Reseña: Flatliners (2017)

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Esta vez dedicamos algunas líneas a una película que pasó casi por debajo de la mesa, concretamente la nueva versión de Flatliners (2017), remake de la cinta homónima de 1990 que ya reseñamos aquí y que en esta ocasión está protagonizada por Ellen Page, Diego Luna y otros actores de los que no he escuchado hablar nunca. Esto último me parece algo importante a destacar porque la original de Joel Schumacher es precisamente recordada, entre otras cosas, por su impresionante elenco de jóvenes estrellas en alza como Kevin Bacon, Julia Roberts, William Baldwin y sobre todo Kiefer Sutherland, quien también aparece brevemente en esta nueva versión.

Lo que sí parece haberse mantenido es la premisa: unos jóvenes, ambiciosos e irresponsables estudiantes de medicina que deciden experimentar en sus propias carnes aquello que ocurre en el cerebro en el momento de la muerte, experimento que en un principio parece tener consecuencias muy positivas ya que despierta el potencial de estos personajes (algunos se vuelven más inteligentes, otros más atléticos, etc), aunque luego por supuesto todo sale mal cuando empiezan a tener extrañas visiones del más allá y se convierten en blanco de lo que en un principio parecen ser presencias de ultratumba.

Aparte del tema de las habilidades (que tampoco es que tenga grandes consecuencias para la trama), esta película no introduce grandes cambios, por lo que la mayor parte de sus aportaciones son más bien superficiales, encima con una estética mucho más de andar por casa y un ritmo mucho más frenético acorde con su ambientación juvenil. La que sí ha cambiado, sin embargo, es la valoración moral, ya que esta versión establece más o menos desde el principio el carácter peligroso e irresponsable del experimento cebándose sobre todo con el personaje de Ellen Page, quien aquí es representada como alguien mucho menos carismático y genial que su equivalente interpretado por Sutherland en la original. Su contraparte masculina, el personaje de Diego Luna, es por el contrario el miembro más sensato del grupo y el único que se niega por completo a participar de la experiencia cercana a la muerte.

Aunque quizá el mayor problema que tenga es que no sólo es considerablemente menos terrorífica que su antecesora sino que por algún motivo intenta por todos los medios complicar un argumento que en la original era muy sencillo. Encima trata de encajar (incluso más que la original) un confuso mensaje moralista que nunca queda del todo claro, como tampoco queda claro el verdadero alcance de la amenaza sobrenatural que los protagonistas están sufriendo. La única sorpresa es una muerte que ocurre a la mitad de la película y pese a que inicialmente pareciera lo contrario, no tiene en realidad ningún peso para la trama. En realidad estamos hablando de una película un tanto vacía que no tiene los aciertos estéticos, ni de casting, ni la química que la versión anterior mostraba, así que no me sorprende que haya pasado desapercibida.

Reseña: Flatliners (1990)

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Flatliners (1990), o como se le conoce en España, Línea mortal, es una que quería desde hace tiempo recuperar para el blog porque recuerdo que fue una película de terror que me gustaba mucho en aquel entonces y que no había vuelto a ver en por lo menos dos décadas. Treinta años después de su estreno conseguí la motivación que necesitaba: el reciente remake con Ellen Page que salió hace un par de años y que muy pronto también reseñaremos por aquí. Pero ojo, ver de nuevo la original de Joel Schumacher ha sido toda una revelación porque si bien se me han hecho mucho más evidentes sus carencias, sigue teniendo un encanto especial y muchos puntos a favor que hacen aún más evidente su potencial (hasta cierto punto) desperdiciado.

