargo se nos dice muy poco de forma explícita; de hecho, salvo algunos flashbacks muy puntuales la película es parca en explicaciones y muchos de sus aspectos dramáticos son intuídos por el espectador a través de pistas sutiles o detalles que en principio parecen poco importantes, mientras las grandes preguntas de su premisa quedan sin responder. La cinta por ejemplo no explica en ningún momento por qué la chica es un zombi aunque se deja claro que su transformación es en gran parte algo alegórico. De hecho, lo realmente importante aquí es el historial de abusos de los dos personajes principales y la transformación (en cierta forma, disminución) física a la que ambos han sido condenados y que es en un principio lo que los une. Este es un ángulo muy interesante que está muy bien tratado aunque termine alejando a la obra de lo que podríamos llamar una historia de terror al uso.

Digo esto último porque el hecho de que la película esté narrada desde el punto de vista de la chica hace que los elementos de miedo sean muy escasos y tanto esta perspectiva como el tema del abuso infantil terminan irremediablemente poniendo al público de su parte. Pero es precisamente esto, así como el tono de cuento de hadas macabro de su argumento, lo que terminó haciendo de este un trabajo mucho más interesante que no me esperaba para nada. Es verdad que su desarrollo y sobre todo su final son hasta cierto punto predecibles (en parte porque la película no hace nada por ocultarlos) pero aún así es algo que vale la pena y es un acercamiento distinto a algo que, en otras manos y con otra perspectiva en su narración, podría haber sido una historia de terror del montón en lugar de esta obra tan curiosa.

Terrores televisivos 3

Dos recomendaciones de series de terror de Netflix (o al menos de su división asiática) que habían pasado bajo mi radar. La primera de ellas Ju-On: Origins, basada en la ya conocida saga creada por Takashi Shimizu y la cual honestamente debí haber esperado debido que ya lleva más de una decena de películas en su haber. El hecho de que yo sea un fiel seguidor de dicha saga no me impide ser objetivo ya que en el pasado he sido sincero cuando esta da un mal paso, así que puedo decir que esta serie me gustó mucho y la considero fácilmente uno de los mejores trabajos que se han hecho de este material en mucho tiempo. Por suerte la primera (y hasta que digan lo contrario única) temporada dura sólo seis episodios de media hora, y digo suerte porque no es un trabajo que se preste a un visionado espaciado en el tiempo; al igual que las películas esta supuesta historia de orígenes (que no lo es tanto en realidad ya que no toca la historia de Toshio y Kayako en ningún momento) mezcla varias tramas y personajes que giran alrededor de la casa maldita y van saltando en el tiempo de forma no lineal sin mucha ayuda para el espectador. Por este motivo, yo recomendaría verla de una sentada como si fuese una película de tres horas. No tiene la sutileza de las cintas originales (es muy sangrienta para ello) pero mantiene el mismo ambiente malsano y trágico que se ve afianzado además por detalles como los telediarios hablando de varios casos reales de horribles tragedias y crímenes ocurridos en la historia contemporánea de Japón. Si eres seguidor de la saga creo que te va a gustar.

La otra recomendación televisiva de hoy era una que me habían hecho ya hace mucho tiempo y de hecho esta serie acaba de estrenar más o menos recientemente su segunda temporada. Se trata de la surcoreana Kingdom, una épica de zombis de ambientación histórica que ha sido comparada en ocasiones (de forma errónea a mi parecer) con otras historias coreanas de muertos vivientes como Train to Busan (2016). Digo errónea porque el primer referente para mí vendría siendo algo como Juego de tronos, serie con la que comparte un tratamiento fantástico de la amenaza sobrenatural mezclada con una intriga palaciega de trasfondo que tiene tanto peso como la historia de terror. El aspecto dramático, de hecho, es muy importante y probablemente sea lo que haya decretado la continuidad de la serie hasta ahora, a pesar de que todo el apartado de violencia zombi está muy bien hecho y algunos de sus capítulos perfectamente habrían podido ser adaptados en forma de largometraje. Honestamente no sé cómo me la llegué a perder en su momento porque es una gran obra que tendremos que atesorar como un ejemplo de ficción zombi hecha bien. Veré la segunda con toda seguridad.

