Reseña: Dementia 13 (1963)

Cerramos este mes especial dedicado a Roger Corman hablando un poco del que sería el primer largometraje de uno de sus más famosos pupilos; si bien es cierto que ya había aparecido acreditado como director en trabajos de sexploitation, Dementia 13 (1963) es la primera película mainstream de Francis Ford Coppola, quien para principios de los sesenta ya había trabajado con Corman en más de una ocasión y que apenas contaba 24 años para el momento de su estreno. Pese a un rodaje problemático que le valió más de un conflicto con su maestro, este trabajo se convertiría en una cinta de culto y una de las producciones más interesantes de Corman a nivel artístico.

Una vez más, gran parte del atractivo de la película se encuentra en la historia de su realización; de acuerdo con el relato oficial, Corman había encargado a Coppola la realización de un “copia barata” de Psicosis (1960), utilizando para ello el presupuesto sobrante de otra producción. Tras asegurarse en secreto de conseguir financiamiento adicional, Coppola aprovechó la total libertad creativa que Corman le dio para crear un thriller psicológico acerca de una decadente familia irlandesa cuya matriarca asegura estar siendo visitada por el fantasma de su hija muerta, historia mezclada con un misterioso asesino armado con un hacha que ronda la propiedad y a sus habitantes. El argumento es caótico y muchas de sus decisiones no tienen sentido a nivel de anécdota, pero la película supera estas carencias gracias a la atmósfera, la banda sonora, las actuaciones (sobre todo la espectacular presencia de su protagonista femenina, Luana Anders) y una bellísima fotografía en blanco y negro muy bien aprovechada.

Las semejanzas con Psicosis son obvias, quizá no tanto en el argumento pero sí en la estructura de la película y en cierto giro narrativo que se da más o menos a la mitad del metraje, pero hasta allí llegan las comparaciones. Dementia 13 es por el contrario una cinta mucho más violenta con escenas sangrientas que van mucho más allá de aquello que Hitchcock hubiese estado dispuesto a hacer, y que resaltan de forma muy evidente comparadas con el sobrio ambiente de misterio del resto de la cinta. Esta falta de coherencia se explica si tenemos en cuenta que Corman no quedó satisfecho con el resultado final y ordenó a otro director rodar escenas adicionales que aumentaran el nivel de violencia e hicieran algo más en la línea de lo que tenía en mente, lo que explica secuencias como la muerte de un personaje secundario que no tiene nada que ver con la trama principal a pesar de que como escena resulta un momento muy poderoso.

Este tipo de intromisiones en el montaje final causaron que durante muchos años Coppola renegara de esta película, pero lo cierto es que es un excelente trabajo que ya muestra gran parte de su talento como director. Lo único que la tira abajo (hasta cierto punto) es su guión apresurado y caótico que se resuelve (literalmente) en los últimos cinco minutos, pero el camino hasta allí está sembrado de sorpresas y grandes momentos que le dan un puesto privilegiado en el terreno de las sesiones dobles que Corman produjo en aquel entonces. Algo que aprendí leyendo sobre ella es que existe un remake del 2017 que por lo visto pasó sin pena ni gloria pero que siento mucha curiosidad por ver. De todas formas, echad un vistazo a la original porque sin duda lo merece a pesar de sus limitaciones y rarezas.

Reseña: El terror (1963)

En lo que será la penúltima entrada de este especial llegamos a otra de las excentricidades de Corman, titulada El terror (1963) y estrenada cuando el director estaba cerca de finalizar su famoso ciclo de Edgar Allan Poe. De hecho, Corman siempre se ha referido a esta película como una especie de “miembro honorario” de sus Poe-movies, ya que si bien es cierto que no está basada en ningún título del famoso autor americano, su argumento y atmósfera son en realidad una amalgama de todos los elementos que hicieron exitosa su saga de Poe, desde la ambientación gótica, el elemento sobrenatural (más presente aquí incluso que en sus otras películas) y la fascinación con la bella amante muerta que tanto conocemos.