Llamarla “de terror” también es estirar el término un poco pese a que el argumento parte de una premisa sobrenatural: cinco ambiciosos y geniales estudiantes de medicina que realizan un experimento clandestino para investigar de primera mano lo que ocurre después de la muerte, lo que básicamente constituye en irse matando y resucitando por turnos de forma cada vez más osada. El problema empieza cuando estas experiencias no salen gratis y cada uno de ellos trae de vuelta consigo extraños fenómenos que prueban no ser nada benévolos sino todo lo contrario. Por supuesto, lo más comentado de esta película incluso hoy en día es su elenco de lujo encabezado por figuras como Kevin Bacon, Julia Roberts (antes de alcanzar el mega-estrellato) y Kiefer Sutherland, quien ya había trabajdo con Schumacher en Jóvenes ocultos (1987), una película que tiene muchas similitudes estéticas con esta. En esta ocasión Sutherland no es exactamente el villano pero sí quien tiene el personaje más interesante, el principal motor tras el experimento y aquel que se verá más afectado por el ataque de un ente sobrenatural nacido de su experiencia con la muerte.

Es esta idea, repetida además en el resto de miembros del elenco, lo que convierte la película en un relato hasta cierto punto moralista en el que cada personaje debe saldar cuentas con su pasado de una forma si se quiere brutal. Aquí es donde comienzan mis problemas con ella, y esto es algo que no había notado hasta ahora, pasados muchos años: llegado un momento la cinta se vuelve demasiado larga y reiterativa, y parte de eso tiene que ver con el hecho de que las historias del grupo hacen bulto. La cinta dura casi dos horas (demasiado para una producción de este tipo en 1990) y el motivo es que insiste en mostrarnos las experiencias sobrenaturales del resto del grupo cuando está claro que la única realmente importante es la de Kiefer Sutherland, y la única además que es realmente de terror. Por este motivo resulta increíble que no sea él el protagonista absoluto y los demás sólo personajes secundarios. Por el contrario, la cinta insiste en presentar a Kevin Bacon y Julia Roberts como los protagonistas (romance incluido), cosa que a mi juicio es un error porque nos despoja del auténtico ángulo de cine de miedo que la película merecía.

Pero a pesar de esto estamos hablando de una cinta que todavía se sostiene, con una estética atractiva y un elenco ideal en el que cada uno de los cinco miembros del grupo tiene su oportunidad para lucirse. Además se toma su premisa en serio, cosa que no puedo decir del remake reciente. De ese hablaremos otro día, pero sólo quiero dejar claro que aunque mi recuerdo la haya mostrado como mejor de lo que realmente es, esta versión original de Flatliners es algo que sigue valiendo la pena. Curiosamente, Kevin Bacon protagonizaría casi una década más tarde la cinta Stir of Echoes (1999), una película muy superior y muy parecida a lo que esto debería haber sido y que sin embargo no fue.

Reseña: El cerebro (1988)

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Lo creáis o no, ha sido hace muy poco (unas semanas cuando mucho) que vi por primera vez El cerebro (1988), un clásico menor del terror serie B canadiense hecho muy probablemente a la sombra de Re-Animator (1985), no sólo porque ambas comparten al actor David Gale como villano, sino también porque ambas ostentan un sentido del humor similar y un énfasis en el imaginario grotesco que parece estar muy en sintonía con la película de Stuart Gordon. Aunque quizás no llegue a los niveles de maestría de esta, se trata de una cinta muy divertida y en muchos sentidos fascinante que lamento mucho no haber visto con anterioridad.

El argumento parte de un espíritu retro que ya era nostálgico en 1988 y que perfectamente podría haber sido rodado en los cincuenta: un chico rebelde y problemático que es enviado a la clínica de un gurú de autoayuda con planes de dominación mundial, y cuyo exitoso programa de televisión local esconde la influencia de un gigantesco cerebro alienígena con cara que controla las mentes de aquellos que le escuchan. El ambiente juvenil, el discurso anticolectivista y la imagen de aquel gran cerebro extraterrestre y los científicos que lo controlan son probablemente las cosas más interesantes que posee y el mayor atisbo de “seriedad” que la trama pueda tener, y son elementos que por sí solos habrían podido constituir una cinta de ciencia-ficción algo más solemne, pero eso es algo que no tarda en saltar por la borda.