Reseña: See No Evil 2 (2014)

En uno de esos casos que por desgracia veía venir, una mezcla de curiosidad y ganas de completismo me impulsó a echar un vistazo a See No Evil 2 (2014), una secuela tardía que ignoré en su momento y que terminé viendo principalmente por estar dirigida por las hermanas Jen y Sylvia Soska, las mismas de la muy interesante American Mary (2012). Dejo caer que la presencia de las hermanas se impuso a todo lo demás, ya que la original (separada de su continuación por casi una década) no me gustó nada y sin embargo resulta muy superior a este desganado y genérico slasher que desaprovecha muchos de sus recursos.

Uno de esos recursos, por cierto, no es precisamente la originalidad, ya que la película tiene lugar la misma noche en que ocurrió la primera See No Evil (2006), con el supuesto cadáver de Jacob Goodnight (interpretado aquí de nuevo por el luchador Glenn “Kane” Jacobs) siendo llevado a una morgue y despertando justo cuando un grupo de jóvenes ha decidido dar una fiesta de cumpleaños sorpresa a una de las forenses de guardia. Es así como la película recicla en parte el argumento y estructura de otros clásicos como Halloween 2 (1981) a la vez que desecha cualquier tipo de justificación para el hecho de que Jacob parezca haber sobrevivido contra todo pronóstico sin ver disminuido un ápice de su fuerza y convertiéndose, por el contrario, en un asesino si se quiere más poderoso que ahora tiene una máscara y todo.

Cuando hablaba de recursos desaprovechados me refería no sólo a la presencia de las Soska sino también a un elenco que incluye algunas figuras recurrentes del cine de terror actual como son Danielle Harris en el papel protagónico (otra conexión con Halloween) y Katharine Isabelle en un rol secundario que resulta más bien un agregado cómico poco usual en ella. De todas formas ninguna de las dos logra hacer nada ya que este es un trabajo muy convencional y encima con unos valores de producción muy baratos incluso para los estándares del slasher promedio. Creo que esto es lo más sangrante de todo porque si bien la original no me gustó nada, al menos tenía una estética propia que la hacía destacar más allá de su brutalidad, la cual por cierto también ha sido rebajada.

Eso es todo, en realidad no hay mucho que salvar; See No Evil 2 es no sólo una continuación innecesaria sino también un punto muy bajo en la carrera de sus directoras, quienes por suerte levantarían un poco la cabeza con su reciente remake de Rabid (2019). A esta no hay quien la salve y si acaso yo diría que, al igual que como ocurre con estas continuaciones tardías de bajo nivel, lo único que ha conseguido esta secuela es hacerme ver con mejores ojos la original pese a que no la haya disfrutado inicialmente.

Reseña: Yummy (2019)

Publicitada por su propio director como la “primera película de zombis del cine belga” (afirmación que por supuesto no puedo confirmar), lo que sí es seguro es que Yummy (2019) es otra entrada en el apartado de comedia de muertos vivientes, una que toma varios de los lugares comunes de este tipo de cine y los presenta con el empaquetado de una película con un humor de muy baja estopa y deliberadamente ofensivo. Esta sería su principal marca de identidad, y aunque funciona muy bien por momentos, habría que ver si es suficiente para mantenerla con vida de aquí a unos años.

Parte de este ambiente de comedia ofensiva es algo que se presenta ya desde el principio, cuando la chica protagonista acude junto a su novio y su madre a una clínica de cirugía estética de muy dudosa reputación ubicada en un país de Europa del Este que nunca es nombrado para hacerse una operación de reducción de pecho y dejar de ser así cosificada por cuanto hombre se le cruce. Por supuesto, una vez allí se produce la liberación accidental de un paciente afectado por una extraña condición experimental que hace que los muertos se levanten, y el resto ya os lo podéis imaginar: personajes en estado de sitio intentando escapar de la clínica mientras esta es tomada por los muertos vivientes.

El apartado de los zombis y sus estragos parece ser aquello en lo que los responsables de esta película han puesto sus mayores esfuerzos. Estamos hablando de una cinta muy violenta y sangrienta con unos efectos físicos francamente muy bien hechos aunque sean todos algo que hemos visto antes. El resto del cóctel está por supuesto en ese humor que como decíamos arriba busca ser deliberadamente provocador rozando a veces (y otras más que rozando) el mal gusto; al no ser nunca nombrado este país ficticio los personajes de la clínica hablan todos en un falso idioma ruso inventado (cosa que creo resulta más ofensiva que si simplemente hubiesen decidido que fueran rusos) exagerando su acento, y la gran cantidad de chistes hechos a costa de la cosificación de sus personajes femeninos y el apetito sexual de sus personajes masculinos (incluyendo una secuencia que alcanza su clímax con la imagen de un pene en llamas) es algo que seguramente no calzará muy bien con todo público. Es aquí donde se pondrá a prueba vuestra resistencia ya que es este sentido del humor y no los zombis o el gore donde está puesta la verdadera identidad de la película.