Estas semejanzas se hacen evidentes una vez que sabemos las circunstancias en que la película fue realizada: tras haber finalizado antes de tiempo el rodaje de El cuervo (1963), y aprovechando que todavía tenía a su disposición por un par de días el plató (y el contrato de trabajo de su estrella principal, Boris Karloff), Corman decidió rodar una película de forma improvisada reciclando gran parte del material y utilizando los mismos actores y equipo técnico. Creando un guión en su mayor parte compuesto de escenas hechas sobre la marcha, Corman rodó las escenas con Karloff en el castillo en apenas tres o cuatro días mientras el resto de la cinta se fue rodando de forma intermitente a lo largo de nueve meses en los que varios de sus pupilos hicieron de directores, incluyendo el actor protagonista, Jack Nicholson (visto aquí en uno de sus primeros papeles protagónicos) y un joven asistente de dirección llamado Francis Ford Coppola. El resultado es caótico y mejorable, sí, pero también mucho mejor de lo que se podría pensar, ya que Corman y compañía consiguieron crear un cóctel gótico con una trama que resulta genuinamente interesante y con un misterio sobrenatural que nunca llega a ser aburrido pese a sus numerosas truculencias y sus ocasionalemente descabelladas decisiones y giros argumentales.

Tanto es así que estoy seguro de que sin quererlo Corman terminó presagiando varios de los elementos que se volverían comunes en el terror europeo de autores como Bava y Fulci, quienes muchas veces mostraron una preferencia por lo estético y lo ambiental por encima de un argumento coherente. Con todo y eso hay una trama bastante clara en El terror, una que participa de las constantes de Poe mediante la figura de un soldado francés interpretado por Jack Nicholson (quien parece más bien una especie de Simón Bolívar) que se obsesiona con una joven y bella mujer que podría ser o no un fantasma relacionado con un anciano barón que vive recluso en su castillo. La trama, como decíamos arriba, es clara a grandes rasgos pero nebulosa en los detalles debido a que muchas de sus escenas fueron improvisadas. No siempre funciona (el personaje de Nicholson, por ejemplo, parece oscilar entre un héroe romático y un hombre violento con una malsana obsesión por la joven), pero el resultado es muy atractivo y el trabajo de actores más que probados como Dick Miller, Boris Karloff o la bellísima Sandra Knight le da cierto grado de legitimidad que quizá no habría funcionado con otro elenco.

Efectivamente esta es una película que podría haber formado parte del ciclo de Poe al contener todos aquellos aspectos que hicieron de este un éxito, incluyendo el desenlace de destrucción y un giro final que resulta un tanto descabellado pero coherente con lo que hemos podido ver. Por supuesto El terror se ha ganado la fama de ser una serie B poco destacable pero soy de la opinión que se merece una consideración especial, aunque sea por su escena final, inusualmente oscura incluso para los estándares de Corman y el cine comercial de la época, al menos en el Hollywood mainstream. Quizá no sea la mejor cinta que hemos comentado en este especial, pero el desafío que representó y las numerosas anécdotas acerca de su rodaje la hacen algo muy especial que merece ser visto.

Reseña: Un cubo de sangre (1959)

Otra de las más famosas películas dirigidas por Roger Corman, Un cubo de sangre (1959) es también otro ejemplo de una comedia de terror poco convencional muy en la línea de La pequeña tienda de los horrores (1960), que Corman dirigiría al año siguiente reciclando los mismos escenarios y gran parte del equipo técnico y artístico. Es también otra de sus colaboraciones con el guionista Charles B. Griffith, quien sacó aquí uno de sus mejores trabajos y una cinta que ha pasado a ser conocida como un retrato/parodia muy acertado del ambiente artístico beatnik de los cincuenta.

En la película, un camarero con ambiciones de escultor llamado Walter Paisley (el omnipresente Dick Miller visto aquí en uno de sus pocos roles protagónicos), mata accidentalmente al gato de su casera y oculta su fechoría cubriendo al felino de arcilla, creando de esta forma una escultura alabada por todos como una obra de arte y convirtiéndolo en un escultor estrella de la noche a la mañana. Pero si algo no tiene Walter es talento, por lo que poco a poco comienza a matar para utilizar los cadáveres de sus víctimas como material para sus obras, primero de forma accidental y luego intencionalmente a la vez que intenta con sus obras impresionar a sus nuevos amigos del mundo artístico y seducir a la chica de la que se ha enamorado.