Si digo esto es porque la cinta parece muy consciente de su propio potencial puesto que a pesar de ser muy violenta y contener pasajes muy oscuros, también es poseedora de un humor autodestructivo que rompe con la aparente seriedad de su propuesta, desde la increíble imagen del cerebro con cara malvada de puntiagudos dientes y eterna sonrisa hasta las numerosas secuencias autodenigrantes de su protagonista, quien es retratado como todos menos como un héroe al uso y cuya rebeldía y desprecio por el orden y la autoridad constituyen precisamente aquello que le hace inmune al control mental del monstruo.

En muchos sentidos, El cerebro (1988) no pasa de ser una serie B simpática con unos medios muy limitados y cierto regusto a cine de terror muy anterior a su época, pero sus imágenes, su muy divertido desarrollo y su nivel de descaro ante el sexo y la violencia son cosas que le han otorgado cierto nivel de reverencia con el tiempo a pesar de quedar algo opacada por muchas de sus contemporáneas como la ya citada Re-Animator o Están vivos (1988) de John Carpenter, que se estrenó el mismo año y que toca los mismos temas de una forma mucho más eficaz. Si la hubiese visto en el momento de su estreno seguramente habría estado entre mis favoritas de toda la vida, pero aún así es una gran película que aunque no tuvo continuaciones, está ahí para quien la quiera descubrir.

Reseña: Candyman 3 (1999)

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Aprovechando que este año se estrena su remake producido por Jordan Peele (bueno, eso está por verse todavía), recordé de pronto que nunca había reseñado esta tercera entrega de Candyman (1992), lanzada directamente a vídeo en 1999 y casi olvidada ya. No faltan motivos; Candyman 3: El día de los muertos (1999) es un punto muy bajo en la saga protagonizada por Tony Todd, incluso para los estándares del formato doméstico noventero. De sobra está decir que en muchos aspectos hace ver a su secuela precedente como una obra maestra, y lo que más rabia da es que al menos en su concepción inicial parece haber ideas interesantes y planteamientos que habrían podido dar mucho juego y que sin embargo se dejan completamente de lado.

Uno de esos ángulos ocurre desde los primeros minutos de metraje, cuando nuestra protagonista, descendiente de Candyman en persona, monta una exposición de arte con los cuadros de su famoso antepasado con la esperanza de limpiar su nombre y acabar con la leyenda negra en torno a alguien que no era sino un artista que murió a causa de una gran injusticia. Esta idea de explorar el lado artístico del personaje era algo que ninguna de las dos entregas posteriores había hecho y podría haber sentado la base de una película mucho más cerebral. Sin embargo, una vez en la exposición la chica principal es retada a decir el nombre de Candyman cinco veces delante de un espejo, lo cual por supuesto desencadena una nueva ola de asesinatos y hace que todo el interesante tema de las pinturas nunca se vuelva a tocar.

Me gustaría poder decir que es a partir de aquí cuando la cinta cambia de tono y se vuelve algo mucho más barato, pero no es así; eso es algo que queda claro desde los primeros planos que explotan el atractivo físico de su protagonista Donna D’Errico, recién salida de su etapa en Baywatch y a quien el guión no tiene mejores cosas que hacerla gritar de horror cada dos por tres. Tampoco parece haber un conocimiento claro de lo que las películas anteriores han hecho ya que esta cinta cambia una vez más el origen de Candyman: la primera película estaba ambientada en Chicago (de hecho, su ambientación era parte esencial del argumento), la segunda estaba por algún motivo ambientada en Nueva Orleans, y esta tercera parte tiene lugar en Los Ángeles, lo que le permite aprovechar una muy superficial e intrascendente mirada al ocultismo hispanoamericano y la tradición del Día de Muertos (de ahí el título) pese a que dichos elementos no tengan nada que ver con la historia o los personajes.