Con todo y eso debo decir que es mucho más divertida de lo que parece a simple vista, su elenco principal es muy bueno (sobre todo su protagonista, Maaike Neuville) y una vez desatado el caos zombi la película no para en su frenética muestra de violencia y humor de baja calaña. Es muy poco original incluso en su nivel de absurdo, ya que otras cintas del pasado como Evil Dead 2 (1987) o Braindead (1992) lo han hecho mucho mejor, pero me pareció rescatable aunque definitivamente no sea para todo el mundo.

Reseña: Drácula (1931)

Una de las mayores deudas cinéfilas que guardé durante mucho tiempo fue esta versión en español de Drácula (1931) realizada por Universal y que se rodó de forma paralela a la versión con Bela Lugosi. La cinta estaba destinada al público hispanohablante y por lo visto formaba parte de una práctica común en una época en la que el doblaje no estaba generalizado y las regulaciones laborales de la industria del cine no eran lo que se dice muy sólidas. No es esta por supuesto la única versión alternativa (también se hicieron versiones en alemán, francés o italiano) pero sí es de las pocas que han conseguido sobrevivir hasta nuestros días y de hecho se consideró perdida durante mucho tiempo hasta que una copia apareció en Cuba durante los años setenta. Su condición de rareza ha hecho de ella una película con un culto propio hasta el punto de que es casi tan conocida como la de Lugosi, con la que se le compara muchas veces.

Por supuesto el argumento es exactamente el mismo así como la estructura dramática de la película, basada no tanto en la novela de Bram Stoker como en su versión para teatro de Hamilton Deane y John Balderstone, aunque sí hay que destacar el hecho de que esta versión parece haber tenido mayores libertades a la hora de construir su propio estilo y discurso; pese a que utilizó los mismos decorados de la versión en inglés, el director George Melford (quién no hablaba ni una palabra de español) pudo aprovechar el hecho de rodar de noche para inspirarse en el trabajo de Tod Browning y “corregir” algunos detalles que daban a su obra un dinamismo mayor que el de su contraparte angloparlante. Una cosa que se menciona mucho es que en esta versión, a diferencia de la de Bela Lugosi, la cámara se mueve y algunos planos son mucho más “cinematográficos” y menos como una obra de teatro de filmada, a pesar de que se mantienen detalles de la época como la ausencia de música y algunas actuaciones muy extravagantes. Esto último es evidente sobre todo en lo que concierne al conde Drácula, interpretado por el actor español Carlos Villarías, quien de todo el elenco sería el único que tuvo acceso al rodaje de la versión en inglés y a quien de hecho se le animó expresamente a que imitara el trabajo de Lugosi.

Lo que no se suele mencionar tanto son las diferencias que ambas versiones tienen a nivel de exposición; esta versión es casi treinta minutos más larga y dedica este metraje a incorporar escenas que redondean un poco el trasfondo de los personajes, aunque momentos clave como las muertes siguen ocurriendo fuera de cámara. Otro detalle interesante es que el subtexto erótico está mucho más marcado que en la versión original, y mientras las actrices de la versión de Browning iban por lo general tapadas hasta el cuello, la Eva Harker de Lupita Tovar luce un escote que difícilmente habríamos visto en otras producciones de Universal. Este detalle es otra muestra más de esa mayor libertad que parece haber tenido esta producción amparada en su objetivo de complacer a un público específico y no haber estado destinada a una distribución mayor.

Son precisamente detalles como estos los que han llevado a muchos críticos a defender la idea de que esta versión de Drácula es superior a la original, opinión que se ha mantenido durante mucho tiempo. A decir verdad, no sé si estoy de acuerdo con ese juicio, ya que si bien es cierto que a nivel técnico resulta mucho más ingeniosa, considero que comete otros errores como una duración un tanto excesiva o un sentido del humor que a veces choca con el tono general de la historia. Pero sobre todo lo que no se puede negar es que la original tiene a Bela Lugosi, quien por sí solo era el alma de esa película y que está muy por encima del trabajo que (muy dignamente) logra hacer Carlos Villarías. Con todo y eso es una obra fascinante de ver y pese a que muchos de sus elementos estéticos ya eran historia pasada en el momento de su rodaje, forma parte de una historia del género de terror de la que me hubiese encantado ver más ejemplos. Quizá estos aparezcan algún día.