Como decíamos arriba, el argumento guarda similitudes con La pequeña tienda de los horrores en el sentido de que el personaje principal es alguien en un principio bueno e inocente que termina convertido en asesino por casualidad, pero el desarrollo y la premisa de Un cubo de sangre evolucionan de forma mucho más oscura y siniestra; ya desde muy pronto el Walter de Dick Miller es retratado como un auténtico enfermo mental, un hombre con una existencia sumamente gris y patética a quien la fama y la adulación van convirtiendo en un monstruo obsesionado con enmascarar sus crímenes bajo una capa de belleza. En muchos sentidos es también una vuelta de tuerca a la premisa de cintas anteriores como Los crímenes del museo de cera (1953), aunque esta vez contada desde la perspectiva del villano. Sin embargo lo más interesante probablemente sea la ambientación en el inframundo de la cultura beat con su poesía surrealista, su arte improvisado y su constante exaltación del artista como figura mesiánica alejada de la realidad. En estos sentidos es una película mucho más inteligente de lo que parece y con unos personajes mucho más redondos de aquello con lo que Corman solía trabajar.

El guión, los personajes y varias de las actuaciones (no sólo Dick Miller sino también un magnífico Julian Burton como el poeta residente del club donde trabaja Walter) elevan Un cubo de sangre a la categoría de uno de los trabajos más memorables de Corman, por mucho que se vea dañada por sus escasos valores de producción y algunas deficiencias técnicas que rebajan, por ejemplo, el golpe de efecto de un final muy efectivo en el papel pero menos impactante en la pantalla. A pesar de eso es una cinta muy buena y ampliamente recomendable incluso hoy en día. Corman produjo también un remake de esta a mediados de los noventa, y no la he visto aún así que con toda seguridad nos acercaremos a ella en algún momento.

Reseña: El hombre con rayos X en los ojos (1963)

Ya en la cúspide de su carrera como director, Roger Corman sacaría la que para muchos es una de sus mejores películas, El hombre con rayos X en los ojos (1963), en mi opinión su obra maestra y una que pese a su acabado serie B y sus valores de producción puede verse de tú a tú con algunas de sus contemporáneas de la ciencia-ficción dura. Con una trama al estilo de la obra de Richard Matheson, Corman vuelve a echar mano del actor Ray Milland, con quien ya había trabajado en La obsesión (1962) para contar la historia de un científico que prueba en sí mismo un fármaco experimental que aumenta su visión permitiéndole ver cada vez en mayor profundida el mundo físico hasta límites insospechados.

La premisa de por sí es lo bastante atractiva como para enganchar prácticamente desde el principio y los efectos especiales, si bien limitados, transmiten a la perfección la idea base de la película con una progresión que comienza con el humor (el protagonista ve a la gente desnuda en una fiesta), prosigue con un delirio mesiánico (sus aumentadas capacidades como médico) y degenera en una espiral de locura una vez que nuestro personaje principal comienza poco a poco a alejarse del mundo y percibir la esencia misma de la realidad a través de sus ojos. Es probablemente uno de los mejores guiones con los que Corman trabajó en toda su carrera y un material que se impone incluso por encima de la dirección atropellada y mercenaria que siempre le caracterizó. Incluso contiene hazañas realmente fuera de lo común como el empleo del comediante Don Rickles en un papel serio, algo que muy pocas veces ocurrió.

Quizá su factura barata es la responsable de que la cinta sea considerada un producto serie B incluso para los estándares de su época (el propio Ray Milland despotricó de ella en más de una ocasión) a pesar de que fue un éxito considerable para Corman que terminaría teniendo un pronunciado culto durante los años siguientes, a menudo citándola no sólo como una atractiva película de ciencia-ficción sino como un relato de horror existencial que finaliza en un inmejorable clímax de terror cósmico en medio de la improvisada capilla de un predicador del desierto, momento en el que la cinta ha sido despojada por completo de su inicial fachada científica.