Desconexa, muy barata y sobre todo tremendamente superficial, Candyman 3 tira por la borda todo lo que hacía a la original interesante y lo sustituye por una historia de explotación con escenas de sexo hortera, un elenco de tercera fila y la sustitución del profundo comentario racial de la primera parte por unos policías racistas que parecen salidos de otra película. A ratos pareciera que sus responsables ni siquiera hubiesen visto las dos entregas anteriores, y es una pena porque tanto el tema artístico como la idea de un monstruo que cobra realidad mientras la gente crea en él son cosas que están presentes en el trasfondo del guión aunque nunca se les de importancia alguna. A partir de aquí un remake que vuelva a los orígenes es, de hecho, la única opción posible.

 

Reseña: Noche infernal (1981)

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Siguiendo con la poda de mi lista de pendientes cayó este menor pero simpático slasher de la edad de oro, y si digo menor es porque Noche infernal (1981) es principalmente recordado hoy en día por contar con Linda Blair como protagonista y final girl, con una historia un tanto atípica en la que un grupo de jóvenes universitarios deben pasar la noche en una gigantesca mansión abandonada si desean pasar a formar parte de una fraternidad. Dicha mansión, por supuesto, tiene una terrible leyenda detrás, una que en un principio todos se toman como un juego pero que termina teniendo un asidero real cuando un asesino comience a cargárselos uno por uno.

Esta curiosa premisa tiene un efecto estético muy interesante y tan ingenioso que dudo mucho haya sido intencional, y es el combinar la estética típica del relato gótico (los jóvenes van vestidos de época como parte del ritual) con los giros narrativos del slasher: un asesino silente del cual vemos muy poco, el elenco de jóvenes libidinosos y la ya clásica regla que dice que aquellos que tienen sexo, mueren. En este sentido el elenco es un acierto porque todos ellos resultan de lo más simpáticos y los numerosos toques de humor crean un contraste marcado con una película violenta incluso para los estándares de su época, aunque los efectos especiales ciertamente no estén a la altura de clásicos como Viernes 13 (1980) o My Bloody Valentine (1981), ambas muy superiores.

Donde sí que parece querer desquitarse es el ángulo sexual y en la explotación consciente de sus personajes femeninos, incluso de Linda Blair, la única cara conocida del elenco y que comparte protagonismo con el marcado escote que luce durante todo el metraje, si bien al ser la chica final es quien más recatada se muestra. Este énfasis en la carga erótica probablemente tenga mucho que ver con su director, Tom DeSimone, un hombre que venía de una larga y fructífera carrera como realizador de cine porno y para quien esta película resultó su mayor paso en busca de la legitimidad como autor. Pese a su contenido, esta fue la cinta más comercial de su carrera y lo más cerca que llegó a realizar entretenimiento familar.

De haberse hecho unos años antes, Noche infernal probablemente habría resultado más famosa, pero precisamente a principios de los ochenta el cine de terror tuvo una avanlancha de slashers memorables que se han quedado en nuestra memoria. A pesar de eso, resulta de lo más disfrutable y tiene una energía genuina que se mantiene incluso durante su apresurado e intenso final. Si eres alguien que disfruta con este tipo de cine y especialmente el de esta época en particular, yo diría que le des una oportunidad.

Reseña: You Might Be The Killer (2018)

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A pesar de que podría perfectamente ser uno de los conceptos más divertidos que han parodiado el género slasher desde hace mucho tiempo, You Might Be The Killer (2018) pasó prácticamente desapercibida incluso entre los fanáticos de este tipo de cine de asesinos enmascarados. En parte es entendible al ser una película muy modesta, y si bien es probable que no la recuerde mucho de aquí a unos años, sigue siendo una propuesta muy recomendable que conoce el subgénero que está parodiando, y tiene innegables recursos por mucho que superficialmente pareciera jugárselo todo a una única carta, en este caso su singular premisa.