Reseña: Gretel and Hansel (2020)

Por si no había quedado claro en ocasiones anteriores, en este blog somos incondicionales seguidores de la obra del director Oz Perkins, y de hecho esa ha sido la única motivación que tenía para ver Gretel y Hansel (2020), una nueva versión de la historia popularizada por los hermanos Grimm y que recibe esta vez una adaptación moderna en clave de horror no muy diferente de lo que ya se ha hecho el pasado con Blancanieves. Tal como en aquella ocasión, estamos ante una obra de ambientación y estética medieval unida a un tratamiento oscuro muy acorde con el cuento original, pero también en sincronía con las propias extravagancias formales de su director. Esto es para mí su mayor fortaleza, pero quizá también es lo que impedirá a algunas personas comulgar del todo con su visión.

Esto es así en parte porque la película no se limita a reproducir de manera fiel la trama del cuento original; ya incluso por el cambio de orden en los nombres del título nos damos cuenta de que esta adaptación se centra sobre todo en Gretel que termina empujada junto con su hermano a buscarse la vida en el bosque después de que su madre se volviera loca y vayan a parar a la casa de una bruja cuya historia se nos ha contado al principio. Es precisamente la relación entre la joven y la bruja lo que constituye el grueso del argumento, así como la constante tentación de abandonarse a unos poderes con orígenes un tanto perturbadores.

Pero lo más importante aquí en este caso es la estética, algo previsible tratándose de este director pero que aquí se encuentra exacerbada. Hablamos de quizá la película más sobresaliente a nivel visual de la obra de Perkins hasta ahora, y me pareció que muchos planos rompen deliberadamente con la estética medieval del argumento y se convierten en algo mucho más moderno como si de una obra de teatro experimental se tratase. Otra cosa que le dio una ilusión de modernidad para mí fue la actuación de su protagonista Sophia Lillis, la misma joven de It (2017) que interpreta a su personaje de forma muy similar y que destaca un montón entre unos actores que se marcan un registro y acentos muy diferentes.

El ritmo pausado y el énfasis en la imagen preciosista por encima de un argumento sencillo es algo que puede echar para atrás a algunos expectadores, cosa por otro lado comprensible porque ha pasado en otras obras de Oz Perkins, pero todo lo demás funciona y es quizá una de las películas de horror más visualmente interesantes que he visto en los últimos años. También me gusta que su tratamiento del cuento de hadas como fuente de terror no se siente gratuito sino que es algo perfectamente acorde a su estilo y hasta cierto punto original. Es sin duda muy buena y queda recomendadísima en caso de que os la hayáis perdido a principios de año.

Reseña: Crawl (2019)

El año pasado tuvimos el regreso de Alexandre Aja, el más listo de toda la camada de directores franceses que surgieron a mediados de los dosmil, quien nos trajo con Crawl (2019) su sexta película hollywoodense y la primera (¡!) hecha a partir de un guión original, es decir que no estaba basada en otra obra anterior. Pese a su muy sencilla premisa y a pesar de ser quizá la más light de toda su filmografía en cuanto a violencia (cosa que por desgracia la condenará a un lugar menos destacado), es también una película muy entretenida y eficiente que da exactamente lo que promete y que no decae durante sus muy compactos 87 minutos, como si Aja hubiese abierto una ventana a otra época en la que el cine de desastres con animales salvajes de por medio era algo mucho más común.

El argumento es algo digno de la serie Z más básica posible: una mujer intenta sacar a su padre de su antigua casa en medio de un huracán cuando de repente la viviendo inundada es invadida por un grupo de cocodrilos hambrientos. Esta misma premisa, que en manos de otro director y con otros valores de producción habría resultado un desastre, es sin embargo tratada con dignidad y con una auténtica tensión que se mantiene gracias a mostrar a los cocodrilos como una amenaza latente que se mueve bajo el agua pero que no siempre puedes ver, lección que Aja parece haber de otras cintas similares, no sólo los ejemplos clásico como Tiburón (1975) y Piraña (1978) (de la cual no olvidemos también hizo un remake hace ya una década) sino también de obras menos conocidas como Burning Bright (2010), que tenía una premisa casi idéntica pero con un tigre.