Vista hoy tantos años después es normal echarse un poco para atrás ante las más que evidentes carencias de recursos por otro lado habituales en una producción de Corman, incluyendo escenas de comedia involuntaria, pero insisto en que se trata de una cinta muy inteligente con un enorme potencial que no es que se haya desperdiciado pero ante la cual llega en ocasiones a quedarse corta. El propio Corman por lo visto considera lo mismo ya que en varias ocasiones manifestó su deseo de hacer un remake de esta película que nunca se llegó a concretar. Esto me parece de hecho una excelente idea y de todas las producciones de este director, esta quizá sea la que más merece una segunda oportunidad porque la unión entre su trama de horrores de la ciencia y unos efectos especiales más ambiciosos podría ser una auténtica gloria. De todas formas, esta versión original queda recomendadísima y si sólo vais a ver una entrada de esta especial, por favor que sea esta.

Reseña: El horror de Dunwich (1970)

En el universo de las adaptaciones de la obra de H.P. Lovecraft, El horror de Dunwich (1970) es probablemente una de las más conocidas, y quizá algunos de vosotros estaréis en desacuerdo con su inclusión en este especial teniendo en cuenta que Roger Corman sólo aparece acreditado como “productor ejecutivo”, pero lo cierto es que su huella se nota mucho, no únicamente en la producción en sí sino también en la presencia de varios miembros del elenco y equipo que habían trabajado bajo sus órdenes en el pasado. De todos ellos el más importante sin duda es el propio director, Daniel Haller, quien ya había trabajado en otras adaptaciones de Lovecraft como la ya reseñada aquí El palacio de los espíritus (1963), que el mismo Corman dirigió, o El monstruo del terror (1965), adaptación muy libre de El color del espacio exterior.

Fiel al estilo de aquella Poe movie, Haller emprende su particular visión de Lovecraft ambientándola esta vez en un contexto moderno pero sin abandonar del todo ese gótico de cartón piedra de su antecesora. Me cuesta ser objetivo en este caso porque El horror de Dunwich es uno de mis relatos favoritos de este escritor, y por eso siento que es importante para entusiastas del autor de Providence acercarse con cuidado ya que esta es una adaptación que se toma amplias libertades con el texto original, no sólo en cuanto a cambios en el argumento sino sobre todo porque Haller dota a su película de una fuerte carga de erotismo, algo que Lovecraft jamás habría hecho. A decir verdad, es precisamente la dominación sexual lo que parece estar detrás de las intenciones de Wilbur (interpretado aquí por Dean Stockwell), y la invocación de criaturas de otro plano dimensional es sólo una muy elaborada metáfora.

Es por eso que esta película resulta un especimen tan raro ya que se trata de un trabajo lento y poco dado a escenas de impacto, al menos para los estándares de serie B que Corman manejaba desde siempre (aunque en esta ocasión también asistimos otra vez a fugaces muestras de sexo forzado entre monstruos y mujeres humanas). Lo ajustado del presupuesto y la imposibilidad de mostrar de forma explícita al monstruo causa que este sea sustituido por efectos de psicodelia que resultan un tanto extraños pero aceptables dentro del carácter experimental de la película, pero el despojar de su carácter inhumano a Wilbur cambia dramáticamente el tono de la historia. Por el contrario, Dean Stockwell (elevado aquí al protagonismo absoluto de la trama) es presentado como un seductor impasible con aires de hipnotizador que habla siempre en voz baja y está muy lejos del adefesio misterioso que Lovecraft había imaginado, y el ambiente de decadencia y degeneración que constituía la marca de identidad del texto original es sustituida en cambio por una muestra de ocultismo teatral en el que destaca la figura de Wilbur con sus ropajes de hechicero y ese gesto de poner las manos en la cabeza con los pulgares hacia afuera, gesto que es una evidente referencia a una famosa foto del ocultista Aleister Crowley, pero que si no la conoces resulta imposible de tomar en serio.

Aun así se trata de una de las más interesantes producciones de Corman y una que ha logrado tener fama incluso alejada de su nombre, quizá por el hecho de que sus responsables parecen haber tenido una mayor libertad creativa para llevar la historia a su terreno, incluyendo el empleo del erotismo. De hecho es bien sabido que su protagonista femenina, la otrora estrella infantil Sandra Dee, vio esta película como una transición hacia roles más serios, aunque no tuvo el impacto que esperaba en su carrera. Por el contrario, El horror de Dunwich recibió duras críticas en el momento de su estreno, aunque ha sido reivindicada en tiempos recientes por su valentía estilística hasta el punto de ser destacada como una de las más singulares adaptaciones de Lovecraft hasta la fecha. No es para todos los gustos, pero siempre me ha parecido más que digna.