Esta premisa a la que me refiero es la de un grupo de instructores de un campamento de verano que de repente comienzan a ser acosados por un asesino, historia que se nos cuenta desde el punto de vista de un hombre que, en medio de la persecución, llama a una amiga por teléfono pidiendo ayuda y explicando la situación en la que se encuentra. La amiga en cuestión, una dependienta de videoclub experta en películas de terror, va escuchando el relato de lo que ocurre y le revela a nuestro protagonista no sólo que está pasando por todos los lugares comunes del género slasher, sino que a juzgar por los giros de todo lo que ha pasado y las convenientes lagunas de memoria de su relato, es muy posible que él mismo sea quien se esté cargando a sus compañeros.

A partir de aquí la película se convierte no sólo en una lucha por la supervivencia, sino también en una investigación por parte de nuestro protagonista de descubrir la verdad acerca de lo que está pasando y por qué no puede recordar los momentos clave de su situación, todo por supuesto aderezado por un casi constante ángulo metanarrativo en el que tanto el protagonista Sam como su amiga Chuck van interactuando al teléfono y agregando el omnipresente elemento cómico de un trabajo que nunca llega a tomarse a sí mismo en serio. Parte de este desparpajo y del ingenio de la premisa tiene por supuesto que ver con sus orígenes: uno de los aspectos más publicitados de esta película es el hecho de estar basada en una conversación de Twitter (¡!) entre los escritores Sam Sykes y Chuck Wendig, que simularon toda esta conversación y en quienes están obviamente inspirados los personajes principales.

Pero es que aparte de sus innegables virtudes cómicas, incluso como slasher la película tiene sus aciertos, siendo incluso capaz de construir una mitología propia a pesar de que su asesino está claramente inspirado en todos los clichés de este tipo de cine, máscara de madera incluida. Como decía arriba, no es algo que vayamos a atesorar en el futuro, pero es una cinta muy divertida cuyo ritmo no decae en ningún momento, tiene dos protagonistas con una gran química (Alyson Hannigan nunca falla en ese sentido) e incluso su componente meta termina siendo mucho más disfrutable de lo que podría haber esperado en un principio. Vale la pena así que echadle un vistazo.

Reseña: Mara (2018)

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Aprovechando el bajón de actividades de estos días he querido echar mano de la larga y poco curada watchlist que tenía pendiente, y de entre todas sus entradas Mara (2018) era una que tenía ganas de ver, sobre todo porque era de las pocas de las que no tenía referencia alguna y que había llamado mi atención inicialmente porque estaba protagonizada por Olga Kurylenko, quien en los últimos años parece estar tomando el sitio otrora ocupado por Milla Jovovich en este tipo de productos de género de consumo rápido. El resultado ha sido un tanto desigual, puesto que si bien tiene unos aciertos innegables, esta cinta de terror sobrenatural no parece querer salir de una muy cómoda medianía que apenas consigue superar por momentos.

Uno de esos aciertos a los que me refiero arriba es el tema de la parálisis del sueño, un fenómeno realmente aterrador y que honestamente no recuerdo que haya sido tocado en muchas películas a pesar de su potencial. En este caso en particular, la película mezcla este tema con una maldición viral acerca de un “demonio del sueño” que acosa a determinados personajes hasta acabar con ellos, personajes entre los que se encuentra nuestra protagonista, una psicóloga que se ve metida de lleno en esto mientras investiga la misteriosa muerte de un hombre (supuestamente) a manos de su esposa.