Y por supuesto, gran parte de su efectividad reside en su protagonista, Kaya Scodelario, a quien Aja convierte en una heroína imperfecta que definitivamente sale de todo menos ilesa de la experiencia. El trasfondo dramático de este personaje con su padre no siempre funciona, y siento que la mayor parte del metraje dedicado a explorar la relación de los dos es algo puesto principalmente como relleno más allá del muy conveniente hecho de que la chica es una campeona de natación, pero es algo que a la hora de la verdad no molesta porque la cinta es breve y de ritmo muy rápido. También es cierto que el final podría haber tenido más fuerza en el sentido de que parece que la película simplemente termina porque sí.

Esto sin embargo es una queja menor; Crawl es un auténtico disfrute que ha resultado mejor incluso de lo que me esperaba, y algunas de sus secuencias son una auténtica joya. De nuevo, su sencillez argumental probablemente la condene a pasar por debajo de la mesa comparada con el resto de la filmografía de su director, pero no la considero para nada un trabajo menor sino todo lo contrario. Si os la habéis perdido en su momento como yo dadle un oportunidad porque sin duda se la merece.

Reseña: Our House (2018)

Si habéis visto alguna vez la cinta de antología Holidays (2016), entonces es probable que os suene el nombre de Anthony Scott Burns, director de uno de sus mejores segmentos. El estreno de su primer largo con Our House (2018) fue por lo tanto algo que recibí con grandes expectativas, a pesar de que no se trataba de un proyecto original. En realidad se trata de un remake de una cinta independiente titulada Ghost From the Machine (2010), que utiliza un argumento pseudo-científico con ángulo sobrenatural. No he visto todavía la original así que no puedo compararlas, pero sí debo decir que esta versión me terminó decepcionando un poco ya que pese a algunos detalles interesantes (la mayoría estéticos) no deja de ser una historia de fantasmas muy típica con casi ninguna sorpresa.

El ángulo paracientífico al que me refería antes tiene que ver con la creación por parte del protagonista de una máquina capaz de extraer electricidad del aire y que termina accidentalmente siendo un puente entre el mundo de los vivos y el de los muertos, atrayendo la atención de unos fantasmas que habitan la casa donde habita la familia. La idea es buena sólo en su concepción inicial ya que todo lo demás es algo que hemos visto muchas veces: fantasmas vengativos, un crimen del pasado sin resolver y unos protagonistas asolados por la pérdida de sus padres y que cometen el error de pensar que esa presencia sobrenatural con la que se han topado es en un principio benévola.

Donde la película sí que acierta, sin embargo, es en la manera de presentar a los fantasmas, una que resulta no tan habitual y que parece tomar su inspiración de la representación sobria del horror que vimos, al menos parcialmente, en la primera entrega de Insidious (2010). De nuevo, no sé si es original o no porque no he visto la cinta en la que se basa, pero las apariciones de los espectros me parecieron de lejos lo mejor de la cinta y causante de algunos momentos de auténtico miedo que por desgracia no se vieron apoyados por una trama interesante.

Espero sinceramente que Anthony Scott Burns se embarque en algún otro proyecto donde pueda lucirse más, ya que en esta ocasión lo que parecía un prometedor debut se ha quedado en poca cosa. No es terrible del todo y tiene momentos interesantes, pero si eres alguien que ya ha visto muchas entregas de horror sobrenatural de los últimos veinte años es muy probable que reconozcas cada uno de los quiebres narrativos y los recursos de una entrada un tanto regular. Se trata de una producción modesta, pero que al final termina siendo lo mismo que otros trabajos más comerciales a los que se parece demasiado.

Reseña: Deliver Us From Evil (2014)

Scott Derrickson, director que ya hemos celebrado anteriormente aquí gracias a cintas como El exorcismo de Emily Rose (2005) y Sinister (2012), cierra su trilogía demoníaca con Deliver Us From Evil (2014), probablemente la más floja de las tres y una en la que parece haber claudicado ante un estilo híbrido que no le ha sentado muy bien. Si digo esto es porque la película parece en muchos momentos una mezcla entre El exorcista (1973) y Seven (1995), en el sentido de que se trata de un thriller policial en el que una serie de horribles asesinatos tienen una explicación sobrenatural. Dicho así se parece mucho a otros trabajos que hemos reseñado antes, y aunque es cierto que la originalidad no es su mayor fuerte, tampoco es la principal pega que le he encontrado.