Reseña: The Terror Within (1989)

Conocida en España con el abismal título de Regen: Regeneración mortal, The Terror Within (1989) no es sino otro de los muchos clones de Alien (1979) producidos por Corman durante los ochenta, aunque en este sentido me parece uno de los más disfrutables. En este caso pasamos de una nave espacial a una base militar subterránea durante un futuro post-apocalíptico en el que la humanidad lucha contra unos monstruos mutantes apodados “gárgolas”, y la acción comienza cuando una de estas criaturas se cuela dentro de la base cazando a los protagonistas uno a uno mientras estos buscan la forma de destruirla.

Partiendo de este argumento tan sencillo la película consigue, sin embargo, ser mucho más entretenida de lo que originalmente estaba dispuesto a concederle, y creo que en gran parte se debe a que el elenco parece tomársela en serio a pesar de varios detalles que evidencian de forma muy clara el ajustado presupuesto de la producción, desde los obvios parajes del desierto californiano hasta el componente casero y amateur de varios de los sets en los que se desarrolla. Esto termina dándole cierto grado de legitimidad que probablemente no hubiese tenido con actores menos profesionales. Muchas reseñas destacan la presencia de George Kennedy como secundario, algo que me parece injusto porque quien realmente se luce es el protagonista, el actor serie B Andrew Stevens, quien está sorprendentemente bien como héroe de acción y sostiene la película en todo momento.

Aunque claro, es bien sabido que al final una cinta de monstruos sólo es tan buena como el propio monstruo, y este en particular es muy pobre tanto en diseño como ejecución, y para colmo está tan sobrexpuesto que termina convirtiendo algunas escenas de la película en una comedia involuntaria, aunque en su favor diré que un actor con un disfraz cutre siempre será mejor que un efecto CGI cutre. Gran parte de la trama además pone de manifiesto el hecho de que las gárgolas se reproducen impregnado a la fuerza hembras humanas, elemento que aparece en demasiadas producciones de Corman como para creer que se trate de una coincidencia. Por este motivo la película hace, quizá sin quererlo (o no) un alegato en favor del derecho al aborto que ha sido comentado por varias de las reseñas que se han hecho sobre ella, hasta el punto de que el presentador y crítico Joe Bob Briggs dijo en su momento que tendría que ser de obligatorio visionado en la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Aunque probablemente estéis en desacuerdo, la verdad es que The Terror Within me parece una más que decente entrada en la serie B de los ochenta, y una película que consigue alzarse por encima de sus más que evidentes limitaciones, y estoy seguro de que incluso hoy en día funcionaría si no fuera por sus risibles valores de producción. Y ya para terminar les dejo un detalle curioso que no he visto mencionado en ningún otro lado: el perro que sale en esta película (un adorable chucho imposible de tomar en serio como perro militar) aparece en los créditos como “Butch Stevens”, por lo que sospecho (aunque no tengo forma de probarlo) que se trata del perro del propio Andrew Stevens utilizado para la producción. Teniendo en cuenta que, según IMDB, este perro sale también en The Terror Within 2 (1991) y Night Eyes 2 (1991), ambas protagonizadas por Stevens, me pregunto si será una cláusula que el actor habrá puesto para aquel entonces en su contrato.

Reseña: Sorority House Massacre (1986)

Poco tiempo después de haber alcanzado cierto éxito con The Slumber Party Massacre (1982), Roger Corman decidió meter la mano en otra producción similar que explotara la idea de un grupo de jovencitas acosadas por el asesino de turno. De esta forma, mientras la película arriba citada estaba preparando su propia secuela para el año siguiente, Corman tomó a la asistente de dirección Carol Frank y la puso al frente de la que sería su única película como directora, Sorority House Massacre (1986), la cual no llegaría a los niveles de calidad ni éxito de su antecesora, pero conseguiría sin embargo cierto nivel de culto propio y constituye también una interesante aunque fallida entrada en la explosión slasher que la década de los ochenta nos dio.