Como decíamos, la película tiene potencial, por mucho que el tema de la maldición que se propaga y que termina infectando a una mujer que investiga sobre ella guarde reminiscencias a otras películas de las que hemos hablado en el pasado tales como The Ring (2002), con la que tiene muchas semejanzas tanto a nivel de anécdota como de estructura, puesto que aquí también asistimos a una carrera contra el tiempo una vez que la protagonista también comienza a ser afectada por las apariciones del ente sobrenatural, que se manifiesta a través de intensas sesiones de parálisis del sueño en las que tienen lugar las mejores y más terroríficas escenas de la película. Son estos momentos aquellos que presentan los que sin duda sean los mayores aciertos tanto estéticos como cinematográficos de la película, y es de hecho su constante repetición lo que nos muestra que estas son sus únicas armas, ya que el resto de la cinta es bastante pobre a nivel visual y se ve afectada por una estética plana que en otros tiempos habríamos llamado televisiva, cuando dicho término estaba de moda.

Lo cierto es que no es algo del todo insalvable; las apariciones de la criatura son sin duda muy buenas, y uno casi desearía que estuviesen contenidas en una película con una historia mejor que esta y que no fuese tan evidente deudora de otras cintas sobrenaturales de los últimos años, así como de varios éxitos del terror asiático. De todas formas, aunque no sea la mayor pérdida de tiempo que podáis tener en estos días, tampoco la recomendaría como una pieza interesante en el fenómeno de la parálisis del sueño, algo mucho mejor explorado y utilizado como fuente de terror en el excelente documental The Nightmare (2015), el cual aprovecho para recomendar como una auténtica fuente de pesadillas (nunca mejor dicho) para estos días.

 

Reseña: The Amityville Murders (2018)

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Por increíble que parezca, es probable que haya hablado demasiado pronto cuando nombre a Amityville Dollhouse (1996) la más floja entrega de la saga de Amityville. Parece que más bien ese puesto debe ser reservado para su entrada más reciente, The Amityville Murders (2018), precuela de explotación que descubrí hurgando en servicios de streaming y de la que no sabía nada a pesar de que debería haber escuchado hablar de ella gracias a su guionista y director, Daniel Farrands, quien en los últimos años se ha granjeado mala fama gracias a películas “polémicas” que explotan casos reales con ángulo de cine de terror como The Haunting of Sharon Tate (2019) o The Murder of Nicole Brown Simpson (2019), además de esta de la que hablamos hoy.

Lo cierto es que las tres películas terminan pareciéndose mucho, no sólo por el hecho de usar un evento real como base argumental sino también en unos valores de producción bastante mejorables. Esta cinta, sin embargo, tiene un componente de género mucho más marcado ya que pese a ser indepentiente de otras entregas de Amityville, sí que mantiene su mirada fija en la saga original al relatar no la historia de la familia Lutz y su mudanza a una casa embrujada sino el misterioso crimen original, el asesinato por parte de Ronald DeFeo a todos los miembros de su familia, todos ellos con sus nombres reales. En realidad estamos hablando de un remake encubierto de Amityville 2: The Possession (1982), algo que queda bastante claro con la presencia de Diane Franklin en el elenco, quien hacía de la hija DeFeo en la película del 82 y que aquí interpreta a la madre.

Una cosa curiosa de esta nueva entrega es que Farrands ha decidido por lo visto mantenerse lo más fiel posible no sólo a los hechos “reales” sino también a la percepción que estos han tenido en la cultura popular. Varios de los elementos más conocidos de la saga de Amityville están aquí: las ya icónicas ventanas de la casa, la “habitación roja” del sótano, las distintas apariciones que van atormentado al hijo mayor. Pero también hay un énfasis muy fuerte en el drama de una familia disfuncional traumatizada por un padre tiránico, así como un guiño hacia una quizá menos conocida teoría de la conspiración que involucraba a la mafia. Todo esto por desgracia está mezclado con un componente místico/fatídico increíblemente forzado, que busca dar a la historia un aire de fatalidad demasiado solemne y que termina pareciendo una broma, lo que sólo se ve empeorado por una estética muy cutre y unas actuaciones realmente pobres.