Mi mayor problema con ella quizá tenga que ver con una frustración personal que tengo y es que por lo visto el tema de las posesiones diabólicas es un callejón sin salida en cuanto a cine de terror, ya que no parece haber ninguna obra capaz o dispuesta de desprenderse de la influencia de la arriba citada película de William Friedkin. Esta de la que hablamos hoy es otro ejemplo de ello, y si bien Derrickson ya había tocado el tema de los exorcismos de una forma si se quiere un tanto novedosa, en esta ocasión se rinde ante un trabajo muy burdo que explota no sólo los clichés del cine de posesiones (incluso abriendo con una escena en Irak, tal como hiciera Friedkin en los setenta) sino también los del thriller nihilista protagonizado por un policía abrumado por los horrores que encuentra a diario y que ve puesta a prueba su postura ante la vida al encontrar un improbable aliado en el cura interpretado por Edgar Ramírez, quien le ayudará a encontrar al demonio responsable por las muertes y enfrentarse a él.

Es precisamente este personaje el que le termina de quitar a la película toda su seriedad; el aprovechamiento del actor a la hora de interpretar un cura moderno con un pasado de sexo y drogas termina pareciendo una parodia de sí mismo y provocando que el propio Ramírez recuerde a aquellos personajes que solía interpretar Antonio Banderas en el Hollywood de mediados de los noventa. En verdad no exagero si digo que todas las interacciones de los dos protagonistas con el aspecto sobrenatural de la historia dan mucha pena y dinamitaron, al menos para mí, todas las posibilidades de que me tomara la trama en serio. Esto último es particularmente frustrante porque la idea de un mal foráneo traído a tierras americanas como consecuencia de su intervención en conflictos extranjeros era si se quiere algo interesante que podría haber sido explorado de otra forma si se hubiese tenido la voluntad artística para ello.

En lugar de eso nos queda esta historia de horror con mensaje espiritual de redención y un policía atormentado que redescubre su fe al exponerse a la idea del Mal como algo absoluto y tangible de procedencia externa al hombre, es decir el mensaje opuesto a lo que Seven intentó transmitir en su día. Derrison no ha vuelto a dirigir nada de terror desde entonces, gracias entre otras cosas a su éxito en el universo Marvel con Doctor Strange (2016), pero espero que cuando vuelva lo haga con algo mejor que este último y muy mejorable esfuerzo.

Reseña: Ready or Not (2019)

Me la perdí en su momento así que tuve que recuperarla recientemente, y pese a que tenía las expectativas muy altas tras los entusiastas comentarios que había escuchado, Ready or Not (2019) terminó siendo incluso mejor de lo que esperaba. Muy similar a la también recomendada por aquí You’re Next (2013), al menos a nivel de premisa y ambientación, pero también más inclinada hacia la comedia negra y llena de momentos entrañables gracias sobre a su fabulosa protagonista Samara Weaving, quien acapara toda la atención con su figura de novia ensangrentada huyendo de una turba de asesinos.

La película también participa de otro arquetipo narrativo muy popular en el cine de terror como es el de un personaje que debe luchar por su vida como parte de un juego, en este caso además una especie de ritual en el que la rica familia del novio de la protagonista monta una cacería en la que persiguen a sus nuevos potenciales miembros, cacería con consecuencias muy reales y que pone de manifiesto no sólo esa violencia lúdica que hemos visto en otros trabajos sino también una nada disimulada sátira social contra los ricos y la explotación de gente a la que consideran prescindible. Esto la emparenta, curiosamente, a la también reciente The Hunt (2019), que se estrenó más o menos por la misma época y que tenía una premisa similar aunque en esta de la que hablamos ahora está mucho más inclinada hacia la comedia, algo que he agradecido porque la verdad no me la esperaba tan divertida.

Pero si la película funciona es sobre todo gracias a dos detalles que me llamaron la atención desde el primer momento. El primero es el espectacular ambiente que consigue con ese caserón recargado de objetos y lleno de pasadizos secretos e iluminada casi por completo por candelabros. El segundo es por supuesto la protagonista Samara Weaving, quien lleva en sus hombros todo el peso de la película y que tiene aquí probablemente su mayor y mejor lucimiento hasta la fecha. Algunos de los mejores momentos de la película son gracias a ella y su actuación aporta en gran medida ese tono de comedia que tan bien le sienta y que, insisto, no esperaba que estuviera tan acentuado porque la cinta es considerablemente violenta y en ocasiones cruel con sus personajes a pesar de que abraza el absurdo de su premisa de forma muy simpática.

La dejé pasar en su momento porque en la ciudad donde vivo no se estrenó ninguna copia en versión original, pero estoy muy contento de haberla recuperado. Ready or Not es una película divertidísima y que sabe manejar la comedia negra de manera muy efectiva, pero también es mucho más inteligente de lo que parece y estoy seguro de que sus responsables harán grandes cosas. Recomendadísima.