La falta de originalidad es, eso sí, algo a lo que Corman y compañía nunca tuvieron miedo, y es así como las semejanzas de esta película con varios éxitos de años anteriores son más que evidentes y han sido mencionadas muchas veces. La premisa principal de un asesino acosando una residencia de chicas es prácticamente la misma de Black Christmas (1974), el vínculo telepático y familar de la protagonista, así como el estilo y la estética son un evidente plagio de Halloween (1978), e incluso el componente onírico de varios pasajes recordará mucho a Pesadilla en Elm Street (1984). Todo esto, sin embargo, hecho con un nivel general de incompetencia reflejada más que nada en el guión, porque a nivel de imagen la película está ciertamente al nivel de otros ejemplos más famosos de asesinos anónimos.

Falla sin embargo en cosas que ya apreciábamos en The Slumber Party Massacre: la decisión de hacer del asesino alguien que va completamente a cara descubierta le quita gran parte de su efectividad, y la película intenta sin éxito saltar de la historia principal a él de forma un tanto chapucera y con un montaje muy pobre. Hay, eso sí, momentos muy interesantes en la trama de las chicas, y aunque evidentemente existen algunos pasajes de explotación pura y dura como la gratuita escena en que todas se están cambiando de ropa, otros demuestran que su directora tenía muy presente el meta-discurso de su principal inspiración, haciendo énfasis esta vez en la lucha por la supervivencia como una especie de despertar sexual y del acoso del asesino hacia la protagonista como una obvia metáfora del miedo al sexo, tesis que se ve incluso reforzada cuando un personaje habla de ello abiertamente.

Sin llegar a ser tan inteligente como su antecesora inmediata, y con todos los vicios del slasher de segunda fila, Sorority House Massacre es sin embargo una entrada pasable dentro de este subgénero que probablemente tendría mejor prensa de no ser porque existen otras muchas películas que han tratado la misma trama desde una perspectiva más rompedora e interesante. Como muchas de las producciones de Corman de esta época, esta cinta fue rodada con una relación de aspecto pensada especialmente para el mercado doméstico, donde consiguió hacerse con cierto éxito que propició una secuela propia pocos años más tarde. A ella volveremos en otro momento fuera de este especial.

Reseña: Planeta sangriento (1966)

Tenía años sin verla de nuevo, pero un revisionado de Planeta sangriento (1966) (o Queen of Blood en su idioma original) me recordó por qué se trata de una de mis producciones favoritas de la era más prolífica de Corman. Esta rara mezcla de terror y ciencia-ficción de ínfimo presupuesto tiene, como casi todas las producciones de este especial, una interesante serie de anécdotas en torno a su rodaje, de las que mi favorita quizá sea el hecho de que Corman (quien mantuvo su nombre fuera de los créditos debido a haber trabajado con un equipo sin afiliación sindical) básicamente mandó a hacer la película como excusa para utilizar unos rollos de metraje de dos grandes producciones soviéticas a las que había echado el guante recientemente, películas que por supuesto no se mencionan en los créditos.

Este material ruso utilizado fuera de contexto termina resaltando muchísimo una vez se le intercala con las escenas de interior y su estética Star Trek de saldo, construyendo una trama acerca de un equipo de astronautas del futuro (¡en el año 1990!) que encuentran una nave alienígena que se ha estrellado en Marte y en la que han conseguido un único superviviente que traen de vuelta a la Tierra. El pasajero, una hermosa mujer de piel verde incapaz de hablar pero con una mirada brillante y una sonrisa perenne, termina siendo una criatura sedienta de sangre que se va cargando a los miembros de la tripulación uno a uno, una especie de vampiro espacial de apariencia seductora y ojos hipnóticos a la que los protagonistas deben derrotar. Esta trama tan típicamente serie B es, sin embargo, mucho más interesante y ambiciosa de lo que parece y sólo resulta barata en sus valores de producción, ya que las decisiones estéticas que acomete resultan muy atractivas. Por supuesto, la película toma gran parte de su inspiración en la muy similar It! The Terror From Beyond Space (1958), la cual también fue antecesora de otros trabajos más elaborados como Alien (1979). Planeta sangriento, sin embargo, añadió el componente erótico que más tarde explotarían cintas como Lifeforce (1985) o Species (1995), evidentes deudoras de ese estilo de oscura ciencia-ficción calenturienta de la que esta película forma parte.