A todo esto hay que sumar el hecho de que esta es una película muy monótona que tarda mucho tiempo en mostrar algo interesante. Comparada con la segunda entrega de la saga está claro que se trata de un trabajo muy inferior a pesar de tocar el mismo tema, y por momentos pareciera que no sabe muy bien si quiere ser una cinta de terror al uso o un pseudo-documental dramatizado de los crímenes que dieron origen a la historia de la casa. En realidad se trata de un trabajo muy pobre que delata un afán de explotar vulgarmente una tragedia real vendiéndola como algo dotado de un mayor significado del que realmente tiene, con lo que entiendo el rechazo que han generado las películas de este director hasta ahora. Por mi parte, esta es la última cinta de Amityville que me faltaba por reseñar, y aunque sé que en cualquier momento habrá más, considero que con esta hemos realmente tocado fondo.

Reseña: Amityville: el despertar (2017)

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Después de pasar años en un infierno de distribución que todavía no se ha resuelto del todo (se trata de una película nada fácil de ver legalmente en muchos países), algunas expectativas se habían levantado en torno a Amityville: el despertar (2017), a las que mi afán de completismo por supuesto no se ha podido resistir. Contrariamente a lo que creía en un principio, esta nueva película acerca de la casa embrujada más famosa de los Estados Unidos no es una secuela tardía de la película de 2005, pero tampoco es un remake de la original de 1979. Se trata, por increíble que parezca, de una película completamente independiente producida por Blumhouse y puesta bajo la dirección del muy eficiente director francés Franck Khalfoun, habitual colaborador de Alexandre Aja y que ya tiene en su haber cintas muy buenas como P2 (2007) o el remake de Maniac (2012), aunque aquí no parece que le hayan dejado demasiadas libertades.

La trama es la misma que ya hemos visto en otras encarnaciones, con una nueva familia mudándose a la casa de la Ocean Avenue 112 y comenzando a ser acosadas por un mal que habita en sus paredes. Tres cosas, sin embargo, la distinguen de sus antecesoras: la primera de ellas es su enfoque juvenil con Bella Thorne encarnando el ya muy conocido arquetipo de hija rebelde a quien nadie cree a pesar de ser la primera en reconocer el carácter maligno de la vivienda. La segunda es la subtrama de un hijo enfermo que se convierte en el blanco de las fuerzas sobrenaturales, algo que emparenta a esta película con la ya reseñada aquí Exorcismo en Connecticut (2009). La tercera, y esto es sin duda alguna lo más curioso de todo, es que en esta ocasión sus creadores han dado un giro metanarrativo a toda la historia; uno de los motivos por los cuales sabemos que no se trata de un remake es que esta película transcurre en un universo en el que las películas de Amityville existen, e incluso tenemos una escena en la que los personajes están literalmente viendo en la tele la original de 1979, a la vez que se hacen velados comentarios acerca de cómo las nuevas versiones de los clásicos del terror suelen dejar mucho que desear.

Este guiño, que por un momento pensé iba a ser más explotado, termina sin embargo siendo algo meramente anecdótico, ya que todo el resto de la película resulta muy convencional y se convierte en una historia de posesiones muy de andar por casa a pesar de que toda la subtrama del hijo en coma siendo acosado por el Mal es algo genuinamente inquietante y que podría haber dado mucho juego, tal como demuestra el por otro lado muy eficiente trabajo del actor Cameron Monaghan. Si la película se hubiera centrado más en este misterio, en la por otro lado ambigua representación de la madre interpretada por Jennifer Jason Leigh (que parece tener motivaciones ocultas que nunca son exploradas del todo en la película) o en las propias manifestaciones sobrenaturales de la casa, estaríamos hablando de algo muy superior ya que algunas de sus ideas prometen. Por desgracia esta también es una cinta que fue mutilada por la censura en un intento de hacerla más comercial para un público juvenil que en teoría era el ideal debido a la presencia de su actriz principal.