Tiene problemas, sin lugar a duda; todo el primer acto se hace muy largo y su insistencia en recrear al detalle su atmósfera de odisea espacial hace que la verdadera carne del argumento no llegue sino hasta después transcurrida la mitad del metraje. Sin embargo, resulta en muchos sentidos adelantada a su época en detalles como, por ejemplo, la inclusión de personajes femeninos en la tripulación, algo que en aquel entonces no se solía ver mucho en este género. Otro punto a su favor que tiene es el elenco, desde su protagonista el siempre grande John Saxon, un joven Dennis Hopper o un Basil Rathbone en un papel secundario, y por supuesto la actriz checoslovaca Florence Marly en el papel de la alienígena, quien por desgracia nunca llegó a ver despegar su carrera en Hollywood más allá de su atractivo como reclamo erótico de varias producciones, en su mayoría de poco calibre.

Planeta Sangriento no fue ningún éxito en el momento de su estreno, aunque con el tiempo se ha granjeado un culto considerable entre las producciones de Roger Corman, quizá por el hecho de que varios de sus puntos más interesantes terminaron sirviendo de inspiración para trabajos mejor recordados. Personalmente es una de las que más me gustan, y en general este tipo de trabajos en los que Corman dejaba cierto grado de libertad permitió el descubrimiento de directores que tendrían un desarrollo interesante en la industria, en este caso concreto Curtis Harrington, quien no sólo obtuvo renombre por su trabajo de cine experimental sino también como restaurador de obras clásicas como El caserón de las sombras (1932), de James Whale, de cuyo redescubrimiento y recuperación se le considera el principal responsable. Esta de hoy es de las que vale la pena, así que os la recomiendo.

Reseña: Frankenstein perdido en el tiempo (1990)

Tras casi dos décadas alejado de la silla, Roger Corman regresó con la que (hasta la fecha) es su última película como director, con un resultado además desconcertante puesto que Frankenstein perdido en el tiempo (1990) es una cinta muy atípica dentro de su filmografía, una ambiciosa historia de terror y ciencia-ficción basada en la excelente novela de Brian Aldiss Frankenstein Unbound y encima con un elenco triple A que hace de esta una producción mucho más “respetable” que aquellas en las que solía trabajar. No lo es del todo, sin embargo, ya que los ligeros cambios al argumento de la novela son lo suficientemente importantes como para convertirla en una trepidante y oscura historia de viajes en el tiempo creada alrededor de uno de los mayores iconos literarios del horror.

Es precisamente el argumento lo mejor que tiene, ya que Brian Aldiss supo reinventar la historia de Frankenstein de una forma muy atractiva y original, y sorprendentemente esta película retiene gran parte de esa magia: un científico del futuro crea una poderosa arma de destrucción masiva cuyos efectos secundarios abren una falla espacio-temporal que lo arroja (junto con su coche futurista) a la Viena de principios del siglo XIX, donde conoce nada menos que al científico Victor Frankenstein y también a la escritora Mary Shelley, con lo que la historia del monstruo cobra una existencia metaliteraria en la que Shelley crea su cuento de horror basándose en un hecho real con el que nuestro protagonista debe lidiar si quiere no sólo volver a su época sino también frustrar los malvados planes de su colega, convertido aquí claramente en el villano.

En este sentido la película se inclina más hacia la ciencia-ficción, una además con muchos dejes estéticos que parecen de otra época, ya que por ejemplo los escenarios que tienen lugar en el futuro y que giran alrededor del doctor Buchanan interpretado por John Hurt tienen una estética que se parece más a lo que solíamos ver en el sci-fi clásico de serie B. Por el contrario, todo el trozo de la película que tiene lugar en el siglo XIX (rodado en locaciones reales en Italia) tiene, paradójicamente, un acabado más moderno y terminaría influenciando obras posteriores como el Frankenstein de Kenneth Brannagh, que se fusila sin piedad una de las escenas clave del desenlace que tiene que ver con la creación de la compañera del monstruo. En realidad me pareció que el argumento era fascinante pese a algunas escenas un tanto baratas, pero es que incluso estas se ven alzadas de la mediocridad gracias al elenco, no sólo John Hurt sino también el siempre genial Raul Julia en el papel de Frankenstein, Nick Brimble como el monstruo o incluso Bridget Fonda en su breve papel como una juvenil Mary Shelley.

No conozco mucha gente que haya visto Frankenstein perdido en el tiempo, quizá porque en su momento fue un fracaso de taquilla y recibió opiniones muy dispares y muy lejanas de lo que se esperaba por el regreso de Roger Corman a la dirección. Con todo y eso me parece de lejos una de sus mejores películas, una de las más arriesgadas y una de la que me encantaría ver una nueva versión hoy en día, ya que el potencial estético y literario de la novela es enorme, tanto que valdría la pena explotarlo otra vez.

Reseña: La mujer avispa (1959)

Concebida originalmente como un entretenimiento juvenil de segunda fila, La mujer avispa (1959) es una de las películas más conocidas de la primera etapa de Roger Corman como director, aunque de entrada hay que decir que no es una de sus mejores. Se trata en general de una cinta con ideas muy buenas pero con un acabado muy pobre que termina tocando temas interesantes e innovadores por pura casualidad, puesto que realmente no los explora y tampoco llega a alcanzar su potencial como historia de monstruos en el ya conocido arquetipo de los peligros de la ciencia.

Esto último se manifiesta en su argumento acerca de una poderosa mujer dueña de una empresa de cosméticos que descubre, gracias al trabajo de un científico poco convencional, un suero hecho a base de enzimas de avispa capaz de revertir los efectos de la vejez. Cuando ella misma se somete al suero de forma irresponsable, los efectos secundarios no se hacen esperar, y poco a poco comienza a transformarse en un monstruo que se va cargando a todo aquel que tenga cerca. Esta trama está probablemente inspirada en parte al menos por La mosca (1958), una película muy superior que fue estrenada justamente el año anterior y a la que se parece mucho en cuanto a ambiente y en cuanto al estilo de los efectos especiales, sobre todo la recreación del monstruo. El tratamiento que se le da a este, sin embargo, es distinto y más parecido al de una creature feature convencional en la que las víctimas de la mujer avispa van cayendo uno a uno sin que quede muy claro el nivel de control que la protagonista ejerce sobre ella o qué tan enterada está de lo que realmente está ocurriendo.

Esta ambigüedad está por desgracia muy presente también en cuanto a los temas que la película trata. Al principio parece que estamos ante un trabajo rompedor en cuanto a los estereotipos de género ya que nos muestra a una mujer como la jefa de una poderosa corporación en la que los hombres son mayoría, pero al mismo tiempo también es retratada como una neurótica irracional obsesionada por recuperar su juventud por motivos puramente ególatras. Sin embargo, lo que termina dañando la cinta es su acabado tremendamente amateur: iluminación muy pobre, un monstruo de apariencia ridícula y algunas escenas risibles como el peor accidente automovilístico jamás filmado o la muy anticlimática escena final. En realidad se nota muchísimo el escaso nivel de los recursos puesto que se ve que la película intenta resolver la mayor parte de sus escenas mediante los diálogos de un guión que se nota inflado y lleno de escenas innecesarias en su primera mitad: la primera transformación de la mujer avispa no ocurre hasta los últimos 20 minutos de metraje, que es cuando la trama realmente está por la mitad ya que todo el principio se hace demasiado largo.

Demasiado lenta para una película de monstruos y demasiado barata para ser tomada como ciencia-ficción seria, La mujer avispa es un híbrido fallido de Corman en su faceta de explotación, uno que además asoma ideas interesantes que terminan por no tener ninguna importancia. El propio Corman produjo un remake a mediados de los noventa que me interesa mucho ver porque me parece que los problemas de esta cinta son tan evidentes que quiero creer que alguien habrá lidiado con ellos. Esta de hoy se queda en poco más que una curiosidad, y si hay una historia importante aquí quizá sea la de su actriz protagonista, Susan Cabot, quien tuvo una poco fructífera carrera en el cine que abandonó justo después de hacer esta película, y cuya azarosa vida encontró un trágico final a mediados de los ochenta.