Lo triste del asunto es que estamos hablando al final de una película mediocre que ha sido condenada a la ignominia por cosas que no tienen que ver con la cinta en sí sino con los numerosos problemas que ha tenido para ser realizada y distribuida. La saga de Amityville nunca ha producido lo que se dice buen cine de terror, pero esta al menos tiene ideas y detalles que la podrían poner entre las mejores que se han producido basadas en esta casa embrujada. Tal como está lo que nos ha quedado es una película de terror del montón con unas fuertes ansias de explotación pura y dura, como demuestran sus sustos descafeinados, su muy básica mitología y sus numerosos planos de Bella Thorne en braguitas. No es terrible, pero sí francamente olvidable.

Reseña: Martyrs (2015)

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Confieso que esta era una que tenía mucha curiosidad por ver. La verdad es que en su momento no me enteré siquiera de que Blumhouse había realizado en el 2015 este remake de la francesa Martyrs (2008), y no debo haber sido el único porque esta nueva versión pasó sin pena ni gloria resultando prácticamente ignorada a pesar de que la original fue no sólo muy popular sino también muy admirada por la mayoría de la crítica mainstream como una de esas piezas emblemáticas del terror francés de mediados/finales de los dosmil. Esta versión americana, muy previsiblemente, es un refrito descafeinado que suaviza gran parte del impacto de su predecesora, pero también intenta en cierta medida algunos cambios destinados a darle otra sensación dramática a la misma historia. No puedo decir que funcione, pero me ha resultado al menos interesante de ver.

La premisa base es la misma, así como aproximadamente dos terceras partes del argumento. De todas formas, lo más interesante de estos remakes siempre ha sido ver exactamente en qué se diferencian; en esta ocasión, el Martyrs (2015) de Blumhouse parece buscar un mayor ángulo dramático al dedicar más tiempo de metraje a la amistad entre las dos chicas protagonistas, algo que no hacía el original de Laugier (más preocupado en los giros de trama y su crueldad nihilista) y que personalmente me pareció una gran idea que por desgracia no lleva a ninguna parte.

Si digo que no lleva a ninguna parte es porque precisamente toda esta construcción del amor entre estas dos huérfanas hermanadas por la desgracia parece sólo una excusa para un tercer acto que abandona casi por completo el camino trazado por la original y se convierte en un enfrentamiento justiciero que muy probablemente se haya hecho para dar a la película un final moralmente más satisfactorio para el público, algo que en cierto sentido me recordó a la también reciente Inside (2016), que reseñamos aquí hace relativamente poco. Este cambio, que se ve venir desde muy lejos valga decir, no me parece malo en sí mismo, pero esta hecho con mucha menos imaginación y resalta todos sus temas y explicaciones hasta el hartazgo mediante diálogos, como si alguien hubiese decidido hacer Martyrs pero volviéndola más accesible para un público mayoritario, algo que también se deja ver en el hecho de que es considerablemente menos violenta que la original, pese a que tengamos que soportar un primer plano de tortura bastante desagradable.

La cinta de Pascal Laugier del 2008 es hoy por hoy recordada como una de las más emblemáticas de su momento, mientras que esta nueva versión es la marca blanca de esta. Siendo sincero, algunas de sus ideas me agradaron y en general no la encontré tan ofensiva como la ya citada Inside, pero entre el hecho de parecer mucho más barata, mucho menos violenta y haber sustituido su brutalidad por un final de acción apresurado y hasta algo risible hace que no termine de convencerme. Creo que la mayor decepción ha sido descubrir que el guionista de esta nueva versión es Mark L. Smith, quien no sólo tiene experiencia en el género de terror con trabajos como Vacancy (2007) u Overlord (2018), sino que encima también ha escrito guiones de éxito en el mainstream como The Revenant (2015). Mi consejo: si tenéis estómago, mejor la original.